Introducción
La revolución del siglo XXI
Si tratáramos de reconstruir la historia del feminismo tendríamos que remontarnos, por lo menos, a los comienzos de nuestra civilización. Una genealogía feminista nos llevaría a hablar de mujeres de todas las épocas y todas las culturas, porque siempre han existido mujeres rebeldes que han desafiado las injusticias que les tocó vivir. No conviene, por tanto, olvidarnos de las que nos precedieron ni tampoco creer que estamos inventando la pólvora: muchas de las demandas y luchas que las mujeres protagonizamos hoy fueron anhelos que tuvieron nuestras madres o luchas que libraron ya nuestras abuelas. Las feministas, en cierta forma, nos pasamos un testigo de generación en generación para continuar el camino colectivo que venimos construyendo entre todas.
El feminismo ha tenido tiempos decisivos, puntos históricos en los que en unos años se han ganado décadas, al igual que ha habido épocas de resistencia, sororidad y refugios colectivos. El momento histórico que estamos viviendo no es el único en que el feminismo ha adquirido centralidad política ni tampoco será el último, pero esta es una de las épocas de nuestra historia en la que el feminismo claramente ha salido a escena a demostrar que es un proyecto de transformación profunda de nuestra sociedad, una idea que condensa esperanzadoras promesas de futuro para todas y todos.
Hace apenas unos años, cuando la coyuntura era otra, las feministas que desde los partidos políticos participábamos en esta lucha éramos plenamente conscientes de que el feminismo no se consideraba una cuestión prioritaria ni un tema principal, no tenía cabida junto al sentido común, no podía conectar con las mayorías de nuestro país ni ganar elecciones. No solo nuestros adversarios lo contemplaban desde este punto de vista, sino que nuestros propios compañeros de organizaciones de izquierdas tampoco lo consideraban un tema «ganador». Sin la confianza de unos y con la oposición de otros, las feministas de este país y de muchos otros nunca hemos dejado de creer en nuestras capacidades para avanzar, para trabajar codo con codo desde los movimientos sociales, el mundo cultural, los medios de comunicación, los partidos y las instituciones, y en estos últimos años hemos dado pasos de gigante que hasta hace poco parecían impensables.
Desde aquel momento en que muchas compañeras, contra todo pronóstico, nos decidimos a plantar cara para hacer de Podemos una herramienta de transformación feminista, hemos vivido grandes avances que han cambiado ya la historia de nuestro país. La manifestación del 7N de 2015 precedió un 8 de marzo histórico en el que las mujeres españolas hicieron huelga y las calles de Madrid se llenaron ante la mirada del mundo entero. Hemos salido a la calle a denunciar sentencias injustas, como la de «La Manada» o como la de Juana Rivas. Hemos hecho progresos desde las instituciones, a las que han llegado las reformas de las leyes de violencia machista, los permisos iguales e intransferibles, o la necesidad de cambiar la perspectiva sobre la libertad sexual y los delitos de agresión sexual. El resultado es que hoy el 45 por ciento de los hombres de nuestro país se declara abiertamente feminista. El feminismo ya no es una etiqueta que genere rechazo; al contrario, cada vez más gente quiere incluirse en ella.
Ante nuestros avances se gesta a su vez, sin embargo, la reacción de quienes viven las conquistas del feminismo como un peligro y una humillación. Toda revolución social tiene siempre una oposición y algunos partidos empiezan ya a capitalizar el descontento, la desconfianza o el enfado contra el feminismo, avivando una llama de la que esperan conseguir votos. El antifeminismo necesita acrecentar los miedos ante el avance de las mujeres y los cambios sociales que lo acompañan, y vive de viejas caricaturas y prejuicios que dibujan el feminismo como un enemigo de la igualdad, la meritocracia y la libertad.
Este libro pretende ser una intervención política en un contexto en el que el avance del feminismo ha despertado el interés de nuevas compañeras y recién llegados, hombres y mujeres que tienen el deseo de saber y de participar en uno de los movimientos protagonistas de nuestros días. Es un libro para todos los públicos, escrito con voluntad pedagógica y el ánimo de tender puentes y hacerse entender. Es un libro que quiere dar una cierta visión panorámica —en absoluto exhaustiva, obviamente— de las preguntas y posibles respuestas que pueden asaltar a quienes se acercan al feminismo. Si se llama Manual Ultravioleta es por esta mirada transversal que recorre dudas de muchos tipos, no porque pretenda ser un texto neutral. En este libro hay muchas tesis, tanto mías como de muchas autoras por mí elegidas, de modo que no esconde la toma de posiciones dentro de las variadas visiones y perspectivas que forman parte del feminismo. Es un libro que bebe de teorías de determinadas corrientes o autoras que considero más esclarecedoras para interpretar la realidad que debemos comprender. Este libro es, por tanto, una manera de ponerse las gafas moradas y mirar desde ópticas feministas el mundo en que vivimos.
El principal objetivo es ofrecer una aproximación a algunos de los interrogantes que debe abordar toda persona que se acerque al feminismo, pero también pretende contestar a algunas de las caricaturas y críticas que se suelen hacer a este movimiento. Precisamente en un momento en el que hay una reacción conservadora en marcha es importante poner al alcance de cualquiera los argumentos de fondo que permiten explicar el porqué de nuestra defensa de las cuotas, del lenguaje inclusivo o de nuestras críticas a la justicia o a la cultura del acoso sexual. En estos tiempos es fundamental reunirnos en torno a grandes lemas con los que mover el mundo, pero también dotarnos de argumentos bien armados con los que desmontar la instigación de los miedos y los fantasmas contra el feminismo. Creo firmemente que las feministas, por mucho que hayamos empezado a conquistar buena parte del sentido común y hayamos cambiado ya nuestro país, no podemos permitirnos dejar de convencer y persuadir mediante argumentos a quienes nos miran desde la barrera. Uno de los mayores peligros de acomodarse, tanto en momentos de éxito como en épocas de fracaso, es que solo nos hablemos a nosotras mismas.
Hay mucho en juego. Si el feminismo tiene peligrosos adversarios es justamente porque del avance de esta lucha depende la posibilidad de una profunda transformación de nuestra sociedad. En estos últimos años el feminismo no solamente ha cambiado nuestro país, sino que se ha hecho oír en muchas naciones del mundo. El «Ni Una Menos» en Argentina y las posteriores manifestaciones por la legalización del aborto, las marchas de mujeres contra Trump, el #MeToo, las movilizaciones en Irlanda contra el machismo judicial o las mujeres brasileñas protagonizando la resistencia contra Bolsonaro son algunos de los síntomas de una revolución en marcha que es hoy más difícil revertir. El feminismo es la gran revolución de principios del siglo XXI y está demostrando tener la potencia para ser el movimiento social más capaz de enfrentar los proyectos políticos más tenebrosos que azotan el contexto internacional.
Ante el auge de proyectos reaccionarios como la Hungría de Orban, el populismo de Salvini, la ultraderecha de Le Pen y los proyectos xenófobos de Bolsonaro o de Trump, cuesta reconocer qué otra alternativa a nivel internacional está siendo tan visible y combativa como el feminismo y los movimientos de las mujeres. El voto femenino en España, como en otros muchos países donde la ultraderecha avanza, es más progresista que el voto de los hombres, lo cual implica que las mujeres y el feminismo representan un muro de contención para la internacional reaccionaria.
En efecto, nos jugamos mucho, las mujeres y los hombres, en tiempos socialmente volátiles e inestables y políticamente convulsos. Necesitamos certezas, seguridad, cuidados y promesas de un futuro posible y mejor. El feminismo representa precisamente eso: nos librará de algunos de los peores peligros de nuestra época en la medida en que siga avanzando con paso firme y seguro. Este libro pretende ser una pequeña aportación en esa dirección. Espero que lo consiga.
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La desigualdad no es cosa
del pasado
No es lo mismo nacer mujer que nacer hombre en este mundo. Unos y otras no tendremos las mismas posibilidades de llegar a los mismos sitios, no podremos jugar con los mismos juguetes ni será igual de fácil imaginar qué queremos ser de mayores, no nos veremos igualmente representados y representadas en las profesiones, en los parlamentos, en los tribunales o en los gobiernos. No se nos tratará igual en el mercado laboral, no seremos igualmente escuchados que escuchadas, igualmente valorados y valoradas, igualmente reconocidos unos y otras cuando hablemos en una reunión de trabajo o cuando expongamos nuestra opinión unas horas después en el bar tras esa misma reunión. No seremos igualmente reconocidas por la medicina, ni igualmente reconocidas por la historia, no tendremos las mismas posibilidades de ser valoradas como artistas o de ganar un premio de literatura. No obtendremos el mismo salario por el trabajo que desempeñemos ni dedicaremos las mismas horas a tareas no remuneradas, no nos enfrentaremos al mismo riesgo de perder el empleo por tener hijos, ni tendremos las mismas posibilidades de llegar a la vejez siendo pobres. No nos veremos expuestas a las mismas causas de muerte ni a las mismas formas de violencia. No nos esperan las mismas vidas, sino vidas muy distintas.
La gran mayoría de la gente reconoce hoy en día que existe desigualdad entre hombres y mujeres, pero en general nos resulta siempre más fácil imaginar que esas cosas ocurren sobre todo en países lejanos o a gente que no comparte nuestra cultura o no vive nuestra misma cotidianidad. Hasta la gente que dentro de nuestra propia sociedad identificaríamos como más machista, la que no cree que haya nada que cambiar en su propio país, en su trabajo, en su grupo de amigos o en sus propias actitudes, suele señalar y condenar el machismo de otros, por ejemplo, el de los países árabes. Por tanto, ser capaces de detectar el machismo en quienes están lejos o quienes vivieron en el pasado no es una garantía de tener abiertos los ojos y atentos los oídos. En realidad no hay nadie que niegue la existencia de la desigualdad de género en el mundo, la cuestión es hasta qué punto estamos dispuestos y dispuestas a verla y reconocerla a nuestro alrededor.
Empecemos por lo más fácil. La gran mayoría de la gente de los países del Primer Mundo identifica un problema y una evidente prueba de la desigualdad de género en el hecho de que, por ejemplo, un tercio de las mujeres casadas en el mundo antes de los 18 años hayan contraído matrimonio a la fuerza. O que el 11 por ciento de las mujeres casadas lo hayan hecho antes de los 15 años. Los datos sobre el analfabetismo en el mundo nos dicen que, entre la población femenina, este factor asciende al doble que entre la masculina. Según la UNESCO, si las niñas del África subsahariana y del sur y el oeste de Asia pudieran completar el ciclo secundario, los matrimonios infantiles disminuirían en un 64 por ciento. Seguramente la gran mayoría de las personas que tenemos cerca estaría de acuerdo con la injusticia que estos datos revelan.
Sabemos también que en más de treinta países del mundo las niñas son objeto de la ablación, que muchas de ellas mueren a causa de esta práctica y que las que sobreviven a ella se enfrentan a una vida privada de salud y de placer sexual. Doscientos millones de mujeres y niñas en nuestro planeta han sufrido la mutilación genital y, según la Cruz Roja, en la próxima década ese será el destino de trescientos millones de mujeres más.
Estos datos escandalosos demuestran que en el mundo, actualmente, existe la desigualdad de género. Sin embargo, son datos que tienen poco que ver con la realidad de la mayoría de los países europeos, en los que la edad media de los matrimonios suele estar cerca de los treinta, el analfabetismo no es un problema extendido y la mutilación genital no forma parte de las costumbres mayoritariamente compartidas. Ese machismo, el que se da en otros países, el que tiene que ver con otras culturas y otras religiones, el que es llevado a cabo por otras personas, se ve perfectamente, se identifica y es juzgado. Y ello es así, en parte, porque creemos que no tiene nada que ver con nuestro ámbito.
2
La desigualdad no es cosa
de países lejanos
Seguramente todos o casi todos, hombres y mujeres, identificamos como injusticias machistas algunas formas de explotación y dominación que vemos en las películas o que conocemos a través de noticias en los medios de comunicación. Las vemos en una pantalla y nos indignamos, pero estamos menos abiertos o dispuestas a pensar que ocurren en nuestro barrio o en la discoteca a la que vamos. Menos aún aceptamos la idea de que existen gracias a la colaboración de nuestros conocidos, amigos o familiares. Sin embargo, la trata de mujeres y niñas, el segundo negocio ilegal más lucrativo que existe después del tráfico de armas, no ocurre solo por la acción de redes mafiosas en países como Rumanía o Nigeria. Ocurre también gracias a lo que s
