El nacimiento de la tierra

Ferris Jabr
Ferris Jabr

Fragmento

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Introducción

De niño pensaba que podía alterar el clima. Los días sofocantes de verano, cuando los jardines se marchitaban y el asfalto quemaba la piel desnuda, dibujaba una nube azul cargada de lluvia y desfilaba a su alrededor en el jardín, salpicándola con una pócima de agua de la manguera y briznas de hierba. Es posible que incluso entonara algún conjuro rudimentario, similar al que implora a la Virgen de la Cueva.

A medida que crecía, también lo hizo mi comprensión de la meteorología. En la escuela, aprendí que el agua de los lagos, ríos y océanos se evapora y se eleva hasta la atmósfera, donde se enfría y se condensa en gotitas minúsculas. Estas gotitas de agua, acumuladas, chocan y se funden, se pegan a las partículas de polvo que flotan y crecen hasta convertirse en las masas algodonosas que llamamos «nubes», las cuales con el tiempo se vuelven lo bastante pesadas para caer de nuevo a la superficie. La lluvia, me enseñaron, es un resultado inevitable de la física atmosférica, es un regalo que nosotros y otros seres vivos recibimos de manera pasiva.

Hace unos años, sin embargo, descubrí un hecho llamativo que cambió por completo mi forma de pensar en el clima y, a la larga, alteró mi percepción del planeta como un todo, un hecho que me devolvió a una sensación de asombro y posibilidad que rara vez había sentido desde la infancia. Lo que descubrí fue esto: en muchos casos, la vida no recibe lluvia sin más, la invoca.

Piensa en la selva amazónica. Todos los años, la Amazonia se ve empapada en unos dos metros y medio de lluvia. Algunas partes de la selva reciben cerca de 4,2 metros de lluvia al año, más de cinco veces las precipitaciones anuales medias en los Estados Unidos colindantes. Este diluvio es en parte consecuencia de la serendipia geográfica: la intensa luz del sol ecuatorial acelera la evaporación del agua del mar y la tierra hacia el cielo, los vientos alisios del oeste transportan humedad desde el océano y las montañas limítrofes hacen que el aire se eleve, se enfríe y se condense. Las selvas tropicales emergen donde se produce la lluvia.

Pero eso no es más que la mitad de la historia. En el suelo de la selva, vastas redes simbióticas de raíces y hongos filamentosos atraen agua del suelo hacia los troncos, tallos y hojas. Mientras los cuatrocientos mil millones de árboles del Amazonas se hartan de beber, liberan la humedad excesiva, que satura el aire con veinte mil millones de toneladas de vapor de agua al día. Al mismo tiempo, plantas de todo tipo secretan sales y emiten compuestos gaseosos volátiles. Hongos, delicados como sombrillas de papel o rechonchos como el pomo de una puerta, exhalan penachos de esporas. El viento barre bacterias, granos de polen y pedacitos de hojas y corteza hasta la atmósfera. El aliento húmedo del bosque —salpicado de vida microscópica y residuos orgánicos— crea las condiciones idóneas para la lluvia. Con tanta agua en el aire y tantas partículas diminutas en las que puede condensarse el agua, las nubes se forman rápidamente. Algunas bacterias transportadas por el aire incluso fomentan que las gotitas de agua se congelen, lo que incrementa el tamaño y el peso de las nubes y las probabilidades de que estallen. En un año normal, el Amazonas genera en torno a la mitad de su propia agua de lluvia.

En definitiva, la influencia de la selva amazónica trasciende con creces el clima por encima de su dosel. Toda el agua, los detritos biológicos y los seres microscópicos descargados por la selva forman un río flotante enorme, un eco aéreo del que serpentea por el sotobosque. Este río volador trae precipitaciones a las poblaciones y haciendas de toda Sudamérica. Algunos científicos han concluido que, debido a las reacciones atmosféricas de largo alcance en cadena, el Amazonas contribuye a la lluvia de lugares tan alejados como Canadá. Un árbol que crece en Brasil puede cambiar el tiempo en Manitoba.

El ritual secreto de la lluvia del Amazonas desafía el modo en que solemos pensar en la vida en la Tierra. La sabiduría convencional sostiene que la vida está sujeta a su entorno. Si la Tierra no orbitase alrededor de una estrella del tamaño y la edad justas, si estuviese demasiado cerca o demasiado lejos de esa estrella —si no contase con una atmósfera estable, agua líquida y un campo magnético que desvía rayos cósmicos perjudiciales—, carecería de vida. La vida evolucionó en la Tierra porque la Tierra es idónea para la vida. Desde Darwin, los paradigmas científicos predominantes han enfatizado asimismo que las exigencias cambiantes del entorno dictan en gran medida cómo evoluciona la vida: las especies más capaces de sobrevivir a los cambios en sus hábitats particulares dejan atrás más descendientes, mientras que las que no consiguen adaptarse se extinguen.

Sin embargo, esta verdad presenta una contrapartida minusvalorada: la vida también cambia su entorno. A mediados del siglo XX, cuando la ecología se estableció como una disciplina formal, este hecho empezó a cobrar mayor reconocimiento en la ciencia occidental. Aun así, el foco se hallaba en cambios relativamente pequeños y locales: un castor que construye una presa, por ejemplo, o gusanos que remueven la tierra de una parcela. La noción de que seres vivos de todo tipo pudieran modificar sus entornos de modos mucho más drásticos —que los microbios, los hongos, las plantas y los animales puedan cambiar la topografía y el clima de un continente o incluso de todo el planeta— rara vez se contemplaba en serio. «En gran medida, la forma física y los hábitos de la vegetación de la tierra y su vida animal han sido moldeados por el entorno», escribió Rachel Carson en Primavera silenciosa en 1962. «Teniendo en cuenta toda la duración de la existencia terrestre, el efecto contrario, por el cual la vida de verdad modificó el entorno, ha sido relativamente leve». E. O. Wilson declaró algo similar en su libro de 2002, El futuro de la vida: «El Homo sapiens se ha convertido en una fuerza geofísica, la primera especie de la historia del planeta que alcanza esa dudosa distinción».

Cuando descubrí la danza de la lluvia del Amazonas, me sentí cautivado y perplejo a un tiempo. Sabía que las plantas extraían el agua del suelo y expelían humedad al aire, pero el hecho de que los árboles, los hongos y los microbios del Amazonas invocaran de manera colectiva una parte tan importante de la lluvia por la que se nombró su hogar, que la actividad de la vida en un continente alteraba el clima en otro, me impresionó. Estaba obsesionado con la idea de la selva amazónica como un jardín que se regaba a sí mismo. Si era cierto para un ecosistema tan descomunal como el Amazonas, me pregunté, ¿podría aplicarse a una escala aún mayor? ¿De qué modos, y hasta qué punto, la vida ha cambiado el planeta a lo largo de su historia?

En mi búsqueda de respuestas a estas preguntas, he descubierto que la interpretación científica de la relación de la vida con el planeta ha estado experimentando una reforma muy importante desde hace algún tiempo ya. Contraria a las máximas antiguas, la vida ha sido una fuerza geológica formidable a lo largo de la historia de la Tierra, a menudo a la altura o por encima del poder de los glaciares, terremotos y volcanes. A lo largo de los últimos miles de millones de años, todo tipo de formas de vida, desde los microbios hasta los mamuts, han transformado los continentes, el océano y la atmósfera, lo que ha convertido un pedazo de roca que gira en el mundo como lo hemos conocido. Las criaturas vivas no son meros productos de procesos evolutivos inexorables en sus hábitats particulares; son las organizadoras de sus entornos y participan en su propia evolución. Nosotros y otros seres vivos somos más que habitantes de la Tierra; somos la Tierra, un producto de su estructura física y un motor de sus ciclos globales. La Tierra y sus criaturas se hallan ligadas de manera tan estrecha que podemos pensar en ellas como en una sola.

Las pruebas de este nuevo paradigma están por todas partes a nuestro alrededor, aunque gran parte de esto no se ha descubierto hasta hace poco y aún debe permear la conciencia pública hasta el mismo grado que, pongamos, los genes egoístas o el microbioma. Hace casi dos mil quinientos millones de años, unos microbios oceánicos fotosintéticos llamados «cianobacterias» alteraron el planeta de manera permanente al inundar la atmósfera de oxígeno, teñir el cielo del azul que conocemos e iniciar la formación de la capa de ozono, que protegía nuevas oleadas de vida de una exposición perjudicial a la radiación ultravioleta. Hoy las plantas y otros organismos fotosintéticos ayudan a mantener un nivel de oxígeno atmosférico lo bastante alto para sustentar formas de vida complejas, pero no tanto como para que la Tierra estalle en llamas ante la menor chispa. Los microorganismos son participantes importantes en muchos procesos geológicos, responsables de gran parte de la diversidad mineral de la Tierra; algunos científicos piensan que jugaron un papel crucial en la formación de los continentes. El plancton marino impulsa ciclos químicos de los que depende toda otra vida y emite gases que incrementan la cobertura de nubes, lo que modifica el clima global. Bosques de algas, arrecifes de coral y crustáceos almacenan enormes cantidades de carbono, protegen la acidez oceánica, mejoran la calidad del agua y defienden las costas de la meteorología severa. Y animales tan dispares como los elefantes, los perritos de la pradera y las termitas reconstruyen continuamente la corteza del planeta; esto facilita el flujo de agua, aire y nutrientes, y mejora las perspectivas de millones de especies.

El ser humano es el ejemplo más extremo de vida que ha transformado la tierra en la historia reciente, y en algunos aspectos el más extremo que ha existido nunca. Al desenterrar y quemar los restos de junglas antiguas y criaturas marinas en forma de carbón, aceite y otros combustibles fósiles, los países industrializados han inundado la atmósfera de gases de efecto invernadero que atrapan el calor, aumentan la temperatura global rápidamente, elevan los niveles del mar, exacerban las sequías e incendios forestales y, en última instancia, ponen en peligro a miles de millones de personas e incontables especies no humanas. Uno de los numerosos obstáculos para la opinión pública y política con el cambio climático ha sido la fijación de que los humanos no tienen poder suficiente para afectar al planeta entero. Lo cierto es que no somos ni de lejos las únicas criaturas con semejante poder. La historia de la vida en la Tierra es la historia de la vida rehaciendo la Tierra.

Mientras estudiaba la interdependencia de la Tierra y la vida, no dejaba de retomar una idea controvertida: que la Tierra misma está viva. El animismo es una de las creencias más antiguas y difundidas de la humanidad. A lo largo de la historia, diversas culturas han extendido los conceptos de vida y espíritu al planeta y sus componentes. En numerosas religiones, la Tierra se ve personificada como una deidad, a menudo una diosa, que puede ser maternal, monstruosa o ambas cosas. Los aztecas veneraban a Tlaltecuhtli, una quimera colosal con garras, cuyo cuerpo desmembrado se convirtió en las montañas, los ríos y las flores del mundo. En la mitología escandinava, el nombre y la identidad de la giganta Jörð eran sinónimos de la Tierra. Varias culturas la han imaginado como un jardín que brota del caparazón de una tortuga gigantesca. Los antiguos polinesios veneraban a Rangi y a Papa, el Cielo y la Tierra, cuyo amor los mantuvo abrazados hasta que sus hijos los separaron. Aun así, se llamaban el uno al otro, en forma de la niebla que ascendía y la lluvia que caía.

La idea de que la Tierra está viva se filtró del mito y la religión a la primera ciencia occidental, donde persistió durante siglos. Muchos filósofos griegos antiguos consideraban la Tierra y otros planetas como entes animados con alma o fuerza vital. Leonardo da Vinci escribió sobre los paralelismos entre la Tierra y el cuerpo humano, comparando huesos con rocas, piedras con sangre y las mareas con la respiración. James Hutton, el científico escocés del siglo XVIII que ayudó a fundar la geología moderna, describió el planeta como un «mundo vivo» que poseía una «fisiología» y la capacidad de repararse a sí mismo. No mucho después, Alexander von Humboldt, naturalista y explorador alemán, describió la naturaleza como «un todo vivo» en el cual los organismos se hallaban conectados por un «tejido intricado similar a una red».

Hutton y Humboldt eran excepciones entre sus colegas, sin embargo, en especial aquellos que se ceñían al empirismo estricto. Para mediados del siglo XIX, incluso las descripciones metafóricas de la Tierra como un ente vivo ya estaban en gran medida pasadas de moda en las altas esferas de la ciencia europea. Las disciplinas académicas iban volviéndose más especializadas y reduccionistas. Los científicos estaban organizando la materia y los fenómenos naturales en categorías cada vez más específicas que segregaban aún más la vida de la no vida. Conjuntamente, las consecuencias de gran alcance de la Revolución Industrial y la expansión de los imperios coloniales favorecieron un lenguaje y unas visiones del mundo basadas en la mecanización, los beneficios y la conquista. El planeta ya no se percibía como un ser vivo inmenso digno de veneración, sino como un cuerpo de recursos inanimados que esperaban a ser explotados.

No fue hasta finales del siglo XX cuando la idea de un planeta vivo encontró una de sus expresiones más populares y duraderas en el canon de la ciencia occidental: la hipótesis Gaia. Concebida por el científico e inventor británico James Lovelock en los años sesenta y desarrollada más tarde con Lynn Margulis, bióloga norteamericana, la hipótesis Gaia propone que todos los elementos animados e inanimados de la Tierra son «partes y aliados de un vasto ser que, en su totalidad, tiene el poder de mantener nuestro planeta como un hábitat adecuado y cómodo para la vida».[1] Vista a través de la lente de Gaia, escribió Lovelock, la Tierra es como una secuoya gigantesca. Solo algunas partes de un árbol contienen células vivas, en concreto las hojas y finas capas de tejido del interior del tronco, las ramas y las raíces. La mayor parte de un árbol maduro es leña muerta. De manera similar, el grueso de nuestro planeta es roca inanimada, envuelta en una piel floreciente de vida. Del mismo modo que las franjas de tejido vivo son esenciales para mantener vivo a un árbol entero, la piel viva de la Tierra ayuda a sostener a una especie de ser global.

Pese a que Lovelock no fue el primer científico que describió la Tierra como un ente vivo, la audacia, la expansividad y la elocuencia de su visión provocaron una tremenda invectiva de elogios y burlas. Lovelock publicó su primer libro sobre Gaia en 1979, en medio de un movimiento medioambiental creciente. Sus ideas hallaron una audiencia entusiasta entre el público, pero no tuvieron una acogida tan calurosa en la comunidad científica. A lo largo de las décadas siguientes, muchos científicos han criticado y ridiculizado la hipótesis Gaia. «Preferiría que la hipótesis Gaia se viera restringida a su hábitat natural de quioscos de estación, en lugar de contaminar obras de estudios serios», escribió Graham Bell, biólogo evolutivo en una reseña. Robert May, futuro presidente de la Royal Society, declaró a Lovelock «un pobre bendito». El microbiólogo John Postgate fue especialmente vehemente: «Gaia..., ¡la Gran Madre Tierra! ¡El organismo planetario! ¿Soy el único biólogo que sufre una desagradable contracción nerviosa, una sensación de irrealidad, cada vez que los medios de comunicación me invitan a tomármelo en serio?».

Con el tiempo, la oposición científica a Gaia menguó. En sus primeros escritos, Lovelock en ocasiones concedía excesiva capacidad de acción a Gaia, lo que alentaba la percepción errónea de que la Tierra viva anhelaba un estado óptimo. Aun así, la esencia de la hipótesis Gaia —la idea de que la vida transforma el planeta y es esencial para sus procesos de autorregulación— era profética. Aunque algunos investigadores todavía rehuían la mención de Gaia, estas verdades se han convertido en principios de la ciencia moderna del sistema terrestre, un campo relativamente joven que estudia de forma explícita los componentes vivos y no vivos del planeta como un todo integrado.[2] Como escribió Tim Lenton, científico del sistema terrestre, él y sus colegas «piensan ahora en términos de la evolución acoplada de la vida y el planeta, reconociendo que la evolución de la vida ha moldeado el planeta, los cambios en el entorno planetario han moldeado la vida, y juntos pueden verse como un solo proceso».

Además, algunos científicos están de acuerdo con Lovelock en que el planeta es un ente vivo. «En mi opinión, no cabe duda de que nuestro planeta está vivo —dice Colin Goldblatt, científico atmosférico—. Para mí es una sencilla constatación de los hechos». El astrobiólogo David Grinspoon escribió que la Tierra no es un planeta que alberga vida sin más, sino un planeta vivo. «La vida no es algo que ocurrió en la Tierra, sino algo que le ocurrió a la Tierra —dice—. Existe esta retroalimentación entre las partes vivas y no vivas del planeta que lo hacen muy distinto de lo que de otro modo sería». Incluso algunos de los críticos más feroces de Gaia han cambiado de opinión. «Tengo algo que confesar —escribió W. Ford Doolittle, biólogo evolutivo, en Aeon en 2020—. Me he abierto a Gaia con los años. Al principio me opuse firmemente a la teoría de Lovelock y Margulis, pero en la actualidad he empezado a sospechar que es posible que tuvieran razón».

Los que se crispan ante la idea de un planeta vivo alzarán las protestas habituales: la Tierra no puede estar viva porque no come, crece, se reproduce o evoluciona como los seres vivos «de verdad». Deberíamos recordar, sin embargo, que nunca ha habido una medida objetiva ni una definición de la vida precisa y aceptada de manera universal, solo una larga lista de cualidades que presumiblemente distinguen lo animado de lo inanimado. Sin embargo, una división tan clara resulta fútil. Los cristales replican con fidelidad sus estructuras altamente organizadas a medida que crecen, pero la mayoría de la gente no piensa en ellos como vivos. Por el contrario, algunos organismos, como las artemias y esos microanimales con pinta de ositos de goma llamados «tardígrados», pueden entrar en un periodo de inactividad extrema durante el cual dejan de comer, de crecer y de cambiar en cualquier sentido durante años, pero siguen considerándose criaturas vivas. La mayoría de los científicos excluyen lo

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