Las mujeres de mi vida

Maitena

Fragmento

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SIEMPRE ME

GUSTARON

LAS MUJERES

Cuando era chica me parecía que los hombres eran todos iguales, y las mujeres, cada una diferente. Me gustaba mirarlas, escucharlas, conversar con ellas. Tuvieran la edad que tuvieran, había algo espontáneo y cálido que me hacía sentir cómoda. Pero era más que eso: me divertían. La ropa que usaban, sus peinados, las formas de moverse, los temas de los que hablaban, las cosas de las que se reían y por las que lloraban.

Desde que empecé a dibujar, dibujé mujeres. Nunca un amanecer o un caballo, siempre mujeres. Copiaba a las modelos de las revistas de los 70, a mis compañeras de colegio, a mi familia.

Mis personajes preferidos de historieta también eran mujeres: Periquita, La Pequeña Lulú, Trudy, Mafalda, Cachirula, Robotina, Patora, Mujer Maravilla. Todos personajes femeninos dibujados por hombres.

A los diecinueve años me crucé en una revista con la historieta “El cordón infernal” de Claire Bretécher, que marcó para siempre un rumbo en mi trabajo. Con un trazo suelto y muy expresivo, mostraba de una forma implacable las relaciones de la mujer con su madre, su pareja, sus hijos, su cuerpo, la edad. Los personajes arrastraban el cordón umbilical que los ataba a unos con otros. Eso era lo que yo quería hacer: hablar de la vida de las mujeres. Estuve enamorada de ella muchos años.

Son mujeres de mi vida todas aquellas que imprimieron alguna marca en el mapa de mi historia. Algunas dejaron un río, otras una tormenta pasajera y algunas crearon países enteros. Sin duda, el más poderoso de estos países lleva el nombre de mi madre. A ella le dediqué mi primer libro, Mujeres Alteradas: “Para la reina de las alteradas”. No le gustó. La polaca no entendía la ironía porteña. Cuando le comentaba algo con humor, me contestaba en serio. Le regalé todos mis libros pero nunca los leyó.

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Siempre terminaba regalándoselos a sus amigas jubiladas que “no podían gastar plata en pavadas”. Entre ellos regaló uno en el que yo le había hecho un dibujito a lápiz donde estábamos las dos sentadas en la cocina. Dibujé muchas veces a mi madre, a veces igual, a veces disfrazada de otra, pero siempre diciendo sus frases tremendas.

Otra de las primeras mujeres de mi vida fue la niñera con la que compartí mi infancia y que algunos fines de semana me llevaba a su modesta casa en José C. Paz, donde todo era distinto a mi casa de Bella Vista, especialmente porque ahí me consentían y me malcriaban. Creo que mi parte tierna y cariñosa la aprendí con ella.

Luego hubo tres niñeras más que se volvieron mujeres de mi vida, cada una en su época —siempre fui de relaciones largas— cuidaron a mis hijos. A Carmen le dediqué uno de los libros de Superadas: “¿Qué es lo único que necesita una mujer que lo tiene todo? Ayuda”.

Las mujeres de mi vida son mis dos hijas. Con la mayor, a la que tuve en la adolescencia, crecimos juntas. Junto a ella y su hermano —el hombre de mi vida— nos mudamos más de siete veces en quince años. Ellos son los niños y adolescentes de las historietas de vida cotidiana en Mujeres Alteradas. El nene que le pide por favor a la madre que no le cuente cómo lo hicieron su mamá y su papá. El adolescente que nunca recarga la cubetera de hielo. El dúo insufrible de la edad del pavo. La adolescente humillada por un piropo horrible. La que se encuentra con sus ex compañeritos de primaria que ni la registraban y que ahora no dejan de mirarle las tetas.

Con la menor, que nació veinte años después, vivimos doce años en La Pedrera, un pueblito costero en el interior de Uruguay donde encontré más mujeres de mi vida y una mejor versión de mí misma. Ella es la nena que no quiere entrar al jardín de infantes y la nena que se aburre en Superadas. En esa misma serie vuelven a aparecer mis hijos mayores. Él es el grandote que le saca cuatro cabezas a la madre. El adolescente que no se lava el pelo porque prefiere estar lindo antes que limpio.

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Ella es la adolescente preocupada por el crecimiento de sus tetas y es la joven que está conmigo en la viñeta sobre la presbicia.

Las mujeres de mi vida son mis amigas. De chica siempre tenía una mejor amiga a la que quería como a una novia. Más grande, entendí que esos lazos eran un refugio donde poder ser como somos, más relajadas y humanas que en nuestros otros roles. No me imagino una vida sin amigas. De todos los vínculos, me parece el más sustancioso. Sin amigas la vida sería una batalla sin descanso. Tuve y tengo muchas amigas. Buenas y malas amigas. Amigas íntimas y nuevas mejores amigas. Todas son mujeres de mi vida.

La amiga cheta con la que nos hacíamos la rata. La amiga hija de un capitán de la Marina (que hoy está preso, él y sus hermanos). La amiga marrón que vivía del otro lado de la vía. La amiga mayor, periodista, que había tenido que escaparse de Córdoba en los 70. La amiga que me vino a visitar al sanatorio cuando perdí a mi hija en el parto. La amiga con hijos de la misma edad. La amiga con la que salíamos a emborracharnos y a escuchar bandas a Caras más Caras o a Cemento. La amiga que se fue a vivir a Madrid. La amiga que vivía a la vuelta de casa. La amiga con la que tuve sexo con una mujer por primera vez. La amiga a la que le robé el novio y la otra amiga que me lo robó a mí. La amiga con la que dibujamos juntas en el mismo taller durante cuatro años. La amiga mayor hermosa y sabia. La amiga que te critica todo. La amiga que te hace los mejores regalos. La amiga a la que extraño porque vivimos tan lejos.

La amiga bruja. La amiga sin hijos. La amiga feminista. La amiga brillante. La amiga furiosa. La amiga que vive en el bosque. La otra amiga que vive en el bosque pero en una casa con agua y luz. La amiga activista. La amiga envidiosa. La amiga con la que nos fuimos a Islandia. La amiga que me hace bailar. La amiga que me trae flores de su jardín. La amiga que me mete al mar. La amiga que dibuja increíble. La amiga que mantuvo a su madre loca desde los catorce años. La amiga que rema en barro y la de la maldición gitana. La amiga leal y también la amiga en la que me cuesta confiar. Todas son mujeres de mi vida.

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Son mujeres de mi vida mis hermanas, mis cuñadas, mis nueras, mi prima polaca. Mi ahijada con la que salimos de fiesta. Mi profesora de Historia del secundario. Mis compañeras de NiUnaMenos. La secretaria de mi padre. Las ex de mis ex. Las tres novias que tuve. Todas ellas me inspiraron a la hora de dibujar mis historietas.

Y también son mujeres de mi vida mis suegras. La que llegaba a visitarnos con dos bolsas de alimentos y golosinas para los chicos. La que persistió durante diez años para ver a su nieta. Y la que me enseñó a ser abuela, que llevó a mi hija a ver todo lo que estrenaban al cine y al teatro y construyó con ella una relación de oro.

Y mi nieta —el amor más puro—, que ya se perfila como una de las más importantes mujeres de mi vida. Con ella, y en el momento que creí que la había perdido para siempre, volvió la ternura.

Las mujeres de mi vida son mis personajes. La pequeña Fló (1982), que interpela a sus padres; la sensual Coramina (1984-1987), que explora su sexualidad sin prejuicios; La Fiera (1986-1989), que se burla de los hombres; los miles de mujeres llenas de dientes y con los ojos desorbitados que aparecen en Mujeres Alteradas (1993-1999) y las cansadas o eufóricas, intensas o desganadas, hartas o esperanzadas de Superadas (2000-2006) y Curvas Peligrosas.

Mi cuarto propio

Durante cuarenta años guardé todo lo que dibujaba. Cientos de papeles y papelitos metidos en una docena de cajas y una docena de carpetas con las que me mudé infinitas veces. Nunca me pregunté por qué los guardaba. Tal vez pensara que en algún momento valdrían oro. O que un día los iba a necesitar para hacer una muestra. Pero ambas fantasías se fueron desvaneciendo con el tiempo. Tal vez los guardé para no tirar a la basura los miles de horas que me había llevado hacerlos. O para que si un día perdía la memoria, mirándolos pudiera recordar quién era.

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Sinceramente, no creo que sean exactamente esas las razones. O quizás todas sean un poco ciertas. Creo que los guardaba como guardé todos los cuadernos de mis hijos. Como guardé las fotos. Como guardé las entradas a los conciertos a los que fui en los 80 y en los 90 y están pegadas en las páginas de las agendas de esos años, que también guardé. Como guardé alguna ropa de bebé y también alguna prenda de cada amor que tuve. (Por salud mental, de esos últimos dos ítems me deshice hace unos años).

No sé si por falta de interés o de tiempo, en todos estos años nunca volví a mirar esos dibujos aunque en varias ocasiones, buscando algo en particular, me he cruzado con las parvas de originales en tinta china sobre papel Schoeller. Es posible que entonces apareciera la pregunta: ¿para qué guardo todo eso? Lo que me llevó a imaginar la escena en la que mis hijos algun día tiraban todo al container de la esquina sin mirar, así como mi madre regalaba sin leer. Pero los seguí guardando.

De pronto, una tarde tibia de fines de marzo de 2022, en una oficina con vista al río del Centro Cultural Kirchner, su entonces directora, Liliana Piñeiro, me ofreció realizar la muestra de mi vida. Un piso entero del majestuoso ex Palacio de Correos para exponer los trabajos publicados en diarios y revistas durante cuarenta años. El cuarto piso, mi cuarto propio.

Entonces llegó el día de abrir las carpetas y las cajas. O mejor dicho: llegó la noche. Acomodé lo que más me importaba sobre la mesa del comedor y me abroché el cinturón de seguridad. Nunca dimensioné el viaje que iba a ser buscar el material para la muestra. No se trataba solo de mirar todo lo que había dibujado sino de volver a ver mi vida. No soy nostálgica, más bien todo lo contrario, pero en todas esas páginas estaban dibujadas mis casas, mis sillas, mis lámparas. Me encuentro a mí misma dibujada cientos de veces, todas las mujeres que fui, una tras otra aparecen todas las etapas de mi vida como en una autobiografía involuntaria. Mis cortes de pelo, mi ropa, mis perros. Dibujé a mis novios. Dibujé a mi analista, a mi ginecólogo y a mi peluquero. Dibujé a mi padre. A la vecina que me odiaba y al grupo de mamis del colegio. Soy la recién separada trabajando mientras los chicos se pelean, la casa revuelta con olor a zapatilla adolescente y muchas ganas de vivir, ganas de que me pasaran cosas.

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Y pasaban. Me veo enamorada y desilusionada con el corazón roto, soy el ama de casa sobrepasada y la buena esposa, la amante despechada y tóxica, la madre culposa y la mujer exitosa pero insatisfecha.

La primera sensación fue: ¿yo dibujé todo esto?

Literalmente cientos de páginas de historieta, viñetas, bocetos a lápiz, algunos tan viejos que, como pasa con las fotos, hace cuarenta años me parecían horribles y ahora me gustaban. Mirándolos me di cuenta de por qué los había guardado. Era la respuesta más simple: porque me parecían lindos. Estaban vivos.

Encontré, por ejemplo, una vieja carpeta que en la tapa tenía escrito con mi letra un título que no recordaba: “Hace frío afuera”. Adentro me esperaban veinte páginas de una historieta inconclusa, oscura y triste, que tampoco recordaba. Era evidente que pertenecía a fines de los ochenta, época en que me quedaba dibujando hasta la madrugada y alguna noche larga llegué a confundir el vaso de whisky con el agua de los pinceles.

Ordené el material hasta tener un panorama más o menos completo. Era muchísimo. Lo dividí por libros publicados, por revistas donde salían, por personajes. Cinco libros de Mujeres Alteradas, tres de Superadas y dos de Curvas Peligrosas. Las series “Fló”, “Coramina”, “La Fiera”, “Barrio chino”, “Historias por metro”, “El Langa”. En pilas separadas: las montañas de ilustraciones que había hecho para revistas, diarios, agencias de publicidad, manuales escolares de primaria, campañas políticas, colaboraciones solidarias, posters para hospitales, libros de cocina, de matemática, de cuidados. ¡Encontré la reforma de la Constitución argentina de 1994 ilustrada para niñxs!

La segunda sensación fue que buena parte de ese material atrasaba, que había perdido vigencia, que hablaba de cosas que ya habían quedado lejos. Tuve el impulso de tirar todo. Confieso que rompí y arrojé a la basura algunos dibujos que me dieron vergüenza ajena. Era evidente que no podía hacer ese trabajo sola.

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Necesitaba a alguien que editara, que eligiera con un sentido y encontrara una narrativa que lo ordenara, porque yo corría el riesgo de terminar exponiéndolo todo o tirando todo al tacho.

Llamé a Liliana Viola para que fuera la curadora. Nos juntamos en casa a revisar todo el material para hacer una primera selección. Y en esas horas en las que ella leía muy seria y en silencio mientras yo apilaba originales con disimulo pero pendiente de que algo —¡por favor!— la hiciera reír, volví a sentir lo que tantas veces había sentido a los veinte años, cuando buscaba trabajo y me tocaba abrir mi carpeta de dibujos frente a un jefe de arte.

El cuarto piso del CCK ocupa cientos de metros cuadrados. ¿Cómo llenar semejante espacio con dibujitos de veinte centímetros? Llamé a Alejandro Ros, que sabe hacer magia. Empezamos a trabajar junto al equipo de artes visuales del CCK, que lo dieron todo. Las salas se llenaron de murales de mis personajes en tamaño demencial. De repente, los pequeños dibujitos que había hecho sobre un papel me miraban desde arriba en las paredes. Estaban afuera. Ya no eran míos.

La muestra ocupó ocho salas: “Alteradas”, “Proceso Creativo”, “El laberinto de las superadas”, “Curvas Peligrosas”, “El espanto”, “Sexo Implícito”, “Las gigantas”

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