TDAH en el adulto

Dra. Juncal Sevilla

Fragmento

Prólogo a esta edición

Prólogo a esta edición

Hace dos años por estas fechas terminaba de escribir este libro.

Nadie me pidió hacerlo. Nadie me puso una fecha límite para terminarlo. Fui yo misma la que me autoimpuse hacerlo y terminarlo en una fecha concreta.

¿Las razones? A priori, el motivo principal y la idea original eran crear un libro que, escrito de forma amena y breve pero a la vez rigurosa, ayudara a entender lo que es realmente el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad en el mundo del adulto.

Durante todos estos años en los que he acompañado a tantas personas, nunca he podido recomendarles más allá de uno o dos libros traducidos al castellano y escritos específicamente para esta etapa de la vida. Por eso pensé —o, mejor dicho, me sentí en la obligación como profesional— de crearlo yo misma.

Fue una necesidad, casi una obligación ética, transmitir el conocimiento acumulado durante años, no solo para las propias personas con TDAH, sino para todo su entorno y la sociedad en general.

Nunca me planteé el hecho de que el libro no tuviera éxito, no se vendiera, no gustara o no cumpliera el propósito para el que fue concebido. Tampoco me paré a pensar en ningún momento si con sus ventas aumentarían mis ingresos o no. Y, por supuesto, nunca consideré la posibilidad de que no gustara en ninguna editorial y no se publicara. Sencillamente lo escribí sin pensar en el futuro. Y, una vez terminado, no me senté a esperar a que alguien lo leyera o lo quisiera publicar. Por eso opté por la autoedición, dentro del sello de una gran editorial, dedicado exclusivamente a los autores que deciden invertir ellos mismos su dinero en la publicación de sus libros.

Invertí un dinero que ni siquiera sabía si en algún momento recuperaría. Pero eso tampoco fue algo que meditara o me preocupara. Mi único anhelo era que el libro llegara cuanto antes a las personas que lo necesitaban. Ese fue mi objetivo desde que lo empecé a escribir hasta que lo terminé.

Dos años después, he recibido cientos de mensajes de agradecimiento de personas a las que les ha ayudado a entender lo que les ocurre, lo han regalado entre amigos, familiares y recomendado por compañeros para sus pacientes y familiares. Ha cumplido con creces unas expectativas que nunca deposité en él e incluso me ha sorprendido con un premio en los Latino Book Awards 2024.

La mayoría de las personas con TDAH que lo leen me dicen que se sienten totalmente identificadas con sus párrafos o con la vida de Teresa, que sienten como si lo hubiera escrito alguien que conoce a la perfección lo que significa vivir con TDAH siendo un adulto.

Pues bien, cuando al principio te he contado las razones que me llevaron a escribir este libro, lo que no te dicho es que una de ellas también fue demostrar al mundo que podía hacerlo. Porque la verdad verdadera es que está escrito por una adulta con TDAH y, según algunos test del colegio, con una inteligencia por encima de la media, pero que nunca parecía esforzarse lo suficiente, aunque tenía las ideas más peregrinas y los sueños más disruptivos. Y esa adulta es la autora de este libro. La misma que está escribiendo estas líneas. Una adulta que nunca supo que era neurodivergente hasta los cuarenta y cinco años, pero que siempre pensó que era rara, diferente y que llevaba toda su vida creyendo que quizá tuvo algún tipo de retraso no identificado en la infancia. Una adulta que lleva grabado a fuego que el trabajo y la perseverancia suplen la inteligencia. Que desde pequeña sacaba buenas notas estudiando la noche de antes, pero que no se enteraba de nada en las clases de mates ni era capaz de coger sus propios apuntes, pero que ha sudado sangre para conseguir sus metas y sigue usando papel y bolis de colores para organizar sus ideas. Una adulta que decidió ser psiquiatra con dieciséis años para poder entenderse a sí misma algún día y poder entender a los demás en un mundo donde parecía no haber un sitio para ella. Demasiado empática, demasiado emocional, demasiado todo. Para lo bueno y para lo malo. Una niña que se aburría y necesitaba saber, que se cansaba pronto de todo. Con una timidez patológica que un buen día superó cuando descubrió su pasión y que ahora no se calla ni dormida. Una adulta que, desde una autoexigencia que gobierna su vida y con la autocrítica siempre dispuesta a encontrar el más pequeño error, ha conseguido cosas que nunca se propuso, pero que la han llevado a no poderse bajar del más difícil todavía. Que puede pasar horas escribiendo libros mientras se olvida de que el arroz está en el fuego y que sigue luchando contra el tiempo, porque este siempre será algo relativo en su vida. Una psiquiatra que empezó a diagnosticar y tratar el TDAH en adultos cuando ni siquiera sabía que ella era una más de «la tribu», pero que por alguna razón los entendía, sabía ayudarlos y acabó convirtiéndose en su chamana oficial. Una psiquiatra, mujer y madre que se reconcilió con ella misma y con el mundo cuando todo encajó. Y que hoy está escribiendo estas líneas y ha podido sacar todo su potencial gracias a que un día se le ocurrió la peregrina idea de probar la medicación por arte de magia, y consiguió plasmar en un papel la maraña de ideas que tenía en su cabeza.

Mayo de 2025

Introducción

Decir que una persona, ya sea un niño o un adulto, tiene un trastorno por déficit de atención e hiperactividad es lo mismo que afirmar que:

• Sus funciones ejecutivas no «funcionan» adecuadamente.

• Tiene una severa falta de motivación.

• No puede autorregular sus emociones.

Tan simple y grave como eso.

Porque es lo mismo que asegurar que tiene una severa dificultad para conseguir objetivos en la vida.

Y la afectación neurológica en estas áreas va a traducirse en una serie de síntomas que son los que se ven y a través de los cuales los clínicos podemos llegar al diagnóstico.

Desde hace años se habla de que el TDAH es un invento que hemos creado en la sociedad moderna donde estamos sujetos a horarios y a métodos académicos que son incompatibles con la naturaleza humana. Que es imposible que un niño, por muy normal que sea, aguante sentado toda una mañana en su clase.

Que ahora todo el mundo tiene TDAH…

Alguna vez he leído o escuchado que las personas con TDAH sobrevivirían mejor en un entorno menos encorsetado, más flexible de horarios o donde pudieran vivir con más libertad o en otros sistemas académicos. Aunque esto es extensible también al resto de la población. Pero no os engañéis; la realidad es mucho más cruda.

La diferencia es que una persona con TDAH está en desigualdad de condiciones. Se encuentre donde se encuentre.

Otra cosa es que el entorno y las condiciones en el que se desarrolle y crezca hagan que su genética se exprese en mayor o menor medida. Y eso lo determinan todas y cada una de las variables que rodean a una persona a lo largo de su vida.

En la evolución de la especie, los humanos hemos ido escalando posiciones hasta ser la especie «superior». El fenómeno conocido como «encefalización» o formación del cerebro no es exclusivo de los humanos, pero sí lo es el hecho de ser conscientes de nosotros mismos y poder pensar y reflexionar acerca de ello.

La adquisición de la consciencia de nosotros mismos y de nuestros procesos mentales es lo que nos diferencia del resto de las especies junto con el desarrollo del lenguaje.

El hecho de saber que sabemos; eso es la autoconsciencia. Poder pensar sobre nuestros pensamientos es la metacognición, que suena a superpoder de Marvel, pero que es la fuente de nuestras rayaduras, «comeduras de cabeza» o reflexiones. Además, ser capaces de comunicarnos mediante el lenguaje hablado o escrito nos ha permitido construir civilizaciones y avanzar por delante de cualquier otro ser del planeta.

Y el haber alcanzado este triunfo evolutivo se debe a una característica única en nuestra especie: la plasticidad neuronal. Es decir que nuestro cerebro mantiene la capacidad de remodelarse hasta el último de nuestros días. Continuamente, se abren nuevas conexiones y se reescriben caminos entre nuestras neuronas.

En los chimpancés, que solo se diferencian en un 4 % genéticamente de los humanos, esta capacidad se pierde cuando alcanzan la edad joven. A partir de ese momento, su cerebro se queda como está para el resto de su vida.

Por esta fascinante capacidad de nuestro cerebro, los humanos hemos desarrollado lo que llamamos funciones ejecutivas, que son todos y cada uno de los recursos que posee nuestro cerebro para poder lograr objetivos utilizando funciones tan variadas como la memoria, las emociones o la información que recibe a cada instante.

Si se encuentran afectadas por la causa que sea, una persona nunca estará en igualdad de condiciones respecto a los que la rodean para alcanzar cualquier meta en la vida.

Pero, asimismo, por lógica, para lograr nuestros objetivos debemos querer alcanzarlos.

Se han de desear, porque, si no, nunca lucharemos por llegar a ellos o lo haremos a medio gas. Es decir, hay que estar «motivado»; y esta motivación suele tener como origen la necesidad.

Por último, es preciso controlar nuestras emociones y reacciones.

Lo que experimentas en cada momento no puede interferir en que consigas tus metas. Precisamos autorregularnos para no dejarnos llevar por lo que sentimos.

Nuestra supervivencia, a diferencia de otras especies y de forma semejante a nuestros primos más cercanos, no se basa en la fuerza física o en un metabolismo de bajo consumo, sino en nuestras capacidades mentales. En cómo nos relacionamos con nuestro entorno según la información que captamos y cómo la utilizamos.

Por eso, los chimpancés se dedican a contemplar durante horas desde lo alto de los árboles las conductas de sus vecinos y actúan de acuerdo con ello. Nunca se les ocurriría bajar a beber agua a las horas que han observado día tras día, y minuto a minuto, que los cocodrilos salen a pasear.

¿Qué ocurriría si no pudieran estar atentos a lo que hacen los cocodrilos porque se encuentran pensando en otras cosas sin darse cuenta?

¿Y si nunca «les apeteciera» bajarse del árbol para beber mientras el resto de su manada descendiera todos los días de modo natural? ¿Y si, aunque vieran lo que hacen los cocodrilos, no pudieran mantener esa información es su mente y se les olvidara una y otra vez?…

¿Te imaginas qué pasaría si el chimpancé fuera a beber agua impulsivamente por el mero hecho de tener sed?

Además, en la selva, andar de manera sigilosa es un plus. Puedes no estar atento a lo que ocurre a tu alrededor y ser una presa fácil.

Pero si incluso vas moviéndote sin cuidado, haciendo ruidos y montando bulla, lo más probable es que atraigas la atención de muchos más enemigos. Y eso por no hablar del peligro que supondrías para tu manada, por lo que expulsarte de ella sería lo más comprensible.

Todas estas situaciones que nos parecen evidentes en la selva son trasladables a nuestro mundo y a nuestra sociedad.

Vamos, que en la selva durarías dos minutos. Estarías muerto a la primera de cambio. Jugarías en desventaja y nunca podrías competir con tus iguales en la carrera por la supervivencia. Y encima te desterrarían sin miramientos.

Pero ¿y si, incluso, de regalo evolutivo tuvieras consciencia de estas circunstancias y pudieras pensar y darle vueltas al asunto sin saber por qué te ocurren ni cómo remediarlas?

¿Te suena?

Antes de empezar con este libro vamos a ver un ejemplo muy sencillo que nos va a ayudar a entender q

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