Prólogo de Pep Guardiola
Paco, lo que has propuesto en estos textos no constituye un libro de fútbol, sino del fútbol. De esa forma de jugarlo que hemos tenido la inmensa fortuna de compartir durante años, siendo el resultado de un proceso y producto de entenderlo y practicarlo desde la inteligencia, disciplina y talento de «aquellos» que se «juntaban» para disfrutar, teniendo siempre en cuenta a su equipo, al objeto de ganar.
Me gusta el concepto de espacio de fase para lograr comprender cómo organizarnos en el espacio respecto al balón en y para cualquiera de los sistemas que utilicemos. Pues así se transforman en disponer del balón (en ataque) o en tener que recuperarlo (defensa), de manera proactiva, en todo el espacio de juego. Así el balón es el medio y el fin del jugar.
Me encanta el pase como gesto único de la motricidad del jugador, y por tanto de toda la intracomunicación del equipo, y para el engaño (táctica) de los contrarios.
Me gustan sobremanera los patrones semánticos de intercomunicación entre los nuestros, sobre todo el de contramovimiento. ¡¡Genial!! Así se materializa cualquier sistema de ataque que se utilice.
Me fascinan las propuestas de objetivos de entrenar cada día, pues van dirigidos directamente al cerebro, a la inteligencia de los jugadores, de manera que los capaciten tanto para conocer el juego como a lo que juegan y a sí mismos.
En fin, podría continuar ensalzando cada una de las líneas donde propones los hábitos operativos propios de este jugar, lo que haría interminable este prólogo, pues creo que has logrado abrir una diferente y nueva forma de ver, jugar, entrenar y disfrutar de jugar al fútbol, y así ganar.
¡Sencillamente gracias, Paco!
Prólogo de Jordi Cruyff
Hace unos días me encontré con Paco Seirul·lo, con el que hacía tiempo que no coincidía, e inevitablemente terminamos hablando de fútbol, de aquel tiempo en que fue mi preparador físico en el Barça B y demás gratos recuerdos compartidos. Me anunció que estaba terminando un libro de fútbol, pero rápidamente aclaró que era del fútbol que había vivido y sentido en el tiempo inolvidable que compartió con mi padre. Me pidió esta colaboración, que sin dudar acepté después de oír el emocionado relato de todo lo que mi padre le había aportado a su conocimiento del juego, y servido como base motivadora de sus estudios e interpretación desde la teoría de sistemas y las ciencias de la complejidad, como base teórica y propuesta práctica que propone en este libro.
Me contó que uno de sus primeros días de los muchos compartidos con mi padre le dijo: «El fútbol es tener el balón, y del cómo me encargo yo, “lo otro es correr”, y de eso te encargarás tú». Todo lo exponía con esa lógica aplastante y compleja sencillez. Decía también que pasar el balón debía hacerse a un compañero libre de marca, de cara, al pie y al primer toque, y si era posible, a su pie bueno; que había que pasar primero en corto para atraer y luego en largo al compañero libre de marca para superar. O que antes de pedir un pase, hay que mirar, para que cuando te llegue tengas pensado lo que puedes hacer. Desde esa sencillez, había comprendido un sinfín de conceptos valiosos y podido construir una verdadera epistemología del pase que es la base de sus textos.
Así he podido comprobarlo con la lectura de su libro, de la que especialmente me ha impresionado el concepto de espacios de fase donde concluyen todas las esencias del pase y la forma de jugar a modo de un sistema de juego, y los patrones semánticos de comunicación para construir esos espacios tanto en la fase de tener el balón como en la de recuperarlo. Pero hay otros muchos conceptos que nacen desde la idea de que en el fútbol «todo es pase» que sin duda sorprenderán al lector y le darán las bases para poder así entrenar, tanto en equipos de base como a profesionales, de una forma novedosa, eficiente y atractiva.
Para mí, todo lo aquí propuesto entiendo que puede ser el ADN del Barça del que todos hablan, y nadie hasta ahora lo había expuesto con esta claridad, para deleite tanto de aficionados como de profesionales y estudiosos de este «juego de los juegos», como dice Paco.
Introducción
Estimado lector:
Nos vemos en la obligación de indicarte que este no es un libro de fútbol o sobre el fútbol, sino que es un libro del «fútbol», de ese fútbol al que Johan Cruyff nos abrió sus puertas y que Pep Guardiola, mientras entrenó en el F. C. Barcelona junto con Tito Vilanova, propuso y desarrolló hasta que el proyecto se interrumpió por los motivos que ya conoces. Por tanto, no esperes encontrar en estas líneas sistemas de juego nuevos, o desarrollos inesperados de ideas y valores desconocidos sobre conceptos de ataque o de alguna defensa inexpugnable, ni tampoco cómo entrenarlas.
Este, sin embargo, es un documento que solo se centra en el fútbol que se ha venido llamando «fútbol Barça», o, para muchos, «fútbol posicional». Es un método controvertido, en parte por su desconocimiento, ya que Guardiola y sus «antecesores» solo han podido mostrar algunos de sus aspectos en los diferentes equipos que han entrenado. Es posible que sea porque este fútbol debe ser aprendido desde «la cuna» como un idioma materno que nos acompaña toda la vida. Y eso es algo que no se ha podido realizar en otro lugar distinto al F. C. Barcelona. Con él somos capaces de «conversar» entre nosotros, de manera que eso que sentimos y compartimos al comunicarnos es producto y consecuencia de un consenso tácito sobre cómo debemos tratar (no maltratar) el balón, para «lenguajear» en unos términos que solo nosotros conocemos bien, identificamos y cuyo valor comprendemos, pues es producto de un legado histórico fortalecido por conocer cómo ha sido «ese otro algo» sin lo nuestro.
Supone una clara alternativa al fútbol «tradicional», pues dentro del equipo conversamos acoplados en constructos físicos-espaciotemporales-situacionales que logran y definen formas nuevas de coexistir, invitándonos a que todos nos involucremos a la hora de conformar los distintos y necesarios espacios para jugar en «disposición» del balón (EENFD) o hacerlo para su «recuperación» (EENFR). Son dos microecosistemas distintos, entrelazados a modo de sucesión coreográfica de emociones y deseos, que tienen el poder de hacernos lidiar con la incertidumbre del jugar, proporcionándonos energía para nuestro cambio necesario, al tener que ver, sentir, vivir y convivir con todo lo nuevo que surge con cada pase. Y es que solo el balón tiene ese poder. A través del pase, que en su deletreo comunicativo de acuerdo con unos «patrones semánticos» solo nosotros llamamos PS, manifestamos unas intenciones comunes, consensuadas durante los entrenamientos. Estos convenios conforman el jugar que «seremos» en cada actuación al intercambiarnos el balón, pues todos así lo hemos aceptado, tengan el resultado que tengan.
Cada paso hacia el conocimiento de nuestro jugar se muestra como un nuevo-diferente logro cooperativo-altruista que todos compartimos y practicamos para poder superar lo competitivo, pues este otorga valores individuales, generando siempre, aún sin querer, un algo destructivo para el grupo. Mientras que aquello altruista genera valores afectivos que son imprescindibles para jugar como equipo al fútbol Barça y obtener el éxito deseado. Entendemos que para ello debemos generar un ambiente de entrenamiento adecuado donde organismo y entorno se acoplen por medio de una práctica recursiva de tareas singulares propias, tomando lo mejor de la naturaleza humana para «practicar virtudes» que contengan necesariamente acciones inteligentes, no automáticas. Ello hace necesario que a veces se tengan que utilizar métodos y lenguajes pertenecientes a otras disciplinas que han de deambular entrelazadas por espacios permeables, para fundirse en una interdisciplina propia de entrenamiento, para que así pueda surgir la innovación en nuestro jugar. Es cómo entrenamos…
Todo lo expuesto es posible si se abandona el determinismo y la causalidad. Dejamos de lado a Descartes y a Hume, y damos la bienvenida a la psicología ecológica de Gibson, la teoría de Chile de H. Maturana, así como a las neurociencias que permiten afianzarnos en saber lo que estábamos haciendo y lo que nos faltó por hacer. Esto es lo que exponemos en estos textos con el máximo respeto a quienes nos precedieron. Deseamos que te ayude a disfrutar del conocimiento de este maravilloso «juego de los juegos» desde acaso otra dimensión. ¡A por ello!
1
Aquel hermoso día
Hay dos clases de innovación: una «horizontal», que consiste en cambiar de respuesta (evolución). Y otra «vertical», que consiste en cambiar de pregunta (revolución).
JORGE WAGENSBERG, 2014
Aquel hermoso día en que nos preguntamos: ¿es suficiente para un entrenador que quiera triunfar conocer bien el fútbol actual, a los jugadores que han hecho/hacen su historia y formarse en las escuelas de entrenadores, o necesita algo más-diferente? Y de ser así, ¿qué dirección debería tomar? ¿Podríamos recorrer un camino distinto por el que acceder a un fútbol diferente-nuevo?
Son preguntas que ya nos hicimos hace tiempo para comenzar a construir ese nuevo camino, cuando decidimos que era necesario otro sendero para la innovación del juego del fútbol, pues el conocimiento acumulado de este deporte, ya desde hace más de un siglo, es tan diverso-amplio e interpretado con tanta variedad en tantos años, culturas y visiones alternativas que entendimos que era imposible (aceptando esta rotunda perspectiva experiencial) encontrar el camino buscado, nuevo-deseado. Así pues, concluimos que era necesaria una nueva-distinta forma de interpretar la realidad del juego. ¡Una pequeña-deseada revolución!
Para lograr un verdadero cambio, era necesario partir desde los cimientos más ancestrales sobre los que se sustentaba el juego. Ello suponía implicarnos en provocar un cambio del paradigma respecto al que hasta ahora se había sustentado-desarrollado. Entendíamos que no podíamos jugar de manera distinta si permanecíamos instalados en la misma esencia, pues ya había sido explotada durante demasiado tiempo.
Ese paradigma, que llamaremos «reduccionista», ha sido utilizado exhaustivamente y de forma dominante para entender-entrenar y proponer el fútbol. Soporta este fútbol impregnándolo-justificándolo con ideas-conceptos analíticos y reduccionistas. De esta forma, nos hemos acostumbrado a aceptar como válido que:
• El juego puede ser comprendido-practicado únicamente cuando se descompone dividiéndolo en los que atacan y los que defienden. Desde este dilema dicotómico se confeccionan los equipos, se construyen los sistemas de juego que se exhiben en los partidos y se forman a los jugadores especialistas de cada parte.
• Solo desde el análisis se observan cada una de las «jugadas» que dan forma y caracterizan el juego de los equipos.
• Desde el orden, y bajo estos conceptos, se puede prever el buen o mal juego, y no de otra forma, pues es el modo más sencillo-evidente «del jugar», según un sistema que los centrocampistas «dirigen».
• Cada efecto observado tiene una sola causa, que genera siempre el mismo efecto en el juego, por lo que la jugada nace allí donde aparece.
• Hay que aceptar que solo la repetición en idénticos términos causales-analíticos proporciona mejoras en los jugadores durante sus entrenamientos.
• Es suficiente con identificar un reducido número de premisas causales, que, por ser las esenciales-importantes para el juego, son las bases incuestionadas del aprendizaje del juego. Y así se entrena…
• El entrenador es quien conoce el juego y lo enseña; los jugadores lo aprenden así.
¡¡En el fútbol está todo inventado!
Todas estas premisas y alguna más han constituido el desarrollo de este paradigma, soporte «científico» del juego, hasta hoy. Solo gracias al talento de algunos grandes jugadores que en muchas ocasiones han desatendido a sus entrenadores, el deporte ha logrado evolucionar y mantener la atención y el cariño de los aficionados durante tanto tiempo, para su gloria y veneración.
Ante tal situación, nos propusimos utilizar la misma etiología-génesis…, ¡tener que cambiar de paradigma! Entendíamos que solamente de esta forma podríamos lograr-participar en conformar otra manera de observarlo-enseñarlo-practicarlo. ¡En definitiva, amarlo!
Concluimos que el paradigma emergente de la complejidad podría aportarnos aquellos valores epistemológicos necesarios que nos permitirían hacer los cambios que según nuestro criterio eran necesarios para obtener una diferente forma de ver el fútbol, desde otras alternativas más «científicas». Seguimos así a Thomas Kuhn (La estructura de las revoluciones científicas, 1985): «El progreso científico no es solo una simple acumulación de nuevos conocimientos; una verdadera revolución científica es aquella que implica un cambio de paradigma».
Nuestro objetivo se transformó pronto en un desafío respecto a cómo lograr la reconstrucción del juego desde una totalidad dialógica, pues entendíamos que atacar y defender no son solo antagónicos-opuestos, sino complementarios-indisociables y que únicamente el balón los hace necesarios, o que los efectos son a la vez productores-causadores de lo que los produce, ocasionando un continuum de complejidad. Además, supimos que si el juego es un estado de ánimo, este es a su vez generador de una forma-alegría de jugar, con lo que ello comporta de lúdico-creativo. Solo desde esta perspectiva sistémica podríamos observarlo-expresarlo en toda su ineludible complejidad.
Desde este paradigma ya experimentado en otros campos del conocimiento y prácticas humanas, podemos explicar el juego como «un todo» único que se reorganiza en el espacio-tiempo, que está conformado por-desde múltiples dimensiones de distinta naturaleza y a su vez por elementos en interacción que son capaces de mantener cierto grado de estabilidad en sus actividades durante el juego, alejadas del equilibrio. Estos elementos son los jugadores, seres humanos deportistas (HD) que, por sus características sistémicas únicas y específicas, se consideran unidades funcionales complejas-activas capaces de lograr durante el juego diversas organizaciones comprometidas en modificar los espacios-entornos del juego según ciertos intereses comunes, que se concretan en cómo ganar el partido. Para ello se deberán establecer unas redes específicas de comunicación motrices y no motrices entre los propios compañeros, que no sean reconocidas-identificadas, y por lo tanto acaso interrumpidas por sus oponentes, con los que comparten el espacio-tiempo del juego. El balón es la referencia-objeto que define y explica la totalidad compleja de tal comunicación, pues es él el que conforma los entornos situacionales espaciotemporales donde vivimos-jugamos. Cuando queremos modificar los acontecimientos vividos-viviéndolos con referencia espacial, tenemos que actuar sobre el balón en función del tiempo de nuestras ejecuciones. Al contrario, si deseamos intervenir modificando los acontecimientos en relación con su ajuste temporal, tendremos que actuar sobre el balón en esos momentos, en función del espacio. Ello constituye la interacción E-T que conforma la complejidad operacional de este nuestro jugar al fútbol.
Establecidas tales premisas, podemos interpretar el «nuevo fútbol» como un proceso complejo de interdependencias dinámicas de acontecimientos más o menos creativos de enfrentamientos y coaliciones, esperados e inesperados, previsibles e imprevistos siempre sujetos a un alto nivel de incertidumbre que en cada momento conforman el juego. El espacio, el terreno de juego, no es algo ajeno, inerte, sino un lugar de interacciones-sinergias positivas entre nuestros jugadores, a veces inhibidoras o negativas, ocasionadas por los contrarios, donde nada de lo que ocurra puede definirse como independiente o aislado, sino como un proceso continuo de redes de interacciones que conforman complejos comunicativos altamente entrelazados por sentimientos-deseos-emociones. Son propias de las mujeres y los hombres, de todos los seres humanos deportistas (HD) que desean jugar al fútbol.
Esta diferente conceptualización transformadora implica poder pasar de aquellas certezas causales del fútbol tradicional a la necesaria aceptación de la complejidad e incertidumbre. De objetivos prefijados a la responsabilidad de la elección individual-grupal. De mostrarnos un único camino unidireccional de la comunicación a aceptar la recursividad. De una práctica tradicional tranquilizadora del «dejar hacer» a dar paso a la inquietud generadora de la creatividad exploratoria. De hacer de su entrenamiento una práctica genérica de repetición-adicción de modelos preestablecidos (físicos, técnicos, tácticos), a una práctica innovadora que logre integrar todas las estructuras de los humanos-jugadores, y que, por practicar con totalidades complejas, cobra una relevancia total.
Nos pusimos a sopesar-investigar desde esta diferente-nueva dimensión, basándonos en las ciencias de la complejidad y las teorías sistémicas, como soporte de nuestras convicciones-intereses. Después de más de diez años de encuentros-desencuentros, de muchos esfuerzos, esperanzas vacías y algunas compensadas, podemos ofrecer ahora una manera distinta de entender el fútbol y jugarlo que posiblemente haya cautivado a los aficionados de todo el mundo, y acaso haya interesado al mundo del conocimiento científico.
Somos conscientes de que haber tenido un grupo de jugadores excepcionales nos ha permitido alcanzar niveles de excelencia inesperados y nos ha dado posibilidades de explorar estos nuevos caminos-territorios; sin ellos habrían resultado inaccesibles a nuestro conocimiento. No obstante, también creemos que estos mismos jugadores entrenados en métodos clásicos no habrían jugado como lo han hecho. Seguramente podrían acaso haber logrado los mismos o parecidos laureles, es posible, pero de lo que estamos seguros es de que no lo habrían hecho de la forma que fue y será desde entonces identificativa del «estilo Barça». ¡Nuestro juego! ¡Iniciamos nuestra revolución!
2
Así ha sido
Somos palabra.
Sin duda, la terminología utilizada en el fútbol tradicional (FT) nos muestra claramente su procedencia. De este modo, los conceptos de estrategia o de táctica proceden del ámbito militar, se remontan hasta hace miles de años. Uno de los más antiguos conceptos militares empleados para desarrollar la estrategia lo encontramos en El arte de la guerra, de Sun Tzu (544 a. C.), de gran popularidad en el siglo pasado. Ha tenido mucha influencia tanto en la gestión y en las estrategias empresariales como en la política y en el ejército. Dicen que, actualmente, es lectura obligada para el Cuerpo de Marines. Contiene alternativas detalladas de los planes de guerra para vencer a los enemigos. ¿A qué suena esto? No digamos ya a la táctica que nace en el ejército, definida como aquella acción que, utilizando los «medios de acción propios», hace que podamos superar al enemigo en el campo de batalla. Así pues, trazando paralelismo, no es de extrañar que un chut a portería sea un «disparo a puerta», o un gol que entra ajustado sea un «tiro por la escuadra», por poner solo unos ejemplos de esa terminología del fútbol que es propia de la guerra.
«Estamos preparados para la guerra», dice orgulloso un entrenador al final de la pretemporada. El proceso del juego atacar-defender da muestra inequívoca de la procedencia bélica del fútbol y de otros muchos deportes de equipo.
Otra de las fuentes de conocimiento que queremos utilizar para la comprensión del juego y las condiciones de ejecución de las tareas del entrenamiento la aportó René Descartes (1596-1650) en varios aspectos de sus teorías, principalmente con la formulación de su «principio de causalidad», que nos ha facilitado la identificación de las acciones de juego. Lo presentó en estos términos:
• La causa es anterior a cualquier efecto observado.
• Ambos se presentan de manera contigua en el espacio-tiempo del acontecimiento.
• La misma causa produce el mismo efecto, por lo que existe una dependencia evidente, unívoca entre esa causa y el efecto producido.
¡Acaso no buscamos las causas que han producido todos los efectos, tanto los deseados como los no deseados! En el FT y en muchos deportes de equipo, sus entrenadores han explicado-entendido-entrenado mediante la aplicación de este principio. La causalidad impregna cada acción, cada situación del juego; a través de ella, se evalúan las actuaciones de los jugadores en cada momento del partido. Cada intervención de un futbolista con el balón es causa concreta del efecto producido y solo por ella causado. Así pues, «cada jugada» es una concreta sucesión lineal causa-efecto producida por la acción de ese jugador; se califica positivamente al futbolista por su actuación, cuando el efecto causado en su intervención se entiende como válido-positivo para los intereses del equipo y para que la afición disfrute. Por el contrario, cuando se dice «¡ha fallado ese pase!», puede que sea porque el jugador lo hizo con el exterior del pie, con el que se tiene menos control. «¡Esa es la causa!», dice el entrenador. Después la utiliza en los siguientes entrenamientos para corregir la causa del problema. Y es la más lógica desde la perspectiva del entrenador en su análisis por partes de tal ejecución. Esto constituye otra doctrina filosófica, el mecanicismo al que también Descartes aportó su conocimiento. Desde este análisis lógico-mecanicista se plantea que cada jugada, o cuestión compuesta-problemática, se puede dividir en partes. ¡Divide y vencerás! Simplificada, se pueden observar por separado sus causas y los correspondientes efectos. De esta forma, se propone construir ejercicios también analíticos, para lograr modificar aquellas causas que producen efectos no deseados. La formación y los conocimientos que el entrenador tenga sobre el juego le facilitarán identificar un concreto número de causas que puedan producir unos concretos-determinados efectos que serán identificativos de su forma particular de «ver» el fútbol o cualquier actividad complicada-problemática. En esta clase de actuaciones se ha basado el entrenamiento del FT que muy a menudo cae en una «ficción analítica», producto del alejamiento no consciente de la realidad del juego, buscando luego su transferencia a este.
Sin duda, en cien años de FT, toda esta terminología y todas estas condiciones del entrenamiento se han sofisticado, aunque manteniendo su anterior esencia. En principio, el terreno de juego era identificado (a veces) como campo de batalla; actualmente, su lógica causal se concreta refinadamente en términos de «escenarios de juego», donde se identifican diferentes formas de intervención tanto en «escenarios de ataque» o de defensa. En estos escenarios hay un decorado, la forma en que se constituyen las líneas de batalla de ambos contendientes que se implantan en el campo de acuerdo con el sistema de juego (estrategia de batalla) reconocido por el entrenador. Este les proporciona a los jugadores la seguridad de que ellos supuestamente conocen (el guion) de lo que «tienen que hacer», pues su técnico lo ha mostrado durante los entrenamientos en alguna ocasión. En los partidos, cuando las causas que se proponen no logran los efectos deseados, a veces aún queda el recurso de las «intervenciones arbitrales», que, siendo muy exigentes-adversas, han perjudicado «nuestros intereses». Ha impedido el desarrollo de nuestro juego, pues con sus decisiones ha logrado descentrarnos de los objetivos previstos-deseados.
Se dice que cuando un equipo lleva el partido a «su escenario» logra la iniciativa en el juego; es entonces cuando está en el camino de ganarlo. En muchas ocasiones y producto del análisis desde la lógica mecanicista segmentadora, cuando el entrenador reflexiona sobre la derrota de su equipo dice cosas como: «¡Nos han llevado el partido al escenario de “lo físico”, donde ellos son superiores!». De este modo, propone la única causa lógica-determinista de que: «¡Si corren más!… Durante la segunda parte, han sido (solo por ello) superiores… ¡Hay que trabajar más, sufrir, dejarnos la piel!».
Todo el entorno del fútbol acepta estas causas con naturalidad y como algo evidente, pues son componentes fácilmente observables en los que coinciden los analistas que basan sus juicios en esta lógica reduccionista-lineal y análisis mecanicista con los que juzgan cada intervención, «la jugada» de cada futbolista. Culpabilizan solo a «este» del efecto bueno o malo causado. ¿Quién dio ese pase? ¿Quién ha fallado en este gol?
Entienden y aceptan como máximos influyentes bélicos a sus ancestros (el calcio) la mencionada inefable linealidad del principio de causalidad y el mecanicismo, pero posiblemente nos pasó desapercibido por ser contemporánea con el desarrollo inicial del fútbol, aquella que el economista y sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) definió como teoría burocrática, que fue un gran paso para el estudio y el desarrollo posterior de la sociología y de la administración de empresas. Posiblemente, esta diera apoyo teórico y «filosófico» a los conceptos y necesidades que el fútbol requería para el orden interno del juego, pues, en esa teoría burocrática, Weber expone cómo deben «hacerse las cosas» para que una organización sea eficiente, logre los objetivos deseados y supere a otras organizaciones que compiten con los mismos intereses. ¿No son estos los mismos objetivos de los equipos deportivos? Basta ahora que mostremos el paralelismo entre las propuestas de la teoría burocrática y por qué se han podido constituir como aspectos fundamentales organizativos de los equipos deportivos. Resumiendo y adaptando sus ideas como las exponemos, veremos el incuestionable paralelismo entre la teoría burocrática y la forma en que se han constituido organizativamente los equipos en algunos aspectos fundamentales. De este modo, hasta puede parecer que Weber hizo sus propuestas para el deporte de equipo en vez de para las empresas.
Dice la teoría burocrática:
• La burocracia se desarrolla por normas y reglas de carácter legal:
- ¿No es así el reglamento del fútbol? Hay un reglamento del juego y otro para la competición en la que participe el equipo. Y el incumplimiento de tal legalidad conlleva multas o expulsiones de esa competición o de ese partido; es lo que hace el árbitro aplicando las reglas de carácter de ley. Muchas veces incluso se enfrentan con las leyes que los ciudadanos acatan en sus actividades laborales y sociales.
• La administración de las empresas (equipos) es independiente de los propietarios:
- Claro que los propietarios o los socios del equipo no participan en la actividad competitiva del equipo, ni en sus entrenamientos.
• La jerarquía necesaria de la autoridad:
- Los jugadores han de aceptar la máxima autoridad. El carisma del entrenador, su formación y sus conocimientos le otorgan autoridad sobre los miembros del equipo; en el partido, el árbitro es su extensión.
• Las relaciones interpersonales funcionan a través de comunicaciones formalizadas:
- Los jugadores se comunican por medio de realizaciones técnicas que el reglamento del juego formaliza; los árbitros sancionan su validez. Pero son los entrenadores quienes enseñan las técnicas más eficientes para la comunicación durante los entrenamientos, los partidos, formando técnicamente a sus jugadores, para que se intracomuniquen entre sí.
• División racional del trabajo:
- Si bien el reglamento lo facilita, no obliga a ello, pero la tradición y la teoría del juego determinan dividir el juego; por tanto, también el trabajo como necesaria consecuencia de defender-atacar. Todos aceptamos la necesidad de especialistas en alguna de estas funciones y posiciones para completar un buen equipo. Los defensores defienden, los atacantes-delanteros atacan.
• La profesionalización de los participantes:
- La competitividad y el tiempo dedicado al juego hacen ahora absolutamente necesaria la profesionalización de los jugadores, en los equipos de élite, y es a lo que aspiran todos los jugadores de cualquier nivel de competición.
• Competencia técnica de los funcionarios:
- Es el objetivo del entrenamiento de cada día, tanto para obtener los especialistas como para comunicarse entre sí en el desarrollo de los sistemas de juego de que el equipo disponga. Jugadores competentes, ellos van «al trabajo» como «funcionarios contratados».
• Rutinas procedimentales estandarizadas del trabajo:
- El desarrollo de la sesión de entrenamiento progresa por medio de rutinas, de calentamiento introductorio, de parte fundamental…, pero también por la rutina repetitiva de cómo se entrenan «las jugadas», sobre todo para la finalización, o por la rutina semanal de los entrenamientos en función del día de competición. «¡Hoy hacemos rutinas de ataque!».
Prácticamente, cada entrenador tiene procedimientos rutinarios para implantar su filosofía de juego en todo equipo que entrena. Es la teoría burocrática que puede que haya aportado el fútbol alemán. Es lo que dijo Gary Lineker: «El fútbol lo inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Alemania», aunque seguramente el exjugador inglés no conocía a Weber.
Llegados a este punto, afirmamos que, con las tres teorías mencionadas, podemos disponer de la base teórica reconocible del fundamento «científico» del FT y de cómo se ha practicado desde sus inicios hasta nuestros días. Posiblemente debamos añadir el factor humano creativo cuando, en los partidos, la responsabilidad del entrenador se traslada a los jugadores. Es cuando aparece la cultura de los fenómenos particulares: «la jugada». Ese futbolista que ejecuta de forma intuitiva el «enfrentamiento» individual con una acción altamente eficaz. Se utiliza para potenciar al individuo como único artífice de tal fenómeno, muchas veces obviando al equipo. Así nacen las grandes leyendas del juego; sin duda, los románticos la utilizan para desestimar lo científico del fútbol. Más que ciencia deberíamos hablar de teoría, pues son elementos nacidos del conocimiento observacional-lógico-deductivo de las actuaciones de los jugadores durante el juego, y también pueden dar soporte a las prácticas del entrenamiento.
El juego se entiende desde la táctica y los sistemas que la desarrollan; la táctica se presenta como moderadora de las coacciones que un equipo realiza sobre el otro, consecuencias muchas veces comunes de las propuestas tácticas de ambos entrenadores. Estas proposiciones intentan «racionalizar esfuerzos» para que así todos los jugadores «crean en él». El sistema debe tener apariencia de coherente, por lo tanto, perfecto en su desarrollo, para que el jugador no necesite de su verificación, sino que solo se centre en realizarlo. De esta forma, se han construido sistemas coherentes-cerrados-consistentes, con la lógica y racionalidad del que conoce el juego y a los equipos contendientes. Pero tales ideas no hacen que logremos darnos cuenta de lo que realmente sucede, de que el partido se desarrolla en cierto estado de desorden permanente, causado por esos «enfrentamientos» entre jugadores de ambos equipos. Sin embargo, ese desorden se considera «basura informativa» como todo aquello que queda fuera de lo que se ha presupuestado reconocible-mesurable de cada sistema táctico. Por ello son incapaces de hacer previsiones cuando surgen acontecimientos inesperados como el recibir un buen gol en los primeros minutos del partido. «¡No lo esperábamos y nos ha costado mucho reaccionar, pues ha trastocado nuestros planes!», explica el entrenador al final del encuentro. Mucha culpa de ello la tiene Max Weber, que, en su teoría burocrática, no expuso los recursos de los que los equipos (empresas) disponen para cuando las cosas no salen como se desea, como consecuencias de la actuación del rival. Es aquí donde el fútbol recurre a identificar localmente las actuaciones de cada jugador contrario cuando «supera al nuestro». «Este punta supera fácilmente a nuestro lateral-marcador… ¡Nos genera un desequilibrio por banda!». La orden consecuente: que nuestro extremo baje en la ayuda de nuestro lateral. Son órdenes reactivas y analíticas, consecuencia de la ideología lineal causa-efecto de la que ya hemos hablado. Sin reparar en que una acción no debe ser una reacción, sino una nueva creación-producción. No hay órdenes precisas para el extremo durante o después del enfrentamiento. ¿Y si el oponente supera a los dos? ¡Mala suerte! O ¡es que tiene mucha calidad! La buena o mala suerte explica muchos de los acontecimientos del juego cuando este se divide en sucesión de jugadas o cómo se finalizan. Su tiro al palo después de una jugada «bien trenzada», un gol en propia meta, una segunda oportunidad tras el «rebote» del balón en un compañero, un resbalón inoportuno… son solo una pequeña muestra de las observaciones analíticas, monocausales, del desarrollo del juego, que son totalmente inexplicables desde la causalidad y la linealidad.
Estas bases teóricas mencionadas han aportado el soporte necesario para obtener elementos constituyentes del juego. Así se ha concluido que para jugar bien hay que tener jugadores buenos que logren que su equipo se muestre en el campo capaz de superar al contrario gracias a obtener dos valores fundamentales que son «la esencia» para desarrollar un juego ganador. Estos valores son el orden y el equilibrio tanto en defensa como en ataque. Estos valores, complementados con la intensidad, el trabajo, el esfuerzo, la creatividad y otros valores psicológicos, constituyen el bagaje del buen jugador. No obstante, todos los entrenadores aceptan que un equipo solidario en/para obtener y mantener el orden y el equilibrio durante todo el partido es un equipo ganador.
El orden es un concepto diferente según en qué contexto se explique, pues ordenamos las cosas-sucesos en función del conocimiento que tengamos de ellos o del uso que les queramos dar. En el fútbol, la palabra «orden» tiene distintas acepciones. Una de ellas es la que muestra su carácter imperativo, como la tajante orden individual o instrucción que deberá cumplirse en todos sus términos en tal o cual acción del partido. La dictó el entrenador, el responsable que dice cómo se debe jugar-entrenar. Asume la responsabilidad de esas actuaciones de los jugadores, que han seguido sus órdenes. Dice a un defensa: «Tienes que marcar al 9 por delante, para que este no reciba». Es una orden de obligado cumplimiento hasta que el técnico indique lo contrario. El jugador no necesita comprender el juego, sino la orden, para cumplirla en los términos que su entrenador requiere-dicta para esa acción del juego. Con órdenes, el técnico propone una determinada manera de cómo «debe funcionar» siempre un jugador frente a cierta acción del juego (jugada). Tendrá que exponerla con claridad para que el futbolista la reconozca durante sus participaciones, para obrar correctamente según los criterios descriptivos-evaluativos del entrenador. Tales órdenes emanan de la autoridad del entrenador, que les otorga su conocimiento del juego y acaso su experiencia como antiguo jugador. Mediante ellas construye una «filosofía» personal del juego, una forma de interpretarlo, entrenarlo, jugarlo. Estas órdenes impregnan todas las actuaciones de sus jugadores proporcionando escenarios donde dicen reconocer «la mano» del entrenador. Así construye su personal metodología para un entrenamiento basado en sus experiencias-estudios. Por medio de estas órdenes dicta lo que debe hacerse y lo que no en cada acción del partido. Esta situación entraña ciertas obligaciones por su parte, que se centran en cómo propone-coordina esas órdenes a lo largo de los diferentes partidos de la temporada para no repetirse en demasía, y el cómo las distribuye entre sus jugadores, pues deberán ser adecuadas para las diferentes jugadas de ataque o defensa. Es posible-seguro que una orden sea válida para defender en un momento concreto, pero no lo sea en otro espacio o en una defensa posterior. Que lo sea para ciertos jugadores-equipos y no para otros. En estos casos, los entrenadores, amantes del orden, proponen los sistemas de juego como consecuencia del concepto orden, cuando ordena a sus jugadores por «líneas»: la defensiva, la de centrocampistas y la de delanteros. En esta nueva opción, las órdenes afectan por igual a todos los jugadores, pero de distinta manera a lo largo del partido. Pero una vez fijada su pertenencia a una determinada línea, deberá cumplir las órdenes colectivas de línea. ¿Sean cuales sean sus calidades?
La orden del entrenador es ahora la ordenación de los jugadores por líneas y cómo se debe componer una determinada línea. Así nacen los sistemas de juego, pues estos determinan el número de jugadores por línea y el orden espacial en el que están colocados en ella los jugadores. Un equipo será ordenado cuando los futbolistas mantengan su posicionamiento en la correspondiente «línea», y es potestad del entrenador distribuirlos según sistemas (1-4-4-2) o (1-4-3-3)… Deberá también determinar cómo se mantiene-modifica ese orden en cada línea, tanto cuando se defiende como cuando se ataca; así como dónde y con qué separación entre ellas se deberá establecer o modificar en sus desplazamientos para responder al juego contrario. «¡Este equipo es muy ordenado, pues está bien plantado en el campo! —dicen los entendidos—. ¡Saben lo que hacen!».
Otra finalidad de este concepto es la que se vincula con la obtención del «equilibrio» del equipo sobre el terreno de juego a lo largo del partido. En el fútbol actual, siempre se utiliza este término para calificar a un equipo en el que sus jugadores hacen bien los desplazamientos de cada línea sin perder el orden tanto cuando atacan como cuando defienden. Puede verse desde diferentes perspectivas. Una es la energética-física, que se tiene en cuenta escasas veces, por poco probable-desconocida. Este equilibrio debe entenderse como si en una hipotética balanza se pusiera en un platillo la «energía» que se gasta en defender y en el otro la que se va en atacar. Ambos deben ser similares, pues «hacer demasiado» en defensa nos desgasta y no podemos mantener después el ritmo deseado en el ataque posterior. Este es el equilibrio de energías que debe ser objetivo del preparador físico, tanto en cada partido como en toda la competición. La perspectiva del equilibrio espacial es más conocida y estudiada, pues es cómo se distribuyen los jugadores en el terreno de juego atendiendo las órdenes de su entrenador al desarrollar un determinado sistema o sistemas en su doble función de ataque-defensa. Deberán ser altamente compatibles, y se entienden como válidos y necesarios para contrarrestar las acciones del oponente. Concretando la visión de estos valores, los técnicos determinan cómo se dispondrán las diferentes líneas en el campo, cuál será su separación-distancia entre líneas, el número de jugadores y el nombre de los que las componen, así como el modo en que se modifican según estemos defendiendo o atacando. En este sentido, algún entrenador añade el concepto «compacto» cuando los componentes de sus líneas, de su equipo, están bien equilibrados (muy juntos) y logran resistir los intentos de desequilibrar de sus oponentes, fundamentalmente cuando deben defender. «¡Nos faltó orden defensivo! ¡Perdimos el equilibrio en el centro del campo!», denuncian los entrenadores cuando evalúan el partido perdido. Otra perspectiva del equilibrio es la de cómo ubicar a los jugadores en cada línea. Se ha aceptado la hipótesis de que un buen equipo ha de estar equilibrado en todas sus líneas. Desde el portero hasta su línea de ataque. Para ello, debes tener jugadores especialistas y de calidad para hacer las dos funciones en todas sus líneas. La preferencia de una u otra la marcará la proximidad de la línea a nuestra portería (más defensores), y la contraria (más delanteros), pero debe priorizarse que el nivel cualitativo de los futbolistas que las componen sea similar. No obstante, ¡cuanta más calidad, mejor! Así el equipo estará equilibrado en todas sus líneas y «contundente» en las dos áreas.
De cualquier forma, el entrenador, mediante sus propuestas de entrenamiento y la elección de los sistemas de juego más compatibles con la calidad de sus jugadores, deberá lograr el equilibrio necesario para competir y ganar. ¡Así se hace un equipo ganador! Como la mayoría de los equipos y sus entrenadores aceptan tales postulados, resultará que el conjunto que gana es porque dispone de mejores jugadores que su contrario en cada una de sus líneas y porque los sistemas que el entrenador propone no dificultan, sino que facilitan tales efectos. Buscando ese equilibrio se fichan a los jugadores que el entrenador entiende que podrán desarrollar las tareas específicas adecuadas a los sistemas que él propone-conoce. Así se construye el equipo en función de la «personalidad» del técnico. Quedará esta manifiesta en cómo instaurar la línea-líneas defensivas más o menos cerca de la portería propia, en su versión defensiva, o lo contrario en la ofensiva. Los «repliegues» y las «transiciones» marcarán definitivamente el carácter del equipo consecuencia del orden-equilibrio impuesto por el entrenador. También suele proponerse como solución a este deseado equilibrio que al menos en cada línea haya un jugador que se corresponda con la calidad deseada por el técnico. Por tal motivo, se habla de la «columna vertebral» del equipo, que ha de satisfacer las necesidades para que un conjunto esté equilibrado a gusto del entrenador. Como puede suponerse, a lo largo de más de un siglo de fútbol, las interpretaciones que los miles de entrenadores han realizado de los diferentes sistemas de juego han sido innumerables, y con todas ellas en algún momento y lugar se han obtenido triunfos y derrotas. Aquellos técnicos que han obtenido más éxitos ponen «de moda» el sistema o los sistemas que han utilizado, pero sobre todo las cualidades mostradas por sus equipos respecto al orden y el equilibrio que él ha ordenado. Evidentemente que sus éxitos responden en buena parte a las formas de entrenar, tanto físicos como técnicos-tácticos donde con su práctica se mejoran las conductas de los jugadores. En ese sentido, el orden y el equilibrio aportan los valores primordiales para asegurarnos la competitividad del grupo: «Jugamos como un equipo».
Se acepta que los sistemas elegidos por el entrenador y las órdenes que hacen que se pongan en práctica producen el efecto mágico del orden y el equilibrio. Tales premisas se han mantenido por tradición, y su transmisión verbal ha constituido el vehículo. Eso sí, siempre respetando como base del éxito del equipo que se depende del talento de los jugadores. Sin duda, por eso lo que se graba en la memoria del aficionado es «el jugador», y no tanto cómo lograba su equipo el orden-equilibrio. Esta cuestión primordial solo queda para aquellos entrenadores estudiosos-creyentes.
De lo expuesto concluimos que en el fútbol tradicional (ideograma 1):

Durante el partido, están determinados por las condiciones del equipo contrario y la elección que hace el entrenador de una forma de desarrollo y ajuste de él o los (ideograma 2):

El entrenador propone a los jugadores el sistema o los sistemas que ya conocen por haberlos entrenado-aplicado con antelación. Con ellos pretende obtener «el orden» tanto en defensa como en ataque, y así lograr un determinado «equilibrio» que en todo momento neutralice las propuestas del equipo adversario. Por ello:

De esta forma, el equipo logrará atacar y defender de forma equilibrada durante todo el partido, pues cada jugador sabe a qué línea pertenece, lo que ello supone y qué intención tiene su entrenador en esos espacios donde se concreta cada jugada del partido. Lo vemos así como «valores» que se manifiestan en su juego, su calidad.


Estos valores intencionales y los espaciotemporales hacen del FT un juego con una entidad propia y única entre los demás juegos-deportes de equipo. Y si añadimos el valor reglamentario de no poder hacer más que tres cambios (ahora cinco) y que esos jugadores no pueden volver a participar durante el partido, tenemos los ingredientes que mediatizan el juego y la dinámica del FT. Que se concreta en:

La transición desde una portería a otra, que, en realidad, es de un área a la otra, se hace sin «ningún sentido», pues el «verdadero» fútbol aparece en las áreas. Es donde los jugadores de talento hacen la jugada definitiva. ¡El espectáculo! ¡Y a veces nos pasamos noventa minutos para ver en una o dos ocasiones… tal acontecimiento! Últimamente, en ocasiones aparece una situación extraordinaria, cuando un equipo está atacando y pierde el balón, en vez de hacer la transición ataque (
) defensa hacia su portería, cosa que convierte en algo más arriesgado esa transición defensiva, ejercer un tiempo de «presión» en la zona donde se ha perdido el balón (presión tras pérdida) antes de regresar (replegar) a las zonas defensivas, para así dar tiempo a que el equipo se «ordene defensivamente», pocas veces con la verdadera intención de «robar» el balón en aquella zona. Y alguna vez con mayor intención de robarlo si la zona está cerca de la portería en campo contrario. Ello nace tras la interpretación errónea del «otro fútbol», ese que luego propondremos: «nuestro fútbol».
Y así han sido las cosas, sin reparar en que cuando, en cualquier sistema, organización o equipo, si la funcionalidad se mantiene mediante orden y equilibrio, la física dice que tal sistema es más vulnerable y próximo a morir, pues todo lo que tenía que pasar ya pasó. Y ello sucede cuando entendemos que el orden no es más que ciertos enlaces predeterminados por el entrenador, siguiendo algún tipo de jerarquías, a veces coyunturales, que emanan de cómo él interpreta los sistemas de juego que utiliza tanto para defender como para atacar. Cuanto más orden, más y más información es necesaria, información establecida y propuesta durante sus entrenamientos. ¡Y este es su punto débil! Pues llegado al orden extremo del equipo, este se hace altamente vulnerable cuando en su entorno aparecen «cambios rápidos». En tales condiciones, la motilidad del equipo disminuye, tiende a paralizarse o a autodestruir su orden.
¿Qué hemos hecho? ¿Hemos matado el fútbol? ¿O es un simple juego de palabras, orden y equilibrio, suficientemente lógicas para creerlas y no practicarlas?
Como hemos visto, las leyes deterministas dominadoras del conocimiento, junto con la teoría burocrática de Max Weber, han dado apoyo teórico a la evolución del fútbol, cuya práctica ha sido resuelta de la forma expuesta a lo largo del siglo XX. Es evidente que los distintos jugadores y entrenadores con su aportación multiforme han contribuido a su evolución y consumo. ¿Continuará siendo así?
Edgard Morin ha denominado a estas teorías el «pensamiento simplificador»; para identificarlo expone cuatro principios con los que podemos explicar prácticamente todas las propuestas del FT:
1. La disyunción. Que considera los objetos y acontecimientos «independientes» del entorno donde están o acontecen. Para explicarlo (y nosotros añadimos entrenarlos) se los aísla de su entorno.
2. La reducción. Explicar cualquier realidad solo por alguno (uno) de sus elementos. Ejemplo: explicar el todo por la parte. El juego es la «aparición» sucesiva de jugadas.
3. La abstracción. Establecer leyes generales desconociendo las particularidades de donde surgen. «Coger la espalda», «pasar fuerte», «presionar», «doblar», «definir», «fijar la marca»…
4. La causalidad. La realidad es una sucesión lineal de causas-efectos, como el adjudicar una sola causa a lo sucedido. Ha fallado el pase por tocarlo con el exterior. ¡No entró con la contundencia necesaria!
Si se repasa el fútbol tradicional con la aplicación de estas leyes del pensamiento simplificador, podemos identificar cada uno y todos sus aconteceres como valedores de una u otra de estas leyes.
¡Así ha sido y así lo hemos visto!
¡Así lo hemos disfrutado!
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El equipo
El mundo del fútbol se ha pasado casi doscientos años buscando el orden y el equilibrio del equipo sin apreciar por ello el desorden y la complejidad del juego.
¡El fútbol se juega en equipo! Por ello empezamos la propuesta de «nuestra» forma de jugarlo estudiando «aquello» que genera el espectáculo: ¡el equipo! Cuando abordamos el estudio del juego desde la complejidad y las teorías sistémicas, confirmando al equipo como aquello que lo genera, sin duda lo podemos identificar como un sistema complejo adaptativo (Instituto de Santa Fe/J. H. Holland, H. Morowita), y podemos entender así que:
• El equipo está conformado por diferentes componentes en sí mismos complejos, humanos deportistas, hombres o mujeres (HD), que están interconectados necesariamente por tener una misma intención y que, aunque actúen por separado, forman parte de un único y específico marco-entorno socializado (el partido), haciendo emerger actuaciones globales coherentes, tanto de carácter competitivo como cooperativo, durante el tiempo de «su jugar». Para ello se conforman como red dinámica-interactiva de HD actuando en colectividad autosimilar, pues el reglamento del juego los homogeniza motrizmente. En todo momento están compartiendo «territorio» con otro equipo de HD con idéntica finalidad y posibilidades motrices por estar también bajo el mismo reglamento. Para superarlos durante el partido, todos sus componentes están organizados según su eficiencia y eficacia operacional en diferentes niveles: portero, defensas, centrocampistas… Y en cada nivel existen «bloques» de distinta funcionalidad, que se manifestará en el FB por medio de sus posibilidades organizativas-relacionales respecto al balón.
• Como consecuencia del enorme número de decisiones tomadas simultáneamente por todos y cada uno de los agentes (HD) de ambos equipos, se generan continuamente situaciones de alta inestabilidad e incertidumbre decisional donde solo esta clase de sistemas dinámicos complejos resultan eficientes, pues disponen de distintas formas de actuar en los entornos de esas características. Y no solo deberán, entre todos sus componentes, «adaptarse» a esos niveles de complejidad, sino el poder «cambiar» el entorno, modificando sus parámetros en lo posible-deseable, hacia los que interesen a ese equipo en cada momento del partido. Esto es consecuencia de las complejas redes de intracomunicación entre compañeros (HD), compuestas por valores comunicativo-motrices cargados de la información semántica que sea necesaria-suficiente para tomar decisiones sobre el qué hacer y el cómo hacerlo. Estos planes y estas previsiones de futuro sobre el juego se han de basar en el análisis observacional y la conceptualización común de todos y cada uno, en los variables contextos vividos en «el ahora» de su jugar. Cuando todas esas decisiones se manifiestan con una determinada «coherencia operacional» se logra identificar cómo juega ese equipo. Parte de esa coherencia se muestra cuando cada jugador renuncia a algo de su potencia operacional, en beneficio de la coherencia global del equipo. Así podrá mostrar un dinámico crecimiento competitivo y cooperativo entre sus componentes. ¡Por fin jugamos como un equipo! Entonces sucede que cada HD de ese equipo se encuentra en un ambiente de elementos-jugadores altamente conectados: el grupo. De manera que si «algo» o «alguien» (el balón, el árbitro) actúa sobre uno de ellos, influye en todos. Decimos que estamos en un ámbito sistémico donde la estabilidad es determinante para la funcionalidad que se logrará gracias a todos.
• Su estabilidad es consecuencia de esta funcionalidad operacional que capacita al equipo para poder rendir en entornos inestables-irreversibles e inciertos del juego, producto de una determinada intención común a ambos equipos: la de disponer del balón, obtener la iniciativa del juego y lograr al gol de la victoria. Entendemos así su estabilidad, cuando se reafirma con alta frecuencia una determinada y no prefijada situación de su jugar. Es una «regularidad» que todos nosotros entendemos y deseamos de la misma forma, identificando claramente su objetivo. En el camino necesario para cumplir ese objetivo su estabilidad podrá variar «fluctuando» entre cie
