PRÓLOGO
Los domingos por la mañana era nuestro momento familiar más esperado. Mi padre, que trabajaba a destajo de lunes a sábado para mantener a su familia, disfrutaba charlando con mi madre y sus tres hijos mientras alargaba el desayuno hasta el mediodía. Recuerdo perfectamente el impacto que tuvo en mí la primera vez que nos habló abiertamente de la muerte; en concreto, de la suya. «Quiero que sepáis que he decidido incinerarme, y quiero que arrojéis mis cenizas a la Ría». Nos quedamos mudos y preocupados. «Pero ¿estás bien, papá?». «Sí, sí, pero quiero que sepáis por mí cuáles son mis últimos deseos, para que no tengáis dudas a la hora de despedirme». Nos asustó bastante esa conversación, aunque mi padre consideraba que hablar de la muerte con naturalidad era algo muy necesario. «No quiero esquela, no quiero flores, no quiero misas, no quiero a nadie de luto, y espero que os peguéis una buena comilona a mi salud. Y luego me echáis a la Ría». Trabajaba en unos astilleros desde los dieciséis años y amaba y respetaba profundamente el mar. Y allí quería descansar por toda la eternidad.
Hablar de la muerte nos ayudó muchísimo a afrontar su prematura pérdida a los cuarenta y seis años de edad. La hoja de ruta que había trazado entre cafés y tostadas fue la brújula que nos permitió transitar el duelo. Mi madre tenía cuarenta y cuatro años cuando perdió al amor de su vida, y yo acababa de cumplir los veinte. Aprender a vivir sin mi padre no fue fácil para nadie. Ojalá hubiera conocido entonces a mi querido amigo Dany Blázquez. Visitar a un psicólogo en 1994 no estaba bien visto.
Un año después de la muerte de mi padre, en casa se respiraba una sensación de cierto alivio e íbamos levantando cabeza poco a poco. Todo encuentra su lugar, como bien se describe en estas páginas. Pero la vida nos tenía preparado un giro terrible. Mi hermano pequeño falleció a los dieciocho años, y nos dejó a todos completamente rotos. Nuestra familia de cinco miembros quedó reducida a tres supervivientes en tan solo un año. Devastador. Inenarrable. Mi familia y yo vagamos durante largo tiempo sin consuelo posible, a la deriva y en total oscuridad. Todos tenemos lagunas de aquella época.
Oculté durante décadas la existencia de un hermano muerto. Cada vez que pensaba en él, me faltaba el aire, me ahogaba, literalmente. De nuevo tratamos de salir adelante sin herramientas, sin hablar de lo ocurrido, escapando de la pérdida, sin hacerle un hueco al dolor. Craso error.
¿Cuántas personas huyen del malestar que suponen las pérdidas creyendo que el tiempo lo cura todo por sí solo? ¿Cuántas vidas infelices caminan sin rumbo por no haberle dado espacio a su dolor? ¿Cuántos vacíos por duelos no transitados se tratan de llenar con adicciones diversas? Por desgracia, son incontables. Me emociona y reconforta formar parte de este proyecto tan necesario como es Hazle un hueco al dolor. En una sociedad cada vez más sobreprotectora y anestesiada, este libro nos invita a perderle el miedo al sufrimiento, a encarar el dolor para no renunciar, paradójicamente, a volver a vivir momentos felices.
Dany Blázquez está a punto de sumergirte en un texto que te cambiará la vida. La vida duele, a veces, de manera insoportable. Pero hablar de la muerte, de las pérdidas, de las rupturas, hacerle un espacio al dolor, aunque pueda parecer contradictorio, lo vuelve más soportable. Lo he aprendido con este libro, y la persona más valiente que conozco, mi madre, me lo recuerda cada vez: «Por increíble que parezca, por terribles que hayan sido los golpes, a pesar del vacío y del más oscuro de los pozos en los que te hayas quedado atrapado, se puede volver a ser feliz». Ojalá este libro arroje mucha luz y esperanza a aquellas personas que más lo necesitan.
Te invito, como Dany, a descongelar tus duelos y atravesar tu dolor para conectar con la esperanza y volver a vivir.
CARLOTA CORREDERA
INTRODUCCIÓN
Una de las primeras verdades que comparto con mis pacientes cuando llegan a consulta tiene que ver con lo decepcionante que resulta a veces iniciar un proceso terapéutico. Y no es un camino desalentador porque sea complicado trabajar ciertas demandas o porque no se puedan lograr los objetivos. Tampoco por las dificultades que conlleva poner en pie un relato doloroso y que, en muchas ocasiones, conecta con una vulnerabilidad que no conocías. Todo eso es cierto. Hay demandas muy complejas de solventar y objetivos casi utópicos; el precio de las sesiones puede llegar a ser un problema para muchas personas que, simplemente, tienen una vida normal, con un sueldo medio y un alquiler desorbitado; y la narrativa de los hechos que componen una vida es, muy a menudo, un puzle complejo de armar por su dureza y porque te devuelve una imagen que llevabas años tratando de ocultar bajo la tentadora mirada de la ignorancia.
Visitar la consulta de un psicólogo puede resultar decepcionante cuando aquello que buscas no es más que la anestesia emocional. Porque sufrir es muy doloroso, agotador, frustrante, te devora todas las fuerzas y te deja sin aliento. Porque, en ciertos momentos, llenar la caja torácica de aire se convierte en todo un desafío y duele como si estuvieras cargando demasiados kilos. Porque sientes que te incapacita para casi cualquier cosa, desde comer hasta quedar con un buen amigo, pasando por la agotadora sensación de no poder salir de la cama. Porque piensas que se te han acabado las lágrimas y ya no te queda forma humana de sacarte el dolor de dentro. Porque te lo quieres extirpar como si fuera un cáncer que envuelve cada rincón de tu cuerpo y porque todas estas sensaciones emborronan cualquier esperanza de cambio, avance o mejoría. Porque el camino que todos a tu alrededor tratan de dibujarte no existe, o no parece que exista, y porque el cartel de SALIDA hace mucho tiempo que dejó de brillar y ahora no sabes ni en qué dirección caminas, si es que te quedan fuerzas siquiera para eso. Lo sé porque lo he vivido, igual que tú.
En esos momentos, la misma vida que antes transitabas con normalidad se vuelve imposible, cuesta arriba y absolutamente desconocida. ¿Cómo podías antes hacer todas esas cosas, incluso disfrutarlas? ¿Qué hay de tu yo más genuino, de la sonrisa perdida y del brillo en los ojos? ¿Cómo es posible que no te quede amor para dar, que seas incapaz de volver a sentir ilusión o alegría? ¿Cómo puedes seguir vivo si apenas has comido en días? ¿Qué ha pasado contigo? ¿Dónde estás? Ni siquiera eres capaz de encontrarte en el espejo. En él ves una versión ausente de ti mismo, un cuerpo inerte, sin capacidad para reaccionar y cuyo corazón late con un susurro casi imperceptible. Cómo no vas a querer anestesiarte, si lo bueno ya no lo sientes y lo malo lo sientes entero.
Por supuesto que puede resultar decepcionante llegar a una consulta de psicología y que te digan que aquello no va de dejar de sentir el malestar, sino de conectar con todo ese dolor, entenderlo, experimentarlo y regularlo para que deje de ser incapacitante. Tu expectativa se hace añicos en cuestión de segundos y, lejos de salir del confinamiento emocional, se te invita a experimentarlo como si eso fuera mínimamente apetecible. Y no, no apetece nada. Pero uno de los principales deberes del terapeuta es hacer entender a la persona que tiene delante que ese es el camino de la liberación. Parece paradójico, y lo es, porque, aunque no se trate de evitar el malestar sino de procesarlo, resulta tremendamente liberador hacerlo.
Si me permites un paralelismo simplón y algo absurdo, te diré que transitar el malestar es como hacer deporte: puede ser costoso, desagradable y requerir un gran esfuerzo, pero la sensación inmediatamente posterior es muy placentera. Te aseguro que enfrentarse a la incomodidad en determinadas circunstancias vale la pena cuando el objetivo final es volver a respirar. Sí, necesitas sudar si quieres ver tus abdominales marcados bajo la piel, igual que necesitas experimentar las emociones que tu cuerpo está demandando para dejar de sentir el corazón en un puño.
Y de eso, precisamente, va este libro. Sé que todavía no he mencionado la palabra mágica, ese proceso psicológico por el que muy probablemente estés pasando y la razón por la que este libro ha caído en tus manos. Todavía no lo he hecho porque, aunque en las siguientes páginas voy a tratarlo de forma específica, en realidad este libro habla de encontrarle un espacio al malestar, de hacerle un pequeño hueco a eso que nos toca la herida y nos hace daño, a esa incómoda sensación que no se marcha por mucho que le demos la espalda. Yo también he vivido mi propio proceso de liberación a través de hallarle ese huequito al dolor, de integrarlo como parte de mi naturaleza humana, y he sentido el descanso profundo que supone dejar de luchar por evitar algo de lo que no puedo escapar.
Tengo miedo, no te mentiré. No es fácil enfrentarse a una página en blanco, y mucho menos cuando tu objetivo es ocuparla con conocimiento útil y valioso para aquel que la sostenga con sus manos unos meses más tarde. Te confieso que uno de mis temores es no sentirme a la altura de las circunstancias, lo que me sirve para confirmar que está todo bien, que siento aquello que me corresponde sentir. Si no experimentara este vértigo, probablemente habría dejado la humildad y la honestidad muy lejos de mí, y eso no me permitiría escribir desde el corazón y tratar de transmitirte lo poquito que sé; que no por ser poco es menos valioso. Es probable que haya personas más preparadas que yo para hablar de esto y, aun así, no osen enfrentarse a esta página en blanco. Mi objetivo es conceptualizar, explicar y hacer más amable un proceso psicológico por el que has pasado, estás viviendo y probablemente volverás a experimentar unas cuantas veces más hasta el final de tu vida.
Este libro no es un libro de autoayuda, aunque estoy seguro de que lo encontrarás en esta sección de muchas librerías. No pretendo que lo utilices para autoayudarte. Sí, puede que te ayude, ojalá, pero siempre te animaré a que te acompañes de aquellas personas que te permitan caminar bien erguido, o de los profesionales oportunos en su caso. Tampoco es un libro de terapia, aunque quizá te resulte terapéutico leerlo. Este libro no sustituye un proceso terapéutico, por eso es importante para mí animarte a que —si tu dolor o tu malestar es muy incapacitante y desbordante y sientes que no puedes continuar tú solo o sola— busques a un profesional de la psicología para que te acompañe en esta travesía. Déjate coger de la mano y encontrarás la manera de sobrevivir. No es un libro teórico sobre el duelo, aunque me apoyaré en bases teóricas y científicas todo el rato. Este libro tan solo te permitirá entender mejor lo que te pasa y por qué te pasa, para que integres el sentido y la función de tus emociones, para que no escapes de aquello que, en el fondo, te mantiene vivo, para que busques dentro de ti la manera de sentirte más conectado contigo mismo y para que el camino te sea un poco más agradable.
No te contaré ningún gran secreto en estas páginas. Puede que muchas de las cosas que leas a continuación no las conocieras con anterioridad y quizá descubras una nueva manera de habitar en esta vida, pero no quiero engañarte con eslóganes tramposos ni métodos milagrosos. Tampoco esperes que utilice terminología o conceptos psiquiátricos que suenan superatractivos, no voy a patologizar problemas normales, y mucho menos emociones naturales, y tampoco usaré etiquetas diagnósticas ni ideas simplistas para vender más. Conozco las reglas del juego, y asumo algunas de ellas para poder materializar este libro y permitir que llegue a tus manos en este formato, pero que la industria no cuente conmigo para encapsular y estigmatizar aquello que nos hace humanos solo porque así es más fácil de vender.
Como comprenderás, en estas páginas es imposible abarcarlo todo, y tampoco lo sé todo. De hecho, puede que ni siquiera la comunidad científica lo sepa todo sobre el duelo a día de hoy. Por eso mi propósito con este proyecto es humilde y ambicioso al mismo tiempo. Quiero hacer una aproximación teórica que te resulte útil y que te sirva para encajar y reubicar el dolor en aquel espacio que te permita vivir. Voy a hablar de eso que sientes para que comprendas desde qué lugar aparece y con qué razón, pero, sobre todo, cómo puedes utilizar lo que te pasa para convertirlo en algo que quepa dentro de ti, para que dejes de sentir que es superior a tu propia
