PRÓLOGO
Mucha gente cree que voy pateando cabezas por la calle, discutiendo y peleándome con todos. No soy así. Les puedo asegurar que no soy así. Quizá lo piensen por la imagen de discutidor que se ve en el campo de juego. Es parte de mi carácter. El mismo que me llevó a construir esta carrera de la que me siento muy orgulloso.
En 2019, charlando con Eri, mi mujer, y con Matías Aldao, mi representante, surgió la idea de escribir un libro. Nació porque ya se va acercando el final de mi vida útil como futbolista y de algún modo quería dejar un mensaje, un legado, y mostrar quién es no solo el que entra con sus compañeros a hacer lo mejor por su equipo, sino también la persona que después se va con su bolsito a la casa. Estoy convencido de que el hincha conoce a sus jugadores por lo que ve en los campos de juego y por lo que declaran en las entrevistas, pero no te conoce a fondo, no sabe cuál es tu esencia realmente.
En este libro intento reflejar eso: quién soy, por qué hago lo que hago, cuáles son los valores que recibí de pequeño y me guían, qué hay detrás del D’Alessandro futbolista. Podría enumerar esos valores sintéticamente: perseverancia, para no darme por vencido de chiquito ante las adversidades, cuando no me ponían en las inferiores de River; convicción, para creer en la forma de jugar que uno lleva en la sangre y no abandonarla, a pesar de las patadas y las circunstancias; frontalidad, para no guardarse nada, ser sincero, escaparle a tanto falso que hay en el ambiente, aunque pueda traer dolores de cabeza; profesionalismo, para cuidarse hasta el límite en este hermoso deporte, porque hay millones que desearían estar en nuestro lugar. Es decir, respetar lo que hacemos, al club que nos contrata y al público que viene a vernos.
En este recorrido por mi vida no van a faltar los recuerdos minuciosos de mis tardes felices, ni tampoco de los otros. Habrá repaso de partidos, campeonatos, emociones, compañeros, entrenadores, rivales, conceptos y también algunos sinsabores fuera del campo, que espero sirvan de alerta a muchos jóvenes que se están iniciando. Hay que saber elegir a la gente que te rodea y estar encima de todo, no desentenderse. Yo me di muchos golpes por ese motivo.
No seré original si digo que mi familia es el gran pilar en el que me sostengo. Pero es la pura verdad. Mi mujer, mis viejos, mis hijos, mi hermano, mi abuela que ya no está y a la que extraño tanto, mis amigos. Todos ellos tienen voz aquí y dejan su mirada. Para mí es una sorpresa, los estoy leyendo con el libro en la mano. ¡Espero que ninguno me haya criticado demasiado! No son los únicos, también hay testimonios de entrenadores y amigos.
Todavía no le puse una fecha de cierre a mi carrera, pero se acerca el final. Estoy feliz por este trayecto de más de veinte años en Primera y de casi treinta y cinco años si ponemos el punto de partida en el baby fútbol. Quiero agradecer a todos los clubes en los que jugué, a la Selección de mi país, a compañeros, rivales, entrenadores, utileros, allegados, colaboradores y dirigentes. Si los nombro a todos, no quedará espacio en el libro, pero sepan que formaron parte fundamental de este hermoso —y a veces sinuoso— camino que construí con los años.
No puedo reclamarle nada a mi carrera, aunque debo admitir que mi gran espina es no haber podido jugar un Mundial de mayores con mi país. Increíblemente se me fue esa chance en 2010, el año en que me eligieron el mejor jugador de Sudamérica. Ya leerán qué pienso al respecto.
Triunfar en Brasil, el país pentacampeón mundial, con lo bien que se juega al fútbol aquí y con la rivalidad histórica que existió con Argentina, jamás lo imaginé. Tampoco que iba a terminar organizando partidos benéficos, acciones sociales y que me nombrarían ciudadano ilustre de Porto Alegre y embajador del Instituto de Cáncer Infantil para Sudamérica. Son halagos que me llenan el alma y me obligan a redoblar el compromiso.
Aunque falte, voy preparándome para el retiro. Tengo el título de entrenador, dar charlas como lo estoy haciendo desde el año pasado me gusta mucho, me interesa el rol del director deportivo y generar proyectos, todavía no está claro qué rumbo seguiré. Sé que me tomaré un tiempo para viajar con la familia y ver entrenamientos en Europa. Y que me produce una profunda tristeza saber que dejaré de hacer lo que me gusta tanto e hice toda mi vida. Me he largado a llorar más de una vez en estos meses charlando del futuro con mi jermu. Así, de la nada, viene el llanto. Y yo lo dejo fluir.
Leyendo el libro van a comprender por qué todos los integrantes de la familia D’Alessandro somos tan sensibles y de lágrima fácil.
Espero les guste y lo disfruten, como yo disfruté de mis años en el fútbol y de contarlos en estas páginas.
Así lo hicimos
POR DIEGO BORINSKY
—Rulo, quiero que hagas el libro de D’Alessandro.
Matías Aldao fue mi compañero de redacción en la revista El Gráfico durante siete años, en tiempos en que yo todavía lucía una profusa cabellera, que no llegaba a ser la del Pibe Valderrama, pero que tampoco le envidiaba demasiado. El pelo se fue casi todo; el apodo perduró.
Matías fue un excelente productor que luego se volcó a la representación de futbolistas; Andrés D’Alessandro es uno de ellos. Hacia fines de 2019 me tiró el primer anzuelo. “Me gustaron los libros de Almeyda y de Gallardo, quiero que hagas uno similar con el Cabezón, ahora que se acerca el final de su carrera. Lo pienso para sacarlo en Brasil, ¿cómo la ves?”, me deslizó, agregándole un par de elementos a su propuesta inicial.
En ese momento le pedí que me dejara pensar, andaba con varias cosas en la cabeza, y un libro no es para hacer a media máquina, requiere dedicación casi exclusiva. Más allá de que esperaba las vacaciones y el fin de año para organizar con más claridad mi mapa de 2020, me dejó la semillita del deseo. En los meses siguientes, el tema regresaba a mi mente cada tanto. Además, siempre resulta atractivo contar historias, es la esencia del periodismo. Al menos según mi modesta manera de ver esta hermosa profesión. Recuerdo un cartelito en la oficina de Natalio Gorín, el subdirector de El Gráfico, en la emblemática redacción de la calle Azopardo, que me quedó fijado, cuando daba mis primeros pasos en la revista. Todavía había unas cuantas Olivetti que sonaban de fondo. “Contame una historia”, invitaba el cartelito de la oficina de Natalio. Y un libro es un proyecto superador. Es una gran historia. O una historia grande, para ser más precisos. Si habitualmente sigo sintiendo un cosquilleo ante cada nueva nota que encaro, un libro multiplica ese entusiasmo. Que se tratara de un jugador nacido en River, identificado con el estilo y los colores, más allá de que el libro estuviera direccionado a Brasil, potenciaba mi fervor.
En sentido opuesto, me frenaba un poco el carácter tan particular de Andrés. Que durante toda su carrera, en sus inicios, pero también en su madurez, se lo viera con frecuencia discutiendo con los árbitros, con los rivales, con los hinchas y con los entrenadores (Gallardo incluido) me hacía un poco de ruido. A Andrés le había hecho tres entrevistas largas, y todas ellas terminaron en portadas: la primera en Rivermanía, revista oficial del club, en 2001, tras ganar el Mundial Sub 20, y dos más para El Gráfico, en agosto de 2002 y en mayo de 2016, en su regreso. En las tres se mostró locuaz y cálido, suelto, pero ese perfil de niño cascarrabias y caprichoso no terminaba de convencerme.
Oscilaba en esa alternancia de pensamientos cuando Matías volvió al ataque en plena pandemia para aprovechar el tiempo muerto del que disponían los jugadores. Me decidí y arrancamos con las entrevistas el 13 de abril de 2020. Aclaramos un par de temitas vinculados justamente con su último paso por River, que yo había escrito en Gallardo Recargado, y a partir de entonces el diálogo fluyó de una manera supernatural. Me fui entusiasmando día a día con el proyecto, a medida que profundizaba en sus orígenes, que comenzaba a comprender su naturaleza, a entenderlo. Charlando con Andrés, pero también con sus amigos y familiares, fui descubriendo una sensibilidad genuina que guía su accionar y lo ha llevado a tener un fuerte compromiso con la población más desprotegida y con los niños enfermos de cáncer. En la Argentina no tenemos idea de semejante obra. Ni cuán querido y valorado es D’Alessandro en Brasil.
También lo noté muy enganchado a Andrés con el libro. Se dio una linda química entre los dos, como cantarían Los Babasónicos. No hubo nada forzado, y los diálogos fluyeron con espontaneidad. Como les había recalcado en su momento a Matías Almeyda y a Marcelo Gallardo, le pedí a Andrés que se soltara y contara todo, que hacer un libro solo para cumplir no tenía sentido. Nadie lo obligaba a sacar una biografía. Si la hacíamos, tenía que reflejar sus vivencias y dejar un mensaje. No había que mentir ni ocultar ni tratar de ser políticamente correcto para que nadie se ofendiera. Por supuesto que no se puede contar la verdad absoluta, ciento por ciento pura, hasta por una cuestión legal, pero sí tratar de acercarnos lo máximo posible a lo que le tocó vivir en el fútbol: alegrías, tristezas, decepciones, broncas y enseñanzas que le dejan estos años detrás de una pelota. Le aclaré, además, que después de pasar en limpio nuestras conversaciones, él revisaría todo el material y tendría la última palabra.
En el proceso de elaboración de esta obra contaba con una a favor y una en contra. Como suele ocurrir con casi todo en la vida. A favor, dispondría de mucho tiempo gracias a la pandemia y a que teníamos que permanecer encerrados. En contra, faltaría el contacto personal, que da otra percepción y suma elementos, porque Andrés estaba en su casa de Porto Alegre, y yo, en la mía de Tigre. Hicimos todo por llamadas de WhatsApp.
La etapa de preproducción, de casi un mes, consistió en realizar una búsqueda exhaustiva de archivo. Leer y mirar en Internet todas las entrevistas posibles para obtener datos, declaraciones de Andrés y de gente cercana, repasar sus logros, ver en YouTube resúmenes de partidos y goles que convirtió, dividir en temas, ir tirando preguntas, imaginar el posible formato. Como por lo general no me gusta repetirme con fórmulas ya usadas, esta vez decidí que fuera un libro en primera persona. Nunca había hecho uno así. Considero que la clave de un libro en primera persona es que al leerlo estemos escuchando al personaje en cuestión. Eso siento como lector. Siempre hay una edición, no se puede volcar una charla cruda en las páginas de un libro, pero no sirve utilizar sinónimos para evitar repeticiones, por ejemplo, si son palabras que jamás saldrían de la boca de Andrés. Y si el personaje suelta sonrisas bastante seguido al terminar una frase, hay que reflejarlo. Por eso se leerán varios “ja, ja”. Y si utiliza una muletilla, aun a riesgo de sonar reiterativo, pues que aparezca esa muletilla. Y si al personaje le sale putear, que vayan las puteadas nomás. Si leemos un libro de D’Alessandro y no estamos escuchando a D’Alessandro, hay un problema. Se aplica para todo objeto de estudio.
Otra cuestión que me planteé fue plasmar el contenido en textos cortos para darle agilidad a la lectura. Y que esos textos cortos no siguieran un desarrollo cronológico. Ir de la medalla olímpica en Atenas 2004 a sus inicios en el baby y de ahí a la Libertadores ganada con Inter en 2010 y luego bajar a su bronca con el Tolo Gallego y más tarde pasar a su desencuentro con Tite, a la admiración por Bielsa, al día que estuvo a un paso de fichar por Barcelona y a los Mundiales que nunca llegó a disputar. Ir y volver en el tiempo siempre me pareció una fórmula narrativa atractiva. Después de hacer unas pruebas me di cuenta de que iba a marear al lector. Si por intentar ser originales confundimos al que lee, no vale la pena, así que desistí. Este tipo de dilemas suele plantearse en el proceso creativo de la realización de un libro.
Esta obra está dividida en doce capítulos principales que siguen un recorrido cronológico de la vida de D’Alessandro, salvo en algún tema puntual como el de la Selección, que corre paralelo a su paso por diferentes clubes, o en los últimos, que tienen que ver con sus acciones solidarias, algunos conceptos futboleros y su futuro. Cada capítulo, a su vez, está conformado por temitas cortos. Intercalados entre los capítulos principales, hay doce columnas en primera persona de gente cercana a Andrés, en lo afectivo o en lo profesional. De ser por él, hubieran ido veinte o treinta columnas, pero debí hacerle entender que si el número de “invitados” era exagerado, perdían peso. Además existía una cuestión tan simple y elemental como la matemática: tenía doce capítulos y necesitaba once o doce opiniones, no más, para que no se me desmoronara mi Jenga. A todos los entrevisté telefónicamente, excepto a Marcelo Bielsa, quien enseguida aceptó gustoso la invitación de Andrés y envió su opinión por e-mail.
Esas charlas con gente cercana me ayudaron también a continuar descubriendo quién es la persona que vive dentro de ese futbolista que sigue mostrándose cada tanto como un chiquilín capaz de pelearse con el capitán rival antes de que se mueva la pelota en un clásico. Me sorprendió que Tory Gómez, el entrenador que lo tuvo desde los 6 años en el baby, me contara que Andrés aun hoy lo visita cada vez que anda por Buenos Aires y siempre le pregunta si necesita algo y le lleva una camiseta de regalo. Que Fernando Carvalho, el ex vicepresidente de Inter que negoció la contratación de D’Alessandro en 2008, lo considere un amigo a pesar de los treinta años de diferencia. Que Andrés conserve contacto con el dueño del restaurante de Wolfsburgo, con el chico que le arreglaba el cable en Zaragoza y que él mismo se ocupara de armar el grupo de WhatsApp de la categoría 81 de River, la mayoría de cuyos integrantes no pudo hacer una carrera en el fútbol. Esos vínculos lo retratan.
También me llamó la atención que tanto su hermano como su madre y su padre me dieran su testimonio entrecortado por la emoción. Papá Eduardo, el más duro en los papeles, directamente s
