Olímpicos

Ramón Márquez C.

Fragmento

Prólogo

Cuando fui elegido Presidente del Comité Olímpico Mexicano en el año 2000, entre mis prioridades me propuse promover el Movimiento Olímpico en México, tarea que ocupa gran parte de mis actividades.

Generalmente son las instituciones las que se encargan de promover el deporte, porque es una de sus funciones principales; sin embargo, son muchas las personas que a iniciativa propia lo hacen de una u otra forma. Uno de ellos es sin duda mi amigo Ramón Márquez.

Cuando me contó su idea de publicar lecturas selectas sobre historias reales de grandes personajes del mundo deportivo olímpico, me entusiasmó su proyecto ya que promueve claramente el Movimiento Olímpico.

El mundo recuerda a los campeones o medallistas olímpicos por sus hazañas deportivas, pero muchas veces desconoce la parte humana del personaje y todo lo que tuvo que padecer para llegar a su objetivo, y eso es precisamente lo que se cuenta en este libro, en el que constatamos que, aunque conocemos sus actuaciones deportivas y las calificamos como extraordinarias, son al fin y al cabo personas corrientes, que vivieron situaciones especiales.

Las historias bien escritas de forma sencilla y amena nos llevan a conocer al deportista y a entender mejor la época en que vivieron, situaciones divertidas en varios casos, así como verdaderos dramas en otros.

A través de esta magnífica recopilación de historias podremos valorar aún más el esfuerzo que hace un atleta por llegar a la gloria olímpica e incluso conocer más allá, ver todo el esfuerzo que hizo para lograrlo. Al darnos cuenta de todo lo que se debe sacrificar como atleta y todo el apoyo que requiere, seguramente muchos de nosotros veremos que es necesario brindar más ayuda, sobre todo cuando el atleta está en sus inicios, cuando nadie lo conoce y cuando requiere todo tipo de apoyos.

Ser atleta es convertirse en héroe, gloria olímpica, pero ser un atleta sin perder ese lado humano, sin perder de vista la realidad y sin dejarse llevar por todas las frivolidades que a veces lo rodean cuando está en la cima de la popularidad, lo convierte en un ejemplo que seguir y no sólo por ser deportista, sino por su gran calidad humana, como podremos apreciar en estas páginas.

Estoy seguro de que disfrutarán con esta lectura como yo lo hice. Felicito a Ramón por su excelente trabajo al sintetizar tanta información de grandes personajes deportivos, sensibilizando a todos aquellos que tenemos en común el gusto y el amor al deporte.

FELIPE MUÑOZ KAPAMAS

1

Los primeros

JAMES CONNOLLY. ATENAS, 1896

...Y TRANSCURRIERON MÁS DE 1503 AÑOS

Es una historia en cuatro tiempos.

I

En los muelles de Nueva York, James Connolly se disgusta al ver que la nave alemana Barbarrosa es un buque de carga. Esperaba que fuese un transatlántico.

Poco después, fogonazos de rabia le golpean la cabeza: charla con los otros nueve atletas estadounidenses que competirán en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, y le irrita saber que la Universidad de Princeton sí otorgó permiso y costeó los gastos de viaje a Herb Jamieson, Frank Lane, Al Tyler y Bob Garrett. Él tuvo que renunciar a Harvard, que le negó la autorización. Se conforta al ver que Ellery Clark, con quien estudiaba en Harvard, vestirá el uniforme del Boston Athletic.

Así que también a él le negaron el permiso. No, le dice Clark. Harvard le autorizó la ausencia por sus excelentes calificaciones. La discriminación fue disfrazada con el atavío del Boston Athletic.

Inicia, así, el 8 de marzo de 1896, el que será un azaroso viaje. Los jefes de la delegación calculan que la travesía culminará en Atenas a doce días de la inauguración de los juegos.

El Barbarrosa ancla en Gibraltar y los atletas viajan por ferrocarril hacia Brindisi. En Nápoles se produce una escala de dos horas para cambiar de tren. De repente y mientras los atletas charlan en la estación, un ladrón roba la maleta de Connolly y huye velozmente. Connolly le da alcance en una callecita cercana, pero el atracador ha escondido la maleta y se resiste a revelar dónde está. Connolly lo lleva a una comisaría. Ahí lo obligarán a decir dónde tiene oculto el equipaje. Pero urge: en una hora partirá su tren hacia Brindisi. Pero los policías no tienen prisa; realizarán una «exhaustiva investigación» y Connolly deberá permanecer en la ciudad mientras todo se aclara.

No. Imposible. Por fin Connolly ve su reloj de pulsera y corre hacia la estación. Cuando llega, ya la inmensa oruga de acero se desliza lentamente sobre las vías. Connolly acelera. En la plataforma del furgón de cola sus compañeros gritan al verlo. Se va, se va el tren. En el último momento, las manos de Arthur Blake y Tom Burke aprisionan las de Connolly y lo suben al ferrocarril.

Nunca corrí más rápido. Ni siquiera con zapatillas para correr. Cuando subí al tren estaba aliviado... Y sin equipaje.

JAMES CONNOLLY

La nave que partió de Brindisi ancla en Atenas a las once de la noche del 25 de marzo. O al menos así lo supone la delegación estadounidense cuando se registra en el hotel, mientras una multitud desfila por las calles al compás de una estruendosa banda musical.

—¿Siempre son así las noches aquí? —preguntan los estadounidenses al recepcionista.

—No. Sólo en la noche previa a la inauguración de los juegos —responde sarcástico.

—Pero hoy es 25 de marzo.

—No. Es 5 de abril.

Los griegos se rigen por el calendario ortodoxo; el resto de las naciones por el romano, con el que existe una diferencia de doce días. El resto de las naciones —con una obvia excepción— lo investigó a tiempo y sus atletas están en Atenas desde hace dos semanas. La prueba de triple salto —en tres pruebas se inscribió Connolly— será la primera de los juegos. James tendrá doce horas y doce días para prepararse.

II

Hace apenas unos meses que James Connolly cumplió veintisiete años —nació el 28 de octubre de 1868 en South Boston—. El balance de su vida le causa una profunda insatisfacción. ¿Qué ha hecho sino vagar? Fue el verbo predilecto de los diez hermanos Connolly, hijos de John Connolly y Mary O’Donnell, ambos irlandeses, e hijos también de la pobreza. John se dedica a la pesca y sus ingresos apenas cubren las necesidades más básicas.

Los Connolly se juntan con otros chiquillos en las calles y en descampados, porque no hay parques en South Boston. Corren, saltan, juegan a béisbol. Cuando James cursa secundaria, redacta un trabajo sobre la Declaración de Independencia. Su maestra descubre la vena literaria y lo envía a una convención de supervisores escolares. «Esto es una muestra de lo que puede hacer un estudiante de doce años en una escuela pública de Boston.» Pero James decide que ya es suficiente. Cambia el pupitre por una silla de oficinista en una compañía de seguros.

En 1891 ingresa en el Cuerpo de Ingeniería del ejército, donde desarrolla su potencial deportivo: forma un equipo de fútbol americano en la Catholic Library Association, es capitán del club ciclista y comienza a competir en salto.

Pero en 1895 llega la reflexión. Inmenso es el horizonte del futuro, sí, pero tiene que prepararse. Ingresa en el colegio de Ingeniería en la Universidad de Harvard. También quiere ser atleta y se inscribe en el Huffolk Athletic Club. En febrero de 1896 se convierte en plusmarquista nacional en las tres modalidades de salto. Se ha ganado una plaza en los juegos de Atenas. Pero se celebrarán en abril, en plena temporada de clases. Connolly pide permiso para ausentarse y ayuda para sus gastos. El 19 de febrero su petición es rechazada. Tendrá que renunciar y, al finalizar los juegos, intentar la reinscripción. «¡Harvard queda fuera de mi vida! ¡Buenos días!», vocifera James, encolerizado.

En Atenas representará al Club Suffolk que, a cambio, le obsequia uniformes de competición. Gustosamente le daría dinero y equipo, «pero no tenemos ni lo uno ni lo otro». Connolly viaja con las ganancias obtenidas de una venta de pasteles organizada por su parroquia.

III

6 de abril de 1896

Hoy renacen los Juegos Olímpicos. A las tres de la tarde se inicia la primera prueba: triple salto. Connolly es el último de los doce competidores en saltar. Cuando llega su turno, Alexandre Tuffere está al frente con 12,70 metros; le sigue Ioannis Persakis, con 12,52. Ya. Salta Connolly. ¡Por más de un metro supera a Tuffere! Con 13,71 metros es campeón olímpico; el primero de la era moderna —el último, hace 1.503 años, fue el boxeador armenio Prince Barasdates—. Lo premian con una rama de laurel y una medalla de oro. Al día siguiente es tercero en salto de longitud y, el día 8, obtiene la plata en salto de altura.

Connolly viaja por Europa y parte de regreso desde París cuando en sus bolsillos descansan los últimos tres dólares. Arriba a South Boston en la negrura de la noche, solitario. En la maleta viajan sus diplomas olímpicos metidos en una caja de zapatos, una copa de oro que le obsequió el príncipe Jorge, una corona de olivo del sagrado olivar de Zeus en la antigua Olimpia y unos veinte metros de seda para su madre.

Años después escribirá en sus memorias: «Volví roto. Sin trabajo, sin dinero. Debía buscar la forma de ganarme la vida».

IV

Aflora entonces la vena literaria descubierta en la infancia. Se ganará la vida escribiendo. Publica en dos diarios de Boston, en dos revistas deportivas, y en 1898 gana fama nacional: como un combatiente del Ninth Massachussets Infantry en La Habana, escribe largas cartas a su amigo Peter y le cuenta las crudas realidades de la guerra hispano-americana. Peter las encuentra tan reveladoras que las muestra al director del Boston Globe; las crónicas del «terrible verano en Cuba» —como lo define Connolly— son publicadas en primera plana. Al finalizar la guerra, James es premiado por su valor en combate. Regresa con veinticinco kilos menos, pero aun así acepta un trabajo como entrenador del Club Atlético Gloucester y juega en el equipo de fútbol americano. El duro entrenamiento lo pone en forma para sus segundos Juegos Olímpicos: París 1900.

La vida en la Ciudad de la Luz no es una vida de color de rosa para él. No tuvo que pagarse el viaje: cruzó el océano trabajando en un barco que transportaba ganado. En la semana previa a la competición vive con veinticinco centavos al día. Su entrenamiento consiste en interminables caminatas por la ciudad que no permite un segundo de descanso a la vista.

El 16 de julio de 1900 el primer campeón olímpico va en pos de nuevos laureles. Por cuestiones económicas su desayuno es frugal: un huevo, pan y café con leche. Y como no tiene dinero para el transporte, a través del aire puro del bosque de Bologna recorre los once kilómetros que lo separan del estadio.

Nuevamente es el último en saltar. Aterriza a 13,97 metros de distancia, 26 centímetros más que en Atenas. Pero su compatriota Meyer Prinstein lo supera por medio metro. A los treinta y un años se retira del deporte con una medalla de oro, dos de plata y una de bronce. Pero le atormentan dos preguntas: «¿Qué comeré hoy?» y, sobre todo, «¿Cómo demonios voy a regresar?».

Todo es resuelto por el adinerado Bob Garrett, su compañero en los días olímpicos de Atenas, quien vive en París. Garrett llena su nevera y le presta dinero para un viaje Nantes-Nueva York en tercera clase. Al llegar a casa, Connolly escribe su primer cuento corto: una historia deportiva para niños. Sus ganancias van directamente a la cuenta bancaria de Garrett.

Luego publica, en numerosos diarios, deliciosas crónicas de su viaje como pasajero de tercera clase en un transatlántico. A partir de entonces, el mundo de las letras es su único mundo. Se embarca en largas travesías, acaso llevado por el espíritu irlandés, y escribe de mares, de buques, de marinos, de tierras lejanas... Es contratado por el Scribner’s Magazine, que vende sus historias en Inglaterra y, más aún, lo envía al Ártico, al mar Blanco, a la costa siberiana; pesca con esquimales y navega con pescadores ingleses en el mar del Norte y con alemanes en el mar Báltico. El presidente Roosevelt lo autoriza para abordar cualquier nave de la Armada —incluyendo submarinos—, donde sea, cuando sea, por el tiempo que sea, y sin importe el destino que lleven.

En 1906 vuelve a Atenas —se disputan unos Juegos Olímpicos nunca reconocidos por el COI— y escribe la novela corta El vencedor olímpico.

Pero también aborda la política internacional: es enviado a la frontera rusa para tratar asuntos relacionados con la emigración. En enero de 1914, Collier’s —revista semanal con tiraje de un millón de ejemplares— convoca un concurso de relato corto. Connolly es uno de los ocho mil participantes, y con La barca pesquera gana el primer premio y un puesto fijo como reportero.

Tres meses después la revista lo envía a Veracruz: las relaciones conflictivas entre los dos países vecinos desemboca en la invasión del puerto por las fuerzas armadas norteamericanas. El 21 de abril Veracruz despierta bajo el intenso bombardeo de cuarenta y cuatro buques. A las 11.30 Connolly observa la invasión. La ciudad ofrece resistencia pero se rinde para evitar mayor derramamiento de sangre. El general de brigada Frederick Funston administra la ciudad conquistada.

Su oficial de inteligencia es el joven capitán Douglas MacArthur. Este pronto despierta el interés de Connolly, quien sigue de cerca sus actos de valentía. Es arrojado, pero ya asoma en él una arrogante rebeldía. Le envían a una misión tras las líneas mexicanas. Pero se extralimita: captura un ferrocarril de las fuerzas federales y lo lleva al puerto. Lo recomiendan para la Medalla de Honor, pero le es negada porque desobedeció las órdenes de Funston.

Connolly no lo sabe, pero ese joven militar será presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos, y jefe de la delegación de su país en los juegos de Ámsterdam de 1928.

Connolly ya ha viajado en todo tipo de embarcaciones, ha volado en aeroplanos, helicópteros y dirigibles, ha sido corresponsal de guerra y ha escrito desde las trincheras... Ha sido campeón olímpico... En la búsqueda de un perdón que nunca obtuvo, Harvard le regaló un suéter como miembro honorario del equipo de atletismo, pero Connolly rechazó un doctorado honorario...

James Connolly fallece el 20 de enero de 1957. Escribió veinticinco novelas y doscientos cuentos cortos, pero nunca relató por escrito sus experiencias olímpicas. De ellas solía charlar en amenas tardes con sus amigos, al calor de una aromática taza de café irlandés.

EDDIE EAGAN: CAMPEÓN EN VERANO... Y EN INVIERNO

AMBERES, 1920

Frank Merriwell y Eddie Eagan nacen con dos años de diferencia. Frank es un personaje de novelas cortas que a partir del 18 de abril de 1896 publica Tip Top. Es un atleta versátil y de gran fuerza, que siempre gana y jamás se lesiona. Es líder en Yale. Se gradúa como abogado, resuelve los casos más complejos y sirve y protege a la sociedad. Será el modelo que seguir de Eagan, quien nace el 26 de abril de 1898. Eddie superará a su ídolo: es el único campeón en Juegos Olímpicos de verano e invierno.

Julio de 1930.

Eddie Eagan decide que es tiempo de escribir quién ha sido y quién es:

Pelear fue divertido. Me consiguió un título olímpico. Fue factor importante en mis estudios en cuatro universidades de dos continentes. Me llevó dos veces alrededor del mundo. Frecuentemente, como cualquier deportista amateur, pienso en lo que hubiera sido una carrera profesional. Pero, cuando me persiguen fantasmas como las taquillas millonarias y el rugido de las multitudes, en mi mente relampaguean estampas de batallas solitarias que gané. Y me siento confortado.

De ahora en adelante soy un abogado.

—¿Qué? —pregunta Margareth, su voz reverberando en un túnel de asombro.

—Que competiré en los Juegos Olímpicos de invierno. En uno de los equipos de bobsleigh —insiste Eddie.

—¿Cómo, si jamás te has subido a uno de esos trineos? —vuelve a la carga su esposa—. ¿Cómo, si faltan tres semanas para la inauguración?

—Lo sé. Pero quiero ser doble campeón olímpico. Así lo habría hecho Frank Merriwell.

Dos horas antes, Eddie se había dejado llevar por la charla envolvente de su amigo Jay O’Brien, capitán de una de las dos escuadras estadounidenses en los juegos en Lake Placid.

—Tenemos un gran problema, Eddie. Uno de nuestros cuatro tripulantes ha optado por el bobsleigh de dos plazas. Así que nos falta alguien. ¿Cubrirías el puesto? —preguntó vacilante.

—Por qué no —dijo Eddie con firmeza—. He estado muy concentrado en las leyes. Un cambio me hará bien. —Y sonrió.

El conductor del trineo será Billy Fiskie; hace cuatro años, cuando apenas tenía dieciséis, fue campeón en Saint Moritz—. Detrás de él irá Eagan. A sus espaldas viajará Tippy Gray. O’Brien será el cuarto tripulante.

Con la guardia en alto ante un enemigo invisible, Abe Tobin indica a su discípulo, un niño de doce años que lo mira con mucha atención: «Tienes que hacer un trabajo de pies; bailotea en el duro piso de un granero. Después aprenderás el golpe clave en el boxeo: el directo de izquierda».

Rellenamos de serrín un saco de cemento y le pintamos un rostro. Toby me amarró la mano derecha y sólo disparé la izquierda. El directo, una y mil veces. Después vino el gancho.

EDDIE EAGAN

—Bien. Ahora, el cruzado de derecha. Izquierda-derecha será tu combinación ideal. ¿Entiendes?

No hay más respuesta que la mirada desorbitada de Eddie. No habla mucho este niño que perdió a su padre antes de cumplir un año. John Williams Eagan, ingeniero de ferrocarriles, falleció en un accidente y dejó a su familia viviendo prácticamente en la miseria. Clara Bartholomew mantiene a cinco hijos, de uno a ocho años. Domina cinco idiomas y recibe unos dólares por enseñar francés y alemán; algunos más por lavar ropa. Cuando cumple cuatro años, Eddie la ayuda en esta última tarea; vende periódicos, hace recados. A los once años es un apasionado de la historia, de Frank Merriwell, y mozo en el Rancho Corral, donde conoce a Tobin, oficial de caballería en la Guerra de Secesión. El capataz Tim Healy es un tipo rudo, bravucón y de hablar profano. Le respalda su corpachón de 1,90 y 95 kilos de pura fibra, que no significan nada cuando inicia una pelea con Tobin. Una derecha le explota en la mandíbula. Se levanta enfurecido y embiste como un toro. Tobin lleva a cabo un excelente juego de piernas, contragolpea, y la paliza acaba cuando Healy se rinde.

Estoy aquí, embutido en mi mono remendado, por cierto mi única prenda. Mi corazón late furiosamente mientras observo el encuentro. Un hombre pequeño vence a un fanfarrón del doble de tamaño. En sus ingeniosas fintas, en los directos y los ganchos, en el veloz trabajo de pies y en su maravillosa elusividad veo gracia, ritmo, poesía en acción. Ahora sé que existe la ciencia del boxeo. ¡A los doce años encontré mi propósito de vida! Por favor, Abe, enséñame.

EDDIE EAGAN

—Es muy sencillo —explica Tobin—. Mira, yo estaba en caballería, y en batalla íbamos de avanzada para distraer al enemigo. Entonces llegaba la artillería y lo hacía volar en pedazos. Piensa que tu izquierda es la caballería y tu derecha la artillería.

Ya está.

—Ahora planea los golpes en pares: uno-dos, directo y cruzado. O en tríos: uno-dos-tres, directo, cruzado y gancho izquierdo al plexo.

¡Pum!, ¡pum! Directo de izquierda y cruzado de derecha. En el primer round cae noqueado el rival. Eddie tiene dieciséis años y así debuta en el boxeo. Pero si quieres ser como Frank, le dice Tobin, sigue sus pasos: estudia, inscríbete en Longmont High School.

Dos años más tarde, Eddie consigue el título Oeste del estado en peso welter. En el vestidor del Denver Athletic Club, cuando los elogios desmedidos son ya sólo un eco, Abe dice a su pupilo:

—Me voy, Eddie. Me llaman las llanuras mexicanas. Eres un gran boxeador, pero no te hagas profesional. Pelear es divertido mientras lo tomes así: como una diversión. En el boxeo profesional el dinero llega fácil y más fácil se va. Pelea siempre, pero pelea sólo por diversión.1

Las felicitaciones de mis compañeros me convirtieron en un ser petulante sin tiempo para el estudio. Por fortuna, el director de la escuela me rescató de mí mismo. Me retó a un encuentro con libros. Si ganaba, el premio sería una beca en la Universidad de Denver. Fue una dura pelea. Muchas veces me vi tentado a rendirme. No fue fácil decir «no» a invitaciones a fiestas o a bailar, y pasar largas horas con libros de texto sobre física y latín. Saqué el pecho y gané la beca. Los puños no tomaron parte en esa victoria.

EDDIE EAGAN

Enero de 1917: Jack Dempsey descuelga el auricular y escucha una dulce voz femenina: «Señor Dempsey, ¿pelearía usted a beneficio de la Cruz Roja? Sería el viernes por la noche en el Empress Theater de Denver. Y como sabíamos que aceptaría, ya publicamos la nota... Peleará contra Eddie Eagan. Tiene diecinueve años, estudia en la Universidad de Denver y es campeón amateur de Colorado.

Dempsey no puede negarse. Le apodan «El Aporreador de Manassa» porque nació en ese pequeño pueblo de Colorado.

Otra vez tenía una exaltada opinión de mí mismo: noquearía a Jack. El periodista deportivo Otto Floto hizo de mediador. Nos dijo: «A dar una buena exhibición. Y Jack, recuerda, hay chicas. No golpees muy fuerte».

Crucé el ring corriendo, me encontré con Dempsey cuando salía de su esquina y le conecté una fuerte derecha a la mandíbula. Otros rivales habrían rodado por la lona con ese golpe. Aterricé otro terrorífico derechazo. Jack comenzó a bambolearse rítmicamente de pies a cabeza. Con la boca cerrada tarareó «Everybody Two-Step», marcando el ritmo con todo su cuerpo. Entonces, algo me cayó sobre la cabeza. ¡Como una viga del techo! Al abrir los ojos oí a Floto: «Aguántalo un poco más, Jack, y por amor de Dios ¡vete tranquilo con tus golpes!». Algodones de color café, como globos de feria, formaban círculos frente a mis ojos. Uno de ellos fue hacia mi nariz, curveó frente a ella, y sentí como si una bomba me explotara en el cuello. Las luces se apagaron. «Te lo dije, Jack, ten cuidado. Abrázalo. Hazlo parecer como un clinch», gruñó Floto. «Si me golpeas otra vez, Jack, tendrán que sacarme en camilla», murmuré mientras él me empujaba y seguía tarareando. Una sonrisa le cruzó el rostro. «Está bien, chico, pero no intentes otro de tus graciosos derechazos.»

En el segundo round me dio algunos coscorrones y me abrazó en otro clinch. «Ya no estás lastimado. Pégame», me dijo antes de romperlo. Disparé leves directos. Me abrazó nuevamente. «Sigue. La gente espera mucho de ti.» Sobrellevé los juguetones pero no gentiles golpecitos de Jack y nunca oí un sonido más bello que el campanillazo final.

«Ven, chico —me dijo Jack al estrecharnos las manos—. Te voy a enseñar algunas cosas.» Me dictó su teoría del boxeo. «Todo es ritmo. Cuando golpeo, cada kilo de mi cuerpo va detrás. Marco el compás tarareando una canción y lo aterrizo al ver una apertura.» Me enseñó cómo disparar su golpe favorito: el gancho de izquierda. «Sabes boxear —me dijo al partir—. Serías un buen profesional. Pero Otto me dice que estás en el colegio. Continúa así, muchacho. Me gustaría tener tu oportunidad. El profesional recibe muy poco dinero y muchos golpes.»

EDDIE EAGAN

Frank Merriwell nunca peleó por su país. Eddie sí: Estados Unidos ingresa en la Gran Guerra y Eddie se alista en el Ejército al cumplir veinte años. Combate en Francia como teniente de artillería y al terminar el feroz cataclismo sigue los pasos de Merriwell: se inscribe en Yale en enero de 1919. Pero es un solitario que siente envidia de los populares deportistas de la universidad. Pronto será uno de ellos.

Como semicompleto y completo pelea en los campeonatos nacionales de boxeo amateur. Tres combates en la primera noche, cuatro en la segunda. Pierde la final en semipesado y al día siguiente se pasa a la categoría de peso pesado.

Me había enfrentado a seis rivales en dos días. Esas batallas dejaron huella: fractura en la nariz, cortes en los labios, el ojo derecho casi cerrado. Y para colmo la pelea empezó a las tres de la mañana. Temprano en el primer round, Jim Tulle me derribó con un terrible derechazo, y combatí sólo con la furia de la desesperación. Gané por puntos.

EDDIE EAGAN

Por fin es popular en Yale. Le nombran capitán del equipo de boxeo el 6 de abril, el mismo día en el que el COI decide una inmediata reanudación de los Juegos Olímpicos. Será el año próximo en Amberes. Eddie tiene un nuevo propósito en la vida: ser campeón olímpico. Así se lo dice a Gene Tunney, el amigo que la vida le regala ese verano en París. Son campeones de boxeo de los Juegos Inter-Aliados, competencia deportiva entre oficiales de veintinueve países que combatieron en la Gran Guerra.

—¿Vas a convertirte en profesional? —le pregunta Tunney.

—No, Gene, voy a ser campeón olímpico en Amberes. Y tú ¿por qué no regresas a Estados Unidos y te inscribes en Yale?

—Eddie —replica Tunney, invicto como profesional—, voy a tener educación, pero a través de la lectura. No tengo tiempo para Yale. Voy a estar muy ocupado ganando el título mundial de los pesos pesados.

Sabe que su nuevo amigo tiene dos amores, una pasión y una obsesión. Respectivamente: boxeo, lectura, Shakespeare y Jess Willard, campeón mundial peso pesado.

Amberes, 1920: Eddie pasa bye la primera ronda, vence a Thomas Holdstock y a Harold Franks, y el 24 de agosto sube al ring para disputar al noruego Sverre Sorsdal la medalla de oro.

Sorsdal era un fuerte pelirrojo. Agresivo, bien entrenado, inquebrantable: descorazona golpear y golpear y ver a tu rival cargar incansablemente. Pero resistí sus mejores impactos y respondí con golpes más fuertes. Gané porque en el asalto final mi corazón me permitió devolver puñetazo tras puñetazo hasta sentir las manos entumecidas. El corazón me llevó al título.

EDDIE EAGAN

Al año siguiente Eddie se gradúa en Yale, y después hace un máster en la facultad de derecho de Harvard, donde le visita Jack Dempsey, ahora campeón mundial de los pesos pesados. Jack ofrece una charla al estudiantado y después sube al ring con Eddie para una nueva exhibición a tres rounds.

Como siempre, mis finanzas se encontraban en malas condiciones y, recordando aquella conversación en Denver, le expresé mi envidia por sus ganancias. «Estoy sin un céntimo —le dije—. He tenido que aceptar dinero de casa. Cómo desearía ganar lo que te pagan por pelear.» «Eddie, esas son tonterías —me respondió—. No queda mucho cuando tu mánager toma su parte y has cubierto otros gastos. Te sorprendería saber lo poco que me quedó por pelear con Carpentier.»2

EDDIE EAGAN

Meses más tarde, Eddie se estremece cuando abre su correo y se entera de que es premiado con la beca Rhodes para estudiar un máster en Oxford. El niño que creció en la frontera con la pobreza es ahora compañero de los jóvenes de mayor linaje en Europa.

Abril de 1923: sentado en la lona, un alumno de Cambridge oye gritar a sus compañeros: «¡Levántate!». Ha sido ferozmente aporreado por un rival de Oxford en uno más de los capítulos de la larga rivalidad entre las prestigiosas universidades inglesas. «Me levantaré —dice él—... cuando este tío salga de Oxford.»

Ese tío es Eddie Eagan, ahora el primer estadounidense campeón inglés de boxeo. Alguien desea celebrarlo con él y lo invita a su palacio. Se llama Edward Albert Christian George Andrew Patrick David. O, más brevemente, el príncipe de Gales, hijo del rey Jorge V.

Me hizo sentirme a mis anchas. Me hizo muchas preguntas sobre el boxeo y también sobre mi vida en la universidad, de la que es acérrimo admirador. Estudió canto, arte dramático e historia en el Magdalen College, de Oxford.

EDDIE EAGAN

«Cuenta, Eddie, cuéntame de ese encuentro», le pide con avidez un amigo también aristócrata, aunque escocés: el marqués de Clydesdale, su compañero en el equipo de boxeo. Lo será también de aventuras: «Después de nuestra graduación, Eddie, hagamos un viaje de dos años alrededor del mundo. Vayamos de cacería a Uganda. Visitemos a unos marajás amigos en la India. No te preocupes por los gastos, querido amigo». Eddie añade otro atractivo: retará a una pelea al campeón, profesional o amateur, de cada ciudad que visiten.

Me enfrenté a rivales más grandes, mejor entrenados y más diestros, y gané más de 100 peleas por nocaut. Gané porque fui bendecido con un corazón peleador.

EDDIE EAGAN

Pero la fantasía termina en 1927 y Eddie regresa a casa, los bolsillos vacíos una vez más. Le espera el examen de admisión para ingresar en el Colegio de Abogados de Nueva York.

Al desembarcar estuve en contacto con ex compañeros de Oxford. Pensé que les había ido de maravilla. Pero sin excepción luchaban por afianzarse y la mayoría era pobre. Eso modificó mi punto de vista: me tomaría tiempo empezar en la abogacía, y no estaba penalizado convertirme en profesional. Si era tan bueno como pensaba, podría llegar a la cima. Lo consulté con Gene. Había destronado a Dempsey y me invitó como sparring para la pelea de revancha. «No vale la pena, Eddie —protestó—. Es un largo camino al título. Muchos años y muchas peleas, y ya no eres tan joven. Si estuvieras sin un céntimo y no tuvieras otras aptitudes, te ayudaría. Pero estás a punto de emprender una carrera como abogado. No te ayudará, Eddie, convertirte en profesional.»

EDDIE EAGAN

Lake Placid, 1932

El panorama es desolador: en enero se registra la más sorprendente ola de calor en la historia del macizo montañoso Adirondanck. El calor transforma hielo y nieve en fango. Varias pruebas son pospuestas. La de bobsleigh, programada para el 11 y 12 de febrero, empezará el 14, un día después de la clausura de los juegos.

Domingo 14. El equipo de Eagan es líder después de los dos heats, en los que ocupó el primer lugar: 2:00.52 y 1:59.16, para un total de 3:59.68.

Lunes 15. En el tercer heat Eddie y sus compañeros aseguran la medalla de oro. Fiske hace el recorrido en 1:57.41. Su tiempo total es de 5:57.09. Los que van segundos suman un tiempo de 6:01.42. Ya todo parece decidido.

Línea de salida. Visten gruesos suéteres oscuros que contrastan con la blancura impoluta de la pista. Fiske usa gafas de competición. Eddie y Gray se cubren el rostro con máscaras de lana. A la orden de salida, Eddie y O’Brien son la fuerza motora: empujan por los hombros a sus compañeros y saltan al interior cuando el trineo inicia el descenso y se desliza cuesta abajo. A noventa y cinco kilómetros por hora, Fiske busca la ruta más rápida. De repente las curvas. Y el escalofrío: Fiske arremete contra la traicionera White Face, pero el trineo chirría mientras trepa por la pared de hielo y se arrastra peligrosamente hacia el borde de la pista. Si lo alcanza...

Imagina un cometa de acero, de 220 kilos de peso y 12 metros de largo, volando por las alturas con cuatro jinetes a bordo.

EDDIE EAGAN

A unos tres centímetros del desastre, los tripulantes se inclinan desesperadamente hacia la pista, apoyándose en los soportes de los pies y aferrados a las amarras.

Recuerdo la nieve destellando a nuestro alrededor, como una película fuera de foco. A toda velocidad, a unos centímetros del suelo y sin ningún sentido de seguridad, mis manos resbalaban de las correas. Pero logré aferrarme.

EDDIE EAGAN

Fiske tira con fuerza del volante y el trineo recupera el centro de la pista. Luchando contra la fuerza de gravedad y el impulso, los cuatro hombres salen disparados de la curva conteniendo la respiración. Libran Shaddy Corner y a cien kilómetros por hora entran en una curva en zigzag. El trineo se sacude hacia la izquierda, golpea la pared de hielo, después da un gran salto y amenaza con expulsar a los tripulantes. Cuando aterriza, Fiske lo conduce rápidamente hacia la derecha.

Sentí la sacudida de la cabeza hacia atrás. Serpenteábamos por la pista. Estaba muy mareado. Mi cabeza latigueó hacia la derecha, luego a la izquierda y por fin cruzamos la meta. La carrera vivirá siempre en mi memoria. Sólo duró dos minutos, pero me parecieron una eternidad. Si otro hombre que no fuese Billy hubiese estado al volante, habríamos volado. Sobrevivimos sólo por él.

EDDIE EAGAN

Con tiempo total de 7:53.68, Fiske es doble campeón olímpico.

Eagan va más lejos: es el único campeón en juegos de verano e invierno.

Frank Merriwell jamás lo habría soñado.

GERTRUDE EDERLE. PARÍS, 1924

LA CONQUISTA DEL CANAL

Alguna vez Gertrude Ederle dijo: «Para mí, el mar es como una persona, como un niño al que conozco de hace mucho tiempo. Suena como una locura, lo sé, pero cuando nado en el mar, hablo con él. Nunca me siento sola en esa inmensidad».

Gertrude nace en Nueva York el 23 de octubre de 1907. Es hija de Henry y Ana, inmigrantes alemanes, dueños de una carnicería en Manhattan, y tiene cinco hermanos. A los cinco años llega la primera voz de alarma a su vida: el sarampión le deja una fuerte secuela en el oído. Y dos años después, los médicos fruncen el ceño, porque todos los hermanos aprenden a nadar en la piscina de casa y ya no quieren salir del agua. «Es peligroso —advierten—. El contacto con el agua puede ocasionarle sordera.» Pero Henry no sabe decir «no». ¿Y cómo si su pequeña sólo piensa en nadar? Por el contrario, es muy condescendiente y, antes de que cumpla los trece años, la inscribe en la Asociación de Natación Femenina de Nueva York. Gertrude paga con creces el aliento paterno: comienza a batir todos los récords nacionales entre los cincuenta y doscientos veinte metros.

Uno de agosto de 1922: Gertrude es una chiquilla desconocida en la carrera Joseph P. Day Cup —5,5 kilómetros en la bahía neoyorquina—. Sorprendentemente se impone a cincuenta y una rivales, incluidas las campeonas británica, Hilda James, y estadounidense, Hellen Wainwright. Tres meses después, en un mismo día establece siete marcas nacionales. El pueblo americano la rebautiza Baby Water.

En febrero de 1924 nada los 100 metros en 1:12.8, y como plusmarquista mundial acude a los Juegos Olímpicos de París.

Pero allí las cosas van mal para las nadadoras estadounidenses, víctimas de los conservadores dirigentes que, «para protegerlas de las inmorales tentaciones de París», las alojan en un hotel a seis horas de la capital. Van, entrenan, vuelven; van, compiten, vuelven. En uno de esos viajes Gertrude se lesiona la rodilla derecha y así comienza su aventura olímpica. El 15 de julio obtiene el bronce en los 400 metros, pero tres días después gana el oro en los relevos de 4 × 100. Y, por fin, el día 20 se disputa la prueba reina de la natación: los 100 metros libres. Gertrude es la gran favorita. Pero no se ha recuperado de la lesión en la rodilla; no está al ciento por ciento y se resigna con la medalla de bronce.

Regresa con tres medallas olímpicas, pero sin haber superado el trago amargo. Entonces decide que es el momento de intentar algo más que romper marcas —de 1921 a 1925 ha impuesto veintinueve, entre nacionales y mundiales— y comienza a nadar distancias largas. En junio de 1925 cruza en 7 horas, 11 minutos y 30 segundos los treinta y cuatro kilómetros de la bahía de Manhattan, supera el récord masculino y eso la impulsa a emprender lo inimaginable: la conquista del canal de la Mancha. Ninguna mujer lo ha logrado. La Asociación de Natación Femenina patrocina el viaje.

Lleva un ritmo excelente: en 8 horas y 43 minutos ha recorrido treinta y seis kilómetros, cuando comienza a toser y se detiene para descansar. «¡Se ahoga!», grita su entrenador Jobez Wolffe —entre 1906 y 1921 intentó veintidós veces cruzar el canal a nado— y la fuerza a salir del agua, a pesar de que ella se niega con vehemencia. Queda descalificada: nadie debe tocar a un nadador en ese intento.

Es víctima de los imponderables, Gertrude lo sabe, y por eso anuncia que volverá en 1926. Despide a Wolffe y contrata a William Burgess —fue el segundo que cruzó el canal en su decimosexto intento—. Después pide a su hermana Margaret que le diseñe un traje de baño que no «arrastre» la pesada agua de mar. Que sea de seda y de dos piezas. No importan los moralistas.

Gertrude calcula que los gastos ascenderán a nueve mil dólares y no se atreve a solicitar nuevamente la ayuda de la asociación. La obtiene del sindicato que agrupa a los periódicos New York Daily News y Chicago Tribune: le cubrirá sus gastos, le otorgará un salario —muy modesto— y le otorga un bono por los derechos exclusivos de su historia personal. A cambio, Gertrude escribirá una columna diaria durante sus entrenamientos en Francia.

Es julio. Inusualmente frío y nuboso. Gertrude lo intentará el día 6. Su padre le promete un automóvil deportivo, rojo y descapotable, si cruza el canal. Después acude a Lloyd’s para hacerse un seguro de vida para su hija. Ahí percibe una risita burlona en algunos empleados de la aseguradora londinense. Varios estarían dispuestos a apostar a que Gertrude no logrará la hazaña. «¿Les parece bien 175.000 dólares?», los reta, y ofrece las escrituras de su casa como aval. Hecho.

El día en que Gertrude emprende nuevamente la gran aventura, el London News publica un breve editorial en primera plana:

Incluso los más comprometidos campeones de los derechos y las capacidades de las mujeres deben admitir que en pruebas de habilidades físicas, velocidad y resistencia estas representan sin duda el sexo débil. El hecho de que la señorita Ederle haya fracasado el año pasado, demuestra de forma clara que atléticamente la mujer es inferior al hombre, y que promover el deporte competitivo femenino es una pérdida de tiempo.

Son las seis de una mañana templada; la temperatura del agua es de nueve grados. Ederle esparce la vista por esa masa de agua helada, terrible brazo de mar del océano Atlántico. Ondea la bandera roja en Cap Gris-Nez: peligro inminente. El traje de dos piezas de Gertrude es rojo, al igual que la gorra que le cubre la cabeza; se protege los ojos con unas gafas amarillas de motociclista. Su padre y su hermana le embadurnan el cuerpo con una gruesa mezcla de aceite de oliva y vaselina: la mantendrá caliente en las frías aguas y también lubricará su piel.

7.05 horas. Al pie de las mansas aguas que burbujean en la orilla de la playa, Gertrude abraza a su padre y a su hermana. Henry le recuerda:

—Te estará esperando el descapotable rojo...

—Ya es mío, papá —le responde ella, luego se zambulle en el mar y se encomienda—: Dios mío, por favor, ayúdame.

En el remolcador del equipo viajan Henry, Margaret, Burguess y Julie Harpman, reportera del Daily News.

12.00 horas. Son ya trescientos minutos de fuerte braceo contra la muralla acuática. Ederle bebe caldo de carne, tazas de café y brandy para calentar el cuerpo. Pero más importa encender el espíritu: un fonógrafo toca una y otra vez sus canciones predilectas. Ella canta al ritmo de su brazada y cantan también quienes viajan en el bote.

Una de la tarde. Momento de nueva motivación: Henry y Margaret leen a gritos las decenas de telegramas que la madre de Gertrude le ha enviado. Todo marcha en relativa calma en este gris infinito: el del cielo, el del mar. Ederle ha esquivado las medusas venenosas. Sigilosos tiburones asoman la siniestra aleta, pero no se acercan a la nadadora. Varias escopetas están listas para vomitar fuego.

Dos de la tarde. Las condiciones se deterioran gravemente: soplan con fuerza vientos del sudoeste y estalla la furia del océano. El mar se encrespa y las olas, ahora gigantescas, alzan sus blancas melenas y caen como aludes sobre la adolescente, que no se rinde; sigue braceando.

Tres de la tarde. Todo empeora: la tempestad arroja su hálito terrible sobre el mar; el aguacero es feroz y se enturbian las aguas con peligrosas corrientes encontradas. Burguess ordena un inmediato cambio de curso que altera dramáticamente la ruta. Se calcula que en vez de nadar treinta y cuatro kilómetros, Ederle recorrerá cincuenta y seis.

Mi equipo dejó de cantar y todos me veían como se ve a un muerto en un funeral. Cada vez que aminoraba mi ritmo de braceo, se asomaban a la orilla del bote y me preguntaban a gritos:

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