Así se vive el Clásico

Joel Ubieto
Joel Ubieto

Fragmento

cap-1

Prólogo

Recuerdo pocas cosas en la vida que me hayan hecho vibrar tanto como ver ganar al equipo de mi corazón. Ya sea un partido cualquiera o una final inolvidable, esa alegría es difícil de transmitir con palabras. Pero en ese camino también hay amargura. Hay derrotas, hay silencios, hay momentos difíciles de digerir. Porque en el fútbol, como en la vida, no siempre se gana. No siempre se sonríe.

Y quizá sea eso lo que lo hace tan especial.

El primer clásico que recuerdo no fue una victoria ni una celebración ni una noche feliz. Fue un duro golpe, un aprendizaje que me acompañaría el resto de la vida. Sin duda, no era el primer clásico que veía —yo entonces tenía catorce años—, pero sí que fue el primer clásico que me hizo sentir. Fue el 19 de noviembre de 2005, en el templo más sagrado para los madridistas, el Santiago Bernabéu. Tal vez aún vivía con la inocencia de quien no conoce el verdadero dolor del fútbol. No recuerdo los clásicos anteriores, pero ese sí. Se me quedó grabado, aunque hayan pasado ya veinte años. Aquella noche, el F. C. Barcelona nos pasó por encima. Un 0-3 que dolió más por el cómo que por el cuánto. Porque ¿qué puede herir más que una goleada en tu propio estadio? Pues la forma en la que la hicieron.

Ronaldinho, con su sonrisa eterna y ese fútbol imposible, jugó como si el mundo estuviera hecho a su medida. Marcó dos goles, eludió con facilidad a todo el que se le opuso, y lo más impactante: fue ovacionado por todo el estadio. El Bernabéu, nuestro templo, se rindió ante el enemigo. Y con derecho, porque aquella noche no jugó un futbolista, jugó la magia.

Lloré. Con rabia, con impotencia, pero quedaba espacio para la admiración. Porque ese día entendí lo que era el clásico. No es solo un partido, es una experiencia que te rompe por dentro o te eleva a emociones inexplicables. Una batalla emocional que no logras comprender, en la que todo se multiplica: la alegría, el dolor y el sufrimiento.

Ese día, Ronaldinho se convirtió en mi jugador favorito. El mejor que he visto nunca. Si hubiera querido ser eterno, lo habría sido. Pero este libro no trata sobre él, sino sobre los clásicos. Los que duelen, los que nos hacen sufrir, pero también los que se celebran y los que nos cambian a lo largo de los años.

Porque si algo aprendió esa noche aquel niño de catorce años, es que en estos partidos no hay espacio para la indiferencia. El clásico no se juega, se pelea. Es una herida o una cicatriz, un lugar al que volvemos una y otra vez, aunque sepamos cómo acaba.

Aquí quiero contar cómo los viví. Cómo los sufrí. Cómo grité. No desde la neutralidad a la que estáis acostumbrados en mí, sino desde el corazón madridista que late en cada línea.

Y si todo empieza en algún sitio, para mí fue ahí, en aquel 0-3 que lo cambió todo.

1
La ovación del Bernabéu

Alineaciones titulares

Real Madrid (4-2-3-1)

Casillas; Salgado, Sergio Ramos, Helguera, Roberto Carlos; Beckham, Pablo García (relevado por Baptista en el minuto 66); Robinho, Raúl (sustituido por Guti en el 57), Zidane; Ronaldo.

F. C. Barcelona (4-3-3)

Valdés; Oleguer, Puyol, Márquez, Van Bronckhorst; Edmílson, Xavi, Deco; Ronaldinho, Lionel Messi (relevado por Iniesta en el minuto 70), Samuel Eto’o.

Goles

Eto’o — min 14

Ronaldinho — min 59

Ronaldinho — min 77

No fue el primer clásico que vi, de eso estoy casi seguro. El fútbol ha formado parte de mi vida desde que tengo memoria, y desde niño lo he seguido con la pasión de quien siente que el balón no solo rueda, sino que late. Pero sí que fue, sin duda, el primero que me marcó. Aquel partido quedó grabado en mí como una herida que, con los años, se convirtió en recuerdo. Han pasado veinte años y todavía lo revivo como si hubiera sido ayer.

Era el primer clásico de la temporada 2005/2006. 19 de noviembre de 2005, jornada 12 de una liga que había empezado con serias dudas para ambos equipos pero que, poco a poco, los había devuelto a lo más alto. El F. C. Barcelona llegaba al encuentro como líder de la Liga con 22 puntos. Pero no estaba solo. Sentía el aliento del Real Madrid en la nuca, como ese defensa que no te deja girarte, que te susurra al oído que tu gran noche no será tan fácil. El Madrid iba segundo, con 21 puntos. Solo un punto de diferencia. Una noche por el liderato en una de las ligas más exigentes del mundo. Un clásico con aroma a final… en pleno noviembre.

Más allá de la clasificación, más allá del momento de cada equipo, el ambiente respiraba tensión. Una tensión ya conocida de otros clásicos, pero con algo distinto, casi imperceptible, en el aire. Algo que prometía que esta vez no sería un partido más. Porque hay encuentros que no se olvidan, hay partidos que te señalan el camino. Y este era uno de ellos.

¿Cómo es posible que un clásico de noviembre pudiera decidir una liga? Porque hay noches que pesan. No tanto por lo que está en juego, sino por lo que representan. Jerarquía, respeto, orgullo; el fútbol no siempre se explica con números. Este clásico, en especial, hablaba otro idioma: el de las emociones.

Fue un clásico repleto de estrellas, de nombres tan grandes que aún hoy, dos décadas después, resuenan como si aquella noche estuviera congelada en el tiempo. El Real Madrid saltó al campo con leyendas eternas: Raúl González, Robinho, Zidane, Ronaldo Nazario, Roberto Carlos, Iker Casillas, David Beckham… y un joven Sergio Ramos que, por entonces, aún no sabíamos lo importante que llegaría a ser en la historia del club.

Enfrente, el F. C. Barcelona se presentaba con un tridente que imponía solo con nombrarlo: Ronaldinho, Deco y Eto’o. Una delantera sonora, poderosa, que ya intimidaba al escucharla. Pero no estaban solos, en ese equipo también jugaba un chaval tímido y zurdo llamado Lionel Messi. Aún era una promesa, pero el mundo estaba a punto de descubrir que él cambiaría la historia del fútbol para siempre.

Recuerdo perfectamente dónde estaba aquella noche: en casa, sentado en el sofá junto a mi padre y mi madre, listos para vivir un clásico que creíamos que podíamos ganar. Teníamos la ilusión intacta. Sabíamos que una victoria nos colocaría dos puntos por encima del F. C. Barcelona y nos daría un golpe de autoridad en una liga que prometía ser tan dura como emocionante. El Real Madrid llegaba con una plantilla poderosa, llena de nombres legendarios. En aquel momento, sentíamos que por jerarquía y talento íbamos un paso por delante…, aunque el juego acabaría demostrando otra cosa.

La retransmisión comenzaba como siempre: imágenes del calentamiento, los rostros serios y el murmullo del Bernabéu expectante. A diez minutos de las nueve de la noche, ambos equipos desaparecían en el túnel de vestuarios, listos para las últimas instrucciones. Era el ritual previo a una batalla de fútbol. En apenas unos minutos saldrían al césped con las armaduras.

El Real Madrid, con su camiseta blanca impoluta: la de siempre, la de Adidas, con el icónico patrocinio de Siemens estampado a la altura del estómago. Una camiseta que a mí me huele a grandes noches europeas, a remontadas, a historia. El F. C. Barcelona, con una camiseta blaugrana de rayas verticales más finas de lo habitual, con el escudo bordado a la izquierda, cerquita del corazón, y el parche de TV3 en la manga izquierda. Unos detalles que hoy me vienen como flashes grabados en la retina.

Antes del pitido inicial, ambos equipos formaron en la clásica línea para saludar a la afición. Recuerdo especialmente el momento final del protocolo: Ronaldinho y Ronaldo Nazario se fundieron en un abrazo fraterno. Compatriotas, ídolos de Brasil, dos magos del balón que se respetaban profundamente. Fue un gesto simple, pero cargado de significado. Aquel abrazo entre dos genios fue el preludio perfecto de una noche inolvidable…, aunque no como yo habría querido.

Vi sonreír a Ronaldinho más de lo habitual. No era una sonrisa cualquiera, sino esa clase de sonrisa que esconde certezas. ¿Era consciente de la noche que nos esperaba? Parecía ser el único que lo sabía. Como si, desde el calentamiento, ya intuyera que aquel partido iba a dejar su nombre grabado en la historia del clásico.

Mientras escribo estas líneas, hay un detalle que regresa a mi memoria con nitidez, uno de esos momentos que parecen menores pero que se te quedan grabados por lo extraño, por lo anecdótico: antes de que comenzara el partido, Iturralde González —el árbitro del encuentro— tuvo que suspender el inicio durante unos minutos. Un espontáneo había saltado al césped. Llevaba una barretina, ese gorro de lana rojo en forma de bolsa, típico de la cultura catalana. Por aquel entonces, las cámaras aún enfocaban a este tipo de personajes, lo que hoy en día ya está prohibido para no fomentar tal tipo de conductas. Buscan atención, y la mayoría de las veces se les da más de la que realmente merecen.

Aquel retraso no hizo más que aumentar la tensión. El partido aún no había empezado, pero todo parecía anunciar que no sería una noche más. Y no lo fue.

El partido comenzó con una intensidad descomunal. Apenas habían transcurrido cuatro minutos y ya se habían visto entradas dignas de un entrenamiento espartano. Tal intensidad solo se respira en los clásicos, partidos en los que no se juega solo al fútbol, sino que también compiten el orgullo, el escudo y el territorio emocional. La rivalidad que se palpa en estos duelos no es comparable a nada.

La primera gran ocasión sería para el F. C. Barcelona. Eto’o, siempre eléctrico, encaró a Sergio Ramos en una jugada que olía a peligro. El joven defensa, todavía sin la experiencia que lo definiría años después, estuvo al borde de cometer un penalti. Pero el camerunés logró escaparse, y aunque el ángulo era forzado, sacó un disparo de puntera que se fue rozando el lateral izquierdo de la portería defendida por Iker Casillas. Un aviso. Solo un aviso.

Pocos minutos después, llegaría el golpe. El primero de una serie que cambiaría el curso de aquella noche. Leo Messi arrancó desde la banda derecha, con esa conducción baja y pegada al pie, que años más tarde nadie sabría detener. Pero en esa jugada no sería él el protagonista. En su camino apareció Eto’o, que le arrebató el balón en la frontal del área como si fuera un defensa más. En medio de la confusión, se giró con la velocidad de un relámpago —como si el gol estuviera escrito— y, sin pensarlo, disparó raso y seco. Ningún defensor pudo taparlo, y Casillas, sorprendido, no llegó a reaccionar. El balón besó la red.

Minuto 14. El Santiago Bernabéu enmudecía. Gol de Eto’o. 0-1 para el F. C. Barcelona.

Eto’o, ese jugador que había empezado en el Real Madrid, pero que había sido descartado sin contemplaciones. Se fue al R. C. D. Mallorca, creció, explotó… y volvió con una misión: cobrarse una deuda personal. Nos la tenía jurada. Y esa noche lo demostraría con creces. Eto’o llegaba al clásico con diez goles en once partidos de Liga. Estaba intratable.

La intensidad no disminuía ni un segundo. Ambos equipos seguían jugando al límite. Recuerdo que, sobre el minuto 29, Leo Messi marcó un auténtico golazo a la escuadra, de esos que dejaban atónito incluso a un portero como Iker Casillas. Pero, por suerte, estaba en fuera de juego. El Bernabéu respiró aliviado. Aún había esperanza. «Somos el Real Madrid y jugamos en casa», decía yo desde el sofá. «Ahora es el momento, hay que marcar un gol antes del descanso. Los tenemos», me repetía mi padre. Mi madre, en cambio, sentía que la gesta no sería tan sencilla. Atenta al partido, ya había advertido de que el Barcelona había avisado muchas veces. Y tenía razón: ese fuera de juego era de un metro. Un metro que nos había salvado del 0-2.

Y no se equivocaba. Cinco minutos más tarde, Messi tuvo su ocasión más clara de toda la primera parte. Se plantó en el borde del área con una facilidad pasmosa, eléctrico, y sin pensarlo dos veces, disparó con todas sus fuerzas seco a portería; y ahí apareció el Iker de las grandes noches, el Iker que por aquel entonces se encontraba entre los mejores porteros del mundo. Estiró el brazo y evitó el segundo del Barça. Fue una parada que mantuvo viva la llama blanca.

El Real Madrid, en esa primera parte, tuvo muy poco el balón. El asedio era constante. El Barça dominaba, tocaba, presionaba, mordía. Y nosotros sufríamos. Mucho. Sergio Ramos tenía la tarea imposible de frenar al mejor jugador del mundo en ese momento: Ronaldinho. Aunque el brasileño no brilló tanto en esos primeros 45 minutos, dejó destellos de su magia. Cada vez que tocaba el balón, el estadio contenía la respiración.

Justo al borde del descanso, minuto 45, Messi volvió a sacar un pase que se convertiría en marca de la casa en años futuros. Filtró el balón con precisión milimétrica a Eto’o, que quedó solo frente a Casillas. El derechazo del camerunés iba directo a gol, pero Iker voló para sacar una mano abajo y evitar, de nuevo, el 0-2.

Se oía su grito. Casillas pedía más. Pedía compromiso, alma, orgullo. Él, que lo ve todo desde atrás, sabía que el rival estaba firmando una actuación colosal.

El pitido del árbitro marcó el final de la primera parte. Los jugadores del Barça se retiraban hablando entre ellos, concentrados. Los del Real Madrid, en cambio, se marchaban en silencio. Rostros serios. Sabían que, si no cambiaban muchas cosas…, aquella noche se les iba a escapar.

Recuerdo que en la media parte hablé con mis padres y lo veía todo muy negro. Sin embargo, seguíamos siendo el Real Madrid, un equipo que necesita muy poco para hacer mucho daño. Y aunque el F. C. Barcelona había dominado claramente la primera parte, todavía sentía que la remontada era posible. Es algo que solo un madridista puede entender. Hay noches, hay partidos, hay gestas... que son inexplicables. Simplemente suceden.

Empezó la segunda parte... y la historia seguía igual. El Barça atacaba con todo, y el Madrid resistía como podía. En el minuto 55, Leo Messi volvió a tener otra oportunidad clarísima. Esta vez, algo escorado en el lateral derecho del área, se plantó solo ante Casillas. Disparó con la pierna menos hábil intentando cruzarla... y otra vez apareció san Iker. Otra parada más, una de esas que valen oro. Una de las que mantienen vivo a un equipo.

Si hablamos de duelos individuales, esa noche Iker Casillas ganó claramente a Leo Messi. Entonces el joven argentino lo intentó todo, pero no hubo forma. Claro, luego llegarían los años en los que Messi le devolvería esos golpes. Le marcaría unos goles inolvidables. Lo haría sufrir. Lo haría sangrar. Pero esa noche..., esa noche fue para Iker.

El partido seguía 0-1 y la sensación era que Casillas nos mantenía en pie. Pero llegó el minuto 59 y, con él, el principio del fin. Porque Ronaldinho decidió que ya estaba bien, que había que acabar con aquello, que era el momento de firmar una obra de arte.

Le llegó un balón desde la defensa. Lo controló y arrancó en conducción con una velocidad que hasta entonces no había mostrado. Parecía que se activaba, que algo dentro de él le decía: «Ah

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