Enhorabuena por tu fracaso

Arturo González-Campos

Fragmento

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—Es cáncer, don Arturo…

Mi padre no era de los que pedían que lo acompañasen al médico. Por eso, cuando ese día me dijo: «Ven conmigo porque creo que va a ser jodido», sabía que iba a serlo. La cara del médico no daba esperanzas, aunque sus palabras trataban de hacerlo.

—Vamos a empezar mañana mismo con la quimio. Va a ser duro, pero vamos a pelearlo.

Mi padre salió de la consulta, me dio un abrazo y se metió en el baño. Volvió con una sonrisa y los ojos enrojecidos.

En cuanto llegamos a su casa, empezó a organizar su muerte. A la mañana siguiente, me dijo:

—Si pasa algo, mira en la carpeta azul.

Mi padre era cansino, como buen padre, y sabía que su hijo tenía en la cabeza un panal de abejas locas. Por eso, durante los dos años previos a su muerte, creo que no hubo un solo día en el que no me recordase que, si se moría, había que mirar en la puta carpeta azul.

Luego, vinieron días duros. Quien lo ha vivido sabe a lo que me refiero: sesiones, esperanzas que luego se desinflan, carreras al hospital y un tótem de tu infancia que se va convirtiendo, en cada escalón de bajada, en un bebé del que cuidar.

Fueron días de pasar horas en un sofá incómodo. Uno de esos que fabrican sólo para habitaciones de hospital, estaciones de auto­bu­ses y apartamentos de playa. Uno imagina al fabricante diciendo:

—Este sofá me ha quedado demasiado cómodo para ser de acompañante de hospital, creo que le insertaré una barra de hierro justo donde se dobla la espalda porque si no, no me lo van a querer comprar.

Fueron días de hablar mucho, de sincerarnos. Uno ya no sabe si por la emoción, por la despedida o por el aburrimiento y la falta de temas. Pude decirle a mi padre que, con su manera de llevar las cosas, me estaba dando la lección de mi vida y eso estuvo muy bien. Él me contestó que la lección que esperaba haberme dado era: «No tengas hijos idiotas». Y eso estuvo mejor.

Fueron, claro, días de risas. De acompañar a mi padre en la ambulancia de madrugada mientras él preguntaba a los enfermeros si podían parar a comprar churros. «A esta hora están calentitos, vamos a aprovechar el drama».

Uno de nuestros running gags favoritos fueron los dientes. Mi padre tenía un puente de esos en que te desmontan la boca y te la dejan como la del Pato Lucas vestido de Robin Hood después de chocar con siete árboles seguidos.

A mí me daba muchísimo asco sacarle los dientes después de comer para limpiárselos y él, lleno de amor paterno, se descojonaba en mi cara de la expresión que ponía. Tenía a su favor el argumento definitivo.

—¡Ay, papá, que me da mucho asco!

—De pequeño siempre me meabas en la cara al cambiarte el pañal, llevo años con ese rencor guardado esperando este momento. ¡Lávame los dientes!

Cada vez estaba menos días en casa, cada vez más noches yo me acordaba del fabricante de sofás hasta que un día, en un momento de lucidez entre morfina y mierdas paliativas, se despidió de su hija y de mí.

—Pelead por ser felices, porque es lo único que hay… Y, Arturo, acuérdate de mirar en la carpeta azul.

—¡Que sí, papá, pesao!

Murió sólo unas horas después. Hicimos lo posible para que lo último que viera fuese la cara de su hijo sonriéndole. Espero que no escuchase cómo nos crujía el alma por dentro. Lloramos un rato en la habitación y, cuando salí a buscar a un enfermero, había un señor esperando en la puerta.

—Soy de Funerarias La Marchita, vengo a asegurarles el confort de su padre en su paso al más allá.

«Ya podrías ser de Sofás El Desgarro y haber venido hace meses, cabrón».

Organizamos las cosas del ataúd, el tanatorio, la cremación…, movidas que te apetece hacer con alguien querido recién muerto, como decidir qué temazo quieres que canten en su funeral, a elegir entre la «Salve rociera» o el «Ave María», de Schubert. Mi sugerencia de que se ensayaran el «Saca el güisqui, Cheli», de Desmadre 75, fue tomada como una broma debida a los nervios, pero era seria y coherente en respuesta a cuál era la canción favorita de mi padre.

Otro tema que me sorprendió fue descubrir que, en el tanatorio, tenían una revista mensual llamada Adiós. Me pareció un chistazo de alguien que piensa que el muerto ya ha leído por última vez el Hola.

Cualquiera que haya perdido a un ser querido sabe cómo son esos días. Vas como Lebowski entre las piernas de las chicas de La calle 42, saludando a gente que se te acerca a darte su pésame con los ojos hacia arriba y la boca apretada. Yo les respondía con una sonrisa y, después, un chiste del tipo:

—Se ha muerto por hacer gasto, como ya no podía ir de compras…

Algunos se escandalizaban o pensaban que yo era bastante gilipollas por hacer chistes así con él recién fallecido, pero yo pensaba: «Este te habría gustado, papá».

Sólo cuando no había nadie porque todos habían salido a fumar en solidaridad con las finanzas del tanatorio, mi hermana y yo nos permitíamos llorar un poco como lloramos los tontos, recordando cosas graciosas del muerto.

—¿Te acuerdas de cuando estornudó subido en lo alto de una noria y se asustaron los perros del parque de abajo?

Y nos reíamos y nos sorbíamos los mocos a la vez.

Cuando por fin cantaron la «Salve rociera» y le metieron fuego, llegó el momento de ir a su casa a mirar en la carpeta azul.

Dentro estaban todos los papeles necesarios para organizar sus cosas (mi padre era bancario, se movía entre formularios justo de la manera contraria a como me muevo yo). Había, además, una carta suya en la que me explicaba con todo lujo de detalles dónde tenía que ir a que me sellaran qué papelajo. No me ofendió que pareciera explicado para idiotas, porque estaba escrito para que lo leyera un idiota. La carta acababa con unas palabras para sus hijos que me ahorraré y una posdata:

P.D.: En el último cajón de la cómoda de mi habitación os dejo mi último regalo, mi tesorito.

Mi hermana y yo nos miramos flipando. ¿De verdad mi padre guardaba un tesoro? Había sido coleccionista de monedas y de sellos, de esos que se van los domingos por la mañana a los puestecillos de numismática y filatelia del Rastro a pillar el tétanos entre tanto óxido. Yo empecé a fantasear con una moneda valiosísima, porque he visto John Wick, o con un sello precioso, porque he visto Charada.

Abrimos el cajón y vimos una cajita de esas de joyería, de las que lleva el que se arrodilla a pedir en matrimonio. Mi hermana y yo la sostuvimos en la mano y nos miramos llorando. El tesorito de mi padre.

—Lo abrimos a la vez.

Dentro un pañuelo de seda verde precioso envolvía algo. Pensé en si mi padre había leído a Cavafis. Luego me acordé de que se había llevado cinco veranos seguidos El médico, de Noah Gordon, para leerlo durante las vacaciones y cada vez lo había devuelto a la estantería en septiembre con el billete de metro que usaba de marcapáginas en el mismo sitio, así que lo descarté inmediatamente. Con cuidado, retiré el pañuelo y…

¡Eran sus dientes!

Mi padre nos había dejado sus dientes con una nota que decía:

Que disfrutéis de mi tesorito, os quiero mucho, hijos.

Un amigo, durante la escritura de este libro:

—Debe de ser una tremenda presión para ti hacer un libro cuando tus amigos son Juan Gómez-Jurado y Rodrigo Cortés; pero si va mal, siempre puedes volver a la comedia, donde tus amigos son Javier Cansado, Dani Rovira, Berto Romero…

Se trata de vivir por accidente,

se trata de exiliarse en las Batuecas,

se trata de nacerse de repente,

se trata de vendarse las muñecas.

Se trata de llorar en los desfiles,

se trata de agitar el esqueleto,

se trata de mearse en los fusiles,

se trata de ciscarse en lo concreto.

Se trata de indultar al asesino,

se trata de insultar a los parientes,

se trata de llamarle pan al vino.

Se trata de engañar a los creyentes,

se trata de colarse en el casino,

se trata de dormir bajo los puentes.

JOAQUÍN SABINA

7 litros de gazpacho, un silencio triple, 3 cajas de Almax, 7 kilos de ceniza, 980 «Vamosss», 4 traiciones, 3.000 duchas, 23 sopas de arroz con aceitunas, infinitos «Anything Goes», 4 gorras perdidas, 173 mascarillas FFP2, 5 viajes a Murcia, 3.000 libros, 3.000 discos, 3.000 cómics, 1 partido de fútbol, 1.070 medias barritas de tomate, 180 Gelocatiles, media caja de Control Free, 3 gatillazos, 2 amistades, 107 pasos de claqué, demasiados Phoskitos Mini, un bote de FisioRelax, 17 amores de 20 segundos, 17 fracasos amorosos de 10 segundos, 3 golpes en el meñique del pie de madrugada; 2 Coconuts, 56 Uespis, 27 paseos a conocer el hielo; 0 cartas de amor de Antonino, 1.536 lágrimas, 1.537 carcajadas, 3 dioptrías, 12 Pokémon Shiny, 8 pares de calcetines desparejados, 23 pestañas, 147 «Luego te llamo», 3.426 «Ne Me Quite Pas», 304 «Cuando todo da lo mismo por qué no hacer alpinismo», 27 «Tenemos que volver a la isla», 180 litros de «samanté», 34 «Hola, Deli», 75 «Pero, Juan», 127 «Te quiero, Enanito», 5 «Help, I need somebody», 537 cortados con muy poquita leche, 123 «Scarborough Fairs», 2 «Esto parece que no ha quedado mal», 23 cuadernos, 180 notas de voz, 100 notas de voz que no entiendo, 93 demonios acosando, 0 dioses ayudando, 1.000.000 de entradas de cine, 1.000 de conciertos, 7 de parques acuáticos, 2 amigos obligándome a salir, 27 «¿Cómo vas?», 5 «¿Cómo estás?»; 2 «¿Has “cenao”?», 1 hoja roja, 2 intentos más de que me gusten «Los Goonies», 1 éxito en ese tema con «Jumanji», 11.000 vírgenes tras la ventana, 100 cowboys, 20 piratas, 7 samuráis, 120 «Wiii», 12 del patíbulo, otros 100 cowboys pero de medianoche, 37 bazares chinos, 43 microinfartos por no guardar a tiempo, 123 excusas, 34 «Don´t Stop Me Now», 3 «You Just Hit the Jackpot», 20 «Aunque tú no lo sepas», 106 «Send In The Clowns», 100.800 pequeñas cosas, 34 «That’s Why God Made the Movies», 20 «The Way You Look Tonight», 70 baños de gato, 73 vídeos de gatitos graciosísimos, 357 jatés, 45 «Pretty, Pretty, Pretty Good», 7 Pilot V Ball negros, 730 días y 500 noches, 23 cortes de uñas de manos, 2 cortes de uñas de pies, 100 notas de voz inaudibles, 43 bolsas de Cheetos, 1 futuro venturoso… ¡2 futuros venturosos! Y 1.000.000 DE «MUCHAS GRACIAS POR TODO»…

Han sido necesarios para la elaboración de este libro.

Cuando mi abuela se quedó viuda, al tener a sus hijos ya criados y peleando con hipotecas y colegios, se sintió sola por primera vez en mucho tiempo.

Algunas tardes yo iba a verla y la descubría en su sofá lleno de paños de punto, rodeada de cajitas.

Eran de esas cajitas metálicas oxidadas de ColaCao que, cuando yo llegaba, ella cerraba y dejaba en la mesita para que echáramos la tarde hablando de cómo estaba el tiempo, de la cantidad de delincuencia que ella veía por la tele y de cómo se preparan unas manitas de cordero de esas que te dejan los labios pegajosos.

Cuando murió, fuimos a su casa a hacer esas cosas tan feas de: «Tú te quedas con esto, porque la tía Juli ha dicho que quiere esto otro». Mientras los hijos repartían las cuatro cosas, yo buscaba en las alacenas de madera oscura para averiguar, por fin, qué tenían esas cajitas.

No os vais a sorprender, no es una historia misteriosa. Aquellas cajitas tenían recuerdos. Fotos, muñecos, un reloj, unos pendientes… Cosas que sólo tenían significado para ella. Para mí eran cachivaches; para ella, su vida.

Aprendí de mi abuela que, en la vida, hay que ir llenando cajitas para cuando ya no haya amigos, fuerzas, amores…; para cuando ya no haya mucho más que recuerdos. Aprendí que habrá un momento hacia el final, cuando por delante ya no quede casi camino, en que te gustará rebobinar, hacer balance, revisar tus latas de ColaCao y pensar: «Ha merecido la pena».

Desde entonces, siempre que he vivido un momento importante, interesante, inolvidable, me he dicho para mis adentros: «Esto va a las cajitas».

Murcia, junio de 2020

¿Cómo he llegado hasta aquí? No digo a Murcia, ni digo al 2020. Digo que cómo he llegado a pretender que a alguien pueda interesarle leer un libro sobre cómo he llegado hasta aquí.

La culpa de todo la tiene mi editor, y en él quiero que recaiga, con toda la cobardía del condado te lo digo. Si, por lo que sea, te lees este libro y no quedas contento, el culpable es un puto loco chileno que un día me llamó. El tío, al parecer, había investigado sobre mí en internet y había escuchado el tipo de programas que suelo hacer, de lo que dedujo que sería interesante que contase el recorrido de las influencias que me habían llevado a ser el que soy hoy. Fue él quien, delante de unos huevos revueltos, con ojos dementes y con su camelante y motivador acento chileno, me convenció para escribir una autobiografía cultural haciendo que los huevos que se revolvieran fuesen los míos.

Debo decir, en descargo del editor chiflado, que su idea era brillante y comercial. Básicamente me pedía una especie de lista, uno de esos libros que tanto se venden del tipo: Las 1.001 películas/­libros/­discos que debes conocer antes de morirte porque lo ha dicho Arturo. Una autobiografía cultural.

Y eso es lo primero que no es este libro.

Pedirme algo así implicaba suponer que alguien ahí fuera realmente querría ser como este señor cincuentón patético con camisetas de muñecos y gorra, que caza Pokémon, se rodea de gente infinitamente más lista que él y mira vídeos de japoneses en tetas en internet.

Cualquiera que conociese mi obra literaria anterior (cuñaos, madres, sables láser…) habría renunciado a encargarme esto. Habría renunciado incluso a pretender llamarlo «obra literaria».

Pero el tipo es chileno, recién llegado a España, presa fácil, y se empeñó. Ahora mismo le visualizo leyendo este libro en el futuro y decidiendo que la próxima vez se informará mejor antes de pedir según qué cosas a según qué gente. Pero se siente, el libro está entregado y la editorial me lo ha pagado, haberlo pensado mejor antes.

En cuanto empecé supe que sería incapaz de escribir un libro de esos, entre otras cosas porque mucho de lo que conozco ha llegado a mí a través de caminos raros, largos y tortuosos.

Pero, alma de cántaro, ¿cómo voy a decirte qué cosas son o no imprescindibles si, al escribirlo, me he dado cuenta de que muchos de mis conocimientos son bastardos?

El prescriptor que firma este libro ha dicho con el pecho hinchado frases como: «Me encanta “La saeta”, de Serrat».

Este supuesto influencer cultural, que lo sepáis, conoció «In The Mood», de Glenn Miller, en la versión que Los Pitufos sacaron en el primer disco con Padre Abraham.

El gran divulgador cultural que escribe estas líneas no supo hasta casi empezar a tener bigotillo que la letra original de la «Marcha nupcial», de Schubert, no era: «Ya se han casao, ya se han casao, ¡na nino ni nino, ya se han casao!».

El pavo ese al que sigues en Instagram porque pone cosas muy elevaditas no tenía ni idea de que «Jardín de rosas», de Duncan Dhu, era una versión de un tema de una tal Lynn Anderson, ni que «Blowing in the Wind» no era una canción de misa. Y todo lo que sabe sobre economía y burbujas inmobiliarias lo ha aprendido leyendo Obélix y compañía.

Sabe, porque tiene la cabeza llena de spam, una gran cantidad de datos que a nadie le importan, pero que para él son descubrimientos totales.

Sabe que, antes de que Mecano sacase «Naturaleza muerta» («No ha salido el sol y Ana y Miguel ya prenden llamas») ya había una versión de esa canción cantada por Mocedades, y recuerda la emoción que fue para él reconocerla cuando se compró Aidalai. ¿Le importaba a alguien más? Por supuesto que no, pero para él fue un triunfo de mierda de los muchos que han ido haciéndole feliz.

Sabe, como ejemplo de la profundidad de su pensamiento, que la empanadilla de Martes y Trece jamás fue de Móstoles, que se estaba friendo en Algete, que es donde estaba la señora que llamaba a Encarna para contarle que su hijo estaba haciendo la mili en Móstoles.

Sabe que no es verdad que la ironía no se entiende en la radio. Ha aprendido que, quien no entiende la ironía, no lo hará, aunque se le esté derramando por la cara empapada en samanté.

Sabe que «Buenas noches, señora», de Bertín Osborne, se llama en realidad «Como un vagabundo», y que la canción «Mi primera colonia Chispas» aparece en la banda sonora de Fama y se llama «Dogs in the Yard».

El señor mayor que lleva siendo viejo desde que nació y que por fin aparenta la edad que ha tenido siempre sólo sabe cosas random como que Quién quiere ser millonario, el concurso de la tele, se llama así porque alguien debía de conocer una canción de Cole Porter titulada «Who Wants to Be a Millionaire», escrita para la película Alta sociedad, que, a su vez, era un remake de Historias de Filadelfia.

El molón que cuelga una foto de David Bowie en sus redes sociales, en cada aniversario de su muerte, conoció «Space Oddity» gracias a un single de Los Hermanos Calatrava y, cuando homenajea a Freddie Mercury, se calla que escuchó el «Somebody to Love» por Mocedades, sin saber quiénes eran esos Queen.

Sabe que contestar «Jesús» a un estornudo es una protección contra el contagio, no una bendición para la cura del enfermo. No le gusta, pero le da pistas de cómo somos.

Sabe que Hombres G se llaman así por la película de Anthony Mann y que la frase «Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad» jamás la dijo tío Ben, sino que aparecía en un rótulo de la última viñeta de Amazing Fantasy 15, la primera aparición de Spider-man, es decir, que la dijo ¡Stan Lee!

Sabe que quien bien te quiere no necesariamente te hará llorar. Es más, sabe que quien de verdad te quiere es quien disfruta si te hace reír.

Conocimientos útiles para nadie que no sea él. ¿Cómo va a ser una guía alguien que, cuanto más avanza, más sabe que no sabe nada y es tan idiota que, en muy pocas páginas, va a refutar a Sócrates?

El autor sabe que es alguien tan raro que, a veces, se ha sentido más vivo escuchando a Gershwin que besando, pero no tiene claro si eso es bueno o malo. Sabe que un «Te quiero mucho» es precioso, pero que, para algunas personas, muy pocas, a las que ha ido conociendo, el «mucho» sobra mucho. Sabe que es bonito jugar por jugar, sin tener que morir o matar.

Sabe que, además de las personas, las cosas que le han rodeado le han hecho muy feliz y lo que desde luego sabe es que ese amor a las cosas ha resultado ser uno de los más estables de su vida. Y que mucho de lo que sabe, sobre todo lo que confirma su ignorancia, lo sabe gracias a las cosas.

¿Cómo voy yo a indicarle a nadie ningún camino cuando el mío ha sido, básicamente, ir errando por las cosas que han ido apareciendo en el camino? ¿Cómo voy a pretender que este libro te lleve a algún sitio si yo no paro de errar? (Qué justa es a veces la polisemia). Este libro no te va a llevar ni a Ítaca ni a Mordor. Mira fijamente el trayecto de la Roomba de tu casa; eso va a ser este libro. Este libro son mis cajitas.

Si esperas decepcionarte, nunca terminas decepcionado.

ZENDAYA, en Spider-man: No Way Home

INTERIOR DÍA:

Tengo cinco años, soy el estómago agradecido de Jack. Mi madre acaba de hacer sopa de arroz y, como siempre desde que estrené raciocinio, pone en el centro de la mesa un plato con aceitunas para que cada uno se las eche en la sopa. No sé de dónde viene esta costumbre, ni siquiera sé que en el resto de las casas no existe. Tardaría unos cuantos años en descubrir que muy poca gente aparte de nosotros le echaba aceitunas a la sopa. Es más, que a la mayoría de las personas les parecía algo asqueroso. En mi casa era, no diré ley, diré algo más potente: en mi casa era LO NORMAL.

CORTE A:

Tengo cincuenta y dos años, mis padres han muerto, he hecho sopa de arroz y pongo, delante del plato, un cuenco de aceitunas para echarlas a la sopa.

Da igual lo que te digan y da igual quién te lo diga: ninguna sopa sabe mejor que la que te hacía tu madre. Cada persona del mundo, excepto Mafalda, te dirá que la sopa de su madre era la mejor del mundo. Al final, todos, nos guste o no, somos Anton Ego llorando frente al pisto.

Este libro te va a decepcionar si pretendes que te lleve a algún sitio más coherente que el recorrido de un coche de choque conducido por un tío que se ha comido la fruta de la sangría. Pero sobre todo te va a decepcionar si lo lees buscando un refuerzo positivo. Tanto si buscas que las cosas de las que hablo sean de las que hablarías tú como si apuntas las que consideras que deberían estar y no están, te garantizo el cien por cien de decepción.

Porque pienso esto: sería imbécil si me propusiera realmente que este libro fuera algo más allá que mi sopa de madre personal. La primigenia, la de por qué soy como soy y me gusta lo que me gusta sin que ello signifique que sea lo bueno, lo imperdible ni, mucho menos, lo recomendable.

Traté de explicarle al editor que, igual que la Roomba, mi trayectoria vital se dibuja de golpe en golpe, de error en error, de fracaso en fracaso; que yo no era nadie para decirle a la gente lo que tenía que ver, escuchar o leer. Que no me consideraba prescriptor de nada que no fuera de la universidad del ensayo y error, y que me estaba pagando por escribir un libro que sólo interesaba a mi familia, a mis amigos y a mi gestor.

Fracasé en convencerle y por eso lo estás leyendo.

Cuando todo da lo mismo,
¿por qué no hacer alpinismo?

JAVIER KRAHE, «La yeti»

Calle Gabriel Lobo, febrero de 1968

Mis padres llevan cinco años casados y no tienen hijos. Hoy en día eso puede sonar a algo normal e incluso, según algunos, a una decisión inteligente. Pero en aquel momento mis padres eran, a ojos de la sociedad, sospechosos de… de algo indudablemente grave.

Lo que hoy podría tomarse como la libre decisión de una pareja que apuesta por una vida con menos ataduras, se miraba entonces por encima de las gafas y despertaba las sospechas sobre la virilidad de mi madre o la fertilidad de mi padre (o al revés, yo qué sé, no había nacido aún).

Mis padres viven bajo el yugo del «A ver cuándo me dais un nieto» desde prácticamente

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