Este libro y este autor
Este libro es precuela del mío anterior, Crónica de la Transición (2009), que retomaba fundamentalmente mi trilogía, El dilema (1978), Los silencios del Rey (1979) y Sábado Santo rojo (1980). En esa crónica, que principiaba con todas las peripecias que rodearon el asesinato del presidente Carrero, se recogía en realidad un corto período de tiempo: desde 1974, con un Franco enfermo y graves interrogantes ante el futuro, hasta abril de 1977, cuando se produce la legalización del Partido Comunista. Son poco más de tres años en los que España metaboliza una revolución política desde la cerrazón de la democracia orgánica hasta las elecciones por sufragio electoral.
Y ahora he retrocedido casi cuarenta años en la Historia para situarme en el momento en que el general Franco pone el pie en el aeródromo de Sania Ramel, en el Tetuán de las primeras horas del 19 de julio de 1936, para realizar un largo recorrido que desemboca en la madrugada del 20 de noviembre de 1975, con el ligero embalsamamiento de su cadáver en una desierta planta del hospital de La Paz en Madrid. Son 39 años, 4 meses y un día.
Y para escribir sobre asunto histórico de tal magnitud en el tiempo, he procurado imprimirle enfoques diferenciados con la búsqueda de ángulos, personas o situaciones que han sido poco atendidas por historiadores. A la documentación rigurosa acopiada durante muchos años, sumo mis experiencias personales con docenas de personajes que desempeñaron ministerios o altos cargos durante distintas épocas del franquismo, también con personas alejadas del Régimen, además de mi cercana observación como periodista a cualquier acontecer de alguna relevancia en los años sesenta y setenta del pasado siglo.
El Reino de Franco es el título que obedece al pie de la letra a lo que fue durante casi tres décadas España, por empeño del mismo Franco: un reino según la Ley de Sucesión que sometió a referéndum en 1947 y que los españoles aceptaron por abrumadora mayoría, tras una atosigante campaña a favor del sí. Era un reino sin rey, pero con un jefe del Estado que tenía la potestad de decidir quién sería ese rey que le sucedería a su fallecimiento. Por tanto, la España de Franco no era una república, ni una monarquía ni una regencia y no quería reconocerse como una dictadura, sino que se definió como un reino en el que reinaba de hecho y de derecho, de manera absoluta, un Caudillo o Generalísimo con vocación de ejercer el poder de manera vitalicia, para después instaurar una monarquía con titular elegido por su persona entre unos príncipes de características específicas que, en realidad, solo cumplían cuatro: don Juan de Borbón y su hijo don Juan Carlos, además de los primos de este, don Alfonso y don Gonzalo. Porque a don Carlos Hugo, aspirante por la rama carlista, le faltaba un requisito esencial: ser español. Para cuando se promulgó la Ley de Sucesión, Franco no estaba seguro de si debería designar al sucesor natural, don Juan de Borbón, heredero de Alfonso XIII, y por eso maquinaba ya el educar a su hijo como alternativa para que pudiera ser el futuro rey de España. El porqué de la elección de don Juan Carlos es una de las tramas fundamentales que se desarrollan en las más de doscientas veintiséis mil palabras siguientes. En cualquier caso, eso de que España era un reino en tiempos de Franco era simple letra legal que nadie utilizaba. No existía membrete oficial alguno que dijera Reino de España. Era el Estado español, cuyo jefe era Franco, que sería también jefe del Reino, denominación que a nadie se le ocurrió mentar nunca. Se aludía al Régimen para referirse al sistema gobernante y, desde los antirrégimen, al franquismo. Y, oficialmente, la denominación en acuerdos o tratados era el Estado español.
En este libro se utiliza el término franquismo, vocablo que fue tabú para los franquistas como referencia al Régimen. Franquismo y franquistas eran definiciones utilizadas despectivamente por la izquierda y la oposición liberal. Y, personalmente, sin ningún ánimo peyorativo, creo que es la voz más ajustada para definir un sistema estrictamente informado por la impronta de un hombre y su carisma, que llega a desdibujar la contundencia definitoria de cualquier ismo, incluido el fascismo, término habitualmente más socorrido para aludir a la dictadura, principalmente por los antifranquistas. El lento paso procesional desde la camisa azul al terno tecnocrático hasta llegar a un Acuerdo Preferencial con el Mercado Común europeo, distorsiona los principios inspirados en Mussolini, que no en Hitler, para quedar en un sistema autocrático acomodaticio con la pluralidad ideológica que, dentro de la disciplina del Régimen, coexistía belicosamente en su seno: falangistas, tradicionalistas, miembros de una Acción Católica obediente a la jerarquía eclesiástica, técnicos o tecnócratas del Opus Dei o sin adscripción a ese Instituto Secular y monárquicos con duplicidad en la devoción: hoy a Franco, mañana al rey. Eran las que se llamarían «familias» del Régimen que, dentro del Movimiento Nacional, se suponían bien avenidas, pero que se peleaban encarnizadamente por parcelas de poder.
El franquismo es una larga historia de evolución dentro de un orden político inamovible en la doctrina, que está en período constituyente hasta que se vota en referéndum la Ley Orgánica del Estado en 1966, que sería la séptima y última de las Leyes Fundamentales que edificaron la estructura constitucional del Régimen. Pero lo que en las leyes era inmutable por ser esencia del espíritu franquista, la presión social, no violenta, hacía evolucionar la convivencia y lo que llegó a permitirse en los primeros años de los setenta era inconcebible que se hubiera tolerado en los cuarenta. Por poner un ejemplo: en los años cuarenta se multaba en las playas por la ausencia de minifaldas sobre los trajes de baño femeninos y de camiseta en los hombres. En los últimos años sesenta el biquini superaba como uniforme playero a los bañadores de una pieza. España cambiaba con naturalidad en el terreno convivencial. En lo político, sin embargo, la pena de muerte siguió vigente durante todo el franquismo. Al principio, hasta 1945, a un ritmo frenético desde 1939. Después de esa fecha, la cadencia fue bajando ostensiblemente y acabó en un menudeo, no menos dramático, hasta terminar con el fusilamiento de cinco anarquistas en el campo de la Bota de Barcelona, acusados de asesinatos de policías y atracos, en 1952. Después, en la década de los sesenta, el comunista Grimau, los anarquistas Granados y Delgado y en los setenta, Puig Antich, hasta terminar en 1975 con la ejecución a balazos de tres etarras y dos miembros del GRAPO.
En muchos sentidos, el franquismo era biodegradable. Fue duro en su rigidez doctrinal, pero no podía impedir que el cuerpo social creciera y que algunas hechuras reventasen. La mojigatería sexual de la mujer se desinhibió a finales de los sesenta con los anticonceptivos así como el turismo acabó con los trajes de baño de una pieza y con faldita. La censura era rígida, pero se le colaron películas como Bienvenido Mister Marshall en 1953, o más clamorosamente, El Verdugo, diez años después, ambas de Luis García Berlanga, porque no había en ellas erotismo, pero sí amarga desilusión política y popular en la primera y crítica ostentosa a la pena de muerte en la segunda. La censura de Prensa, nacida de una Ley de Guerra, estuvo vigente hasta 1966 y terminó con otra ley menos restrictiva, entre suspensiones y multas, pero con una tolerancia mayor que en los veintisiete años transcurridos desde el final de la Guerra Civil.
El franquismo tuvo una evolución lenta y una explosión desarrollista en los años sesenta que permitió el establecimiento de amplias clases medias, el acceso del proletariado al automóvil, el auge en la lectura medido por la proliferación de editoriales, lo que llevó a los españoles a un «estar» acomodaticio, con cierto miedo al futuro sin Franco en líneas generales, pero, como se demostraría tras la muerte del Generalísimo, la sociedad iba por delante de las leyes. Tanto, que por eso aprobó con naturalidad la transición política a la democracia el 18 de noviembre de 1976, a solo un año menos dos días de que el Caudillo fuera sepultado en la basíli- ca menor de Santa María del Valle de los Caídos.
Como autor de esta obra, debo mostrarme con algunos datos más de los que aparecen escuetamente en la solapa del libro. Empecé la profesión escribiendo artículos en diversas revistas y diarios hasta que recalé como colaborador con artículos literarios y políticos en el diario Madrid, que había sido adquirido a la familia del periodista Juan Pujol, irreversiblemente enfermo, por una heterogénea sociedad denominada Fomento de Actividades Culturales, Económicas y Sociales (FACES) en 1962, en la que participaban desde falangistas muy enraizados como el abogado del Estado, Luis Valero Bermejo, hasta liberales como Nicolás Utgoiti, hijo del propietario del mítico diario El Sol. El presidente de la sociedad era Luis Valls Taberner, que ocupaba la vicepresidencia del Banco Popular Español, aunque en realidad era el hombre fuerte de la entidad financiera. En 1964 tuve oportunidad de ser enviado especial en Nueva York y pasé allí el mes de diciembre enviando crónicas sobre la vida y política de la megaurbe. En 1965, como consecuencia de ese trabajo, me propusieron que plantease un largo viaje por el mundo para competir con otro que, al parecer, preparaba el diario Pueblo. Ese viaje, del que se decía que iría un equipo a lo Raymond Cartier de Paris Match, no se realizó. Pero el viaje que planteé ya había sido aprobado e iría yo solo y sin fotógrafo. El año 1965 era bueno informativamente en Oriente Medio y Asia y por allí discurriría mi ruta: veinte países, dos guerras (Cachemira y Vietnam) y una decena de jefes de Estado o de Gobierno entrevistados. Desde el Nilo hasta Alaska. En el camino encontré dos amigos que, como yo, habían estudiado en los jesuitas de Tudela: Manu Leguineche, en Calcuta, y Miguel de la Quadra Salcedo, de varios cursos superiores al nuestro, en Saigón. En el momento de nuestro encuentro, Miguel y yo éramos los dos únicos corresponsales españoles acreditados en Vietnam.
Vuelta a Madrid. Como a tantos periodistas de la época, la censura me molestaba y por eso prefería trabajar en temas de internacional, donde apenas se daban interferencias. Pero a unos meses de mi regreso, se aprobó la nueva Ley de Prensa e Imprenta, de la que oportunamente habrá cumplida referencia en este libro, y pensé en tantearla. Propuse a mi director, Luis González de Linares, realizar una encuesta sobre la monarquía, con ese título, e invitar a que participasen, a página entera, escogidas personalidades de las distintas «familias» del Régimen. La pregunta era sobre qué bases vendría la monarquía a España y resultaba en muchos casos incómoda. Pedí la primera opinión a Alberto Martín-Artajo, democristiano ex ministro de Exteriores, gran referente de la Acción Católica Nacional de Propagandistas y discípulo predilecto, entre los no eclesiales, del cardenal Ángel Herrera Oria. La encuesta creó inusitada expectación, y don Juan de Borbón era puntualmente informado por teléfono, por algún miembro de su Consejo Privado, de las extensas respuestas que cada semana se publicaban. El director del periódico recibía presiones del Ministerio de Información para que les adelantase las opiniones recibidas. Hubo que someter a consulta «voluntaria» el artículo de Ramón Serrano Súñer, al que le tacharon unas frases liberales y se presentó en el despacho del ministro Fraga hecho una furia. Afortunadamente el ministro no estaba. Arregló sus líneas y se le publicó su trabajo-respuesta. El falangista Labadíe Otermin se las vio y deseó para aceptar la monarquía, lo que haría con rigurosas condiciones de continuidad del Régimen. Muchas personalidades querían participar y aquello tenía trazas de resultar interminable y, algo que se presentaba como una gran novedad tras la nueva Ley de Prensa, corría el peligro de resultar tedioso. Grandes diarios internacionales daban cuenta del desarrollo de las diversas opiniones que se publicaban y hubo que cerrar apresuradamente la encuesta, que el diario ABC, entonces el primer diario nacional, despidió con grandes alabanzas y resúmenes de los encuestados.
Sería el 1 o el 2 de septiembre de aquel año 1966 cuando recibí una llamada de Pueyo, el secretario particular de Luis Valls Taberner, para citarme en el banco el día siguiente a la una de la tarde. El Popular tenía entonces la central en la madrileña calle de Alcalá con Cedaceros y allí estuve puntualmente en la planta séptima, que era la de presidencia. Pueyo me hizo pasar a la que parecía sala del Consejo de Administración, donde estaban reunidos el mismo Valls Taberner, sus compañeros del Opus Dei, Florentino Pérez-Embid y Hermenegildo Altozano, junto con Gonzalo Fernández de la Mora y el doctor Juan José López Ibor. Luis Valls, hombre de pocas palabras aunque de grandes realidades, me explicó que FACES había declinado la oferta de compra del periódico por un grupo capitaneado por Federico Silva, político destacado de la corriente democristiana y que había decidido entregar la presidencia y edición del periódico a Rafael Calvo Serer y que, dado que el profesor era lego en periodismo, me ofrecían que yo fuera su adjunto a la presidencia para asesorarle en los menesteres de ese oficio. Se abría una nueva época en el Madrid y aunque no me lo dijeron, supe que confiaban en mí por mis trabajos en el diario y supongo que por mi condición política de entonces como monárquico juanista. El diario Madrid se iba a politizar en la causa de don Juan. Todos los reunidos eran miembros de su Consejo Privado. Me dijeron que me pusiera en contacto con Calvo Serer y se me facilitó su teléfono porque yo apenas le conocía.
El 5 de septiembre visité a Rafael Calvo en su habitación de la residencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Me extrañó que no viviera en una casa del Opus Dei, como miembro numerario que era, pero al parecer gozaba de un permiso especial para no convivir con sus compañeros. Calvo estaba encamado por un estado griposo que le hacía carraspear con alguna frecuencia. Me dijo que deberíamos inaugurar su presidencia con fuerza y quería que al día siguiente se publicase un editorial rompedor: íbamos a informar y opinar al tiempo, en rigurosa exclusiva, sobre una nueva Ley Fundamental que se cocinaba: la Orgánica del Estado. Sería la primera vez que un periódico español se atreviera a desvelar los sigilosos trabajos de un texto legal en preparación y más, cuando, como en este caso, era particularmente excepcional porque iba a deslindar la Jefatura del Estado y la del Gobierno. Tomé notas, fui al periódico, escribí el editorial y se lo entregué al director para su consideración. Se publicó y fue un impacto de sorpresa en el ministerio. La nueva normativa vigente se puso a prueba y pudo más el sentido común de callar, que la tentación de multar.
A partir de entonces ocupé un despacho destartalado en una planta del diario donde solo estábamos Rafael Calvo Serer y yo como su adjunto. Casi todos los días me tocaba escribir un editorial —la opinión institucional del periódico— y a veces dos. En ocasiones con ideas o noticias de Rafael Calvo y otras de información y análisis míos. Cambió el director, Luis González de Linares, que seguía la línea literaria y amablemente burguesa del fundador del diario y fue a responsabilizarse de la revista Semana, a la que colocó en altas cotas de calidad y ventas y se hizo cargo del Madrid el hasta entonces redactor-jefe, José Manuel Miner Otamendi, con quien, cotidianamente, sobre las diez de la mañana, me tocaba negociar la publicación del o de los editoriales del día, porque él era el responsable de lo que el diario editase. Nos llevábamos muy bien y nunca tuvimos roces. La verdad es que yo trabajaba en una especie de limbo en el periódico: carecía de funciones ejecutivas, era el nexo entre la presidencia y la dirección, algo muy extraño, pero Calvo, al principio, no se prodigaba entre los periodistas y solamente se interesaba por la página de editoriales y artículos políticos de fondo. También yo hacía de nexo con FACES y, por las ocupaciones y viajes de Valls Taberner, visitaba al vicepresidente de la sociedad, que era el general auditor de la Armada y director-gerente del Banco Hipotecario de España, Hermenegildo Altozano, con quien trabé una sólida amistad. Mi trabajo con editoriales los salpiqué con algunos viajes como enviado especial. El más interesante fue el que cubrí en Atenas cuando el golpe militar griego de abril de 1967. Allí trabé relación con el ex director y corresponsal volante de ABC, Luis Calvo y pude escribir negativamente de un golpe militar contra la democracia sin que la censura, al tratarse de un país extranjero, se inmutara. También fue interesante una semana en Lisboa, cuando Salazar tuvo el ictus que lo tuvo hospitalizado y luego con merma intelectual. Aproveché para ser recibido por don Juan de Borbón en su casa de Estoril y le veía casi diariamente en el vestíbulo del hospital de la Cruz Vermelha cuando él iba a interesarse por su salud y yo a informarme para mis crónicas. En Lisboa tuve también ocasión de tener una muy extensa conversación con Pedro Sainz Rodríguez, personaje al que se aludirá varias veces en este libro.
El viaje a El Cairo, segundo para mí a esa capital en dos años, para cubrir la que parecía inminente guerra egipcio-israelí, resultó fallido. Allí había un apagón informativo total y la brevedad de la guerra, seis días de avance arrollador israelí, no tuvo reacción informativa por parte de Egipto. La guerra, periodísticamente, se vivió del lado israelí, donde se informaba de sus fulgurantes victorias. Y también dejé mi trabajo de editorialista para un periplo por África Occidental. Se trataba de reflejar la situación de Guinea Ecuatorial ante su inminente independencia, de la que habrá referencia en este libro, y recorrí la región circundante, Gabón, Camerún y después fui a Nigeria para informar sobre la guerra de Biafra.
Y ahí, prácticamente, terminó mi vida como profesional del periodismo diario.
En 1967 FACES, en este caso Valls Taberner, habló con Calvo Serer para que me librara durante algo más de un mes, aunque seguiría escribiendo algunos editoriales, para dirigir la comunicación de la campaña de un candidato por Madrid a procurador por el tercio familiar. Saldrían los dos primeros elegidos por sufragio universal. Se trataba de una novedad de la Ley Orgánica del Estado que entró en vigor en enero de ese año. Juan Manuel Fanjul era vicepresidente del Popular, ex falangista de alto cargo expulsado del partido por pedir la restauración de la monarquía en 1943, como se verá en este libro, se presentaba como independiente frente a dos candidatos del Movimiento apoyados por el aparato oficial. Se formó un equipo que dirigía Aristóbulo de Juan con departamentos para caravanas de coches, propaganda, distribución, megafonía, administración, etcétera, además del que me tocó llevar a mí como periodista. Fanjul ganó con diferencia con el lema «Vota eficacia, vota Fanjul» con el que empapelamos Madrid. Se trató de la primera campaña moderna, a la americana, que se hizo en España y sin la más mínima ayuda oficial. De allí gané una estrechísima amistad con Juan Manuel Fanjul hasta su muerte.
Rafael Calvo Serer nombró director del Madrid a Antonio Fontán, catedrático de universidad en la disciplina de Latín, periodista que fuera cofundador y director de la revista La Actualidad Española, que en la democracia sería ministro y presidente del Senado. La llegada de Fontán me dejó «sin papeles encima de la mesa» porque su dirección asumió mi parcela de la página editorial y desaparecieron mis conexiones con la redacción y con FACES.
Dejé el Madrid en 1968 para trabajar en un libro que sería el primero de sociología política que se publicaría sobre el franquismo, La estructura del poder en España, que me lo editó Ibérico Europea de Ediciones, propiedad de mi buen amigo Agustín Rodríguez Sahagún, quien entonces no sospechaba que iniciaría años después una brillante carrera política en la democracia con el desempeño de las carteras de Industria y Defensa, sucesivamente, y que luego sería un gran alcalde de Madrid. Agustín entonces tenía una empresa petrolera con un primo suyo venezolano, hijo de la emigración política, que le proporcionaba importantes ingresos y además era marchante de arte por una afición desbordada que le aconsejó entrar en ese mundo profesionalmente.
En octubre de 1969 fui, a propuesta del diario Madrid, nombrado director de COLPISA, Colaboraciones de Prensa Independiente S.A., para arrancar como agencia que daría servicio a sus socios, que constituían el primer sindicato español de periódicos. Formaban parte de la sociedad algunos de los grandes diarios regionales. En principio La Vanguardia de Barcelona, El Correo de Bilbao, Madrid, diario de la noche, Las Provincias de Valencia, La Voz de Galicia, el Heraldo de Aragón de Zaragoza, el Diario Vasco de San Sebastián, El Norte de Castilla de Valladolid, Diario de Burgos, La Voz de Asturias de Oviedo y Región de Orense. Se me permitió nombrar subdirector a Manu Leguineche y comenzó el despegue de la agencia con Paco Umbral como columnista diario, que venía a traernos su trabajo cotidiano personalmente desde su cercana casa.
Apenas transcurridos seis meses, el anterior jefe de los Servicios Informativos de la Presidencia del Gobierno, Emilio Sánchez Pintado, que había ascendido a director general cercano al ministro López Rodó, me llamó para ofrecerme el cargo que él mismo había dejado vacante. La propuesta se me antojó sorprendente por mi trayectoria procedente del díscolo diario Madrid y de la oposición, por mi alineamiento con la causa de don Juan de Borbón hasta que se hizo imposible por el nombramiento como sucesor de su hijo. Sánchez Pintado me dijo que el panorama español había cambiado desde la designación de don Juan Carlos como sucesor y que mis características encajaban perfectamente en el tipo de persona que buscaba para dirigir la comunicación de Presidencia. El ministro López Rodó, obviamente, estaba de acuerdo. A Carrero le daba igual porque no pensaba ni siquiera conocerme. A él las relaciones con los medios de comunicación y, por lo tanto, con periodistas, nada le importaban. Y los «papeles» que un profesional como yo pudiera elaborar tampoco le interesaban. Desde el principio supe que mi dependencia era de Emilio Sánchez Pintado, como director general más cercano al ministro y del ministro mismo, a quien acompañaría en numerosos viajes por España, Europa y América. Y mi cometido se centró en los planes de desarrollo y en las actividades de López Rodó como miembro del Gobierno. En Presidencia estaría poco más de tres años y para mí fue una formidable experiencia. Aunque cuando terminé mi cometido me prometí no volver a desempeñar un cargo oficial. La política me gustaba como observador. Aunque, en realidad, no me desempeñé como político, sino como cargo de confianza estrictamente técnico. Terminé mi trabajo cuando Carrero Blanco fue nombrado presidente del Gobierno y mi ministro, Laureano López Rodó, pasó a desempeñar la cartera de Exteriores. Quiso que fuera a trabajar con él en un gabinete político que estaba montando, pero el asesinato del presidente desbarató el proyecto. Y en buena parte cambió mi orientación de periodista de periódico a escritor-periodista de libros políticos, que realmente eran la historia inmediata reportajeada.
El 20 de diciembre de 1974 me encontraba en Madrid cuando ocurrió el asesinato del presidente Carrero. Estuve en el entierro y en el funeral, donde capté detalles a los que entonces no di especial importancia. Y, como tenía previsto, el 26 de diciembre viajé a una entonces casi virgen isla Margarita, en el Caribe venezolano, para pasar allí el fin de año. Ya desde Caracas conocí el nombramiento de Arias y el marchoso barrido al Gobierno de Carrero. Al llegar a Madrid en la primera semana de enero de 1974 comencé a preguntarme por lo extraño de lo ocurrido, no respecto del asesinato, que ya había sido reivindicado por ETA, sino de cómo Arias fue nombrado presidente y cómo tuvo la osadía de deshacerse de prácticamente todos sus compañeros de Gobierno. Y ahí empezó la génesis del que sería mi libro La Crisis, que se publicaría en el mes de abril y sería uno de los diez más vendidos en ese año.
Mi siguiente trabajo editorial sería fascicular, sistema que se utilizaba en la época con frecuencia para cualquier tema, desde fotonovelas, que estaban muy de moda, hasta publicaciones científicas. Yo realicé una serie que titulé Políticos para una crisis utilizando «la crisis» en recuerdo de mi libro y porque suponía una galería de personajes que podrían ser llamados para dirigir España en un momento como aquel, primeros meses de 1975, cuando todos pensábamos en el fin muy próximo de Franco. O para dirigir una transición, o para ser uno de sus dirigentes. El momento era oportunísimo y empezaron a desfilar por los quioscos las portadas con las fotografías de los políticos más relevantes: Manuel Fraga Iribarne, Torcuato Fernández-Miranda, Enrique Tierno Galván, Gregorio López-Bravo, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, José Solís, Gonzalo Fernández de la Mora, Federico Silva Muñoz, José María de Areilza, Laureano López Rodó, Joaquín Ruiz-Giménez, José Antonio Girón y Pío Cabanillas.
Todos ellos de larga experiencia con el franquismo a máximos niveles, salvo en el caso de Tierno, y muchos estarían en primera fila en la transición democrática. Con todos ellos tuve largas horas de conversaciones que inevitablemente me han servido como fondo político-cultural para escribir distintas épocas o situaciones que surgen en este libro. Como las que tuve con Ramón Serrano Súñer en largos paseos por el entonces bulevar de General Mola, calle donde él residía en Madrid. Establecí relación con él a raíz de la Encuesta sobre la Monarquía ya mencionada y, por otras circunstancias como con tantos políticos del Régimen y de la oposición con los que me relacioné a lo largo de toda una vida profesional.
Como Políticos para una crisis fue bien, mi editor entonces, Pepe Mayá, y yo pensamos lanzar Políticos para el futuro. El primer político para aquel futuro, que era algo más mediato que una crisis, cuya larga semblanza publiqué, fue Adolfo Suárez. Y no escribí ninguna otra. Naturalmente no fue premonición, ni mucho menos. De entre quienes conocía de su edad aproximada, me pareció, no sé si el más apropiado, o el más próximo con hechuras como para dedicarle el primer fascículo.
Fallecido Franco tuve una actividad parapolítica dentro del movimiento del asociacionismo empresarial libre. Los sindicatos verticales se desencuadernaban, los obreros estaban ya organizados y los empresarios solo tenían el anclaje en el viejo sistema sindical. Luis Olarra, empresario del acero y del vino, montó la Confederación General de Empresarios Españoles aprovechando algunos de los altos cuadros, una vez transferidos al ámbito privado, de la antigua organización. Era simplemente para comenzar con experiencia gerencial. Por otra parte, Agustín Rodríguez Sahagún, a quien dejamos unas páginas atrás como empresario petrolero, editor y marchante de arte, ante la previsible situación, se había estado moviendo de manera muy eficaz entre los principales bancos españoles para conseguir suficiente financiación como para levantar una patronal independiente. Me llamó para que le ayudara en ese empeño y montamos la sociedad ANECA, nombre que nada significaba, como dedicada a estudios de viabilidad económica y otras generalidades, cuando sería en realidad la organización desde donde montar la Confederación Empresarial Española, que se iba a estructurar territorialmente, en lugar de por sectores. Los bancos Central, Hispano-Americano, Banesto, Bilbao, Vizcaya y Santander eran los seis que depositaron en la cuenta de ANECA cuatro millones de pesetas cada uno para empezar, y casi culminar la operación, porque poco más hizo falta. El presidente de ANECA era Rodríguez Sahagún y yo, el director general. Cada uno de los bancos tenía dos empresarios representantes en el Consejo de Administración, que se reunía casi con la regularidad de un Comité de Dirección. Agustín y yo nos recorrimos España organizando en capitales de provincia las delegaciones provisionales. También viajó con alguna frecuencia Pedro López Jiménez, miembro muy activo del Consejo que representaba al Banco de Santander.
Organizada y legalizada la Confederación Empresarial Española, se abrieron conversaciones con la que representaba Luis Olarra y con la Agrupación Empresarial Independiente, organizada solo en Madrid por Max Mazin y enseguida entró el Fomento del Trabajo Nacional de Cataluña. La más fuerte de entre las patronales, recién estructuradas y todavía con poca solidez, era la de Olarra, porque tenía experiencia, cuadros y afiliados que venían de lejos. Sin embargo, en las negociaciones en busca de la unidad resultó candidato, un tanto de carambola, Carlos Ferrer Salat. Mi amigo Agustín Rodríguez Sahagún se pasó a la política, que posiblemente descubrió en esta aventura sindical.
Por mi parte seguí con mi vocación periodística y viví la transición española tan intensamente como para escribir cuatro libros, ya mencionados, para desmenuzarla, al menos en sus primeros pasos. Para ello conocí y traté a docenas de personajes políticos, pero también de otros ámbitos de la sociedad.
Y aquellas experiencias vividas en años muy señalados del último tercio del siglo XX se han acumulado de alguna manera, más difusa o más palmaria, en la historia que he oído, que me han contado a requerimiento de miles de preguntas de años y años y que en parte he escrito, como en más de cuarenta trabajos en la Historia del franquismo de Diario 16, que el periódico publicó en fascículos y luego en dos tomos, o la veintena larga publicada en El franquismo año a año, que el periódico El Mundo editó en 2006 en 37 tomos.
Para este libro he contado con buena parte de esos trabajos desperdigados en el tiempo y que me han servido de punto de partida en la búsqueda de nuevos datos o como base para la temática correspondiente a desarrollar. Por eso esta obra es el resultado de muchos años, con dedicación discontinua y más intensa en los dos últimos. Lo recogido de trabajos publicados a lo largo del tiempo puede suponer, como máximo, el diez por ciento de las páginas que completan este volumen que es rigurosamente histórico en el fondo, aunque de estilo periodístico en la forma.
Mis agradecimientos van, en primer lugar, para mis coautores en dos libros publicados en el año 2000. El primero, Servicios secretos, que escribí con Pilar Cernuda y Fernando Jáuregui, que me han permitido utilizar una parte de la documentación que aporté en ese libro para entreverarla en algún capítulo del libro que el lector tiene en sus manos y que, aunque fuera debida a mí, una vez firmada la obra por los tres, a los tres pertenece. Y a Justino Sinova, por la misma razón, respecto al diccionario enciclopédico que escribimos juntos, Todo Franco, con el subtítulo de «franquismo y oposición de la A a la Zeta». A mi amigo Javier Reverte, por su autoridad literaria y por su trayectoria política, que abandonó juveniles radicalismos de izquierda, pero nunca en absoluto proclive al franquismo ni a la derecha, que sin prejuicios previos se me ofreció a la lectura del borrador ya muy avanzado de este libro y a quien le gustó muy sincera y explícitamente por su equidistancia «y porque me he enterado de muchas cosas que no sabía». Ha sido para mí una opinión muy animosa. Y también le agradezco a Carmen Romero, directora de Comunicación de Ediciones B y editora de este libro, su interés por su publicación desde el día mismo en el que le dije que pensaba escribirlo.
Y gracias al lector/a que, si ha llegado hasta aquí, espero que culmine hasta el final. Le queda un camino que no es corto, pero que lo he escrito pensando en él/ella, con el intento de que la soltura se aleje de las maneras de una tesis doctoral y se acerque a lo que podría ser, por su extensión, un gran reportaje de cuarenta años de la Historia de España. Años que empiezan dolorosamente mal, con la devastación de la guerra, con miles de fusilamientos de vencidos, crueles represalias, con hambre y autarquía, aunque después ese sistema autárquico se transformó en economía de mercado a la occidental, para terminar con el nombramiento como sucesor a título de rey de un príncipe que relevó a Franco en la Jefatura del Estado y que extirpó las raíces del Régimen al sepultar la dictadura que él mismo había heredado, para implantar la democracia a través del sufragio universal. Una historia que empieza con terribles penurias físicas y morales y que evoluciona, lenta pero determinadamente, hacia la integración en la convivencia europea. Algo que, sociológicamente, facilitó el mismo franquismo con la creación de las clases medias y con el nombramiento de ese príncipe que con su porte anodino, sumiso, aparentemente «bobón y bobón», como le apellidaban los falangistas y otros desafectos a su persona, resolvía la zozobra ante la cuestión sucesoria. Un príncipe que no inquietaba a los continuistas, pero que guardaría, bajo la bocamanga de su uniforme militar con las cuatro estrellas bordadas de capitán general, la autoridad sobrada como para voltear la organización política del franquismo y consagrar la soberanía del pueblo español. Un príncipe que, llegado a ser rey, nunca permitiría hablar mal de Franco en su presencia. Porque, a su manera, entendía muy bien el grito de los franquistas incondicionales que, al escuchar en un discurso del Generalísimo cualquier logro del Régimen, le interrumpían diciendo: «¡A ti te lo debemos!» Y así era, le debía, por explícito testamento, la Jefatura del Estado y la autoridad militar. Pero no la victoria en una guerra y, por tanto, su carisma. Para afianzarse en el trono, don Juan Carlos tenía que hacer «su guerra». Y ganarla. Para ello tenía que convertir el «reino» de Franco en el reino de todos los españoles.
Introducción necesaria
FRANCO ANTES DE LA GUERRA CIVIL
Su familia, su vida y su carrera militar
Francisco Franco Bahamonde iba para marino. Así lo habían decidido sus padres y eso es lo que más anhelaba: seguir la tradición familiar en la Armada aunque, en lugar de en el cuerpo administrativo como sus ascendientes paternos y maternos, en el cuerpo general, en la Marina de guerra, mejor considerado socialmente entonces que contaduría o intendencia. Por eso el día 27 de agosto de 1907, en que tuvo que partir hacia la Academia de Infantería de Toledo, lo hizo con cierta nostalgia. Atrás quedaba el mar, su vocación ilusionada, y se internaba tierra adentro por el secarral castellano. Dos días iba a durar en total el viaje entre El Ferrol y La Coruña en barco y después a Madrid en un tren cuya jadeante locomotora arrastraría los vagones a la luz del día y en la oscuridad de la noche hasta la capital de España. Y luego, la cercana Toledo con su macizo y altivo Alcázar.
Francisco Franco Bahamonde, que había nacido en El Ferrol el 4 de diciembre de 1892, pertenecía a una saga en la que su padre encarnaba a la quinta generación familiar que, según las distintas denominaciones en el tiempo, habían sido contadores, interventores o intendentes y que siempre llegaron a las máximas categorías, equivalentes a contraalmirante o vicealmirante, lo que suponía en el Ejército de Tierra el ser general de brigada o de división, excepto en un caso en que el techo que alcanzó su ascendiente fue el que equivalía a capitán de navío o coronel. La promoción a la que pertenecía Nicolás Franco Salgado-Araujo había estudiado en la escuela del Departamento Marítimo de El Ferrol, una de las tres que había en España. Las otras dos estaban en los departamentos o capitanías generales de Cádiz y Cartagena. Casó el 24 de mayo de 1890 con Pilar Bahamonde Pardo, hija de Ladislao, del mismo cuerpo de la Marina. Tras nacer a poco más de trece meses Nicolás, su primer hijo, tuvieron el segundo, apenas un año y medio después, al que impusieron los nombres de Francisco Paulino Hermenegildo y Teódulo, este último por ser el santo del día y los dos anteriores por razones familiares. El 4 de diciembre también se celebra la festividad de Santa Bárbara, por lo que el que sería Generalísimo alguna vez a lo largo de su vida bromeó sobre la posibilidad de que también podía haberse llamado Bárbaro. Crecería tan apegado al amor de su madre como distanciado de la destemplanza de su padre.
Francisco, como sus hermanos, creció en el ambiente cerrado de una ciudad de cerca de 30.000 habitantes por entonces, donde los aristócratas eran los marinos de guerra, seguidos de los del cuerpo administrativo y los distintos profesionales de origen universitario. Una sociedad clasista, como todas las de la España de la época, aunque singularmente imbuida por el ambiente militar de casta, acotado de costumbres estrictas y de hablillas y habladurías en tono bajo de confidencia. Los Franco Bahamonde sufrieron un padre un tanto excéntrico, de carácter fuerte, en ocasiones violento, convencido de que para hacer hombres a sus hijos era necesaria una educación dura con voz y mano levantadas. El cabeza de aquella familia se encolerizaba con facilidad. Había llegado al matrimonio a una edad ya madura, después de haber estado destinado en Filipinas con el sustancioso suplemento de la paga por lejanía e insalubridad del destino. Allí, se decía que había tenido un hijo con una nativa, del que se desentendió absolutamente y del que nunca se tendría noticia.1
Cuando casó, a los 36 años, aventajaba a su mujer en catorce y a los dos años y medio pasados de matrimonio ya habían nacido sus dos hijos mayores. Las relaciones entre marido y mujer eran las frecuentes en la época: de autoridad-sumisión y, en este caso, acentuadas por la irascibilidad del marido, quien, por otra parte, era un hombre de gran rectitud en el trabajo que gozaba del aprecio de sus superiores. El matrimonio vivía económicamente con justeza, en vivienda amplia e imprescindible servicio doméstico. Los hijos estudiaron primaria en un colegio regido por un sacerdote, el del Sagrado Corazón, y después Nicolás y Francisco ingresaron en la Escuela Naval Preparatoria, con 12 y 11 años. De ahí Nicolás pasó a la Escuela Naval Flotante, en la que Francisco esperaba su ingreso al año siguiente para cursar los estudios de marino de guerra. Esa escuela se encontraba en la fragata Asturias, anclada en pontón en El Ferrol y los guardiamarinas hacían las prácticas de navegación en otras fragatas operativas. Sin embargo, en 1906 fueron admitidos los últimos quince alumnos, entre ellos Nicolás, y en 1907, año en el que Francisco Franco debería ingresar, se suprimió la admisión en la escuela, que años después se construiría en tierra firme. Profundamente disgustado, solo tendría salida militar en el Ejército de Tierra. Mala suerte en aquel momento, pero, como marino, jamás hubiera podido protagonizar años después un golpe de Estado y convertirse en jefe del Estado, Caudillo y Generalísimo de los Ejércitos. Aquel cierre de la Escuela Naval Flotante, que tanto le amargó, resultaría providencial en su vida. Además, y sin pasar por escuela naval alguna, llegaría a ser el jefe supremo de la Armada española. Nicolás, por su parte, terminó sus estudios de Marina y posteriormente ingresó en la Escuela de Ingenieros Navales y llegaría a ser el número uno de su escalafón muchos años después.
Franco llegó a la Academia Militar de Infantería el 29 de agosto de 1907, cansado por el largo viaje y dispuesto a olvidar su frustración con la Marina. Sufrió algunas novatadas y pronto sus compañeros le llamaron Franquito, no como diminutivo cariñoso, sino en alusión a su corta estatura, su carácter introvertido y su menudencia quinceañera. Tenía complejo de enclenque y de voz aflautada, que tantas insinuaciones malévolas le había producido respecto a su hombría. Cosa de chicos en el colegio, pero que le mortificaban. Aunque una reacción muy enérgica y violenta a la provocación de un compañero le dio respetabilidad. No destacó en sus estudios y en 1910 obtuvo el número 251 de su promoción que estaba compuesta por 352 cadetes que recibieron el nombramiento de segundo teniente. Francisco Franco, es cierto, salió con un número bajo de entre sus compañeros, pero también es cierto que era el más joven con diferencia y que había tenido menos tiempo de preparación para el ingreso. En cualquier caso, en pocos años llegaría a coronel cuando algunos de los primeros puestos de aquella promoción eran todavía capitanes.
ALEJADO DEL PADRE
Y tiempo antes, recién ingresado en la academia, supo que su padre había sido trasladado a Madrid. Se instaló en la capital pero no consintió en que fuera con él su resignada y paciente esposa, a la que dejó en El Ferrol al cuidado de sus hijos pequeños, Ramón y Pilar. Obviamente la esposa acompañaba siempre al marido en cualquier destino de larga duración, excepto en caso de guerra, pero Nicolás Franco Salgado-Araujo se negó insistentemente a que se trasladara con él su mujer porque una de las causas del cambio de destino, o quizá la razón por la que lo solicitó, era en realidad una separación matrimonial de hecho, porque no era posible por derecho. Se había amancebado, en terminología de la época, con Agustina Aldana, mujer de la que se enamoró y con la que no tuvo descendencia, aunque prohijaron a una sobrina de ella, Ángeles, que era huérfana. De todos modos siempre se tuvo la sospecha de que la chica era en realidad hija de ambos, aunque sin ninguna prueba. El eufemismo para justificar su convivencia con Agustina fue que era su ama de llaves. Por entonces y después había hombres solteros, viudos o separados de hecho que, para convivir con una mujer sin vínculo matrimonial, pretendían hacer ver que la señora que vivía en la casa era una empleada para organizar el hogar, en tanto que las tareas más duras las hacían las, en aquella época, llamadas criadas.
Naturalmente la situación real era socialmente sabida, pero como había personajes conocidos en la misma tesitura, se aceptaba con fingido desconocimiento, además, porque apenas a las «amas de llaves» se las exhibía en público. Aunque con el tiempo la pareja se dejaba ver por lugares discretos, e incluso celebraron una «boda» pagana, sin validez jurídica alguna, en una verbena. Pilar Bahamonde llevaba resignadamente la nueva situación, permanentemente enlutada y nunca pretendió presentarse en Madrid para librar batalla contra su marido y la amante. Quizá la separación fue liberadora para ella, aunque socialmente fuera una mujer abandonada. Inculcó a sus hijos el deber de visitar a su padre siempre que pasaran por la capital para cumplimentarle, lo que hacían, aunque Francisco iba a regañadientes. Por su parte, Nicolás Franco Salgado-Araujo atendió económicamente con puntualidad a su mujer legítima, aunque su decisión de vivir lejos de su esposa sería definitiva. No era parco en los viáticos que enviaba a su esposa, que recibía mensualmente casi la paga entera de su marido, quien tenía por herencia otras rentas para atender su vida en Madrid. Sus dos hijos mayores estaban encauzados en sus carreras militares y muy pronto también Ramón, el pequeño de los varones, por lo que creyó llegado el momento de encauzar su vida con toda libertad. Por otra parte, su nueva situación no debió de escandalizar en la Marina, donde seguía siendo apreciado y donde ascendería, en su cuerpo, a lo más alto: intendente general, con los honores del generalato.
Cuando se encontraba en Madrid con sus hijos no lo hacía en presencia de Agustina ni se hacía mención de ella. A veces solían comer en restaurantes. Nicolás y Ramón, por su carácter liberal, entendían la situación de su padre, así como hasta muy a regañadientes Pilar, que enviaba a algún hijo o hija suya muy de vez en cuando para que conocieran a su abuelo, que les recibía con Agustina delante. Las visitas de los niños le complacían. Pero Pilar, la hija, se mantenía alejada. A los hermanos les dolía el sufrimiento de la madre, en tanto que Francisco se sentía incómodo con él. Fue el hijo al que más le marcó esa separación por lo que tuvo de humillante para su madre y al que su padre mortificó por considerarle en su infancia ensimismado y flojo y luego, tras sus hazañas, sintió su lejanía afectiva. No se llevaban bien y siendo Francisco general de brigada y su padre, equivalente a general de división, y por ende su superior, cierto día indeterminado discutieron antes de la Guerra Civil por motivo de su conducta conyugal. Y el padre, encolerizado, descargó su ira contra el hijo en forma de bastonazo dirigido a la cabeza, aunque Francisco lo esquivara y le impactó en el hombro. Era el superior como padre y como militar y trató al hijo como lo hubiera hecho muchos años atrás con motivo de cualquier travesura o insolencia.2 Desde entonces Francisco evitó a su progenitor, aunque pudieran verse alguna rara vez.
ÁFRICA, EL INICIO DE UNA CARRERA MILITAR
La suya sería el Arma de Infantería. El 13 de julio de 1910, con 17 años, su juvenil ardor guerrero le empujó a pedir destino en África, como a buena parte de sus compañeros que le precedían en méritos por estudio, además de los primeros tenientes que obviamente eran más antiguos, y no consiguió plaza en territorio marroquí. Así que fue destinado al Regimiento Zamora número 8 con acuartelamiento precisamente en El Ferrol, para alegría de su madre, donde permanecería dos años en familia y en el desempeño de una rutina militar tediosa. Solicitaba con insistencia su traslado a Marruecos, algo que solo con ayuda de algún superior influyente podría conseguir. Y tuvo suerte porque su director en la academia, el coronel José Villalba Riquelme, fue destinado a África, al mando del Regimiento número 68 y le reclamó. Era febrero de 1912 y también fueron reclamados por el mismo coronel dos de sus compañeros: Camilo Alonso Vega y su primo Francisco Franco Salgado-Araujo, que le seguirían muy de cerca en la guerra y en la paz.
Los tres oficiales subalternos deberían llegar a Málaga, lo que entonces requería tiempo desde El Ferrol. Primero, una travesía marítima hasta La Coruña, algo que era frecuente para familiares de marinos que embarcaban en algún remolcador de la Armada y hacían el viaje gratuitamente. Pero a Franco y sus amigos se les complicó la travesía, que duró cuatro horas en un mercante, por una mala mar que se acentuó al paso de choque de corrientes, lugares especialmente peligrosos en aquella latitud cuando se levantaba una galerna. Sin apenas descanso, atravesaron España de noroeste a sureste en un renqueante ferrocarril durante dos días. Tiempo sobrado para profundizar en una amistad para toda la vida. Una vez en Málaga pasaron el Estrecho hasta el cuartel de su regimiento cerca de Melilla. Pisaban ya territorio de guerra potencial o efectiva, lo que bien podría significar muerte, aunque también la gloria de las felicitaciones, medallas y, sobre todo, ascensos.
A Francisco Franco se le encomendó el mando de una sección de regulares, soldados indígenas, aunque en este caso eran mayoritariamente argelinos, pero de todos modos moros, que nutrían esa fuerza de choque que había creado el entonces coronel Dámaso Berenguer, inspirándose en la experiencia francesa. Intervino en algunas acciones de campaña y sus jefes observaron la pulcritud de sus despliegues y maniobras al mando de su sección y les llamó la atención que aquel novato tan joven llevara a efecto el movimiento y táctica de sus hombres con tanto oficio. También pronto se le reconoció su desprecio por la vida, lo que, asimismo, se llama valentía en el ejército. Y si el ser valiente es algo de excepcional importancia en la carrera de las armas, todavía más lo era en el mando de tropas de regulares, mercenarias, que admiraban especialmente a sus jefes por su temeridad y exposición a las balas. Por eso a Franco sus regulares le atribuyeron su legendaria baraka, suerte, lo que unido a una extremada exigencia en la disciplina, hicieron de él un jefe militar modélico en su época, admirado, e incluso temido por sus hombres. Por otra parte, sus compañeros se extrañaban por sus «rarezas». Los militares africanistas eran en buena parte bebedores, ostensiblemente mujeriegos, en muchas ocasiones jugadores, en tanto que Franco, mientras sus compañeros marchaban de juerga en sus permisos, quedaba en la residencia de oficiales o en la tienda de campaña dedicado a la lectura, a la reflexión y a escribir. De este comportamiento metódico e introvertido salió su libro Diario de una bandera, en el que narra diversas acciones militares en Marruecos. En esta ocasión, esa introversión y el alejamiento de lo que el mismo Franco llamaba vicios, no hicieron dudar de su hombría, amplia y duramente demostrada en la batalla. Era, efectivamente, una rara avis en un ecosistema que podría denominarse machista y, en muchos casos, libertino.
Tras alguna brillante y puntual operación con los frentes en calma con frecuentes y cruentas escaramuzas, Franco ascendió a capitán en abril de 1915 a los 22 años, ayudado por los informes de Berenguer, aunque no estrictamente por méritos de guerra. De todos modos se saltó unos cuantos números en el escalafón, no sin ciertas protestas de compañeros. Con el nuevo grado tuvo que cambiar de destino, a lo que se resistió; porque quería seguir al mando de tropas regulares, lo que al fin consiguió tras un par de meses de dilación en su servicio. Ya mandaba una compañía, la primera del primer tabor de regulares, que a finales de junio de 1916, con arrojo suicida, asaltó una posición enemiga cerca de Dar Riffien, en El Buitz, al frente de sus hombres, a la carrera y con la bayoneta calada en busca del cuerpo a cuerpo. Una bala entró en su estómago y lo abatió. La posición había sido tomada y un Franco al que se creía al filo de la muerte fue evacuado en camilla. Ante la gravedad que se intuía, fueron llamados sus padres quienes, por separado, se pusieron en viaje desde El Ferrol y Madrid respectivamente y apenas se verían en Ceuta. Estos avisos urgentes a familiares únicamente se producían cuando las probabilidades de muerte del herido eran altas. La madre permaneció casi toda su estancia en la ciudad al lado de su hijo, mientras que el padre, cumplida su misión de quedar bien, aprovechó para visitar algunos burdeles frecuentados por oficiales antes de regresar a su casa de Madrid. Pasados unos días, en el hospital militar de Ceuta les costó entender que el proyectil había traspasado el abdomen produciendo gran hemorragia, pero sin dañar ningún punto vital. Al parecer Franco se había salvado por milímetros.
El entonces alto comisario de España en Marruecos, general Gómez Jordana, le recomendó para su ascenso a comandante por tan heroica acción de guerra. Hubo problemas a causa de su edad, 23 años, pero finalmente se le reconoció el mérito para lucir la solitaria estrella de ocho puntas. Era un hombre que necesitaba el triunfo aun a costa de poner en suerte su vida hasta el punto de apostar, en una acción militar, entre el intento de victoria en situación límite o la muerte. Su baraka se hizo leyenda entre los regulares. Tras el ascenso le hubiera gustado continuar en África, pero exigencias de disponibilidad militar le obligaron a regresar a la Península en marzo de 1917 como jefe de un batallón del Regimiento del Príncipe, acuartelado en la ciudad de Oviedo, donde se incorporó en mayo tras una larga convalecencia por el balazo recibido, que culminó una acción guerrera espléndidamente recompensada.
CARMEN POLO
A poco de llegar a la capital asturiana, Franco reparó en una joven de la alta burguesía local, elegante, de las llamadas con clase, no alta pero esbelta, discretamente agraciada, de la que supo que era huérfana de madre y que se ocupaba de su educación, al igual que de la de sus hermanas Isabel, Ramona (Zita, por Ramoncita) y su hermano Felipe, una hermana de su padre, Isabel Polo Flores, emparentada por matrimonio con la nobleza local. El padre, Felipe, se dedicaba a la administración de sus propiedades e inversiones. Era una familia de muy buena posición económica y social que se contaba entre las mejores de Oviedo. Entonces los noviazgos, sin ni siquiera el roce de una mano, solían comenzar a edad temprana en las mujeres. La primera vez que Franco y Carmen cruzaron una palabra ella tenía 15 años y a su padre no le convencía la posibilidad de un noviazgo de su hija con un militar, pese al prestigio que ya acumulaba Franco. Hubiera preferido a alguien de su misma esfera social y con sólido patrimonio propio o expectante por herencia. Solía comparar a Franco, por aquello de jugarse la vida, con un torero y quería bastante más para su hija. Paulatinamente, y no sin dificultad para superar prejuicios, Felipe Polo mejoró su opinión sobre su posible yerno al conocer mejor su trayectoria y el aprecio de que gozaba entre la alta milicia e incluso del rey Alfonso XIII. También influyó en ese cambio el tesón de su hija, que estaba resueltamente decidida a casarse con el comandante de Infantería, con quien compartía ambiciones por destacar en cualquier ámbito.
Carmen, al igual que sus hermanas, había crecido con una estricta educación en consonancia con la época, en la que las mujeres aprendían un idioma, en este caso y entonces el francés, leían literatura apropiada a las normas éticas del momento, algo de Historia, se cultivaban a través de alguna preceptora que las instruía en comportamiento en sociedad y en lo que se denomina cultura general, además de diversas disciplinas domésticas de cómo llevar una casa, con nociones de costura y algo de cocina, aunque daban por hecho que tendrían servicio doméstico de por vida. Las hermanas Polo tuvieron una muy competente institutriz francesa llamada mademoiselle Claverie, quien completaba la educación que recibían en el colegio con las monjas.
Franco, al principio, se sintió un tanto intimidado por el estatus de la mujer a la que pretendía, puesto que su vida familiar no se había desarrollado en el refinamiento de los Polo ni en la elegancia de su casa. Claro que para un militar acostumbrado, pese a sus 24 años, a exponer su vida con frecuencia, no tuvo el menor problema en superar ese obstáculo. Y no tenía complejo porque en Oviedo, más por su juventud que por su estatura, le llamaran el Comandantín.
En agosto de aquel 1917 se declararía una huelga general en el territorio nacional y con violencia en Asturias, en las cuencas mineras. Franco ayudó al restablecimiento del orden al frente de una columna que recorrió las zonas en conflicto, aunque no tuvo que intervenir. La mera presencia de las tropas disuadió en esta ocasión a los mineros de presentar batalla. Un paseo para Franco después de sus aventuras africanas. En los tres primeros años que estuvo en tierras asturianas esa fue la única misión militar armada, aunque incruenta para su unidad, que se presentó en el territorio. El resto de su estancia ovetense estaba inmerso en la monotonía del mando de tropas en tiempo de paz. El noviazgo con Carmen Polo estaba consolidado y se configuraba el proyecto de boda.
Pero se cruzó la milicia y los planes de matrimonio se pospusieron porque se estaba organizando, también a semejanza del ejército francés, el Tercio de Extranjeros, aunque, con forzado espíritu patriótico, se dijo que la inspiración de esa fuerza de choque provenía de los Tercios españoles que lucharon preferentemente en Flandes. La organización de esa fuerza se encargó al teniente coronel José Millán Astray y, como segundo jefe, se decidió que fuera el comandante Franco sin titubeos. Millán lo había conocido hacía poco en unas maniobras y, entre lo que ya sabía de él y el trato personal de unos días, se había convencido también de que sería su más idóneo lugarteniente. Franco se despidió de su novia y ambos pensaron que la separación sería por poco tiempo, el que llevase estructurar las banderas que compondrían el Tercio, que luego se llamaría La Legión. El trabajo no era sencillo: se trataba se convertir a personas, frecuentemente marginadas, ex presidiarios, aventureros, desesperados, pendencieros y, en fin, cualquier tipo de hombre sin más salida en la sociedad que la de arriesgar la vida incluso a cuchilladas, en soldados disciplinados de un cuerpo de élite. Para ello debían inculcarles una obediencia ciega al mando y grabarles el mensaje de que la indisciplina y las faltas consideradas como muy graves podían pagarse incluso con la muerte y a veces, bajo la responsabilidad de un superior, sin la constitución de un tribunal ni siquiera sumarísimo.
Con el Tercio prácticamente organizado, la situación en Marruecos se complicó hasta el estallido del desastre de Annual: más de diez mil muertos de los dieciséis mil hombres que mandaba el general Silvestre, más de mil prisioneros y casi todo el resto heridos. Franco, al mando de la primera bandera legionaria, no puede ni pensar en un regreso a España. La guerra le necesita. En la última semana de julio de 1921, Melilla había quedado a merced de los hombres de Abd el-Krim y el día 24, desembarcó en el puerto de la ciudad la bandera del Tercio al mando del comandante Franco, al que esperaba en el muelle su jefe Millán Astray. El desfile por las calles de aquellos hombres de rostros fieros y paso urgente y marcial, levantó la moral de la población. Enseguida el Tercio fue destinado a recuperar el terreno perdido tras el desastre, con muestras de enorme valentía al precio de muchas vidas entre la tropa y la oficialidad. Entretanto, la fama de Franco crecía y los periódicos nacionales publicaban sus hechos de guerra con admiración. Se había convertido en un héroe.
Pasó dos años y medio guerreando en los campos de batalla africanos y fue nuevamente destinado a Oviedo, al mismo Regimiento del Príncipe, con la intención de preparar su boda con Carmen Polo. Regresaba crecido sobre un pedestal de prestigio y honores. Detrás había dejado una guerra de esporádicas y feroces batallas que se recrudecerían tras cambiar de destino. El teniente coronel Millán Astray dejó el mando del Tercio por razones de edad y mutilaciones que mermaban sus posibilidades operativas. Le sucedió un prestigioso militar de su misma graduación, Valenzuela, que a poco de hacerse cargo del mando, el 5 de junio de 1923, se le ordenó liberar en el asalto, al frente de su bandera legionaria, la posición de Tizi Assa, vital en aquellos momentos y cercada por los moros rebeldes. Valenzuela atacó con furia y cayó herido mortalmente junto a docenas de sus hombres. El objetivo militar se había cumplido y al cadáver de Valenzuela se le rindieron los máximos honores, con el rey Alfonso XIII a la cabeza, como homenaje a su extrema valentía.
JEFE DEL TERCIO Y BODA
Y había que encontrar un nuevo jefe para el Tercio. En principio Francisco Franco fue descartado porque su graduación era la de comandante, insuficiente para mandar una unidad superior. Pero enseguida quedó claro que no había otro militar tan preparado para semejante misión y se planteó ascenderle a teniente coronel, que era el escalafón necesario para ser el jefe supremo de la fuerza de choque. El rey respaldó el ascenso y el 18 de junio, días después de que el cuerpo de Valenzuela fuera enterrado en la basílica zaragozana de El Pilar, Franco tomó posesión de su nuevo destino en Ceuta. En Oviedo quedaba Carmen Polo, la novia, resignada aunque sin frustración, por el nuevo aplazamiento de su boda. Todo fuera por la gloria del novio. Si Franco tenía ambición, su novia tanta o más y la fomentaría.
Esta vez, sin embargo, Franco decidió casarse pese a estar en la guerra y cursó un permiso oficial para trasladarse a Oviedo para la ceremonia, que se celebraría el 16 de octubre de aquel año en la iglesia de San Juan. Un gran acontecimiento en la capital asturiana. El héroe fue apadrinado por Alfonso XIII representado por el general Losada, gobernador militar de Oviedo, y los Polo invitaron a lo más selecto de la sociedad local. La familia Franco asistió al completo, excepto el padre, del que todo el mundo sabía su situación en Madrid y que la familia Polo había interiorizado como alguien para olvidar. Cientos de ovetenses se echaron a la calle para contemplar el espectáculo de militares engalanados, chaqués, condecoraciones y señoras vestidas como salían en las revistas de moda. Un acontecimiento social profusamente divulgado en la prensa nacional.
Una luna de miel corta por exigencias de la carrera del novio, entusiásticamente respaldado por su ya mujer Carmen, quien, junto con su marido, se bañaron en alegría cuando el 7 de febrero de 1925, Alfonso XIII se empeñó en que Franco fuera ascendido a coronel. Ello bien podría implicar, por el ascenso, su cese como jefe del Tercio, aunque se le confirmó en el mando. El Tercio pasó a ser mandado por un grado superior al de teniente coronel y así Franco pudo seguir al frente. Un héroe mimado que estableció casa en Melilla para que su mujer Carmen pudiera trasladarse a vivir con él en Marruecos. Se distinguió en las acciones de guerra que siguieron al desembarco de Alhucemas y que supusieron la pacificación del Protectorado tras rotundas victorias militares. En la ronda de ascensos que siguió a tan histórico triunfo, Franco consiguió la estrella de general de brigada. Era el 21 de enero de 1926 y el mes anterior había cumplido 33 años. No había general más joven en Europa. Y ahora sí. Tuvo que dejar el Tercio, que ya se solía llamar La Legión, y fue destinado a Madrid como jefe de la I Brigada de la I División de Infantería.
SE ABURRE EN MADRID Y DESTINO EN ZARAGOZA
Aunque poco le duraría su estrellato en el firmamento militar. Apenas un mes después, su hermano Ramón realizó la gesta universal del Plus Ultra, el cruce del Atlántico por aire, hazaña que sacó gente a la calle en España y en América para vitorear al gran héroe de la aviación mundial. La gran aventura americana de Ramón hizo olvidar a su hermano Francisco, que pasó a ser un militar afortunado y discreto. La vida en Madrid del matrimonio Franco tenía cierta intensidad social, como correspondía al rango de él y a su condición de Gentilhombre de Cámara del Rey, título con el que le había distinguido el monarca unos años antes. Decaía el invierno y el matrimonio recibió una magnífica noticia largamente esperada durante más de dos años: iban a tener descendencia. Meses antes del acontecimiento Carmen viajó a Oviedo donde permanecería hasta varios días después de nacida su hija en el mes de septiembre. La bautizaron con el nombre de la madre, la llamarían Nenuca e iba a ser hija única. Muchos años después extrañó que no existieran fotos de Carmen Polo embarazada, algo, sin embargo, que habida cuenta de la época, puede considerarse normal. Las fotografías entonces solían ser de posado, en estudio fotográfico, o en grupo en alguna fiesta, a la que, embarazada, no es raro que no asistiera, y máxime sin la compañía de su marido. No era frecuente que las señoras en estado, que así se les llamara entonces, posaran para retratarse.
Y cuando en 1928 se creó la Academia General Militar de Zaragoza para formar a los oficiales del Ejército de Tierra, se le ofreció a Franco el cargo de director de esta institución y aceptó encantado el olvido de los asaltos a pecho descubierto para pasar al mundo tranquilo de la docencia. En el verano de ese año realizaría uno de los poquísimos viajes al extranjero de su vida y marchó a Berlín y a Dresde para estudiar los métodos de formación de sus academias que tantos hombres ilustres habían dado a la historia militar. En 1930 el general Maginot le impuso las insignias de caballero de la Legión de Honor francesa por su actuación en el desembarco de Alhucemas, que también favoreció los intereses de Francia en Marruecos y le invitó a un curso de un mes para altos mandos en la prestigiosa Academia Militar de Saint Cyr, al que asistió con mucha atención y que le llevaría a culminar su admiración por el ejército francés, que tanto le decepcionaría tras su fulgurante derrota poco más de diez años después frente a las divisiones de Hitler.
La plácida estancia de los Franco en Zaragoza discurrió dentro de una vida social en la que destacaron y en la que trataron a las autoridades locales y a los profesionales más cualificados, entre los que sobresalía un joven abogado del Estado, Ramón Serrano Súñer, que conoció a Zita, la hermana de Carmen, que pasaba algunas temporadas en la capital aragonesa, y con la que llegó a casarse. Nació así una gran amistad entre Franco y Serrano que con el tiempo se convertiría en estrecha colaboración, hasta que un choque de personalidades y de entender la política y la vida privada los alejó de por vida.
LLEGA LA REPÚBLICA
El advenimiento de la República y el consiguiente destierro del rey no afectó, al menos visiblemente, a Francisco Franco. Horas antes de que Alfonso XIII saliera para el exilio, Franco recibió una llamada telefónica de Millán Astray para tantear su postura y recibió por respuesta otra pregunta: qué pensaba hacer el general Sanjurjo, que estaba al frente de la Guardia Civil. Al ser informado de que Sanjurjo, dada la situación, creía que lo mejor era la salida del rey, Franco se alineó con esa idea. El 15 de abril, ante jefes, oficiales y cadetes formados en el patio de la Academia General, les dijo que: «Proclamada la República en España y concentrados en el Gobierno provisional los más altos poderes de la nación, a todos corresponde cooperar con su disciplina y sólidas virtudes a que la paz reine y la nación se oriente por los naturales cauces jurídicos.» Sin embargo, no arrió la bandera bicolor porque alegó que, para hacerlo, era reglamentario que se ordenase públicamente y por escrito. Así que, mientras que en todos los edificios públicos de España ondeaba la bandera tricolor, en la Academia General Militar tardó más de una semana en hacerlo: el tiempo transcurrido por el relevo del capitán general de la Región quien, una vez tomado posesión del cargo, se apresuró a dictar esa orden que el riguroso general Franco, con pulcro respeto al reglamento, reclamaba para la permuta de la antigua por la nueva enseña nacional.
Durante la República, Franco fue un general que, excepto al principio, no levantaba sospechas de insumisión al poder constituido pese a su pasado monárquico. Ya se había ocupado de dejar muy claro su acatamiento a la nueva situación política de España. Aunque se dolió profundamente del cierre de la Academia General Militar por decreto del 30 de junio de 1931, y su disgusto lo explicitaría en un discurso ante los jefes y oficiales de la academia y todos los cadetes formados en el patio de armas. Tras referirse a la clausura del centro docente, lo criticó con dureza:
«¡Disciplina! Nunca bien definida y comprendida. ¡Disciplina! Que no encierra mérito alguno cuando la condición del mando nos es grata y llevadera. ¡Disciplina! Que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía, cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que os inculcamos, esta es la disciplina que practicamos, este es el ejemplo que os ofrecemos.»
Estas palabras quedarían grabadas desde 1939, y por más de cuarenta años, en las paredes de todos los cuarteles de España.
Manuel Azaña, ministro de la Guerra del Gobierno provisional de la República y, por tanto, responsable directo de esa clausura para ahorrar en gastos militares, le respondió dejándole sin destino durante siete meses, en los que vivió tediosamente en Oviedo con su familia. Los ovetenses, acostumbrados a tener entre ellos a un héroe nacional, se desencantaron cuando creyeron que su carrera militar había terminado antes de siquiera cumplir los cuarenta años. Finalmente, Azaña volvió a confiar en él y entraría en la rueda de destinos de su rango: comandante militar de La Coruña, después de Baleares y con el Gobierno de Alejandro Lerroux, en 1934, el ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, recomendó su ascenso a general de división y le reclamó como asesor suyo. En Madrid, y desde ese cargo, dirigió las operaciones para reprimir la revolución minera de Asturias, que estalló en octubre de ese mismo año. Para ello pidió tropas coloniales, regulares y legionarias de África que tan bien conocía, que intervinieron con contundencia, e incluso con crueldad, contra la subversión asturiana. Franco volvió a ser considerado uno de los más brillantes militares españoles. Tras un fugaz destino como jefe del Ejército de Marruecos, el nuevo Gobierno, que tuvo como ministro de la Guerra al derechista Gil Robles, le nombró jefe del Estado Mayor Central del Ejército, lo que le señalaba prácticamente como el general de más prestigio. Pero, en realidad, fue una designación política dentro de la milicia, y en marzo de 1936 el Gobierno del Frente Popular le envió como comandante general a Canarias. Parece un alejamiento, aunque Franco no tenía historial conspirativo. Salvo la protesta, en los orígenes de la República, por la clausura de la Academia General Militar, por otra parte más técnica que política, se había mostrado siempre disciplinado con el poder constituido y no se le conocían cabildeos con descontentos. Y buena prueba de ello es que tardó más que sus compañeros rebeldes en alzarse.
Había llegado a lo más alto en el ejército —la República había suprimido el grado de teniente general— y lo había hecho con un titánico esfuerzo de superación respecto a sus compañeros, muchos de los cuales en la academia se reían de él por su poquedad física y su aguda voz. Les hizo ver que era capaz de arriesgar su vida hasta el límite en que solo la suerte, la baraka, podía salvarle. Demostró ferocidad con el enemigo y se igualó a él en la bajeza de permitir la exhibición de sus cabezas pinchadas en bayonetas o alguna otra atrocidad semejante a la que la guerra le acostumbró a contemplar y admitir con total naturalidad. Es la crueldad de la guerra. Franco estaba insensibilizado respecto a la vida ajena, porque en su juventud había sido insensible con la propia. Fue profundamente devoto de su madre, abjuró de su padre por maltratarla y abandonarla, conservó el cariño por sus hermanos, quiso con ternura a su mujer y a su hija y finalmente a sus nietos.
Y en cuanto a sus hombres, exigencia de lucha con frecuencia sin protección ante la muerte, premio y castigo, bestial disciplina, aunque también vigilancia para que estuvieran bien atendidos en alimentación y material y atento a que sus regulares tuvieran cubiertas sus necesidades religiosas y de convivencia. Aunque siempre implacable. Se ha narrado hasta la saciedad el caso del legionario que rechazó un plato de rancho y lo arrojó a la cara de un oficial. Enterado Franco, jefe de la unidad, ordenó que lo fusilaran e hizo desfilar a su bandera ante el cadáver. Parece que no fue el único caso de llevar la disciplina hasta el luctuoso escarmiento. Un miembro de su familia lo padeció.
FUSILAMIENTO DE RICARDO DE LA PUENTE
De pequeños habían jugado juntos en El Ferrol y eran, además de primos hermanos, muy buenos amigos aunque luego en la juventud discreparon por opiniones políticas. Ricardo de la Puente Bahamonde fue un militar piloto de aviación que hizo brillante carrera en África y el 17 de julio de 1936 era jefe de la base aérea de Sania Ramel, la más antigua del Protectorado que fue construida en 1913. Producido el golpe de Estado, el teniente coronel Sáenz de Buruaga, que se había sublevado con éxito en Tetuán, capital del territorio custodiado por España y en cuyas cercanías se encontraba el aeródromo, le urgió telefónicamente para que se uniera a la rebelión. De la Puente, que tenía noticia de la sublevación, había hablado ya con Madrid, desde donde le conminaron a permanecer en su puesto y defender la base a toda costa, a la vez que le prometieron inmediatos refuerzos aéreos. A lo mismo le instó el alto comisario de España en Marruecos, Álvarez-Buylla, cuya sede en Tetuán todavía no había sido ocupada en aquellos primeros momentos de la insurrección. De la Puente se mantuvo fiel al poder constituido y se negó a sumarse a los sublevados. El aeródromo fue copado y tras un ligero tiroteo se rindió para evitar una lucha tremendamente desigual en la que se vertería sangre inútilmente. No había esperanza de una llegada de refuerzos en un territorio ya completamente hostil. Antes de su entrega, De la Puente ordenó inutilizar todos los aviones de la base agujereando los depósitos de combustible, pinchando las ruedas de los trenes de aterrizaje o averiando los motores. A las 5.30 de la mañana del 18 de julio se entregaron él y sus hombres, que fueron detenidos y encarcelados.
Al día siguiente aterrizó Franco en aquel aeropuerto de Sania Ramel y pudo apreciar personalmente el destrozo de unos aparatos que le hubieran sido preciosos para la aventura insurgente que comenzaba. Inmediatamente fue informado de la detención de su primo, responsable de semejante estrago militar. El día 2 de agosto un consejo de guerra le condenó a muerte por resistirse a la rebelión con el resultado de haber inutilizado la fuerza aérea a su mando. El 3 de agosto Franco recibió la sentencia a su primo y consideró que la conmutación de la pena de muerte por los hechos relatados, y en aquellos momentos, hubiera significado flagrante debilidad y que debía dejar que la justicia siguiera su curso. Tuvo que costarle mucho decidirse por el fusilamiento de su primo Ricardo y quizá por eso declinó firmar la sentencia para que lo hiciera su segundo, el general Orgaz.
Pilar Franco3 dice que el comandante De la Puente desconocía, cuando se negó a sublevarse, que Franco era el jefe de los rebeldes en Marruecos y que, de haberlo sabido, «se hubiera sumado al Alzamiento sin vacilar. [...] Todos los mandos observaban [...] para ver si perdonaba al primo. No tuvo otra posibilidad que la de ser inflexible. Esto demuestra hasta qué punto era consciente de su deber y de su amor a España». En cualquier caso Ricardo de la Puente era un hombre de comprometida ideología que se identificaba con la izquierda. Cumplió con su deber de intentar defender la base aérea a su mando hasta que, disuadido de su enorme inferioridad respecto a las tropas que la habían cercado, inutilizó el armamento para que no cayera en poder enemigo. Es el paradigma de un comportamiento militar en caso semejante. Pero ese comportamiento se vuelve en delictivo cuando lo sufre el enfrentado contendiente.
El fusilamiento de su primo, sin tener mayor publicidad, corrió entre las tropas sublevadas como demostrativo de la firme disciplina del general Franco, capaz de sacrificar a un pariente y amigo como advertencia de una fortaleza, frialdad y determinación de carácter, lo que aumentó su prestigio de jefe militar.
Y tanto se entendió entonces como luego en el bando llamado nacional ese proceder, que la familia De la Puente Bahamonde que, como los Franco, tenían la milicia en la genética, entendió la dura decisión de quien después sería Generalísimo. Un hermano de Ricardo de la Puente, Enrique, perteneciente al Arma de Aviación, sería, en uno de sus destinos, ayudante de su primo Francisco. Y el resto de las hermanas frecuentaba el palacio de El Pardo. Es muy probable que, tras el episodio del fusilamiento, a Franco le reconfortaran esas visitas y que las fomentase.
Franco se había convertido tras la guerra, aunque tuviera condiciones natas para serlo, en un hombre tremendamente frío, alejado de la piedad, que rodaría sobre los carriles de sus convicciones a velocidades diferentes o sobre vagones distintos, pero siempre inexorable hasta conseguir sus fines. Primero sobre cadáveres en las guerras y en la posguerra, luego con la diplomacia con el mundo occidental, y más tarde con la economía aperturista llegó a su meta sin que nadie le incomodara seriamente. Moriría en un hospital, tras sufrir el parkinson, una trombosis y finalmente destrozado por el estrés que le ulceró tenazmente el estómago y con un corazón que le falló inesperadamente dentro de una vida en apariencia distendida en la pesca y en la caza que últimamente abatía a las puertas de su palacio en el cuidado cazadero de El Pardo. Su cadáver fue honrado hasta la exaltación. Su memoria, glorificada y denostada. Su testamento, aceptado, de hecho, universalmente por los españoles: le sucedería el rey que él señaló sin respeto al orden dinástico. Su obra, eso sí, sería demolida con dedicación urgente por quienes le respetaron con fidelidad, en armonía y convenio con quienes habían sido sus enemigos, pero quedamente, sin escandaleras ni blasfemias. Y así pudo hacerse la transición en paz. Con el entierro de Estado del 18 de julio descendido a la fosa del olvido en la connivencia de la derecha aglomerada de franquistas, democristianos, opositores liberales al Régimen, y de una izquierda mal avenida de socialistas de Pablo Iglesias y comunistas de Santiago Carrillo, quien había abjurado de Stalin y abrazado el eurocomunismo.
SU HERMANO NICOLÁS
Nicolás, que nació año y medio antes que su hermano destinado a Generalísimo, el primero de julio de 1891, consiguió su despacho de oficial del Cuerpo de Ingenieros Navales en 1915 y obtuvo el título de piloto aviador. Carecía de historial de guerra, pero su currículum era muy brillante. Pidió excedencia en la Marina y fue director de los astilleros Unión Naval de Levante, que era un cargo de excepcional relieve sobre todo por su juventud. Además, fue miembro del Tribunal Hanseático de La Haya, que entendía de asuntos jurídicos del mar. En su vida personal, era un bon vivant. De soltero se paseaba por Madrid en un llamativo Chrysler descapotable, lo que entonces denotaba una elevada posición económica y social. Y gustaba de lucir a su brazo mujeres vistosas y elegantes. Además, era hombre dispendioso —lo sería toda su vida— y le complacía frecuentar los lugares más de moda con grupos de amigos y gastos a su cuenta. La dirección de la Unión Naval estaba bien pagada y en manos de un gran administrador para la empresa, aunque de un derrochador en su vida privada.
Se casó, bien pasados los treinta años, con Concepción Pasqual del Pobil y Sandoval, de acaudalada familia alicantina, nieta del barón de Finestrat por parte paterna y del conde de Mayals y barón de Petrés, hija de un oficial de la Armada, Emilio Pasqual del Pobil, que participó en la guerra de Cuba y cuyo barco fue hundido por la flota norteamericana. Rescatado de las aguas, fue hecho prisionero de manera sui generis junto con su asistente, porque los norteamericanos le hicieron a medida sus uniformes, uno de gala, y fue paseado por diversas fiestas y recepciones, y presentado como el apuesto marino español que, tras noble combate, fue honrosamente vencido. Lo pasó tan bien, que a la hora de volver le costó trabajo dejar aquellos escenarios de tan buena vida y tan exquisito trato.
Tras el prematuro fallecimiento de Concha, Nicolás, muy afectado, dejó la Unión Naval y junto con unos modestos pescadores y una pequeña lancha se dedicó a la captura y venta de langostas dentro de una vida bohemia. Poco después conoció a una prima hermana de su mujer, Isabel Pasqual del Pobil, hija del hermano de su suegro y se casó con ella. Volvió a la Unión Naval como máximo directivo hasta que, aburrido de ese trabajo, se tomó un año de vacaciones y fue con su mujer a La Coruña, donde su madre daba clases nocturnas gratuitas a parados para mejorar su situación o para prepararles como emigrantes mínimamente instruidos. Nicolás y su mujer se alojaron en la casa familiar y el hijo oía a la madre, que dormía pocas horas, ordenar por la noche las habitaciones o realizar tareas domésticas. Nicolás había heredado esa escasa necesidad de sueño, lo que le vendría muy bien para alargar su frecuente vida nocturna. En aquel año vacacional, el matrimonio Franco-Pascual del Pobil viajaría en barco a Estados Unidos y posteriormente a Veracruz, en México.
Hombre conservador en líneas generales, como tantos militares, Nicolás no tenía adscripción política concreta pero, por su prestigio profesional, la República contó con él y fue designado director de la Escuela de Ingenieros Navales que se estableció en Madrid en 1932 (desde el siglo XVIII había tenido su sede en El Ferrol) y por tanto fue el primero que organizó ese elitista centro en la capital de España. En 1935 fue nombrado director general de Ma
