2005
1 de enero
Noticia de Bea desde Alicante: su lenguaje maduro, su mente rápida, su musicalidad, su credibilidad, esa historia inconclusa. Mis débiles proyectos. Mis problemas de artrosis y garganta. Mi apetito de religión experimental. Esta noche pasada, en la cama, mientras no podía conciliar el sueño, recordando otras épocas, he ensayado una «conversación» con el S/N —a la manera de santa Teresa—, ese S/N infinito y no-todopoderoso —es decir, trascendente e inmanente— que es el único dios/diosa que me concierne, único compatible con el escándalo del mal y la realidad del azar. Agobiado por la pesadilla de mis achaques le he preguntado al S/N qué quería de mí, cuál era el mensaje, cuál el sentido de mis dolencias, y he recordado, comparativamente, la descomunal tragedia del sudeste asiático, sus más de doscientos mil muertos, sus millones de personas desplazadas. Lo mío era tan minúsculo. Sólo que era lo mío. Y no recuerdo muy bien qué me ha respondido el S/N. Aparentemente, nada. Y sin embargo, subsiste en mí el reflejo arcaico/infantil de darle algún sentido al sufrimiento. Es tan triste la inutilidad del mal.
Nota. A veces le llamo S/N (sin nombre), a veces dios-cómplice, a veces nada. Como a menudo lo he explicado, pienso que cada cual tiene derecho a inventar su propio dios y a diseñar su propia gnosis. Al fin y al cabo, el dios que adoran las religiones monoteístas de Occidente es, en buena medida, un personaje literario: el invento de un escritor casi blasfemo —escritora, según Harold Bloom— llamado el Yahvista (J), que redactó los capítulos bíblicos que hoy conocemos como Génesis, Éxodo y Números: un dios celoso, neurótico y vengativo, cuya imagen trataron de dulcificar los redactores posteriores. Ya digo: un personaje literario. Lo cual tampoco es excepcional. Los genuinos «textos sagrados» de nuestra tradición son, desde hace siglos, los de los grandes autores. Platón y Aristóteles, Dante y Shakespeare, pongo por caso. Pero también Victoria, Bach, Haendel, Beethoven. Y Giotto, Fra Angelico, Velázquez. Y Arquímedes, Euclides, Pascal, Newton, Darwin, Einstein, Heisenberg. Y Paul Celan y Béla Bartók. Todos ellos son autores sagrados y, a veces, también canónicos. Los Elementos de geometría de Euclides se estudiaron durante más de mil años. La física cuántica es un monumento no menos inspirado que la Biblia. Ni menos ambiguo. Pues bien, como he dicho, uno reclama el derecho a inspirarse en todas partes, y a diseñar su propio canon, su propia religión, su propio mito, su identidad híbrida. A hacerlo desde una cierta base empírica (la vida cotidiana de cada uno). Al fin y al cabo todas las religiones primitivas tenían una base empírica. Quienes adoraban al dios Sol adoraban a un dios verdadero.
Sobre el tema del azar, la cuestión crucial podría plantearse así: ¿es el azar una expresión de la ignorancia humana o pertenece a la misma naturaleza? Cualquier teología depende de la respuesta que se dé a esa pregunta. Algunos estiman que la física cuántica ya dio una respuesta. Personalmente, tiendo a pensar que azar y trascendencia no son incompatibles.
2 de enero
Entrevistan a Martín de Riquer por la radio. ¿Qué escribe usted ahora, maestro?, y Riquer responde: «No escribo nada, tengo noventa años y he dejado de escribir, hoy sólo leo».
Yo también, a ratos, leo. Leo a Rilke: «No puedo dormir sin la ventana abierta» (Los cuadernos de Malte Lauridis Brigge). Rilke explica que los tranvías ruedan estrepitosamente a través de su habitación, que los autos pasan por encima de él, que en algún lugar cae un vidrio chasqueando, y que se oye la risa de los grandes trozos de cristal. Leo a Baudelaire: «Voilà que j’ai touché l’automne des idées». Leo a Rimbaud, su célebre comienzo, «Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin…». Típico: un adolescente hablando de «jadis». Y enseguida descubro que no aguanto altas dosis de poesía. Ni altas dosis de nada.
Leo/releo El Quijote, de cuya primera parte se cumplen estos días cuatrocientos años, y que me sigue pareciendo un libro desigual, a ratos agobiante, a ratos fascinante. Se conoce que aquellos lectores del XVII tenían tiempo sobrante y paciencia larga. En aquella época, según parece, no había luz eléctrica, ni periódicos, ni televisión, ni automóviles, ni agendas de negocios. ¿Y qué decir de aquella Weltanschauung tan castellana? Cervantes la recoge y a veces se le agrieta. Cervantes, precavido frente a la Inquisición, se escuda en la «locura» de su protagonista para expresar ideas digamos «erasmistas». Hay en El Quijote momentos de mucha amenidad. El enorme encanto de un lenguaje despreocupado. Ejemplo de espontaneidad narrativa: cuando comienza a describir el final de su héroe, Cervantes escribe que Don Quijote, entre lágrimas de los allí presentes, «dio su espíritu, quiero decir que se murió». Espontaneidad, casi desfachatez, lenguaje a menudo torrencial y rebosante de ingenio. Ingenio popular de la época. Y con todo, un libro triste. Como triste fue la vida de su autor.
Nota. Unamuno veía a Don Quijote como una especie de Cristo, y al quijotismo como la genuina religión española. Y uno piensa que tampoco conviene excederse en interpretaciones simbólicas. Es posible que Cervantes no se propusiera otra cosa que escribir una divertida sátira. Los autores de obras geniales no suelen ser muy conscientes de lo que han compuesto. Sea como fuere, El Quijote es, como digo, un libro triste. Un libro hondo, cruel y a veces tosco.
3 de enero
Siguen las flemas y la carraspera. Paseo por la casa sin dejar de aclararme la garganta con una especie de sudor frío. Bajo a la cocina para cambiar de perspectiva. Abro una lata de paté y preparo unas tostadas. Escucho la radio mientras doy cuenta del piscolabis. Hablan del Plan Ibarretxe. Mejoro. Ahora, 23.45 de la noche, tal vez vea la tele o siga aquí, anotando insignificancias. Procuraré quejarme poco. Aunque nunca sé qué hacer con el sufrimiento. No consigo diluirlo en una sabiduría superior. Cuando yo era adolescente —y desconocía las técnicas orientales— prevalecían las respuestas tradicionales, cuyas secuelas todavía, a veces, afloran. Como la otra noche, insomne, encima de la cama. Ya lo conté. Deseaba que hubiera un interlocutor para todas las estaciones. Deseaba, deseo, no estar solo. Deseaba una religión experimentable. Entoné una protesta, una especie de salmo: «Eh, tú, di algo».
5 de enero
Me entrevistan para Catalunya Ràdio, tema maremoto del sudeste asiático. La OMS alerta del riesgo inminente de epidemias. La ONU informa de que la catástrofe ha dejado dos millones de personas hambrientas, y otras tantas sin techo. Desesperación ante la falta de agua y de comida. Nadie explica qué hicieron de malo esos millones de personas para ser castigadas tan salvajemente. La perplejidad frente a epidemias y catástrofes arranca de antiguo. La peste negra medieval hizo morir a la mitad de la población europea en muy poco tiempo. La llamada gripe española mató a más gente que la Primera Guerra Mundial. Conocemos el mosaico de explicaciones fantasiosas que el aterrado animal humano se ha ido dando a lo largo de su historia. Afortunadamente, el ritmo y el riesgo de esas catástrofes va disminuyendo y la ciencia las explica —y a veces las combate— con progresiva eficacia. Y la sensibilidad de las gentes cobra otro cariz. Y uno tiene hoy la impresión de que la ayuda internacional se está movilizando más aprisa que en anteriores ocasiones. Les hablo (a los de la radio) del concepto, más ontológico que sentimental, de solidaridad. Ya advirtió Maslow que la solidaridad con los demás no es un deber moral sino un síntoma de buena salud. En este contexto me refiero a la cultura budista de la zona y al concepto de karuna (compasión). También preveo que dentro de poco, en cuanto los medios de comunicación dejen de enfocar los escombros, el público mirará hacia otra parte.
7 de enero
Llama Bea desde el hospital de Alicante. Le explico lo mal que lo estoy pasando por causa de mi averiada garganta. «Creo —dice ella— que deberían darte inhaladores con corticoides; al fin y al cabo, tienes una laringitis, y eso te reduciría la inflamación.» Cobra Bea una curiosa consistencia cuando aflora su profesión de médica. De médica cirujana. Son las tres de la tarde, le pregunto si ha comido. Me dice:
—Sí, he comido. Te he llamado en ese momento especial en que salgo del quirófano y me dejo caer en un sofá.
Le pido que me explique el sentido de la cita bíblica a que aludía en uno de sus últimos e-mails.
—El sentido de la cita era muy claro. «Nadie que ponga las manos en el arado y mire atrás, está preparado para el reino de los cielos.» Es una frase de Jesús que, como muchas otras suyas —como la de las vírgenes necias— tiene un alcance claramente oriental que la Iglesia ha camuflado. El sentido de la cita es que hay que mantenerse en el ahora. Y yo me la aplico a mí misma. Porque he pensado que posiblemente estemos los dos librando una dura negociación interna, una batalla. La mía —dice— es una batalla hacia encontrar el yo profundo, a meterme más en el ahora, en mi propia energía vital, y… es una cuestión de desapego.
—Ya.
—Es como una pequeña rendición. Es la entrega al momento, la desidentificación con el devenir de las cosas, la renuncia a la espera, dejar que las cosas sean. Además, ocurre que yo tengo mi corazón más disponible que el tuyo, y quiero respetar absolutamente tu espacio interior.
—Bien.
Pero percibo en su voz un deje de desaliento.
13 de enero
Vienen de Televisión Española a filmarme para un reportaje sobre la felicidad que pasarán por Informe Semanal. Qué manía les ha cogido con este tema. Y sin embargo, tiene su explicación. Doblada la esperanza de vida, generalizado el estado del bienestar, ¿qué más queda? Queda la insaciable condición humana. Y así la felicidad se ha convertido en el Grial de nuestra época. Les hablo del concepto hindú de Satcitananda, ser-conciencia-beatitud. Por menos de eso no merece la pena andar por ahí. Pero andamos por ahí. Y acabamos confundiendo la felicidad con un derecho humano.
Pasada ya la medianoche, tras un día de carraspera permanente, me siento al piano. Esta vez tengo algo real que traducir en notas musicales, una tenue exasperación. Y juraría que, por primera vez en mucho tiempo, he tocado de verdad. Tristeza y lejanía volcadas en una improvisación en fa sostenido menor. Lástima no haberlo grabado. Ha sido un inesperado brote de energía entre un montón de escombros. No era la felicidad pero sí, al menos, una pausa, una salida de esa pesadilla de ser yo.
14 de enero
Nueva conversación con Bea. Menciona ella que tiene invitados a sus padres en su casa. «Son gente mayor, mi padre acaba de cumplir ochenta y tres, que con los años se vuelven cada vez más centrípetos, y se miran más el ombligo, y se ocupan continuamente de su estado físico, y subyace el pánico a morir, aunque ellos lo nieguen.»
Le pido a Bea que me dé detalles de su vida profesional.
—Acabo de hacer el segundo neonato del día. Nació con una atresia duodenal, es decir, con la luz duodenal cerrada por un tabique. Es un mongolito. Ha ido todo bien, aunque tiene una cardiopatía asociada que puso muy nervioso al anestesista.
—Me impresiona ese contacto tuyo con una zona tan sombría del espectro humano —le digo.
—Bueno, caminamos bastante de puntillas sobre eso. Puedes sentir compasión, pero no debes llevarte el dolor contigo. Hay que mantener una cierta higiénica distancia.
—¿Y cómo va lo de tus antiguos miedos?
—Va bien. Por ejemplo, hace poco tuve que meter en quirófano a una niña con un riñón roto, lo cual supone quitar el riñón, y eran las tres de la mañana, y el ayudante era un novato, y me puse un poco nerviosa, tuve que tomarme una pastilla. Pero, salvo casos muy extremos, en general estoy perfectamente centrada y debidamente distante de los resultados.
Me cuenta Bea que dentro de unos días se va a Calpe. Le digo:
—Es que tú nunca paras.
—No, no paro. Lo que ocurre es que hay una parte de mi panorama vital de la que casi nunca te hablo. Y es que estoy estrenando vida en solitario. Sólo hace seis meses que vivo sola.
—Algo me sugeriste una vez.
—¿Recuerdas que te dije que era muy importante el momento en que había llegado aquella segunda carta tuya? El caso es que hacía pocos días que yo vivía sola.
Me explica que durante mucho tiempo compartió su vida con un hombre doce años mayor que ella, un «chicarrón donostiarra», guapo, ojos azules. «Por razones que otro día te explicaré, al final tuve que rogarle que saliera de mi vida. Y lo hizo. Sin protestar. Porque es un tipo honrado y leal.»
Le pido más detalles de su historia pasada, y me cuenta que a los veintitrés años se fue a Venezuela a casarse con un novio que entonces tenía, y que al final no se casó «porque yo demoré bastante el viaje, y cuando llegué a Venezuela él había cambiado, y ya no era el europeo de izquierda tipo Martín Romaña, sino un venezolano más».
Me entero también de que la carrera de Medicina la estudió Bea en Santiago de Compostela; pidió luego plaza fuera de Galicia y se la dieron en La Fe, un gran hospital de Valencia, y allí se fue con su dos caballos, su gato y su tocadiscos; hizo la especialidad de cirugía pediátrica, tres años, y se enamoró del clima valenciano. Pero cuando terminó la especialidad no pudo quedarse en Valencia, porque su jefe la consideraba demasiado hippy, y entonces fue a parar a un hospital de Bilbao, y de allí volvió a Galicia, donde estuvo nueve años pasando frío, «porque soy delgada y siento mucho el frío». «Así que busqué una nueva plaza por el Mediterráneo y me la concedieron en Alicante tras ganar una oposición muy dura porque yo había estudiado mucho, y soy voluntariosa y tenaz. Y en Alicante sigo, desde hace quince años.»
20 de enero
Madrugada. De nuevo el tormento de no poder dormir en la cama por causa de la carraspera. Doy una vuelta por la casa, Goyo sigue en pie. Abro la ventana, a ver si entra un poco de aire húmedo: la atmósfera está reseca por la calefacción. La radio trae música antigua, un motete de Orlando di Lasso. Leo un hermoso poema de Saint-John Perse que me ha mandado Bea «como prueba de que estoy rezando para que te cures pronto». Escribo. Escribo para ventear mis problemas. Busco inspiración en las vidas de hombres que admiro. A los quince años de edad, Bertrand Russell se convirtió en ateo, y siguió siéndolo el resto de sus días. Pregunta: ¿por qué no soy yo ateo? Ciertamente, soy anticlerical, y no me sirven las religiones institucionales, pero ateo, lo que se dice ateo, no lo soy. ¿Cómo se explica eso? Ya he hablado mucho del tema. Suelo autodefinirme como «agnóstico místico». Mi sensibilidad para la música tiene algo que ver en el asunto.
23 de enero
Esta noche permaneceré despierto hasta que me derrumbe el sueño, consumiendo strepsils, procurando no carraspear, ni rezando ni blasfemando, aunque mi malestar sea mi plegaria, la cortisona no surte efecto, esa maldita hipersensibilidad heredada de mi madre, una noche sin dormir tampoco es tan grave, pero mañana tengo asuntos que resolver, y ahora llevo un rato sin toser, rectifico, algo he tosido, una expulsión de miniflemas, y he sentido un alivio momentáneo, pero ni siquiera pruebo de meterme en cama porque sé que me levantaría al instante, leo una revista, se cumplen cien años del annus mirabilis de Albert Einstein, una historia muy sabida, dejaré el ordenador abierto, Picasso le explicaba a un visitante: «yo trabajo siempre, incluso cuando duermo», me gustaría poder decir: «yo también trabajo siempre, incluso cuando no duermo», Picasso pertenecía a la especie de los seres humanos que hacen una sola cosa en la vida, a mí me agradaría, al menos, concentrarme en algún tema, quizá ese tema que tanto me ronda, un programa para fin de vida.
28 de enero
Fundación Caixa Catalunya. El acto discurrió discretamente. Hablaron Serra Ramoneda, presidente de la Caixa, y Àlex Susanna, que ha substituido a Giménez-Frontín en el puesto de director de la Fundación. Jesús Mosterín y yo comentamos el número de la revista Nexus que trata del tema de la naturaleza humana, hasta hace poco relegada a mitologías espiritualistas. Después hubo un concierto de piano, con obras de Joan Guinjoan interpretadas por Josep M. Colom. (Guinjoan, Colom prosiguen felizmente aquella genealogía de músicos catalanes de la que tanto nos hablaba mi madre.) Al final, cuando servían un cóctel, pasé un poco de frío y sentí aprensión.
Al día siguiente fui a la consulta del doctor Magriñá, dos horas de visita, multitud de pruebas. Su diagnóstico es que lo mío es una faringolaringitis por reflujo, micosis faríngea y una obstrucción nasal junto a una discreta sinusitis. Tratando todo eso, desaparecerá la carraspera.
Pero, de momento, sigue el malestar. Y sopla el viento. Al atardecer llamo por teléfono a BK. Dice BK que estos pasados días de fiestas se sintió triste y sola, que ya no tiene a nadie que la concierna en Alemania desde la muerte de su padre, y que aquí, en España, es una desarraigada. «Sólo tengo a mis animales.» Le digo que también me tiene a mí, que la sigo queriendo. BK ríe melancólicamente.
Mujeres, algunas mujeres, las voces más frecuentes en mi circuito.
A la mañana siguiente llama GG, inteligente, viva y llena de sentido común; coincide conmigo en que las declaraciones de Ramona Maneiro han degradado el tema de la muerte de Ramón Sampedro y nos pueden salpicar a todos.
JX, luego de comer en mi casa, con una mezcla de dulzura y perplejidad, me dice: «Hay cosas que, por lo visto, duran». Se refiere a «lo nuestro». Y en otro momento comenta que si viviésemos juntos me pediría que tocase el piano más a menudo. Y finalmente, pensativa y concentrada, mirando hacia el jardín, ha dicho: «No olvides que tenemos que irnos juntos». Y ha precisado: «Cuando llegue el momento, que todavía no ha llegado». Se refería, claro está, a irnos juntos al otro barrio.
Insubstituible JX. La existencia de Bea no altera para nada nuestra profunda relación. Siempre supe compatibilizar amores diversos.
Y así van pasando los días, yo deambulando con mis males, durmiendo pocas horas, forcejeando. Dicen que estamos sufriendo la ola de frío más intensa de los últimos veinte años. Aquí en Pedralbes, por las noches, estamos a 5 bajo cero.
29 de enero
Ha fallecido en Málaga, donde vivía, José María González Ruiz, el teólogo progresista tan de moda en los años sesenta, y con quien sostuve una inolvidable polémica recogida en mi libro Conversaciones en Madrid. Luego nos hicimos muy amigos y hasta le publiqué un par de libros en Kairós. González Ruiz fue de los primeros en propiciar el diálogo entre marxistas y cristianos. Era un hombre muy bajito que andaría ya por los noventa años de edad.
El problema, querido José María, es que ahora tú no existes, que tu fe se esfumó contigo, que algunos de los que quedamos estamos muy disminuidos, y que el dolor y el sufrimiento siguen campando a sus anchas por el mundo.
1 de febrero
Carta de Bea contándome detalles de un viaje a Valencia donde vio a Els Joglars en una puesta en escena en plan burlesco de una obra de Cervantes, y que no le gustaron. Le impresionó, en cambio, una exposición del artista americano James Turrell, un cuáquero que hace cosas lumínicas. Me reexpide Bea un haikú que le ha mandado su hermano Jorge, uno que dice «A partir de ahora, / un viajero sin nombre; / primera nieve de invierno». Finalmente, me comunica Bea que es posible que el próximo jueves venga a Barcelona con una amiga, pero que ello no me ha de condicionar en nada. «Si piensas que no estás en condiciones de verme, no nos vemos.»
5 de febrero
Confirmada la visita de Bea a Barcelona. E-mail que decía: «Llegaré mañana jueves, por la noche, y saldré el domingo a las 11.00. Hotel Pulitzer». Ok. Pensé: Llevaré a Bea a comer a alguna parte. O comeremos en casa. ¿Estrategia? Sólo hay una: la verdad. La verdad bien temperada. La verdad de cada momento. Bea es una mujer que ha volcado su necesidad de absoluto en mi persona, y yo la recibiré desde mi estado actual de inapetencia generalizada. Qué le vamos a hacer.
Y, efectivamente, llegó Bea, comimos en casa y, ya de entrada, el contacto fue ambiguo, a pesar de que yo iba pertrechado con un plus de ciclofalina. La comida ha consistido en una fideuà con gambas, ensalada, pan tostado con tomate, macedonia de frutas, cerveza. Pero ninguno de los dos parece tener mucho apetito. Después de comer ella me dice: «¿Y te resignas, Pániker, a morirte sin haber explorado a fondo mi cuerpo desnudo?». Le contesto que, de momento, no tengo prisa por morir, y que lo de su cuerpo desnudo ya se verá. Y, efectivamente, se verá. Se verá muy pronto, casi de inmediato. Porque subimos a mi dormitorio, nos echamos en la cama, se saca ella la ropa, y su cuerpo desnudo es joven y esbelto; su carne suave, elástica y tersa.
Y al cabo de un par de horas la llevo en mi coche hasta su hotel.
Quiere decirse que vino Bea, que parecía más alta que de costumbre —unas botas de tacón alto—, que llevaba una bonita falda, que estaba muy guapa, que yo me encontraba en muy baja forma, y que, antes de comer, hemos dado un paseo por el Parc de l’Oreneta. Le explico a Bea lo que tengo que explicarle, lo que yo llamo mi verdad bien temperada. Ella me pregunta: «¿Y qué sensación te produce, a punto de cumplir setenta y ocho años, eso de seguir enamorando a las mujeres?». Le digo, procurando que la cosa no suene petulante, que la vida ya me ha acostumbrado a ser querido por las mujeres (quiero decir, por algunas mujeres); pero que ahora soy un anciano decrépito que no puede permitirse muchos lujos. Ella dice que no advierte en mí decrepitud alguna. Yo me subo el cuello del abrigo porque sopla un viento peligroso.
—Lo que ocurre —comenta ella— es que eres tan sabio y sabes tantas cosas que las has olvidado ya.
Y añade:
—Eso nuestro sólo tiene dos salidas, o bien nos convertimos en amantes que se ven de vez en cuando, digamos una vez cada dos meses, o bien tratamos de ser meramente buenos amigos.
—O bien nos olvidamos el uno del otro.
—Esto lo veo imposible.
—También cabe que yo me muera.
—Esto lo he pensado alguna vez: así terminarían todos mis problemas.
No recuerdo si dijo problemas o sufrimientos.
Quiere decirse, pues, que estuvo aquí Bea y que el encuentro fue peculiar y no exactamente glorioso. Hubo comunicación, pero tampoco demasiada. Yo me sentía condicionado por mi baja forma física, con temor a enfriarme. Cuestiones médicas más que cuestiones burguesas.
«Mañana te habrás olvidado de todo», dice ella al despedirnos, «volverás a tus asuntos de siempre». A mis enfermedades de siempre, preciso yo.
Rememora Bea aquellos primeros momentos de su enamoramiento epistolar.
—Todo comenzó cuando un día, en el hospital, tuve un enorme deseo de ti, y te escribí una nota que era como un diálogo conmigo misma.
—Recuerdo muy bien aquella nota.
—Fue una época preciosa e irrepetible. La gente me llamaba para darme el «pésame» por mi separación, pero yo estaba exultante de alegría y felicidad. Nadie lo entendía. Y todo por aquellas cartas manuscritas que nos cruzábamos y que tardaban tanto en llegar… Ahora estamos en otra fase, más carnal y más real; pero aquella época, ay, aquella época…
Y yo pienso que esta mujer está razonablemente loca, se lo digo, y ella lo admite. De pronto se pone a cantar, con gracia, una balada inglesa. Le pregunto si toca la guitarra, y me responde que no. Le explico que en un tiempo yo sí tocaba la guitarra y cantaba melodías populares. Tengo por ahí un vídeo que lo atestigua.
Quiere decirse, en fin, que estuvo aquí Bea, que todo resultó discreto, no mal pero sí mejorable, y que me ha quedado en el ánimo un cierto sabor agridulce.
8 de febrero
Bum, bum, bum, bum, bum… Seguir.
Llamada telefónica de Bea, quiere saber si estoy en paz conmigo mismo después de nuestro encuentro. Le digo que ha vuelto, muy rabiosa, la carraspera, lo cual lo contamina todo; pero que nuestro encuentro no me robó ninguna paz.
Bea explica que a ella le gusta lo que tenemos, incluso lo que no tenemos. De vez en cuando consulta «su biblia», un libro de Eckhart Tolle titulado El poder del ahora, y ajusta sus ideas. Para regresar a Alicante tomó el tren, el Euromed, más cómodo que el avión. Su vida profesional sigue siendo satisfactoria. Esta mañana ha visitado en el hospital a más de treinta niños. Afortunadamente, no suele cometer errores. Tiene confianza en sí misma y en su olfato médico.
De pronto le digo: «Ya me avisarás cuando dejes de quererme», y ella replica: «Es que nunca dejaré de quererte». Y añade: «pase lo que pase». Y más adelante comenta que esta noche me nota muy vivo y animado, y que por esta razón me percibe «más ampliamente», y que mi vitalidad realimenta la suya, y que el círculo es así muy bueno. Le digo que ahora nos abrazaríamos bien. «Con más pasión que el pasado viernes», observa ella sin ironía. Y añade: «Pero no temas, todo resultó muy bien, y me llegó muy hondo aquel rato que permanecimos sin cruzar palabra mientras sonaba el jazz, y la vista desde tu dormitorio que era muy bella, y la foto tuya que me llevé, con esa cara de indio que tienes».
—Así que tampoco fue un mal encuentro —le digo.
—Lo que pasa es que yo intentaba seducirte.
—Pero si ya me has seducido.
—No. Sólo he conseguido gustarte. Son cosas distintas.
—Eres una delicia.
11 de febrero
Diario del anciano averiado, diario de un hombre aterrado. Esta noche pasada, en compensación de la anterior, he dormido casi nueve horas seguidas. Conversación con JX. Me pregunta qué he hecho durante el día, y de pronto me doy cuenta de que la respuesta es demoledoramente simple: nada. Durante el día no he hecho nada. Me he duchado, he tomado medicamentos, he aclarado mi garganta, he paseado, he ojeado los periódicos y, desde hace cosa de una hora, he vuelto a carraspear.
Es casi lo peor de este proceso, esa espada de Damocles, que nunca sabes cuándo va a reanudarse el tormento. Y con el tormento, la impotencia, material y espiritual. Con ataques de carraspera no hay estados de iluminación que valgan. Eso no lo sabe la entusiasta neófita Beatriz, tan empeñada en encontrar su yo profundo. Cuando uno sufre de un mal tan estúpido como el mío caben pocas florituras mentales. Sucede además que no hay nadie a quien cargarle la culpa. Es un mal sin culpable. Como el tsunami del sudeste asiático. Sucede y punto.
Ha muerto Arthur Miller. Al menos él podía delatar las mentiras del «american dream» o culpar al senador McCarthy. Yo, como digo, no dispongo de buco emisario. También ha fallecido el historiador Javier Tusell (tenía leucemia), un intelectual independiente, inteligente, polémico, sensato, con el cual coincidí en las épocas de UCD. Tusell procedía de Democracia Cristiana, pero nunca quiso afiliarse al Partido Popular, y, al final, era uno de los críticos más implacables de José María Aznar.
14 de febrero
El País publica un texto póstumo de Javier Tusell en el que narra las agonías de la enfermedad que acabó llevándole a la tumba. Es un texto muy interesante. Dice Tusell que la enfermedad es el Mal. El Mal por antonomasia. Estoy de acuerdo. Pero existe un peculiar pudor a hablar de la enfermedad. La enfermedad y la muerte «parecen casi siempre algo lejano y ajeno». Por otra parte, Tusell cita a Pascal: «la enfermedad es la condición natural del cristiano»; cita al húngaro Imre Kertész, quien asegura que se debe escribir siempre desde la muerte. Bien; yo pienso que Pascal fue un hombre enfermizo; en cuanto a la frase de Kertész, mi opinión es exactamente la contraria: se debe escribir siempre desde la vida, o, al menos, desde lo que queda de vida. Para ser más exactos: no es que se deba escribir desde la vida, es que sólo se puede escribir desde la vida. Otra cosa es preguntarse, como lo hacía Sterne, si uno ha aprovechado bien sus sufrimientos.
Nota. El tema del sufrimiento y su sentido —o falta de sentido— es cada vez más recurrente en mis diarios. El tema, claro está, es universal, tan oriental como occidental. ¿Cómo soportar el dolor sin perder el equilibrio? Hay una upanishad que afirma que el ascetismo es el arte de sobrellevar la enfermedad sin caer en la desesperación. De hecho todas las filosofías indias (incluyendo naturalmente el budismo) son una respuesta frente al escándalo del sufrimiento. Pero ya digo: desde sus orígenes, conocimiento, mito y religión arrancan del escándalo del dolor y el sufrimiento. El Poema de Gilgamesh, la narración escrita más antigua de la historia, ya explica que el acceso al conocimiento implica la conciencia de la muerte, o sea, la expulsión del paraíso —una narrativa que luego, descaradamente, copiará la Biblia. En la tradición occidental más reciente disponemos del estoicismo con su consigna de «vivir de acuerdo con la naturaleza», sin excluir el suicidio si la receta falla. Una posición filosóficamente interesante, un punto de inflexión, lo encontramos en Hegel. En un famoso párrafo del prólogo a la Fenomenología del espíritu, el gran dialéctico critica la «abstracción» de los filósofos que se detienen en la cosa, en el sujeto, en Dios. Incluso esta idea de Dios es insulsa si falta de ella «el dolor, lo serio, la paciencia, el trabajo de lo negativo». Es como decir que Dios no sólo es infinito sino también finito, y que todos —hombres o dioses— protagonizamos un mismo, único e indivisible proceso. Hegel clausura la fisura entre lo infinito y lo finito, entre un platónico paraíso trascendente y un sucio devenir mundano. Hegel piensa que la verdad de la vida incluye también lo que parece no vida, es decir, la muerte. Hegel estima que hay dos meditaciones sobre la muerte: una que acaba en plegarias y sollozos, y otra que interioriza la misma muerte para hacerla una conciencia más aguda de la vida.
(Hegel, por cierto, tuvo una muerte rápida y pacífica, a los sesenta y un años, en medio de un plácido sueño, sin haber conocido las afrentas de la decrepitud.)
15 de febrero
Leo fragmentos del diario de Samuel Pepys, que tanta fama tiene. Es obvio que Pepys no escribió su texto pensando en su publicación (originalmente, era un texto en taquigrafía que no fue descifrado hasta cien años después de su muerte). Y cavilo que yo tampoco escribo mi diario pensando en su publicación. Yo escribo para tenerme en pie, para neutralizar la intolerable transitoriedad de cuanto ocurre. Escribo como un animal herido que husmea el territorio con intención exorcista.
Seamos lúcidos, viene a decir John Gray (Perros de paja): sólo somos animales que sueñan. Todas nuestras filosofías y religiones son relatos y no verdades. Relatos antropocéntricos que le dan la espalda a lo fundamental, a saber, que somos básicamente animales. Animales que sueñan. Y que según cómo nos comportemos, la Tierra se desembarazará de nosotros.
Correcto aunque parcial. Hablábamos ayer del sufrimiento. Uno transita con sus enfermedades a cuestas. Dicen que en el futuro iremos al médico cuando estemos sanos para que, en base al genoma, nos digan qué precauciones debemos tomar. Hoy por hoy, los médicos no son capaces de curar una estúpida carraspera. Hoy por hoy, la cuestión es no desmoronarse. De ahí mi empeño en recuperar la vieja magia, aquella invulnerabilidad de mis años jóvenes. Precisamente ahora que me siento tan acorralado, trato de volver a poner un cierto orden en mis signos. Mis signos inscritos en mi decadencia. Mi filosofía terapéutica. Mi intento de acomodarme a la vejez y a los achaques. Encontrar nuevos yacimientos de presente, o inventar alguna cosa nueva. Alguna cosa nueva que también sea una cosa antigua.
18 de febrero
Bea prepara un viaje a Nueva Delhi. Pide sugerencias. Cosas por ver. Ante todo —le digo— ten en cuenta que Delhi, ya desde su origen, es una ciudad islámica. No es, por tanto, muy representativa de la India. Tampoco es un lugar, digamos, turístico, pero tiene comodidades. Si te interesa el arte indio, existe un museo nacional, que creo que se llama National Gallery o National Museum. Si te interesan las antigüedades, acércate hasta el llamado Sunder Nagar Market, conocido por todos los taxistas. Si no te asusta perderte en estrechos callejones, visita Old Delhi, que es como un zoco cutre, pero con mucho más color y sabor que el convencional New Delhi. Allí está la vieja mezquita Jami Masjid. Muy cerca de ella hay un restaurante musulmán que se llama Karim, que según mi hijo Agustín es bueno y barato. Como contraste con la gigantesca mezquita, y siempre según la misma fuente, merece la pena visitar la tumba/santuario de un sabio musulmán llamado Nizam al-Din Auliya, que vuelve a estar en Nueva Delhi, y que es como un microcosmos adonde van devotos sufíes a orar y cantar. Aparte están los itinerarios recomendados por las guías turísticas (en Kairós hemos publicado las de Lonely Planet, que son muy buenas), comenzando por el centro de la ciudad, con la famosa Connaught Place, un lugar lleno de tiendas. En cualquier caso, tapones en los oídos (por el ruido), pañuelo en la boca (por la contaminación) y pinza en la nariz (por el olor).
20 de febrero
Hoy al mediodía he ido a votar en lo del referéndum sobre la Constitución Europea. Naturalmente, he votado sí. Después he paseado con JX por el parque de Torreblanca, que está a caballo de los municipios de Sant Just y Sant Joan Despí, antigua finca del marqués de Monistrol. Comida en un restaurante chino. Como de costumbre con JX, buena comunicación, comodidad, complicidad.
Por la tarde, nueva charla con Bea. Esta mujer tiene mucho talento práctico. Ha organizado perfectamente su viaje a Oriente. Me cuenta que la persona que la invita a ir a India es una joven colega italiana llamada Marina que está trabajando en el hospital de niños de Delhi. Bea fue su tutora en España durante dos meses. Aparte de su estancia en Delhi, ambas amigas visitarán Jaipur, Agra y Benarés. Le han hablado del olor de los muertos semiquemados en las piras junto al Ganges, y me comenta que eso a ella no va a trastornarla, que el olor a carne quemada le resulta muy familiar. «No olvides que uso bisturí eléctrico a todas horas.»
Me sigue sorprendiendo el tono firme de la voz de Bea, su credibilidad general, su risa vigorosa, su sensibilidad visual e, incluso, poética. Es obviamente una mujer activa (y secundaria y emotiva, o sea, el típico carácter «apasionado», según la terminología de Le Senne). Se interesa por mi salud. Hace alusión al asunto del «reflujo», un problema del que ella entiende algo porque es muy común en los niños.
21 de febrero
Se asombra el periodista PC de mi simpatía por el presidente Kennedy, y yo le explico que la cosa viene de lejos, que allá por el año 1955 John F. Kennedy escribió un libro que comenzaba: «This is a book about that most admirable of human virtues: courage» (Profiles in courage). Lo cual fue un leitmotiv de su vida con el que yo sintonizaba. Y una vez más explico que es preciso extirpar toda índole de miedo. Ir por la vida sin miedo. Sin absolutizar siquiera ese proyecto. Sin absolutizar nada. Lo que en tiempos yo llamaba mi «filosofía de la finitud». Y del margen. El arte de navegar. La contradictoria espontaneidad —y digo contradictoria porque la espontaneidad nunca puede ser premeditada. Tengo ya edad para ser un poco libre. Alguna ventaja tiene la edad. Y de pronto me viene a la memoria la imagen de aquel hombre viejo, alto y curtido, que llevaba gorra de marinero, que me presentaron una vez en un restaurante de Ibiza, y que presumiblemente era inglés y navegante. Apenas crucé un par de palabras con él, pero su aspecto me impresionó: un rostro gótico, la mirada penetrante de alguien que ve lo que mira, un aura de autoridad, aquél era un tipo que dominaba la situación desde la altura de sus bien acumulados años, y en un instante se convirtió en una especie de modelo. Me pareció un hombre sin miedo, una imagen a tener en cuenta.
Me cuenta PC que acaba de leer Segunda memoria (última versión en Debolsillo) y que le ha gustado mucho. «Es un texto sin párrafos gratuitos o de relleno», dice. Le comento que Segunda memoria es un libro escrito desde unas cotas de vitalidad que he perdido ya. Con todo, para mí, escribir (en este dietario al menos) es todavía como respirar. Si dejo de escribir me falta espacio de trascendencia, se resiente mi metabolismo. Mi vida, si no es contada/comentada, resulta esencialmente incompleta. Mis mismos achaques, si no son verbalizados, quedan opacos y, en consecuencia, resultan todavía más siniestros. La escritura le da ventilación a la jaula de mi vivir disminuido.
25 de febrero
Llama desde Caracas (Venezuela) Enrique Viloria Vera, para dar, como otras veces, testimonio de su amistad y sintonía. Viloria Vera es un extraordinario ser humano: abogado, ensayista, poeta, periodista, historiador, profesor universitario, autor de innumerables libros. Con razón algunos le llaman polígrafo. Conoce inesperadamente bien mi obra y ha escrito sobre ella comentarios tan generosos como perspicaces.
Ha fallecido en Londres Guillermo Cabrera Infante. Teníamos, más o menos, la misma edad y, aunque apenas le traté, le profesaba mucha simpatía. Le tengo descrito en alguna parte como un hombre con mucho sentido del humor que pronunciaba sus frases más mordaces sin que se alterase un solo músculo de su rostro impávido de actor cómico de cine mudo. Comenzó siendo comunista en Cuba, y mantuvo sus ideas hasta que descubrió que Fidel Castro era un dictador. Pasó una temporada en Barcelona, ganó un premio Biblioteca Breve con Tres tristes tigres, y se hizo famoso por su uso ingenioso del lenguaje. Fue también crítico de cine y acabó viviendo en Londres (en Gloucester Road) en compañía de su encantadora mujer Míriam Gómez.
1 de marzo
Barcelona con nieve. El jardín de mi casa, blanco. Ya pasó una hora desde el desayuno, ya hice los consabidos gargajeos, ya efectué el lavado nasal con suero fisiológico, ya tengo un caramelo Halls en la boca, ya la radio informa de que un atentado suicida ha provocado más de cien muertos en Irak.
La película de Amenábar, Mar adentro, ha conseguido un Oscar.
Llama Bea desde Delhi. «Hoy es tu cumpleaños —dice— y quería felicitarte.» Cuenta Bea que la experiencia de la India le está resultando muy estimulante, que ha descubierto que detrás del caos está el orden; que la contaminación del aire —lo peor de todo— es brutal, que ella va con un pañuelo como de
