Introducción
EL ECUADOR
Nuestra canoa se mece en la oscuridad, una mota diminuta empequeñecida por el cielo estrellado. Esperamos mientras una oscura mole azul se alza en el horizonte, apagando poco a poco las estrellas, hasta revelar la imponente silueta del Haleakala, el mayor de los dos volcanes inactivos de Maui. El barco de apoyo se balancea a unos pocos metros de distancia, entre nosotros y el horizonte, hacia el este. Ocupo el quinto asiento, contando desde la proa, de una canoa polinesia de seis plazas, y el ama, el estabilizador, el segundo casco flotante que conecta estas canoas con el océano mejor que ninguna otra embarcación, surca el agua a mi izquierda. El mar está completamente en calma y la paz es inmensa. Esperamos.
Justo antes de que la primera luz rosada tiña el cielo alrededor del Haleakala es la hora. Kimokeo Kapahulehua se pone de pie en un lado del barco de apoyo, mirando a la canoa. Lleva pantalón corto, una camiseta y un lei de hojas de ti, y se dirige tanto a los ocupantes de la canoa como a nuestros compañeros del barco de apoyo. Sé muy pocas palabras en hawaiano, pero capto el sentido de lo que dice porque conozco esta expresión del profundo vínculo de los hawaianos con el océano. La canoa no es solo un objeto físico, creado con un fin práctico. Cada uno de sus elementos es un símbolo del trabajo en equipo —para construirla, transportarla, llevarla y cuidarla—, y es el trabajo en equipo lo que mantiene unidas a estas naciones insulares. La clave reside en la ohana, la familia extensa, y en cuidar a las personas que van en nuestra canoa. El océano es tan parte de nuestro hogar como la tierra. Es cambiante y puede ser peligroso, pero, si mostramos humildad y lo observamos y aprendemos, nos apoyará y sustentará.
Hoy nos disponemos a emprender un viaje alrededor del segundo volcán de Maui, el Mauna Kahalawai, desde aquí, en la bahía de Kahului, hasta Kihei, pero necesitamos habilidad, buenas condiciones meteorológicas y suerte con el estado de la mar para terminar la travesía. Tanto si lo logramos como si no, lo importante es el tiempo que pasemos juntos y lo que aprendamos por el camino. El ritual solo dura unos minutos porque en el ecuador el sol sale enseguida. Mientras el cielo se llena de luminosas tonalidades lilas y rosas por detrás del Haleakala, Kimokeo termina con un cántico y todos cantamos con él. E ala e es el primer cántico, y el más importante, que aprende cualquier niño hawaiano, pensado para este momento trascendental en el que la luz del sol alcanza el océano y todo puede empezar.
Bajo el cielo despejado casi podemos sentir el fuerte sol que pronto caerá a raudales sobre nosotros. Cam, que gobierna la canoa desde el sexto asiento, justo detrás de mí, grita «Ho‘omākaukau!» y levantamos los remos. Se quedan suspendidos en el aire durante un último instante de quietud hasta que el primer rayo de sol toca el océano delante de nosotros. Entonces, al grito de «Imua!», seis remos cortan el agua al mismo tiempo. La travesía ha empezado.
EL POLO
Cinco meses después, estoy tumbada boca abajo en el borde de un gigantesco témpano de hielo.[1] Mi compañero Matt aguarda de pie en una plataforma de madera de tres metros cuadrados que flota en el océano mientras yo ato una cuerda a uno de sus costados. El agua está a -1,8 °C, técnicamente mucho más cálida que el aire (que hoy está a -8 °C), pero es mucho más eficaz robando calor, por lo que me concentro en mantener los dedos y la cuerda secos. La plataforma tiene una cúpula metálica de poca altura en el centro y el resto es un enjambre de sirvientes mecánicos que atienden sus necesidades: grandes cajas metálicas y baterías que intercambian datos, electrones y aire con la abeja reina del centro a través de recios cables. Es un experimento de Matt, diseñado para capturar y contar las diminutas partículas que el océano escupe a la atmósfera. Aprieto el nudo que acabo de hacer, me levanto y compruebo que no se me ha caído nada de los bolsillos de mi pesado traje de flotación. Cuando asiento con la cabeza, Matt se aleja a zancadas por el témpano de hielo en busca de ayuda y el alegre rebote de la borla de su gorro sabotea el aire de «científico polar serio» al que podría haber aspirado.
Dedico unos minutos a contemplar el paisaje, un placer poco común. A dos kilómetros de mí, al otro lado del témpano de hielo, veo el rompehielos sueco Oden, nuestro hogar durante estos dos meses. Cerca del centro del témpano, un gran globo rojo y blanco amarrado, del tamaño de una autocaravana pequeña, se balancea en el cielo con el experimento científico de hoy colgado de él. En la otra dirección, el blanco mar helado se extiende a lo largo de cientos de kilómetros. Estamos a solo unas millas náuticas del Polo Norte y, aquí, el hielo marino de verano tiene unos dos metros de espesor. Los témpanos de hielo que nos rodean se empujan y retumban; se mueven despacio, pero lo suficiente para que nuestro lugar de trabajo parezca distinto todas las mañanas. Esta tarde, las nubes se disipan y nos dejan ver un excepcional pedazo de cielo azul, aunque la luz solar jamás lo atravesará. Aquí, el sol se desliza a lo largo del horizonte, sin llegar a ocultarse tras él, y proyecta sombras de una longitud asombrosa cuando las nubes lo permiten. Aunque en este lugar es de día durante seis meses seguidos, la luz del sol parece puramente decorativa, una cascada de iluminación suave y sutil que nunca da calor. El flujo de energía es invisible en su mayor parte y se dirige hacia arriba, no hacia abajo. A mi alrededor, la propia Tierra brilla, irradiando luz infrarroja mientras el poco calor que tiene se disipa hacia el cielo. Sin el obstáculo de las nubes, esta energía térmica seguirá su camino hacia el espacio. Un día despejado hoy significa un día frío mañana, ya que el hielo y el océano ceden su energía al universo. Este proceso es un componente clave del presupuesto energético de la Tierra, pero aún no somos capaces de predecirlo con exactitud. En el témpano de hielo estamos en el epicentro de estos mecanismos, rodeados de una máquina líquida precisa y compleja, y queremos conocerla mejor. El grupo de científicos del Oden está aquí para observar, medir y analizar este entorno espectacular, para deducir el funcionamiento interno del océano y la atmósfera valiéndose de la tecnología y la lógica más avanzadas.
Matt regresa con tres de nuestros compañeros. En la naturaleza cuesta mucho obtener datos, y a menudo requiere un gran esfuerzo físico. Queremos que la plataforma se separe del borde del hielo para que pueda realizar mediciones en aguas abiertas. Tirando de largas cuerdas en varios equipos, y con muchos gruñidos y empujones, conseguimos alejarla; luego miramos si se queda en su sitio. Cuando comprobamos que sí, la aseguramos y nos preparamos para regresar al barco. Bajo el hielo que pisamos, el océano es profundo y está oscuro, silencioso y frío, siempre presente, pero solo rara vez es el centro de atención.
Los océanos de la Tierra son inmensos y, sin embargo, a menudo parecen invisibles. Tuvimos que salir al espacio para darnos cuenta de que el elemento que define nuestro planeta no es la tierra, sino el agua. El programa Apolo llevó al hombre a la luna, pero creo que su logro más importante fue permitirnos ver el planeta Tierra. Dos de las fotografías más influyentes de la historia cambiaron nuestra perspectiva para siempre: «Salida de la Tierra», tomada en 1968 durante la misión del Apolo 8, y «La canica azul», tomada en 1972 durante la misión del Apolo 17. Después de verlas ya no podemos olvidar ni las imágenes ni su significado, la frágil esfera azul suspendida en el cosmos, con todo lo que conocemos a bordo. No obstante, incluso entonces, el océano se vio como el lienzo sobre el que se dibujaba la tierra, el vacío entre los grandes continentes y un misterio que probablemente podía esperar hasta que resolviéramos los asuntos importantes. Cincuenta años después del programa Apolo, los seres humanos por fin hemos empezado a prestar la debida atención a lo que hay dentro de esas vastas extensiones azules. Ya era hora. Aun así, aquellas expediciones al espacio nos proporcionaron el punto de partida necesario: un mapa en blanco que debíamos rellenar.
Los mapas de la Tierra son una mina de información asombrosa, y los globos terráqueos son aún mejores. La anatomía de nuestro planeta abunda en detalles fascinantes: costas, cordilleras, ríos y archipiélagos, llenos de formas recurrentes y, sin embargo, muy variados. Parece interminable porque lo es; cuanto más de cerca se mira, más hay que ver. Los continentes, con sus irregulares relieves, dan forma a los océanos azules, y dividimos nuestro planeta en tierra y mar. Es natural clasificar los elementos fijos de la tierra, y la clasificación puede mantenerse invariable durante décadas o siglos. No obstante, todos los maravillosos mapas que he visto son engañosos en un aspecto fundamental: hacen que sea fácil olvidar una de las características más importante e impresionante de nuestro planeta: el océano se mueve.
Los océanos de la Tierra son un motor gigantesco, una dinámica maquinaria líquida que se extiende alrededor de nuestro planeta y está conectada con todos los aspectos de nuestra vida. Tiene componentes de todos los tamaños, desde la grandiosa corriente del Golfo que fluye por el Atlántico hasta las diminutas burbujas que revientan en la cresta de una ola rompiente. Es un sistema bello, elegante, muy compacto, con conexiones sorprendentes y efectos de gran alcance. La complejidad puede parecer apabullante, pero, vista en conjunto, la lógica es sencilla. A los que quieren entender el lado cínico de la política se les aconseja «seguir el rastro del dinero»; en cambio, la física planetaria es inmune al cinismo humano. Nuestra labor es más sencilla y más gratificante. La clave para desentrañar la lógica interna de los océanos es dejarse guiar por el instinto de los físicos y seguir el rastro de la energía.
Nuestro planeta intercepta una pequeñísima parte de la poderosa energía que emite el sol: impide a esta seguir su camino por el universo y la desvía por una ruta mucho más lenta a través de los mecanismos de la Tierra: el océano, la atmósfera, el hielo, los seres vivos y las rocas. En su paso a través del sistema del planeta, esta energía viaja con los vientos atmosféricos y las corrientes oceánicas, construye tanto robustos robles como los delicados líquenes de los muros de piedra, lleva al cielo un billón de toneladas de agua diarias, nutre a todos los seres humanos, búhos y hormigas de la Tierra y alimenta el ordenador portátil en el que ahora escribo. El motor oceánico es el corazón de este sistema y aloja la mayor parte de la energía térmica y cinética que circula constantemente. Los océanos son profundos y extensos y albergan vastas corrientes que se desplazan en distintas direcciones y a diferentes profundidades mientras el agua se mueve alrededor del planeta, calentando y enfriando lo que la rodea a su paso. Sin embargo, la energía es transitoria, tan solo una huésped temporal. Al final, después de muchos ciclos, abandona la Tierra en forma de calor y reanuda su viaje por el universo. La primera ley de la termodinámica establece que la energía no se crea ni se destruye, de modo que los colosales flujos que entran y salen están equilibrados. La Tierra solo es una sucesión de desvíos, incapaz de detener la avalancha pero aprovechándola mientras pasa; y el océano es un motor que convierte la luz del sol en movimiento, vida y complejidad, antes de que el universo recupere lo que le pertenece.
La luz solar llega a todos los rincones de la Tierra, pero es más intensa cerca del ecuador porque allí el sol está más alto, de modo que las regiones ecuatoriales reciben una cantidad mucho mayor de energía solar que los polos. No obstante, la Tierra pierde calor de manera mucho más uniforme y en las regiones polares se escapa mucha energía. Eso significa que, a lo largo de un año, las regiones ecuatoriales tienen una ganancia neta de energía procedente del universo, mientras que los polos sufren una pérdida neta. Este contraste nos lleva a una conclusión de suma importancia: la atmósfera y los océanos no solo almacenan la energía que circula por el sistema, sino que la redistribuyen. Esta es la dinámica dominante en el motor oceánico: el desplazamiento general de energía del ecuador a los polos. Todos los aspectos del océano y su influencia en nuestra vida encajan en alguna parte de este mosaico: las corrientes y los mares tomentosos, el agua evaporada del océano que luego cae en forma de lluvia sobre el Amazonas, la erosión costera, los peces migratorios y el moco de ballena que, después de ser expulsado por el espiráculo del mamífero más grande de la Tierra, vaga momentáneamente por la atmósfera. Cada uno cumple su papel.
Describir el océano como un motor no es un mero recurso metafórico. Un motor es algo que convierte otras formas de energía (por lo general calor) en movimiento. Estamos acostumbrados al motor con pistones de duro metal que mueven engranajes y palancas ingeniosamente interconectados, todo ello impulsado por temperaturas lo bastante altas para freír un huevo. La Revolución industrial se produjo hace ya mucho tiempo y, sin embargo, un pequeño ejército de entusiastas mantiene vivo el mundo del vapor: ¿cómo se puede abandonar por completo una tecnología que rezuma tanto carácter? Las locomotoras de vapor poseen una belleza y proporcionan un placer que no abundan en el mundo moderno, porque es posible ver su funcionamiento exacto. Tal pistón mueve tal rueda, que hace girar tal piececita, y así sucesivamente a lo largo de la cadena: la elegante secuencia de causa y efecto es hipnótica. Sin embargo, un motor no tiene por qué estar hecho de materiales sólidos.
A medida que la tierra, el océano y la atmósfera absorben la energía del sol, se calientan. Parte de este calor genera movimiento casi de inmediato mediante la convección: el agua tibia puede calentar el aire que tiene encima y así volverlo más liviano, de modo que el aire recién calentado a menudo sube mientras que el más frío se desliza por debajo. Cuando el viento sopla sobre la superficie del océano, arrastra el agua y vuelve a transferir energía al océano en forma de olas, energía que acaba disipándose de nuevo transformada en calor. Sin embargo, esta solo es una de las rutas que puede seguir la energía al entrar en ese mosaico tan fascinante. Los océanos de la Tierra están estrechamente conectados con los demás componentes del planeta: la atmósfera, el hielo, la vida y la tierra, y los cinco trabajan juntos como un solo sistema. Ahora bien, el océano es el titán de la maquinaria planetaria de la Tierra. Como motor que es, convierte la luz solar que absorbe en gigantescas corrientes y cascadas submarinas que transportan los ingredientes de la vida —nutrientes, oxígeno y oligoelementos como el potasio y el hierro—, moldean nuestras costas y distribuyen el calor. No se trata de un motor más, sino del mayor de todos: tiene el tamaño de un planeta. Derrocha la elegancia de los motores más ingeniosos fabricados por el ser humano, pero su mecánica los supera en sutileza y complejidad. En vez de un pulcro y sencillo pistón, estamos ante un flujo de agua que se mezcla con el agua de sus orillas; está claro que algo hace, pero es difícil saber qué mueve qué. Aun así, continúa siendo un motor, que transforma la luz y el calor en movimiento de mil maneras distintas.
Lo más frustrante de este motor es que resulta muy difícil observarlo directamente. Una vez me preguntaron cuál sería el invento imposible que más me gustaría tener y solo había una respuesta posible: unos prismáticos que nos permitieran ver el océano como vemos el cielo. Imagínese en la proa de un barco, mirando las majestuosas corrientes que circulan por encima de vastas cordilleras submarinas, las enormes columnas de diminutos animales marinos en su migración vertical diaria desde las capas más profundas hacia la superficie, y atisbando, quizá, a alguno de los grandes viajeros del océano: atunes de cuatro metros, tortugas o un tiburón azul. No obstante, aunque no dispondremos de esos prismáticos en un futuro próximo, sí podemos ver el motor en funcionamiento si sabemos dónde mirar. Los seres humanos no vivimos dentro de él, pero casi todo lo que hace nos afecta. Durante años, nos hemos creído observadores independientes que miraban su agitada superficie solo por curiosidad, pero, en realidad, somos diminutas hormigas que viven en las orillas de este gran mecanismo líquido azul, completamente dependientes de su rendimiento. Es un cambio de perspectiva que puede darnos vértigo.
LOS SERES HUMANOS Y EL OCÉANO
Como habitantes de la Tierra, no podemos eludir la influencia de los océanos ni deberíamos querer hacerlo. Los seres humanos hemos sacado partido del motor oceánico generación tras generación, comerciando y explorando en nuestras pequeñas y frágiles embarcaciones allá donde la superficie nos llevaba, sin prestar atención a la mecánica interna de las profundidades. Hemos ganado y perdido batallas según lo que el océano nos deparaba y alrededor de sus zonas fértiles se han desarrollado sociedades enteras, respondiendo a la mecánica invisible del océano sin saber por qué había peces en una zona y no en otra. Incluso en tierra, las regiones más aptas para la agricultura a menudo vienen dictadas por los mares cercanos. El océano está profundamente entretejido con la cultura humana y los hilos siempre se conectan con el motor y, en última instancia, con el flujo de energía. Sin embargo, aunque no veían el motor completo, algunos seres humanos inteligentes y observadores de muchas culturas distinguieron partes del mecanismo y adquirieron un conocimiento profundo de las aguas de su territorio, más que suficiente para navegar, pescar, explorar, comerciar y obtener de los océanos su sustento. El conocimiento se integró en la cultura y se utilizaron mitos e historias para explicar los mecanismos y proporcionar una base a partir de la cual reflexionar sobre el océano: qué era, por qué era importante y cómo debían comportarse con él los seres humanos. Las actitudes hacia el océano también repercutieron en la cultura en tierra e influyeron incluso en quienes jamás se habían hecho a la mar. Y la actitud de cada cultura hacia el océano es, en parte, una casualidad geográfica.
La ciencia y la cultura están mucho más entrelazadas de lo que la mayoría de los científicos querrían reconocer, y es posible que una de las razones por las que la oceanografía no ha destacado demasiado sea que muchas culturas piensan que el océano es un pequeño incordio cuando las cosas van bien y un verdadero peligro cuando se tuercen. En Gran Bretaña, por ejemplo, mucha gente considera que ir a la playa es un ritual necesario de la infancia, aunque a veces los niños lo perciban como un deber más que un placer. En el noroeste de Inglaterra, donde yo me crie, las visitas a la playa a menudo se asociaban con la obligación de chapotear en aguas congeladas y luego competir para ver quién podía resistir más inclinándose contra el viento sin caerse de bruces. Cuando yo iba a la escuela, a nadie se le ocurría mirar bajo la superficie del mar, en parte porque el agua estaba fría y en parte porque las aguas costeras británicas a menudo tienen demasiados sedimentos para ver nada (ni tan siquiera los dedos de tus pies). Artistas como J. M. W. Turner pintaban a veces mares tranquilos y costas idílicas, pero todo el mundo sabía que el mar estaba para contemplarlo, no para bañarse. Turner es más conocido por sus pinturas de barcos zarandeados por olas violentas bajo amenazantes nubarrones, una imagen que se vio reforzada por los marinos británicos de los siglos XIX y XX cuando relataron sus aventuras. Por poner un ejemplo, el explorador polar Ernest Shackleton, al contar el extraordinario y heroico viaje que hizo en 1916 en un pequeño bote a fin de buscar ayuda para su tripulación varada, escribió esto: «La historia de los dieciséis días siguientes es la de una lucha suprema en aguas embravecidas. El océano subantártico hizo honor a su malvada reputación invernal».[2] No es precisamente una descripción que anime a los curiosos a acercarse para echar un vistazo.
Y no son solo los británicos. Islandia, situada en el extremo norte del Atlántico, es un país que debe su existencia a la actividad pesquera y presume de una gloriosa tradición marinera con siglos de antigüedad. Sin embargo, si paseamos por el puerto de Reikiavik, encontraremos una serie de grandes paneles informativos con el mapa de Islandia. A lo largo de todas las costas, hay símbolos negros que señalan naufragios, todos con el nombre del barco, el año, el tipo de embarcación y el número de hombres que se perdieron. Cada mapa se refiere a una década e indica entre treinta y cuarenta naufragios. Entre todos, abarcan dos siglos y es imposible subir a un barco sin pasar por delante de estos paneles conmemorativos. El mensaje es inequívoco: el océano puede matarnos y lo hará. Pasé un rato intentando preguntarles a los islandeses si alguna vez salían en barco por placer, y casi todos me miraron con cara de extrañeza. Allí se va al mar a pescar, no a jugar. Los mares que rodean Islandia pueden ser feroces y pescar en esas condiciones constituye sin duda una actividad peligrosa. La enseñanza clara de la historia local es que hay que pensárselo muy bien antes de acercarse a un peligro así.
En el otro extremo del mundo, los hawaianos que viven rodeados por el vasto océano Pacífico ven las cosas de manera muy distinta. Cerca del ecuador, los temporales son relativamente infrecuentes, en cambio, las tormentas que se desatan a miles de kilómetros hacia el norte generan las regulares olas oceánicas que hacen de Hawái un lugar ideal para el surf. Saber cabalgar esas olas era una actividad reconocida de la realeza, y los soberanos tenían unas tablas de surf especiales. El surf era un ritual y un derecho, así como un elemento central de la sociedad hawaiana. El mar formaba parte de la vida, y estar dentro de él y en su superficie resultaba algo natural.[3] El océano es un componente vital de la cultura hawaiana, en parte porque rodea esas pequeñas islas por completo y en parte porque allí sus aguas son mucho más benignas que las de Islandia. Nuestras relaciones humanas con el océano son tan ricas y variadas como el propio océano.
CIENTÍFICA OCEÁNICA POR CASUALIDAD
El camino que me llevó a la física oceánica no fue planeado ni esperado. Crecí en Manchester, en el norte de Inglaterra, donde «océano» se consideraba un concepto muy exótico porque lo que teníamos era mar. Dos mares, para ser exactos: el gélido mar del Norte al este y el gris y ventoso mar de Irlanda al oeste. Ninguno me parecía especialmente atractivo. Estudié física porque quería entender cómo funcionaban las cosas y de vez en cuando pensaba en la geología, pues me interesaba el funcionamiento de la Tierra, pero no parecían solaparse nunca. Cuando terminé el doctorado en física experimental con explosivos, pasé seis meses escribiendo artículos y buscando otro tema de investigación, con suerte uno que me permitiera seguir realizando ensayos interesantes, pero sin tener que limpiar tanto después de que el experimento volara por los aires. Las burbujas parecían ideales y el doctor Grant Deane, de la Institución Scripps de Oceanografía, apostó por mí y me invitó a trabajar con ellos como investigadora posdoctoral durante un año. Me encantó Scripps y, cuando llevaba tres semanas en el laboratorio de Grant, ya me sentía como en casa. Estaba lleno de osciloscopios y otros aparatos electrónicos que ya conocía, un laboratorio enorme que parecía un juego de Lego, con cajones y armarios en los que había todas las piezas necesarias para construir cualquier experimento que se quisiera. Y entonces, un día, apareció un armazón gigantesco cerca de la puerta, con boyas en las esquinas y cajas impermeables con sensores en el centro. Estaba diseñado para realizar mediciones en el océano y era sólido e imponente, agazapado cerca de la pared como una araña gigante mientras mis compañeros se afanaban a su alrededor. Era un artilugio que yo no había visto jamás, que nunca había imaginado que pudiera ser necesario. Captaba toda la atención de mis compañeros y tardé un rato en comprender por qué: era su puerta a otro mundo, su acceso al extraño reino bajo las olas. Y, así, me sumergí de lleno en unos conocimientos del océano que hasta entonces no sabía que existían.
Al principio, me limité a escuchar, asimilarlo todo e intentar contener mi asombro. Sin embargo, muy pronto se apoderó de mí una indignación fruto del desconcierto. ¿Cómo era posible que nadie me hubiera hablado nunca de nada de aquello? ¿Cómo me las había ingeniado para tener tres titulaciones en física, leer cientos de libros y artículos y asistir a charlas sin que nadie me mencionara nunca el océano? Se trataba, sin duda, de la historia científica más fascinante que había oído en mi vida. Así pues, leí cuanto pude, aprendí a bucear y asistí a convenciones sobre el océano con los ojos bien abiertos y el oído aguzado, absorbiéndolo todo como una esponja.
Aún me desconcierta que no hablemos más del océano, que ese motor inmenso y crucial se las arregle para ser casi invisible. Cuanto más aprendía sobre el océano, más chocante me resultaba su invisibilidad. Las colosales corrientes del motor oceánico son fascinantes por sí mismas, pero también influyen directamente en los componentes de la Tierra que respiramos, pisamos, comemos y utilizamos como materias primas; constituyen una parte enorme del tejido de este planeta rico y variado. No se trata simplemente de una historia entretenida sobre un poco de agua salada, sino de la historia que define al planeta Tierra.
Mi introducción en el mundo de las canoas hawaianas tampoco fue planeada ni esperada. Acababa de llegar a Londres y oí hablar a alguien de un club de canoas del Pacífico. Aunque no sabía qué era una canoa hawaiana, pensé que si había un grupo de gente tan chiflada que remaba por las turbias y frías aguas del estuario del Támesis en una canoa pensada para el Pacífico ecuatorial, probablemente nos llevaríamos bien. Acerté. Sin embargo, fue solo al cabo de un año más o menos, después de pasar más tiempo remando en el océano, cuando establecí una conexión más profunda con ese mundo. No se parecía a ninguno de los deportes que había probado porque la cultura hawaiana estaba integrada en todo lo que hacíamos y, aunque para alguien ajeno al grupo podía ser difícil percibirlo, resultaba muy obvio cuando se sabía dónde mirar. Era un entorno abierto y acogedor, respetuoso con todos, social, táctil, que te envolvía en la ohana («familia») de la canoa. Se trataba de personas que te ayudaban cuando lo necesitabas y aceptaban la diferencia. Y luego conocí la historia de los viajes a través del Pacífico y la asombrosa habilidad y capacidad de observación que los hicieron posibles, incluido el estudio de las olas y las burbujas, mi tema de investigación. Los hawaianos miraban el océano y también yo lo miraba, pero veíamos cosas distintas. La conexión era la canoa. El océano se convirtió en una ilusión óptica: si parpadeaba, podía cambiar mi punto
