PRÓLOGO
Cuando el médico te dice por primera vez: «Mire, le voy a explicar lo que es una enfermedad autoinmune», sabes que tu vida está a punto de cambiar. Inmediatamente el discurso se complica y, mientras lidias con la ansiedad y el miedo, intentas descifrar cómo de grave es esa nueva acompañante que tendrás en tu día a día.
Con la distancia empiezas a informarte, indagas en internet, en las redes sociales, quizá tengas la suerte de que alguien de tu entorno te dé una información más cercana. «¿Qué es eso de una enfermedad autoinmune? ¿Por qué a mí?». En los buscadores aparecen imágenes terribles; los foros están colmados de mensajes contradictorios, con poco rigor y mucho sensacionalismo…
Intentas volver a consultar a tu médico y te da una explicación más concreta en la que, al parecer, «Todo está bien, no hay de qué preocuparse». No entiendes nada. ¿No estabas tan mal? ¿No era tan grave esa enfermedad autoinmune?
Los días malos se van acumulando, edulcorados de estrés y falta de sueño. Sientes dolor en las articulaciones, rigidez e hinchazón. Al parecer has tenido un brote. ¿Un brote? ¿Acaso eres una planta? La limitación física e intelectual amenaza con adelantarte por la derecha poniendo en entredicho tu capacidad para resolver esa nueva realidad. Sigues en estado de shock, intentas vestir de normalidad la nueva rutina de tratamientos, analíticas y visitas al médico. Hasta que llega un día peor que los anteriores en el que te dicen que la enfermedad está afectando a órganos tan importantes como los riñones o los pulmones. «¿Y eso por qué? ¿Qué ha cambiado para que suceda eso? ¿Qué debo esperar ahora?».
La sala de espera es más gris que de costumbre; la extracción sanguínea, más dolorosa, y el discurso del médico, menos tranquilizador. Sales de la consulta con, arrugada en el bolsillo, la nota que habías preparado antes de la visita, llena de miedos y preguntas importantes… Abres el teléfono móvil, necesitas no pensar, quitarte de encima esa sensación de desasosiego y preocupación. En la pantalla aparece una joven que te dice a las claras y sin tapujos que la autoinmunidad (procesos que acarrea una enfermedad autoinmune) tiene un punto de inflexión clave determinado por el estilo de vida. Se llama María Real Capell, y en ese momento no sabes la fortuna que tienes de haberla encontrado (aunque lo intuyes).
Pronto te das cuenta de que esa alegre mujer es capaz de concentrar conocimiento, practicidad y desenfado en recetas culinarias, consejos de salud y trabajos de campo e investigación dignos del Ministerio de Salud Pública. Te rompes por dentro cada vez que te habla de su historia, de cómo llegó hasta allí. Sus condicionantes de salud —personales, familiares— y su constante lucha te llevan a desear que deje de compartir tantas cosas, que se quede algo para ella. Pero María no es así. Ha entrado en tu vida para deconstruir las enfermedades autoinmunes, la inflamación, el poder del momentum inmune. Insiste constantemente en que lo estás haciendo bien, que tu camino es el mejor que podías elegir, y por ello has de enorgullecerte. Con el tiempo la empatía que sientes hacia ella te absorbe, disfrutas de su sonrisa y te angustian sus días malos. Ha conseguido poner en orden todo aquello que tanto miedo te daba. Te sientes capaz de todo, con energías renovadas y una perspectiva de salud que nunca habías tenido.
Tres carreras universitarias, dos másteres e infinidad de cursos la avalan a nivel académico. Sin embargo, tú lo que ves y sientes es a una fiel escudera capaz de ayudarte a vencer cualquier cosa. Y, sin temor a equivocarte, adquieres este libro con ilusión y responsabilidad. María Real Capell te acompañará en cada página, en cada susurro, en cada noche con los ojos cansados y el intelecto nutrido.
En el viaje de una enfermedad autoinmune nunca hay que buscar la ballena blanca (que por cierto era un cachalote). No funciona así. No hay soluciones milagrosas, ni grandes gurús con poderes sobrenaturales o compendios de consejos, como «A mí me fue bien así» o «Lo he leído en alguna parte».
Las enfermedades autoinmunes son silenciosas, invisibles, en muchas ocasiones indescifrables. En mi día a día me encuentro en muchas ocasiones ante la necesidad de entender ese cosmos de procesos en paralelo que definen a mis pacientes, con la frustración compartida de necesitar un complemento, alguien como María. Soy testigo de cómo infinidad de condicionantes se filtran en la evolución de las enfermedades autoinmunes, enlenteciendo el proceso de mejora o curación. En ese punto disruptivo, mientras surfeaba por la tangente de lo protocolario y la evidencia científica, me encontré a María Real Capell dándome una master class sobre microbiota, etiquetado de alimentos, inflamación intestinal o déficits de progesterona. Da igual lo que le eches, María es una gran conversación sea cual sea el escenario. Y en ese punto me di cuenta de cómo puede llegar a aglutinarse tanto conocimiento y pasión en un recipiente tan frágil y poderoso.
Ella se define como una persona altamente sensible. Yo la definiría como una sensibilidad altamente personal. Talento en estado puro, aquello que hoy en día llaman «orgánico» (qué mejor concepto para definirla).
Este libro te apasionará. Dedícale atención, porque cada línea, cada pausa y cada frase célebre tienen un sentido. Toma notas y relee capítulos; tu salud te lo agradecerá.
Permíteme que agradezca tu interés por la inmunología, por cuidar tu sistema inmunitario y por buscar entender el funcionamiento de las enfermedades autoinmunes y cómo controlarlas mejor. Te aseguro que María Real Capell tiene las claves que buscas, simplificadas y bien estructuradas. Así se lo hago saber a todos mis pacientes, a mis familiares y… ¡a mí mismo! ¡Pon a María en tu vida!
Enhorabuena por estar a punto de empezar a leer este maravilloso libro.
Dr. ENRIQUE ESTEVE
INTRODUCCIÓN
Seguro que tienes este libro en tus manos por alguno de estos motivos:
Tienes una enfermedad autoinmune y quieres mejorar tu calidad de vida.
Conoces un familiar o un amigo con alguna de estas enfermedades tan complicadas y quieres aprender todo lo posible para acompañarle.
Quizá, simplemente, te interesan los temas de salud y bienestar y al ver esta cubierta tan bonita te ha picado la curiosidad.
Eres profesional de la salud y quieres aprender un poco más sobre cómo acompañar a tus pacientes desde la consulta.
Me sigues en Instagram y te has visto en la obligación moral de leerlo, pues comenté en mis redes sociales que escribiendo estas páginas me han aumentado las dioptrías (y no es broma).
Pues bien, mientras lees estas cinco situaciones y piensas cuál es la tuya, hay unas células de tu sistema inmunitario patrullando en busca de infecciones. Pero si encima estás aquí por el primer motivo, puede ser que algunas de estas células del sistema inmunitario estén atacando a tu propio cuerpo como quien no quiere la cosa. A veces, ya sabes, el cuerpo se rebela.
Siempre me defino como una fan total del cuerpo humano. Hace años solía pensar que el cuerpo humano era una máquina perfecta, pero mis estudios de inmunología y los casos diarios que veo de pacientes con enfermedades autoinmunes me han hecho ver que el cuerpo humano, aunque es fascinante, no es una máquina perfecta ni de lejos. El cuerpo humano es demasiado complejo, un engranaje que a veces se atranca.
Desde muy pequeña me ha interesado cómo funciona nuestro cuerpo. Recuerdo un libro infantil de anatomía humana con la cubierta de tapa dura y color rojo, era mi favorito. En aquel entonces, con toda mi inocencia, todavía pensaba que el cuerpo humano era perfecto. Lo leía muy a menudo, pero no me cuadraban algunas cosas, así que un buen día puse el libro rojo en mi mochila —que también era roja—, se lo llevé al señor Ramón (en paz descanse) y le pregunté por qué salían pintados los pulmones de color verde, la lengua azul, el estómago marrón, el corazón violeta… Le pregunté si se habían equivocado y lo habían pintado mal. Entonces el señor Ramón me explicó que, como era un libro infantil, los autores habían decidido pintar los órganos de distintos colores para ayudar a distinguirlos mejor. Quizá sin saberlo había aprendido que siempre hay que contrastar la información, y más en la ciencia.
Y ya que estamos hablando de mi infancia, te contaré cuál era mi juego favorito. ¡Sanar a los demás! Tenía un montón de muñecas y la historia siempre era la misma: se ponían enfermas cada día y se curaban un rato después. ¡Tenía montado un hospital para Barbies!
Para curarlas preparaba pócimas con cualquier hierba que encontrase en el jardín (césped, margaritas…), hacía que las tomaban y las ponía a dormir bien tapaditas con alguna manta o toalla. En el mortero de mi abuela Antonia, donde ella siempre hacía alioli los domingos, preparaba los líquidos y ungüentos. Me echaba un poco la bronca, porque no le gustaba que tocaran sus cosas. Desde su butaca de flores azules les decía a mis padres: «Esta niña irá a la universidad». Después de darles pócimas y descanso a mis muñecas, todas mejoraban rápidamente y el juego terminaba con una gran fiesta. Reunía a todas las Barbies y ponía en el centro a la que se había recuperado. Entonces, todas bailaban a su alrededor.
Más adelante, ya entrada en la adolescencia, descubrí el maravilloso remedio de los animales y cambié las muñecas por gatos y perros que encontraba malnutridos en mi pueblo. Es vergonzoso y doloroso recordar la cantidad de perros abandonados que llegaban al pueblo, pero la historia también tenía final feliz, y esta vez con seres vivos de verdad. El remedio que aplicaba era parecido al de las muñecas: buenos alimentos, descanso y mucho amor. A los animales, por suerte, no les daba pócimas, ya que todavía no tenía ni idea de química y prefería ser cautelosa. A menudo bajaba a la tienda de mi madre y le pedía dinero para comprar comida para perros, ella ponía los ojos en blanco y decía: «¡Otro perro no!». Pero siempre accedía y me daba cinco euros, y yo iba al supermercado a comprarles comida y los alimentaba con mucho cariño. Los perros me querían tanto que algunos me esperaban en la parada de bus de mi pueblo cuando llegaba de los escolapios; en una ocasión, uno se coló en el autocar antes de que yo bajara. ¡Menudo homenaje me hacía cada día a las cinco y media de la tarde! Los perros que adoptaba estaban muy delgados, pero en dos o tres semanas se recuperaban. A ellos también les hacía dormir, les tapaba con una manta y les daba amor. Quizá entonces sin saberlo aprendí que el descanso es fundamental para el sistema inmunitario. Y tú también lo descubrirás a lo largo de estas páginas.
Lo que veo ahora mientras ojeo mi vida desde un dron es que estos pobres animales que adoptaba me daban más a mí que yo a ellos, pero sobre esta lección de vida hablaré en un capítulo aparte, en «El maravilloso remedio de los animales».
De pequeña ya tenía una salud delicada. Era jovial y alegre, pero también enfermiza, siempre me encontraba mal y faltaba bastante al colegio. A veces escuchaba a mis padres discutir por este motivo, se preguntaban qué hacía otra vez en casa. ¿Que qué hacía? Pues convertirme en una devoradora de libros, que eran mis grandes amigos. Adquirí el hábito de leer y una velocidad lectora que me sirvió muchísimo en mis estudios universitarios. Y me sirve también ahora para mantenerme constantemente actualizada en mi campo.
Pasada la adolescencia, por fin me diagnosticaron celiaquía. Este era el motivo de que mi infancia y adolescencia fueran tan enfermizas. Este primer diagnóstico fue recibido como un alivio, como un bálsamo. ¡Por fin sabía lo que me pasaba! No era rara, no me lo estaba inventando, no quería engañar a mis padres para quedarme en casa: tenía una enfermedad con nombre y apellidos. Sospecho que este retraso en el diagnóstico hizo que desarrollara dos enfermedades autoinmunes más, cada una más grave que la anterior.
Cuando me preguntan de dónde saco la motivación para estudiar y trabajar tantas horas, confieso que soy la más interesada en aprender sobre enfermedades autoinmunes, y ahora ya sabes el porqué: las sufro en mi propia piel. Pero también te diré que las tengo bastante bien gestionadas gracias a los buenos hábitos de vida que te explicaré en este libro.
Estas líneas son un viaje a través de las enfermedades autoinmunes, y el estilo de vida es el eje central. Entenderás por qué a veces el cuerpo se rebela. También leerás muchos casos reales y esperanzadores de pacientes que tengo en la consulta y verás que, aun con una enfermedad con nombre raro, puedes tener calidad de vida.
Soy farmacéutica, nutricionista y psiconeuroinmunoendocrina. He estudiado dos másteres: uno de inmunología y otro de nutrición oncológica. Me he formado en profundidad en el estudio de la microbiota, ya que todo paciente con enfermedades autoinmunes debe tratarse el intestino.
Al principio de mi trayectoria profesional trabajaba en una oficina de farmacia y allí aprendí muchísimo. Veía pacientes cada semana que no mejoraban. Tomaban hasta dieciséis medicamentos distintos y no hacían más que empeorar. Se metían en el cuerpo pastillas innecesarias y con interacciones entre sí, ¡un desastre! Un día me enfadé mucho, porque una abuela de setenta y seis años se cayó y le recetaron un analgésico, un antiinflamatorio, un inhibidor de la bomba de protones del estómago (el mal llamado «protector estomacal», omeprazol, seguro que te suena) y un opiáceo. La señora recogió el surtido diciendo que no entendía tantas pastillas, que solo había ido al médico por una caída tonta en su casa, que se había chequeado por insistencia de su cuidadora. ¿Cómo podía estar sucediendo esto? Cuatro medicamentos innecesarios, ¡cuatro! Detrás del mostrador descubrí la falta que hacían (y hacen) los profesionales de la salud integrativa, los que escuchamos, revisamos y ponemos orden. Vi que en la farmacia podía mejorar muchísimo la salud de las personas con lo que ahora se llama «medicina del estilo de vida». A las mujeres que venían cada quince días a por Monurol, un antibiótico para las infecciones de orina, les daba una serie de consejos y ya no aparecían más por allí. A las que tenían candidiasis recurrentes también les daba recomendaciones y… ¡tachán! Dejaron de comprar tantos óvulos y tantas cremas. En la oficina de farmacia también aprendí la importancia del acompañamiento, el respeto hacia el paciente, la escucha activa, la empatía y a ser muy cautelosa con la suplementación, ya que es habitual que interaccione con los fármacos.
Los pacientes que entraban en la farmacia sabían que también estudiaba nutrición y muchos me pedían consejo. A veces se formaba cola en mi mostrador. Te hablaré de ello con detalle en el capítulo «Una rara avis», pero te adelanto que acabé lanzándome a la piscina y abrí mi propia consulta. Hoy he tratado a más de cinco mil pacientes con enfermedades autoinmunes, y los resultados son muy satisfactorios. Me llena de alegría saber que estoy contribuyendo a mejorar la vida de personas con enfermedades cuyos nombres aterran: espondilitis anquilosante, artritis reumatoide, celiaquía, esclerosis múltiple, síndrome de Sjögren, enfermedad de Crohn, hipotiroidismo de Hashimoto, lupus…
Recibo como mínimo un mail a la semana de algún paciente que me comenta que tiene menos dolor, que le han bajado la dosis del tratamiento biológico, que anda más pasos diarios, que se ha quedado embarazada, que tiene menos fatiga, que los marcadores de inflamación aparecen más bajos en las analíticas, que ha ido al médico de cabecera a pedir el alta…
Para mí toda mejora, por pequeña que sea, es un logro. ¿En qué oficio uno recibe estos regalos? A veces pienso que tengo una deuda con la sociedad, que tengo que devolver este regalo que me hacen las personas. ¿Cómo podría ayudar a más gente? ¿Y si escribo un libro y comparto mis conocimientos? ¿Y si cuento casos reales de mi consulta para que los pacientes recién diagnosticados se sientan menos desamparados? ¡Cómo me hubiese gustado a mí leer testimonios de mis enfermedades cuando no tenía ni idea de a qué me enfrentaba! ¡Cómo me hubiese gustado leer sobre las pruebas que me iban a hacer para confirmar el diagnóstico y así ir con menos miedo! Y por estas carambolas que da la vida de vez en cuando, un buen día me llegó a la bandeja de entrada un correo de Laura Álvarez, mi editora. Quería conocerme. Primero pensé en rechazar la propuesta, porque todavía estaba en fase de aprendiz. ¡Menuda osadía escribir un libro con treinta años! Pero medité mi respuesta y entendí que seré aprendiz toda la vida, porque si realmente quieres saber, tienes que estar siempre curioseando, ¡y con la misma pasión que el primer día! De modo que cambié de opinión y acepté. Y así empezó la historia de este libro, ni más ni menos.
En estas páginas te hablaré de todo lo que debes tener en cuenta si tienes una enfermedad autoinmune para que mejores tu calidad de vida. Te explicaré las enfermedades autoinmunes que más veo en la consulta y que más he estudiado: hipotiroidismo de Hashimoto, enfermedad celiaca, esclerosis múltiple, lupus, espondilitis anquilosante, enfermedad de Crohn, psoriasis, enfermedad de Graves, diabetes, artritis reumatoide, esclerodermia.
Mi objetivo es que entiendas las principales causas que enfadan al sistema inmunitario y hacen que el cuerpo se rebele. Pero tú puedes apaciguar esta rebelión con cambios cotidianos, factibles y sencillos. El mejor plan es el que se puede ejecutar, y yo te ayudaré a encontrar la fórmula.
Y por último, esto ya no es un objetivo, sino un deseo (quizá demasiado ambicioso): en un futuro próximo, después de la publicación de este libro, espero encontrarme por la calle como mínimo a una persona que me diga que su enfermedad autoinmune mejoró después de leerlo.

El misterio de la vida no es un problema que hay que resolver, sino una realidad que hay que experimentar.
FRANK HERBERT, Dune
¡Menudo portento estás hecho! Y no es un halago, es la pura realidad. ¿Sabes qué está capacitado para gestionar cuarenta billones de células? ¡Tu cuerpo! Tenemos nada más y nada menos que cuarenta billones de células que se agrupan en órganos, y los órganos, en sistemas que están programados para poder funcionar perfectamente, pero eso no significa que lo hagan. El cuerpo humano es demasiado complejo para ser perfecto. Pero esto ya lo descubrirás más adelante. Por ahora te resumiré los nueve sistemas que tenemos para que entiendas un poco mejor cómo funciona nuestro cuerpo.
El sistema locomotor es movimiento. Está formado por músculos, huesos, articulaciones, ligamentos, tendones… Funciona bajo las órdenes del sistema nervioso y las ejecuta. Es el responsable de que podamos desplazarnos, practicar deporte o incluso sujetar este libro.
El sistema respiratorio respira. Incluye la nariz, la boca, la garganta, la faringe, la tráquea y los pulmones. La boca y la faringe, a su vez, forman parte del sistema digestivo. El sistema respiratorio tiene una función vital: obtener oxígeno y generar dióxido de carbono. En los alveolos de los pulmones se realiza este intercambio de gases que nos permite vivir. Los alveolos son pequeñas cavidades que absorben el oxígeno, traspasándolo al sistema circulatorio para repartirlo debidamente por el cuerpo, y liberan el dióxido de carbono, que lo exhalamos.
El sistema digestivo asimila. Abarca el larguísimo tramo que va desde la boca hasta el ano. Es de gran importancia entender el sistema digestivo, ya que en él se encuentra más del 80 por ciento del sistema inmunitario. También aquí se localiza el nervio vago, del que te hablaré más adelante. La función principal del sistema digestivo es digerir los alimentos para la obtención de energía, agua y nutrientes esenciales. Los nutrientes que ingerimos son los ladrillos de nuestro cuerpo, la materia prima, la energía para nuestras células. Así que tenemos que cuidar lo que comemos.
El sistema excretor expulsa. Es el encargado de desechar de nuestro cuerpo los residuos. Forman parte del sistema excretor las glándulas sudoríparas, los pulmones y el sistema urinario. Las glándulas sudoríparas eliminan agua, metales pesados, plásticos como el bisfenol A (BPA) y sales minerales; los pulmones liberan dióxido de carbono cuando espiramos y los riñones filtran la sangre, formando la orina, que está compuesta por agua, sales minerales y urea. Hasta el palacio más lujoso del mundo sería un auténtico desastre sin el servicio de limpieza. Pues bien, el sistema excretor es nuestro servicio de limpieza: nos deja el cuerpo impoluto. Si no funciona o colapsa, tendremos un problema.
El sistema circulatorio transporta. Engloba la sangre, el corazón, los vasos sanguíneos, el sistema linfático… Las venas transportan sangre desde el cuerpo hasta el corazón y las arterias llevan sangre desde el corazón hasta lo más recóndito del cuerpo. El sistema circulatorio tiene dos trayectos: la circulación pulmonar y la circulación sistémica. La circulación pulmonar es el trayecto corto y va del corazón a los pulmones y viceversa. La circulación sistémica es más compleja, transporta la sangre desde el corazón hasta el resto del cuerpo y después la lleva de vuelta al corazón. Dentro del sistema circulatorio está también el linfático, que es una red de vasos interconectados que recolectan líquido del intersticio y lo reincorporan a la sangre. El intersticio es un espacio repleto de líquido entre la piel, los músculos, los órganos del cuerpo y el sistema circulatorio.
El sistema endocrino regula. Si el cuerpo fuera una empresa, el sistema nervioso sería el ejecutivo y el sistema endocrino, el director de operaciones. La función del sistema endocrino es producir hormonas que actúen de mensajeras por todo el cuerpo, haciendo interaccionar y regulando el resto de los sistemas. Está formado por el hipotálamo, la hipófisis, las glándulas tiroides, paratiroides y suprarrenales, los ovarios y los testículos. Estos dos últimos también forman parte del sistema reproductor.
El sistema nervioso lidera. Es el ejecutivo, el jefe, y se organiza en dos grandes partes: el sistema nervioso central y el sistema nervioso periférico. El central lo forman el encéfalo y la médula espinal, y el periférico está compuesto por los sistemas somático, que se controla de forma voluntaria, y autónomo, que es involuntario. En el autónomo encontramos, a su vez, los sistemas nerviosos simpático y parasimpático. Conviene que recuerdes el parasimpático, ya que te será de gran ayuda para recuperar tu salud. Te explicaré más en estas páginas.
El sistema reproductor perpetúa. Gracias a él hemos mantenido viva la especie. El conjunto de órganos que participan en este sistema son, por una parte, la vagina, las trompas, el útero, los ovarios… y, por otra, el pene, los testículos, la próstata… Aunque parezca un sistema independiente, no lo es, está conectado con el resto. De hecho, algunos fallos de implantación y abortos de repetición se dan cuando el sistema inmunitario no permite que arraigue el embrión. Resulta que hay un aumento de un tipo de células del sistema inmunitario, las natural killer, que atacan al embrión.
El sistema inmunitario protege. Hemos dicho que el ejecutivo del cuerpo humano es el sistema nervioso y que el sistema endocrino es el director de operaciones. Pues el sistema inmunitario es el equipo de seguridad, que hace la ronda por todo el cuerpo. Consta de distintos órganos y células, como linfocitos y eosinófilos, entre otros, que ayudan a combatir gérmenes y regulan nuestra respuesta inmunitaria para permanecer sanos y en buen estado. Pero a veces este sistema es demasiado bélico, pierde la tolerancia y puede ocurrir que nos ataque a nosotros mismos. Es entonces cuando el cuerpo se rebela.
ENTRANDO MÁS EN DETALLE EN EL SISTEMA INMUNITARIO
El diablo está en los detalles.
MIES VAN DER ROHE
Este sistema ocupa el 2 por ciento del peso corporal y es nuestro principal mecanismo de defensa contra agresiones externas: trabaja día y noche patrullando en busca de enemigos. Nos protege, en consecuencia, de los millones de microbios (virus, bacterias y hongos) que nos rodean.
Está compuesto por órganos, células y moléculas que trabajan conjuntamente y en perfecta sintonía para garantizar una buena respuesta contra agresiones externas. Es un sistema muy complejo y estructurado. La acción de defensa no puede ser exagerada ni quedarse corta, pues en el primer caso se activará tanto el sistema inmunitario que aparecerán inflamaciones en cascada con efectos indeseados y en el segundo caso la respuesta será insuficiente y los microbios nos atacarán, haciendo estragos en nuestro cuerpo.
Este sistema tiene divisiones: inmunidades celular y humoral, función de memoria… Cuando alguna de estas partes se descontrola, organiza un complot y el cuerpo se rebela. ¡Y ya la hemos liado! ¡Enfermedad autoinmune a la vista!
¿Verdad que cuando a veces vemos a alguien por la calle con un poco de mala pinta activamos el estado de alerta? ¡Pues en nuestro cuerpo ocurre lo mismo! Si detecta un antígeno, empieza a producir anticuerpos para combatirlo; es su mecanismo de defensa. Este antígeno puede ser un contaminante ambiental, un virus, una bacteria, un alérgeno, como el polen, o incluso un alimento que el cuerpo detecta como amenaza (por ejemplo, el melocotón en personas alérgicas al melocotón).
El sistema inmunitario tiene capacidad microbicida, es decir, mata los microbios (virus y bacterias) y los gérmenes (hongos, por ejemplo). Cuando aparece un invasor, lo elimina gracias a unas células que se llaman «fagocitos». Los monocitos, los macrófagos y los neutrófilos pueden actuar como fagocitos. La fagocitosis es bestial, la célula primero rodea al invasor, luego lo abraza y cuando lo tiene bien agarrado lo consume totalmente. Después elimina las células muertas. Te recomiendo mirar algún vídeo de fagocitosis en YouTube para que lo entiendas un poco mejor. No es Netflix, pero la fagocitosis es igual de entretenida. ¡Palabra!
Cuando nuestro cuerpo mata a bacterias, nuestra analítica suele salir alterada. Por eso a veces, si nos han hecho una analítica justo después de pasar una infección, podemos tener algún marcador ligeramente alterado, como por ejemplo los monocitos. Así que si tienes que sacarte sangre y justo has estado enfermo es mejor que esperes entre diez y quince días para que tu sistema inmunitario vuelva a la normalidad. Si no es posible retrasar la analítica, habla con tu médico para que lo tenga en cuenta a la hora de interpretar los resultados.
El sistema inmunitario tiene capacidad de memoria y aprendizaje. Dicen que uno no se olvida nunca de ir en bicicleta, pues, de la misma forma, nuestro equipo de seguridad recuerda la mayoría de las infecciones que hemos pasado. Gracias a la memoria inmunitaria, si vuelves a tener contacto con un virus que ya conoces, la respuesta defensiva será mucho más rápida y eficaz. En la memoria y el aprendizaje se basan la mayoría de las vacunas actuales.
El sistema inmunitario se comunica mandando mensajes al resto del cuerpo. Puede ser que un mes que has pasado una infección que te ha dejado KO no ovules; resulta que este mes no te baja la menstruación o lo hace mucho más tarde. Lo que ha ocurrido es que el sistema inmunitario ha enviado una orden a la hipófisis y esta, a los ovarios diciendo: «¡Hey! Ahora no es momento de ovular. Estoy gastando muchísima energía en combatir una infección y prefiero que ovuléis el siguiente mes o cuando se pueda. Gracias y a descansar, que os lo merecéis».
El sistema inmunitario es un chupóptero: cuando trabaja devora toda nuestra materia prima. Por eso, cuando estamos enfermos nos sentimos muy cansados y no nos podemos mover del sofá. Está monopolizando el suministro de energía. Es muy importante que entiendas esto: es normal que estés cansado y fatigado si sufres una enfermedad autoinmune. ¡Tu cuerpo no tiene fondo, lo consume todo! Por lo que el descanso es una parte fundamental de la recuperación de cualquier enfermedad.
El sistema inmunitario distingue lo propio de lo ajeno, lo que se llama «tolerancia y reconocimiento». Si no reconoce lo propio, corremos el riesgo de que nos ataque y suframos una enfermedad autoinmune. La palabra «inmunidad» la inventaron los romanos; proviene del latín inmunitas, que designaba a las personas que estaban exentas de pagar impuestos y tenían defensa frente a acciones jurídicas, como los senadores. Más adelante se utilizó para hacer referencia a la protección ante una enfermedad infecciosa.
Podemos dividir el sistema inmune en dos partes: el sistema inmune innato (o inespecífico) y el sistema inmune adaptativo (específico). El innato, tal y como indica el nombre, se adquiere al nacer, y el adaptativo se va adquiriendo a medida que nos vamos exponiendo a distintas bacterias, virus y otras sustancias químicas.
El sistema inmune innato es el rápido, es el que responde primero ante un invasor. Los protagonistas del sistema inmune adaptativo son los linfocitos B y T.
Cuando hay una desregulación del sistema inmunitario, podemos sufrir dos consecuencias: la autoinflamación, que está regulada por el sistema innato, y la autoinmunidad, que depende del adaptativo.
¿CÓMO PUEDE SER QUE EL SISTEMA INMUNITARIO PRODUZCA INFLAMACIÓN?
El fuego es como un niño, puede ser tu mejor amigo o tu peor enemigo, según cómo lo manejes.
RICHARD BACH
La inmunidad innata, la que se adquiere al nacer, no tiene memoria y es muy poco específica, podríamos decir que es un poco bruta, por eso la inmunidad innata produce básicamente una respuesta inflamatoria aguda. La inmunidad innata se pone en marcha cuando hay un peligro, por ejemplo un corte en un dedo. El tejido se enrojece y se inflama, ya que aumentan el suministro de sangre en la zona afectada y la permeabilidad capilar. Los leucocitos corren a la zona inflamada y por consiguiente se produce fiebre, astenia, calor, dolor, tumefacción… Esta respuesta inflamatoria aumenta las citocinas factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α), interleucina-1 (IL-1) e interleucina-6 (IL-6).
La inflamación aguda produce una respuesta rápida, exagerada y durante un tiempo limitado. Dura pocos días. Es frecuente que se produzca inflamación aguda cuando ha habido una lesión o una infección. Sigamos con el ejemplo del corte en el dedo. Si ahora te cortaras con un cuchillo, Dios no lo quiera, en tu cuerpo habría una respuesta inflamatoria aguda. Lo primero que sucedería en tu cuerpo sería un aumento de la vasodilatación, por lo que aumentaría el flujo sanguíneo en el dedo que te has cortado y te saldría más sangre. ¿No es poco astuto el cuerpo? ¡Encima de que te cortas y pierdes sangre, él hace que salga más sangre! No, no es así. Que salga más sangre es por una razón. Este flujo sanguíneo que saldrá de más aumenta la cantidad de oxígeno disponible en la zona para que el cuerpo empiece la reparación tisular. Seguidamente el dedo se te hinchará debido a un aumento de la presión osmótica, la cual atrae más líquido con nutrientes en el corte para repararlo cuanto antes. Es en ese momento cuando sale una patrulla de células con factores de coagulación. ¡Cuando llegan los factores de coagulación se acaba el río de sangre! Llegan a la herida y exclaman: «¡El espectáculo ha terminado!». Entonces se adhieren al sitio de la lesión y forman una red de fibrina para crear un tapón. Es muy interesante, porque en esta historia del corte en el dedo trabajan en paralelo el sistema nervioso con los nociceptores —las terminaciones nerviosas que detectan el dolor— y el sistema inmunitario con las células inmunitarias. Son un tándem perfecto.
El problema es cuando el sistema inmunitario produce inflamación sin que haya una infección o una lesión, sin motivo, porque en ese caso se puede generar un autoataque. Entonces las citocinas TNF-α, IL-1 e IL-6, en vez de proliferar para curar el corte de tu dedo, proliferan y actúan de forma exagerada haciendo que el cuerpo se rebele.
Una buena respuesta del sistema inmunitario debe ser adecuada y justa; ni deficitaria ni exagerada. Los linfocitos T reguladores son las células especialistas del sistema inmunitario encargadas de regular esta respuesta.
¿CÓMO SE REGULA EL SISTEMA INMUNITARIO?
En primer lugar, se comunica mediante las citocinas, que son los wasaps que se mandan las células inmunitarias. Son mensajes del tipo: «¡Despierta y actívate, que acabamos de recibir una amenaza! Es un coronavirus». Otros no son tan alarmistas: «Ni te inmutes, no reacciones, se trata de un simple alimento, solo está comiendo helado».
Seguro que en tu entorno hay personas pacíficas que dan las noticias de forma relajada y no arman líos, pero también estás rodeado de gente incendiaria que parece querer sacarte de quicio y que exagera las cosas para hacerte enfadar. Solo con ver un wasap suyo te pones de mal humor. ¡Esto mismo ocurre con las citocinas!
Las citocinas pacíficas son las antiinflamatorias, no arman lío, le dicen a tu cuerpo: «Se acabó, no te rebeles, no te alteres, mejor tranquilízate», y ayudan a reducir la respuesta inflamatoria. Son, por ejemplo, la interleucina-4 (IL-4), la interleucina-10 (IL-10) y el factor de crecimiento transformante beta (TGF-β).
Las citocinas liantas son las proinflamatorias. El mensaje que llevan es más bien: «¡Vamos a montar un buen pollo!», y son las responsables de que el cuerpo se rebele y se inflame. Son, por ejemplo, la interleucina-1 beta ( IL-1β), la interleucina-6 (IL-6), el factor de necrosis tumoral alpha (TNF-α) y la interleucina-17 (IL-17). (Ya has visto que aunque sean liantas se necesitan en algunos casos específicos, como por ejemplo el corte en el dedo).
¡Aquí el arte consiste en domar a las liantas y tenerlas en su justa medida! Mis acciones y mis decisiones diarias influirán en los niveles de estas citocinas. Se ha demostrado que el consumo de alimentos altos en omega 3 puede aumentar la producción de citocinas antiinflamatorias, mientras que consumir grasas vegetales refinadas aumentará la producción de citocinas proinflamatorias y con ellas, la inflamación.
Las citocinas a nivel clínico también pueden ofrecer información específica de las enfermedades autoinmunes.
La IL-17 se correlaciona con la esclerosis múltiple.
La IL-15 se correlaciona con la enfermedad celiaca.
La IL-6 y el TNF-α se correlacionan con la artritis reumatoide y el lupus.
La TNF-α se correlaciona con la enfermedad de Crohn.
La IL-23 se correlaciona con la espondilitis anquilosante.
La IL-6 y la IL-10 se correlacionan con el hipotiroidismo de Hashimoto.
ALGUNOS VAN DE LISTOS:
¿CÓMO LOS VIRUS Y LAS BACTERIAS PUEDEN ELUDIR EL SISTEMA INMUNITARIO?
Si el sistema inmunitario es tan listo, ¿cómo puede ser, por ejemplo, que aun así suframos gripes cada año? ¿Cómo puede ser que cada primavera tenga el típico virus intestinal, que es lo más semejante a la muerte que he vivido?
A ver, si te dedicaras a atracar bancos, ¿verdad que cambiarías de atuendo en cada atraco? De lo contrario tendrías los días contados como ladrón. En las películas el malo siempre va disfrazado, nunca va de cara. ¡Pues los virus hacen lo mismo! Cambian constantemente la secuencia de aminoácidos de sus proteínas de superficie para engañar a nuestro sistema inmunitario. Se ponen peluca, bigote y lentillas de colores y pasan desapercibidos. Un engaño en toda regla.
Los virus y las bacterias pueden presentar resistencia a las citocinas. Significa que son tan fuertes que aguantan el ataque de las citocinas y siguen campando a sus anchas por nuestro cuerpo. No les afectan ni tan siquiera las citocinas proinflamatorias. De hecho, algunos virus y bacterias se ríen de ellas. Yo a veces me los imagino con el traje rojo de La casa de papel cantando el «Bella ciao» a las citocinas.
Los virus y las bacterias, por desgracia, pueden tener cambios antigénicos y de esta manera eludir el sistema inmune, es entonces cuando cambia la superficie del virus y son difíciles de reconocer. ¡Es como si en tu casa entrara un ladrón disfrazado de un familiar tuyo! Tú pensarías que es de fiar, pero se trata de un virus con cambios antigénicos para que no lo reconozcas. Te ha engañado para que lo dejes pasar. Algunos virus y bacterias, además, inactivan la apoptosis (explicada en el diccionario del sistema inmunitario en el final del libro) mediada por el sistema inmunitario. Imagínate que entra un ladrón en tu casa y desactiva la alarma. Pues esto también lo pueden hacer los microorganismos. Se saltan todas las barreras y finalmente entran.
Como decía antes, también una sustancia no infecciosa, por ejemplo un alimento, puede provocar una respuesta inmunitaria. Hay mecanismos de regulación para que el sistema no ataque los alimentos que hay en el intestino. Es lo que denominamos «tolerancia inmunogénica». Pero ¿qué ocurre por ejemplo en las personas alérgicas al melocotón? Pues que su sistema inmunitario detecta el melocotón como una amenaza y por eso pone en marcha los mecanismos que desencadenan la alergia, con su correspondiente inflamación.
¿QUÉ ES UNA PERSONA INMUNODEPRIMIDA?
En pocas palabras, es aquella cuyo sistema inmunitario tiene una respuesta por debajo de lo normal. Te pongo unos ejemplos para que lo entiendas mejor:
Algunas personas tratadas con quimioterapia, corticoides y fármacos modificadores de enfermedades como la artritis reumatoide o la esclerosis múltiple.
Personas con VIH, el virus clásico que causa inmunosupresión. En esta enfermedad, el microorganismo infecta los linfocitos T colaboradores y los destruye. Como queda una cantidad de linfocitos T muy reducida, un resfriado común puede ser un problema muy grave para estas personas.
Personas trasplantadas que reciben inmunosupresores para que su sistema inmunitario no rechace el órgano trasplantado; la ciclosporina es uno de los tratamientos que se utilizan, y te recuerdo que tienes este fármaco explicado en el diccionario final.
Personas con inmunodeficiencias. Hay enfermedades que causan inmunodeficiencias haciendo que el cuerpo sea más susceptible a infecciones, como por ejemplo el síndrome DiGeorge, la inmunodeficiencia combinada grave (SCID), etc.
¿PARA QUÉ SIRVEN LAS VACUNAS?
Las vacunas son un medicamento que permite introducir microbios muertos o inactivos en el cuerpo humano, de manera que tienen la capacidad de provocar una respuesta inmune sin producir ninguna enfermedad.
Se ha demostrado que si nos inoculan y hemos descansado bien la noche anterior, la respuesta inmunitaria es más efectiva. Incluso hoy se sabe que algunas vacunas (tuberculosis y gripe) cumplen una determinada cronobiología y son más eficaces por la mañana que por la tarde y son todavía más eficaces si la persona ha descansado bien.
La próxima vez que tengas cita para una vacuna, descansa bien la noche antes.
Nuestro sistema inmunitario utiliza los microbios debilitados que nos introducen para poder identificarlos en un futuro, ya que así nuestra memoria celular sabrá combatirlos con más eficacia en futuras infecciones y no nos pillarán por sorpresa.
Por ejemplo: la vacuna de la gripe con la que se inicia anualmente una campaña de vacunación en noviembre está hecha con un virus atenuado. Si nos vacunamos y más adelante nos contagiamos, nuestras células del sistema inmunitario ya estarán prevenidas y dirán: «¡Ah, yo a ti te conozco! El 3 de noviembre me crucé contigo en este mismo cuerpo. Mi ejército te estudió y está preparado para guerrear. ¡Ven aquí, que te hago pedazos!».
Eso sí, algunas vacunas, como la del tétanos, necesitan más de una dosis para que el sistema inmunitario sea capaz de reconocer y combatir de manera eficaz a los virus y las bacterias.

La guerra es sobre todo un cúmulo de errores garrafales.
WINSTON CHURCHILL
En nuestro país, una de cada diez personas tiene una enfermedad autoinmune. La prevalencia ha ido aumentando en las últimas décadas y, aunque depende de la zona geográfica, se estima que alrededor del 8 por ciento de la población mundial sufre este problema. Es posible que este porcentaje sea mayor, porque no todas las personas están correctamente diagnosticadas. Tú, que tienes este libro entre manos, sabes lo difícil que es llegar a un diagnóstico: a veces puede tardar años y en muchos casos requiere un largo peregrinaje de médico en médico. Puede ser un auténtico calvario. A veces, cuando el paciente recibe su diagnóstico, es un alivio, porque por fin entiende lo que le pasa.
Las enfermedades autoinmunes se dan cuando hay un fallo de reconocimiento en el sistema inmunitario, que nos protege de enfermedades y evita que virus y bacterias nos ataquen, ya que fabrica sustancias que matan a estos microorganismos. Pero si hay una desregulación, en vez de protegernos nos ataca a nosotros mismos. En una enfermedad autoinmune, el cuerpo ataca las estructuras propias por error y las destruye. Este autosabotaje suele ser selectivo: si hay hipotiroidismo de Hashimoto, el cuerpo fabrica anticuerpos que atacan la glándula tiroides y la destruyen; si hay artritis reumatoide, los anticuerpos se enzarzan con las membranas sinoviales de las articulaciones; en la esclerosis múltiple, el sistema inmunitario se lanza contra las vainas de mielina de las neuronas de la médula espinal o del cerebro; por último, en las enfermedades autoinmunes intestinales, como la enfermedad de Crohn o la celiaquía, el sistema inmunitario agrede al intestino y a sus microvellosidades. Y de esta forma se van explicando todas las enfermedades autoinmunes órgano-específicas catalogadas.
También podemos sufrir un autoataque no selectivo, es decir, las células inmunes, en lugar de sabotear un órgano, producen una alteración generalizada. Entonces se dice que la enfermedad autoinmune es sistémica, como es el caso del lupus eritematoso sistémico, la esclerodermia y el síndrome de Sjögren.
No me gustan las guerras, no le gustan a nadie. Pero te pondré un ejemplo para que lo entiendas para siempre. Imagínate un ejército que es enviado a un destino para realizar un ataque a unos invasores. Se espera que aniquile a los invasores, porque para algo es el ejército, y esta es su función. Pues si el ejército funciona mal porque no ha recibido las órdenes correctas se puede equivocar y atacar al propio pueblo en vez de a los enemigos. Esto es una enfermedad autoinmune, un ataque al propio cuerpo.
¿POR QUÉ SE PRODUCEN LAS ENFERMEDADES AUTOINMUNES?
Este tipo de dolencias son multifactoriales: no tienen una sola causa, son fruto de una acumulación de factores genéticos, ambientales y de estilo de vida. La parte genética no la podemos solventar, es la que es, así que en estas páginas haremos más hincapié en los factores modificables.
Los factores que pueden hacernos más proclives a sufrir una enfermedad autoinmune son los siguientes:
Ser del sexo femenino.
Tener sobrepeso u obesidad.
Contraer infecciones víricas y bacteriológicas.
Experimentar fluctuaciones hormonales.
Tener déficit de vitamina D.
Sufrir disbiosis intestinal, hiperpermeabilidad intestinal o inflamación crónica de bajo grado.
No gestionar el estrés, no descansar y llevar una dieta no saludable.
Consumir tabaco y otros tóxicos como alcohol, sílice, metales pesados…
Todos estos factores pueden hacernos más proclives a sufrir una enfermedad autoinmune y también pueden comprometer la evolución de la enfermedad, haciendo que seamos más proclives a sufrir un brote o un empeoramiento.
No juego a la lotería, pero la pondré como ejemplo. Imagínate que tienes una predisposición genética a sufrir una enfermedad autoinmune. Pues cuantos más factores cumplas para sufrir una dolencia, más riesgo tendrás de llegar a desarrollarla. Cuantos más boletos de lotería compres, más probabilidades hay de que te toque.
¿Y por qué es más probable que las mujeres sufran una enfermedad autoinmune? Es curioso, pero solo la enfermedad de Crohn, la diabetes de tipo 1 y la espondilitis anquilosante afectan a hombres y mujeres por igual. En realidad la espondilitis la sufren más hombres que mujeres, pero la diferencia es mínima. Hay una explicación muy sencilla de por qué estas enfermedades afectan más a mujeres que a hombres. El sexo de los mamíferos lo determinan dos cromosomas: el X y el Y. Las mujeres somos XX, a diferencia de los hombres, que son XY. Pues bien, el cromosoma X contiene un número mayor de genes y codifica más proteínas que el Y, y resulta, además, que muchos de estos genes están relacionados con la respuesta inmunitaria; por tanto, es más probable que suframos enfermedades de este tipo. Para más inri, las mujeres tenemos fluctuaciones hormonales cada veintiocho días, un factor que podría desencadenarlas o agravarlas.
De hecho, las enfermedades autoinmunes se diagnostican en mayor medida en mujeres de veinte a treinta años, es decir, cuando producimos más estrógenos. Puede ser, por otro lado, que con la edad el sistema inmunitario se haga más sabio y presente una mayor tolerancia inmunitaria, así que se vuelve más respetuoso con nuestro propio cuerpo y no lo ataca.
TIPOS DE ENFERMEDADES AUTOINMUNES
Dependiendo de la rebelión, el sistema inmunitario puede atacar a un órgano o a otro. Si ataca la glándula tiroides, el paciente puede sufrir hipotiroidismo de Hashimoto o enfermedad de Graves, en función de si produce menos hormonas o demasiadas. Si afecta a las células productoras de insulina en el páncreas, le causará diabetes de tipo 1. Cuando marcha contra la membrana sinovial de las articulaciones, artritis reumatoide, y al agredir a las vainas de mielina de la médula espinal y el cerebro, esclerosis múltiple. Cuando los órganos afectados son el intestino delgado y el colon, aparecerá la enfermedad de Crohn, y si lo son las células de la piel, haciendo que se multipliquen de forma desmesurada, el paciente presentará psoriasis. Si el sistema ataca algunas articulaciones y otros órganos como los riñones y el cerebro, sufrirá lupus eritematoso. Si afecta a las glándulas suprarrenales, se producirá la enfermedad de Addison, y si es a los músculos que controlan los movimientos oculares y la deglución, miastenia grave. En el caso de los vasos sanguíneos, la dolencia será vasculitis autoinmune, y si el sistema inmunitario del paciente, ante la presencia de gluten, ataca el intestino delgado, presentará la enfermedad celiaca.
SÍNTOMAS GENERALES TEMPRANOS DE LAS ENFERMEDADES AUTOINMUNES
Los síntomas de las enf
