Los cuentos de Papa Giorgio

@papa.giorgio.real

Fragmento

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Toda historia tiene un principio, y mi principio, como os podéis imaginar, se encuentra en el momento en el que yo era un baby.

Si esto fuera una película, ahora debería aparecer el letrero «Manresa, 1953».

Ahí empezó todo. La leyenda de Papa Giorgio nacía en esa ciudad de la provincia de Barcelona que, debido a los cerros del Puigcardener, el Puigmercadal, el Puigterrà, el Puigberenguer y el Tossal dels Cigalons, tiene unas pendientes que recuerdan a las de San Francisco.

Por eso no es extraño que corra la leyenda de que existe una Manresa subterránea y que, a través de una red de pasillos secretos, se puede ir desde la calle Sobrerroca hasta la torre de Santa Caterina. Algunos incluso dicen que por estos pasadizos subterráneos se podría llegar hasta Montserrat, la montaña más simbólica de Cataluña. Una leyenda que ha sido alimentada por vías tan extrañas como la sinuosa calle del Balç, un corredor continuo que penetra dentro de la roca y que, hoy en día, está casi totalmente cubierto por edificios.

Después de la Guerra Civil, Manresa había vivido unos años muy difíciles, pero enseguida empezó a crecer económicamente gracias, entre otras cosas, a la llegada de inmigrantes del sur de España. Poco a poco, la ciudad se fue convirtiendo en un centro muy importante a nivel industrial que, además, tenía y tiene el privilegio de disfrutar de productos de una huerta regada por un canal construido en el siglo XIV. En este lugar en el que nací y donde he vivido siempre, el religioso Ignacio de Loyola se retiró para meditar y escribir sus Ejercicios espirituales, así que para muchos la ciudad de Manresa es también la cuna de la orden jesuita. Por eso no es raro que Josep Pla escribiera lo siguiente: «En Manresa las fábricas se confunden con los conventos, y los conventos con las fábricas. Ambas cosas ya forman parte de la historia».

El año que mis padres, José María y María Teresa, me trajeron al mundo, el FC Barcelona quedaba campeón de la liga española de fútbol. Miguel Mihura llenaba hasta los topes los teatros con sus obras de humor absurdo. Y aquí, en Manresa, se celebraba una importante exposición y concurso de muñecas que incluso apareció en el NO-DO, el Noticiario Cinematográfico Español.

También nacían por estas fechas Josema Yuste, el cómico del dúo Martes y Trece, y el actor Pierce Brosnan, que acabó interpretando al mismísimo James Bond. No tengo ni la planta de Brosnan ni la gracia de Yuste, pero, oye, no me quejo, porque también tengo mi gracejo y hasta mi público. Vamos, que mis padres escogieron un buen año para traerme al mundo. Y yo no lo desaproveché.

El «milagro económico español»

En 1959 se aprobó el Plan de Estabilización que permitió que España se recuperara de la bancarrota en la que estaba sumida debido a la política autárquica implantada desde el final de la Guerra Civil. A partir de entonces tuvo lugar un extraordinario crecimiento económico, llamado popularmente el «milagro económico español», que acabó transformando a España en un país industrializado.

Yo era hijo de una familia trabajadora. ¡Éramos ocho hermanos! Cuatro women y cuatro men. Yo era el séptimo de la family. Imaginaos lo que suponía organizarnos para ir al baño. Era como hacer cola para comprar la lotería. Afortunadamente, entre los hermanos que trabajaban y los que iban al colegio, podíamos cuadrar nuestros horarios. Cosa que agradezco, porque yo soy bastante puntual a la hora de hacer aguas mayores cada día.

Sin embargo, no guardo un buen recuerdo de ese baño, y os diré la razón. En él habíamos instalado una estufa eléctrica y, en una ocasión que salí de la bañera, la toqué sin darme cuenta y me electrocutó. Casi me deja en el sitio. De hecho, tuve que hacer una pequeña rehabilitación para recuperar el movimiento de la mano. Si la descarga hubiera sido más potente…, ahora Papa Giorgio no existiría. Ni mi hijo. Ni The Wild Project. Imaginaos lo que un simple baño puede cambiar la historia de una persona.

Como nuestra casa solo tenía cuatro habitaciones, lo cual no estaba mal para aquella época, debíamos compartir habitación y dormir en literas. Los cuatro hermanos, en una habitación; y mi hermana la mayor, junto a mis otras tres hermanas, en otra distinta. Además, con frecuencia no estábamos solo los diez en casa, sino que solía haber más gente de visita. Aquello no parecía una casa, más bien era como una pensión o un bar, o las dos cosas a la vez. Pero yo era tremendamente feliz en ese ambiente con gente siempre hablando y enredando. Me encanta estar rodeado de personas. Me va la marcha, la conversación y el jolgorio. Me reconforta el calor humano.

Sobre todo me gustaba estar con los míos cuando eran las fiestas de Navidad. Me lo pasaba estupendamente bien haciendo el belén con mis hermanos, cuidando hasta el último detalle. Y en Nochebuena, después de cenar, mi padre siempre me solía decir:

—Venga, Jordi, canta esas canciones que te inventas, que nos reímos mucho, coño.

Y, en compañía de uno de mis hermanos, cantábamos canciones navideñas que nos inventábamos sobre la marcha. Eran mis primeros pinitos en esto del show business, aunque mi público solo fuera mi familia. Pero, oye, que nueve personas de público no está mal para empezar. Yo lo recuerdo como algo muy especial, y seguramente me permitió ir cogiendo cada vez más confianza a la hora de hablar delante de la gente. Quién sabe si Papa Giorgio hubiera conquistado YouTube si no llega a ser por esas actuaciones improvisadas frente a la family.

Como en esa época no había consolas ni ordenador, también nos pasábamos el día jugando en la calle. Pensad que en aquel entonces lo normal era jugar fuera de casa. Prácticamente no había peligro de que un coche te atropellara porque apenas había coches. España era tan pobre y gris que solo los ricos podían conducir. Incluso muchas de las calles aún estaban sin asfaltar.

Aquellas horas callejeras con mis amigos las invertimos sobre todo en jugar al fútbol con una pelota que habíamos confeccionado con unos trapos. También montábamos campeonatos de chapas entre nosotros, que era el equivalente más cutre de jugar a Pokémon. Y he de confesar que no éramos angelitos y alguna que otra travesura también caía. Por ejemplo, cerca de casa había un huerto con melocotoneros. Si jugando al fútbol la pelota se nos colaba en el huerto, entonces saltábamos la valla, recuperábamos la pelota y de paso birlábamos unos cuantos melocotones que nos escondíamos bajo la camisa. Pero un día nos pilló el dueño y tuvimos que salir corriendo. Y en la huida casi nos quedamos enganchados en los alambres de la valla. Luego, mi madre me tuvo que curar las heridas de las piernas, y le hice prometer que no le contaría nada a mi padre. Aquello había si

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