Antes de nada…
te cuento mi vida
Qué esperar de este libro
¡Hola! Me llamo Jimena y soy neurodivergente. En breve te cuento cómo llegué a ello (porque fue más bien tarde, ya con treinta años), pero quería aprovechar antes para darte la bienvenida a este libro y adelantarte qué te vas a encontrar.
Podría haber sido un testimonio personal, pero no, aunque sí está plagado de anécdotas y ejemplos. Es más bien un resumen de lo que he aprendido desde que descubrí la neurodivergencia y se convirtió en un interés especial.
Como disfruto muchísimo profundizando en los temas (una pista de mi neurotipo), y quizá también porque mi primera experiencia laboral fue en investigación académica, he pasado horas y horas leyendo artículos científicos sobre altas capacidades, autismo y (T)DAH. Además, quería que este libro estuviera basado en la investigación científica que tenemos hasta el momento. Pero tampoco se trata de un libro académico, ni mucho menos.
En realidad, lo que más me ha enseñado de neurodivergencia ha sido conocer las experiencias de personas neurodivergentes. Las historias personales han llenado de emoción, matices y realidad los conceptos abstractos. Así que una gran parte de mis fuentes son testimonios en primera persona que he leído en blogs, foros y libros; contenido que he consumido de otros creadores neurodivergentes; experiencias y ejemplos de profesionales, divulgadores y terapeutas; historias que he escuchado en vídeos o episodios de pódcast, y conversaciones que he mantenido en persona, por e-mail o por mensaje directo de Instagram.
Condensando todo eso, he recogido en este libro las claves que considero imprescindibles (y fascinantes) sobre neurodivergencia para todos los públicos (sí, neurodivergentes, neurotípicos y neurocuriosos, digamos que tu categoría si no tienes claro tu neurotipo).
Espero que lo disfrutes. De ser así, ¡genial!, envíame un correo electrónico, deja reseñas por doquier, compra libros y dónalos a la biblioteca de tu barrio, regálale uno a otra persona o recomiéndalo en redes sociales… Y si no te gusta, pues… no hace falta que digas ni hagas nada, aunque, si necesitas sacar tu frustración, prefiero que quemes estas páginas a que llenes las reseñas de GoodReads con emojis de cacas.
Así que era eso
(un poco de mi historia)
Siempre fui una niña buena. Mejor dicho, quizá «buena» a secas, porque niña… no fui demasiado. Recuerdo que durante la pandemia rescaté vídeos antiguos y vi alguna película familiar de cuando yo tenía tres o cuatro años. Me quedé impactada. Parecía una señora en miniatura, poniendo los zapatitos a mi hermana más pequeña, consciente de ser grabada y sabiendo perfectamente cómo tenía que comportarme.
Así fui desde bebé, quizá hasta rocé lo repelente para algunos: obediente y responsable, sacaba muy buenas notas, era la alumna favorita de casi todos los profesores, y también jugaba al tenis y estudiaba la carrera de piano. Nada parecía desviarme de mi rol, ni siquiera todo el tiempo que pasábamos en el hospital o el divorcio de mis padres.
Pero debajo de esa serenidad aparente, se ocultaba un torbellino de sufrimiento que nadie veía. Claro, cómo lo iban a ver, si yo había aprendido a no dar problemas y mis logros parecían hablar por mí diciendo «está todo bien». Yo tampoco lo veía, no te voy a engañar, porque estaba tan pendiente de hacer lo correcto que no me quedaba un momento para sentir. Pero algo se intuía.
Mi hermana mediana es psicóloga y hace unos años se puso a investigar sobre la grafología. Al parecer, tu letra puede revelar mucho de tu personalidad y de tu estado de ánimo, y tu firma hasta habla de cómo te ves a ti misma (o eso entendí; que me perdonen los grafólogos si no es correcto). Interesantísimo. Sentía muchísima curiosidad y, emocionada, le pedí a mi hermana que estudiara mi firma. Y madre mía.
Resulta que me veía completamente aislada del exterior, pero también diferente a mi familia. Que me sentía encerrada, asfixiada y restringida. Lo que nadie hubiera adivinado observándome, ¿lo decía mi propia firma? Aquello me dio que pensar.
(Era completamente cierto).
En el colegio tenía amigas. No era de las populares, pero tampoco estaba excluida. No obstante, aunque parecía integrada, yo sentía que un velo invisible me separaba del resto de personas. Me sentía diferente, sola. Y rara.
Eso debieron de pensar también otras chicas del colegio, porque fui elegida como objeto de bullying por tres grupos diferentes y en tres cursos distintos. No era acoso físico, era más sutil, pero cada recreo las mismas chicas venían a meterse conmigo.
Desconocía cómo reaccionar. Si se lo contaba a un adulto, era una chivata (además, no sabía cómo pedir ayuda). Si reaccionaba dolida, me verían débil y continuarían. Si contestaba, escalaría el conflicto. Lo cierto es que la tensión me superaba y me quedaba paralizada, pero creo que daba la impresión de que no me afectaba. Quiero pensar que ese era el motivo por el que nadie reaccionó.
Pero aprendí. No sé si era la lección correcta, pero lo que extraje de esa situación fue que, si varias chicas que no me conocían se habían metido conmigo, tenía que haber algo en mí. ¿Tendría cara de borde? ¿Sería agresiva mi mirada? Desde entonces, he mirado más al suelo y he vigilado mi cara para tener una ligera sonrisa hasta en reposo.
Pero incluso mucho antes de eso, yo ya estaba hipervigilante en cada interacción social, ya fuera con una amiga, con compañeros del colegio primero y luego del trabajo, o con alguien de mi familia. Estaba superatenta a cómo se sentía la otra persona, y temía que algún gesto resultara seco o que mi tono de voz fuera excesivamente dominante o aburrido.
Cuando me quedaba sola, me venían a la mente escenas repetidas, como si volviera a ver de nuevo una película. Con un pinchazo en el pecho, reconocía lo que había hecho o dicho mal: «Hablé demasiado de mí misma sin preguntar a la otra persona, soy una egoísta. Habrá pensado que soy egocéntrica», «Mi postura corporal era tan rara, y no paraba de moverme, seguro que he incomodado a mi interlocutor», «No tenía que haber compartido tanto, al ser tan transparente, habrá pensado que soy rara» o «Estuve mirando al suelo mucho tiempo, habrá interpretado que no la estaba escuchando o que no me interesa».
Al contarte esto, me imaginarás como una niña y mujer algo tímida e insegura, pero nada más lejos de la realidad. Me resulta imposible contar las veces que me han dicho: «Ay, qué paz transmites». Otras personas me percibían como tranquila y confiada. Ya desde los seis años daba conciertos de piano con apariencia sosegada, y en grupos he asumido siempre posiciones de líder.
Creo que, en parte, porque estaba obsesionada con ser útil. Si hacía algo por los demás, quizá me perdonasen esas rarezas. Y, de paso, cumplía con la presión que profesores, compañeros y padres me transmitían de «explotar mi potencial». Porque ya se sabía que era muy inteligente y podía dar más.
Así que, además de líder, me posicioné como profesora de apoyo de mis compañeros de clase, y más tarde también como psicóloga de mis padres, de mi pareja, de mis hermanas y de algunas amigas. Pero este multiempleo me quedaba grande, muy grande. Sobre todo porque la parte de empatizar se me daba demasiado bien. Parecía madura y entera, pero en absoluto lo era. Lo que sucedía es que las emociones de la otra persona me abrumaban tanto que me quedaba paralizada, y me disociaba de lo que estaba sucediendo. Aun así, si había sido útil, si la otra persona se había sentido acogida, me merecía la pena.
❝ Con un pinchazo en el pecho, reconocía lo que había hecho o dicho mal. ❞
Era muy inteligente para muchas cosas, pero en las relaciones sociales era de lo más palurda. No se me olvidará, por ejemplo, que para el examen de acceso a la universidad se podía elegir entre examinarte de Historia o de Filosofía.
Obviamente, todos los demás alumnos eligieron Filosofía porque era muchísimo menos temario. Yo también quería escoger Filosofía, pero, como nadie más había elegido Historia, me vi en la obligación de hacerlo para que la profesora no se sintiera ofendida o inútil (increíble pero cierto, con esto ya te haces una idea de lo tonta que era). Así que tuve que estudiar muchísimo. Para colmo, el día del examen me equivoqué de tema y saqué un 5 pelado. Por suerte, aquello no cambió demasiado mi destino, porque igualmente pude entrar a la carrera que quería. «Que quería».
No había tenido tiempo para mirar adentro, así que no sabía qué quería, qué me gustaba (quién era). Sucumbí a la presión de mis padres, de mis profesores e incluso de mis compañeros: «Tú que puedes, tienes que hacer una carrera con una nota de corte alta, porque otras personas no tienen la oportunidad»; «Tú que puedes, tienes que estudiar algo complicado», y «Tú que puedes, tienes que escoger una carrera con la que puedas cambiar la sociedad y mejorar el mundo». Al parecer, esa carrera era Ingeniería Industrial, la cual terminé tras varias crisis existenciales. Pero oye, a curso por año (así que, de nuevo, todo lo demás era invisible).
El mundo laboral también fue… interesante. Aprendía rápido y trabajaba bien. Sin embargo, una y otra vez terminaba en una de estas dos situaciones: o bien arrinconada sin trabajo ni reconocimiento, porque mis superiores se sentían intimidados por mí o, como no exigía nada, no me prestaban atención; o bien asumiendo una responsabilidad mayor de lo que me correspondía, haciendo el trabajo de mis jefes y compañeros.
He de confesar que, desde que empecé a trabajar, mi ansiedad se disparó. Supongo que, al venir de la universidad, donde tenía la libertad para autogestionarme, me supuso un shock. Tenía que estar en una oficina más de ocho horas y en un pool con gente todo el día; debía concentrarme pese al ruido, comer con los compañeros, llevar muchos proyectos a la vez, ceñirme a planificaciones que no controlaba, ir de reunión en reunión, solventar imprevistos… Y encima el politiqueo imperante, el cual ni comprendía ni soportaba.
Recuerdo que en mi rutina había pausas para ir al baño y llorar, y luego a seguir. Al llegar a casa, apenas tenía energía para cenar y dormir, y me pasaba el resto del día tumbada en la cama escribiendo y llorando, sin saber qué me pasaba.
Cambié varias veces de trabajo, hasta renuncié a mejores condiciones y a una carrera laboral más exitosa para estar en un lugar con una cultura más abierta (en apariencia, al menos, más inclusiva) y más flexible. Pero no funcionó, el patrón se repetía siempre: responsabilidad excesiva, injusticias, poco reconocimiento, estrés y agotamiento profundo.
Te preguntarás si no me di cuenta entonces de que alguna cosa pasaba. Y sí, más o menos, pero la verdad es que estaba muy acostumbrada a vivir así, era lo normal para mí. Además, desde muy pronto me había llamado la atención eso del desarrollo personal, y en todo veía la oportunidad de hacer autoanálisis y mejorar.
❝ No había tenido tiempo para mirar adentro, así que no sabía quién era. ❞
Por otro lado, estaba convencida de que tanto la soledad que sentía como la ansiedad se explicaban por el trauma (la verdad es que en mi pasado había bastantes motivos para creerlo), así que fui a terapia. Me sirvió mucho. Había bastante que tratar y, a medida que iba sintiendo y procesando el pasado, iba pesando menos (en sentido figurado, claro). Pero lo que más me cambió no fue ni siquiera eso, sino el encontrar un espacio en el que alguien por fin me escuchaba, sin prisas, sin juicio (gracias, Margarita). Solo con eso algo hizo clic en mí.
No solucionó todo, pero yo seguí. Hasta que, dos años después, ya no pude.
Mi salud fue lo primero que se descontroló. Jamás había gozado de una buena salud digestiva, pero en la infancia aquellos síntomas los pasé por alto. Sin embargo, ya con veinte años empezó mi periplo de consulta en consulta: algunos médicos me hicieron pruebas extrañas, otros no me prestaron atención con la excusa de que todo era mental y hubo hasta quienes me pautaron tratamientos que me dejaron peor de lo que estaba. Probé de todo, incluyendo terapias alternativas, pero, en vez de mejorar, solo empeoraba.
Llegó un momento en que apenas podía comer nada, no entraba en mi ropa de la hinchazón, y la inflamación ciática me impedía moverme sin sentir un fuerte latigazo de dolor. Mi energía estaba bajo mínimos. Por aquel entonces vivía sola en un tercero sin ascensor, y subir y bajar las escaleras me asfixiaba.
Los fines de semana los pasaba descansando tumbada y entre semana teletrabajaba, con lo que solo me movía de la cama al sofá y del sofá a la cama. Ahí estaba yo con veintisiete años, sin apenas poder comer y sin un ápice de energía para levantarme; mientras que mi abuela de noventa y uno disfrutaba comiendo pan con chorizo para merendar. No entendía nada.
Pero la vida seguía, y sus demandas también. En el trabajo me pedían que fuera a la oficina, mi familia y mis amigos esperaban que hiciera esto o fuera a lo otro, y a mí ducharme ya me agotaba. Con cada sobreesfuerzo, mi salud se resentía (más todavía).
Decidí dejar mi puesto con la esperanza de que trabajando por mi cuenta pudiera gestionar mejor la poca energía que tenía y seguir cumpliendo. Sentí que era lo correcto. Pero tampoco hubo mejoría, no sé si porque no estaba preparada para la presión de la vida freelance o porque ya llegaba tarde.
Por aquella época, vivía en Madrid y era invierno, quedaba muy poco para Navidad. Así que, cada vez que salía de casa, una multitud de personas se movía a mi alrededor y me empujaba sin querer. A eso se sumaban los ruidos de coches, obras, sirenas, voces, pitidos, etc.; las luces de las tiendas, y los focos de los miles de vehículos que pululaban por allí. Sin previo aviso, perdía el control de mí misma y me ponía a temblar y a llorar, me costaba respirar, me clavaba las uñas, me encogía hasta abrazarme las piernas, o me cubría la cabeza con las manos y me acunaba a mí misma con pequeños balanceos.
❝ Solo ducharme me agotaba. Con cada sobreesfuerzo, mi salud se resentía. ❞
Cuando lograba salir de ese ambiente, tardaba horas en recuperarme, y, aun así, me sentía al borde de la crisis siguiente. Podía volver a pasar en cualquier momento, con cualquier cosa «pequeña»: el ruido de la batidora, un malentendido con mi pareja o un cambio de plan de última hora. Confieso que llegué a pensar que se me estaba yendo la cabeza.
No comprendía cómo, pese a tanto esfuerzo, mi vida iba a peor. Esa frase que tanto me habían repetido de «puedes hacer lo que te propongas; hagas lo que hagas, tendrás éxito seguro» la sentía tan lejana… No era ambiciosa, solo quería saber qué me pasaba, poder estar… normal. Tranquila, estable. Saber qué hacer. O al menos entender qué me estaba pasando.
Y ahí fue cuando en Instagram (¡benditas redes sociales!) me saltó el vídeo de un autista canadiense que hablaba de las crisis sensoriales. ¿Cómo? Había más gente experimentando lo mismo. La hiperempatía, la saturación, los apagones, el estrés ante los cambios, la sensibilidad sensorial, las crisis existenciales… hasta los problemas digestivos. Aquel fue el primer rayo de luz. A partir de ahí empecé a buscar sobre neurodivergencia y me quedé pasmada. ¿Cómo era posible que yo, que había investigado tanto sobre psicología, no supiera nada de eso?
Todas las señales, una tras otra, estaban ahí, eran muy evidentes. Pero nadie había tenido los conocimientos necesarios para darme una pista que me llevara en esa dirección: ni profesores, ni médicos, ni psicólogos, ni mi familia… Cuanto más leía, más convencida estaba de que había dado con la pieza clave: tenía que ser neurodivergente. Unos meses después, obtuve mi diagnóstico: autista con altas capacidades intelectuales.
Aquello solo lo puedo comparar con un despertar espiritual. Sentía como si hubiera vivido siempre con la luz apagada, como si me hubiera estado golpeando con obstáculos que ni veía, y ahora alguien hubiese encendido la luz. Nada había cambiado: los obstáculos eran los mismos (y un año después te puedo decir que no son nada fáciles de sortear), pero de pronto los podía ver.
Me sumergí en una investigación continua, y empecé a leer infinidad de artículos científicos, libros y entradas de blogs; a escuchar pódcast; a ver vídeos de YouTube; a seguir a creadores de contenido neurodivergentes… hasta soñaba con el tema. Y cada cosa que descubría, me volaba la mente. Por un lado, daba explicación a toda mi existencia, y, por otro, me dejaba un regusto amargo. ¿Por qué había descubierto esto tan tarde? Y encima podía considerarme afortunada, porque tenía acceso a toda esa información en inglés (y, aunque no llegó hasta mis treinta años, ya tenía diagnóstico).

Había más gente experimentando lo mismo. La hiperempatía, la saturación sensorial, las crisis existenciales... Empecé a buscar sobre la neurodivergencia y me quedé pasmada.

Sin pensarlo demasiado (quizá, si no, no lo hubiera hecho), me animé a compartir en mi cuenta de Instagram alguna cosa que aprendía o que me pasaba. Honestamente, no sé con qué intención lo hacía, creo que solo me hacía falta sacar afuera todo lo que se acumulaba en mi cabeza. Y la respuesta fue abrumadora. Empezaron a llegarme mensajes de personas con y sin diagnóstico, con altas capacidades, TDAH, autismo y otras neurodivergencias. De mujeres, de personas adultas, de madres y adolescentes.
Había tantas personas con vidas paralelas a la mía… ¡No podía ser! Y yo que me había sentido tan diferente…
Reconozco que me sentía muy cansada, en pleno burnout (esto lo explicaré más adelante) mientras atravesaba el duelo posevaluación. Además, nunca se me ha dado bien luchar por mi propia causa. Sin embargo, cuando me vi reflejada en tantas historias ajenas, no me quedó la más mínima duda: tenía que hacer algo. Sentí que era algo mucho más grande que yo y que mi insignificante historia, que era imprescindible actuar (pensando en los neurodivergentes y los neurotípicos también). Así que me puse a divulgar a los cuatro vientos: que si Instagram, TikTok, pódcast varios, YouTube, entrevistas… hasta que se me presentó la oportunidad de escribir este libro.
Para mí, una apasionada de los libros desde los tres años, lo de ser leída es un privilegio enorme. Desde el principio tuve muy claro lo que quería crear: el libro que me hubiera gustado leer, con todo lo que necesitaba saber; pero también el libro que me hubiera encantado regalar a todas las personas de mi alrededor.
Eso son estas páginas: el libro que me hubiese gustado que existiera (y, con suerte, a ti también). Para todos los neurodivergentes que habitamos este mundo con una diferencia invisible (sepamos o no que lo somos). Y para todos los seres curiosos y compasivos que sueñan con crear una sociedad más justa, más respetuosa con la diferencia, más bella.
Gracias infinitas por estar aquí.
1. Qué es *realmente* ser
neurodivergente
Neurodivergencia, una diferencia invisible
Margarita. Rosa. Hortensia. Begonia. Violeta. Podría estar hablando del grupo de amigas de mi madre, pero no, me refiero a las flores. Y sigo: tulipán, orquídea, girasol, caléndula, lavanda, jazmín, lirio…, y flores de árboles frutales, y carnívoras, y silvestres… ¿Se te ocurre alguna más? Las hay, porque en la naturaleza la diversidad es inmensa. No existe un único tipo de flor, ni de árbol, ni de felino.
Lo mismo ocurre con los seres humanos. Somos diversos en nuestro color de piel, en la textura de nuestro cabello (o en la ausencia de él), en el tono de voz, en el color de los ojos… y en el cerebro. A esto es justamente a lo que se refiere el término neurodiversidad, que fue acuñado por la socióloga Judy Singer en 1998.
A raíz de eso, en los 2000, la activista Kassiane Asasumasu creó la palabra neurodivergente para referirse a un sistema nervioso diferente al estándar, que sería lo neurotípico. Digamos que este término es un paraguas muy amplio que podría abarcar todas las formas en las que se puede divergir. Entre ellas las que yo llamo primarias, porque son innatas y nos acompañan a lo largo de toda la vida, como autismo, altas capacidades, (T)DAH, dislexia, dispraxia, discalculia, sinestesia, síndrome de Tourette, discapacidad intelectual o síndrome de Down.
Y las secundarias, las cuales se adquieren, como algunas condiciones de salud mental (como el trastorno de estrés postraumático, la ansiedad o la depresión), los trastornos de personalidad (como el trastorno narcisista o el trastorno límite), o incluso enfermedades como el párkinson, el alzhéimer o el daño cerebral.

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(Neurodivergencias primarias) |
(Neurodivergencias secundarias) |
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Altas capacidades - Autismo - Sinestesia - (T)DAH - Dislexia - Dispraxia - Discalculia - Down - Discapacidad intelectual |
TEPT - Ansiedad - Depresión - Trastorno bipolar - Párkinson - Alzhéimer - Trastorno límite |
Aun así, con frecuencia usamos el término «neurodivergente» para referirnos a las primeras, que es en las que profundizaremos en este libro.
Eso sí, aunque conceptualmente esas categorías estén bien definidas y diferenciadas, en la realidad es raro encontrar un perfil puro de cualquiera de las neurodivergencias. Lo más frecuente es que, como mínimo, tengamos también trastorno de estrés postraumático. Y no es nada raro encontrar a una persona con altas capacidades, discalculia y dislexia; o quizá a una persona autista con (T)DAH y ansiedad generalizada, o puede que a una persona con (T)DAH y alta capacidad intelectual, o incluso a una autista con epilepsia y TOC.
En ese sentido, la terapeuta y divulgadora Lindsey Mackereth habla de neurocomplejidad para referirse a esta diversida
