I. UNA LENGUA EN DETERIORO
El letrero colocado en el portal de mi casa decía textualmente:
“El servicio de T.V. vía satélite, estará suspendido, alrededor de cuatro días, plazo estimado para la impermeabilización de la zona donde están ancladas las mismas. La comunidad de propietarios”.
Así que al repasar esas frases me he preguntado por fin si alguna vez podré leer un cartel, rótulo, aviso, indicador, comunicado, anuncio, prospecto, bando, ordenanza, ley, nota, periódico, sentencia, carta, folleto, mensaje, catálogo, acta, tríptico, manual de instrucciones o aviso en general que aparezca redactado no ya con originalidad o talento sino con la más sencilla corrección ortográfica.
Seguramente el gestor de la junta de vecinos pertenece al Colegio Territorial de Administradores de Fincas, habrá cursado la carrera de tres años que le faculta para esa misión profesional y se mostrará muy educado ante quienes viven en el edificio; y nunca consentiría que cayese en el escrito una mancha de aceite de su bocadillo de sardinas; y vestirá siempre con elegancia para situarse en la mesa presidencial de las asambleas que reúnen a las familias residentes en el bloque de viviendas, y se cuidará el cabello para no parecer un desharrapado. El gestor de la comunidad de vecinos atiende a todos esos detalles con la dedicación que les ha de procurar quien cree que en ellos reside su imagen, el concepto que los prójimos se formarán sobre su competencia en el oficio y su capacidad para gobernar los problemas que produzcan el suministro de gasóleo o el impago de las cuotas de la comunidad de algunos morosos, y administrar con tiento las amonestaciones al portero si se excede en el número de días libres. Una persona mal vestida, con el pelo sucio y ademanes groseros jamás recibiría este empleo ni podría encargarse de la impermeabilización de las antenas ni de nada.
Sin embargo, el administrador estampó su comunicación en el tablón de anuncios del portal sin ningún pudor, con las comas derramadas sobre el papel, llena de errores de lengua y sin importarle que pudiera acarrear el rídículo ante cualquier persona que, simplemente, haya estudiado los primeros cursos del bachillerato.
¿Y por qué no tuvo ningún recato? Tal vez porque tampoco a quien incluso haya terminado con éxito el bachillerato le importa demasiado tal disloque sintáctico. Porque se ha perdido la vergüenza por no escribir bien y ya no se reclama cierta elegancia en ello; y ningún vecino habrá avisado al autor del texto de que “las mismas” no tiene antecedente alguno (se le ha olvidado poner la palabra “antenas”), o que “el plazo estimado” incluye un calco del inglés, porque “estimar” significa en español tener aprecio; y quizá a todos les haya pasado inadvertido incluso que el archisílabo “impermeabilización” es un quiero y no puedo cuyo estilo presumido desecha el más sencillo “hacer impermeables”.
Pero sí se habrán dado cuenta mis vecinos, en cambio, de que la nota olvida precisar a partir de cuándo contarán esos cuatro días en que los satélites no conectarán con nuestras casas, porque el dato sobre el comienzo de la suspensión del servicio no se incluye, ni la nota tiene una fecha que sirva como referencia para el momento en que empieza tal plazo.
Y no es de extrañar que le ocurriera eso. Quien no comprende la estructura del lenguaje, la más sencilla de todas las estructuras posibles, difícilmente aprehenderá cualquier otra lógica de la comunicación; y quien no repara en cómo dice las ideas olvidará incluso las ideas mismas: en este caso, durante cuánto tiempo nos perderíamos los programas de Eurosport, la RAI y la CNN. Los fallos de lenguaje muestran en la superficie de la alberca la falta de depuración del fondo.
El empleado del concesionario de automóviles vestirá de traje, zapatos a tono y pañuelo que combine con la corbata. Intentará quedar bien con el cliente, y le hablará de válvulas y de potencia, buscará un lenguaje elegante como su propia ropa, y finalmente no podrá resistir la tentación de citar el airbag y el reprise para estropearlo todo. Porque en su oficio colocar palabras extranjeras se tiene por algo prestigioso.
El hombre joven que atiende al público en una de las mesas de la sucursal bancaria manejará con soltura el vocabulario de los créditos y los intereses, y reconvendrá al cliente con amabilidad si éste no sabe diferenciar entre crédito y préstamo, pero sin ninguna vergüenza le preguntará luego si quiere “aperturar” una cuenta.
La falta de respeto por el patrimonio común que constituye el idioma español provoca que en España —su cuna—las señales de tráfico contengan notables faltas de ortografía —“autovia”, sin acento; “desvio”, sin acento; “Alcala” sin acento—, o que al “alto” o al “pare” que se emplean en Latinoamérica les sustituya la palabra stop.
En los vagones de la compañía ferroviaria estatal Renfe se rotula “coches camas” en lugar de “coches cama”; y las azafatas de Iberia dicen a los pasajeros desde hace lustros “bienvenidos a Barcelona”, cuando ellas han hecho el viaje en la misma aeronave. En puridad, tendría que subir al avión en Barcelona un empleado de la compañía para darnos con buen criterio la bienvenida, un acto de hospitalidad y educación; porque así como nadie nos puede invitar a una casa de la que no sea dueño, ni nadie puede profetizar el pasado, no cabe que la gentil aeromoza nos considere “venidos”, ni bien ni mal, si ella no estaba previamente allí.
Esa bienvenida, pronunciada en un aparato que tantos miedos genera, ejercerá cierto desasosiego en quienes hayan viajado en el avión, por más que el vuelo haya concluido; porque este desarreglo lingüístico invita a preguntarse si la compañía habrá puesto el mismo cuidado en la seguridad aérea que en el idioma que habla en público su tripulación, siendo esto menos complicado que aquello.
Los fumadores españoles han leído durante lustros, inscrita en las cajetillas, la siguiente leyenda: “Las Autoridades Sanitarias advierten que el tabaco perjudica seriamente la salud”. Mala propaganda se hacen las autoridades sanitarias, de quienes habrá que esperar igualmente que velen mejor por la competencia de sus médicos que por la de sus publicistas: nada menos que cinco errores en apenas 11 palabras. En tal alineación de vocablos sólo se han escrito correctamente “Las”, “tabaco” y “salud”. Porque no hay razón para las mayúsculas en “autoridades sanitarias”; “advertir” en este caso precisa la preposición “de”: “advertir de que”; “seriamente” es un calco del inglés y ocupa sin razón el lugar de “gravemente”; y “perjudicar” necesita también una preposición: “el tabaco perjudica a la salud”. El error se ha reproducido en el título de una divertida película de Manuel Gómez Pereira: El amor perjudica seriamente la salud. Y la fórmula se repite ya de título en título, perjudicando así gravemente al idioma [1].
No se trata, en estos últimos casos, de errores privados, pecadillos que cada cual purga a su manera, sino de desidias de la Adminisitración pública y de sus empresas en lo que atañe a la propia imagen del Estado. Y al ejemplo que se muestra a los ciudadanos.
El 20 de julio de 1988, el Ministerio de Educación hizo públicas veinte medidas para mejorar la enseñanza en España, principalmente en las asignaturas de humanidades. Se trataba de dos decenas de puntos elaborados durante largo tiempo, después de un informe previo aportado por una comisión de expertos. La redacción de tal documento ministerial, se supone que escrito por personas responsables de la educación de los españoles, reúne frases incomprensibles de sintaxis errónea y deficiente puntuación, y un vocabulario técnico ajeno a los ciudadanos. Leyéndolo, podemos averiguar, no sin sorpresa, que el primer objetivo de la reforma educativa consiste en “reforzar las materias troncales básicas” (con el pleonasmo “troncales básicas”, dos palabras que quieren decir lo mismo), lo que se logrará “aumentando la carga horaria de algunas de ellas” (lo cual habremos de traducir por un aumento de las horas, seguramente). En el apartado número 12 se habla del “refuerzo de la segunda lengua extranjera”, de modo que el alumno que lo desee pueda elegirla “ampliando el horario, además de la otra obtativa [sic]”. Y el punto 13 aporta, por ejemplo, bajo el epígrafe “Medidas relativas a las materias de la Modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales”, la siguiente frase incomprensible: “Este modelo permite la configuración el primer curso común de modalidad y dos opciones, una de humanidades y otra de ciencias sociales, en el segundo curso”.
Tales genialidades sintácticas y semánticas fueron difundidas a los más importantes medios informativos españoles, sin rubor alguno ni fe de errores posterior. En fin, éste es el lenguaje del que hace gala el Ministerio de Educación español, responsable de la formación de millones de incautos escolares.
Su colega el Ministerio de Sanidad no dispone de la letra ñ en 17.152 terminales de sus dependencias, ni tampoco de los signos de apertura de interrogación y exclamación, según se publicó en marzo de 1998. Y el catálogo en disco óptico de la Biblioteca Nacional omitió también esta letra tan significativa. Y el Ministerio de Asuntos Exteriores anduvo una buena temporada enviando sus resúmenes de prensa a las embajadas españolas sin incluir en los textos la alegre virgulilla.
Los manuales de instrucciones de ciertos productos necesitan a su vez unos manuales de instrucciones que nos permitan entenderlos.
El fabricante habrá cuidado con mimo el diseño del aparato, la publicidad en televisión, incluso la tipografía utilizada en el folleto. Pero prescindirá de que el texto resulte no ya correcto, sino al menos inteligible. Mezclará palabras de distintos idiomas, utilizará conceptos técnicos desconocidos por el público al que se dirige, llevará a la desesperación a quien aspire a comprenderlo. Y al final, paradójicamente, mostrará la falta de instrucción del que nos da las instrucciones.
Si además se trata de un artículo informático, el desavisado cliente sufrirá entre megas, bytes y otras palabras que le servirán de calentamiento para cuando realmente se ponga al teclado con el sano afán de comunicarse por Internet.
Los políticos, por su parte, inventan palabras ampulosas y vacías, abusan del instrumento que la sociedad se ha dado para la comunicación y el entendimiento, y lo distorsionan con el deseo de que el pueblo no se interese por sus propios problemas, de modo que puedan así hacer y deshacer a su antojo.
Desde 1997, cometer faltas de ortografía no supone en España el suspenso automático en la enseñanza preuniversitaria. (Y en la universitaria tampoco). Ya parece trasnochada la buena costumbre de guardar las formas, las formas que logran la formación de la persona. Como si se hubiera olvidado el principio jurídico de que las formas son el fondo.
El filólogo Francisco Rodríguez Adrados proclamó hace unos años, con motivo de su ingreso en la Real Academia: “Un cierto menosprecio de la lengua, su reducción a niveles ínfimos y su sustitución por una cultura de la mera imagen, está en el ambiente. Hay, en suma, un cierto desprecio por la literatura. Los políticos ya no hacen citas literarias. Ser un poeta ya no es una categoría social y pública. La literatura, que ha sido la vía de la inteligencia, de la crítica, de la enseñanza, tiende a reducirse a un pequeño grupo de gente marginal que apenas cuenta si no es para recibir de tarde en tarde un premio. Nos movemos en el círculo de lo práctico, de lo medible y comprobable, de lo simple y al alcance de todos, de lo aséptico” [2].
El informe oficial sobre la enseñanza secundaria obligatoria elaborado en España en 1998 —con una muestra de 56.555 estudiantes y 3.287 profesores— arrojó a la cara de los cuidadanos de bien unas cuantas sorpresas: sólo 5 de cada 100 estudiantes de dieciséis años comprende la lógica de los acentos, el 72 por ciento se enreda con la h y el 53 por ciento confunde la ll con la y. En un dictado de 71 palabras, los alumnos cometieron una media de 5 faltas relacionadas con las tildes, sobre un total de 20 posibles. Y, lo que es peor pero consecuencia de lo anterior, sólo el 18 por ciento de los alumnos de catorce años se muestra capaz de elaborar un relato bien desarrollado, y el 15 por ciento no sabe escribir una historia básica; sólo uno de cada cuatro muchachos de dieciséis años reconoce las ideas secundarias y los enunciados de sintaxis compleja, y la misma escasa proporción de alumnos se apercibe del doble sentido de las palabras o de las expresiones figuradas [3].
No lo dicen las conclusiones del sondeo, pero cabe aventurar sin excesivo riesgo que quienes cometen más faltas de ortografía coinciden sin duda con los que no saben expresarse.
Y si la encuesta se aplicara a los conocimientos ortográficos de los profesores —los de matemáticas, ciencias o geografía…— también nos veríamos ante algunas desagradables sorpresas.
Fernando Lázaro Carreter declaró en su calidad de director de la Real Academia Española: “Es una barbaridad. La lengua española está maltratada en los planes de estudios. Es una actitud casi suicida de la sociedad el renunciar a un idioma mejor. Someter a la población a una pobreza expresiva enorme supone separar a algunas personas para que nunca asciendan en la escala social. Vamos de mal en peor. La muestra del retroceso es que multitud de chicos, incluso universitarios, no entienden el lenguaje del profesor. Son generaciones de jóvenes mudos, que emplean un lenguaje gestual, interjectivo y de empujón. Esta situación hay que denunciarla. Ya sé que parecería ridículo si un partido político inscribiera en su programa semejante reivindicación; sin embargo, no sería, ni mucho menos, insensato” [4].
Las voces de alarma no sólo llegan de instituciones como la Academia, obligada por sus estatutos a encender la luz roja centelleante cuando lo crea necesario.
Ha dicho el economista y escritor español José Luis Sampedro: “Son rechazables unos programas de enseñanzas que, deslumbrados por los éxitos de las ciencias duras, postergan y subestiman los saberes relativos a la vida en sociedad y atraen hacia esas disciplinas a los estudiantes más prometedores, entrenados además en acatar la supremacía del lucro económico sobre todos los valores” [5].
El filósofo español Fernando Savater, uno de esos vigías intelectuales con los que la sociedad española tiene la suerte de contar, opina que “se observa sobre todo en la juventud pobreza de vocabulario y desprecio por la galanura de la lengua” [6].
Y, en efecto, a veces uno sufre si le pregunta a un muchacho por dónde debe dirigirse a determinada calle, porque habrá de disculparle con paciencia sus dificultades —y disimular el bochorno— cuando intente describirnos el trayecto y sólo con tartamudeos pueda salir de su triste jerga juvenil.
Por supuesto, no se trata de un fenómeno sólo español. El lingüista y coordinador de lenguaje de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, Max Hamann, sostiene que “los alumnos escriben como si hablaran”, y que además no hablan bien: “Llegan a las aulas universitarias con un vocabulario limitado al del ámbito familiar, al de las amistades, al del círculo de diversión. Por tanto, ingresan sin la habilidad desarrollada para dar nombres específicos y utilizan palabras genéricas como ‘cosa’, ‘esto’, ‘aquello’ o ‘eso’. Si les preguntas ¿qué es el amor? te responderán ‘el amor es cuando por ejemplo…’ o ‘es una cosa que…’” [7].
Un sondeo elaborado por la Editorial Alfaguara en 1998 —que tomaba como encuestados a libreros, escritores, traductores, periodistas, editores, profesores, agregados culturales… especialistas de España y de toda la América hispana relacionados con la literatura y el libro— señala como conclusión inequívoca que los principales riesgos para el futuro del español radican en “el descenso en la importancia de las humanidades (lengua, literatura, historia) en los distintos planes de enseñanza” (7,1 puntos de media en una escala de 10); y a continuación, en “el predominio del inglés” (6,6), problema que empata con “el empobrecimiento del lenguaje por parte de los medios de comunicación y de cuantos hablan en público”.
Los presentadores de los espacios infantiles figuran en esa privilegiada clase social. Pero, lejos de asumir su responsabilidad, acudirán continuamente en su gorgojeo a expresiones comodín, como lo “guay” que les ha parecido una película, anulando en los pequeños espectadores las diferencias entre “buena”, “interesante”, “divertida”, “entretenida”, “apetecible”, “admirable”, “graciosa”, “estupenda”, “ágil”, “artística”, “sorprendente”, “sobrecogedora”… Cualquiera de esos conceptos se puede sustituir por este recién llegado “guay”, y la eventual riqueza de vocabulario y de ideas quedará taponada por la pobreza mental de quienes constituyen la más decisiva referencia de comunicación social que tienen millones de niños, a los que nunca enseñarán nada si hablan exactamente como ellos. Para colmo, la palabra “guay” quedará anticuada dentro de unos años, y no les servirá de nada en su edad adulta, ni siquiera adolescente, como el “chipén” que encandilaba a nuestros abuelos (antes de serlo) y que ya nadie utiliza. Como el “qué legal” que se exclamaba en Perú donde ahora se dice “qué mostro”. Como apenas diez años atrás los jóvenes españoles llamaban “carrozas” a los mayores, y ahora la palabra se ha quedado también “carrozona”, seguramente porque los jóvenes de entonces son los carrozas ahora. Palabras que sirven para tanto y que, sospechosamente, duran tan poco.
Después, en la adolescencia, una gran parte de esos jóvenes de expresión limitada por la penosa televisión infantil leerá con cuentagotas, y se comunicará sólo en las discotecas; y escasamente. Estos locales, por si fuera poco todo lo anterior, se llamarán Fashion o Young Play, por poner ejemplos reales, y en ellos la música a gran volumen permitirá sólo el diálogo de los cuerpos. Que no está nada mal con tal de que no sea el único.
Cuando se aburran de la discoteca, lo cual suele ocurrir sólo provisionalmente, acudirán a un Aquapark, se pasearán en bicicleta —una mountain-bike, claro— hasta la urbanización de la sierra Cotos-park, y tomarán una cerveza en el bar de la esquina, que se llama Alfredo’s, con genitivo sajón para darse importancia. O acompañarán a su padres a comprar macetas en algún lugar llamado Jardiland o Garden Center.
Y si han nacido en México, podrán observar los escaparates de un gigantesco centro comercial del sur de la capital cuyos establecimientos hacen relampaguear nombres como Helens’s ice cream; La baguette, Robert’s, High Life, Rue Rivoli, Prête à porter, La chanson esthétique, Moda Fiorenza…
Sólo la mitad de los comercios de este magno complejo se hace llamar con un nombre español.
Los planes de estudio cada vez atienden menos a la lectura, las lenguas clásicas —el latín, el griego— casi han desaparecido de la enseñanza primaria y de la secundaria en muchos países de habla hispana, igual que la literatura o la historia… Y eso implica un mal terrible: el desprecio del pasado. El olvido de los orígenes del idioma acarrea que los jóvenes no tengan inconveniente en aplicar también la goma de borrar a la historia del hombre. El arrinconamiento del latín y del griego influye inexorable en el desprecio por lo antiguo.
Los jueces redactan sentencias confusas, de sintaxis complicada y errática, con palabras ajenas a los justiciables, llenas de gerundios incorrectos, subordinadas imposibles. Sin embargo, los magistrados habrán hecho esfuerzos inhumanos durante el juicio para imponer las formas, mantener el decoro; y habrán acudido a la sala con su toga y su prestancia seculares porque eso les parece muy significativo de su función. ¿Por qué desprecian entonces las formas del idioma? Tal vez porque eso los distancia de los ciudadanos, les garantiza su propio rincón inaccesible, porque el lenguaje constituye también un instrumento de poder. Y porque nadie en su aprendizaje les habló de la importancia de comunicarse con claridad.
Incluso los departamentos de Lengua Española de las universidades tienen sus encargados del soft y del hard en los trabajos informáticos, tan rigurosos que se muestran ellos con sus alumnos para que conozcan y respeten la tradición literaria que les imparten [8].
El deterioro de la lengua que se emplea en público ha llegado al hecho, impensable en otras épocas, de que incluso algún miembro de la Real Academia Española escriba de manera pedestre, lejos del ejemplo con el que se supone debe predicar un integrante de la docta casa [9].
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