Todo lo que hay detrás que no se ve

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Fragmento

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INTRODUCCIÓN

¿Qué es eso que hay detrás de lo que nadie quiere hablar? ¿Cuál es todo ese trabajo que no se ve? ¿Dónde está la línea de separación entre lo público y lo privado? ¿Qué es el engagement? ¿Cuánto se gana en redes? ¿Qué es el algoritmo del que tanto hablan los influencers?

Estas son solo algunas de las preguntas que voy a ir resolviendo en este libro, y muchas otras se irán añadiendo con el paso de los capítulos. A veces es difícil seguir el ritmo de internet y casi imposible entender toda la nueva terminología que aparece de manera espontánea. Es posible que cuando acabe de escribir esto, muchas de ellas ya estén obsoletas y hayan aparecido muchas otras nuevas, pero así es internet.

Todo lo que hay detrás que no se ve es un proyecto directamente relacionado con el mundo de las redes sociales y los influencers. Desde hace años, la frase «No veis todo el trabajo que hay detrás» se ha convertido en el argumento perfecto para seguir aumentando el misticismo en torno al trabajo en redes. Pero ¿realmente hay tanto trabajo detrás de una foto, un vídeo o una historia publicitando un crecepelo milagroso?

Las redes se han convertido en el trabajo perfecto para todos aquellos que, como diría Anabel Pantoja, son «tranquilos en lo laboral». Pero también hay gente que trabaja; poca, pero alguna hay. En este libro trataremos de descubrir qué es eso que hay detrás de las redes sociales de lo que nadie se atreve a hablar.

TLQHDQNSV es una mezcla entre teoría y gracia, una manera de ver las redes más allá de la pantalla. He tratado este libro como si fuese el TFG que nunca pude hacer. Que sí, hice un TFG, pero no era sobre influencers. Yo soy una persona con una carrera universitaria inservible como les ocurre a los miles de personas que decidieron cursar Filología Inglesa. Perdón, Lengua y Literatura Inglesas. Una idea para mi TFG era comparar a las hermanas Brontë con las Kardashian. Las similitudes de Charlotte, Emily y Anne con Kourtney, Kim y Khloé son bastante notables. Podría hacerlo con las Brontë y las Pombo también. Otra idea era la posibilidad de relacionar dos conceptos más parecidos como son la estructura narrativa de La colmena (1950) de Camilo José Cela y la de Aquí no hay quien viva (2003-2006). Tras la imposibilidad de llevar a cabo cualquiera de estos dos temas, tuve que aceptar mi derrota y escribir un essay de sesenta páginas sobre la literatura ergódica. Durante medio año me dediqué a investigar sobre un concepto del que casi no había bibliografía y a poner de ejemplo el videoclip de 911 de Lady Gaga. Pero gracias a Todo lo que hay detrás que no se ve tendré la posibilidad de escribir sobre aquello que nos encontramos en redes sociales que nos causa extrañeza, tanto por la novedad como por el ocultismo que guarda.

La base de este análisis es la visión y el pensamiento crítico. Un ensayo comparativo en el cual procuraré ejemplificar, especificar y explicar todo aquello que el ojo humano no alcanza a ver. A través de estas comparativas, que he procurado hacer desde una perspectiva crítica, objetiva y mordaz, trataremos los temas que más conciernen en redes sociales, desde el sharenting hasta la falta de profesionalidad en el trabajo.

Además, es importante hablar del ocultismo que hay en torno a las redes, porque cada vez que escucho a un influencer pronunciar la frase «Todo lo que hay detrás», me pregunto qué habrá realmente detrás. ¿Y qué hay? Posiblemente nada. Parece que existe un acuerdo tácito entre influencers para no hablar del tema, una especie de código deontológico para dar a entender que en ese «detrás» hay un submundo del que no se puede hablar, un secretismo del que realmente nadie puede decir nada porque ni ellos mismos saben qué se oculta al otro lado. Se ha convertido en una frase hecha que dista mucho de la realidad.

Otra de las intenciones de este libro es desmitificar las redes sociales, ya que la visión que se tiene de ellas está muy distorsionada. Desde hace unos años, las redes se están convirtiendo en el lugar en el que todo el mundo quiere trabajar. Esto es debido a la imagen que los influencers y/o creadores de contenido proyectan de internet: un lugar en el que se ganan importantes sumas de dinero sin apenas esfuerzo. Realmente, esa afirmación es correcta hasta cierto punto, pero es importante darse cuenta de que no todo el mundo vale para trabajar en redes sociales.

Trataré de crear una imagen panorámica de lo que son las redes sociales desde todos los puntos posibles. De manera argumentada, apoyándome en experiencias propias y en lo que llevo viendo desde que trabajo en redes, intentaré ser lo más preciso posible en esclarecer qué hay detrás.

En estos nueve capítulos iré desmigando cada uno de los temas más relevantes de las redes sociales: el concepto de influencer, la vida pública o el trabajo, etc. Cada capítulo será la teoría que consiga resolver la pregunta inicial, pero también todas las que puedas tener. Quizá todas no, pero creo que la mayoría sí.

Este libro no es un manual de cómo funcionan las redes. Es un ensayo crítico con un aire de comicidad que busca mostrar lo que las redes esconden... Esto ha quedado muy misterioso, seguro que a mi editora le gusta.

En resumen, la finalidad de este libro es que la lectora adquiera la capacidad de desarrollar una visión, una idea propia de las redes sociales. Tranquila, esto no es un libro de pseudopsicología con el que vas a ser tu mejor versión. Ni soy un inversor de criptomonedas que te va a estafar todo tu dinero... todavía.

Mi intención es que consigas ver la verdad en redes sociales y las prácticas que a veces se usan de manera poco ética para que cliques en un link o compres un producto. Por cierto, ¡gracias por comprar mi libro!

Y todo esto lo haré intentando esquivar la censura y las denuncias que me puedan poner los damnificados. Seguro que acabo en un juicio por decir cuatro tonterías y Penguin Random House no se hace responsable. En fin, que ya me veo en la cárcel... En todo caso, si has aprendido algo y te he hecho reflexionar, habrá valido la pena.

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LAS REDES SOCIALES

Las redes forman un ecosistema donde convergen personas y personajes que conviven en armonía hasta que el engagement baja. Como ocurre en la naturaleza, en internet también existe una cadena trófica por la cual se nutren cada una de las partes. Pero dejémonos de metáforas de libro de biología, que parece esto un documental de los que te pones cuando no consigues conciliar el sueño, y vayamos al grano.

Hace más de veinte años que las redes son parte de nuestras vidas en mayor o menor medida. Nadie puede escapar de ellas, por un motivo o por otro siempre dependemos de estar conectados.

2020 fue el año en el que más necesitamos las redes: para trabajar, para relacionarnos y para pasar el rato. El teletrabajo fue nuestro amigo y enemigo a partes iguales. Recuerdo que la pandemia coincidió con la recta final de mi carrera. Los profesores tuvieron que aprender a dar clase en remoto para poder continuar impartiendo la asignatura; fue entonces cuando vimos su destreza con los dispositivos. Ese supuso el punto de inflexión en el que se demostró que las redes eran una base indispensable en nuestro día a día.

Tras esta epifanía propiciada por la imposibilidad de la interacción humana cara a cara, las redes han ganado todavía más importancia de la que tenían. Hemos encontrado en ellas todo lo que necesitamos, desde trabajo hasta romance.

El parón mundial que propició el COVID-19 en la calle fue totalmente contrario a lo que sucedió en internet. La falta de libertad física hizo que se desarrollara una libertad artística en las redes. No, no me refiero a los vídeos casposos de Nachter.

El aburrimiento generado por esta imposibilidad de salir fue lo que aumentó el número de personas subiendo contenido a redes. Aprovechando toda la atención puesta en la pantalla, fueron miles las que decidieron compartir vídeos en TikTok e Instagram para entretenerse y entretener, sin necesidad de que el contenido fuese de gran calidad, con tal de que nos mantuviese distraídos.

Durante ese trimestre, con el virus pululando por las calles y la humanidad confinada en sus hogares, nacieron una cantidad ingente de pre-creadores de contenido, muchos de los cuales, meses después, alcanzarían por fin ese estatus. En este punto, siempre menciono a LalaChus. Ella fue uno de los perfiles que más despuntó en este encierro físico que vivimos. A diario publicaba vídeos que eran likeados por toda la gente que a las ocho salía a aplaudir.

Durante esos casi cien días, los tiktokers que se dedicaban a amenizar el día alcanzaron cifras desorbitadas de seguidores. Sin embargo, muchos perfiles creyeron que eran famosos, pero no pasaron la criba de la realidad y la quimera acabó por esfumarse, dejando por el camino cientos de cadáveres. A diario veo perfiles en TikTok que alcanzaron el millón de seguidores durante la pandemia, y hoy en día tienen 300 likes por vídeo. Recuerda: tener seguidores no siempre es sinónimo de tener reconocimiento o fama. Total, que somos los culpables de que miles de personas se creyeran, engañadas, que eran famosas. Después de ese furor creado por esta circunstancia, la vida volvió a la normalidad.

Cabe destacar, no obstante, que también hubo otros perfiles ya conocidos que supieron sacar provecho de la situación: Carolina Iglesias y Victoria Martín, con su pódcast Estirando el chicle, Ibai Llanos con sus streamings o Ana Milán con sus directos (maldita la hora). Por otro lado, muchos neo-influencers siguen trabajando en redes sociales, así que deben darle las gracias a la pandemia, porque sin ella no lo habrían conseguido. También, a la suerte y al aburrimiento. Pero no voy a dar nombres... por ahora.

Dejando a un lado este suceso que cambió el rumbo de las vidas de millones de personas, internet es el mejor invento del siglo XX (además de la penicilina, los automóviles, la red de agua corriente y todas esas cosas).

Las redes sociales nos han ayudado en nuestra vida diaria, facilitándola y mejorándola. Ya no nos acordamos de cómo era la vida sin internet. Bueno, seguramente los mayores de cuarenta sí. Los que hemos nacido con el boom tecnológico pocos recuerdos tenemos de la vida sin internet. Hemos crecido con los mensajes instantáneos y la rapidez que se podía tener con la conexión de la época. Recuerdo a mi tío enchufando un ordenador «portátil» a la clavija del teléfono para poder conectarse a internet. Perdón si sueno como esos cincuentones que dicen que la música de antes era mejor.

Sin aceptarlo, hemos tenido que adaptarnos a las redes sociales y al uso de las pantallas, ya que la tecnología nunca deja de avanzar. Antes el bluetooth era lo que consumía la vida de todos los que se dedicaban a investigar y desarrollar nuevas aplicaciones, pero ahora lo es la inteligencia artificial. Y dentro de diez años, cuando el campo de la inteligencia artificial ya esté cubierto, pues se pondrán con otra cosa.

Somos esclavos, sin saberlo, de las redes sociales. Hoy por hoy, no podríamos volver a una vida sin internet ni smartphones. Estamos inmersos en la era de la información y los mensajes instantáneos, de las compras online, del like y de cualquier cosa que lleve el prefijo «i-» delante del nombre, y nos resultaría imposible retroceder de pantalla.

La velocidad con la que han avanzado las redes sociales nos obliga a vivir al galope entre la realidad y la pseudorrealidad que nos proporcionan. Hemos perdido la perspectiva sobre nuestra propia opinión, siendo las redes las encargadas de polarizarnos y desinformarnos para así jugar con nuestra palabra. Somos avatares controlados por internet. Reconozco que esta última frase ha quedado un poco paranoica, rollo: «Este tipo piensa que le roban información cada vez que sube algo a la red», pero en realidad es cierto. Las cookies son las encargadas de seleccionar la publicidad perfecta para nuestros intereses y hacer que nos gastemos un dinero que ni tenemos. Somos como los Sims, manejados y dirigidos sin tener decisión propia. La diferencia es que nosotros no podemos usar motherlode en nuestro día a día.

Internet y redes sociales: historia, definición y ejemplos

Internet revolucionó la manera en la que nos comunicábamos, nos relacionábamos o transmitíamos información, de la misma manera que lo hizo el teléfono en el siglo XIX.

Su llegada data del año 1947, durante la Guerra Fría, el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el capitalismo contra el comunismo. Esta protointernet surgió como avance tecnológico para ayudar en el esfuerzo bélico. Del bando estadounidense se creó la agencia ARPA (más tarde, DARPA), que significa Advanced Research Projects Agency. Esta agencia destinada al desarrollo de nuevas tecnologías para uso militar creó ARPANET, una red de ordenadores que se encargaba de facilitar la comunicación entre diferentes instituciones.

Gracias a esta red de comunicaciones, en 1971 se envió el primer email de la mano del ingeniero informático Raymond Tomlinson; en él se podía leer: «QWERTYUIOP». No, no son las siglas de nada, ni tampoco un mensaje en clave; simplemente son las diez letras que se encuentran en la fila superior del teclado. Igual que cuando te dicen que escribas algo y aporreas las teclas «asdfghjk», pues igual.

En 1991 la red se hizo pública y así fue como nació internet y, con ella, las redes sociales hacia finales de la década de los noventa.

Las redes sociales eran estructuras formadas en internet para conectar a los usuarios por motivos o intereses comunes. A través de ellas se creaban, por primera vez, relaciones entre personas y/o empresas sin ningún tipo de límite físico que impidiese esta interacción. El problema de internet entonces es que la única manera de comunicarse era por correo electrónico, no había manera de interactuar. Hasta que en 1997 nació SixDegrees, considerada la primera red social. Personalmente no la conocía hasta este momento. La aplicación era una manera de unirse con la gente basada en la teoría de que todos estamos separados de alguien por seis pasos o grados.

SixDegrees cerró en 2001, pero abrió una puerta increíblemente importante. En 2002-2003 llegaron las primeras redes sociales que seguro te suenan: MySpace y LinkedIn. MySpace es la madre de Facebook y fue la red social más visitada entre 2005 y 2008. Sin embargo, en 2006 las visitas en Latinoamérica bajaron considerablemente por el nacimiento de Fotolog y MetroFLOG. Yo no conozco a nadie que haya usado MySpace en España, la verdad, pero en Estados Unidos fue el boom que disparó el uso de internet y las redes sociales. De esta red salieron personas/personajes como Adele o Jeffree Star, para que te hagas una idea. MySpace fue la plataforma más popular de la década de los 2000; en la actualidad, ya casi no hay usuarios en ella.

Por otro lado, tenemos LinkedIn, una herramienta para buscar trabajo y mantener relaciones interprofesionales, que hoy en día se sigue utilizando, especialmente cuando la situación laboral no está en su mejor momento. Siempre se recurre a LinkedIn cuando eres una chica #opentowork, pero también se emplea para tener constancia de los logros obtenidos en el ámbito laboral (es importante decirles a tus excompañeros de Bellas Artes que has empezado a trabajar en el McDonald’s, por ejemplo).

En 2004 apareció la red social por excelencia, Facebook. El 4 de febrero, Mark Zuckerberg y sus compañeros de Harvard lanzaron la plataforma que hoy usan personas mayores de cuarenta y cinco años. Facebook se creó para que los estudiantes de Harvard pudiesen contactar entre ellos, poco después dejaron entrar a otras universidades y en 2006 se lanzó a nivel global. Hay que decir que por entonces la gente joven no usaba Facebook; en España lo que funcionaba entre los jóvenes era Tuenti, algo así como la sobrina cani de Facebook, un lugar en el que no había normas y donde todo era posible. La finalidad era muy parecida a la de Facebook, excepto por una cosa: la ventaja de que no había adultos mirando. Tuvo su época dorada entre 2009 y 2012. Recuerdo que esta plataforma se basaba en las llamadas «fotos artísticas» (sin mirar a cámara y con un filtro amarillo que te quitaba los rasgos faciales) y en frases copiadas de internet: «Tu reina o tu ruina», «De tu envidia nace mi fama», «Antes de criticarme, intenta superarme» o «No llores, princesa, que se te cae la corona». Vamos, el tipo de poesía que habría emocionado a Emily Dickinson. Era el escaparate de adolescentes con las hormonas revolucionadas, sin control paterno, para subir foto-espejo (en ese momento no existían los selfies) con la frase «Etiquetarse quien quiera» como título. Los jóvenes de hoy no lo saben, pero esta frase era un reclamo para la interacción o para que en la foto estuviese etiquetada gente que ni conocías. Pero eso no era lo importante. Lo que quería la gente era tener visitas.

La reina de Tuenti era mi amiga Catu. Siempre que salíamos, al día siguiente tenía miles de views en el perfil y cuarenta fotos etiquetadas. Ella era una de esas personas que tenían a todo el mundo agregado, los conociera o no. Y seguramente de las pocas que yo conocía que tenía «+500» amigos. La plataforma murió en 2012 y, con ella, todos los recuerdos que allí se quedaron: fotos de botellón con las amigas, fotos con tu primer ex, los collages que le hacías a la cumpleañera para felicitarla o los miles de fotos «mirando a la nada pensando en todo».

Lo que más recuerdo de la plataforma es que tenía un lenguaje propio; se seguía usando el teclado qwerty, pero realmente de manera diferente. Al inicio de la era Tuenti no se escribía de forma simplificada como hoy en día; era una escritura casi barroca por la manera de usar las mayúsculas, las minúsculas, los símbolos y grafías varias. La idea era utilizar el mayor número de caracteres para escribir cada palabra y darle juego al mensaje; por ejemplo: «*aMiiGasS sOmoS, aMiiGasS seReemOs & cOmO KaBraS siiEmPre eStaRemoOs!*», que, para quien no sepa choni, significa: «La amistad que profesamos durará para siempre». Ya al final de la vida activa de Tuenti, la lengua volvió a ser el español, dejando atrás todas esas florituras de la escritura.

En 2006, un año después de Facebook, nació YouTube, la plataforma de vídeos por excelencia. En 2000 ya existía elRellano, y recuerdo que nos metíamos en la página para ver los vídeos del momento, que normalmente eran de caídas y de golpetazos, pero la realidad es que YouTube se convirtió en la plataforma líder desde su nacimiento. Con mi amiga Meri nos pasábamos horas en YouTube con los vídeos de Andrea Compton, los vlogs (vídeo + blog) de YellowMellow o los videoclips de Beyoncé y Lady Gaga. Recuerdo reproducir en bucle en su Sony Vaio, que tan caro les había costado a sus padres, el vídeo Survivor de las Destiny’s Child. YouTube vivió su época dorada hasta 2015, a partir de entonces empezó a decaer, hasta llegar a 2022-2023, cuando tuvo un repunte tanto de creadores como de audiencia. Fue la cuna de niños rata y personas con dificultades de interacción social, los cuales ahora están exiliados en Andorra para pagar menos impuestos.

En 2006 nace Twitter (lo siento, no lo voy a llamar X) para revolucionar las redes. La plataforma tenía como objetivo responder a la pregunta «¿Qué estás pensando?» en un máximo de ciento cuarenta caracteres. Pero todo lo que toca el ser humano se corrompe y, como tal, la plataforma se ha convertido en un foco de debate y discusiones constantes. Muchos creadores de contenido han dejado de usarla por todo el odio que se vierte hacia sus personas, unas veces injustificado, otras no. Entiendo la táctica de abandonar una plataforma si en ella te están avasallando constantemente con comentarios hirientes y destructivos, y es que buscarse en la lupa de Twitter no es una buena idea. Reconozco que ahí he buscado «Salseología» para ver si había resultados. Lo siento, es un rasgo narcisista de cualquier creador de contenido novato. Recuerdo uno en especial que me afectó en su momento, pero que también me hizo pensar: «Están hablando de mí». El tuit decía así: «Qué vergüenza ajena la persona que lleva salseología, sinceramente». Este tuit se remonta a cuando no tenía más de quinientos followers, y mira ahora, María, tu tuit diciendo que doy vergüenza está en un libro. Eso no te lo esperabas, ¿eh?

Twitter no solo es un pozo de odio; también hay lugar para el humor. Quizá sea una de las redes en las que más me he reído. Las mejores ideas de memes y bromas salen de ahí, luego ya los perfiles que se dedican a robar ideas las suben a Instagram y a otros lugares.

En medio de esta cronología aparece también WhatsApp, una de las aplicaciones más utilizadas: más de dos mil millones de usuarios. Esta app nació en 2009 en Ucrania para revolucionar la mensajería instantánea. Además de una herramienta para la comunicación entre personas, también es una aplicación importante para madres/abuelas/tías o personas de edad avanzada, ya que en ella pueden compartir sus gifs de «buenos días/tardes/noches» con purpurina y rosas con sus seres queridos. También es una red social importante entre los cuarentones para hacer bromas de cuñados en los grupos de radares que tienen para avisar cuándo hay un control policial junto a una rotonda.

En 2010 nació la aplicación más usada de todas, Instagram, la plataforma líder donde los narcisistas buscan la aprobación de terceros. Desde su aparición ha ido añadiendo nuevos features para ir desbancando al resto: los mensajes directos como Facebook, las historias como Snapchat, los canales de difusión como Telegram, los vídeos formato TikTok, etc. Es una aplicación que dista considerablemente de esa que me hice en 2010 y que siempre dicen que «se la están cargando», pero ahí sigue, más de diez años después. Pocas personas conozco que no tengan Instagram hoy en día: mi madre —cosa que agradezco— y cuatro más.

La plataforma comenzó como pronosticaba su nombre: una app para subir fotos al instante, pero que gradualmente se convirtió en una parafernalia impuesta y muy medida por los usuarios. Las primeras fotos —antes se llamaban «fotos» y no «posts»— que subí a Instagram eran hechas en el momento, sin importar el contenido, la hora, ni el feed. Sin embargo, ahora todo lo que se sube a la plataforma está absolutamente medido: la luz, la pose, la hora para que funcione una publicación, el título, etc. Parece que se ha perdido esa espontaneidad para la que la aplicación fue concebida. La profesionalización de Instagram es lo que la ha llevado a perder la esencia inicial: divertirse y compartir tus momentos personales con tus amigos, amigos que ahora se han convertido en followers. Actualmente ya no se suben fotos, ahora se crea contenido.

Esta obsesión patológica por los likes y los followers es algo que lleva ocurriendo desde hace tiempo; algunos creadores de contenido afirman incluso haber llorado por los pocos likes que tenía una publicación. Sé que parece un comentario completamente distópico, y lo es, pero creo que se puede explicar esa sensación de frustración que muchos tienen. Este sentimiento radica en la idea de que lo único con lo que pueden demostrar su valor es con el número de likes que una publicación alcanza; por tanto, si esa cifra es baja, lo traducen en que el público no los apoya. Lo que tienen como garantía de éxito para mostrarles a las marcas es una cifra debajo de una foto, de modo que, si esa cifra es baja, las empresas no los contratan.

En 2011 también nació Twitch. La plataforma morada —como la llaman en Instagram para que el algoritmo no te bannee las historias— supuso el exilio para todos los youtubers venidos a menos en visualizaciones. Tras la bajada del partner de YouTube, los creadores de la plataforma decidieron huir a Twitch. Aunque, como decía, nació en 2011, no fue hasta 2014 cuando se empezó a usar en España. Ibai, el Rubius o IlloJuan son de los tres nombres más reconocidos de la aplicación. Los tres se dedican a retransmitir en directo reviews, juegos o simplemente se ponen a charlar con el público. No es fácil explicar qué hacen los streamers en Twitch, la verdad.

El momento en el que Twitch se vuelve relevante es en 2020, durante la pandemia, precisamente por ser el momento en que los espectadores necesitaban un contenido constante, y los streamers lo proporcionaron. Ibai se convirtió en el creador por excelencia de esta plataforma, y en la persona clave en su desarrollo y profesionalización. Ha creado La Velada del Año, la cual, en su última edición, tuvo más de tres millones y medio de espectadores en directo. Una locura mediática sin pre­ce­dentes, desde luego.

Una de las últimas incorporaciones fue TikTok, la plataforma de vídeos cortos que es una mezcla entre Vine (2012-2017) y Musically (2014-2017). Para quien no conozca Vine, decir que era una plataforma en la que se podían subir vídeos de seis segundos (sí, lo máximo eran seis segundos). Era rápido, espontáneo y no necesitaba grandes ediciones porque no había tiempo, literalmente. En esos seis segundos se creaba una narrativa breve pero suficiente para entender la gracia del vídeo. Creadores de contenido conocidos hoy día nacieron en esta plataforma, como por ejemplo Liza Koshy o Lele Pons. En España también hay creadores que empezaron su carrera en Vine: Andrea Compton, Antón Lofer o Bertus. Y, por desgracia, también Jorge Cremades. Una de las frases que sonaba más en la app era «Do it for the Vine» (Hazlo por Vine), para que la persona grabada se atreviera a cualquier cosa para subirlo a la aplicación.

Musically es la preforma (o ¿protoforma?) de TikTok. En esta app se hacían lipsync y transiciones extrañas. Años después la compró TikTok, le cambió el nombre y le puso otra interfaz, pero la idea sigue siendo la misma. Es como cuando una empresa hace un rebranding y le cambian el nombre a un producto, pero se mantiene igual. Lo mismo que cuando le cambiaron el nombre a los Doowaps y los llamaron Weikis; una muy mala idea, por cierto.

Actualmente, TikTok es una de las aplicaciones más punteras. Lo que la caracteriza es la frescura de su contenido. TikTok, como Twitch, también despuntó en 2020 durante la pandemia, cuando muchos usuarios decidieron subir contenido para entretenerse y/o entretener. En su inicio estaba más enfocada al mundo adolescente, pero ha conseguido que un público más añejo también la disfrute. Comenzó como una plataforma en la que adolescentes compartían vídeos bailando, pero con el paso del tiempo se ha convertido en el nuevo Go­ogle. TikTok tanto te muestra un DIY de cómo puedes pintar un mueble a la tiza como te enseña a cambiar la rueda de un coche.

Una de las más recientes —y ya casi difunta— es BeReal. Esta aplicació

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