Las leyendas más terroríficas de España

Rubén Fernández

Fragmento

1. El Cortijo Jurado

Posiblemente sea uno de los lugares más embrujados y perturbadores de toda la geografía española. Asentado en una colina que domina el paisaje de Campanillas, se alza el Cortijo Jurado, un caserío neogótico que en otro tiempo simbolizó el estatus de las familias más poderosas de Málaga, los Heredia y los Larios.

La fama de este lugar se debe tanto a su valor histórico como a las leyendas que lo rodean, entre las que figuran desapariciones, supuestos rituales satánicos y jóvenes muertas que aparecieron a la orilla del río que recorre el municipio.

Todas esas historias, que aún hoy atraen a curiosos e investigadores, comenzaron a mediados del siglo XIX. Por aquel entonces, en la década de 1830, la familia Heredia, uno de los linajes más acaudalados de la ciudad malacitana, decidió levantar la finca con el propósito de convertirla en una hacienda agrícola, una residencia de descanso, un lugar que simbolizaría la prosperidad de una estirpe riojana que había hecho fortuna con la Revolución Industrial.

La tradición popular sostiene que, tras la muerte del patriarca Heredia, comenzaron a producirse desapariciones de chicas jóvenes en la zona, entre 1890 y 1920. Los cuerpos de algunas de ellas aparecieron junto al río Campanillas, no muy lejos del cortijo. Según las crónicas orales, mostraban signos de tortura, vejaciones sexuales y marcas de carácter satánico.

La voz del pueblo señaló a los Heredia como presuntos responsables. Los vecinos alegaban que habían asesinado a aquellas chicas tras adoptar e importar prácticas satánicas provenientes de familias de la alta burguesía inglesa y francesa, con las que mantenían una amistad. De esta acusación vox populi nunca se llegaron a presentar pruebas concluyentes, y se consolidó más como rumor que como hecho comprobado.

Durante años, hubo un sinfín de habladurías en torno a este asunto. Se decía que llevaban a las víctimas por túneles subterráneos hasta el río, y que en los sótanos del Cortijo Jurado se ocultaban máquinas de tortura que databan de tiempos de la Inquisición.

El relato colectivo se nutrió con testimonios como el de Manuel Martín, un joven que en 1942 afirmó haberse adentrado en uno de los pasadizos del cortijo. El chico halló una sala con restos óseos y viejos artefactos para infligir dolor y huyó presa del pánico. Lo curioso es que mantuvo esa misma versión hasta su muerte. De nuevo, nadie pudo verificar sus palabras, pero su historia se sumó a la leyenda negra del lugar.

Es cierto que la edificación cuenta con sótanos y pasadizos a los que se puede acceder por el interior del caserío. Sin embargo, ya no pueden recorrerse porque los cimentaron con un muro de hormigón en torno a 1950. Los más ancianos del lugar explican que uno de esos recorridos posiblemente conectara, a través de 2 kilómetros, con el Cortijo de Colmenares, antigua residencia de los Larios construida en el siglo XVIII y que hoy en día es el actual Club de Golf Guadalhorce.

Ilustración de la fachada de un edificio alto con varias ventanas y balcones de diferentes formas distribuidos a lo largo del muro; en un balcón situado en la parte superior izquierda, una persona de cabello corto y claro se asoma al exterior apoyada sobre la barandilla y dirige la mirada hacia abajo; alrededor de la fachada se extienden bandas ondulantes que evocan niebla o humo y envuelven parcialmente el edificio, mientras las ventanas inferiores permanecen abiertas y oscuras.

El Cortijo Jurado ha pasado de mano en mano a lo largo del siglo XX. En 1925, la presión económica y una mala racha obligó a los Heredia a venderlo a los Larios. Nuevas ventas posteriores hicieron que lo habitaran los Quesada, un médico vallisoletano, y en 1975 lo adquirió la familia Vega Jurado, con cuyo apellido se bautizó al caserío.

En la actualidad

En el año 2000 lo adquirió un grupo empresarial que planeaba transformarlo en un hotel de lujo. Las obras comenzaron, pero el proyecto quedó abandonado entre rumores de encantamientos. Varios trabajadores de la obra aseguraron ver presencias de niñas en los ventanales y algunos de ellos llegaron a caer en profundos orificios no identificados del terreno, lo que reafirmó la teoría de que algo oscuro y no amigable se ocultaba en aquella casa.

Las malas energías asociadas al Cortijo Jurado también parecieron alcanzar a un equipo de rodaje que se propuso adaptar allí un relato de H. P. Lovecraft en el que tres ladrones irrumpían en la casa de un anciano. Sin embargo, tras la primera noche de grabaciones, comenzaron a sucederse hechos difíciles de explicar. Un actor sufrió una caída por el hueco del ascensor de su vivienda y un niño que participaba en el corto permaneció cuatro meses hospitalizado a causa de una enfermedad repentina. Además, las baterías de las cámaras se agotaban a mucha velocidad y sin motivo aparente mientras trabajaban en el lugar. Lo más extraño de todo fue que, durante la fase de edición, las imágenes llegaron a borrarse del disco duro hasta en cinco ocasiones.

El halo de misterio que rodea al edificio ha atraído a innumerables curiosos e investigadores de lo paranormal a lo largo de los años. Según ellos, oyeron golpes en las paredes, vieron figuras etéreas que aparecían y desaparecían y grabaron psicofonías especialmente claras en la zona del patio, en las que las presencias afirmaban estar enterradas a varios metros de profundidad.

Aquelarres secretos, dos brotes de peste, un clima de miedo colectivo y la maquinaria de la Inquisición desplegada con toda su fuerza. Zugarramurdi, un pueblo de la Comunidad Foral de Navarra, fue escenario a comienzos del siglo XVII de uno de los juicios por brujería más conocidos de la historia.

Los hechos se remontan a finales de 1608. María Ximildegui regresaba a su casa en Zugarramurdi tras cuatro años en Francia trabajando como sirvienta. La joven narró que allí, en territorio galo, una amiga la introdujo a unas reuniones que se celebraban en la playa, donde todo parecían bailes y risas hasta que la obligaron a renegar del cristianismo. Entonces descubrió que aquellos encuentros eran en realidad aquelarres.

María sufrió durante más de año y medio el tormento de permanecer atrapada en ese mundo. Los remordimientos socavaron su salud hasta que cayó enferma. Sin médico que pudiera curar su dolencia, se refugió en un sacerdote de Hendaya, que la ayudó a confesarse y liberarse del demonio. Pero la cosa no acabó ahí. María aseguró que durante su estadía en aquel comité diabólico había viajado a Zugarramurdi para participar en asambleas de brujas, junto a vecinas cuyos nombres citó sin dudar; entre ellos, el de María de Jureteguía.

La señalada protestó indignada, aunque en un careo con Ximildegui cedió ante la presión del relato. María se desmayó y, al recobrar la conciencia, confesó que también era bruja. Su testimonio se amplió después ante fray Felipe de Zabaleta, monje del monasterio de Urdax que ejercía como párroco en Zugarramurdi. El religioso la perdonó a cambio de que la hechicera se arrepintiera públicamente en su iglesia, lo cual desató un clima de histeria colectiva en el municipio navarro.

Los vecinos comenzaron a hablar de visiones nocturnas de brujos y brujas. La histeria fue tal que se asaltaron las casas de los acusados de realizar artes mágicas para encontrar niños supuestamente desaparecidos en la frontera pirenaica. El miedo se propagó como un reguero de pólvora y, en apenas unos meses, nueve personas confesaron haber practicado brujería, y algunas incluso aseveraban haber enseñado magia negra a sus hijos. En los primeros días de 1609, todas ellas se arrodillaron en la iglesia, delante de sus convecinos, para reconocer públicamente su culpa y solicitar el perdón. Zugarramurdi parecía recuperar la calma, aunque no por demasiado tiempo, ya que el eco de aquellas confesiones no tardó en recorrer salones y pasillos eclesiásticos.

El abad del monasterio de Urdax, fray León de Araníbar, preocupado por la avalancha de acusaciones y retractaciones, dio parte al Santo Oficio. Pronto se presentaron en la zona dos comisarios de la Inquisición, que recabaron testimonios durante seis meses. Casi todos los inquisidores de Madrid recibieron los informes con escepticismo, pero enviaron a un visitador para aclarar la situación. Se trataba de Juan del Valle Alvarado, jurista convencido de la realidad de la brujería y alarmado por los casos que se multiplicaban tanto en Francia como en su país.

Con él arreciaron las denuncias. La Inquisición garantizaba el anonimato a los delatores, lo que fomentó los señalamientos y sembró un clima de acusaciones continuas entre convecinos, que iban desde volar sobre escobas o transformarse en animales hasta pactar con el demonio y arruinar cosechas. Al final, el tribunal inquisitorio de Logroño procesó a treinta y un acusados.

En medio del proceso, dos brotes de peste asolaron Logroño y su comarca, y acabaron con casi la mitad de los encausados. Los médicos no entendían la rapidez de los fallecimientos y los inquisidores más inflexibles, Becerra Olguín y Juan del Valle, lo atribuyeron al diablo, que acudía de noche a poseer a las brujas y silenciarlas.

El tercer inquisidor, Alonso de Salazar, era mucho más escéptico y ponía en duda algunos testimonios de niños y adultos, que catalogó como más fantasiosos que reales. La decisión del tribunal, con dos votos frente a uno, fue firme. Dictaron once sentencias de muerte, cinco de las cuales ya correspondían a personas fallecidas por la peste.

Otros diecinueve confesos sufrieron penas de cárcel y confiscación de sus bienes. El 7 de noviembre de 1610 se celebró el solemne auto de fe en Logroño, con más de treinta mil asistentes llegados de toda la región y del sur de Francia. Los acusados desfilaron con sambenitos y corozas pintados con símbolos de llamas y demonios. Los condenados fueron ejecutados públicamente en lo que se consid

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