En mil pedazos

James Frey

Fragmento

cap-1

Me despierto con el zumbido del motor de un avión y la sensación de que algo tibio me resbala por la barbilla. Levanto una mano para tocarme la cara. Me faltan los cuatro dientes delanteros, tengo un agujero en la mejilla, la nariz rota y los ojos hinchados, casi cerrados. Los abro, miro a mi alrededor: estoy en la parte trasera de un avión y no hay nadie cerca de mí. Me miro la ropa. Tengo la ropa cubierta de una mezcla abigarrada de saliva, mocos, orina, vómito y sangre. Busco el timbre de llamada con la mano y lo encuentro, lo aprieto y espero y treinta segundos después llega una Azafata.[1]

¿Qué desea?

¿Dónde voy?

¿No lo sabe?

No.

Va usted a Chicago.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

Le subieron un Médico y dos hombres.

¿Dijeron algo?

Hablaron con el Capitán. Nos pidieron que le dejáramos dormir.

¿Cuánto falta para aterrizar?

Unos veinte minutos.

Gracias.

Aunque no levanto la vista, sé que sonríe y siente lástima de mí. No debería.

Poco después tomamos tierra. Miro a mi alrededor buscando algo que pudiera haber llevado conmigo, pero no hay nada. Ni billete, ni maletas, ni ropa, ni cartera. Espero sentado intentando imaginar qué ha ocurrido. No se me ocurre nada.

Una vez que salen todos los Pasajeros me pongo de pie y empiezo a ir hacia la puerta. Unos cinco pasos después vuelvo a sentarme. Soy incapaz de andar. Veo a mi amiga la Azafata y levanto la mano.

¿Se encuentra bien?

No.

¿Qué le ocurre?

La verdad es que no puedo andar.

Si consigue llegar hasta la puerta le puedo pedir una silla.

¿Está muy lejos la puerta?

No mucho.

Me pongo en pie. Me tambaleo. Vuelvo a sentarme. Miro al suelo fijamente y respiro hondo.

Ánimo.

Levanto la mirada y la Azafata sonríe.

Vamos.

Extiende la mano y la cojo. Me pongo de pie y me apoyo en ella y me ayuda a recorrer el Pasillo. Llegamos a la puerta.

Vuelvo enseguida.

Le suelto la mano y me siento en el puente de la Pasarela de acero que conecta el Avión con la Puerta de entrada.

De aquí no paso.

Ella ríe y la observo alejarse; cierro los ojos. Me duele la cabeza, me duele la boca, me duelen los ojos, me duelen las manos. Me duelen cosas que no tienen nombre.

Me froto el estómago. Siento que me viene. Rápido y fuerte y abrasador. No hay forma de detenerlo, cierra los ojos y déjalo salir. Sale y me estremece el hedor y el dolor. Nada puedo hacer.

Ay, Dios mío.

Abro los ojos.

Estoy bien.

Voy a buscar un Médico.

Estoy bien. Ayúdeme a salir de aquí.

¿Puede ponerse de pie?

Sí, sí que puedo.

Me pongo en pie, me sacudo la ropa y me limpio las manos en el suelo y me siento en la silla de ruedas que ha traído. La Azafata se coloca detrás de la silla y empieza a empujar.

¿Ha venido alguien a recibirle?

Eso espero.

No lo sabe.

No.

¿Y si no hay nadie?

Ya me ha pasado otras veces. Me las arreglaré.

Salimos de la Pasarela y entramos por la Puerta. Antes de poder echar un vistazo a mi alrededor, veo a mi Madre y a mi Padre delante de mí.

Dios mío.

Por favor, Mamá.

Dios mío, ¿qué te ha pasado?

No quiero hablar, Mamá.

Pero ¿qué Demonios te ha pasado, Jimmy?

Mi Madre se inclina hacia mí e intenta abrazarme. La rechazo.

Vámonos ya de aquí, Mamá.

Mi Padre se pone detrás de la silla. Yo busco a la Azafata pero ha desaparecido. Bendita sea.

¿Estás bien, James?

Miro fijamente hacia delante.

No, Papá. No estoy bien.

Empieza a empujar la silla.

¿Tienes equipaje?

Mi Madre sigue llorando.

No.

La gente nos mira.

¿Necesitas algo?

Necesito salir de aquí, Papá. Joder, sácame de aquí de una vez.

Empujan la silla de ruedas hasta el coche. Entro en el asiento trasero y me quito la camisa y me tumbo. Mi Padre pone el coche en marcha, mi Madre sigue llorando. Me duermo.

Unas cuatro horas después me despierto. Tengo la cabeza despejada pero me late todo. Me incorporo y miro por la ventana. Nos hemos parado en una Estación de Servicio en algún punto de Wisconsin. No hay nieve, pero siento el frío. Mi Padre abre la puerta del Conductor, se sienta y cierra la puerta. Yo tirito.

Estás despierto.

Sí.

¿Cómo te sientes?

Fatal.

Tu Madre está dentro arreglándose y comprando unas cosas. ¿Necesitas algo?

Una botella de agua y un par de botellas de vino y un paquete de tabaco.

¿En serio?

Sí.

Mal asunto, James.

Lo necesito.

No puedes esperar.

No.

Vas a disgustar a tu Madre.

Me da igual. Lo necesito.

Abre la puerta y entra en la Estación de Servicio. Yo vuelvo a tumbarme y miro al techo. Siento que se me acelera el corazón y levanto la mano e intento calmarlo. Espero que se den prisa.

Veinte minutos después he acabado las dos botellas. Me siento y enciendo un cigarrillo y bebo un trago de agua. Mi Madre se vuelve hacia mí.

¿Mejor?

Si quieres llamarlo así.

Vamos a la Cabaña.

Lo imaginaba.

Pensaremos qué hacer cuando lleguemos.

Vale.

¿Tú qué piensas?

No quiero pensar en este momento.

Vas a tener que hacerlo pronto.

Pues esperaré hasta ese pronto.

Vamos hacia el norte en dirección a la Cabaña. Durante el camino me entero de que mis Padres, que viven en Tokio, llevan dos meses en Estados Unidos por asuntos de negocios. A las cuatro de la mañana recibieron una llamada de un amigo mío que estaba conmigo en un Hospital y había conseguido dar con ellos en un hotel de Michigan. Les dijo que me había caído de cabeza por una Escalera de Incendios y que creía que tendrían que echarme una mano. No sabía qué me había metido, pero sí sabía que me había pasado y que la cosa era grave. Mis Padres habían pasado la noche en la carretera para ir a Chicago.

¿Entonces qué era?

¿Qué era qué?

Lo que has tomado.

No estoy seguro.

¿Cómo que no estás seguro?

No me acuerdo.

¿Qué recuerdas?

Cosas sueltas.

¿Por ejemplo?

No me acuerdo.

Seguimos camino y pasados unos cuantos minutos tensos, llegamos. Salimos del coche y entramos en la Casa y me doy una ducha porque la necesito. Cuando salgo veo ropa limpia sobre la cama. Me la pongo y voy a la Habitación de mis Padres. Están tomándose un café y hablando pero cuando entro yo se callan.

Hola.

Mi Madre empieza a llorar otra vez y mira hacia otro lado. Mi Padre me mira.

¿Estás mejor?

No.

Deberías dormir.

Voy a hacerlo.

Bien.

Miro a mi Madre. Es incapaz de mirarme. Respiro.

Sólo.

Miro hacia otro lado.

Sólo, en fin.

Miro hacia otro lado. No puedo mirar a mis Padres.

Sólo quiero daros las gracias. Por recogerme.

Mi Padre sonríe. Coge a mi Madre de la mano, se ponen en pie y se acercan a mí y me abrazan. No me gusta que me toquen así que me aparto.

Buenas noches.

Buenas noches, James. Te queremos.

Doy media vuelta y salgo de su Habitación y cierro la puerta y voy a la Cocina. Miro en los armarios y encuentro una botella de whisky de litro y medio sin abrir. El primer trago me revuelve el estómago otra vez, pero después se me asienta. Voy al salón y bebo y fumo unos cigarrillos y pienso en ella y en un momento dado me quedo en blanco y me falla la memoria.

cap-2

Otra vez en el coche con dolor de cabeza y mal aliento. Vamos en dirección norte y oeste hacia Minnesota. Mi Padre ha hecho unas llamadas y me ha encontrado una Clínica y no tengo ninguna otra alternativa, o sea que accedo a pasar allí un tiempo y por el momento no pongo pegas. Está haciendo más frío.

Tengo la cara peor, está horriblemente hinchada. Tengo dificultad para hablar, comer, beber y fumar. Todavía no me he mirado al espejo.

Paramos en Minneapolis para ver a mi Hermano mayor. Se trasladó allí después de divorciarse y conoce el camino a la Clínica. Se sienta conmigo en el asiento trasero y me coge la mano y eso me ayuda porque estoy asustado.

Entramos en el Aparcamiento y dejamos allí el coche y yo me acabo una botella y salimos y empezamos a caminar hacia la Entrada de la Clínica. Yo y mi Hermano y mi Madre y mi Padre. Toda mi Familia. Todos entramos en la Clínica. Me paro y ellos se paran. Miro hacia los Edificios. Son bajos, largos y están conectados entre sí. Funcionales. Simples. Amenazadores.

Quiero salir corriendo o morirme o drogarme. Quiero estar ciego y mudo y no tener corazón. Quiero arrastrarme a un agujero y no salir nunca. Quiero borrar mi existencia del mapa. Del puto mapa. Respiro hondo.

Vamos.

Entramos en una pequeña Sala de Espera. Hay una mujer sentada detrás de una mesa leyendo una revista de modas. Levanta la vista.

¿Qué desean?

Mi Padre se adelanta y habla con ella mientras mi Madre y mi Hermano y yo buscamos sillas y nos sentamos.

Estoy temblando. Me tiemblan las manos y los pies y los labios y el pecho. Temblando. Por varias razones.

Mi Madre y mi Hermano se sientan cerca de mí y me cogen las manos y las estrechan y se dan cuenta de lo que me está pasando. Miramos al suelo y no hablamos. Esperamos cogidos de las manos y respiramos y pensamos.

Mi Padre termina con la mujer y se vuelve y se coloca frente a nosotros. Parece contento y la mujer está hablando por teléfono. Mi Padre se arrodilla.

Te van a ingresar.

Vale.

No te preocupes. Éste es un buen sitio. El mejor.

Eso dicen.

¿Estás listo?

Supongo.

Nos levantamos y vamos a una Habitación pequeña donde hay un hombre detrás de una mesa con un ordenador. Nos recibe en la puerta.

Lo siento, pero tienen que dejarle aquí.

Mi Padre asiente con la cabeza.

Mi Madre rompe a llorar.

Está en el sitio indicado. No se preocupe.

Mi Hermano mira a otro lado.

Está en el sitio indicado.

Me doy media vuelta y me abrazan. Uno detrás de otro, y me estrujan. Me aprietan y me abrazan, yo respondo como puedo. Me vuelvo y sin decir palabra me meto en la Habitación y el hombre cierra la puerta y ya no los veo.

El hombre me ofrece una silla y vuelve a la mesa. Sonríe.

Hola.

¿Qué tal?

¿Cómo estás?

¿A ti qué te parece?

No muy bien.

Pues estoy aún peor.

Tu nombre es James. Tienes veintitrés años. Vives en Carolina del Norte.

Sí.

Vas a quedarte aquí algún tiempo. ¿Estás de acuerdo?

De momento.

¿Sabes algo de este Centro?

No.

¿Hay algo que quieras saber?

Me da igual.

Sonríe, me mira un momento. Habla.

Somos la Residencia para el Tratamiento de Toxicomanías y Alcoholismo más antigua del Mundo. Abrimos en 1949 en una casa vieja que había en el terreno donde ahora está este Edificio y otros treinta y dos Edificios interconectados. Hemos tratado a más de veinte mil pacientes. Tenemos la tasa de curaciones más alta de todos los Centros del Mundo. Hay siempre entre doscientos y doscientos cincuenta Pacientes distribuidos en seis Unidades, tres para hombres y otras tres para mujeres. Nuestra idea es que los Pacientes permanezcan aquí tanto tiempo como necesiten, no un periodo específico, un Programa de veintiocho días, por ejemplo. Aunque es caro venir aquí, a muchos de nuestros pacientes se les financia aquí con subvenciones que gestionamos nosotros.

Disponemos de dotaciones por valor de varios cientos de millones de dólares. No sólo tratamos Pacientes, somos también una de las principales Instituciones de Investigación y Educación en el campo de los Estudios sobre Adicción. Debes considerarte afortunado de estar aquí y contento de iniciar una nueva etapa en tu vida.

Miro al hombre fijamente. No hablo. Él me mira a su vez, esperando que diga algo. Hay un momento incómodo. Sonríe.

¿Preparado para empezar?

Yo no sonrío.

Claro.

Se levanta y yo me levanto y recorremos un pasillo. Él habla y yo no.

Las puertas siempre están abiertas aquí, o sea que si quieres marcharte, puedes hacerlo. No está permitido consumir sustancias tóxicas y si descubren que las consumes o las tienes, te mandan a casa. No te permiten decir más que hola a las mujeres salvo que sean Médicos, Enfermeras o Miembros del Personal. Si desobedeces esta norma, te envían a casa. Hay otras reglas, pero éstas son las únicas que tienes que saber por el momento.

Atravesamos una puerta y entramos en el Ala Médica. Hay Habitaciones pequeñas y Médicos y Enfermeras y una Farmacia donde los armarios metálicos tienen grandes candados de acero. Me lleva a una Habitación. Hay una cama y una mesa y una silla y un armario y una ventana. Todo blanco.

Se queda en la puerta y yo me siento en la cama.

En unos minutos vendrá una Enfermera para hablar contigo.

Vale.

¿Estás bien?

No, estoy hecho una mierda.

Irá a mejor.

Ya.

Créeme.

Ya.

El hombre se marcha y cierra la puerta y me quedo solo. Me rebotan los pies contra el suelo, me toco la cara, me paso la lengua por las encías. Tengo frío, cada vez más frío. Oigo gritar a alguien.

Se abre la puerta y entra una Enfermera en la Habitación. Viste de blanco, toda de blanco, y lleva una tablilla con sujetapapeles. Se sienta en la silla junto a la mesa.

Hola James.

Hola.

Tengo que hacerte unas preguntas.

Vale.

También tengo que tomarte la tensión y el pulso.

Vale.

¿Qué clase de sustancias sueles consumir?

Alcohol.

¿Todos los días?

Sí.

¿A qué hora empiezas a beber?

Cuando me despierto.

Lo apunta.

¿Qué cantidad al día?

Todo lo que puedo.

¿Cuánto es eso?

Lo suficiente para quedarme como estoy ahora.

Me mira. Lo apunta.

¿Consumes alguna otra cosa?

Cocaína.

¿Con qué frecuencia?

Todos los días.

Marca el punto correspondiente.

¿Cuánto?

Todo lo que puedo.

Lo apunta.

¿En qué forma?

Últimamente crack, pero durante años en todas las formas que existen.

Apunta.

¿Algo más?

Pastillas, ácido, hongos, metanfetaminas, PCP y pegamento.

Apunta.

¿Con qué frecuencia?

Cuando lo tengo.

¿Con qué frecuencia?

Unas cuantas veces a la semana.

Alpunta.

Se inclina hacia mí y saca un estetoscopio.

¿Cómo te sientes?

Fatal.

¿En qué sentido?

En todos.

Extiende las manos hacia mi camisa.

¿Puedo?

Sí.

Me levanta la camisa y me aplica el estetoscopio al pecho. Escucha.

Respira hondo.

Escucha.

Bien. Vuelve a respirar.

Me baja la camisa y se retira y lo apunta.

Gracias.

Sonrío.

¿Tienes frío?

Sí.

Saca un aparato para tomar la tensión.

¿Tienes náuseas?

Sí.

Me sujeta el brazalete y me duele.

¿Cuándo has consumido por última vez?

Lo aprieta con la perilla.

Hace un rato.

¿Qué y cuánto?

Me bebí una botella de vodka.

¿Qué proporción es eso de tu dosis diaria habitual?

Ínfima.

Observa el movimiento del indicador y las agujas y lo apunta y me quita el brazalete.

Me voy a marchar un rato, pero volveré.

Yo miro a la pared.

Tenemos que hacerte un seguimiento minucioso y probablemente tendremos que darte algunas drogas desintoxicantes.

Veo una sombra y me parece que se mueve pero no estoy seguro.

En este momento estás bien pero creo que empezarás a sentir determinadas cosas.

Veo otra. La odio.

Si me necesitas no tienes más que llamar.

Odio esa sombra.

La Enfermera se levanta y sonríe y vuelve a poner la silla en su sitio y se marcha.

Me quito los zapatos y me meto bajo las mantas y cierro los ojos y me duermo.

Me despierto y empiezo a tiritar y me acurruco y aprieto los puños. Sudo a chorros por el pecho, los brazos, las corvas. Me escuece la cara.

Me incorporo y oigo quejarse a alguien. Veo un bicho en el rincón, pero sé que no hay nada. Las paredes se acercan y se expanden se acercan y se expanden y las oigo. Me tapo los oídos pero no es suficiente.

Me levanto. Miro a mi alrededor. No sé nada. Dónde estoy, por qué, qué ha pasado, cómo huir. Mi nombre, mi vida.

Me acurruco en el suelo y me aplastan imágenes y sonidos. Cosas que nunca he visto ni oído ni sabía que existieran. Vienen por el techo, por la puerta, la ventana, la mesa, la silla, la cama, el armario. Salen del puto armario. Sombras oscuras y luces brillantes y destellos azules y amarillos y de un rojo tan intenso como el rojo de mi sangre. Se acercan a mí y me chillan y no sé lo que son pero sé que están ayudando a los bichos. Me gritan a mí.

Empiezo a temblar. Temblar, temblar, temblar. Todo mi cuerpo tiembla y el corazón se me dispara y lo veo palpitar debajo del pecho y sudo y me escuece. Los bichos se me meten bajo la piel y empiezan a picarme y yo intento matarlos. Me araño la piel, me arranco el pelo, empiezo a morderme. No tengo dientes y me estoy mordiendo y hay sombras y luces brillantes y destellos y gritos y bichos, bichos, más bichos. Estoy perdido. Estoy perdido del todo, estoy jodido y perdido.

Grito.

Me meo encima.

Me cago en los pantalones.

La Enfermera vuelve y pide ayuda y entran unos Hombres de Blanco y me ponen en la cama y me sujetan. Yo quiero matar a los bichos pero no puedo moverme y por eso siguen vivos. Dentro de mí. Viven de mí. Siento un estetoscopio y el tensiómetro y el pinchazo de una aguja en el brazo y me sujetan.

Me ciega la oscuridad.

No estoy.

cap-3

Estoy sentado en una silla junto a la ventana mirando al infinito. No sé a qué miro y me da igual. Está oscuro y es tarde y no puedo dormir más. Empieza a pasarse el efecto de los medicamentos.

Entra la Enfermera.

¿No puedes dormir?

Me toma la tensión y el pulso.

No.

Tenemos una Sala de Estar.

Me da unas pastillas.

Puedes ver la tele.

Me da una bata y zapatillas.

Y puedes fumar.

Me vuelvo y miro por la ventana.

Cámbiate y te enseño dónde está.

Vale.

Se marcha y me tomo las pastillas y me cambio y, cuando abro la puerta, está esperándome. Sonríe y me da un paquete de cigarrillos.

¿Te gustan éstos?

Sonrío.

Gracias.

Vamos a la Sala de Estar. Una televisión, dos sofás, una mecedora, unas máquinas expendedoras. La tele está encendida.

¿Quieres algún refresco?

Me siento en la mecedora.

No.

¿Estás bien?

Asiento con la cabeza.

Gracias.

Se va y empiezo a sentir el efecto de las pastillas. Miro la televisión pero no registro nada. Fumo un cigarrillo. Quema.

Entra un hombre y se acerca y se queda delante de mí.

Hola tío.

Tiene la voz profunda y sombría.

Hola tío.

Tiene los antebrazos cruzados de pinchazos.

Tiene cicatrices de lado a lado de las muñecas.

Le miro a los ojos. No tienen expresión.

¿Qué?

Señala.

Ésa es mi silla.

Vuelvo a mirar hacia la televisión.

Ésa es mi silla.

Las pastillas me están pegando.

Oye tío, ésa es mi silla.

No registro nada.

OYE GILIPOLLAS. ÉSA ES MI PUTA SILLA.

Yo miro a la pantalla y él empieza a respirar con fuerza y entra la Enfermera.

¿Hay algún problema?

Este Gilipollas está en mi silla.

¿Y por qué no te sientas en el sofá?

Porque no me gusta el sofá. Me gusta la silla.

James está en la silla. Tienes el sofá, tienes el suelo, o te puedes marchar. Tú decides.

James que se joda. Dile que se vaya.

¿Quieres que llame a Seguridad?

No.

Entonces tú decides.

Se va al sofá y se sienta. La Enfermera le observa.

Gracias.

Él ríe y ella se va y nos quedamos solos y yo veo la tele y fumo un cigarro. Me mira fijamente y se come las uñas y las escupe en mi dirección pero ya me han hecho efecto las pastillas y ya no hay bichos y no me importa. No me entero de nada.

Miro la pantalla. Todo se vuelve más lento. Tan lento que no reconozco nada.

La imagen se desdibuja, las voces se apagan. No hay ni acción ni sonido, solamente luces parpadeantes y una sinfonía de voces mortecinas. Miro las luces, escucho las voces. Quiero que desaparezcan pero siguen ahí.

Se me cierran los párpados. Intento levantarlos pero no lo consigo. El resto de mi cuerpo sigue a mis ojos. Todos mis músculos se aflojan y resbalo de la silla al suelo. No me gusta el suelo y no quiero estar en el suelo pero no puedo remediarlo. Mientras resbalo, la superficie de la silla retiene la bata y me araña las piernas por detrás y la bata se me queda enrollada en la cintura. Levanto la mano para ponerme bien la bata y se me cae la mano. Mi cabeza le dice a la mano que se mueva y arregle la bata pero mi cabeza no funciona. No me funciona la cabeza y no me funciona la mano. La bata se queda como está.

El hombre deja de escupirme uñas y se levanta y se acerca a mí y le veo venir entre mis párpados entrecerrados. Sé que puede hacerme lo que quiera y que soy incapaz de evitarlo. Sé que está furioso y por los pinchazos y por las cicatrices y por sus ojos sé que probablemente expresará su ira con alguna forma de violencia. Si pudiera moverme me pondría en pie y le respondería con una dosis de lo que sea que él quiera utilizar pero no puedo responderle con nada. Con cada paso que da hacia mí la situación se vuelve más clara en mi cabeza. Puede hacerme lo que quiera. Soy incapaz de detenerle. Incapaz de evitarlo. Incapaz.

Está de pie junto a mí y me observa. Se inclina y me mira a la cara y ríe.

Eres un Hijoputa feo de cojones.

Intento contestar. Sólo me sale un gruñido.

Podría pegarte una hostia aquí mismo si quisiera. Darte una paliza y dejarte hecho un puto Cristo.

Tengo todo el cuerpo flojo.

Pero sólo quiero la puta silla.

Mi cabeza no funciona.

Y la voy a coger, coño.

Extiende las manos y me coge de las muñecas y me arrastra por el suelo. Me aleja de la silla a rastras y me lleva a un rincón de la Habitación y me deja boca abajo en el suelo. Se inclina y me pone la boca junto al oído.

Te he podido dar una puta paliza. No lo olvides.

Se va y le oigo sentarse en la silla y empezar a cambiar canales en la televisión. Hay un resumen de las noticias deportivas del día, información comercial sobre un crecepelos, una tertulia de última hora de la noche. Deja la tertulia y ríe cuando se supone que tiene que reír y farfulla que le gustaría follarse a una de las invitadas. Yo sigo boca abajo en el suelo. Estoy despierto pero no puedo moverme.

El corazón me late, me late fuerte y lo veo.

El pelo de la alfombra se me clava en la cara y lo oigo.

Suenan las risas pregrabadas del programa y me retumban.

Estoy despierto pero no puedo moverme.

Me estoy yendo.

Me voy.

Me voy.

Llega la mañana y cuando me despierto puedo moverme y me pongo de pie y busco al hombre. Se ha ido, pero aún tengo el recuerdo, que no olvidaré en mucho tiempo. Siempre ha sido uno de mis defectos. Conservo la memoria.

Voy a mi Habitación y cuando abro la puerta veo a un Celador que pone una bandeja de comida sobre la mesa. Me mira y sonríe.

Buenos días.

Buenos días.

Te he traído el desayuno. Pensamos que quizá tuvieras hambre.

Gracias.

Si quieres algo más no tienes más que llamar.

Gracias.

Sale y miro la comida. Huevos, bacon, tostadas, patatas. Un vaso de agua y un vaso de zumo de naranja. No quiero comer pero sé que debo hacerlo de modo que me acerco a la silla y me siento y miro la comida y entonces me palpo la cara.

Sigue toda hinchada. Me toco los labios y se me cortan. Abro la boca y sangran. Cierro la boca y gotean. No quiero comer pero sé que debo hacerlo.

Alcanzo el vaso de agua y bebo un trago pero está demasiado fría.

Alcanzo el zumo de naranja y bebo un trago pero me escuece.

Intento utilizar el tenedor pero me hace demasiado daño.

Parto la tostada y me meto los pedazos hasta la garganta con los dedos. Hago lo mismo con las patatas y los huevos y el bacon. Bebo agua, pero no zumo. Me limpio los dedos con la lengua.

Cuando termino voy al Cuarto de Baño y vomito. Intento evitarlo, pero no puedo. Echo casi la mitad de la comida, junto a algo de sangre y algo de bilis. Me alegro de haber podido retener la mitad de lo comido. Es más de lo que consigo normalmente.

Cuando voy hacia la cama un Médico entra en la Habitación. Sonríe.

Hola.

Lleva un cartelito con su nombre pero no puedo leerlo.

Soy el Doctor Baker.

Nos damos la mano.

Voy a trabajar contigo hoy.

Me siento al borde de la cama.

¿Te parece bien?

Me mira a la cara pero no a los ojos.

Claro.

Le miro a los ojos.

¿Cómo te sientes?

Tiene la mirada amable.

Estoy harto de preguntas.

Ríe.

No me extraña.

Yo sonrío.

Toma.

Me da más pastillas.

Son Librium y Diazepam.

Me las tomo.

Son drogas desintoxicantes y médicamente son importantes porque te estabilizan el corazón, te bajan la tensión y te facilitan la abstinencia. Sin ellas tendrías un derrame cerebral o un infarto o ambas cosas.

Se inclina hacia mí y me mira la mejilla.

Las tienes que tomar cada cuatro horas, en dosis decrecientes, durante los próximos cinco días.

Le miro a los ojos.

Te tenemos que hacer algunos análisis.

No es la primera vez que ve algo así.

Y empezar a pensar un Programa para ti.

Vale.

Pero primero tenemos que hacerte una puesta a punto.

Vamos a una Habitación. Tiene tubos fluorescentes brillantes y grandes camillas de cirugía y cajas llenas de materiales. Me siento en una camilla y se pone unos guantes de látex y me examina la mejilla. Levanta las costras. Me abre la boca. Le cabe el dedo por el agujero. Coge una aguja y un hilo y me dice que apriete los puños y cierre los ojos. Los dejo abiertos y miro mientras me atraviesa con la aguja de un lado a otro. Entra y sale. La mejilla, el labio, la boca. Cuarenta y una veces.

Hemos terminado y está hablando por teléfono con el Dentista Cirujano y yo estoy sentado en la camilla y temblando de dolor. La boca me sabe a calor, a hilo y a sangre. El Doctor fija una fecha y cuelga el teléfono y empieza a lavarse las manos.

Vamos a llevarte a la Ciudad dentro de dos días para que te arreglen los dientes.

Me paso la lengua por los puntos.

Conozco al Dentista y te hará un buen trabajo.

Me paso la lengua por lo que me queda de dientes.

Vas a quedar como nuevo.

Dejo la lengua descansar en su sitio.

No te preocupes.

Se pone otro par de guantes y se vuelve.

Ahora tengo que mirarte la nariz.

Respiro hondo. Se acerca a mí y empieza a mirarme la nariz. La toca y yo me encojo. Ya no siento la mejilla.

Está muy mal.

Ya lo sé.

Voy a tener que romperla y volver a colocarla.

Ya lo sé.

Cuanto antes mejor, pero si quieres podemos esperar.

Cuanto antes mejor.

Muy bien.

Abre las piernas y se afianza y me pone las dos manos en la nariz. Yo me agarro a los dos lados de la camilla cierro los ojos y espero.

¿Estás listo?

Sí.

Da un tirón hacia delante y hacia arriba y hay un crujido audible. Me atraviesa los ojos una luz fría y blanca y me baja por la columna y me llega hasta los pies y vuelve a subir. Tengo los ojos cerrados pero estoy llorando. Me chorrea la sangre por las fosas nasales.

Ahora tengo que colocarla.

Mueve las manos hacia un lado y siento que el cartílago se mueve con ellas. Vuelve a moverlas. Lo siento todo. Presiona y la nariz parece encajarse. Lo siento todo.

Ya está.

Coge esparadrapo y yo abro los ojos. Me pone esparadrapo en el puente de la nariz y sujeta el cartílago en su sitio. Lo noto sólido.

Coge una toalla y me limpia la sangre de la cara y el cuello y yo miro a la pared. Me palpita la cara y aprieto los lados de la camilla y me duelen las manos. Quiero soltar pero no puedo.

¿Estás bien?

No.

No puedo darte analgésicos.

Me lo imaginaba.

El Librium y el Diazepam te calmarán un poco, pero te va a doler.

Lo sé.

Voy a buscarte otra bata.

Gracias.

Retrocede y tira la toalla al cubo y sale. Yo suelto la camilla y levanto las manos a la altura de la cara y me las miro.

Me tiemblan, yo tiemblo.

El Doctor vuelve con una Enfermera y me ayudan a cambiarme y me hablan de los análisis que me tienen que hacer. Sangre, orina, heces. Tienen que saber cuánto daño me he hecho internamente. La idea me produce asco.

Salimos y vamos a una Habitación diferente que también tiene Cuarto de Baño. Orino en un frasco, cago en un contenedor de plástico, me meten una aguja en el brazo. Es sencillo, es fácil y es indoloro.

Salimos y hay mucho movimiento en la Unidad. Los Pacientes hacen cola para sus medicinas. Los Médicos van de Habitación en Habitación. Las Enfermeras llevan frascos y tubos. Hay ruido, pero todo el mundo está en silencio.

Voy a mi Habitación con el médico y me siento en la cama. Él se sienta en la silla y escribe en un gráfico. Termina de escribir y me mira.

Excepto el Dentista, ha pasado lo peor.

Bien.

Voy a ponerte doscientos cincuenta miligramos de Amoxicilina tres veces al día y quinientos miligramos de Penicilina VK una vez al día. Con eso evitamos cualquier tipo de infección.

Muy bien.

Ve al Dispensario y allí te lo darán o, si se te olvida, vendrá una Enfermera a buscarte.

Vale.

Gracias por aguantar bien esta mañana.

No hay de qué.

Buena suerte.

Gracias.

Se levanta y se acerca a mí y nos damos la mano y se va. Yo voy al Dispensario para ponerme en la cola. Delante de mí hay una chica joven. Se vuelve y me mira a la cara. Me habla.

Hola.

Sonríe.

Hola.

Extiende la mano.

Soy Lilly.

Cojo su mano. Es suave y tibia.

Yo soy James.

No quiero soltarle la mano, pero la suelto. Avanzamos un paso.

¿Qué te ha pasado?

Lilly mira hacia el Dispensario.

No me acuerdo.

Se vuelve hacia mí.

¿Perdiste el conocimiento?

Sí.

Hace una mueca.

Mierda.

Me echo a reír.

Sí.

Avanzamos.

¿Cuándo llegaste aquí?

Miro hacia el Dispensario.

Ayer.

La Enfermera está mirándonos ceñuda.

Yo también.

Hago un gesto hacia la Enfermera y Lilly se vuelve y deja de hablar y avanzamos un paso más y esperamos. La Enfermera sigue mirándonos mal y entrega a Lilly unas pastillas y un vaso de agua y Lilly se toma las pastillas y se bebe el vaso de agua. Se vuelve y al pasar junto a mí sonríe y pronuncia sin sonido la palabra adiós. Yo sonrío y doy otro paso. La Enfermera me mira enfadada y me pregunta mi nombre.

James Frey.

Mira una lista y va al armario y coge unas pastillas y me las da con un vaso de agua.

Me tomo las pastillas.

Me bebo el agua.

Voy a mi Habitación y me duermo y paso el resto del día durmiendo y metiéndome comida en la boca y haciendo cola y tomando pastillas.

cap-4

Todavía es de noche cuando me despierta mi cuerpo. Me queman las vísceras, como si ardieran. Se mueven y me viene el dolor. Vuelven a moverse y el dolor aumenta.

Vuelven a moverse y me quedo paralizado.

Sé lo que se me viene encima y tengo que levantarme pero no puedo andar, así que me doy la vuelta en la cama y caigo al suelo. Me quedo ahí tumbado y gimo y hace frío y todo está en silencio y oscuro.

El dolor cede y me arrastro hasta el Cuarto de Baño, me agarro a los bordes del retrete y espero. Estoy sudando y jadeo y me palpita el corazón. El cuerpo me da una sacudida y cierro los ojos y me inclino hacia delante. Por la boca y por la nariz me salen a chorros sangre y bilis y pedazos de estómago. Se me atascan en la garganta, en las fosas nasales, en lo que me queda de los dientes. Vuelve, y vuelve otra vez y otra, y con cada racha un dolor agudo me atraviesa el pecho, el brazo izquierdo y la mandíbula. Golpeo la cabeza contra la cisterna pero no siento nada. Vuelvo a darme. Nada.

Dejo de vomitar y me siento en el suelo y abro los ojos y miro al retrete. Hay espesos chorreones rojos por los lados y pedazos marrones de mi interior flotan en el agua. Intento sosegar mi respiración y mi corazón pero no puedo, de modo que me quedo sentado y espero. Todas las mañanas es igual. Vomito, me siento y espero.

Pasados unos minutos me levanto y vuelvo lentamente a la Habitación. La noche va desapareciendo y me pongo en la ventana a mirar. Vetas de color naranja y rosa cruzan el azul del cielo, grandes pájaros se recortan contra el rojo del sol naciente, unas nubes se aproximan a mí poco a poco. Siento gotas de sangre que caen de las heridas de mi cara y siento latir el corazón y siento que empieza a contraerse el peso de mi vida y comprendo por qué llaman melancólico al amanecer.

Me limpio la cara con la manga y me quito la bata, que ahora está cubierta de sangre y de lo que sea que he vomitado y la dejo en el suelo y me voy al Baño. Abro la ducha y espero a que el agua salga caliente.

Me miro el cuerpo. Tengo la piel amarillenta y blanca. El torso lleno de cortes y moratones. Estoy delgado y me cuelgan los músculos. Tengo aspecto abatido, vencido, viejo, muerto. No siempre he tenido este aspecto.

Extiendo la mano para tocar el agua. Está tibia, pero no caliente. Me meto en la ducha y cierro el agua fría y espero a que llegue el calor.

El agua me resbala por el pecho y por el resto del cuerpo. Cojo una pastilla de jabón y me froto y, al hacerlo, el agua se calienta más. Choca contra mi piel y me la quema y se pone roja. Aunque me duele, es una sensación agradable. El calor, el agua, el jabón, las quemaduras. Duele, pero me lo merezco.

Cierro el agua y salgo de la ducha y me seco. Me meto en la cama y debajo de las mantas y cierro los ojos e intento recordar. Hace ocho días estaba en Carolina del Norte. Recuerdo haber comprado una botella y una pipa y haberme ido a dar un paseo en coche. Dos días después me desperté en Washington, D. C. Estaba en un sofá en Casa de la hermana de un amigo mío. Estaba cubierto de pis y de vómito y ella quería que me fuera o sea que le pedí prestada una camisa y me fui. Veinticuatro horas después me desperté en Ohio. Recuerdo una Casa, un Bar, algo de crack, algo de pegamento. Recuerdo haber gritado. Recuerdo haber llorado.

Se abre la puerta y me incorporo y el Médico me trae un montón de ropa y mis pastillas y lo pone todo sobre la mesa.

Hola.

Cojo las pastillas.

Hola.

Me las tomo.

Te hemos conseguido ropa limpia.

Gracias.

Se sienta a la mesa.

Te vamos a trasladar hoy a una Unidad.

Vale.

Normalmente cuando un Paciente es trasladado a una Unidad su contacto con nosotros es limitado, pero en tu caso tenemos que seguir viéndote.

Vale.

Durante la próxima semana vas a tener que seguir viniendo aquí dos veces al día, después del desayuno y después de la cena, para que te demos los antibióticos y el Librium. Lo que te doy ahora es tu última dosis de Diazepam.

Ya veo.

Me mira la boca.

Mañana te vamos a llevar a un Dentista.

Todavía no me he mirado la boca.

Conoce bien su oficio y es amigo mío. Te hará un buen trabajo.

Me da miedo mirarme.

No te desanimes y estarás bien.

Miedo al odio que puede producirme mi propia imagen.

Tendrías que cambiarte y esperar en la Sala de Estar.

De acuerdo.

Van a mandar a alguien de la Unidad a buscarte.

Espero impaciente.

Ríe y se levanta.

Buena suerte, James.

Me pongo en pie.

Gracias.

Nos damos la mano y se marcha y me pongo la ropa que me ha traído. Un par de pantalones caqui, una camiseta blanca, unas zapatillas. Son abrigados y suaves y tienen un tacto agradable. Me siento casi humano.

Me voy de la Habitación y cruzo la Unidad Médica, donde nada ha cambiado. Hay luces brillantes, blancura. Hay Pacientes y Médicos y colas y pastillas. Hay lamentos y gritos. Hay tristeza, demencia y ruina. Conozco todas esas cosas y ya no me afectan. Entro en la Sala de Estar y me siento en un sofá. Estoy solo y veo la tele y siento el latigazo de la última toma de pastillas.

El corazón se me tranquiliza.

Dejan de temblarme las manos.

Se me cierran los párpados.

El cuerpo se me afloja.

No registro nada.

Oigo mi nombre y levanto la vista y tengo a Lilly delante. Me sonríe y se sienta a mi lado.

¿Te acuerdas de mí?

Lilly.

Sonríe.

No estaba segura de que te acordaras. Tienes pinta de estar hecho polvo.

Librium y Diazepam.

Ya. Acabo de dejarlos. Odio esa mierda.

Es mejor que nada.

Ella ríe.

Cuéntamelo dentro de un par de días.

Yo sonrío.

Dudo que vaya a durar un par de días.

Asiente con la cabeza.

Sé cómo te sientes.

No respondo. Lilly me habla.

¿De dónde eres?

Busco mi tabaco.

Carolina del Norte.

Saco un cigarrillo del paquete.

¿Me puedes dar a mí?

Le doy uno y enciendo los dos y fumamos y Lilly me habla de ella y yo la escucho. Tiene veintidós años y se crió en Phoenix. Su Padre se largó cuando ella tenía cuatro años y su Madre era una Heroinómana que se pagaba la droga prostituyéndose con quien quisiera pagar. Empe

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