La magia de escribir

José Antonio Marina
María de la Válgoma

Fragmento

1

EN EL PRINCIPIO FUE LA EXPRESIÓN

DEL GESTO A LA PALABRA

Los animales hacen gestos y expresan sus emociones porque de esa manera lanzan mensajes a los demás. Erizan el pelo y gruñen para dar miedo, bajan la cabeza para indicar sumisión, aúllan o berrean para exteriorizar su celo. Son procedimientos mecánicos, genéticamente transmitidos, estereotipados. Las abejas, más gimnásticas, bailotean para indicar la dirección hacia las flores más apetitosas. El hombre no se limita a este escueto repertorio expresivo. Mediante la palabra expresa lo que siente, lo que inventa, lo que calcula, lo que espera. Duplica el mundo real con el mundo contado. Reflexiona sobre sí mismo y, en un momento grandioso y soberbio, inventa el pronombre personal, dice «Yo», y se instala como centro del universo. Hablar es la magia más original. El principio de los principios. La gran ruptura con el mundo animal. Este libro podría haberse titulado La magia de hablar o, de un modo todavía más amplio, La magia de expresar.

Expresar es lo mismo que exprimir. Consiste en sacar algo de algo mediante presión. Por eso hablamos de café expreso. Ya que nos anima a escribir nuestro amor al lenguaje, no podemos dejar de comentar la curiosa historia de la palabra «expreso». Derivada del latín, significó primero lo explícito por oposición a lo implícito. Es decir, lo expuesto claramente por oposición a lo no dicho o dicho confusamente. El zumo de naranja frente a la naranja con el zumo dentro. La intención directa frente a sugerencias. Un «mensajero exprés» era un mensajero expresamente enviado a una misión, no alguien que lo hacía de paso, con desgana. Los ingleses tomaron en préstamo del francés esa palabra —express—, y la aplicaron a los trenes que iban expresamente a un sitio, sin paradas, y como esto los hacía más veloces, train express pasó a significar «tren rápido». Cuando utilizamos el «correo exprés» estamos usando sin saberlo esta transformación de lo preciso y directo en veloz.

Volvamos al principio. Expresar es siempre expresarse, exprimirse. Es decir, someter a una presión productiva lo que sabemos y lo que sentimos en un momento dado. Haremos uso de una metáfora prosaica pero «expresiva». Expresar es como hacer espaguetis, operación mediante la cual una masa compacta se convierte en línea. La mayor parte de las cosas las sabemos y sentimos en bloque, y sólo al expresarlas las convertimos en significados explícitos. Por eso, podemos decir como César Vallejo: «Tengo tanto que decirte que me atoro». «No sé por dónde empezar», reconocemos muchas veces. El paso de lo implícito a lo explícito supone un esfuerzo, que no es igual en todas las personas. Las hay fluidas, elocuentes, habladoras. Y las hay que padecen un bloqueo expresivo por causas muy diferentes: reserva, timidez, dificultad de pasar del sentimiento a la palabra, falta de interés, depresión, aburrimiento, miedo o la ausencia de un oyente adecuado. En ocasiones, se trata simplemente de una actitud pasiva, de un emperezamiento que más tarde comentaremos.

LA INTELIGENCIA QUE COMPRENDE Y LA INTELIGENCIA QUE INVENTA

Hay inteligencias pasivas e inteligencias activas. Inteligencias receptivas e inteligencias productivas. Leer es una actividad receptiva. Asimilo lo que leo. Disfruto con lo que leo. Ambas cosas son maravillosas, y así lo expusimos en La magia de leer, pero son tan sólo el trampolín que nos permite dar el salto expresivo. Leemos para crear.

Los teólogos medievales seguidores de Aristóteles distinguían entre un «entendimiento paciente», que recibía la información de fuera, y un «entendimiento agente» que producía el verbum mentis, la palabra mental. Y consideraban que éste era el acto principal de la inteligencia: proferir. «En el principio fue la Palabra», dice san Juan. La palabra proferida, claro está. Por eso debemos prolongar el interés por la lectura con el interés por la elocución, por la escritura. Esto formaría parte de un enfoque pedagógico más general, centrado en el elogio de la actividad creadora. La pasividad, la pereza, la inarticulación de la experiencia, nos parece un fracaso de la inteligencia. En la vida real tenemos que tomar decisiones, relacionarnos, participar en política, resolver problemas, buscar un trabajo, formar una familia, educar a unos hijos, hacer ciencia o arte o inventar aparatos o crear una empresa, y todo esto son actividades expresivas, a su manera. También, por supuesto, tendremos que contemplar la belleza de la realidad, pero la contemplación no es un acto pasivo —como lo es ver la televisión— sino el acto que permite, gracias a la luz que proyectamos, que emerja clara la belleza de las cosas. Así describe Umbral un mínimo acontecimiento viendo con palabras lo que hemos visto los demás sin darnos cuenta:

Han venido a mi casa dos palomas de barro. Tienen el color gris de los viajes. Están tomando posesión del mundo. Se acercan a la fuente como a una gran pagoda. Y mi jardín se ensancha cuando vuelan.

Tomamos posesión del mundo mediante el lenguaje. Nuestro interés por el momento elocutivo, por la creación no supone un descrédito del aprendizaje, que es su condición indispensable. Como dijo Ortega: «Para tener mucha imaginación hay que tener muy buena memoria». Y los griegos, que eran muy perspicaces, afirmaban que las Musas, las diosas protectoras de las artes, eran hijas de Mnemosyne, la memoria.

Si insistimos tanto en la actitud activa frente a la pasiva es porque la psicología da cada vez más importancia a esta distinción. La pasividad no es buena. Limita nuestras posibilidades de actuar, nos debilita y somete a servidumbres varias, enmohece nuestras capacidades y suele intoxicarnos de comodidad. La impotencia es su sino. Esta actitud no es natural en el ser humano, es aprendida. Como explicó Erich Fromm en un delicioso artículo titulado «¿Es el hombre perezoso por naturaleza?», somos intrínsecamente activos, curiosos, exploradores, inventores. Y cuando no lo somos, es que algo no funciona bien en nuestro entorno o en nosotros mismos. Una pedagogía de la actividad como la que propugnamos consiste, fundamentalmente, en eliminar los obstáculos que la entorpecen: la desidia, el pesimismo, el exceso de comodidad, la rutina, el convencionalismo, el miedo a la novedad, el miedo a secas. Liberada de estos incordios, la inteligencia vuelve a lo suyo, que es inventar posibilidades, ampliar el mundo, distender el ánimo. Confiados en esa índole activa de la inteligencia humana no trabada, creemos que a nuestros alumnos les interesa más escribir que leer, y que la escritura puede ser un camino para incitar a la lectura, que a su vez es el requisito para una expresión más sabia, brillante o creadora.

En el campo educativo, la pasividad se revela en la dificultad para aprovechar lo que se sabe, de transferir un conocimiento de una asignatura a otra, de un caso a otro, la incapacidad para captar relaciones distantes, sacar conclusiones, salirse de los caminos trillados, aprovechar los tesoros de la memoria. Muchas veces nos damos cuenta de que nuestros alumnos se limitan a narrar lo que tienen en la memoria. Los psicólogos lo llaman «conocimiento inerte». Cuando uno de nosotros andaba preparando el Diccionario de los sentimientos, preguntó a muchos alumnos de posgrado: «¿Cuántos sentimientos hay en la lengua castellana?». La contestación unánime fue: no lo sé. Es evidente que todos ellos podrían haber contestado haciendo un repaso de los términos que designan sentimientos, y que todos conocían, pero consideraban que sólo se sabe algo cuando se tiene la respuesta preparada en la memoria, no cuando hay que buscarla o conseguirla uniendo informaciones dispersas. Les mata la pasividad. Hablando en términos económicos, hay una tesaurización de la memoria, un improductivo guardar en el cofre, cuando lo que necesitamos es una rentable inversión que mediante la riqueza cree más riqueza.

A nosotros nos fascina todo el vocabulario de los «ex» y de los «pro». Expresar, explicar, exponer, exclamar, examinar, exaltar, proponer, producir, proyectar, procurar, promover. No nos importa que nos consideren unos activistas del lenguaje, porque eso es lo que somos.

NUESTRO PRIMER INVITADO: JEAN-PAUL SARTRE

Este libro va a ser como una «casa de citas» literarias, que a veces resultará incluso un poco tumultuosa. Invitaremos a muchos escritores para que nos cuenten sus experiencias y nos animen la página. El primero de ellos va a ser Jean-Paul Sartre, que recibió y rechazó el Premio Nobel de Literatura, y que hizo un delicioso relato de su vocación de escritor en su obra Las palabras. «Vivir —decía— es producir significaciones.» El habla es la culminación de esa producción inacabable de sentidos. Pero con frecuencia, añadía, se cae en un hablar pasivo, en un pensar perezoso, que no es más que la puesta en marcha de automatismos aprendidos. Entonces, dice, «viviremos mal experiencias mal denominadas». La palabra es, pues, un componente esencial de la experiencia. Tiene por ello sentido el poema siguiente:

No supe decirme
que te amaba,
y no te amé.

Mi amor se extravió
en palabras mal puestas.

Y lo he encontrado ahora, cuando ya no hay remedio.

En este momento, lo que más nos interesa de Sartre es su rechazo de la inercia. La inteligencia humana puede ser un manantial de ocurrencias, o puede ser un remedo triste, como esas falsas fuentes que reciclan una y otra vez la misma agua en circuito cerrado. A veces no hablamos. Somos hablados por la sociedad en que vivimos. Repetimos lugares comunes porque nos empantanamos en una «actividad pasiva». Sartre utiliza la misma expresión paradójica que nosotros hemos empleado.

LA PALABRA Y OTRAS FORMAS DE EXPRESIÓN

Hay muchos medios de expresarse: mediante el gesto, la acción, la plástica; pero en este libro vamos a referirnos solamente a la expresión lingüística, porque nuestra inteligencia está fundamentalmente empalabrada, y vivimos y convivimos gracias a creaciones fundadas en la palabra, como el derecho, la ciencia o la seguridad social.

Sin duda alguna, las caricias o las demostraciones de amor son necesarias, pero al enamorado no le bastan, quiere oír decir que le aman, para que la palabra corrobore y dé sentido a lo que percibe. Sospechamos un profundo desdén en madame de Staël cuando hablando de uno de sus amantes dice: «La palabra no era su lenguaje». Necesitamos asimilar lo que vemos o sentimos nombrándolo de alguna manera. Vemos una flor y enseguida preguntamos: «¿Cómo se llama?». Conocer su nombre no hace que percibamos con más intensidad su belleza, pero nos permite identificarla y poseerla de alguna manera. Podremos decir: «Vi una vez un árbol con maravillosas flores azuladas. Se llama jacaranda». Es como si tuviéramos su dirección, para poder buscarlo si quisiéramos verlo de nuevo. En la Biblia se dice —y lo que dice tiene la profunda verdad de los grandes mitos— que Dios encargó al hombre que pusiera nombre a las cosas. Tal vez sea ésta nuestra gran misión: decir. Rilke lo escribe en un poema inolvidable:

El caminante tampoco trae, de la ladera de la sierra al valle, un puñado de tierra, indecible para todos,

sino una palabra ganada, pura: genciana amarilla
y azul. Tal vez estamos aquí para decir: casa, puente, cisterna, puerta, vaso, árbol frutal, ventana, a lo sumo: columna, torre.

Pero hay dos maneras de entender y enseñar el lenguaje. Humboldt, el gran filólogo, distinguió entre el lenguaje como enérgeia, como energía, como actividad, y el lenguaje como érgon, como obra. Las gramáticas, los comentarios de texto y las historias de la literatura hablan del érgon. Nosotros, en cambio, vamos a hablar de la gran energía lingüística, de esa inteligencia que sin parar profiere cosas, enuncia, crea. Del gran torbellino que nos hace girar y al que queremos dominar. El escritor es un surfista que, arrastrado por la poderosa ola del lenguaje, caracolea, escala sus crestas espumosas, impone su dirección, y consigue mantenerse erguido.

Podríamos —y tal vez deberíamos— hablar de todos nuestros conocimientos como si de distintos idiomas se tratara. ¿Cuál es la esencia del matemático? Hablar con precisión de los números. ¿Y la del historiador? Contar lo que ha sucedido. El lenguaje nos anima a hacer esta aproximación, porque «contar» significa «decir por orden los números». De aquí pasó a significar exponer con orden cualquier cosa.

LA COMPETENCIA EXPRESIVA

Descenderemos por un momento a un lenguaje casi administrativo. Últimamente está en marcha un gran cambio pedagógico basado en la noción de «competencia». Competencia es el conjunto de conocimientos, actitudes, destrezas, sentimientos necesarios para responder a demandas complejas. Nos interesa esta expresión —demandas complejas— sobre todo por su vaguedad. Una de las competencias básicas aisladas por los expertos es la competencia lingüística, y la pregunta importante es ¿a qué demandas complejas tiene que responder esta competencia? La respuesta más sencilla sería: escuchar, hablar, comunicar, leer y escribir. Pero se olvida con frecuencia que estas enseñanzas tienen que ser prácticas, pues de lo que se trata es de responder, es decir, de atender, cuidar, resolver, las demandas de la realidad. ¿Y cuáles son las demandas lingüísticas de la realidad? En este punto tenemos que recordar a uno de nuestros maestros, el lingüista Émile Benveniste, que escribió: «Bien avant de servir à communiquer, le langage sert a vivre». Mucho antes de servir para comunicar, el lenguaje sirve para vivir. Emilio Alarcos, un distinguido académico, decía hace unos años: «En vez de tanto análisis sintáctico, la escuela debería centrarse en la práctica de la lengua, en leer, hablar, y escribir bajo tutela y corrección. De la carencia de esa enseñanza práctica se deriva la general pobreza en el uso del lenguaje, la falta de claridad, la incapacidad para decir exactamente lo que uno quiere decir». La enseñanza de la lengua recuerda muchas veces el chiste de Jaime Perich: «Comienza la clase de lengua. ¡Silencio, por favor!».

La «competencia expresiva» es fundamental para la vida de unos seres penetrados de lenguaje, como somos los humanos. Es la que produce la elocución adecuada para la situación en que estemos. Expresión privada o pública, comunicativa o íntima, racional o afectiva. Enseñar el lenguaje es enseñar a usar el lenguaje, o sea, la inteligencia. No podemos olvidarlo. Pero, por muchas razones, entre ellas la facilidad que supone enseñar sistemas estáticos, contenidos formales,

momificados y encapsulados, la mayor parte de los esfuerzos se dedican a enseñar y aprender el sistema de la lengua, su gramática y sintaxis, no su uso ni sus posibilidades. Cuando Noam Chomski estuvo en Gerona en 1992, alguien le preguntó: «¿Qué consejo daría a los profesores para enseñar lengua?». Respondió: «Perdone, pero yo no me dedico a eso». Hemos confundido ciencia con educación. Hemos convertido el libro de texto, especialmente los de secundaria, en pequeñas introducciones a la lingüística y a los estudios literarios. Toda la magia del lenguaje se pierde al intentar describir las piezas de su mecanismo. El profesor se convierte en un taxidermista del lenguaje. Lo que proponemos es una clase de lengua más parecida al entrenamiento de los bailarines o de los tenistas o de los jugadores de baloncesto. Se trata de adquirir musculatura, agilidad, eficacia y gracia.

Parece que la idea de la enseñanza del lenguaje como articulación de nuestra inteligencia y de nuestra convivencia va calando. En los últimos papeles publicados por el Ministerio de Educación sobre la «competencia en comunicación lingüística» se especifican los siguientes aspectos: expresar pensamientos y emociones, formarse un juicio crítico y ético, generar ideas, estructurar el conocimiento, dar coherencia al discurso y a la acción y adoptar decisiones. ¿Todo esto a través de la enseñanza del lenguaje? No tiene sentido tan megalómano plan si no se admite previamente que nuestra inteligencia y nuestra convivencia son lingüísticas.

La escritura creativa apareció en la enseñanza primaria de mano de la pedagogía del texto libre de Freinet, y de la gramática de la fantasía de Rodari. En los ochenta se introdujo en secundaria gracias a la influencia de autores como Queneau, grupos como OULIPO, GRAFEIN, en Buenos Aires, y de los talleres didácticos en torno a géneros literarios de profesores de bachillerato como Ortega, Rincón y Sánchez Enciso, entre otros. Continuar estos esfuerzos nos parece necesario no sólo para mejorar el dominio del lenguaje, sino para mejorar la enseñanza en general. Estamos proponiendo un cambio de paradigma: del aprendizaje a la exteriorización de ese aprendizaje.

OTRO VISITANTE FUGAZ: RAYMOND QUENEAU

En 1960 Raymond Queneau, un escritor ya reconocido, fundó el OUvroir de LIttérature POtentielle (OULIPO), dedicado a favorecer la creación lingüística. Su divisa fundacional fue: «Llamamos literatura potencial a la búsqueda de formas y de estructuras nuevas que podrán ser utilizadas por los escritores como mejor les parezca». No se ofrece una normativa artística, sino un procedimiento de creación como el que había ya utilizado Queneau en Ejercicios de estilo, donde presenta 99 formas distintas de contar un mismo y trivial episodio ocurrido en un autobús. Miembros de OULIPO fueron Italo Calvino, Marcel Duchamp y Georges Perec.

Más que sus creaciones nos interesan sus procedimientos, que han sido aprovechados en muchos talleres escolares, y, sobre todo, su confianza en la capacidad inventiva de cualquier persona. Para comprobar esta facultad hemos hecho un experimento convincente. Aragon —el olvidado novelista francés— escribió un curioso libro titulado Les incipit, en el que contaba cómo escribía sus novelas. El comienzo era una frase escuchada al azar. La que dio origen a Les cloches de Bâle fue: «Nadie se rió cuando Guy llamó “papá” al señor Romanet». Nosotros pedimos a unos trescientos adolescen

tes que escribieran un cuento a partir de esa frase. Lo hicieron sin dificultad. Después les pedimos que escribieran otro distinto, pero con el mismo comienzo. También lo hicieron, y estamos seguros de que podrían haberlo hecho tres, cuatro, cinco… veces. Hasta 99 veces, como Queneau.

CARTOGRAFÍA DE LA EXPRESIÓN

Un grito —«¡Fuego!», por ejemplo— es una expresión aislada, abrupta, un pistoletazo semántico. La expresión completa es un discurso, un discurrir, un motus animi continuus, como decían los antiguos. Por eso consideramos que la fluidez, el manar permanente y ágil, es una cualidad deseable de la expresión. Como hay muchos tipos de discursos expresivos, vamos a presentarles un cuadro sinóptico, para que lo vean todo al tiempo, como un paisaje, o como un mapa de carreteras.

Hablado

Escrito

Yo mismo

Pensar Convencer Conmover Informar Preguntar Jugar, etc.

Habla interior Diarios Borradores, etc.

Según el medio que utiliza

Según sus objetivos

Otra persona Carta

Conversación, etc.

Discurso

Según su destinatario

Podemos dividir el discurso expresivo según diversos criterios. En primer lugar, atendiendo al medio que utiliza. Puede ser hablado o escrito. En este libro nos ocuparemos sobre todo del escrito.

En segundo lugar, podemos dividirlo por el destinatario. Puedo ser yo mismo (habla interior, diarios, borradores, etc.) o puede estar dirigido a otra persona (carta, conversación), a varias o a muchas, es decir, a un público amplio.

Por último, podemos dividir la expresión atendiendo a las diferentes funciones que cumplen: pensar, convencer, informar, conmover, preguntar, jugar y algunas más. De estas vamos a ocuparnos.

PENSAR

Pensar es unir significados (palabras, ideas, imágenes) en un todo coherente, con el propósito de comprender, conocer o buscar soluciones. Es un discurso expresivo, íntimo —por eso decimos: «Me gustaría saber lo que estás pensando»— que tiene una meta fundamentalmente cognoscitiva y utilitaria. Pensamos, ante todo, para sobrevivir. La etimología lo relaciona con «pesar», es decir, con averiguar el peso de algo. Analizo un suceso para entenderlo mejor, doy vueltas a las cosas para encontrar una salida, reflexiono sobre lo que me pasa para aclararme, discurro sobre un problema para hallar la respuesta.

El verdadero pensamiento es creador y productivo. Las personas angustiadas rumian una idea, giran y giran en la noria de sus preocupaciones, sin que su discurso progrese. Eso no es pensar. Y tampoco lo es realmente repetir algo que ha pensado otro, sin volverlo a pensar por uno mismo. Eso

es psitacismo, hablar de loro. Sartre escribe, con su habitual contundencia:

La tontería es la idea convertida en materia o la materia que remeda la Idea. El Pensamiento se transforma en un sistema mecánico, y ocurre también que la mente es invadida por mecanismos que funcionan a su aire. En el anonimato se fabrica un sistema de palabras, se transmite de boca a oreja y, para terminar, no puede dejar de depositarse en mí. El sentido de cada palabra es la inerte unidad de su materia, un seudopensamiento se perpetúa en mi cabeza.

En esos casos repetimos lugares comunes como si fueran nuestros, y descubrimos mediterráneos que ya estaban sobados por las agencias de viajes.

Pensamos en muchas cosas, y nuestros pensamientos son de muchos tipos. Unos son racionales y otros irracionales; unos calculan y otros inventan. Cuando un novelista está escribiendo una novela «piensa» mucho en ella. Tiene un proyecto vago y tantea en su imaginación posibles caminos para realizarlo. En ese caso, el proyecto le impone sus propias condiciones. La autora de Harry Potter tenía que regirse por la lógica ilógica de su historia de magos. Y García Márquez por el realismo turulato de Macondo. Creamos mundos irreales mediante el lenguaje. Unos son ficticios, como ocurre en las novelas; otros son ideales, formales, como ocurre en las matemáticas que, no lo olvidemos, también son un lenguaje. El álgebra, por ejemplo, se limita a narrar las complejas aventuras de unos personajes fantásticos —x, y, z y todos los dem

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