PREFACIO
En 1928 Virginia Woolf impartió una serie de conferencias sobre las mujeres y la ficción en la Universidad de Cambridge. Un año más tarde publicó Una habitación propia, un ensayo en el que reflexiona sobre las mujeres y la escritura. Era 1929 y en Inglaterra el sufragio femenino había sido aprobado hacía tan solo once años. Aún faltaban otros cuatro para que las mujeres votásemos en España por primera vez.
Si apenas se nos había tomado en consideración como ciudadanas de pleno derecho, ¿qué éramos para la literatura?
El alegato de Virginia Woolf supuso un hito para el feminismo, pero ¿ha cambiado el mundo lo suficiente desde entonces? Esa es la pregunta que quiero responder, pero no lo haré sola. Las luchas por los derechos son luchas colectivas, así que me ayudaré de todas las mujeres que, antes que yo, se sentaron a escribir.
Para entender cuál es la relación entre las mujeres y la literatura en la actualidad, hacen falta muchas cosas, y una de ellas es viajar al pasado. El filósofo George Santayana dijo en The Life of Reason que quienes no conocen su historia están condenados a repetirla, así que os invito a recordar. Siempre he pensado que la memoria es lo más importante que tenemos, y a veces vivimos el presente sin pensar de dónde venimos. Pero no solo quiero revisitar otros tiempos, sino también ofrecer todos los datos posibles para juzgar el mundo literario actual. ¿Por qué leemos lo que leemos? ¿Cómo se construye el canon literario? ¿Cómo son los personajes con los que nos identificamos? ¿Han cambiado en algo con los años? ¿Cuánto nos queda aún por conquistar? ¿Qué fuimos, somos y seremos las mujeres en la literatura?
PRIMERA PARTE
la MUJER y la literatura
«Me atrevo a adivinar que Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer»,
Virginia Woolf, Una habitación propia
Tendemos a pensar que los derechos de los que disfrutamos están ganados para siempre. Pero no. En cuestión de un día podemos perderlo todo. Que yo esté escribiendo esto es el resultado de la lucha de muchas mujeres antes que yo. Ahora les presto mi voz.
Siempre he tenido mucho miedo al olvido, a pensar que en un par de generaciones nuestro recuerdo se irá diluyendo. No hay tanta gente que sepa en qué día nació su bisabuela. Por eso, desde pequeña he creído que los libros otorgaban la inmortalidad.
Cuando tienes un libro con tu nombre en la portada y alguien se hace con él, de algún modo, en mi cabeza, se construye un camino hacia una eternidad en la que puede que se conserve en una biblioteca pública o en casa de alguien. Es la esperanza de que alguna persona, dentro de cien años, abra ese mismo libro y sepa quién eres.
Pero ¿y si estoy equivocada? Porque existen otras posibilidades: que no puedas firmar tu libro con tu nombre; que, aunque lo firmes, nadie te recuerde o que, aunque lo hagan, sea de forma errónea.
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SIN NOMBRE
¿Qué es un nombre de mujer? Probablemente, para contestar a esta pregunta se te vengan decenas de opciones a la cabeza: tu propio nombre, el que te gustaría haber tenido, el de una amiga, el de una persona querida o, quizá, el de tu escritora favorita. Si yo tuviera que dar una respuesta, diría, sin ningún atisbo de duda, que Anónimo es nombre de mujer. Y resulta cuando menos siniestro llegar a la misma conclusión a la que llegó Virginia Woolf hace casi cien años. A las mujeres se nos sigue cuestionando en muchos ámbitos, y la literatura no se queda al margen. En la actualidad las escritoras continúan siendo tan examinadas como lo fueron hace siglos. En esa batalla que parece interminable por ocupar espacios que nos son vedados, hay una lupa que nos enfoca y nos somete a un escrutinio feroz. A nadie le gusta ser observado, que cualquier cosa que diga o haga pueda causar un conflicto; como digo, no es agradable para ninguna persona, pero creo que ese miedo se construye como algo instintivo para las mujeres: la necesidad de ir de puntillas y sin hacer mucho ruido.
Entre muchas de las cosas que hago y que me encanta hacer se encuentra la creación de contenido para redes sociales. En una publicación que compartí hace tiempo titulada algo así como «Libros escritos por mujeres», recibí un comentario que decía: «¿Qué importa quién haya escrito el libro?». No respondí, me suele pasar eso de no querer parecer conflictiva, no querer discutir; prefiero mil veces pasar desapercibida, y, no sé si es porque me gusta o porque tengo esa necesidad de ocultarme parcialmente, ese caminar con cuidado que mencionaba antes. No contesté, pero pensé. Pensé mucho. Y claro que importa quién ha escrito el libro.
La palabra «anónimo» procede del griego antiguo y significa ‘sin nombre’.
¿Puede existir algo si no podemos nombrarlo?
Para hablar de las mujeres y de la literatura, hay que hablar de muchas cosas, pero, sobre todo, hay que hablar. Al fin y al cabo, la literatura es testigo del pasado, y a través de ella podemos conocer cómo fuimos hace siglos. Es un reflejo más o menos fiel de la realidad. Las sociedades van construyendo un canon literario en el que se recogen las obras que se consideran más relevantes, ya sea por su calidad y excelencia en cuanto a lo estético y narrativo o por la capacidad que han tenido para sobrevivir al paso del tiempo.
La mayor parte de estos libros siguen vigentes por haber plasmado las inquietudes que le son inherentes al ser humano. No importa si leemos la Ilíada ahora o hace doscientos o quinientos años, todos entendemos la necesidad del rey Príamo de recuperar el cuerpo de su hijo Héctor para despedirse de él. Es eso lo que convierte a los libros en grandes historias, su don de apelar a lo que hay dentro de nosotros.
Pero no solo hay que tener esto en cuenta, echar la vista hacia el pasado también nos permite saber cómo éramos y comprender cómo se ha ido construyendo poco a poco la historia de la humanidad. Hay muchas materias sin las que no podríamos llegar a entender el presente, y una de ellas es la literatura. La Ilíada y la Odisea, de Homero, Hamlet, de William Shakespeare, la Divina comedia, de Dante Alighieri, y Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, son algunas de estas obras esenciales.
Pero ¿qué hay de las mujeres en todo esto? El canon literario occidental se compone en su mayoría de libros escritos por hombres, sobre hombres y que tratan cuestiones como guerras y grandes gestas y hazañas realizadas también por hombres. De hecho, si nos basásemos solo en estas obras, las mujeres —que somos la mitad de la especie humana— solo aparecemos de forma residual, ya sea como escritoras o como personajes.
Así que empecemos por el principio: ¿cuántos de los libros firmados como Anónimo fueron escritos por una mujer? Algunos de los textos con mayor valor literario y que sientan las bases de la literatura universal carecen de autoría. ¿A quién te imaginas al otro lado del papel?
Si atendemos a lo que nos han enseñado en el colegio, tal vez nos venga a la mente la imagen de un escriba o un monje, o incluso de un grupo de copistas reunidos en una biblioteca antigua. De niña y adolescente, jamás habría discutido esta idea, pero, por suerte, hoy puedo imaginarme a una mujer. Me gusta echar la vista atrás y ver cuánto he cuestionado muchas creencias impuestas en lo social y en lo educativo. Si hoy me pedís que cierre los ojos, soy capaz de imaginarme a una mujer con papel, tinta y pluma.
La literatura escrita es deudora de la tradición oral. Muchas de las obras que conocemos y que fueron escritas hace siglos no tienen autoría: se transmitían de boca a boca, se escuchaban, sus narradores incluían variaciones… y con el tiempo finalmente alguien las plasmó en un soporte físico. Esto nos imposibilita señalar quién fue la primera persona en contarlas. He aquí por lo que la existencia de textos y libros anónimos surge en paralelo a la historia de la literatura. Beowulf, Las mil y una noches, La epopeya de Gilgamesh o algunos de los textos más influyentes de la literatura en castellano como el Cantar del Mio Cid y el Lazarillo de Tormes no tienen autor conocido. Hay que tener en cuenta que entonces no existía la figura del autor como la entendemos hoy en día: los textos no nacían del individualismo, sino que se construían entre una multiplicidad de personas y pertenecían a un colectivo, por lo que nadie los firmaba.
Pero esto no era siempre así, conocemos obras muy antiguas con autoría y no todos los textos fueron compendios de relatos hechos por un grupo de gente, también existieron personas que, en soledad, escribieron. ¿Por qué no firmarías una obra que es tuya? ¿Cuándo dejamos las mujeres de firmar nuestros escritos?
El papel de la mujer en la Antigüedad se reducía a quedar sometida a la figura del varón —ya desde el pater familias romano que todavía conservan nuestros textos jurídicos—, dedicada a la crianza de los hijos y a la casa.
Pater familias: es una figura del derecho romano, significa ‘padre de familia’ y era quien tenía consideración de ciudadano. Asimismo, tenía la potestad y autoridad absoluta sobre la familia: tanto respecto de los miembros como de sus bienes (de aquí deriva el concepto de patria potestad). Muchos preceptos legales vigentes en España son deudores de esta figura, por ejemplo: Artículo 1719 del Código Civil: En la ejecución del mandato ha de arreglarse el mandatario a las instrucciones del mandante. A falta de ellas, hará todo lo que, según la naturaleza del negocio, haría un buen padre de familia.
A pesar del casi inexistente papel que nos otorgaron las sociedades más antiguas, el impulso de escribir estaba ahí, estábamos ahí.
Gracias a la arqueología conocemos a Enheduanna, una mujer que vivió en Mesopotamia alrededor del siglo XXIII antes de nuestra era y a la que se considera la primera persona en haber escrito una obra literaria. Sus textos, en escritura cuneiforme y dedicados a deidades, no se conservan, pero tenemos copias realizadas en años posteriores.
De igual modo tenemos a Safo, nacida en Mitilene, la capital de Lesbos, en torno al 630 a. n. e. Parte de su obra —que trataba principalmente el tema del amor— se ha perdido debido a distintos incendios, pero también por las presiones eclesiásticas como consecuencia de las materias que abordaba. Para Platón, Safo fue la décima musa —en esa época en que las mujeres en la literatura solo éramos ese ente etéreo al que los grandes poetas acudían en busca de inspiración—, pero yo preferiría que la viéramos como una de las mejores poetas de su tiempo.
Y desde entonces hasta los últimos, digamos, doscientos años, ¿no escribimos nada?
Existen muchas teorías sobre la autoría de los libros que he mencionado anteriormente. ¿Pudo haber sido escrito el Cantar del Mio Cid por una mujer? Las investigaciones de historiadores como David Porrinas apuntan a que la transmisión de la historia fue oral, pero se cree que Jimena, la esposa del Cid, pudo tener mucha influencia en la escritura posterior de la obra y en la creación de la leyenda, tal y como expone Javier Ors en su artículo «¿Creó Jimena la leyenda del Cid?», publicado en La Razón. No sería tan descabellado pensar que alguna de las historias que Sherezade le cuenta al sultán en Las mil y una noches saliera de la mente de una mujer.
También tenemos otros estudios que demuestran que detrás de muchas historias anónimas había una mujer. Es el caso de El espejo de las almas simples, una obra francesa perteneciente a la mística cristiana que data del siglo XIII. El texto fue destruido por la Inquisición, y Marguerite Porete, su autora, condenada por herejía y ejecutada en la hoguera. Podría parecer que su libro y su historia habrían muerto con ella, pero, gracias a su desobediencia y a su negativa de entregar todas las copias existentes, han llegado hasta nosotras. Marguerite Porete tuvo que esperar siglos para recuperar la autoría de su obra, y no fue hasta un estudio realizado en 1946 cuando su nombre pudo volver a aparecer en El espejo.
Este es uno de los ejemplos de «anonimato impuesto» que podemos citar, pero hubo muchas mujeres que, si bien han conservado su nombre, podríamos catalogar como anónimas.
La verdad es que siempre había rondado por mi cabeza esa imagen de monje y escriba en esta época, pero no podemos olvidar que también existieron monjas que se dedicaron a la escritura:
• Teresa de Cartagena es considerada la primera escritora en lengua castellana en el siglo XV.
• Isabel de Villena fue la primera escritora en valenciano.
• Sor Juana Inés de la Cruz, una religiosa mexicana, es una de las grandes exponentes del Siglo de Oro.
Ellas tuvieron el privilegio de escribir y, aunque algunas como Juana Inés de la Cruz nos resultan más conocidas, hoy son una nota al pie, una rara avis, un nombre que parece no tener la misma relevancia que el de los hombres que el canon literario tiene en consideración. ¿No resulta curioso que no las tengamos en cuenta? Quizá esto no se deba a la calidad de sus obras, sino al hecho de que eran mujeres. Estábamos ahí, ellas fueron privilegiadas y tuvieron acceso a una educación y crearon una obra literaria, pero las marginamos y olvidamos. A veces no hace falta que te quemen con una copia de tu libro como a Marguerite Porete para hacerte desaparecer de la historia.
En la Edad Moderna el papel de la mujer se limitaba mayoritariamente a la esfera privada. No es hasta la Edad Contemporánea cuando comienzan a reivindicar su papel en la vida pública y pueden acceder, por ejemplo, a la educación. A pesar de ello, muchas mujeres tuvieron que seguir escondiendo su nombre real y firmar sus textos como Anónimo para evitar consecuencias sociales.
La mismísima Mary Shelley publicó Frankenstein sin su nombre en el año 1818, ya que ser mujer escritora no estaba bien visto. La autora lo reivindicó como propio en 1831, en la segunda edición: una reescritura del texto original. Mary Shelley editó algunos pasajes del texto escritos originalmente en 1816. Puedo entender cuáles fueron sus motivos para revisar su libro: «¿Qué pensarán los lectores si descubren que una historia tan monstruosa ha sido escrita por una mujer? ¿Qué pensarán si la versión del texto que cuestiona la moral victoriana aparece junto con mi nombre? Es más, ¿se publicará?».
Estos son algunos datos sobre obras anónimas en Gran Bretaña que recopiló Robert J. Griffin en The Faces of Anonymity:
• Entre 1750 y 1790, el 80 % de las novelas publicadas fueron anónimas.
• La cifra se reduce a partir del año 1790 a un 62 %, y durante la primera década del siglo siguiente llega a menos de un 50 %.
• Pero a partir de 1820 vuelve a aumentar hasta un 80 %.
Como podéis ver, en la época en la que Shelley publicó anónimamente Frankenstein, las obras sin autor en Gran Bretaña llegaban al 80 % del total. ¿Detrás de cuántas de ellas hubo una mujer que no pudo firmarlas?
Pero el anonimato no termina ahí, podemos encontrar casos más recientes de libros firmados como Anónimo:
• La pasión de Mademoiselle S. reúne un compendio de cartas escritas por una mujer a su amante entre 1928 y 1930. Un diplomático francés encontró estas cartas que Simone le escribía a Charles (si es que esos fueron sus nombres verdaderos) en el París de los años veinte.
• Una mujer en Berlín retrata lo que fue la Segunda Guerra Mundial para las mujeres. Su autora le confió el texto a Kurt W. Marek y en él relata la experiencia del hambre, del miedo, del frío, de la venganza y de los abusos y de las violaciones cometidos por los soldados rusos en la liberación de Berlín. Gracias a Marek la obra fue publicada, pero, debido a su recepción en Alemania, la autora solicitó que se retirara y fuera publicada de nuevo póstumamente. Se llamaba Marta Hillers y sus diarios hoy nos cuentan la crueldad de los hombres, porque, a veces, cuando las guerras terminan y las democracias se imponen, las mujeres seguimos perdiendo.
• Cruel Zelanda se publicó por primera vez en 1978 y nos cuenta la historia de una mujer victoriana que es raptada por una tribu de salvajes en Nueva Zelanda. La protagonista va descubriendo allí su cuerpo, sus gustos y su sexualidad. Se cree que la obra fue escrita por una mujer, pero sigue siendo anónima.
Las mujeres hemos escrito, escribimos y seguiremos escribiendo cada vez con menos miedo.
Visto esto, el anonimato parece un lugar seguro, un espacio en el que protegerse de la repercusión, del juicio o de las represalias que las ideas pueden suscitar. También ofrece la posibilidad de evitar la vergüenza o la represión social que podía tener en ciertas épocas haber escrito sobre temas controvertidos.
Pero el anonimato, sobre todo, permitió a muchas mujeres escribir; otorgaba la posibilidad de ser leída y escuchada en una época en la que a las mujeres nadie nos prestaba atención. Les permitió ser tomadas en serio: mientras que los hombres nos narraban grandes batallas y acontecimientos históricos, que las mujeres escribieran sobre bailes, romances y la familia no se consideraba importante. Cuanto más éxito tuviera un libro escrito por una mujer, más dura era la crítica que recibía. ¿Quién querría exponerse a eso?
Y no digo nada de esto como algo positivo, ¿cuántas grandes escritoras existieron cuyo nombre es desconocido? ¿Cuántas se han perdido en el abismo del olvido porque los textos sin autoría no trascienden generalmente del mismo modo que los que sí la tienen? ¿Cómo no firmar como Anónimo si no hacerlo podía implicar perder tu propia vida? Y es que hay una cosa clara, muchas mujeres eligieron renunciar a la autoría de sus libros antes que enfrentarse al escarnio público y al señalamiento por ser mujeres y escritoras.
Antes os hablaba del comentario que recibí al subir una publicación sobre literatura escrita por mujeres. Siempre que comparto algo en redes sociales (aunque parezca un poco absurdo), paso un buen rato pendiente del teléfono por si recibo algún comentario desagradable. Y, como digo, puede parecer una cosa muy tonta, pero siempre me da cierto respeto que mis opiniones residan permanentemente en internet, con mi cara y mi nombre. De hecho, me genera un cierto nerviosismo que estéis leyendo estas palabras con mi nombre escrito en la cubierta.
Así que sí. Puedo decir, igual que hizo Virginia Woolf, que Anónimo es nombre de mujer. Es el nombre de las que no pudieron firmar sus obras por temor a que se las juzgara por su opinión. Es el nombre de las que no pudieron firmar sus obras por vergüenza. Es el nombre de las que aunque firmaran sus obras un grupo de hombres hizo que su autoría se perdiera. Es el nombre de las que no pudieron firmar sus obras porque los estudios para determinar la autoría de sus textos no tienen perspectiva de género. Es el nombre de las que no pudieron firmar sus obras porque la sociedad de su época hizo que se cuestionaran a sí mismas. Es el nombre de muchas y es el nombre de todas nosotras.
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BY A LADY
Si hay un caso destacable de anonimato es el de Jane Austen. Fue una autora británica que escribió seis novelas, pero ninguna vio la luz firmada con su nombre mientras vivió. Austen, que actualmente se ha convertido en un referente literario y en un icono cultural, fue completamente desconocida en vida.
Su primera obra publicada, Sentido y sensibilidad, no fue firmada, sino que en ella aparecía la fórmula de By a lady, «por una dama». De este modo, Jane Austen podía reivindicar que era una mujer y que era escritora, pero sin exponerse públicamente. El resto de sus libros publicados en vida —Orgullo y prejuicio, Mansfield Park y Emma— tampoco llevaban su nombre, solamente hacían referencia a sus otros libros: por la autora de Sentido y sensibilidad, por la autora de Orgullo y prejuicio…
Solo se conoció su identidad tras su temprano fallecimiento en 1817. Su hermano Henry publicó sus otras dos novelas —La abadía de Northanger y Persuasión— con una nota biográfica:
Las siguientes páginas son la producción de una pluma que ya ha contribuido en gran medida al entretenimiento del público. Y cuando el público, que no ha sido insensible a los méritos de Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio, Mansfield Park y Emma, debe ser informado de que la mano que guio esa pluma se está pudriendo ahora en la tumba, tal vez un breve relato de Jane Austen será leído con un sentimiento más amable que la simple curiosidad.
¿Por qué Jane Austen nunca firmó sus libros?
Para contestar a esta pregunta, tenemos que empezar por entender la Inglaterra en la que Jane Austen nació, vivió y murió.
Nació en Hampshire en 1775, en la época georgiana, en una familia de ocho hermanos que pertenecía a la burguesía agraria.
Época georgiana: abarca de 1714 hasta 1830-1837. Es una época de cambios con la revolución agraria, la expansión británica y las guerras napoleónicas. También se experimenta un resurgimiento de la cultura centrado en la literatura, en que la novela comienza a cobrar más peso.
La educación de la mujer no estaba extendida en aquella época, pero su padre, un párroco anglicano, se dedicaba a impartir clases a muchachos. En cambio, a las chicas de clases más altas se las instruía en los oficios y talentos que las convertirían en buenas esposas. Gracias a la correspondencia de Jane Austen sabemos que ella era una ávida lectora, una cosa poco común entre las mujeres de la época. Sus inquietudes literarias la acompañaron desde muy joven. Escribió su primera novela, La abadía de Northanger, en 1798, y fue vendida unos cuantos años más tarde, después de que Sentido y sensibilidad viera la luz, por diez libras a una editorial. Tras la muerte de la escritora, Henry la compraría y publicaría de nuevo.
El papel de la mujer en su época era ser esposa y madre, y, aunque ya había algunas mujeres instruidas, ser escritora no podía concebirse todavía como una profesión accesible para nosotras. Jane Austen fue víctima de todo ello y detrás de su anonimato estaba la necesidad de protegerse de las críticas sociales y de mantener su privacidad.
Todas las novelas de Austen reflejan las costumbres sociales de su tiempo, y hablan sobre el amor y sobre la educación de las mujeres con el trasfondo de las relaciones entre la clase media y alta.
Fue una gran retratista de la época en la que vivió y de la parte de la sociedad que conocía y en la que se desenvolvía.
A pesar de que todas sus historias tienen finales felices y de que en algunas de ellas nos deja ver partes más inspiradas en su vida (la relación de las hermanas Jane y Elizabeth Bennet podría tener su origen en la buena relación que la autora tenía con su hermana Cassandra), Jane Austen nunca se casó.
Como hemos visto, aunque la autora perteneciera a una familia acomodada, la figura de la mujer seguía supeditada a la del hombre y el matrimonio se erigía como centro de la vida de estas, de ahí que este fuera un tema predominante en la obra de Austen. Existen múltiples teorías que han intentado dar respuesta a por qué una mujer de su clase social no se casó, pero quiero plasmar la que a mí me parece más plausible, la cual, además, se relaciona en gran medida con los motivos que pudieron llevar a la autora a vivir escondida tras su anonimato. David Lassman sugiere que Jane Austen estaba comprometida con su trabajo y que amaba la escritura. Si se hubiera casado, su marido no le habría permitido desarrollar su actividad artística, ya que en el siglo XVIII-XIX el papel de la mujer se limitaba a las labores del hogar y las obligaciones conyugales. Se cree que tuvo algunos pretendientes desconocidos y que su «enamoramiento» más famoso fue con Thomas Lefroy, pariente de una amiga al que conoció en un viaje, pero del que se esperaba que se casara con alguien de una clase social más alta y con más recursos que la escrito
