INTRODUCCIÓN
LA VIDA ES ENERGÍA
En la vida, no hay nada que temer,
solo hay que comprender.
MARIE CURIE
A lo largo de mi vida me han acompañado dos preguntas. La primera me asaltó a una edad muy temprana: «¿Por qué?». La repetía sin cesar, como suelen hacer los niños, sin preocuparme por resultar inoportuna. Años después se le unió una segunda pregunta: «¿Para qué?». Juntas han definido mi desarrollo profesional y personal.
Podría empezar hablándote directamente de neuroquímica, de estructuras del cerebro y del funcionamiento del sistema nervioso, pero antes quiero explicarte los tres motivos que me han llevado a la escritura de este libro: mi pasión por la ciencia, mi relación con el cerebro y mi amor por la gente que me rodea.
La neurociencia era una disciplina casi desconocida y al alcance de muy pocos cuando comencé a trabajar en el Royal National Orthopaedic Hospital de Londres en 1998. Estuve destinada en la unidad de dolor crónico atendiendo a pacientes con daño cerebral, en rehabilitación neuropsicológica y emocional. Ya entonces hacía muchas preguntas, pero también escuchaba, como requiere esa especialidad, y he procurado mantener frescas ambas prácticas.
Buena parte de lo que aprendí gracias a aquella experiencia y en los años siguientes se puede resumir así: la vida es una aventura, un camino que recorrer con el único propósito de ser feliz, pero esa felicidad no está exenta de dolor. No puede ni debe estarlo. Descubrir esto y, sobre todo, aprender a gestionarlo es todo un arte. A mí me ha llevado muchos años de idas y venidas, de subir y bajar en una montaña rusa que no parecía funcionar muy bien, aunque yo fuera incapaz de averiguar por qué.
En estas páginas voy a compartir el conocimiento que me ha hecho comprender la felicidad, ese concepto a priori tan abstracto e inalcanzable, de una forma nueva y accesible. Quiero explicártelo de forma sencilla, porque lo complejo no tiene por qué ser incomprensible.
Acercar la neurociencia a la gente no solo es útil, sino muy beneficioso: las explicaciones y los ejercicios que desarrollo aquí buscan desentrañar las relaciones entre el cerebro, la ciencia, la psicología y el alma. Este libro conjuga la investigación científica con la búsqueda de la felicidad.
En él comparto lo que he aprendido porque me ha ayudado a vivir mejor en mi día a día. Siempre me consideré una persona excepcionalmente fuerte, alguien que controlaba sus sentimientos, que pensaba que no llorar era lo normal. Durante años asistí a mi propia vida desde la distancia, como quien está sentado en el patio de butacas, lejos del escenario donde se desarrolla la acción real.
En los inicios de mi profesión profundicé en el autoconocimiento, y así empecé a ser la protagonista de casi todos los musicales de mi teatro particular. Pasé de apenas sentir emociones a no poder contenerlas; de no llorar a emocionarme por todo; de no pedir, no enfadarme, no molestarme, no enamorarme… a ser arrollada por ese huracán que es la vida.
Aprendí muchísimo de cada una de mis emociones: a canalizarlas, a reconocerlas, a ponerles nombre, a pringarme con los amores, con los conflictos entre amigos, con los reajustes y las negociaciones familiares.
APRENDÍ A VIVIR Y A DESCUBRIR LO QUE QUERÍA.
Llegado el momento, también tuve que aprender qué eran la paciencia, la serenidad y la calma. Buscando ese lugar de paz descubrí la meditación, las técnicas de atención plena, la observación y la respiración: todo eso que hoy llaman «mindfulness».
Más tarde la psicología y la psicoterapia me llevaron al tratamiento de niños con autismo, un reto que me supuso aprendizajes y éxitos, que me permitió abrir mi propio centro de tratamiento y crear una fundación… Y que siguió sin eliminar esa sensación de que algo no iba bien.
Para decirlo claramente: me di cuenta de que estaba sufriendo. Y volvió la eterna pregunta: ¿por qué? Aparentemente, todo me iba bien. Y, aun así, sufría. Sufría porque no sabía gestionar mi energía, porque no escuchaba a mi cuerpo. Somaticé, tuve crisis de ansiedad y, durante mucho tiempo, lo enterré todo bajo toneladas y toneladas de trabajo duro para compensar con la excelencia lo que no estaba siendo capaz de comprender.
Por el camino, me enamoré perdidamente, me casé, tuve hijos… Emprendí grandes proyectos y seguí adelante sin pararme a tomar aliento. Ahora puedo escribirlo sin llorar, sin sentirme culpable, sin atragantarme…, aunque me hace sentir vulnerable. Da igual quién seas: psicóloga, profesional, madre, emprendedora…
CUALQUIERA PUEDE ROMPERSE SI NO PONE LA RAZÓN AL SERVICIO DE SU CORAZÓN.
Si nos metemos de lleno en el empeño de hacer, hacer, hacer…, podemos llegar a olvidarnos de la importancia de ser.
Yo tardé en darme cuenta más de lo que me gustaría admitir, pero, cuando por fin lo hice, tomé dos decisiones: buscar ayuda para regularme químicamente e iniciarme de nuevo en la búsqueda de mi paz interior. Entendí que en el reconocimiento de tu vulnerabilidad reside tu gran fortaleza.
Aprendí a aceptar lo que no puedo cambiar o no me gusta, aprendí a no juzgarme y emprendí un camino fascinante para unir mi experiencia en neuropsicología con la experiencia del ser holístico, del silencio, de la pausa, de la escucha desde el corazón.
Hoy diría que estoy bien, pero sigo atenta, porque sé cuál es la piedra que me puede hacer tropezar. Me siento en paz: sé que el dolor está ahí, es inevitable, pero podemos paliar y eliminar el sufrimiento. Y aún estoy recorriendo ese camino de felicidad verdadera, viviendo desde la paz, la sintonía y el amor por mí, por todo y por todos.
Mi mente divaga de una manera sana cuando no está atenta, porque ya lo dice la ciencia: un grado de divagación controlado es saludable para ser feliz. Estar atento todo el rato es prácticamente imposible. Y, aunque me gusta mucho pensar, he dejado de hacerlo tan
