Prólogo
Otro país, otro deporte, otro periodismo
El 16 de marzo de 1986, cuando Santiago Segurola publicó su primera pieza en el diario El País, España era, además de muchas otras cosas (una democracia joven, un recién ingresado en Europa, un país con ilusión), una potencia deportiva de segunda fila. La eterna promesa. Había pasado mucho tiempo desde la gloria del Real Madrid de Di Stéfano y Gento. Habíamos desfilado sin brillo por demasiadas olimpiadas, apelmazados por la anomalía de una dictadura interminable. El mundo seguía conociéndonos por las manifestaciones desbordantes del genio ibérico: Santana, Ballesteros, Ángel Nieto. A sus ojos, equivalentes de Picasso o García Lorca: expresiones del inmenso talento de un país tan diverso y rico como problemático, en el que la chispa individual predominaba sobre la organización y la planificación a largo plazo. El país «de la furia», que en los grandes acontecimientos internacionales ladraba poco y solía morder menos.
El 16 de marzo de 1986, aquella crónica iniciática de un Athletic de Bilbao-Betis disputado en su querido San Mamés comenzaba así: «Nunca el Betis echará tanto de menos su afamado duende, ese que dicen que acompaña a los de Heliópolis cuando las noches son de plenilunio y la temperatura es primaveral». Faltaban siete meses para la elección de Barcelona como sede olímpica y el deporte español vivía todavía en gran medida de la inspiración. Era la década de Perico, pero todavía no la de Induráin. Faltaban sólo tres meses para que la selección española de fútbol destrozase a Dinamarca, la gran revelación del Mundial de México, para caer después en la tanda de penaltis contra Bélgica y perder la oportunidad histórica de enfrentarse en semifinales a la Argentina de Maradona. Casillas tenía entonces cinco años. Iniesta y Rafa Nadal estaban aprendiendo a caminar. Ricky Rubio ni siquiera había nacido.
En el otro extremo del continente, la prensa recogía espeluznantes reportajes enviados desde el infierno comunista de Alemania Oriental, o de la Unión Soviética, donde las estrellas olímpicas vendían su alma al régimen por una medalla y entregaban su juventud en centros cuasimilitares de alto rendimiento. Las democracias anglosajonas consolidadas ofrecían ejemplos sonrientes de éxito deportivo y prosperidad personal (Sebastian Coe, Carl Lewis, Michael Jordan y tantos otros hombres mágicos, provenientes de universos que parecían inaccesibles). Y mientras tanto España, la tierra del Cid, de Goya y de Albéniz, de Bahamontes, de Luis Suárez y de Joaquín Blume, soñaba con aprovechar algún día el enorme potencial de sus hombres y mujeres en los estadios y pistas del planeta. «La fatalidad debilita», escribiría muchos años después Segurola, el día después de los cuartos de final que España perdió contra Corea del Sur en el Mundial de 2002. Pero las conversaciones no podían despegarse aún del fallo de Cardeñosa, del balón que se escurrió bajo el cuerpo de Arconada, de la ausencia casi total de medallistas —salvo el habitual verso suelto— en las grandes citas olímpicas. Y del famoso tópico: jugar como nunca para perder como siempre.
Los veinticinco años de periodismo deportivo recogidos en este libro atestiguan tres transformaciones fundamentales: la del deporte español, reflejo del cambio social de un país al que, como prometió el entonces vicepresidente Alfonso Guerra, no lo iba a conocer «ni la madre que lo parió»; la de la industria del deporte como espectáculo, sintetizada en la expresión «planeta Beckham» (que da título a otro de los epígrafes de esta antología); y la del propio periodismo, esa profesión hoy en crisis de identidad que Segurola ha ejercido con pasión y entrega poco habituales, hasta erigirse en un referente para el mundo de habla hispana. En la redacción de El País corría a principios de este siglo el dicho de que lo mejor del periódico, su auténtica divisa de calidad, eran la sección de Internacional y la de Deportes, cuyo redactor jefe de 1999 a 2006, el propio Segurola, convirtió en un espacio con un estilo propio que después trataron de imitar con desigual fortuna otros medios generalistas. El mantenimiento hoy de ese estilo persuasivo, coherente y elevado en un periódico tan diferente de El País como Marca es señal inequívoca del triunfo de una forma de encarar la profesión donde el rigor técnico no se contradice con la ambición narrativa y el respeto a los valores sagrados de la competición deportiva. Pese a que los prólogos son espacios proclives al elogio excesivo, difícil es encontrar un periodista que influya por igual en el público, los compañeros de profesión y los mismos deportistas.
Un ingrediente importante para calibrar muchas de las piezas seleccionadas en este libro es recordar algo casi inimaginable ya: fueron escritas cuando no existía Internet. Es un dato relevante que la casa de los señores Segurola Basáñez recibiera durante años la única suscripción de la revista Sports Illustrated en todo Bilbao. Pero al lector joven, que no sabe ni puede vivir sin Google, le dejará boquiabierto volver a reportajes trufados de datos que sólo podían provenir de la cultura general, la curiosidad, la consulta de fuentes y la conversación con personas bien informadas, los elementos básicos de un oficio que muestra preocupantes señales de uniformización. En contra del dicho, este libro demuestra que no todas las páginas periodísticas van destinadas a envolver el pescado del día siguiente. Consta también que, al repasar estas crónicas y artículos, Santiago Segurola ha querido contextualizar algunos de ellos y contar la intrahistoria: son los textos que van en cursiva y entre corchetes.
Segurola ha narrado como nadie la épica del fútbol en los tres últimos decenios, con sus equipos y, sobre todo, sus mejores intérpretes (el capítulo «El gran seductor», que abre la presente antología, es ante todo un canto al futbolista diferente). Sin embargo, también ha narrado los grandes campeonatos de atletismo y de natación con una precisión y unos conocimientos técnicos muy poco frecuentes en la prensa española. Allí aparecen las andanzas de seres proscritos como Ben Johnson, risueños «extraterrestres» como Usain Bolt, ídolos caídos como Marion Jones, dioses de carne y hueso como el «inalterable» Michael Phelps. Lo que impresiona con el paso del tiempo, no obstante, es el afán sostenido por explicar en un lenguaje accesible los detalles que deciden una prueba o sitúan a un deportista en la cima del mundo, como la pieza que dedica a las zapatillas que se calzó Maurice Greene en los Mundiales de atletismo de 1999. De nuevo, el rigor técnico incorporado a la épica. El mismo periodista que nos explica en «Sevilla, 1999» cómo se fabrican esas zapatillas, o cómo la prueba de los 400 metros es la más dañina para el organismo humano por la concentración de ácido láctico que deja en la sangre, es ocho años antes el testigo apasionado de la final de salto de longitud («tal vez la hora más completa de una prueba en la historia del atletismo») en la que Mike Powell batió el legendario récord de Bob Beamon: «Estadio Nacional de Tokio. Las 19.06. Un hombre inicia la primera de sus 26 zancadas para la historia. Son seis segundos. Luego se eleva y cae sobre la arena…».
Salvo «Territorio libertario», donde se recogen artículos libres y vocacionales, irreductibles a cualquier afán taxonómico, el libro está estructurado en ejes temáticos que permiten agrupar piezas según las principales obsesiones del autor. Es el caso, por ejemplo, de «La gran rivalidad», donde revivimos los enfrentamientos eternos entre leyendas deportivas de la entidad de Steve Ovett y el citado Sebastian Coe o la eterna contienda futbolística (la guerra ritualizada) entre las selecciones de Inglaterra y Alemania. A pesar de su propia creencia de que Segurola no es un buen entrevistador, se incluye un capítulo de entrevistas que han aguantado el paso del tiempo. La que le da título, hecha a don Alfredo Di Stéfano, fue elegida por Segurola para inaugurar el siglo XXI en la sección de Deportes de su entonces periódico: «He jugado por dar placer al público». «La epopeya del Athletic» es lo que parece: un homenaje al seguimiento permanente, a mitad de camino entre el análisis y la emoción, que Segurola ha hecho del equipo de su vida.
El ex seleccionador argentino de fútbol César Luis Menotti afirmó hace años que la selección española debía decidir alguna vez si quería morir como el toro o como el torero. Esta expresión da nombre al penúltimo capítulo del libro y resume quizá la mayor aportación de Héroes de nuestro tiempo a la memoria del deporte español: revivir campeonato a campeonato, fracaso a fracaso, la dolorosa eclosión del fútbol patrio. La reivindicación permanente del estilo connatural a España, el desprecio por el «patadón» (incluso después de algunas victorias trabajadas), la temprana conciencia del punto de inflexión que significaron la Quinta del Buitre y el dream team de Cruyff y, por último, la defensa a ultranza del juego elaborado y poblado de centrocampistas que acabó constituyendo el ADN del mejor equipo de esta década convierte la lectura de «Toro o torero» en una crónica memorable de la lenta agonía que, inesperadamente, condujo a la liberación de la Eurocopa de 2008 y el éxtasis de Sudáfrica. Todo lector que conozca Argentina valorará la relajación experimentada por el gallego que acude a un asado y, desde el 11 de julio de 2010, no tiene que seguir oyendo: «Todo bien, pero ustedes son unos pechos fríos».
En 1999, Segurola publicó un artículo, no muy largo, en el que definía el deporte español como «una consecuencia de la contemporaneidad». La pieza se llamaba «Héroes de un nuevo tiempo» y ha inspirado el título de este libro. En aquel año, Pau Gasol jugaba todavía en la ACB, Rafa Nadal era adolescente y Fernando Alonso no había debutado en la Fórmula Uno. Leído ahora, el artículo representa una anticipación certera a la explosión del siglo XXI, dedicado a «los nuevos héroes del deporte español», continuadores del camino que abrieron Santana o Severiano Ballesteros, los primeros síntomas de un cambio profundo que usó como catarsis los mágicos Juegos Olímpicos de Barcelona 92 («un símbolo de unidad y eficacia») y cuyos últimos productos, además de varios deportistas de museo, campeones en diferentes disciplinas, han sido la Masía del Fútbol Club Barcelona y una selección nacional convertida en el rival planetario a batir. El último párrafo merece recogerse aquí: «De Barcelona 92 se salió con un grado de autoestima que enterró los viejos prejuicios que pesaban de forma dañina sobre el deporte en España y, probablemente, sobre la realidad de nuestro país. Ahora cobra vida una nueva idea, la de España como un país aventajado en el deporte. En pocos lugares se puede reunir una baraja más amplia y más joven de campeones. Ayer fue Yago Lamela, hoy es Moyà, mañana será Sergio García, y pasado, Fabián Roncero o David Canal. Surgen por todas partes; surgen en todos los deportes. Y aparecen sin deudas que saldar. Son simplemente el producto de su tiempo. No han llegado al éxito para escapar de nada, como aquellos inolvidables Santana, Haro y Nieto. Los nuevos héroes del deporte español son el producto de un modelo que funciona y de una sociedad que ha puesto una distancia sideral con el pasado».
Una década después, Segurola pudo por fin utilizar la expresión «Reyes del mundo» para titular su crónica de la final del Mundial de Sudáfrica, que cierra este volumen. La chispa remota de este libro proviene de otra final mundialista, esta vez de baloncesto, en 2006, cuando España se estaba coronando campeona del Mundobasket de Japón. Segurola estaba cerrando como redactor jefe de Cultura su etapa en El País (su última crónica deportiva, la final del Mundial de fútbol de 2006, cierra las «Lecciones de fútbol» de esta antología). El ex baloncestista profesional coautor de esta recopilación, que cumplía años y estaba viviendo un momento para él inolvidable, no paraba de repetir a sus amigos que la tremenda demostración de España frente a Grecia (70-47) recordaba mucho a la que el irrepetible equipo de Estados Unidos, liderado por Michael Jordan y Patrick Ewing, ofreció a nuestra selección en la final olímpica de Los Ángeles 1984. Resultaba, de repente, que los más fuertes, los más rápidos y los más hábiles eran los nuestros, dejando para el rival la posibilidad de la foto de recuerdo con unos deportistas superiores. Escribió eufórico la reflexión en su teléfono y se la envió a muchas personas. La primera respuesta, inmediata y totalmente inesperada, jamás la podrá olvidar. «¿Quién eres? Oye, que me ha llamado mucho la atención el mensaje.» Era su periodista más admirado, y aquella primera conversación entre amantes del deporte se prolongó durante veinte minutos.
El filósofo Julián Marías decía que su maestro, José Ortega y Gasset, solía trasladar a su audiencia la reflexión de que «todo lo interesante que hace el hombre lo hace por “razones líricas”». Bienvenidos a Héroes de nuestro tiempo: las razones líricas de un extraordinario periodista.
Que lo disfruten.
PEDRO CIFUENTES y PABLO MARTÍNEZ-ARROYO
Febrero de 2012
1
El gran seductor
EL ÚLTIMO VUELO DEL BUITRE
[Llegué a Madrid a finales de agosto de 1989. Nunca olvidaré la sensación de tristeza que me produjo aquel viaje nocturno en tren. Abandonaba todo aquello que había arraigado en mi vida y me dirigía hacia un destino prometedor, pero incierto. Aquel Bilbao era un escenario en combustión, una ciudad sometida a una crisis abrumadora: la vieja industria naval y siderúrgica se desangraba, el paro alcanzaba cotas inflamables en la margen izquierda de la ría, se respiraba violencia por todos los poros y la desesperanza se escenificaba en el ennegrecido paisaje urbano, que paradójicamente proyectaba la extraña belleza de un magnífico, pero sórdido, escenario cinematográfico. Todavía hoy se encuentran defensores de aquella herrumbre frente a un Bilbao al que ahora consideran aséptico y ensimismado. Cualquiera que sea la opinión, nadie sospechaba la fulgurante transformación de la ciudad que dejé aquella noche. Viajaba a Madrid para incorporarme a la sección de deportes de El País después de tres años de colaboración con el periódico desde Bilbao. Atrás quedaban las profundas secuelas del caso Clemente-Sarabia, uno de esos episodios que sólo se explican por el impacto que tiene el éxito en ciertos egos desajustados y por la ausencia de un verdadero liderazgo en el Athletic. Todo aquello lo relató Patxo Unzueta mejor que nadie. Poco antes de instalarse en Madrid, Patxo me preguntó si me gustaría escribir las crónicas del Athletic. Dije que sí, por supuesto. Era lo más cercano a un sueño. Tres años después, Alex Martínez Roig, por entonces redactor jefe de deportes, me trasladó la misma oferta, pero con otro equipo al fondo: el Real Madrid. Eran los días felices de la Quinta del Buitre, el equipo rampante del momento, un fenómeno que trascendía lo futbolístico y que solo encontraba rival en el Milan, la obra de un empresario ambicioso —Silvio Berlusconi—, un entrenador contracultural —Italia siempre observó a Arrigo Sacchi como a un hereje— y unos jugadores de época, como Van Basten, Gullit, Rijkaard, Baresi y Maldini. A ese Madrid y a ese escenario futbolístico me asomé, no sin temor, en aquel agosto. No había teléfonos móviles, internet sólo figuraba en los sueños de algún visionario, la televisión ofrecía un partido a la semana, los equipos únicamente podían alinear a dos extranjeros, el Madrid no había ganado la Copa de Europa desde 1966, el Barça no la había conquistado nunca y la selección española era una broma en los grandes campeonatos.]
Dicen sus amigos que México le convenía al último Butragueño, el que ayer anunció su retirada del fútbol. Le convenía un equipo para disfrutar del fútbol sin grandes tensiones; le satisfacía su relajada vida en Celaya, una pequeña ciudad del altiplano donde todo le resultaba agradable: el aprecio de la gente, una tranquila vida familiar, el ocio para leer, practicar el golf sin demasiada pericia y atender a alguna de sus aficiones. Con la parabólica orientada hacia Estados Unidos, Butragueño ha seguido con una pasión juvenil el desarrollo de la NBA durante los tres últimos años. Desde aquella célebre serie final entre los Sixers de Filadelfia y los Lakers de Los Ángeles en 1983, Butragueño no ha ocultado su fascinación por el baloncesto estadounidense. Tanto que en sus primeros años en el Madrid acostumbraba a saludar a los novatos con un «¿cuánto mides?, ¿cuánto pesas?» que revelaba una cierta insatisfacción con su físico liviano. Ha sido una discreta historia crespuscular. Abandonó el Madrid en 1995, con treinta y un años y el título de Liga que menos le entusiasmó. Jugó poco aquella temporada, limitado por su decadencia física y por la irrupción de Raúl. Nadie le escuchó una queja, ni cayó en el victimismo habitual de los veteranos, ni apeló al mito del Buitre. Se despidió de su estadio y de su vieja camiseta el 15 de junio de 1995, aclamado por la afición que coreó su nombre como en los viejos tiempos: «¡Buitre, buitre, buitre!». Como en su noche más gloriosa, frente al Anderlecht, en la primera de las célebres proezas del Madrid en la Copa de la UEFA. Aquel día se escuchó por primera vez el «¡Buitre, buitre!» en Chamartín, y el chico no sabía qué hacer, cómo responder a la estima de los hinchas, siempre tan ceremonioso Butragueño.
Se consolidó el mito aquel día, pero la cosa venía de lejos, Julio César Iglesias le bautizó Buitre en 1983, antes de disputar su primer partido en Primera División. «Grande, el entrenador local, sacó a un extraño chico dotado de una tosca figura de repartidor. Tenía la espalda recta, las piernas robustas y cortas, y los brazos, largos y pendulares. Por si fuera poco estaba rematado por una cabecita poliédrica cuyo punto de fuga era una nariz triangular. Como contrapartida, no tenía un pelo de tonto; alguien, seguramente un aprendiz, le había rapado al cero. Aquel tipo se llamaba Emilio Butragueño.» Nació el Buitre y nació la Quinta, así que Butragueño tuvo que cargar con un doble peso. El de su mito y el que se creó alrededor de una generación irrepetible. Sobre su capacidad de liderazgo existen dudas razonables, pero sobre su talento todo son certezas, por mucho que su figura fuera inmerecidamente discutida. Es necesario evitar los prejuicios para analizar a los grandes jugadores. Parecía un jugador de barrio aunque en realidad era un jugador de dormitorio. En el imposible espacio de doce metros cuadrados practicaba el arte de la pared con un amigo. Allí se generaron los recursos de un delantero que estaba fuera de catálogo. Se movía como nadie en los reductos más pequeños, siempre con un ingenio impredecible para los defensas. Utilizaba su arrancada —porque nunca tuvo demasiada velocidad— como arma disuasoria. Más que nada, manejaba los tiempos: se detenía en el área —justo donde nadie se detiene— y producía un efecto fascinante sobre los defensas, víctimas de un extraño hipnotismo. Luego llegaban las paredes, los goles —123 en la Liga, 26 en la selección—, los desmarques, las llegadas por el primer o el segundo palo, su capacidad para jugar al primer toque, la astucia, la facilidad para asociarse con Míchel y Hugo Sánchez, su habilidad para ganar partidos —un ejemplo: marcó más goles en Europa que Hugo Sánchez—, su capacidad para disimular sus limitaciones físicas y alguna técnica: golpeaba mal el balón. Pero la suma de sus cualidades era deslumbrante. Qué tiempos aquellos del Buitre. Y qué divertido era el fútbol con él.
El País, 7 de abril de 1998
HUGO SÁNCHEZ, 33 GOLES DE UN SOLO TOQUE
[Hugo Sánchez igualó en la temporada 89-90 el récord de goles en la Liga. Con 38 tantos, estaba en poder de Telmo Zarra desde 1951. En la sección de Economía de El País, un hincha observaba al Madrid con la mirada de un entomólogo. José Antonio Navas, que años después sería subdirector de ABC, me comentó que los goles del delantero mexicano tenían un rasgo muy particular. «Creo que nunca toca la pelota dos veces antes de marcar», dijo. El dato, si era cierto, explicaría la pureza técnica, la astucia para perfilarse en el área, su capacidad para el engaño y la inteligencia para encontrar espacios abiertos donde apenas hay rendijas para los delanteros: en el área. Como por entonces no existían los servicios de estadísticas, acudí tres días a Televisión Española para analizar las imágenes de cada jornada de Liga. Ante mi asombro, las sospechas se convirtieron en certezas. Gol a gol, y fueron 33 hasta aquella jornada, Hugo Sánchez confirmó que todos fueron a un toque, sin que por ello se significara como uno de esos goleadores monótonos que viven al borde del fuera de juego y barren todo lo que llega al área. Al contrario, pocos delanteros han ofrecido un menú más variado y preciso de remates. El vídeo de los 38 goles de Hugo Sánchez (los restantes también fueron a un toque) debería figurar en la cartera de todos los entrenadores que pretenden mostrar a los aprendices los secretos de los grandes delanteros.]
La producción goleadora de Hugo Sánchez es larga y variada. El delantero mexicano marca desde cualquier sitio, sin importarle la postura y con cualquier parte del cuerpo. Pero hay un aspecto común a todos sus remates de gol: Hugo sólo toca la pelota una vez cuando marca. Nunca dribla, ni retiene la pelota para encontrar mejor ángulo. Sus 33 goles en este campeonato son hijos de esta relación primaria entre su cuerpo y el balón. Hugo se encuentra ahora sometido al reto de batir el récord del legendario Zarra, que logró 38 tantos en una temporada.
Hugo ha llegado a los treinta y dos años con uno de los secretos mejor guardados y, sin embargo, más evidentes del fútbol español. Durante quince años ha marcado sus goles con una absoluta desnudez de artificio. La pelota llega al área, o donde sea, y el mexicano empalma, empuja o desvía, no importa su posición en la cancha. Pero su capacidad para maquillar su trabajo como puntillero es asombrosa. Jugadores como Míchel, compañero de Hugo desde hace cinco años y encargado de forjar la cuarta parte de sus goles, desconocían esta faceta unidimensional del delantero. Un recuento de sus goles muestra que Hugo ha conseguido 19 tantos con el pie izquierdo, 6 con el derecho, 7 con la cabeza y 1 con el pecho. Su versatilidad también es muy notable en las suertes del remate. Cinco goles los ha marcado en tiros de falta, algunos desde lugares increíbles. También ha marcado con chilenas, a bote pronto, de media vuelta o con remates en plancha. Y en una ocasión ha esperado un rechace del balón en el palo o un deficiente desvío del portero para colocar el pie y pasar a la red. Por supuesto, ha obtenido goles, tres, de penalti. Esta variedad probablemente no tiene comparación en el fútbol español, y quizá sea la razón que oculta la ausencia de otro recurso estilístico que no sea el remate sobre la marcha. Sin embargo, la geografía de los remates de Hugo en el área son un atentado contra la lógica. Nunca se ve envuelto en situaciones que le obliguen a quebrar a un defensa y marcar después o enfrentarse con el portero para engañarlo con un recorte. Todas estas posibilidades se producen obligatoriamente con algún jugador en algún momento de su carrera aunque no le guste. El conocimiento del juego que tiene el delantero madridista es de tal precisión que evita incluso estas situaciones impredecibles, y si alguna vez se producen las transforma en algo diferente a una jugada personal: Hugo devolverá la pelota velozmente a un compañero, o rematará a portería sin tocar dos veces la pelota, aun cuando tenga en contra todas las leyes clásicas del fútbol.
El único gol que vio dos contactos de Hugo fue absolutamente casual. Ocurrió en Las Gaunas. Prácticamente bajo el travesaño, remató a la carrera con la izquierda, pero el balón le golpeó involuntariamente en el pie derecho. La falta de voluntariedad y la intención primera de rematar con la izquierda dicen más sobre las intenciones de Hugo que la casualidad del contacto posterior, ese segundo toque que Hugo Sánchez evita siempre.
La eficacia de Hugo Sánchez en el área es un monumento a la calidad de un futbolista y también al exacto conocimiento de sus limitaciones técnicas. Desde su llegada al fútbol español, nadie le recuerda un quiebro en la baldosa o una finta larga con internada, aspectos para los que no se siente dotado. Hugo ha dejado de lado algunas de las suertes más vistosas y apreciadas del fútbol, aquellas que definen en ocasiones la grandeza de un jugador. Garrincha, por ejemplo, labró su leyenda sobre el regate, como Kopa. Y sin embargo nadie puede decir que Hugo tenga menos clase o calidad que aquéllos, aunque evite regatear a una silla o no esté en contacto con la pelota más de una décima de segundo.
En ese leve instante, Hugo ofrece un supremo ejemplo de instinto, precisión y fantasía. En el momento en que todos los jugadores desean, y temen, Hugo anuncia sus remates con todas las condiciones que se suponen en los mejores futbolistas: técnica, dirección, potencia, variedad, chispa y sorpresa. A tales cualidades añade un sexto sentido, cargado de intuición, mediante el cual es capaz de llegar con puntualidad al lugar exacto en el que debe producirse un remate de carácter inapelable.
La diferencia final entre un buen jugador y uno excepcional suele estar marcada por la ambición y la inteligencia. Unos cuantos futbolistas prometedores han visto su carrera estancada por la obstinación en hacer cosas para las que no estaban llamados. El tamaño de Hugo como jugador sería mucho menor si hubiera pretendido elucubrar con el arte del quiebro o la internada. Lejos de vaciarse en estas aventuras, el delantero ha profundizado en el único aspecto que le distingue con claridad del resto de los futbolistas: el remate. Para ello ha eliminado cualquier elemento superfluo o inconveniente para sus características, y ha añadido los elementos físicos y psicológicos que le ayuden a lograr su supremacía como goleador.
Hugo hace valer en la cancha el efecto sorpresa y su poder de intimidación. Remata desde lugares insospechados, en posturas inverosímiles y en momentos imprevisibles. Siempre con un toque, incluso cuando parece más factible parar la pelota, prepararla y golpearla en mejores condiciones. La renuncia a este principio de actuación le colocaría en una conducta de juego que desconoce y, por tanto, le haría más vulnerable en el área.
El elemento físico acaba por perfilar el carácter único de Hugo Sánchez como rematador. Dotado de una agilidad extraordinaria, el delantero mexicano desafía cualquier previsión con sus chilenas, vuelos o giros. Su flexibilidad es un elemento de desconcierto para unos adversarios que acostumbran a enfrentarse a los delanteros con las armas de la ortodoxia. Hugo Sánchez, por el contrario, reserva a los defensas el regalo envenenado de un único toque, pero siempre inesperado. Y, desde luego, casi siempre exacto.
El País, 1 de abril de 1990
GRAN SANCHÍS
Desde el cinismo, hubo un tiempo en que se acusaba a Sanchís de todos los males del Madrid. Épocas en las que cada nuevo entrenador llegaba al equipo con la decisión de arrinconarle. Años en los que el periodismo alentaba gratuitamente su caza. Cada cual se buscaba una excusa para justificar la marginación de Sanchís. Hubo entrenadores que le sacaron del centro de la defensa para colocarlo de lateral y esperar su fracaso. Hubo algún dirigente que deslizó a un técnico la conveniencia de eliminar a Sanchís del equipo y traspasarlo. Hubo un seleccionador que lo consideró como el principal foco de desestabilización del equipo nacional y le borró de las convocatorias cuando el jugador contaba veintiocho años. Nunca más volvió. Hubo momentos en los que Sanchís desapareció de las alineaciones, ante la satisfacción de una gran parte de la crítica. Hubo una crítica que nunca logró argumentar su desafecto por el jugador y se refugió en coartadas irrelevantes: que si ganaba un dineral, que si era desdeñoso con la prensa, que si era un individualista, un caprichoso que representaba por elevación las canonjías de la Quinta del Buitre. Apreciaciones sin valor futbolístico que derivaron hacia el terreno estrictamente profesional. Con Sanchís todo funcionaba peor. Ese clima se trasladó a través de dirigentes, entrenadores y periodistas a la hinchada, que nunca mantuvo una relación afectuosa con un jugador de primerísimo orden. Un jugadorazo.
Con sus diecisiete temporadas en la mano, a Sanchís se le puede —y se le debe— defender desde casi todos las vertientes. ¿Quieren números? Siete Ligas ganadas y unos cuantos títulos más. Pero quizá resulta más alentador revisar las opiniones de todos aquellos entrenadores cargados de prejuicios contra él. Todos se vieron obligados a aceptar la inconsistencia de sus opiniones. Floro, que le trasladó al lateral derecho, terminó por colocarle como titular en el centro de la defensa. Capello tuvo que recurrir a él en el último tercio de la temporada para sostener el medio campo y ganar la Liga. Con Toshack —enemigo declarado del capitán madridista durante largos años— fue titular en el tramo final de la última temporada. Todos tuvieron que admitir la realidad: con independencia del pésimo estado de opinión que se estableció alrededor de Sanchís, su categoría terminaba por imponerse.
Ahora, con treinta y cinco años, todavía se ven en Sanchís retazos del jugador que fue, del formidable futbolista maltratado. No sólo retazos. Cuando entra a jugar con la camiseta del Madrid, se ve de inmediato que es uno de los pocos que están por encima del peso de la casaca. Por recursos, por clase, por presencia, hasta por la muy futbolística suficiencia con la que hace las cosas en el campo. Por desgracia, sólo ahora se le reconoce su grandeza, cuando Sanchís se aboca al final de su carrera y se le ve con la condescendencia que se dedica a los jubilados. Qué mezquino e injusto es el fútbol con algunos de los mejores.
El País, 1 de febrero de 2000
HIERRO, UN CENTRAL
[Si me preguntan por Fernando Hierro, siempre diré que es uno de cinco mejores jugadores españoles que he visto y un defensa verdaderamente excepcional. Puntualizo el puesto de defensa porque Hierro no me habló durante años a causa de esta opinión. Es muy probable que se sintiera mejor como un centrocampista de ataque, porque en realidad tenía alma de delantero. Y de los buenos. Marcaba muchos goles con sus remates de media distancia y sus impetuosas llegadas al área. En esa posición era un jugador importante, desde luego. No le tenía, sin embargo, como el armador de juego que necesitaba el Madrid. Le podía más la llamada del gol que la arquitectura del equipo. En varias crónicas consideré que Hierro era el central perfecto: el puesto podaba su exuberancia natural y alguna tendencia a la dispersión, mientras le añadía una perspectiva más amplia del campo —era un maravilloso pasador de larga distancia— y permitía al equipo una salida que sólo admitía la comparación de Koeman, con una ventaja sustancial para el juego del Madrid: su impresionante juego aéreo. Fue central durante los diez últimos años de su carrera, y no dejó de marcar goles por ello. Cabezazos, tiros libres, alguna incursión imprevista… Un jugadorazo. Como es de ley, el tiempo atempera las polémicas. Es muy probable que Hierro todavía se vea como el centrocampista que no le dejaron ser, pero ahora nos hablamos con el afecto que produce la amistad.]
Como cualquier aficionado pudo advertir, el mejor futbolista del Madrid en Compostela fue Hierro, de quien se apreciaron todas sus cualidades como central: su jerarquía, la correcta interpretación de las jugadas, la puntualidad en eso que los ingleses llaman timing y los suramericanos tiempismo, su poderío en el juego alto, la potencia para encimar a los delanteros contrarios, los recursos para sacar la pelota con el criterio que le falta al resto del equipo. En fin, todo el repertorio de un defensor formidable, el mejor del fútbol español y quizá de Europa ahora que a Baresi le peinan canas y le fallan los huesos. Los más atentos a las minucias dirán que Hierro no jugó en Compostela, como si el argumento invalidara el juicio sobre el central madridista. Precisamente por no jugar, asomaron las innumerables deficiencias de la retaguardia del equipo, que tiró mal el fuera de juego, no cabeceó, se metió demasiado atrás, permitió demasiados mano a mano con Illgner y siempre dio mala pinta. Todo esto no ha sucedido cuando ha jugado Hierro, a pesar del desesperante juego del Madrid. El fútbol del equipo puede ser infame, como sucedió en Compostela, pero con Hierro el orden defensivo está asegurado, hasta el punto de que hasta ahora Illgner había pasado inédito. Desde el domingo, sabemos que el portero ha sido un buen fichaje.
Sobre Hierro se ha producido un debate perenne que el jugador no ha ayudado a aclarar. Antic le sacó de la defensa, le colocó en el medio campo sin otra obligación que aprovechar su llegada y el hombre marcó goles a chorros. Clemente, que quería enmendar la plana a Valdano y jabonar el ego del futbolista, también le puso en la media y dijo que era el mejor centrocampista europeo. Y Hierro sigue convencido de que su sitio está en la media, porque allí le excita la posibilidad del gol en los remates largos, en los cabezazos o en las irrupciones por sorpresa. Pero lo quiera o no, Hierro es central. En el medio campo genera poco, es vulnerable en el aspecto defensivo y siempre está dos puntos por debajo de la velocidad del partido.
Incluso la historia le perjudica. Los dos únicos títulos que ha conseguido Hierro han sido como central. Con Toshack en la temporada 89-90 y con Valdano en la 94-95. Sus introducciones en el medio campo sólo han confundido por el fulgor que provocan los goles. Pero la realidad es terca y se aprecia en partidos como el de Compostela, donde la ausencia de Hierro resultó decisiva en las calamidades defensivas de su equipo y ayudó a entender la verdadera naturaleza de este defensa singular: uno que de lejos es el mejor de España y no lo sabe. O no lo quiere saber.
El País, 5 de noviembre de 1996
NIJINSKY CON BOTAS
Se hablaba de Marco van Basten en presente, pero se pensaba en pasado. Ahora es pretérito definitivo. Se ha retirado del fútbol con treinta años, después de casi tres años de inactividad, masacrado por las lesiones de las rodillas y envuelto en el olor a cloroformo de una interminable sucesión de operaciones. Casi parece remoto aquel 23 de mayo de 1993, su último partido con la casaca rojinegra del Milan, la final contra el Olympique de Marsella. Capello apeló a su nombre, a su prestigio, al temor reverencial que infundía a los defensas, para ganar el partido, pero Van Basten estaba definitivamente herido después de cinco meses de baja. Por primera vez, Van Basten no pudo dirigir al Milan a la victoria. Abandonó el campo en el minuto 85, sustituido por un jugador de la tropa corriente, Eranio, y prosiguió el triste periplo de clínicas que ha terminado ahora. El jueves pasado anunció su retirada y el fútbol se llenó de la nostalgia que provoca el adiós de los jugadores irrepetibles. Podría haber bailado en el Kirov con botines y tacos metálicos. Era un Nijinsky imposible, entronizado sobre una estatura superlativa —1,87— y una elegancia natural que le impedía desarmarse en cualquiera de las suertes del juego. Incluso cuando buscaba la pelota dividida frente al pie grande de los centrales, Van Basten tenía un aire regio, una dignidad estética que causaba asombro. Había una suerte de magnificencia en todo su repertorio, que era enorme. Cabeceaba como un inglés, tocaba como un argentino y su regate, largo o corto, tenía el aroma exquisito de su maestro: Johan Cruyff. Los remates eran exactos, sin el barroquismo de Romario, pero con la misma precisión. Cazaba el gol de mil maneras diferentes con un leve empuje a la pelota, con un remate violento (sus voleas y tijeras serán inolvidables) o con una descarga sobre un regate imperial. Y la figura siempre compuesta, equilibrada, casi solemne. El temperamento tampoco le faltó. Estábamos ante un ganador. Todo lo que hacía Van Basten mejoraba la jugada, y si era en un partido trascendente, la mejora era decisiva para dar la victoria a sus dos equipos, el Ajax y el Milan. Lo dicen los números: tres Ligas, tres Copas de Holanda y una Recopa con el Ajax; tres scudetti, dos Copas de Europa y dos Copas Intercontinentales con el Milan. Y la célebre Eurocopa con la selección holandesa en 1988, donde dejó para el recuerdo varios goles memorables y donde verdaderamente alcanzó la categoría de heredero de Cruyff.
Llegó al Ajax cuando Cruyff salía. Literalmente. Una tarde de abril de 1982 sustituyó al viejo maestro en un partido Ajax-Nimega. Siempre dijo Cruyff que aquel muchacho era el mejor de su generación, el jugador que quería para sus equipos. Lo tuvo en el Ajax, pero no lo consiguió para el Barcelona. Cuentan que Berlusconi sufrió un flechazo cuando revisó un vídeo con los goles de Van Basten en su última temporada en el Ajax. Le contrató junto a Gullit y allí comenzó la era del Milan.
Un día de 1987 le preguntaron a Maradona por Gullit, efervescente en su primera temporada en el Milan. «El bueno es el otro holandés», contestó Maradona. Apostó por un jugador que sólo jugó once partidos de Liga, debilitado todavía por su primera lesión en la rodilla. Meses antes, le había cazado un tal Riekerink, defensa del Groningen, uno de los muchos que apuntaron fijo contra la pierna de Van Basten.
El tiempo confirmó el pronóstico de Maradona. Van Basten superó la exuberancia de Gullit simplemente porque era mejor futbolista. Por eso fue normal que el punto de referencia en el Milan cambiara en apenas un año de Gullit a Van Basten. En San Siro, la gente guapa acudía con postizos de pelo a lo Gullit, pero la tranquilidad milanista descansaba sin duda sobre el talento de Van Basten, uno de los tres jugadores —Cruyff y Platini son los otros dos— que ha conseguido en tres ocasiones el Balón de Oro como mejor futbolista europeo.
Finalmente se convirtió en el símbolo de un equipo inabordable. Tenía títulos, dinero y prestigio. Le faltó algo de felicidad porque siempre echó en falta la presencia de Cruyff. Quizá por eso resultó difícil su relación con Arrigo Sacchi, el célebre entrenador del Milan. Le acusó de mecánico, de poner el sistema por encima de los jugadores, de rehuir cada vez más el ataque. Añoraba a Cruyff. Mientras tanto, su carrera comenzaba a quebrarse por el lado de la rodilla. Seis operaciones en siete años. El final se hizo irremediable en 1993. Como un cid rojinegro salió maltrecho a disputar la final de la Copa de Europa contra el Olympique de Marsella. Nunca más volvió a jugar. Apenas tenía veintiocho años, pero ya se había atrevido a llamar a las puertas del cielo que cobija a Pelé, Di Stéfano, Maradona y Cruyff.
El País, 21 de agosto de 1995
EL GRAN SEDUCTOR
Del brumoso norte vino un futbolista que comprendió los tiempos que vivimos. Digamos que Laudrup ha sido un posmoderno. En la edad de la mirada, en los tiempos de los discursos blandos, Michael Laudrup ha sido el gran seductor, un futbolista que atendía con gran refinamiento el apetito de los aficionados. Su capacidad de fascinación ha sido inigualable. De Escandinavia trajo un carácter calculador que le permitió descifrar el gusto de la gente. En el Mediterráneo se encontró con su lado epicúreo, un bon vivant del fútbol que disfrutaba de los placeres de la pelota. Porque a Laudrup hay que relacionarlo únicamente con el balón. Todo lo que no fuera la pelota no le ha interesado. Por eso los entrenadores han tenido dificultades para buscarle una ubicación en el campo y someterle a algunas de las trabajosas obligaciones que impone el fútbol. Es difícil saber si Laudrup era centrocampista, delantero o un espíritu libre que no se ajustaba a la tramoya táctica de los técnicos, empeñados en buscarle un sitio cuando lo único que quería Laudrup era un balón y sus circunstancias: el control exquisito, el regate sedoso, la conducción elegante y el pase, donde su capacidad para el engaño y la seducción alcanzó un punto demagógico. Tan pendiente de la admiración del público, decidió convertir cada pase en una solución final, con la doble posibilidad de producir la ocasión más hermosa de gol o el más temible de los contragolpes contra su equipo. Pero incluso en sus errores, Laudrup ha tenido el beneficio de la belleza, de la ofrenda constante de su destreza a los aficionados, que siempre han querido ser como Laudrup, el jugador que devolvía el fútbol a los sueños infantiles. Desde esa vertiente, la contribución de Laudrup al fútbol español ha sido impagable. Poco importa el tamaño de sus defectos —su pereza defensiva, la escasa llegada al gol e incluso su tendencia a desplegar sus encantos futbolísticos fuera de las alambradas del área— porque su legado tiene un valor incalculable para la salud del juego. Laudrup ha dedicado toda su carrera a embellecerlo, a despojarlo de cualquier rastro de grosería, a hacerlo más cívico y a dotarlo de un aire festivo que ha calado sin remedio en el corazón de los aficionados, porque el efecto encantador de Laudrup no ha hecho distinciones. Llegado el momento, amigos y enemigos se han visto enredados por el despliegue del gran seductor que miraba con un ojo el balón y con el otro el graderío. Todo esto en pretérito, porque Laudrup deja España y el juego. Lo de Estados Unidos o Japón sólo es un apeadero fugaz para alguien que ha decidido abandonar el gran fútbol.
El País, 3 de abril de 1996
EL EGOÍSTA CONSECUENTE
En un mundo que aprecia con severidad eclesiástica los códigos de grupo, que valora más que nunca la homogeneidad, en el fútbol sin perfiles que se predica en estos días, Romario produce perplejidad. ¿Cómo encajar a este individualista sinuoso en la maquinaria colectiva de un equipo y de un club? ¿Cómo adaptar a un inadaptable al compromiso común que precisa el funcionamiento de cualquier grupo? ¿Cómo evitar el conflicto con un futbolista que desestima la conducta gregaria, que desprecia los tics autoritarios, que es indiferente a los castigos, que mide su poder por medio del desafío constante? ¿Cómo gobernar a Romario el ingobernable? No hay un futbolista más singular en el mundo que Romario. Ni tan consecuente con sus ideas. Ni tan temible para un entrenador. Por supuesto, enseguida cabe hablar de Maradona, pero Maradona es de otra especie. Es un genio alienado por la fama, por el dinero, por las grandiosas expectativas que se han creado alrededor de él, por su incapacidad para desactivar la esquizofrenia que le genera el pequeño Maradona que lleva dentro, el Maradona probablemente humano y melancólico de un arrabal de Buenos Aires, y el personaje público y abominable que le domina hasta los límites de la desesperación. Pero finalmente, y a diferencia de Romario, Maradona encuentra su único amparo en la hora y media de fútbol, con los muchachos, con el cariño de la gente, agradecido a los códigos de complicidad que procura un equipo en la tarde del domingo. Más ahora que nunca, en su época crepuscular, cuando Maradona se resiste a aceptar su final, dispuesto sin duda a convertirse en un Fausto capaz de entregar su alma por el fútbol y por el muchacho feliz que quizá un día fue. En su etapa más gloriosa, Maradona pudo ser genial e impertinente, incómodo para algunos poderes del fútbol, pero nunca subversivo en la manera sutil en que lo es Romario. Porque desde su aparente autismo, Romario cuestiona el funcionamiento actual del fútbol, de los dirigentes, de los entrenadores, de los periodistas. Todo desde una postura temible, pero bien firme. En el hipócrita universo del fútbol, donde futbolistas, periodistas y directivos participan con complicidad y en silencio de la noche, el alcohol y el chismorreo, Romario dice que la noche es su amiga y que no le importa lo que piense nadie. Un día, Cruyff, cuyo ascendiente sobre Romario ha sido innegable, se atrevió a reprochar su conducta. «¿Y usted quién es para hablarme así? Usted no es mi padre», le contestó Romario. Ingobernable Romario que tampoco se achicó cuando Cruyff le amenazó con imponerle una multa millonaria si no acudía a su debido tiempo a la pretemporada en el Barça (verano del 94). Llegó a Barcelona tres semanas más tarde, recibió la multa, no la pagó y terminó tres meses más tarde en el Flamengo. Y hubiera terminado en una favela, o en Ipanema jugando al futvóley, porque las amenazas no le afectan. Ranieri, que llegó al Valencia con sus cacharros descacharrantes y con fama de duro, ha sufrido las consecuencias de los desafíos que invariablemente propone Romario. «Para el buen funcionamiento de todos, es necesario que los jugadores acepten ciertas normas de conducta. Y usted llegó ayer a las cuatro de la madrugada», dijo Ranieri. «Sí, ¿y qué? Con mi vida hago lo que quiero», contestó. «Si persiste en esa actitud, va a tener muy difícil jugar el Mundial con la selección brasileña», prosiguió el entrenador. «Usted ocúpese del Valencia que yo me ocuparé de la selección brasileña», terminó Romario, que dejó al entrenador cazando moscas ante la mirada del resto de los jugadores.
Esta conversación se produjo hace una semana en el vestuario del Valencia. Después arremetió contra la prensa y manifestó su desinterés por la opinión de sus compañeros. Sus declaraciones provocaron perplejidad general y el silencio del presidente Roig y el entrenador Ranieri. No tenían respuesta o no se atrevieron a aceptar el desafío de un hombre que tiene los rasgos del tahúr de timba. Y que las gana. Es habitual verle apostarse un millón de pesetas con directivos sobre el número de goles que piensa marcar en un partido. Generalmente se lleva la apuesta y el millón. Su desafío con el entrenador también lo ganó Romario, que será titular y bailará samba en los garitos. Es imposible medirse con Romario desde la autoridad cuartelera: no se entendió con Luis y se marchó a Brasil; lo mismo sucedió cuando Cruyff le apretó a golpe de órdenes. Un año antes le dijo que no le importaba que saliera por la noche si marcaba treinta goles. Exactamente los que anotó en su primera temporada en el Barcelona. Pero Romario también resulta inquietante desde el exceso de complicidad, porque entonces entiende que el interlocutor es un lacayo. Qué personaje inaprensible y fascinante.
No hay más remedio que aceptar que el mundo de Romario empieza y termina en Romario. Fuera del campo, donde no tiene otros amigos que la pequeña corte que le acompaña desde la infancia, y dentro del campo, donde se desinteresa por cualquier balón que pase a más de veinte centímetros de su pie. Pero en los dos planos, en el personal y en el futbolístico, es el egoísta más consecuente del mundo. Hace lo que le gusta y no concede un milímetro a la hipocresía y la demagogia. No busca a la prensa, declina el aplauso engañador y entiende el juego como el último mohicano del fútbol: con una pureza admirable, con una confianza ilimitada en sus recursos. Con la idea que, por lo visto, tienen los artistas de su oficio.
El País, 26 de octubre de 1997
¡VIVA GUARDIOLA!
[Admiré a Guardiola como jugador desde que le vi en uno de sus primeros partidos en el Barça. Era flaco y huesudo. Parecía cualquier cosa menos un portento atlético. No era veloz, no saltaba y no podía chocar. Cualquiera le hubiera desestimado para jugar en Primera, no digamos en el Barça. Pero Cruyff tenía ideas propias sobre el juego y los jugadores. Desde su irrupción, Guardiola tenía en su cabeza el mapa cruyffiano del fútbol. Conocía todos los secretos de aquel equipo tan cartesiano como irreverente. Contra pronóstico, aquel Barça no solo hizo época, sino que transformó al club, atormentado durante décadas por su vocación fatalista. Conocí a Guardiola en los entrenamientos previos al Mundial de Estados Unidos, en 1994. Recuerdo un momento muy gráfico. Bajo un sol aplastante, los internacionales comenzaron su primer entrenamiento en el campo del colegio de los Agustinos, en Bloomington (Illinois). El primer ejercicio, como es natural, fue una carrera al trote, ante la atenta mirada de Javier Clemente. Guardiola fue el último en agregarse. Conducía una pelota, herejía que no pasó inadvertida al seleccionador. Clemente se lo recriminó. Guardiola abandonó la pelota, seguramente con todo el dolor del mundo. En ese instante trivial, se escenificó la doble alma del fútbol español. Clemente no quería la pelota. Pep la adoraba. En eso continúa.]
Barça y Atlético jugaron el sábado un maravilloso partido imperfecto. Esta contradicción no existe en realidad. Nos hemos acostumbrado a mirar los partidos a través del ojo de los entrenadores, una raza cada vez menos sensible al deseo de los espectadores. Bilardo dijo un día que el partido perfecto es uno que acaba empatado a cero, porque de purita perfección no habría oportunidades frente a las porterías. Generalmente los partidos que satisfacen a los entrenadores no gustan a los espectadores. Y con razón. Frente al maquinismo que nos arrasa, el partido del Camp Nou fue un episodio escrito con emoción y goles por hombres y no por robots, por jugadores que mezclaron acciones formidables con errores ingenuos, pero siempre con grandeza, apasionadamente, con una fiebre contagiosa que se transmitió inmediatamente a los dos equipos, a los espectadores, a los periodistas, al más indiferente por el fútbol.
Afortunadamente fue una noche para el uso y disfrute de los jugadores, tan lastimados en los últimos tiempos por los burócratas que les dirigen. Ese partido, criticable y deficiente desde la lectura táctica, ha hecho más por el fútbol que cualquiera de esos productos liofilizados, asquerosamente asépticos, que tanto celebran los entrenadores.
En realidad, el interés de los técnicos está en usurpar el fútbol a sus verdaderos dueños: los jugadores y los aficionados. Lo hacen para establecerse como una casta dirigente, los sacerdotes de un juego que nadie entiende y a nadie gusta. Contra este modelo estéril se levantaron los jugadores del Atlético y del Barça, con Guardiola a la cabeza.
Guardiola levantó la bandera del fútbol desde el juego, la personalidad y la bravura. Otros jugaron bien o muy bien, pero Guardiola fue mas allá. Vino a decir que así se juega y así se siente el fútbol. Se lo dijo a todo el mundo, incluido a su entrenador. Cuando el partido iba peor para el Barça, con el Atlético a todo trapo, Guardiola mandó parar. Pidió la pelota, dio todas las órdenes oportunas —abrir el campo, tocar, mezclar el juego largo con el corto…— y encabezó la reacción de su equipo como los verdaderos caudillos.
Siempre nos quedará Guardiola mientras asistimos al derrumbe del juego que amamos. Nos quedará el futbolista comprometido con un estilo claro y generoso, con una manera de entender el juego que abomina del pelotazo grosero, del choque porque sí, de las innumerables miserias que abundan ahora. Nos quedará el jugador que se siente protegido y feliz cuando dispone de la pelota y la usa con criterio y astucia, con el cariño que se dispensa a las cosas queridas. Nos quedará Guardiola por su resistencia a aceptar el burdo mandato de los entrenadores que se olvidan de la hermosura del fútbol. Y también nos quedará Guardiola por el enorme sacrificio que le exige su compromiso con su equipo y con su profesión. Porque la desgarrada y brillante actuación de Guardiola frente al Atlético fue un monumento al fútbol y a la dignidad de sus verdaderos protagonistas.
El País, 12 de noviembre de 1996
EL ÚLTIMO BRASILEÑO
Si Rivaldo es el futbolista brasileño por naturaleza, Djalminha es demasiado brasileño incluso en su país. Rivaldo se destapó en aquel gran Palmeiras de Edmundo, Zinho y Roberto Carlos. Luego, fichó por el Deportivo y posteriormente por el Barça. En los dos equipos su sitio fue ocupado por Djalminha, hijo de un excelente defensa internacional en el Brasil de finales de los años sesenta y principios de los años setenta. No fue una época cualquiera. Djalma Dias coincidió con Pelé, Gerson, Tostao, Jairzinho, Clodoaldo y Rivelino, por citar unos cuantos inolvidables del fútbol. No se sabe el efecto que tuvieron aquellos virtuosos sobre el padre de Djalminha, pero lo cierto es que nadie se aproxima más que él a la idea del fútbol como felicidad. No son precisamente tiempos felices para el fútbol. En una magnífica entrevista de Tomás Guasch a Iván de la Peña en el diario As, el ex jugador del Barça habla del juego con una carga dramática de lamento y nostalgia. De la Peña se siente decididamente ajeno al juego de hoy, como si no tuviera sitio en esta cultura de la represión y la táctica. Rivaldo sobrevive porque resulta difícil oponerse a su cuenta de goles. ¿Y Djalminha? Su caso se aproxima decididamente al de Iván de la Peña, con un factor que le beneficia en la comparación. Allí donde De la Peña termina por rendirse a una especie de melancolía, Djalminha aparece como un artista arrogante, incapaz de condescender con aquellos que pretenden reprimirle.
Algo peligroso le sucede al juego cuando ni Brasil puede permitirse a Djalminha. No hay lugar en la selección para un espíritu libre, para un futbolista que se niega a aceptar el juego como algo hermético, sin alma ni brillo. La idea que se desliza por ahí es que Djalminha representa al jugador estrictamente ornamental, cuya banalidad se festeja en los graderíos, a cambio de representar un problema para la estabilidad del equipo en todos los órdenes. Nada más lejos de la realidad. Quizá le falte la contundencia de Rivaldo, pero probablemente le supere en valor para asumir las exigencias del fútbol. Después de su acreditada trayectoria en el Depor, pocos jugadores están más preparados que Djalminha para los partidos grandes, donde se mide de punta a cabo la fibra de los ganadores. Pocos tienen tanto coraje para asumir responsabilidades, para buscar la victoria a través de la creatividad, para sorprender a los rivales a través de registros inesperados, para ofrecer alternativas novedosas al pesadísimo fútbol de hoy. El que se ha tragado a De la Peña. Con Djalminha no puede. Pocos jugadores reciben más palos de la crítica, de los rivales y de los árbitros. Por fortuna, a él le importa bien poco. Ha decidido ser fiel a sí mismo y a lo que le gusta. Y resulta que lo que le gusta también le satisface a la gente. No sólo eso. Además pone en cuestión la conducta represora que impide la aparición de más Djalminhas. Lo hace limpiando rivales, ganando partidos —el Madrid puede atestiguarlo— y dándose el gusto de ser más brasileño que nadie.
El País, 14 de marzo de 2000
EL GRAN CINCO
Hay un deseo tan grande de perfección en Redondo que probablemente le limita. Su personalidad obsesiva le impide liberarse de los mitos, las ambiciones y los prejuicios que le rodean. Los mitos nacen de su condición de medio centro, el cinco argentino, figura sagrada en su país que condiciona a todos los que persiguen la sucesión del gran cinco: el venerado Pipo Rossi. Redondo, que conoce la historia, ha pretendido ser Rossi en juego, en presencia, en autoridad. Un peso demasiado grande que, en ocasiones, le ha quitado naturalidad a su fútbol. Las ambiciones surgen de un futbolista que abandonó joven su país, generó alguna polémica y llegó a Europa con el objetivo de convertirse en un jugador de referencia. Los prejuicios son de los otros, de los críticos que estuvieron a punto de acabar con su carrera en el Madrid tras su primera temporada con Valdano. Jugó bien o muy bien, pero su figura fue tan discutida que Redondo sufrió un calvario cada vez que saltaba a jugar en Chamartín. Demasiado peso, demasiada tensión, demasiado ruido sobre el jugador que conquistó el Westfalen Stadium de Dortmund. Durante sus cuatro años en el Madrid, Redondo siempre ha tenido que convencer a alguien. Primero al presidente Mendoza, que quería contratar a Simeone. Después a cierta crítica, extraordinariamente severa con él. También al público, que le miró sospechosamente en su primera temporada y le censuró con saña en la segunda. Y naturalmente a algunos entrenadores. Capello pretendía traspasarle, lo llevó a una posición desacostumbrada y terminó por convertirse en su primer defensor, hasta el punto de intrigar para llevarle al Milan.
Esta difícil carrera desembocó el miércoles en Dortmund, donde jugó de la manera que Valdano imaginó cuando le fichó para el Madrid. Fue un jugador dominante en lo técnico, en el carácter e incluso en lo físico. Puesto a ganar, ganó todos los balones divididos. Redondo, cuya obsesiva pulcritud le ha llevado en ocasiones a un juego banal, entendió en Dortmund la categoría trascendental del partido.
Para un futbolista que siempre ha tenido muy en cuenta el valor de la historia, la cita de Dortmund servía para definir verdaderamente su papel en el Madrid. No falló a la cita. Su figura emergió de tal forma que el partido le perteneció desde el principio hasta el final. Una demostración enorme que traslada a Redondo a una posición indiscutible en el Madrid. Cuatro años después, Redondo ejerció el liderazgo con la sabiduría que sus incondicionales suponían y que sus críticos negaban.
El País, 17 de abril de 1998
DOS GENIOS EJEMPLARES
Hay unos pocos jugadores que generan una inmediata sensación de nostalgia cuando abandonan el fútbol. Nostalgia y certeza del vacío que producen con su retirada. En pocos casos es más evidente que en la despedida de Mauro Silva y Fran, los dos futbolistas que han abanderado la edad de oro del Deportivo. Ha habido otros importantes, desde Bebeto hasta Valerón, pero ninguno de ellos ha alcanzado la magnitud de Mauro y Fran, cuyo legado es impresionante por su categoría como jugadores, por su compromiso con un club al que han servido sin desmayo, por su ejemplar conducta en el campo y por el talante discreto que les ha caracterizado, tan extraño en los tiempos actuales. Se van casi en silencio, espontáneamente admirados no sólo por los hinchas del Depor, sino por todos los aficionados españoles. No es fácil ese reconocimiento universal en el fútbol, pero Mauro y Fran se lo han ganado durante sus largos años en un equipo que pasó de la nada a la gloria en un instante. A ellos les correspondió el mérito de conseguirlo. Más aún, a ellos se debe que el éxito no fuera algo efímero. Elevaron al Deportivo a la categoría de fenómeno social en su imprevisto salto de los sótanos de la Primera División a la cima del fútbol español; conquistaron la Liga y la Copa; protagonizaron momentos memorables en la Copa de Europa; convirtieron al Deportivo en una referencia internacional; mantuvieron su vigencia hasta una edad prohibitiva en el fútbol actual. Ahora se van y el Depor parece un equipo huérfano, desarmado, sin perfiles que lo definan. Lo definían ellos, Mauro Silva y Fran, dos futbolistas a la vez iguales y distintos.
Han sido iguales en lo esencial: el profundo conocimiento del juego, la pasión por el fútbol y el compromiso inquebrantable con su club. Y, sin embargo, pocas veces se habrá visto en un equipo dos jugadores más distintos. Mauro ha sido el genio defensivo, uno de los más grandes que ha dado el fútbol en cualquier época. Rocoso, compacto, no especialmente rápido, pero eléctrico para descifrar los problemas que se avecinaban en los partidos, convirtió la parte casi invisible del juego en un arte, en algo tan evidente que su magisterio defensivo producía asombro. Era un manual por su inteligencia para leer el juego de sus rivales, por la perfecta utilización del cuerpo para quitar la pelota, por su felina capacidad para arrebatarla de los pies rivales, por el formidable despliegue físico que tantas veces le permitía sostener en solitario al Depor en el medio campo y liberar de rigores defensivos a los artistas del equipo, por la calidad de sus intercepciones, donde el vigor jamás estuvo contaminado por la violencia, por su inteligencia para comprender sus limitaciones y entregar la pelota cortita y al pie. Detrás quedan partidos memorables: la final del centenariazo en el Bernabéu, donde Mauro fue un gigante, o una noche particularmente inolvidable en Highbury frente al Arsenal que acaudillaba Vieira, reducido a la nada por el maestro brasileño. Se va también un futbolista ejemplar por su conducta, la perfecta representación del profesional, competitivo hasta el extremo, irreprochable en la victoria y en la derrota, admirado por compañeros y rivales, el jugador que nos ha recordado en cada partido los valores éticos del fútbol.
Al lado de esa columna que ha sido Mauro, Fran era el jugador poético que invitaba a la fascinación. Sin embargo, jamás fue un futbolista superficial. Todo lo contrario. Pocos centrocampistas españoles han sido más concretos en su juego. Siempre hizo lo correcto en el momento adecuado: regatear, cruzar la pelota, filtrar un pase, asociarse en corto o rematar. Era intuitivo y engañador, mediocampista de gran vuelo, sometido como casi todos los mejores jugadores españoles a prejuicios injustos. Su corta carrera internacional se antoja como el producto de dos dificultades: la desconfianza que le mostró Clemente y la sensación de sentirse más feliz en su pequeño entorno atlántico. En el Depor se sentía querido, valorado y ajeno al ruido mediático que siempre pareció molestarle. Allí encontró la posibilidad de expresarse como futbolista desde niño, con un compromiso admirable por su club, al que elevó desde la nada hasta la cima con su exquisito juego. Ahora se va Fran y también Mauro. Se van dos de los más grandes jugadores que ha dado la Liga. Se retiran discretamente, como corresponde a su carácter, sin el reconocimiento que merecen por parte del presidente del Deportivo, como suele suceder en el fútbol español, tan mezquino con los mejores. Quienes no tienen dudas son los aficionados, los del Deportivo y todos los demás: saben que Mauro Silva y Fran son irrepetibles.
El País, 29 de mayo de 2005
GATO BLANCO
En el afán por desbaratar lo que es perfectamente explicable, por destruir de una manera infame la reputación de un futbolista, la prensa italiana había comenzado a tirotear a Zinedine Zidane, un jugador maravilloso que no había ganado jamás una final. Un periódico deportivo le calificó ayer de gato negro, como si diera mal fario a sus equipos y no hubiera mejores explicaciones. Pero en el interés por distraer se había llegado a la conclusión más sencilla: culpable Zidane. ¿Por qué? No se sabe. El caso es que el centrocampista francés había perdido las dos últimas finales de la Copa de Europa con la Juve y eso le había dado categoría de perdedor. Una nueva derrota le habría colocado en una situación insostenible frente a unos juicios tan ligeros. Fue el mejor de su equipo frente al Madrid en Amsterdam, el único que estuvo a la altura de su reputación, pero ningún periódico se atrevió con Del Piero. Como juego que es, el fútbol tiene ganadores y perdedores. O mejor aún, nadie gana todo y casi nadie pierde todo. Zidane ha ganado esta vez. Lo ha hecho en el nuevo corazón del fútbol francés, en el lujosísimo estadio de Saint Denis, un recinto que debería cambiar su nombre. Estadio Zidane, en lugar de Estadio de Francia. En enero, en una noche terrible de frío, Zidane marcó el primer gol en lo que se espera larga vida del campo. Zubizarreta fue su primera víctima. En este mismo lugar, vivió uno de los momentos más dramáticos de su carrera: su expulsión tras agredir a un defensa de Arabia Saudí en el segundo encuentro de la primera ronda del Mundial. En Saint Denis reapareció de nuevo, esta vez frente a Italia. Y en el estadio del futuro inscribió su nombre para la historia, con dos goles frente a Brasil en la final de la Copa del Mundo. ¡Zizou, Zizou! La hinchada francesa no podía contener el entusiasmo hacia su héroe, un hombre taciturno, contenido, casi inexpresivo en estos tiempos de futbolistas sobreactuantes. La expresión natural de Zidane es la dignidad, en el juego, donde actúa de manera irreprochable, con categoría, finura y soluciones. Fuera del campo, también es un hombre digno. Lo ha sido desde sus difíciles comienzos en los secarrales de Marsella. Hijo de emigrantes de la Kabila argelina, de origen bereber, Zidane nació en el barrio de la Castellane de Marsella, refugio de inmigrantes norteafricanos.
Fanático del Olympique de Marsella, nunca pudo jugar en el equipo de su corazón, a pesar de su temprana fama. Fichó por el Cannes y después fue traspasado al Girondins de Burdeos, donde fue decisivo en la célebre temporada que llevó al equipo francés de la Intertoto a la final de la Copa de la UEFA. Había algo extraño en aquel jugador siempre sereno, aparentemente fuera de onda en el hiperactivo fútbol de hoy. Cruyff lo recomendó al Barça, pero finalmente firmó por el Juventus. Llegó a Italia en medio de cierta desconfianza, producto de la antipatía que tiene el calcio hacia el tipo de jugador que representa Zidane: un futbolista poco excesivo, aparentemente lento, con un aspecto indolente, sin demasiado gol. Pero su trayectoria en Italia ha sido intachable. Ha ganado dos Ligas con la Juve y se ha consagrado como un jugador fundamental de nuestro tiempo. En realidad es un futbolista engañoso: es más rápido de lo que parece, su laboriosidad es indiscutible y su evidente hermetismo es más gestual que otra cosa. En el campo se explica como nadie.
Marcello Lippi, su entrenador en la Juve, dice que Zidane escucha, atiende, aprende y no tiene delirios de grandeza. Su pasión es el fútbol. Su equipo, el Olympique de Marsella. Su ídolo, el uruguayo Enzo Francescoli, ex jugador del club marsellés. En su honor llamó Enzo a su primer hijo. Poco más se sabe de un hombre tranquilo que ha estado cerca de sufrir un calvario. Gato negro, se atrevieron a llamarle. Ahora es el héroe francés, el futbolista que derrotó a Brasil en la final de la Copa del Mundo. Se acabó el mito: Zidane es gato blanco.
El País, 13 de julio de 1998
EL JUGADOR QUE EXPLICA EL ENIGMA DEL FÚTBOL
Por quinta vez desde que hace siete años apareciera en escena, Raúl se ha llevado el título al mejor jugador español en la encuesta anual que realiza El País entre los técnicos de Primera, y que cumple su 12.ª edición. Diez votos recibió Raúl, lejos del segundo clasificado, Mendieta, que logró cuatro. Figo repitió como mejor extranjero de la Liga, mientras Javi Moreno cogía el testigo de Gerard en el apartado de jugador revelación. Zidane y Kahn fueron considerados los mejores de las ligas extranjeras. En la elección de mejor equipo de la temporada, el campeón de la Liga española, el Real Madrid, pudo con el campeón de Europa, el Bayern de Múnich.
A veces dan ganas de preguntarse qué gasta de especial Raúl. No es rápido, ni fuerte; no es un chutador, ni un cabeceador; tiene más imaginación que habilidad y no tiene el físico para sostener toda su imaginación. Ahora que está de moda relacionar el fútbol con el sistema de pesas y medidas, Raúl es un enigma maravilloso porque cuestiona cierto cientifismo de tres al cuarto. Se puede decir que Raúl es un compendio de cualidades intangibles, lo que supone un problema para aquellos que pretenden destripar el fútbol con teorías esquemáticas. Pero, por si acaso, Raúl también responde con números a los que piden números, de tal manera que no hay debate posible. Raúl no es una cuestión de gustos porque rebasa lo subjetivo. Después de siete temporadas en Primera, ha logrado 127 goles, cifra que le coloca en el 28.º puesto de la lista histórica de goleadores de la Liga. No está mal para un jugador que el miércoles cumple veinticuatro años.
Sus números son tan disuasorios que hasta los escépticos se sienten obligados a claudicar ante el delantero madridista. Su eficacia es demasiado constante como para discutirle. De las seis últimas encuestas de El País, Raúl ha ganado cinco. Que su designación proceda de los entrenadores ayuda en la idea que se tiene de él como el jugador que todos los técnicos desearían tener. Estamos, por tanto, ante un futbolista que hace época.
Las intangibles cualidades que tanto ayudan a Raúl se relacionan con el viejo arte del fútbol, con ese misterio que consiste en saber jugar, cosa que es muy evidente en Raúl. Probablemente pasará a la historia como un goleador vicioso, pero su eficacia en el área no es la del jugador puramente instintivo que no logra descifrar el secreto de su éxito. Digamos que Raúl es un intuitivo cartesiano, algo que, en su caso, no es contradictorio. Por supuesto, dispone del don de los goleadores, y eso ni se compra ni se vende. Se tiene. Pero la mayoría de sus goles son perfectamente explicables a través del método. Entra y se va de la jugada como Hugo, se anticipa como el primer Butragueño, descubre los errores defensivos antes que nadie, atiende a los rechaces con una tenacidad admirable, busca las zonas donde los centrales se sienten más incómodos y toma decisiones en el área con frialdad de cirujano. Todas estas cualidades hacen de Raúl un goleador de primer nivel, pero le explican de manera insuficiente como futbolista, porque se trata de un jugador cuyo peso no se limita al área. Para empezar gana partidos, algo que no es equivalente a su condición de goleador. Son mundos distintos que convergen en el caso del delantero del Madrid: cuando peor pintan los partidos, más fácil es que los decida Raúl. Y no sólo es un ganador con los números en la mano, lo que sería suficiente para acreditarle como una gran estrella. Su aportación llega a zonas del equipo que parecen muy alejadas de las obligaciones de un delantero. Su facilidad para desentrañar los partidos admite pocas comparaciones en el fútbol español. Muchas veces se descuelga hasta el centro del campo y comienza a operar como un centrocampista, sin perder su mirada al área. Es entonces cuando se reúnen en Raúl el goleador de siempre y el centrocampista de toda la vida: dos grandes futbolistas por el precio de uno. O sea, un jugador impaga
