Índice
La razón estrangulada
Agradecimientos
Introducción
1. Preparando el viaje
2. ¿Por qué hay un declive de la ciencia?
3. Un sistema económico que estrangula la ciencia
4. El cine y la televisión en el derrumbe de lo científico
5. Filosofía posmoderna, universidad y poder a favor de la irracionalidad
6. Las dos culturas: ¿hegemonía literaria frente a decadencia científica?
7. De lo científico en el arte
8. Cultura periodística y colapso de la divulgación científica
9. Las revistas de impacto y la ciencia mediática
10. Cultura mediática frente a avance científico: la revista Nature
11. Lenguajes científico y literario encerrados en el armario
12. ¿Adónde nos lleva estrangular la razón?
Epílogo
Bibliografía
Notas
Biografía
Créditos
A los hombres y mujeres de ciencias puras:
porque tienen el deber moral de evitar que nuestra sociedad
regrese a las tinieblas del pensamiento mágico e irracional
Agradecimientos
Escribir este libro (y, en general, todo el proyecto) ha sido una de las aventuras más gratificantes de mi vida. Si ha llegado a su fin ha sido gracias a muchas personas que, de una u otra forma, me han respaldado. Sin embargo, el principal artífice ha sido Martin W. Bauer, profesor de la London School of Economics (LSE), coordinador del grupo de investigación Science, Technology and the Public Sphere (STEPS) y codirector del seminario permanente de debate Public Understanding of Science (PUS). Sin conocerme de nada, sólo por mi currículo y por un ensayo sobre mi proyecto, defendió mi candidatura para la plaza de visiting fellow que ofertaba el Instituto de Psicología Social de la LSE para el curso 2005-2006. También me facilitó elementos más mundanos pero importantes para un investigador, como conseguirme despacho propio —tan difícil en la LSE—, incluirme en proyectos de investigación que ya tenían en marcha o brindarme la oportunidad de dar clases en el máster que él dirige. Obviamente, agradezco el respaldo del director del Instituto, Patrick Humphreys, y de todos los que me apoyaron en la reunión que hubo para decidir mi incorporación. También agradezco a Daniel Linehan, secretario del departamento, su extraordinaria disposición para facilitarme todo mi trabajo.
Bauer me abrió las puertas de la LSE —e incluso las de su casa y familia—, pero, además, ejerció de auténtico tutor intelectual, rebatiendo y analizando constantemente mis ideas y recomendándome lecturas y seminarios útiles para llevar a cabo el desafío. Aunque nuestras visiones sean muy distintas, le debo mucho y es justo reconocerlo. Debo agradecer también los comentarios de Jane Gregory, del University College de Londres, y, en general, de todos los ponentes e integrantes del PUS, así como a los asistentes a mis dos exposiciones públicas sobre las causas del declive de la ciencia y su relación con la cultura mediática. Agradezco a Simona Valeriani y a Jon Adams, del Departamento de Historia Económica de la LSE, su invitación a participar como ponente en el seminario «How Well Do “Facts” Travel?».
Aunque mi interés era analizar las causas del declive de la ciencia en Occidente, estoy en deuda con Satoshi Kawanishi, profesor de matemáticas en el Departamento de Economía de la universidad japonesa Sophia (Tokio). Kawanishi estaba también de visiting fellow en la LSE —en econometría— y, gracias a las conversaciones que mantuvimos, pude comprobar que el declive de la ciencia no sólo era algo de Occidente, sino que el fenómeno se extendía a sociedades occidentalizadas como Japón. Agradezco a su mujer, Mayumi, que me mostrara lo maravillosa que es la comida japonesa casera.
A María Pilar Diezhandino, catedrática de periodismo de la Universidad Carlos III de Madrid, le agradezco que, como directora de mi departamento, avalara ante el MEC mi solicitud de beca para la estancia de un año en Gran Bretaña. También a Miguel A. Delgado, catedrático de economía de la Carlos III, su ayuda para conseguir alojamiento en Londres, así como las interesantes conversaciones que mantuvimos en la LSE.
A Lourdes Heredia, excelente periodista de la BBC y mejor amiga, le estaré siempre agradecido por su gran generosidad. Desde el primer día en que nos conocimos, puso a mi disposición todo lo que tenía, incluido lo más valioso: su fantástico grupo de amigos, algunos de los cuales —Ramón Abarca, Ainhoa Paredes, Diana Zileri, Thomas Catan, Begoña Cortina, etc. (casualmente todos periodistas)— ahora están entre mis mejores amistades. Las excursiones dominicales por el countryside inglés o sus cenas mexicanas serán inolvidables. Sin Lourdes, Londres hubiese sido gris.
Y, sobre todo, doy las gracias a mi familia. Sin su apoyo y su aliento constante ni siquiera podría haber empezado nada, y mucho menos este libro. Me gustaría dedicárselo especialmente a Sofía, mi primera sobrina, que nació en Tenerife cuando yo lo escribía en Londres: con la esperanza de que nada ni nadie estrangule su razón.
Introducción
El asunto pasa inadvertido para el gran público e, incluso, para la linterna mediática, pero centra en este momento el debate intelectual —y la preocupación principal— de científicos, profesores de universidad y de secundaria en todo el mundo: por qué la gente joven no se interesa por la ciencia en los países occidentales y occidentalizados. Lo que comenzó siendo un tema de conversación ha traspasado esa frontera para penetrar en las agendas políticas de todo Occidente. Entre otros motivos, porque puede tener importantes efectos económicos. Pero, sobre todo, puede ser el inicio del declive de su hegemonía cultural.
Este libro es el resultado de intentar responder a esa pregunta de «por qué no hay interés por la ciencia en Occidente» de una forma más profunda que un simple cambio de impresiones en la cafetería de una facultad. Pese a ser un tema que despierta tanta inquietud, apenas ha sido abordado de una forma global. Es más, desde algunos ámbitos académicos se niega que esa preocupación tenga una base real y la definen como una «obsesión subjetiva de los licenciados en ciencias». Como creo que los científicos no están en disposición de poder dejar sus laboratorios, ni los profesores de ciencias sus clases en los institutos, he tomado modestamente la iniciativa.
Mi propuesta consiste en documentar que en dos países paradigmáticos de la cultura occidental y, a la vez, con tradiciones científicas tan diferentes como España y Gran Bretaña, el fenómeno de la falta de vocaciones existe y es similar. A partir de ahí, y con algunas cifras de otros países, se concluye que la queja tiene fundamento. Y, al tiempo, examina otro dato curioso: mientras que los alumnos de ciencias disminuyen, los de periodismo y cine aumentan.
La razón estrangulada es un título metafórico. La razón es la ciencia y el pensamiento racional y en el libro se intenta descubrir, cual detective, todos los posibles actores que están estrangulándola e impidiendo que se nutra de la verdadera sangre de la ciencia, la que le aporta oxígeno para sobrevivir: aquella que brota de los jóvenes brillantes con ilusión por entender el mundo.
El libro propone la hipótesis de que lo único que comparten todos esos países occidentales y occidentalizados es una cultura dominada por los medios de comunicación y plantea un recorrido por todos los campos —posibles responsables de ese estrangulamiento— que conecten ciencia y medios de comunicación. Desde la imagen de la ciencia y los científicos que ofrecen el cine, la televisión y la prensa, hasta cómo la cultura mediática influye en las propias revistas científicas, que también son medios de comunicación, y en la forma de producir ciencia. Tampoco olvida otros canales comunicativos no tan masivos, pero muy influyentes mediáticamente, como la literatura y el arte, al tiempo que se pregunta por qué en estos momentos el pensamiento irracional está avanzando tanto en la sociedad.
¿Por qué el cine prefiere el arquetipo de científico loco y frío? ¿Por qué la televisión brinda más espacio a un hechicero que a un físico? ¿Por qué un periódico hace más caso a un deportista o un actor que a un investigador? ¿Por qué un licenciado con un máster en empresas gana más que un doctor en ciencias? ¿Por qué la revista Nature publica estudios como que la mayoría nos giramos a la derecha para besar? ¿Por qué hay gente que odia tanto las ciencias? ¿Por qué en la serie Expediente X la versión esotérica triunfa sobre la científica? ¿Por qué los alumnos de derecho no estudian genética o los de cine matemáticas?
Las respuestas a estas preguntas aparecerán en las páginas siguientes y, además, he intentado relacionarlas con la crisis de vocaciones científicas. He optado por escribir esta investigación en forma de ensayo divulgativo porque creo que el asunto es lo suficientemente importante como para que, simplemente, se quede en el cajón de algún dirigente educativo o un evaluador universitario. Desde mi punto de vista, el primer paso para resolver el problema es que cada vez más gente tenga consciencia de él.
Este libro no puede lograr que los científicos lideren la sociedad y no sólo la ciencia. No puede conseguir que las facultades científicas se vuelvan a llenar y que los jóvenes prefieran estudiar ciencias en lugar de periodismo o cine. Pero puede intentar ofrecer una explicación de por qué ocurre esa tendencia y adónde puede llevar a la civilización actual. Puede calmar la ansiedad de los científicos al ofrecerles, al menos, una explicación de por qué pasan las cosas, que es la base de la ciencia.
La ciencia y la explicación racional de los hechos es el viaje más fascinante que ha podido hacer la especie humana. Pero, como afirman los grandes y experimentados aventureros, en los auténticos viajes, la planificación y el trayecto pueden ser incluso más interesantes que el propio destino. Empieza aquí el viaje para desentrañar las causas que expliquen el porqué del declive de la ciencia en Occidente.
1
Preparando el viaje
«La paradoja que define el mundo actual es que cada día dependemos más de la ciencia y la tecnología, cada día la ciencia sabe más cosas y nos explica mejor el mundo, pero también cada día la gente siente menos aprecio por ella. Cualquier chaval se sabe todos los jugadores de la liga inglesa de fútbol. Leen y releen sus biografías. Los medios de comunicación occidentales los ponderan como héroes. Pero ningún adolescente conoce algo de algún científico. Los desprecian: piensan que sus vidas son aburridas y decepcionantes en comparación con las de cantantes o futbolistas. Las vocaciones científicas se pierden alarmantemente en Occidente. El diferencial entre lo que la ciencia sabe y lo que la gente «culta» sabe de ciencia se incrementa hasta tal punto, que la población considera que es imposible seguir su progreso y, literalmente, le da la espalda. Hay gente en puestos altísimos de la sociedad actual que aún piensa que es el Sol el que gira alrededor de la Tierra o que los dinosaurios y el hombre vivieron en la misma época. Este desprecio por las ciencias es un fenómeno relativamente nuevo e imparable en el mundo occidental, que no sabemos hacia dónde nos puede llevar. Pero en cualquier caso debemos encontrar urgentemente las causas.»
Este entrecomillado es, en realidad, un resumen de dos preocupaciones muy parecidas que me mostraron, durante mi época de periodista, dos personajes bastante diferentes: sir Martin Rees y David Filkin. Ambos tenían un nexo común: su pasión por la ciencia.1 Por razones de espacio y de actualidad periodística, esas reflexiones sobre el declive de la ciencia no las pude publicar en su momento. Periodísticamente tal vez eran irrelevantes, pero el asunto me pareció de una gran trascendencia para la cultura de Occidente y merecedor, al menos, de una investigación en profundidad.
Sir Martin Rees es uno de los científicos contemporáneos más eminentes. Astrónomo real, caballero del Imperio británico y catedrático emérito de astrofísica de la Universidad de Cambridge, ha sugerido la posibilidad de una teoría tan interesante como la de los «universos paralelos». Rees es, además, un magnífico divulgador científico y en 2005 fue elegido presidente de la Royal Society.
David Filkin fue director de los programas científicos de la BBC durante cuarenta años. Está considerado como una de las máximas figuras en la divulgación de la ciencia en los medios de comunicación. Sus programas revolucionaron la forma de transmitir la ciencia y lograron audiencias millonarias.
Cuando en 2001 y 2002 hablé con ellos, ambos tenían un gran recorrido a sus espaldas y ambos mostraban esa preocupación por el incremento del desprecio hacia las ciencias. Reconozco que me extrañó. Yo pensaba que ese desprecio era exclusivo de los países latinos. Países como España, que históricamente ha dado la espalda a la ciencia. No en vano, España no formó parte de la revolución científica de los siglos XVII, XVIII y XIX, lo cual tendría que pesar aún como una losa sobre nosotros. Pero que esta reflexión viniera de dos británicos como Rees y Filkin no dejaba de ser preocupante. Ambos pertenecían al país, Reino Unido, que más ha contribuido a la historia de la ciencia. Al país donde comenzó la revolución industrial basada en elementos tecnológicos. Al país sede de la sociedad que durante siglos ha sido la institución científica más prestigiosa del mundo: la Royal Society, presidida, entre otros, por Isaac Newton. ¿Cómo podía suceder este fenómeno de desprecio hacia la ciencia también en Gran Bretaña?
No lo entendía, porque en Gran Bretaña, al contrario que en España, todo lo que había tenido que ver con la ciencia y su divulgación se había hecho bien. No dejaba de pensar en la Royal Society. La Royal Society había sido el motor que había convertido lo que no era más que un pasatiempo de caballeros —la ciencia— en una profesión que cambiaría el mundo. Se fundó en Londres en 1662, aunque desde 1645 ya había reuniones de un grupo de personas interesados en las ciencias.
Uno de los éxitos de la Royal Society fue que introdujo una costumbre que revolucionaría la ciencia: la publicación de revistas periódicas para comunicar a todos los resultados científicos. Éstas fueron las precursoras de las actuales «revistas de impacto» de las que hablaré más adelante. Pero con estos antecedentes no es casualidad que la revista científica (generalista) de mayor impacto sea la británica Nature, que también analizaré en este libro. La Royal Society favoreció asimismo las conferencias sobre un determinado asunto —lo que hoy se llamarían congresos—, así como las conferencias y los libros divulgativos. Si en el país de la Royal Society, la ciencia estaba perdiendo prestigio, ¿cómo sería entonces en el resto?
Para que el lector entienda el contraste con España, mencionaré que aquí no se creó una sociedad científica similar, una Real Academia de Ciencias, hasta bien avanzado el siglo XIX, en concreto hasta 1847, durante el reinado de Isabel II. Fueron dos siglos de retraso que resultaron fundamentales en la historia de la ciencia.
Cuando en Inglaterra se menciona la Royal Society, todo el mundo entiende que se está hablando de ciencia; por contraste, cuando en España se menciona a su equivalente, la Real Academia, todo el mundo entiende lo contrario: que se habla de letras. En España hay que puntualizar Real Academia de Ciencias, porque la Real Academia, sin más complementos, en España se refiere a la Real Academia de la Lengua. Por ello, tal vez, el español sólo es un idioma de letras y el inglés de letras y ciencia. Y por eso, tal vez, el inglés sea más importante que el español. En cualquier caso, las diferencias entre ambos países, en cuanto a las ciencias, son obvias.
Debe matizarse que durante los siglos XVII, XVIII y comienzos del XIX fue la corona la que en España se opuso a la creación de una academia de ciencias, aunque no a las de humanidades.2 Se constituyeron así las reales academias nacionales de la Lengua, la Historia o las Bellas Artes. Pero no la de Ciencias. El historiador de la ciencia José Manuel Sánchez Ron subraya: «También aquí, las letras y las artes vencieron a las ciencias».3 Pueden mencionarse numerosos ejemplos que demuestran este triunfo de las letras y las artes sobre las ciencias naturales en España. Uno de los más simbólicos nos recuerda que el actual edificio del Museo del Prado se diseñó, en realidad, para albergar la Academia de Ciencias. Finalmente, la corona decidió que era más conveniente usarlo para alojar algo «menos revolucionario» para el pueblo y para la monarquía, y se ubicó en él la colección de pinturas de los reyes.
Sánchez Ron recuerda que la ciencia newtoniana adulta, desarrollada y altamente matematizada, despojada ya de su oscuro ropaje matemático inicial, tuvo que entrar en España de la mano de marinos militares y no de la de un científico o un filósofo natural empeñado en comprender, en última instancia, simplemente por qué la naturaleza funciona de la manera en la que lo hace. Y añade que «no fue la mejor manera, pero fue una manera».
En mi opinión, el hecho de que los avances científicos sólo fueran conocidos en España a través de los militares despojaría a la sociedad civil de un saber que, con posterioridad, se traduciría en el poco aprecio hacia las disciplinas científicas.
Lamentablemente, la influencia cultural que tuvo España durante los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX en América propiciaría que en aquellos países de ese continente en los que España ejerció más su poder político y cultural, la actividad científica y el aprecio por las ciencias fueran también muy débiles, condicionando el actual retraso tecnológico y económico.
Gran parte de los padres de la ciencia moderna son británicos, no sólo genios como Newton o Darwin, sino científicos más modestos pero imprescindibles (de los que se enseñan en secundaria) como Faraday, Dalton o Hooke, entre muchos otros.
Otra forma de ver claramente las diferencias entre España y Gran Bretaña es en función del número de premios Nobel. España —en 2006— no tenía ningún premio Nobel en ciencias básicas (Física y Química). Sin embargo, Gran Bretaña tiene 23 en Física y 24 en Química. En una ciencia aplicada como la medicina, España tiene sólo un premio Nobel, Ramón y Cajal, del que en 2006 se cumplió el centenario de su concesión (1906). Severo Ochoa lo consiguió en 1959, pero tenía la nacionalidad estadounidense y trabajaba allí con recursos norteamericanos, por lo que computa por aquel país. Gran Bretaña tiene 27 Nobel en Medicina. Como he mencionado, esta tendencia de odio-amor a la ciencia no sólo es intrínsecamente española o británica respectivamente, sino que ambos países la exportaron a sus extensiones coloniales.
Así que, al margen de Estados Unidos —antigua colonia británica con más de 200 premios Nobel científicos—, resulta revelador que otras antiguas colonias británicas de países relativamente pequeños como Australia —20 millones de habitantes— tenga 9 premios Nobel científicos. En el lado hispano, México (antigua colonia española y, por tanto, receptora de su cultura anticientífica) tiene 100 millones de habitantes y sólo un premio Nobel de ciencia, que, por cierto, trabajaba en Estados Unidos, aunque, a diferencia de Severo Ochoa, éste sí computa por México.
La eterna pregunta que se hacen la antiguas colonias españolas, y que en España no nos atrevemos a formular, siempre ha sido la misma: si Hispanoamérica hubiese sido conquistada por Gran Bretaña y, por tanto, por su cultura de amor e interés por las ciencias naturales, ¿acaso los países hispanoamericanos serían ahora tan ricos e influyentes como sus vecinos Estados Unidos y Canadá? Si Filipinas hubiese sido conquistada por Gran Bretaña en lugar de por España, ¿su nivel de vida sería ahora similar al de Nueva Zelanda? Las respuestas son complejas y no son objeto de este libro (aunque sí de otro que estoy escribiendo). Sin embargo, los anglosajones tienen muy claro que el éxito de su cultura a partir del siglo XVIII tiene mucho que ver con su visión de que la ciencia es muy importante en su preparación intelectual. Piensan que la caída del Imperio español, y de la cultura latina a nivel global, se debió en buena medida a la falta de aprecio y de conocimiento de sus clases dirigentes —tanto políticas como económicas o intelectuales— por las ciencias naturales.
Lo que yo no comprendía, tras las conversaciones con Rees y Filkin, era que, según ellos, en estos momentos también en los países anglosajones hubiese un fenómeno de desinterés —e incluso de cierto desprecio— hacia las ciencias naturales. Si partíamos de condiciones culturales respecto a la ciencia totalmente diferentes, ¿por qué se había llegado a una situación similar en ambos países? ¿Podía ser una tendencia extensible a todo Occidente?
LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA CON VARITA MÁGICA
Tal vez por mi deformación profesional de periodista, llegué a la conclusión de que el único producto «cultural» que unía a países latinos y anglosajones era la existencia de algo que se llamaba «medios de comunicación», junto con otro elemento relacionado con ellos que era su influencia en todas las sociedades.
Entre la conversación con Rees y la de Filkin, le comenté esta idea a quien durante muchos años fuera presidente de la Real Academia de Ciencias de España, Ángel Martín Municio, quien, debo reconocerlo, me animó a profundizar en este asunto. Yo admiraba que Municio fuera capaz de dar una conferencia sobre Felipe II o sobre bioquímica o genética con la misma pasión y profundidad. «Todo forma parte de la misma cultura», me respondía. En mi época de periodista, tuve que acudir a él como fuente en numerosas ocasiones, y eso generó, al menos desde mi perspectiva, un sentimiento de admiración y cariño. Escribir su obituario en el periódico fue un duro momento en mi carrera de periodista.
Sin embargo, yo no estaba seguro de tal hipótesis: la pérdida del impacto cultural de la ciencia en Occidente en los últimos años se debe a los medios de comunicación. Fue la lectura de un artículo de Umberto Eco lo que me convenció. Umberto Eco, italiano, profundo conocedor de la Edad Media pero también de la cultura occidental en su conjunto y, sobre todo, bastante cosmopolita, sostenía que, curiosamente, la magia está cada día más presente en los medios de comunicación: «Podría parecer extraño que esta mentalidad mágica sobreviva en nuestra era, pero si miramos a nuestro alrededor, ésta aparece triunfante en todas partes. Hoy asistimos al renacimiento de sectas satánicas, de ritos sincretistas que antes los antropólogos culturales íbamos a estudiar a las favelas brasileñas».4
Según Eco, en el siglo XXI la varita mágica se ha transformado en los botones de los aparatos. La tecnología ha sustituido a la magia, porque la gente no entiende ni se preocupa de cómo funciona, por ejemplo, una fotocopiadora. Sólo sabe que le aprieta al botón y se produce el milagro —o el hecho mágico— de la aparición instantánea de una reproducción exacta del original fotocopiado.
¿Qué es la magia, qué ha sido durante siglos y qué es, como veremos, todavía hoy? La presunción de que se podía pasar de golpe de una causa a un efecto por cortocircuito, sin completar los pasos intermedios. Clavo un alfiler en una estatuilla que representa al enemigo y éste muere, pronuncio una fórmula y transformo el hierro en oro, convoco a los ángeles y envío a través de ellos un mensaje. La magia ignora la larga cadena de las causas y los efectos y, sobre todo, no se preocupa de establecer probando y volviendo a probar si hay una relación entre la causa y el efecto. La confianza, la esperanza en la magia, no se ha desvanecido en absoluto con la llegada de la ciencia experimental. El deseo de la simultaneidad entre causa y efecto se ha transferido a la tecnología.5
El pensamiento racional, del que los griegos fueron sus máximos precursores, nos llevaba a preguntarnos por la relación entre la causa y el efecto. El Renacimiento retomó esta actitud de los clásicos y la Ilustración la consagró. Pero hoy pocos saben cómo funciona el dispositivo que permite enviar mensajes electrónicos desde España a Australia en un segundo. Tampoco cómo se reproduce la música de un CD o por qué enfría el aire acondicionado. Acariciamos la nueva varita mágica —apretamos el botón—, invocamos a no se sabe qué o quién para que no pase nada raro, y ya está: a esperar rápidamente el milagro. Hay quien sostiene que esta mentalidad también se traslada a otras esferas como la política o la economía, y que por eso nadie se interesa por el trasfondo de las noticias.
Sea como fuere, lo cierto es que los medios de comunicación no están por la labor de explicar las causas y los efectos:
Es inútil pedir a los medios de comunicación que abandonen la mentalidad mágica: están condenados a ello no sólo por razones que hoy llamaríamos de audiencia, sino porque de tipo mágico es también la naturaleza de la relación que están obligados a poner diariamente entre causa y efecto.6
Umberto Eco sostiene que la tecnología y el desinterés por las causas y los efectos han provocado que la sociedad no tenga aprecio por la ciencia. «Es difícil comunicar al público que la investigación está hecha de hipótesis, de experimentos de control, de pruebas de falsificación.» Es cierto, el periodista busca la sustancia que cure el cáncer y no un paso intermedio, porque sabe que ese «intermediato» no le interesa a la sociedad actual. Alguien con formación en periodismo jamás se sentirá fascinado por el método por el que la ciencia ha llegado al resultado. Sólo se interesa —y eso con suerte— por el resultado. Pero para un científico, el método es tan importante como el resultado. O incluso más. Igual que para un viajero —y no un vulgar turista— el trayecto puede ser más atractivo que el destino.
Por otra parte, los propios modelos sociales en Occidente nos han aislado del mundo natural. Es cierto que la ciencia entiende mejor hoy día —más que en ningún otro momento de la historia— cómo funciona la naturaleza, pero también lo es que el hombre común nunca ha sabido menos de ella. Cualquier niño de tribus perdidas en el Amazonas sabe muchísimo más de cómo funciona la naturaleza que un chaval escolarizado en un magnífico colegio occidental.
La mayor parte de la población occidental nacida hasta justo después de la Segunda Guerra Mundial aún tuvo la posibilidad de practicar la agricultura, la pesca o ganadería tradicional. Ello implicaba la necesidad de comprender la naturaleza para sobrevivir. Pero ese requisito ya ha desaparecido. No es que defienda aquel tipo de vida: las condiciones vitales de mis abuelos en la posguerra española serían muy naturales, pero eran terribles. No obstante, creo que podría conjugarse desarrollo científico y tecnológico con un mayor contacto con la naturaleza.
Por ejemplo, los que nacimos a finales de los sesenta (como es mi caso) aún tuvimos la suerte de tener abuelos que mantenían en su casa los animales de los que se alimentaban. La vivienda tenía todas las comodidades del siglo XX, pero también espacio suficiente para tener huerta con cultivos y con animales. Eso sucedía incluso en las ciudades: en las azoteas de las casas de la ciudad había jaulas con gallinas o conejos. Hoy eso está poco menos que prohibido por ley para la mayoría de la población.
Una gran parte de mi generación —que tenemos, por ejemplo, un pleno dominio de todas las nuevas tecnologías— también pudimos disfrutar con nuestros abuelos cuando, recuerdo, esperábamos impacientes que los polluelos rompieran la cáscara del huevo para salir; de observar cómo, tras matar un pollo para comerlo, había que desplumarlo y teníamos la oportunidad de comprobar cómo las plumas se insertaban en la piel o cómo se disponían las vísceras en el interior, cómo eran los músculos o dónde se acomodaba la grasa.
En diciembre de 2004, justo cuando preparaba los informes para poder investigar este asunto del declive científico, la revista Nature publicó el genoma del pollo. Poco después solicité a mis alumnos de periodismo —que han nacido a mediados de los ochenta— que redactaran una noticia a partir del comunicado de prensa enviado por Nature. La mayoría lo hizo rápidamente. Pregunté cuántos habían visto nacer un polluelo en directo. Sólo dos de sesenta y tres alumnos. ¿Cuántos habían observado cómo se disponían las distintas vísceras o los músculos en un pollo? Ninguno había asistido siquiera a la muerte de un animal del que, según confesaron, comían su carne con frecuencia. ¿Cómo podían comprender, entonces, lo que significaba el genoma del pollo y escribir sobre él para un periódico?
La comunicación pública de la ciencia trasciende, obviamente, al periodismo. De hecho, la principal vía de comunicación que tienen los científicos sigue siendo las «revistas científicas». Aquí también abordaré cómo han evolucionado desde aquellas primeras de la Royal Society. Y, sobre todo, analizaré cómo ha influido el periodismo en ellas. Al final del libro, asumo el reto que plantea Rees y Filkin: ¿dónde nos puede llevar esta falta de aprecio por las ciencias?
CIENCIA OBJETIVA Y PERIODISMO SUBJETIVO
Kant, en su Crítica de la razón pura, sostiene que el conocimiento que tenemos de las cosas no refleja la verdadera realidad, sino una realidad subjetiva tamizada por las facultades cognitivas humanas (sensibilidad, entendimiento y razón). Aunque no estoy totalmente de acuerdo con esa percepción de Kant si se aplica a las ciencias naturales, en periodismo sí hemos adaptado esa idea a un lema que afirma, rotundamente, que «la objetividad no existe». Porque todos los periodistas somos personas con una vida previa que condiciona la forma de ver el mundo. A diferencia de las ciencias naturales que aspiran —y, en mi opinión, normalmente lo consiguen— a ser objetivas, el periodista es un sujeto —no un ordenador o una ecuación— y sólo debe aspirar a ser «honestamente subjetivo». Por eso desde las facultades de Periodismo se insiste en que hay que conocer al sujeto para entender lo que escribe.
En este libro intentaré ser «objetivo», entendiendo esa objetividad como la suma de muchas subjetividades que provienen de distintas direcciones. Mi vida profesional me ha llevado por esas direcciones, en principio muy alejadas, pero que creo que pueden sumarse en lugar de restarse. En primer lugar, mi peripecia vital me llevó a estudiar la licenciatura de químicas y a desarrollar investigación en esa disciplina. Finalicé un programa de doctorado en química inorgánica avanzada y publiqué los resultados de mi investigación en varias revistas de impacto, entre ellas en una editada por la Royal Society of Chemistry. Fui profesor de física y química en secundaria y pude comprobar en carne propia la crisis de vocaciones. Pero también estudié la licenciatura de periodismo y cursé un programa de doctorado en ciencias sociales.
Es curioso: tanto en la licenciatura de periodismo como en el doctorado jamás me convalidaron materias de química, lo que da una idea de lo alejadas que están ambas disciplinas en la universidad española. Finalmente defendí una tesis que unió ambas áreas y que abordaba el uso de los científicos como elementos de manipulación política. Me dieron el premio extraordinario en ciencias sociales. Sin embargo, y aunque el tema se refería a las ciencias naturales, no pude presentarlo en el área de experimentales.
Dejé la investigación en química, solicité una excedencia como profesor de física y química y me dediqué en cuerpo y alma al periodismo. Científicos y periodistas son dos profesiones que, aunque en apariencia sean muy distintas, se parecen mucho: ambas son absolutas, maravillosas, absorbentes, necesarias para la sociedad y muy ingratas. Ambas, además, persiguen en teoría lo mismo: buscar la verdad y hacerla pública. Si comparten el mismo objetivo, cómo pueden ser tan distintas, me preguntaba. En mi carrera de periodista he pasado por todas las fases: fui becario y colaborador de varios medios (ABC, IdeaPress, Canarias7) y, finalmente, conseguí una plaza de redactor de la Agencia EFE, cubriendo noticias de ámbito político y local.
Llegó un momento en que eché de menos la ciencia —el periodismo político me parecía insustancial— y el periódico El Mundo me dio la oportunidad de cubrir las noticias de ciencia para su sección de «Sociedad». Profesionalmente, ésa fue una etapa muy interesante: pude comprobar la diferencia entre el periodismo científico y otras especialidades que yo había cubierto, pero, sobre todo, me dio la ocasión de conocer de primera mano a grandes investigadores e importantes instalaciones científicas.
También verifiqué cómo funcionan las revistas y los gabinetes de prensa científicos. No obstante, el mundo periodístico es, con diferencia, mucho más duro que el universitario. Y con mi doctorado bajo el brazo me presenté a una plaza de profesor titular de periodismo: con ella penetré en serio —durante la tesis había pasado de puntillas— en un mundo extraño: la vida de un Departamento de Ciencias Sociales, tan alejado del de química inorgánica en el que había empezado. Era una oportunidad fantástica, porque no es fácil que un científico natural pueda trabajar en un Departamento de Ciencias Sociales y describir las diferencias entre ambas formas de conocimiento de primera mano.
Debo señalar que tanto en mi departamento —el de Periodismo y Comunicación Audiovisual— como en mi propia universidad —la Carlos III de Madrid— me he sentido algunas veces rechazado por tener la doble titulación ciencias-letras. En lugar de estar en el campo de todos, he experimentado la impresión de «no pertenecer al campo de nadie». También me hubiese sentido igual —o tal vez peor— si me hubiera incorporado a un Departamento de Química y hubiese aportado investigación en metodología, redacción periodística o telebasura. Obviamente, los miembros de mi Departamento de Periodismo no entienden que, además de las publicaciones en ese campo, quiera que valoren mis trabajos en la síntesis química de fluoruros de manganeso (III) con bases orgánicas.
De hecho, he tenido muchos problemas para que me evalúen en dos campos —química y ciencias sociales— y los «evaluadores» han sido reacios a sumar. Como si valiera menos lo que uno hace. Me costaba creer que no hubiese habido nadie más en mis circunstancias. Pero los dos campos están muy alejados y, según mi experiencia, en el fondo desean permanecer así: ésa puede ser una de las causas del desencuentro ciencias-periodismo y, finalmente, del declive de las ciencias.
ARISTÓTELES EN CIENCIAS Y LETRAS
Mi memoria de estudiante universitario siempre evoca que el único autor que estudié tanto en la licenciatura de química como en la de ciencias de la información fue a Aristóteles. En química, recuerdo, estaba al comienzo de muchas asignaturas: cómo consideró que la naturaleza estaba compuesta de cuatro elementos, cómo hizo la primera clasificación de animales y plantas, cómo se le ocurrió una teoría sobre dónde estaba la Tierra en el universo. Sus ideas fueron erróneas: la materia no está formada por los cuatro elementos que él sugirió; el Sol no es el que gira alrededor de la Tierra como él pensaba, sino al contrario. Y los animales no han sido creados de forma independiente, sino que han evolucionado unos de otros. Pero al contrario que Platón y su «mundo de las ideas», Aristóteles fue el primero en aplicar los sentidos y, sobre todo, en utilizar todo el potencial de la lógica y el pensamiento racional para obtener resultados desde observaciones empíricas.
Cuando se desarrollaron las matemáticas y se perfeccionaron los instrumentos de medida, esta forma de hallar las respuestas a los enigmas que desde siempre han acompañado al hombre no ha tenido rival. Así que no debemos extrañarnos cuando las universidades inglesas de más prestigio —Oxford y Cambridge— insisten una y otra vez en que su éxito radica en que llevan más de seiscientos años estudiando y enseñando la obra de Aristóteles.
Pero aquí me interesa destacar lo avanzado del pensamiento del filósofo griego, que nació hacia el 384 a.C., frente a la jerarquía intelectual occidental actual —sobre todo latina— del siglo XXI. Aristóteles consideraba que era necesario comprender la botánica, la zoología o la física del movimiento para, después, entrar en cuestiones como la metafísica, la lógica, la ética o la política. Esta concepción —de considerar que para ser un buen politólogo hay que saber de botánica o de física— está muy alejada de las premisas actuales, que producen intelectuales superespecializados a los que el filósofo español Ortega y Gasset ya llamó los «sabios ignorantes». Sólo saben una porciúncula del conocimiento, pero se atreven a opinar de todo con la petulancia del experto, como si esa porciúncula de su saber les avalara en el resto. Si los políticos, los abogados, los periodistas y los economistas estudiaran botánica en la universidad, el planeta no se encaminaría hacia el desastre medioambiental. De eso sí puedo estar seguro.
Cuando empecé ciencias de la información, el profesor de relaciones públicas nos dijo: «En la Retórica de Aristóteles está todo lo que hace falta saber de periodismo. Lean la Retórica de Aristóteles, asúmanla, mastíquenla y no hace falta que aprendan nada más sobre esta profesión en la universidad». Y, obviamente, la leí.
La retórica es el «arte de la persuasión», algo muy útil para un periodista o un relaciones públicas. Efectivamente, en la Retórica de Aristóteles está todo y es difícil escribir algo mucho mejor. Están desde las tipologías del miedo hasta los criterios de duración de los discursos, las relaciones gramaticales que debemos incluir o cómo usar la metáfora. Desde los géneros oratorios o las clases de discursos hasta cómo llevar a cabo una refutación. Eso me dio una idea de las diferencias entre ciencias y letras. En física o biología, con los conocimientos de Aristóteles no vamos a ningún sitio, pero en ciencias sociales o en humanidades sí. Son la esencia y el resto son sólo variaciones o interpretaciones de esa esencia.
De hecho, en mi plan de estudios de periodismo se impartían varias materias sobre análisis del mensaje o análisis del discurso y argumentación. Casi siempre había un estudio preliminar sobre la retórica griega y, a veces, su evolución hacia el gran orador romano Cicerón. Recuerdo un sesudo trabajo que tuve que presentar sobre las diferencias entre la retórica de Aristóteles y la de Cicerón y, a la vez, relacionarlo con las diferencias entre Grecia y Roma. El objetivo de la profesora que propuso el trabajo era que fuéramos conscientes de que el estudio de la retórica que ejercían los políticos, los filósofos o, en general, los intelectuales de cada época definía mejor el período de los propios acontecimientos históricos. En Grecia —básicamente en Atenas— había que convencer a todo el pueblo, porque había una democracia. En Roma hubo República e Imperio y, por tanto, había que convencer al Senado —una élite—. De ahí, las diferencias que se aprecian entre las retóricas de Aristóteles y Cicerón.
Lo más curioso es que ese trabajo me lo solicitaron en una asignatura sobre medios audiovisuales. ¡Fascinante! Algo tan moderno como la televisión no podía interpretarse sin Aristóteles. Desde esta perspectiva, la retórica que usa la televisión actual explicaría mejor cómo es nuestra sociedad que el mayor de los estudios sociológicos o estadísticos. La retórica y la oratoria son armas de persuasión tan poderosas, que muchas autoridades educativas —sobre todo de países dictatoriales o con un pasado dictatorial reciente— las han suprimido de los programas académicos. En los países anglosajones, la oratoria y las ligas de debate son muy importantes en sus universidades de élite. En España apenas se enseña, excepto en las universidades jesuitas, en las que incluso existen ligas internas de debate.
No obstante, resulta muy curioso que, sobre todo, se ha suprimido la retórica y la oratoria de las titulaciones de ciencias —incluso en los países anglosajones, aunque ya están revertiendo esta tendencia—, dejando las técnicas de persuasión a la opinión pública en manos tan sólo de licenciados en comunicación y de otras ciencias sociales.
El maestro de Aristóteles, Platón, siempre rechazó la retórica. Pensaba que sólo había una verdad y, si se obtenía, no hacía falta persuadir a nadie, porque la verdad era capaz de persuadir por sí misma. La retórica era un arte que practicaban los sofistas y que daba herramientas para defender una postura. No ganaba la postura verdadera, sino la que fuera defendida con mejores elementos retóricos y consiguiera persuadir mejor. Es lo que hacen hoy día los abogados, los políticos o los periodistas: no gana quien tiene la razón, sino quien persuade mejor al tribunal, al electorado o al lector.
Una de las experiencias más extrañas y contradictorias que he tenido como profesor de periodismo fue la de preparar a un grupo de alumnos para participar en el primer campeonato universitario nacional de debate y oratoria (torneo Pasarela). Como capitán del equipo de mi universidad, tuve que adiestrar a mis alumnos-debatientes en defender tanto una postura como la contraria de cada uno de los temas que había que debatir. «¿Favorece la concentración empresarial a la sociedad en su conjunto?», fue uno de los asuntos que preparamos. Aunque había dos semanas para investigar los temas, la postura —a favor o en contra— se sorteaba justo antes del momento del debate. Ésa es la dinámica habitual en todas las competiciones de debate que se organizan en todo el mundo.
La razón o la verdad eran irrelevantes. Lo importante era ejercitarnos en técnicas de persuasión para que convenciéramos de la postura que nos había tocado en el sorteo que, obviamente, no tenía por qué ser aquella en la que creíamos. Ganamos debates en los que defendíamos una postura y también otros en los que sostuvimos la contraria. El jurado estaba compuesto por cazatalentos de las empresas y despachos de abogados más importantes de España. Buscaban alumnos que supieran convencer —independientemente de lo que pensaran— a un jurado, unos clientes, unos lectores o unos espectadores. Alumnos que supieran convencer de la verdad de la empresa contratante, no de la verdad.
El grupo que yo capitaneaba quedó el octavo de veinticuatro participantes. ¿Era un buen resultado? Aún no sé si participar en estos torneos o adiestrar a los alumnos en retórica y oratoria resulta ético o no. Lo que sí sostengo es que este tipo de técnicas de persuasión —que son la columna vertebral de los estudios de comunicación— otorga mucho poder a los que saben ejercitarlas en una sociedad mediática como en la que vivimos, en la que la forma y el envoltorio tienen más valor que el fondo. Una cultura mediática en la que la emoción prima sobre la razón.
Al finalizar el torneo de debate con mis alumnos, recordé aquella anécdota que describe el efecto que a los romanos les produjo el contacto directo con el pensamiento griego. Una simple anécdota, pero que demuestra la gran superioridad intelectual de los griegos y, sobre todo, el peligro de las técnicas de persuasión con intereses espurios o en las que el pensamiento racional no esté presente.
Corría el año 155 a.C. y Roma ya había conquistado buena parte del mundo conocido, incluida Grecia. Roma tenía más poder militar y de ingeniería que los griegos, pero los romanos continuaban fascinados por el potencial intelectual, sobre todo de los atenienses. Invitaron a Roma a una embajada formada por los directores de algunas escuelas de filosofía para que instruyeran a los jóvenes romanos. Uno de ellos, el escéptico Carnéades, defendió un día la justicia en la actividad política. Al finalizar, todos los oyentes quedaron fascinados con su oratoria y su retórica y, por supuesto, convencidos de que, efectivamente, ser justo es lo más importante para ser buen político.
Al día siguiente, los jóvenes romanos acudieron a la segunda charla para reforzar —creían ellos— sus ideas sobre la justicia. Pero Carnéades defendió lo contrario: la importancia de la injusticia en la política. Se refutó a sí mismo de su argumentación del día anterior y fue capaz de convencer al auditorio de la excelencia de una maldad moral —la injusticia— y de la conveniencia de aplicarla en un gobierno. Al censor romano Catón el Viejo le asqueó tanto aquella actitud que pidió que los filósofos griegos fueran expulsados inmediatamente de Roma para que no corrompieran a su juventud. Definió a los griegos como «la raza más maligna y desordenada».7
Carnéades había demostrado que con la retórica y la oratoria podía convencer de lo que quisiera —incluso de una perversión moral— a una masa de personas. De hecho, fue enviado a Roma para exhibir sus grandes dotes de elocuencia. Demostró que un buen retórico con dotes de orador podía hacer un guiñapo del cerebro y las creencias de cualquiera, incluso de las élites cultas como era el caso de los jóvenes romanos que componían el auditorio. Cualquier objetivo manipulador, entonces, podía conseguirse a través de la retórica y la oratoria con una masa inculta. Alertaba —sin posiblemente pretenderlo— del peligro que existía si esa masa de personas tenía algún tipo de poder. Pero todo eso —incluida la trampa en la que había caído el auditorio, como herramienta retórica para demostrar una hipótesis— era demasiado sofisticado para los simples romanos, que lo expulsaron de su ciudad.
Carnéades era, además, defensor de una doctrina, el escepticismo, que afirmaba que la verdad no existe y que, por tanto, nada puede conocerse con certeza. Según esa creencia, todo tiene la misma categoría —nada tiene por qué ser mejor verdad que otra— y, por ejemplo, lo justo y lo injusto son a la vez sinónimos de útil y dañoso. La ciencia y la magia, por ejemplo, serían dos formas de verdad.
Esta corriente que establece que la verdad no existe, que todos los enfoques son igualmente válidos o que sostiene a la vez los pros y los contras de las mismas cosas ha sido nuevamente recuperada por los filósofos posmodernos para atacar a la ciencia. Muchos científicos sociales la han defendido, además, como forma de paliar las graves deficiencias estructurales y de metodología de disciplinas como la economía, psicología, sociología, comunicación o pedagogía, entre otras. Áreas que, pese a que han adquirido prestigio social gracias a la buena retórica de sus defensores, no pueden ser comparadas, en cuanto a potencialidades, con la física, química, geología o biología. Y, como veremos más adelante, este escepticismo va a ser muy importante en la formación de los periodistas y cineastas formados en la universidad.
Para los griegos, la corriente opuesta al escepticismo es el dogmatismo. Es decir, lo contrario a un escéptico es un dogmático. Como doctrina filosófica, el dogmatismo considera que existe una única verdad y, lo más importante, que la razón humana puede acceder al conocimiento de esa verdad siguiendo un método y un orden en la investigación a partir de principios evidentes. El paso fundamental del dogmatismo implica poner a prueba el método, haciendo siempre una crítica exhaustiva a la apariencia. Así, por ejemplo, el dogmatismo racionalista del siglo XVIII desemboca en
