Prefacio
Las nueve décimas partes de la humanidad
La experiencia que [las naciones] tienen de la prosperidad es extraordinariamente escasa. Casi todas, a lo largo de la historia, han sido muy pobres.
JOHN KENNETH GALBRAITH, La sociedad opulenta, 19581
En una Miseria de esta Índole, aceptando que existen algunos Consuelos, si bien son muy pocos, nueve décimas Partes de todo el Género Humano viven con grandes penalidades.
EDMUND BURKE, Vindicación de la sociedad natural, 17562
La idea de que la humanidad puede controlar sus circunstancias materiales y vencer así la penuria económica es tan nueva que Jane Austen nunca llegó a planteársela.
Pensemos en la opulenta sociedad georgiana que conoció la autora de Orgullo y prejuicio. Como ciudadana de un país cuya riqueza «suscitaba el asombro, la admiración y tal vez la envidia del mundo», su vida coincidió con aquel momento de triunfo sobre la superstición, la ignorancia y la tiranía que conocemos como la Ilustración europea.3 Jane Austen había nacido en el «escalón intermedio» de la sociedad inglesa, cuando «intermedio» significaba lo contrario de normal o habitual. Comparadas con el señor Bennett de Orgullo y prejuicio o incluso con la desventurada señora Dashwood de Juicio y sentimiento,4 las Austen eran más bien pobretonas. Aun así, su renta anual de 210 libras esterlinas superaba la del 95 por ciento de las familias inglesas de la época.5 A pesar de las «vulgares economías» que Jane se veía obligada a practicar para evitar «la incomodidad, la miseria y la ruina»,6 los miembros de su familia tenían propiedades, disponían de tiempo libre, podían elegir una profesión, estudiaban y tenían libros, papel y periódicos a su alcance. Ni Jane ni su hermana Cassandra se vieron obligadas a trabajar como institutrices (el temible destino que aguarda a Jane, la rival de Emma) o a casarse con un hombre al que no quisieran.
En palabras de una biógrafa, el abismo que separaba a las hermanas Austen de lo que se conocía como «clases ínfimas» de la sociedad era «absoluto e incontestable».7 El filósofo Edmund Burke clamó contra la dura situación de los mineros, que «apenas ven la Luz del Sol; permanecen enterrados en las Entrañas de la Tierra, donde desempeñan una Labor severa y agotadora, sin la menor Perspectiva de liberarse de ella; subsisten con un Rancho basto y de la peor calidad; su Salud se ve miserablemente perjudicada, y sus Vidas terminan antes de tiempo».8 Sin embargo, si pensamos en sus condiciones de vida, hasta esos «pobres diablos» se encontraban entre los miembros relativamente afortunados de la sociedad.
El inglés típico era jornalero agrícola.9 Según el historiador de la economía Gregory Clark, sus condiciones de vida no eran mucho mejores que las de un esclavo romano. Vivía en una casa con una única estancia, oscura y llena de humo, que compartía día y noche con su mujer, los niños y los animales; la única fuente de calor era un sucio fuego de leña; poseía una sola muda de ropa; solo podía desplazarse a donde pudiera llegar a pie; sus únicas distracciones eran el sexo y la caza furtiva; no recibía atención médica, y muy probablemente era analfabeto. Sus hijos se ocupaban de vigilar las vacas o de espantar los cuervos hasta que tenían edad suficiente para «entrar a servir».
En las buenas épocas, el inglés medio se alimentaba básicamente de trigo y cebada en forma de pan o de gachas. Hasta las patatas eran un lujo fuera de su alcance. («Están muy bien para ustedes, los señores terratenientes, pero su cultivo debe ser terriblemente costoso», le dijo la mujer de un arrendatario a la madre de Jane Austen.)10 Según las estimaciones de Clark, el trabajador agrícola británico consumía una media de mil quinientas calorías diarias, un tercio menos de lo que se consume en las actuales tribus de cazadores-recolectores de Nueva Guinea o del Amazonas.11 Aparte de esta escasez crónica de alimento, las extremas fluctuaciones en el precio del pan podían llevarlo a morir de inanición. Las tasas de mortalidad del siglo XVIII acusaban claramente las malas cosechas y la inflación de las épocas de guerra.12 Pese a todo, el inglés típico vivía mejor que su homólogo francés o alemán, hasta el punto de que Burke podía asegurar a sus lectores ingleses que «con todos sus horrores y bajezas, la esclavitud que tenemos en nuestra tierra no es nada comparada con lo que el resto del mundo conoce en este Ámbito».13
Se imponía la resignación. El comercio y la revolución industrial habían acrecentado la prosperidad de Gran Bretaña, tal como había predicho en 1776, en La riqueza de las naciones, el filósofo escocés Adam Smith. Pese a todo, ni siquiera los más progresistas veían posible contrarrestar la condena divina que pesaba sobre la gran masa de la humanidad, obligada a vivir en la pobreza y a obtener el alimento «con fatiga […] todos los días de tu vida». La divinidad o la naturaleza marcaban la posición social de cada persona. Cuando moría una criada o un criado leal, se le alababa por «haber cumplido los deberes de la posición que Él ha tenido a bien adjudicarle en este mundo».14 En la época georgiana, el reformista Patrick Colquhoun se sintió obligado a precisar, en el prólogo de su radical proclama en favor de una educación pública, que no quería decir que los hijos de los pobres debieran «ser educados de un modo que eleve su intelecto por encima del puesto que están destinados a ocupar en la sociedad», no fuera a ser que «aquellos que están destinados a desempeñar ocupaciones laboriosas y a conocer una situación inferior en la vida» empezaran a rebelarse.15
En el mundo de Jane Austen, todo el mundo sabía qué lugar le correspondía y a nadie se le ocurría ponerlo en cuestión.
Tan solo cincuenta años después de la muerte de la escritora, aquel mundo había experimentado una transformación absoluta, y no solo por el «avance extraordinario en la riqueza, el lujo y el refinamiento en el gusto»16 o por la inesperada mejoría en el nivel de vida de aquellos que hasta entonces asumían su situación como irremediable. En las postrimerías de la época victoriana, el estadístico Robert Giffen recordaba a sus lectores que en tiempos de Jane Austen el salario diario medio ascendía a la mitad que en su época, y que hacía «cincuenta años las masas de trabajadores de todo el reino estaban periódicamente sujetos a las hambrunas».17 Por primera vez, parecía que empezaba a moverse lo que durante siglos había estado paralizado. La cuestión no era ya si las condiciones de vida podían cambiar, sino en qué grado, a qué ritmo y con qué resultados cambiarían. Empezaba a aceptarse que estos cambios no eran solo producto del azar o de la suerte, sino que podían deberse a la intencionalidad, la voluntad y el conocimiento humanos.
La idea de que el hombre es hijo de sus circunstancias, y de que esas circunstancias no son algo predeterminado, inmutable o inmune a la intervención humana, constituye uno de los descubrimientos más radicales de todos los tiempos. Por una parte, ponía en cuestión la creencia de que la humanidad estaba sujeta a los dictados de Dios y de la naturaleza; además, implicaba que el hombre, si disponía de nuevas herramientas, podía hacerse cargo de su propio destino y, por último, ya no inducía a la resignación y al pesimismo sino a la actividad y la alegría. Antes de 1870, la teoría económica se ocupaba básicamente de lo que no se podía hacer; a partir de 1870, se centró básicamente en lo que sí se podía hacer.
«El deseo de poner a la humanidad a las riendas de su destino es la principal motivación de la mayoría de los tratados de economía», escribió Alfred Marshall, padre de la economía teórica moderna. Las posibilidades económicas, más que las espirituales, políticas o militares, conquistaron la imaginación popular. Muchos intelectuales victorianos, obsesionados con la economía, aspiraban a publicar alguna obra memorable en este campo. Inspirados por los avances de las ciencias naturales, se propusieron diseñar un instrumento útil para investigar el «muy complejo y poderoso mecanismo social» que, además de una prosperidad material sin precedentes, estaba creando todo un mundo de nuevas oportunidades. Al final, la nueva ciencia económica acabaría transformando la vida de todos los habitantes del planeta.
El libro que el lector tiene en sus manos no es tanto una historia del pensamiento económico como la crónica de una idea surgida en la época dorada anterior a la Primera Guerra Mundial: una idea que las dos grandes guerras, la ascensión de los gobiernos totalitarios y la Gran Depresión de los catastróficos años de entreguerras pusieron en tela de juicio, pero que tras la Segunda Guerra Mundial conoció un segundo esplendor.
Alfred Marshall calificó la economía moderna de «organon», palabra griega que significa herramienta, para indicar que más que un conjunto de verdades era un «motor de análisis» diseñado para alcanzar la verdad y, como la propia palabra indica, un instrumento que nunca sería absolutamente perfecto sino que requeriría continuas mejoras, adaptaciones e innovaciones. Uno de sus discípulos, John Maynard Keynes, consideraba la economía un «aparato de la mente» cuyo cometido, como cualquier otra ciencia, era analizar el mundo moderno y aprovechar al máximo sus posibilidades.
Para protagonizar este libro he elegido a personas que tuvieron un papel crucial a la hora de convertir la economía en un instrumento de conocimiento. Se trata de hombres y mujeres con «la cabeza fría pero con calidez de corazón»,18 que contribuyeron a dar forma al «motor» de Marshall e introdujeron innovaciones en el «aparato de la mente» keynesiano. Personajes que, apoyándose en su experiencia, su personalidad y su talento, se enfrentaron a las circunstancias de su lugar y de su época planteando nuevas preguntas y proponiendo nuevas respuestas. He escogido figuras que han conformado la historia de la ciencia económica, desde el Londres de la década de 1840 hasta la Calcuta de principios del siglo XXI, pasando por diferentes países y momentos. En todos los casos he intentado describir qué veían cuando contemplaban su mundo y entender qué les motivaba, qué les intrigaba, qué les inspiraba. Todos estos pensadores buscaron un instrumento intelectual que permitiera resolver lo que Keynes denominó «el problema político de la humanidad: cómo combinar tres principios: la eficiencia económica, la justicia social y la libertad individual».19
Roy Harrod, el primer biógrafo de Keynes, cuenta que esta figura proteica veía a los artistas, los escritores, los coreógrafos y los compositores como «los custodios de la civilización», mientras que a los teóricos de la economía, como él mismo, les atribuía un papel más humilde pero no menos necesario: ser «los custodios, no de la civilización, sino de la posibilidad de civilización».20
Gracias en buena parte a estos custodios, la idea de que las nueve décimas partes de la humanidad podían salvarse del destino ancestral que les estaba reservado se asentó en el Londres victoriano; y desde allí, esta idea se extendió como las ondas en la superficie de un estanque hasta transformar las sociedades de todo el mundo.
Todavía hoy sigue extendiéndose.
Acto primero
ESPERANZA
Prólogo
El señor Popular frente a Scrooge
Eran unos años terribles.
En junio de 1842, cuando Charles Dickens regresó de su triunfante gira por Estados Unidos, el espectro del hambre asolaba Inglaterra.1 Tras una sucesión de malas cosechas, el precio del pan se había duplicado. Las ciudades estaban atestadas de inmigrantes de origen rural en busca de trabajo, o por lo menos de caridad. La industria algodonera sufría una fuerte caída desde hacía cuatro años y los obreros en paro no tenían más remedio que recurrir a la asistencia pública o a comedores sociales abiertos por particulares. El crítico social Thomas Carlyle, de tendencia conservadora, advirtió sombríamente: «Siendo imposible la vida a las multitudes. […] Es evidente que la nación camina hacia el suicidio».2
Dickens, firme partidario de la educación, la libertad civil y religiosa y el derecho al voto, asistió con consternación al recrudecimiento del odio entre clases.3 En agosto, una protesta en una factoría de algodón degeneró en enfrentamientos violentos. A los pocos días el conflicto había desembocado en una huelga general en defensa del sufragio universal masculino, instigada por los líderes del movimiento en favor de la «Carta del Pueblo».4 Los cartistas llevaron a la calle la principal reivindicación de los radicales, que representaban a la clase media en el Parlamento: un hombre, un voto. De inmediato, el gobierno del primer ministro conservador Robert Peel envió tropas de soldados contra los grupos de agitadores. Los huelguistas empezaron a replegarse en las fábricas, pero Carlyle, autor de una historia de la Revolución francesa que Dickens releyó incontables veces, advirtió sombríamente: «La revuelta, el hosco y vengativo humor de la revuelta contra las clases altas […] es cada vez más el espíritu universal de las clases bajas».5
En los relumbrantes salones londinenses donde damas y caballeros se disputaban su compañía, las simpatías republicanas de Dickens destacaban tanto como sus estridentes corbatas. Tras coincidir por primera vez con aquel treintañero que había causado sensación en el mundillo literario, Carlyle lo describió desdeñosamente como «un tipo recio y bajo, realmente bajo», y añadió con malicia: «Viste más a la D’Orsay que adecuadamente», comparando su forma de vestir con la del escandaloso conde francés.6 Al leer esta descripción, el mejor amigo de Carlyle, el filósofo radical John Stuart Mill, pensó en un revolucionario jacobino con «un rostro de sórdida bribonería en el que irradiaba el talento».7 En las cenas elegantes, el «levantamiento» cartista suscitaba acaloradas discusiones. Carlyle apoyaba al primer ministro, que insistía en la necesidad de adoptar medidas contundentes para evitar que los radicales explotaran la situación y aseguraba que los auténticos desfavorecidos ya recibían ayudas. Dickens, quien en alguna ocasión había jurado que «por ver a Carlyle, iría en cualquier momento a donde no iría por ningún otro hombre vivo»,8 sostenía sin embargo que, tanto por prudencia como por justicia, el gobierno debía proporcionar ayudas a los desempleados en condiciones de trabajar y a sus familias.
En la década de 1840, conocida en Inglaterra como «la década del hambre», renació un debate que había arrasado en la época de las guerras napoleónicas, entre 1799 y 1815. El motivo era la polémica «ley de la población» propugnada por el reverendo Thomas Robert Malthus. Contemporáneo de Jane Austen y primer catedrático de economía política de Inglaterra, Malthus era un pastor anglicano tímido y bonachón, con un labio leporino y un incisivo talento matemático. Cuando era el coadjutor de una parroquia rural había sido testigo de las penurias que causaba el hambre. Según la Biblia, la culpa era de la pecaminosidad innata de los pobres, mientras que los filósofos franceses de moda, como el marqués de Condorcet, amigo del padre de Malthus, las achacaban al egoísmo de los ricos. Malthus no encontraba convincente ninguna de estas explicaciones, por lo que se propuso buscar otra mejor. Su Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798 y reeditado cinco veces más hasta la muerte de su autor en 1834, fue una fuente de inspiración para Charles Darwin y otros pioneros de la teoría de la evolución y llevó a Carlyle a calificar la economía de «ciencia lúgubre».9
Lo que Malthus trató de explicar era el hecho de que, en las sociedades de todas las épocas, incluida la suya, «nueve décimas partes de todo el género humano» se vieran condenadas a una abyecta miseria y un trabajo penoso.10 El habitante medio del planeta vivía en la inanición o corría el riesgo de morir de hambre. Podía haber años buenos y años malos, regiones más ricas o más pobres, pero el nivel de vida nunca se alejaba demasiado de la mera subsistencia.
En su intento de responder a la pregunta eterna, «¿por qué?», el apacible clérigo se anticipó a Darwin y hasta a Freud. Según su argumentación, la sexualidad era la culpable de esta situación. Ya fuera por haber observado las duras condiciones de vida de sus parroquianos, o por la influencia de los naturalistas, que empezaban a estudiar al hombre como a cualquier otro animal, o bien por la llegada de su séptimo hijo, Malthus llegó a la conclusión de que el afán de reproducirse era más fuerte que cualquier otro instinto o capacidad del ser humano, incluidas la racionalidad, la inventiva, la creatividad y hasta la religiosidad.
Partiendo de esta novedosa premisa, Malthus dedujo que la población humana tiende siempre a crecer más deprisa que los alimentos a su alcance. Su argumento era engañosamente sencillo: supongamos que una población dada dispone de reservas de alimentos suficientes para mantenerse. Este feliz equilibrio no puede durar más de lo que duró la permanencia de Adán y Eva en el Paraíso, puesto que la pasión animal impulsará a hombres y mujeres a casarse antes y a tener más hijos. Sin embargo, a corto y medio plazo, los alimentos disponibles se mantendrán en una cantidad similar; como resultado, las reservas de cereales y otros productos básicos que antes bastaban para mantener viva a toda la población no tardarán en ser insuficientes. Malthus llegaba a la siguiente conclusión: «Así, los pobres tienen que vivir peor».11
Como en cualquier economía donde las empresas deben competir por los clientes y los trabajadores por los puestos laborales, la expansión de la población implicaba que habría más hogares compitiendo por los alimentos existentes y más trabajadores compitiendo por los empleos. La competencia comportaría una rebaja de los salarios, y a la vez impulsaría un alza de los precios. Por su parte, el nivel de vida medio (la cantidad de alimentos y otros bienes básicos disponibles para cada persona) descendería.
En cierto momento, los cereales llegarían a ser tan caros y la mano de obra tan barata que la dinámica se invertiría por sí sola. Al descender el nivel de vida, hombres y mujeres volverían a posponer el matrimonio y a reducir el número de hijos. Al disminuir la población, los precios de los alimentos bajarían porque habría menos hogares compitiendo por la comida disponible, y los salarios subirían porque habría menos trabajadores compitiendo por los empleos. Al final, cuando las reservas de alimentos y la población regresaran al punto de equilibrio, las condiciones de vida recuperarían el nivel anterior. Es decir, esto es lo que sucedería si la naturaleza no acelerase el proceso movilizando al «gran ejército de la destrucción»12 (la guerra, la enfermedad y el hambre), como sucedió por ejemplo en el siglo XIV, cuando la peste negra acabó con millones de vidas y la proporción relativa entre población y reservas de alimentos se equilibró.
Lo trágico es que este nuevo equilibrio tampoco puede durar más que el original. Tal como observó tristemente Malthus: «Cuando ya es de nuevo tolerable la situación del trabajador […] se repiten los mismos movimientos retrógrados y progresivos en lo que respecta al bienestar de los habitantes».13 Tratar de elevar el nivel de vida medio es imitar a Sísifo empujando la piedra a lo alto de la montaña. Cuanto más deprisa se acerca a la cima, antes desencadena la reacción que vuelve a mandar la piedra pendiente abajo.
Según Malthus, cualquier intento de eludir la ley de la población estaba condenado al fracaso. Los obreros que reclamasen salarios superiores a los del mercado no encontrarían trabajo. Los empresarios que pagaran a sus empleados más que sus competidores perderían a sus clientes, ya que los costes laborales más altos les obligarían a subir los precios de sus productos.
Para los victorianos, la implicación más polémica de la ley de Malthus era que la beneficencia podía incrementar el sufrimiento que supuestamente trataba de aliviar, lo cual iría contra el mandamiento cristiano «Amarás al prójimo como a ti mismo».14 De hecho, Malthus se mostró muy crítico con el sistema inglés de asistencia social, que establecía pocos requisitos para acceder a las ayudas, porque según él recompensaba a los ociosos y no a los laboriosos. La ayuda era proporcional al tamaño de la familia, lo que de hecho incentivaba los matrimonios tempranos y el número excesivo de hijos. Los contribuyentes, tanto conservadores como liberales, encontraron tan convincente el argumento de Malthus que en 1834 el Parlamento aprobó prácticamente sin oposición una nueva Ley de Pobres que limitaba la asistencia pública a quienes aceptaran ingresar en un hospicio parroquial.
«Por favor, señor, quiero un poco más.» Como descubre Oliver Twist tras pronunciar esta famosa súplica, un hospicio era básicamente una cárcel en la que hombres y mujeres vivían separados por sexos, desempeñaban trabajos penosos y estaban sometidos a una férrea disciplina, todo por poder dormir a cubierto y recibir «tres comidas de gachas lavadas al día, con una cebolla dos veces por semana y medio bollo los domingos».15 El rancho de los hospicios era seguramente mejor que la magra dieta descrita por Dickens en su novela, pero es indudable que estas instituciones eran una de las injusticias más terribles a las que se veía sometida la clase obrera.16 Como muchos otros liberales y reformistas de la clase media, Dickens consideraba moralmente reprobable y políticamente suicida la nueva Ley de Pobres, y la teoría en la que se basaba le parecía una rémora de un pasado bárbaro. No hacía mucho que había regresado de Estados Unidos, donde había «miles de millones de acres de tierra virgen» y donde la gente tenía la costumbre de «ingerir precipitadamente grandes cantidades de alimentos de origen animal tres veces al día»,17 y le parecía absurdo creer que la abolición de los hospicios acabaría con la comida en el mundo.
Decidido a defender a los pobres, a principios de 1843 Dickens comenzó a escribir una historia sobre el cambio de carácter de un rico avariento, y le agradaba pensar que con ella podía multiplicar «por veinte o por veinte mil» el impacto de un panfleto político.18
Según el historiador de la economía James Henderson, Canción de Navidad es un ataque directo contra Malthus.19 El relato incluye abundantes alusiones a olores y sabores suculentos. En lugar de una isla pedregosa, árida y superpoblada donde escasea la comida, la Inglaterra descrita por Dickens parece una fantástica tienda de lujo donde los estantes están repletos, los cestos nunca se vacían y los toneles vierten vino sin parar. El Espectro de las Navidades Pasadas se aparece a Scrooge encaramado en una «especie de trono» formado por «pavos, gansos, piezas de caza, aves de corral, carnes, grandes trozos de viandas, lechones, largas ristras de salchichas, pasteles de picadillo, bizcochos de pasas, barriles de ostras, castañas asadas, tartas de cereza y manzana, jugosas naranjas, sabrosas peras, inmensos roscones de Reyes e hirvientes tazas de ponche que empañaban la habitación con sus deliciosos vahos». Las pollerías y las fruterías «relumbraban con todo su esplendor», invitando a los londinenses a examinar el «magnífico aspecto» de sus viandas.20
En una Inglaterra caracterizada más por la abundancia del Nuevo Mundo que por la escasez del Viejo, el adusto, huesudo y anoréxico Ebenezer Scrooge es un anacronismo. Como observa Henderson, el comerciante es «tan insensible al nuevo espíritu de sentimiento humano como al festín que lo rodea».21 Es un acérrimo partidario de los hospicios y del trabajo duro de los pobres. «Me cuestan bastante dinero —afirma—. Quienes se encuentren en mala situación económica, que recurran a ellos.» Cuando el Espectro de las Navidades Pasadas objeta: «Muchos no pueden ir a ellos; y otros preferirían morirse antes que ir», Scrooge responde fríamente: «Si prefieren morirse, es mejor que lo hagan, y así disminuirá el exceso de población».
Afortunadamente, Scrooge no es tan duro como parece, del mismo modo que las reservas de alimentos no son tan inagotables. Cuando descubre que el pequeño Tiny Tim está incluido en el «exceso de población», Scrooge rechaza horrorizado las implicaciones de su anticuada fe malthusiana. «No, no», exclama, rogando al fantasma que salve al muchacho. «¿Y qué? Si él desea morir, es mejor que lo haga, y así disminuirá el exceso de población», contesta burlonamente este.22 Scrooge se arrepiente, decide dar el día libre a su paciente empleado Bob Cratchit, y le envía un pavo para que celebre la Navidad. Abrazando la visión más esperanzada y menos fatalista de la generación de Dickens justo a tiempo de cambiar el curso de los acontecimientos, Scrooge refuta la sombría premisa malthusiana de que «el pasado ciego y cruel» está condenado a repetirse.
La jovial cena navideña de los Cratchit es la respuesta que Dickens da a Malthus, quien había ideado una parábola sobre el «gran banquete de la naturaleza» para alertar contra las consecuencias indeseables de la caridad bienintencionada. Según la parábola de Malthus, un indigente pide a un grupo de señores que le hagan hueco en la mesa. En otro tiempo los comensales le habrían despachado sin contemplaciones, pero esta vez, seducidos por las teorías utópicas francesas, pasan por alto el hecho de que solo hay comida para los invitados. No tienen en cuenta que, en cuanto el recién llegado se siente con ellos, aparecerán más gorrones, la comida se acabará sin que todos estén servidos y «el espectáculo de la miseria y la dependencia»23 acabará con la alegría de los invitados.
La bien surtida mesa de los Cratchit, rodeada por los rostros radiantes de los miembros de la familia, es la antítesis del festín escaso y estrictamente racionado de Malthus. A diferencia de las magras raciones que ofrece la naturaleza, el budín de la señora Cratchit, «semejante a una abigarrada bala de cañón, duro y firme, ardiendo gracias a la mitad de medio cuartillo de flameante coñac y coronado por una rama navideña de acebo», aunque no dé para repetir, es suficiente para que toda la familia tome una parte. «La señora Cratchit manifestó que, ahora que se había quitado un peso de encima, debía confesar que había tenido sus dudas sobre la cantidad de harina empleada. Todos tuvieron algo que decir acerca del budín; pero nadie dijo ni pensó que fuera pequeño para tan numerosa familia. Eso hubiera sido una rotunda herejía. Y ningún Cratchit la hubiera insinuado por temor a abochornarse.»24
El espíritu de la Navidad se está imponiendo. Al final de la historia, Scrooge ha decidido dejar de pasar hambre. En vez de tomarse a solas su acostumbrado cuenco de gachas, el nuevo Scrooge sorprende a su sobrino presentándose en su casa para la cena de Navidad. Evidentemente, el heredero de Scrooge se apresura a hacerle sitio a la mesa.
Dickens vio cumplidas sus esperanzas de que Canción de Navidad tuviera un gran impacto en el público. Entre el 19 de diciembre, día en que se publicó, y la víspera de Navidad, se vendieron seis mil ejemplares, y el relato se siguió reeditando durante toda la vida de su autor, del mismo modo que ha seguido reeditándose hasta ahora.25 Esta visión de los pobres le valió a Dickens apelativos satíricos como «el señor Popular»,26 pero el novelista nunca cejó en su convicción de que era posible mejorar la situación de los pobres sin cambiar la sociedad existente.
Dickens tenía un espíritu demasiado empresarial para creer que un proyecto de mejora social pudiera funcionar sin incentivos. Más que un crítico de la revolución industrial, era un «amante de la modernidad» y un «partidario del progreso». Tras alcanzar un éxito sin precedentes antes de cumplir los treinta años y solo con ayuda de su talento, estaba convencido de que la capacidad inventiva humana podía lograr lo que fuera necesario. Él había escapado de la pobreza labrándose un hueco en la nueva industria de los medios de comunicación de masas, y no entendía que conservadores como Carlyle y socialistas como Mill no quisieran reconocer que el conjunto de la sociedad había «ascendido lentamente, laboriosamente y con gran dificultad, hasta dejar atrás toda la vieja degradación e ignorancia» y considerasen «todo ese pasado ciego y brutal con una admiración que no conceden al presente».27
Esta sensación de que la sociedad inglesa se estaba despertando, como si saliera de una larga pesadilla, resultó profética. Menos de un año después del «levantamiento» cartista, era palpable el nuevo espíritu de tolerancia y optimismo. El primer ministro conservador reconoció en privado que muchas de las quejas de los cartistas estaban justificadas.28 Eludiendo el llamamiento a la lucha de clases, los dirigentes sindicales apoyaron la campaña empresarial contra la imposición de aranceles a los cereales y otros alimentos. Varias comisiones parlamentarias interrogaron a los políticos liberales sobre el trabajo infantil, los accidentes de trabajo y otros males introducidos por la Ley de Fábricas de 1844, la nueva normativa que regulaba los horarios laborales de mujeres y niños.
Dickens siempre pensó que los cálculos de la ciencia económica eran necesarios para asegurar el buen funcionamiento del mundo. Aun así, aspiraba a convertir a los expertos en economía política, del mismo modo que el espectro de las Navidades Futuras había convertido a Scrooge. No le gustaba que considerasen la pobreza un fenómeno natural ni que dieran por sentado que las ideas y las iniciativas no servían de nada o que los intereses de las diferentes clases eran diametralmente opuestos. Y sobre todo, deseaba que los economistas políticos hicieran gala de «afán explicativo, paciencia y consideración; algo […] no precisamente expresable en cifras».29 Cuando fundó el popular semanario Household Words, incluyó en el editorial del primer número una alocución a los economistas, suplicándoles que humanizaran su disciplina: «La economía política es un mero esqueleto a menos que esté revestida de una mínima humanidad y transmita cierta frescura y un poco de calidez humanas».30
Dickens no estaba solo. En Londres y en el resto del mundo había y seguiría habiendo hombres y mujeres que llegarían a la misma conclusión. También habían superado grandes obstáculos, y asimismo creían que el hombre era hijo de las circunstancias. Comprendían que las condiciones de vida de «las nueve décimas partes de la humanidad» no tenían por qué ser algo inmutable, marcado por el «pasado ciego y cruel» e inmune a la influencia o el control del hombre. Convencidos de que la intervención humana puede modificar las circunstancias económicas pero escépticos ante los proyectos utópicos y las «sociedades artificiales» impuestas por las élites radicales, se propusieron crear un «motor de análisis»31 (o, en palabras de otro economista posterior, un «aparato de la mente»)32 que permitiera entender el funcionamiento del mundo moderno y la posibilidad de mejorar las condiciones materiales de la humanidad, de las que dependen su capacidad moral, emocional, intelectual y creativa.
Capítulo 1
Novedad absoluta:
Engels y Marx en la era de los milagros
La cuestión es que no ha funcionado en mucho tiempo. [Es] una novedad absoluta. […]
Nuestro sistema, aunque sea curioso y peculiar, puede funcionar con seguridad […] si queremos que funcione, debemos estudiarlo.
WALTER BAGEHOT, Lombard Street1
«Intenta que el material que has recopilado pueda salir pronto al mundo —escribió Friedrich Engels con veintitrés años, dirigiéndose a su correligionario Karl Marx—. Ya va siendo hora. ¡Al trabajo, pues, y que vaya cuanto antes a imprenta!»2
En octubre de 1844, el continente europeo era como un volcán a punto de entrar en erupción. Marx, yerno de un noble prusiano y director de una revista filosófica radical, estaba en París, donde supuestamente se dedicaba a escribir un tratado económico que demostraría con exactitud matemática la inminencia de la revolución. Engels, vástago de una próspera familia renana de fabricantes textiles, se encontraba en la finca de su familia, enfrascado en la lectura de libros y revistas en inglés. Estaba redactando un «acta de acusación» contra la clase a la que pertenecían tanto Marx como él.3 Su única preocupación era que la revolución no llegara antes que las galeradas.
Engels, rebelde romántico con aspiraciones literarias, ya era un «revolucionario en germen» y un «comunista entusiasta» dos años atrás, en el momento en que conoció a Marx. Tras pasar la adolescencia intentando liberarse del estricto calvinismo de su familia, el joven artillero prusiano, esbelto, rubio y tremendamente miope, se había ejercitado lanzando dardos contra la doble tiranía de Dios y el dinero. Convencido de que la propiedad privada era la raíz de todos los males y de que la única forma de instaurar una sociedad justa era la revolución social, Engels había tratado de llevar una vida «auténtica», la de un filósofo. Sin embargo, para su infinita consternación, estaba predestinado a ocuparse del negocio de la familia. En cierta ocasión, cuando el rico editor de una revista radical lo tomó por académico, Engels respondió: «No soy doctor. —Y añadió—: Solo soy un hombre de negocios».4
El padre de Engels, un ferviente evangélico que discutía a menudo con su hijo librepensador, no hubiera aceptado otra cosa. Como propietario, era bastante progresista. Defendía el libre comercio, había equipado su hilandería de Wuppertal con la maquinaria más moderna y acababa de abrir una segunda fábrica en Manchester, el Silicon Valley de la revolución industrial. Sin embargo, como padre no hubiera tolerado que su hijo mayor fuera un agitador profesional y un periodista sin contrato. En la primavera de 1842, coincidiendo con la crisis del algodón y las huelgas cartistas, se empeñó en que, al terminar el servicio militar obligatorio, su hijo se hiciera cargo de la fábrica Ermen & Engels en Manchester.
Acatar sus deberes filiales no acabó con los sueños de Engels de convertirse en el flagelo de la autoridad en todas sus formas. Manchester era famosa por el activismo de sus obreros. Convencido de que la conflictividad laboral era el preludio de una insurrección más amplia, Engels observó complacido el curso de los acontecimientos y aprovechó la ocasión para avanzar en su carrera de ensayista.
En noviembre, de viaje a Inglaterra, pasó por Colonia para visitar las oscuras oficinas de la Rheinische Zeitung, un periódico radical donde había publicado algún artículo con la firma «X». El nuevo director era un filósofo de Tréveris, un hombre muy miope y aficionado a los puros, que no le hizo demasiado caso. Engels no se lo tomó mal, y a cambio recibió el encargo de investigar las perspectivas de una revolución en Inglaterra.
Cuando Engels llegó a Manchester, la huelga general había finalizado y los soldados habían regresado a sus cuarteles londinenses, pero en las calles había grupos de desempleados y muchas de las hilanderías de algodón seguían paradas. Aunque estaba convencido de que los propietarios de las fábricas preferirían dejar morir de hambre a sus trabajadores antes que pagarles un sueldo justo, Engels observó que los obreros ingleses comían mejor que sus homólogos alemanes. Mientras que un operario de su fábrica de tejidos de Barmen cenaba únicamente pan y patatas, «aquí, el obrero come carne cada día y con su dinero obtiene alimentos más nutritivos que el alemán más rico. Bebe té dos veces al día y aún le queda dinero para tomarse un vaso de cerveza al mediodía y un licor con agua por la tarde».5
Lo cierto es que los trabajadores desempleados del sector algodonero no tenían más remedio que recurrir a la Ley de Pobres y a los comedores sociales de iniciativa privada para evitar la «inanición absoluta». Un trabajo de Edwin Chadwick publicado en esa época, el Informe sobre las condiciones sanitarias de la población obrera de Gran Bretaña, revelaba que en Manchester la vida media de los varones era de diecisiete años, la mitad que en las poblaciones rurales, y que solo uno de cada dos recién nacidos llegaba a superar los cinco años de edad. Sus gráficas descripciones de las calles usadas como alcantarillas, las casuchas llenas de moho, la comida putrefacta y la visible embriaguez de los obreros desataron un fuerte resentimiento.6 Sin embargo, aunque el único inglés a quien admiraba, Carlyle, había advertido contra una revuelta obrera, Engels se dio cuenta de que la mayoría de los ingleses de clase media consideraban remota esta posibilidad y contemplaban el futuro con «una tranquilidad y una confianza notables».7
Una vez instalado en su nuevo destino, Engels resolvió el conflicto entre sus anhelos revolucionarios y las exigencias familiares de una forma habitual en la época victoriana: llevando una doble vida. En su despacho y en compañía de otros capitalistas, se comportaba como el «alegre, divertido y ameno» Frank Cheeryble del Nicholas Nickleby de Dickens, el «sobrino de la razón social» que «venía a hacerse cargo de una parte de la compañía aquí» tras haber estado «dirigiendo los asuntos de la casa en Alemania por espacio de cuatro años».8 Como el atractivo y joven empresario de la novela dickensiana, Engels vestía impecablemente, era socio de varios clubes, organizaba cenas elegantes y tenía un caballo para asistir a las cacerías celebradas en las fincas de sus amigos. En su vida «auténtica», en cambio, había abandonado «la compañía, los convites, el vino de oporto y el champaña», para ejercer de militante cartista y periodista de investigación.9 Inspirado por los testimonios de los reformistas ingleses y acompañado por una obrera analfabeta de origen irlandés con la que tenía una relación, Engels se dedicó a recorrer Manchester en sus horas libres hasta conocerlo «como a mi ciudad natal», en busca de material para los sentidos artículos que enviaba a diferentes periódicos radicales.
Para Engels, los veintiún meses que pasó formándose como empresario en Inglaterra supusieron el descubrimiento de la teoría económica. Así como los intelectuales alemanes estaban obsesionados con la religión, los ingleses convertían cualquier cuestión política o cultural en un tema económico. Y esto era especialmente cierto en Manchester, bastión de la economía política, el Partido Liberal y la Liga contra las Leyes de Cereales. Para Engels, la ciudad representaba el punto de interconexión entre la revolución industrial, la militancia obrera y la doctrina del liberalismo económico. Más tarde reconoció: «Me di cuenta de que los factores económicos, que hasta entonces los historiadores habían pasado por alto o como mínimo subestimado, tenían un papel decisivo en el desarrollo del mundo moderno».10
A pesar de la frustración que le inspiraba su falta de educación universitaria, y en especial su ignorancia de los trabajos de Adam Smith, Thomas Malthus, David Ricardo y otros intelectuales británicos, Engels estaba absolutamente convencido de que la teoría económica inglesa tenía grandes fallos. En uno de los últimos ensayos que escribió antes de dejar Inglaterra, esbozó los elementos básicos de una doctrina rival. Modestamente, tituló este trabajo juvenil «Esbozo de una crítica de la economía política».11
Al otro lado del canal de la Mancha, en Saint Germain-en-Laye, una acomodada vecindad en las afueras de París, Karl Marx se dedicaba a leer libros de historia sobre la Revolución francesa. Cuando encontró en el buzón el último artículo de Engels, Marx volvió repentinamente al presente, entusiasmado con aquel «genial esbozo sobre la crítica de las categorías económicas».12
Marx también era el hijo pródigo (y despilfarrador) de un padre burgués, y asimismo era un intelectual que se sentía atrapado en una época ignorante. Como Engels, estaba convencido de la superioridad intelectual y cultural alemana, admiraba todo lo que fuera francés y detestaba la riqueza y el poder de Gran Bretaña. Sin embargo, en muchos aspectos era la antítesis de su amigo. Dominante, impetuoso, exaltado y culto, Marx carecía totalmente de la capacidad de adaptación, el don de gentes y la bonhomía de Engels. Solo dos años y medio mayor, Marx no solo era un hombre casado y padre de una niña, sino un doctor en filosofía que insistía en que lo trataran como tal. Con una silueta baja y corpulenta, casi napoleónica, le brotaba un vello oscuro y recio en las mejillas, los brazos, la nariz y las orejas. Según el que fue su asistente en la Rheinische Zeitung, sus ojos «escupían llamas de un fuego maligno», y su forma favorita de iniciar una conversación era: «¡Voy a aniquilarle!».13 Uno de sus biógrafos, Isaiah Berlin, consideraba que la «característica más destacada» de Marx era la «confianza en sí mismo y en sus propias capacidades».14
Mientras que Engels era práctico y eficaz, Marx, en opinión de George Bernard Shaw, carecía de «experiencia en la administración» y de cualquier tipo de «contacto comercial con un ser humano».15 Era indiscutiblemente brillante y erudito, pero nunca fue tan trabajador como Engels. Engels estaba dispuesto a arremangarse y ponerse a escribir en cualquier momento, mientras que Marx era más fácil de encontrar en un café, bebiendo vino y charlando con aristócratas rusos, poetas alemanes y socialistas franceses. Uno de sus mecenas dijo una vez: «Lee mucho. Trabaja con extraordinaria intensidad. […] Nunca termina nada. Interrumpe cada investigación para sumergirse en una nueva tonelada de libros. […] Está más crispado y violento que nunca, sobre todo cuando se obsesiona con el trabajo y se pasa tres o cuatro noches seguidas sin acostarse».16
Marx tuvo que dedicarse al periodismo porque no consiguió un puesto de profesor en una universidad alemana y su paciente familia terminó por cortarle la ayuda económica.17 Cuando solo llevaba seis meses dirigiendo la revista de Colonia («El ambiente aquí lo convierte a uno en siervo», dijo) tuvo un conflicto con un censor prusiano y dejó el trabajo. Afortunadamente, Marx logró convencer a un socialista rico para que financiara una nueva revista filosófica, los Deutsch-Französische Jahrbücher, y lo destinara a él como director en su ciudad favorita, París.
A Marx le habían causado una gran impresión los artículos que Engels había escrito en Manchester y en los que señalaba una relación entre causas económicas y efectos políticos. La economía era un tema nuevo para él. En aquel momento, términos como «proletariado», «clase obrera», «condiciones materiales» y «economía política» no aparecían aún en su correspondencia. Como muestra una carta dirigida a su patrocinador, creía posible una alianza entre «los enemigos del filisteísmo, es decir, los que piensan y los que sufren», pero su objetivo no era abolir la propiedad privada sino reformar las conciencias. Su aportación al primer y único número de los Deutsch-Französische Jahrbücher deja claro que Marx no quería combatir a los poderes establecidos con adoquines, sino con críticas razonadas: «Todos deberán admitir que no tienen idea exacta de lo que ocurrirá en el futuro. Por otro lado, es precisamente una ventaja de la nueva tendencia la de no anticipar dogmáticamente el mundo, sino que solo queremos encontrar el nuevo mundo a través de la crítica del viejo».
Y seguía: «Nos limitamos a mostrarle al mundo por qué está luchando […] nuestro lema deberá ser: la reforma de la conciencia […] la autoconsciencia […] por parte del presente de sus luchas y deseos». El papel del filósofo era similar al de un sacerdote: «Requiere de una confesión y nada más. Para asegurar el perdón de sus pecados, la humanidad solo debe declararlos tal y como son».
Marx y Engels tuvieron una primera conversación en condiciones en agosto de 1844, en el Café de la Régence. Engels pasó por París de camino a Alemania, solo para ver al hombre que unos años atrás no le había hecho caso. Hablaron, discutieron y bebieron durante diez días seguidos, y llegaron a la conclusión de que ambos se interesaban por los mismos temas. Como Engels, Marx estaba convencido de que era inútil reformar la sociedad moderna y de que había que liberar a Alemania de la religión y la autoridad tradicionales. Engels le habló del concepto de proletariado, y Marx enseguida se sintió identificado con esta clase. Para él, el proletariado no estaba constituido solo, como cabría suponer, de «la pobreza surgida naturalmente», sino también por «la aglomeración mecánica de hombres […] que surge de [la] disolución aguda [de la sociedad], especialmente de la disolución de la clase media».18 Es decir, aristócratas que habían perdido sus tierras, empresarios en quiebra y profesores universitarios sin empleo.
Como Carlyle y Engels, Marx concluyó que el hambre y la conflictividad social eran una prueba de que la burguesía no podía seguir ejerciendo su papel dominante y predijo que una «necesidad absolutamente imperiosa» llevaría al proletariado a derrocar a sus opresores.19 Tras abolir la propiedad privada, el proletariado se liberaría y liberaría al conjunto de la sociedad. La historiadora Gertrude Himmelfarb ha señalado que Engels y Marx no fueron los únicos victorianos convencidos de que la sociedad moderna estaba aquejada de una enfermedad terminal;20 en cualquier caso, lo que les diferenciaba de Carlyle y de otros críticos sociales era el hecho de hacer hincapié en la inevitabilidad de la desaparición del orden social existente. Se habían esforzado en dejar atrás el dogma protestante, pero estaban convencidos de que el hundimiento económico y la revolución violenta que predicaban eran un futuro inevitable, por no decir predestinado. Así como Carlyle pretendía inspirar arrepentimientos y reformas con su mensaje apocalíptico, Marx y Engels querían alinear a sus lectores en el bando correcto de la historia antes de que fuera demasiado tarde.
En La situación de la clase obrera en Inglaterra en 1844, Engels había demostrado con contundencia, aunque no necesariamente con exactitud, que la mano de obra industrial inglesa vivía casi en un estado de inanición y que era precisamente eso lo que había llevado a la oleada de violencia contra los propietarios de fábricas en 1842. Lo que no conseguía demostrar era que esa precariedad fuera inmutable y que la única solución fuera derrocar la sociedad inglesa e imponer una dictadura cartista. Engels, que nunca conseguía convencer a sus conocidos ingleses cuando hablaba con ellos de este asunto, animó a Marx a estudiar el problema. Según le explicó, los intelectuales ingleses estaban empezando a tratar los problemas sociales y morales como problemas económicos, y los críticos sociales debían analizar la realidad económica del mundo. Del mismo modo que los discípulos de Hegel usaron la religión para destronar a la propia religión y revelar la hipocresía de la élite dominante en Alemania, Marx y él deberían usar los principios de la economía política para desmontar la detestable «religión del dinero» que reinaba en Inglaterra.
Tras despedirse de su nuevo amigo, Engels regresó a Alemania y se dedicó a acusar de «asesinato, latrocinio y otros crímenes a gran escala» a la clase empresarial británica (y por extensión, la alemana).21 La estancia en la fábrica textil de su familia había reafirmado su impresión de que el comercio era «infame».22 Jamás había visto «una clase tan profundamente desmoralizada, tan irremediablemente corrompida por el egoísmo, íntimamente corroída e incapaz de todo progreso, como la burguesía inglesa». Esos «sórdidos hebreos», como llamaba a los empresarios de Manchester, eran adeptos de «la economía nacional, la ciencia que enseña a ganar dinero», les daba igual el sufrimiento de sus obreros mientras ellos obtuvieran beneficios y eran ajenos a todo valor humano que no fuera el dinero. El «espíritu tacaño» de las clases superiores británicas era tan repugnante como la «farisaica beneficencia» que dispensaban a los pobres después de «chuparles la sangre hasta la última gota». Con una sociedad inglesa cada vez más dividida en «unos pocos millonarios de un lado y, del otro, una gran masa de simples trabajadores asalariados», la inminente «guerra de los pobres contra los ricos será la más sangrienta que se haya visto jamás».23 Con la elocuencia y rapidez que lo caracterizaban tanto por escrito como en su discurso hablado, Engels terminó el manuscrito en menos de doce semanas.
Entretanto, animaba a Marx a trabajar: «Intenta acabar tu tratado de política económica. […] Tiene que salir pronto».24 El texto de Engels se publicó en Leipzig en julio de 1845. La situación de la clase obrera en Inglaterra cosechó críticas favorables y se vendió bien antes de que la crisis política y económica confirmara los poderes predictivos de su autor, que las había anunciado para «1846 o 1847». El capital, el grandioso tratado en el que Marx prometía revelar «la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna», tardó aún veinte años en aparecer.25
En 1849, Henry Mayhew, corresponsal del London Morning Chronicle, mientras contemplaba su ciudad natal desde la Galería Dorada de la catedral de San Pablo, descubrió que «era imposible decir dónde terminaba el cielo y dónde empezaba la urbe».26 Londres había crecido a un ritmo del 20 por ciento por década, como si «no obedeciera ninguna ley».27 A mediados de siglo, la población ascendía a dos millones y medio de personas. El número de londinenses habría bastado para poblar dos París, cinco Vienas o todo el conjunto de las siguientes ocho grandes ciudades.28
Londres «era un emblema del milagro económico del siglo XIX».29 Su riqueza procedía del puerto, el mayor y más activo del mundo. En 1833, un socio del Baring Brothers Bank comentaba que Londres se había transformado en el «centro en torno al cual debe girar el comercio». Los muelles londinenses ocupaban una extensión enorme y se habían convertido en un importante atractivo turístico, entre otras cosas por la bodega subterránea de cinco hectáreas donde los visitantes podían degustar vinos de Burdeos. La atmósfera (el acre olor del tabaco, el fuerte aroma del ron, los desagradables efluvios de las pieles curtidas, la fragancia del café y las especias) hacía pensar en la vastedad del comercio global, la incesante afluencia de inmigrantes, la amplitud y extensión del imperio.
«No conozco nada más imponente que el aspecto que ofrece el Támesis… [c]uando se lo recorre desde el mar al London Bridge —confesaba Engels en 1842, tras su primera visita a Londres—. La masa de las casas, los astilleros a ambos lados, en particular desde Woolwich en adelante, las innumerables naves, a lo largo de las dos riberas, que se hacen más numerosas a medida que se avanza, y que, al final, dejan libre solamente una pequeña vía en medio del río, una vía por la que pasan centenares de vapores, todo esto es tan magnífico y gigantesco que no puede uno darse idea sino viéndolo.»30
Las estaciones de ferrocarril de Londres eran «más vastas que las murallas de Babilonia […] más vastas que el templo de Éfeso […]», aseguraba John Ruskin, el historiador del arte. «Día y noche, las triunfantes locomotoras rugían a distancia», escribió Dickens en Dombey e hijo. Desde Londres, un viajero podía salir hacia Escocia por el norte, hacia Moscú por el este y hacia Bagdad por el sur. Entretanto, el ferrocarril extendía las fronteras de la ciudad en la campiña de los alrededores. Dickens lo describió así: «El vasto y misérrimo espacio donde se habían amontonado tanto tiempo las basuras estaba convertido en un solar de grandes edificios, en cuyas tiendas se almacenaban ricos objetos y mercancías de precio. […] Los puentes, que en otro tiempo no conducían a parte alguna, daban hoy paso a hermosos parajes, a jardines, iglesias y saludables paseos. Las armazones de las casas de otro tiempo habían echado a andar a campo traviesa, como si fueran los vagones de un tren gigantesco».31
El corazón financiero del comercio mundial latía en la «City», el centro económico de Londres. El banquero Nathan Mayer Rothschild, poco dado a exageraciones, aseguraba que Londres era «el banco del mundo».32 Los comerciantes acudían a solicitar préstamos a corto plazo para financiar sus operaciones globales, y los estados emitían bonos para construir carreteras, canales y líneas férreas. Aunque la Bolsa londinense estaba aún en sus albores, los comerciantes y agentes de cambio de la City concentraban el triple de «dinero prestable» que en Nueva York y diez veces más que en París.33 La avidez de información de banqueros, inversores y comerciantes ayudó a que Londres se instituyera como centro mundial de los medios de comunicación. «Cualquiera puede acceder a las noticias», se quejó un miembro de la familia Rothschild en 1851, cuando el nacimiento del telégrafo volvió obsoleto su negocio de palomas mensajeras.34
Era en Londres y no en las nuevas ciudades industriales del norte donde estaba la mayor concentración de industrias del mundo, que empleaban a uno de cada seis obreros de Inglaterra, casi medio millón de hombres y mujeres,35 una cifra que multiplicaba por diez el número de trabajadores de las manufacturas de algodón de Manchester. Los «oscuros molinos satánicos» a los que aludía William Blake en «La nueva Jerusalén» no estaban en las ciudades del norte de Inglaterra que inspiraron la Coketown de Dickens. Como la gigantesca harinera Albion, que empleaba a quinientos obreros y se alimentaba con la energía de una enorme máquina de vapor diseñada por James Watt, era más probable que estuvieran en Londres, junto al Támesis.36 Una popular guía de viajes de la década de 1850 hablaba de «plantas de agua y de gas, astilleros, curtidurías, destilerías de cerveza y de licor, fábricas de cristal, todo ello ocupando una extensión que suscita no poca sorpresa en aquellos que visitan los lugares por primera vez».37 Es cierto que en Londres no había un sector dominante, como el textil, y la mayoría de los talleres contaban con menos de diez empleados,38 pero la ciudad concentraba varias actividades (imprentas en Fleet Street, pinturas e instrumentos de precisión en Camden, ebanistas en torno a Tottenham Road). En los enormes astilleros de Poplar y de Millwall, quince mil hombres y niños construían los mayores vapores y buques de guerra que surcaban los mares. En cualquier caso, así como las demás poblaciones industriales, como Leeds o Newcastle, producían el grueso de las exportaciones del país, en general las manufacturas londinenses abastecían las propias necesidades de la capital. Wandsworth tenía sus harineras; Whitechapel, sus refinerías de azúcar; Cheapside, sus fábricas de cerveza; Smithfield, sus mercados de carne, y Bermondsey, sus curtidurías y fábricas de velas y de jabón. Según Mayhew, Londres era «la colmena más bulliciosa»39 del mundo.
Londres era, sobre todo, el mayor mercado del mundo. En ella se podía conseguir «a poca costa y con la menor molestia, conveniencias, comodidades y amenidades iguales a las de los más ricos y poderosos monarcas de otras épocas».40 En el próspero West End, «todo brilla de un modo u otro, desde los cristales de las ventanas hasta los collares de los perros» y «la presencia de la más selecta sociedad de la tierra colorea y hasta perfuma el aire».41 Regent Street contaba con una colección inaudita de «relojerías, mercerías y talleres de fotografía; elegantes papelerías, calceterías y corseterías; tiendas de música, de chales y de joyas; tiendas de guantes franceses y perfumes, y un sinfín de talleres de bordados, confección y sombrerería».42
Mayhew atribuyó sagazmente «la inmensidad del […] comercio» de la ciudad a «la inaudita prevalencia de mercaderes y la consiguiente abundancia de riqueza».43 El Economist presumía de que «las personas más ricas del imperio acuden a esta ciudad. Su nivel de vida es el más espléndido; sus rentas, las más altas; sus oportunidades de hacer dinero, las más amplias».44 En Londres vivía uno de cada seis británicos, pero la proporción de la renta de la ciudad respecto a la del país era mayor. Por término medio, los ingresos eran un 40 por ciento más elevados que en otras ciudades inglesas, no solo porque Londres contaba con más habitantes acomodados sino porque los salarios superaban en un tercio a los del resto del país. Por su población y sus rentas, Londres concentraba la mayor demanda de productos de consumo del mundo. El historiador de la economía Harold Perkin considera que «la demanda de bienes de consumo fue la clave definitiva de la revolución industrial», y cree que su impulso fue más poderoso que la invención de la máquina de vapor o el telar.45 Las necesidades de consumo de Londres, su pasión por las novedades y el creciente poder adquisitivo de su población fueron grandes incentivos para que los empresarios adoptaran nuevas tecnologías y crearan industrias novedosas.
Sin embargo, aunque Londres atraía a algunas de las personas más ricas de la tierra, también era un imán para los pobres. Cuando Mayhew hablaba de «la increíble multitud de personas atraídas por tamaña riqueza», no se refería solamente a los artesanos, comerciantes, abogados y médicos que ofrecían sus servicios a los ricos, sino a las legiones de inmigrantes sin cualificación que acudían desde las zonas rurales para ganarse la vida como costureras, criados, carpinteros, peones o recaderos, o bien, si no había más remedio, como prostitutas, mendigos o pequeños delincuentes.46 La yuxtaposición entre ricos y pobres era especialmente llamativa porque las clases medias se habían trasladado a los barrios periféricos, pero también, algo que preocupaba en particular a los intelectuales, porque todo el mundo daba por supuesto que Londres anunciaba el futuro de la sociedad. Evidentemente, la pobreza no era un fenómeno nuevo, pero en el campo, el hambre, el frío, la enfermedad y la ignorancia podían parecer una obra de la naturaleza. En la gran capital mundial, en cambio, la miseria debía considerarse una obra humana, y por lo tanto, algo injustificado. ¿Acaso no había medios de aliviar tales penurias, como demostraban las mansiones elegantes, los ricos carruajes y los entretenimientos de lujo? Pues bien, no los había. Los únicos que creían posible remediar la situación eran los incautos que no entendían que, aunque los pobres comieran pastel un día o dos, seguiría existiendo el problema de producir suficiente pan, ropa, combustible, casas, educación y atención médica para sacar de la pobreza a la mayoría de los ingleses. Mayhew no era el único que creía ingenuamente que todas esas hileras de almacenes de ladrillo, aquellos «vastos emporios», contenían bienes «en cantidad suficiente, se diría, para enriquecer a los habitantes del planeta entero».47
Periodistas, artistas, novelistas, reformistas, religiosos y otros estudiosos de la sociedad gravitaban hacia Londres, «epítome del ancho mundo», donde «no hay nada que no sea posible observar de primera mano».48 Acudían allí para ver hacia dónde se encaminaba la sociedad. Así como los viajeros del siglo XVIII se fijaban en el pecado, la delincuencia y la inmundicia, los visitantes del Londres victoriano remarcaban sobre todo los extremos de riqueza y de pobreza.
Como escribió Dickens en Casa desolada,49 noviembre era el mes con peor calidad del aire en la mayor y más rica metrópoli del mundo. El 29 de noviembre de 1847, Friedrich Engels y Karl Marx remontaban con la cabeza gacha Great Windmill Street en dirección a Piccadilly, procurando no resbalar en el barro que cubría el suelo ni chocar con la multitud de transeúntes. Su extrema miopía y la parda niebla londinense les impedían ver más allá de medio metro de distancia.
Engels, que conservaba el porte erguido de cuando era un cadete, y Marx, que aún lucía su espléndido pelo negro y sus bigotes, estaban en Londres para asistir a un congreso de la Liga de los Comunistas, uno de los múltiples grupúsculos políticos de la época, compuesto sobre todo por utopistas, socialistas y anarquistas centroeuropeos, junto con algún cartista y algún oficinista londinenses partidarios del sufragio masculino, de los que proliferaban en la ciudad gracias a la relativa protección que ofrecían la legislación inglesa sobre libertades civiles y sus benévolas leyes de inmigración. No hacía mucho, el súbito desplome del sector ferroviario había suscitado la alarma en los centros financieros de Londres y de todo el continente, y la Liga se había apresurado a convocar un congreso para concretar sus hasta entonces vagos objetivos. Engels les había convencido de sustituir un lema tan insípido como «Todos los hombres son hermanos» por otro más contundente: «Proletarios de todos los países, ¡uníos!», y había redactado dos borradores de un manifiesto que él y Marx querían que la Liga suscribiera. Entre los dos habían discutido cómo podían apartar a los dirigentes que no creían posible resolver las reclamaciones de los obreros sin derrocar el orden existente. «Esta vez tenemos que imponernos», había asegurado Engels en la última carta dirigida a Marx.50
Finalmente llegaron a su destino en el Soho: el pub Red Lion. La sede de la Unión para la Educación de los Trabajadores Alemanes, tapadera legal de la Liga, estaba en la planta superior. En la sala había unas pocas mesas y sillas y en una esquina, un gran piano destinado a que los exiliados berlineses o vieneses se sintieran en casa en aquel Londres tan «poco musical».51 El aire estaba impregnado del olor de los jerséis de lana húmedos, el tabaco barato y la cerveza templada. Durante diez días, Engels y Marx controlaron el debate, moviéndose como pez en el agua en aquel ambiente de conspiraciones y sospechas.
En cierto momento, Marx leyó públicamente el borrador que había escrito Engels. Uno de los asistentes recordó más tarde la implacable argumentación del texto y también la «mueca sarcástica» que lucía la boca del lector. Otro contó que, debido a la pronunciación de Marx, algunos entendieron «tréboles» en lugar de «trabajadores».52 Otros pensaron que Engels y Marx eran «intelectuales burgueses». Sin embargo, al cabo de diez días, «toda oposición… había sido superada».
Los asistentes al congreso refrendaron el manifiesto de Marx y Engels y se declararon a favor de «derrocar a la burguesía, y abolir la propiedad privada». Marx, que ya había agotado varias herencias familiares y que estaba otra vez arruinado, se encargaría de redactar la versión definitiva del llamamiento.53
Engels, convencido de que el panfleto debía ser una «sencilla crónica histórica», propuso titularlo Manifiesto comunista. En su opinión, era importante comenzar describiendo los orígenes de la sociedad moderna para demostrar que estaba destinada a la autodestrucción. De hecho, veía el Manifiesto como una especie de combinación del Génesis y el Apocalipsis.54
Tres años después de que Engels diera a conocer a Marx la disciplina de la economía política, este último ya se consideraba un economista.55 Además, había asimilado las teorías evolucionistas que empezaban a dominar en el mundo científico. Al igual que otros discípulos de izquierda de Hegel, veía la sociedad como un organismo en evolución y no como una entidad que se limitara a repetirse de una generación a otra.56
Marx quería demostrar que la revolución industrial significaba algo más que la adopción de nuevas tecnologías y el espectacular salto en la producción. También había creado grandes ciudades, fábricas y redes de transporte; había puesto en marcha un vasto mercado global que ya no se basaba en la autosuficiencia, sino en la interdependencia universal; había introducido una nueva alternancia de auges y declives en la actividad económica; había liberado de sus limitaciones a ciertos grupos sociales del pasado y había creado otros totalmente nuevos, desde los industriales millonarios hasta los obreros urbanos amenazados por la pobreza.
Durante doce siglos, mientras los imperios ascendían y se derrumbaban y la riqueza de las naciones aumentaba y disminuía, la escasa y dispersa población de la Tierra creció a un ritmo pausado. Por su parte, las circunstancias materiales de la humanidad se mantuvieron básicamente idénticas, con la gran mayoría de las personas obligadas a vivir en la miseria. Sin embargo, en dos o tres generaciones, la revolución industrial había demostrado que la riqueza de una nación podía crecer exponencialmente, y a su vez había cuestionado una premisa básica de la existencia humana: la dependencia de los crueles dictados de la naturaleza. Prometeo robó el fuego a los dioses, pero la revolución industrial puso las riendas del mundo en manos del hombre.
Engels y Marx comprendían mejor que la mayoría de sus contemporáneos la novedad que representaba la sociedad en la que habían alcanzado la mayoría de edad, y también habían analizado con más dedicación las implicaciones de este hecho. Según ellos, la sociedad moderna evolucionaba más deprisa que cualquier otra sociedad del pasado. Esta conciencia de la mutabilidad de las cosas marcaba una ruptura en el conjunto de certezas y conceptos heredados. Marx lo resumió en una frase memorable: «Todo lo estamental y estable se evapora».57 Si Marx y Engels tenían una percepción más nítida de la situación, era seguramente por haber ido a Inglaterra como corresponsales extranjeros, por decirlo de algún modo, y por proceder de un país que aún no había experimentado la revolución industrial. Pasar de Tréveris y Barmen a Londres era como hacer un viaje en el tiempo. Casi nadie más, aparte quizá de Dickens, había observado la sociedad londinense con la misma mezcla de fascinación e indignación. Marx y Engels decían despreciar la «filistea» cultura comercial inglesa, pero al mismo tiempo envidiaban su riqueza y su poder. Sus observaciones les convencieron de que en el mundo moderno el poder político no vendría de las armas, sino de la superioridad económica de un país y de la energía de su clase empresarial.
Inglaterra era el coloso del mundo moderno. «Si preguntamos qué nación ha logrado más, nadie puede negar que ha sido la de los ingleses», reconocía Engels.58 La industria y el comercio habían hecho de Inglaterra el país más rico del mundo. Entre 1750 y 1850, el valor de los bienes y servicios producidos cada año en el Reino Unido (el producto interior bruto) se había cuadruplicado, lo que significaba que en un solo siglo había crecido cien veces más que en los mil años anteriores.59 El Manifiesto hacía hincapié en esta súbita expansión de la capacidad productiva, que según Engels y Marx era lo que determinaría el poder político en la época moderna:
En su dominación de clase apenas secular, la burguesía ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones pasadas juntas. […] Solo ella ha demostrado qué puede producir la actividad de los hombres. Ha llevado a cabo obras maravillosas totalmente diferentes a las pirámides egipcias, los acueductos romanos y las catedrales góticas, ha realizado campañas completamente distintas de las migraciones de pueblos y de las cruzadas.60
Marx y Engels estaban convencidos de que la capacidad de producción de los ingleses seguiría creciendo exponencialmente. Sin embargo, también pensaban que el mecanismo distributivo tenía un fallo crucial que ocasionaría el derrumbe del sistema. Pese al espectacular aumento de la riqueza, el ínfimo nivel de vida de las tres cuartas partes de la población británica pertenecientes a las clases trabajadoras apenas había mejorado. Según cálculos recientes de Gregory Clark y otros historiadores, el salario medio subió un tercio entre 1750 y 1850, partiendo de un nivel extremadamente bajo.61 Es cierto que la clase trabajadora era mucho más numerosa, ya que la población inglesa se había triplicado, y no vivía en condiciones tan miserables como sus homólogos alemanes o franceses.
Sin embargo, los avances en algunos ámbitos quedaban contrarrestados por retrocesos en todos los demás aspectos. Para empezar, casi la totalidad de los aumentos salariales se produjeron a partir de 1820, y en su mayor parte afectaron a los artesanos y los operarios cualificados. Las mejoras en los salarios de los obreros sin cualificación, entre ellos los jornaleros agrícolas, fueron totalmente accesorias y quedaron anuladas, como temía Malthus, por el aumento en el número de hijos. El empleo era más inseguro porque los sectores de la manufactura y la construcción sufrían grandes altibajos. Las jornadas de trabajo eran más largas, y era muy posible que también trabajaran las mujeres y los niños de la familia.
Otra cuestión que empeoraba las condiciones de vida de los trabajadores urbanos era la degradación del entorno físico. El traslado masivo del campo a la ciudad se produjo antes de que surgiera la teoría de los gérmenes y se extendieran la recogida de basuras, el alcantarillado y el agua corriente. Aunque la Inglaterra rural era más pobre, en el campo la esperanza de vida era de unos cuarenta y cinco años, mientras que en ciudades como Manchester o Liverpool era de solo treinta y uno o treinta y dos. Sencillamente, en un entorno menos favorable a los contagios, la suciedad y la desnutrición no eran tan peligrosas. En una época en que ciudades como Liverpool crecían entre el 31 y el 47 por ciento cada década, las epidemias suponían una amenaza permanente. No es que los ricos fueran inmunes (el marido de la reina Victoria, el príncipe Alberto, murió de fiebre tifoidea), pero la mala alimentación y el hacinamiento aumentaban los riesgos. En la primera mitad del siglo XIX, cuando se aceleró la afluencia de inmigrantes a las ciudades, la salud del trabajador medio dejó de mejorar en relación con los ingresos, o incluso se deterioró. La esperanza de vida al nacer pasó de los treinta y cinco a los cuarenta años entre 1781 y 1851, pero las tasas de mortalidad generales dejaron de bajar en la década de 1820. La mortalidad infantil aumentó en la mayoría de los distritos urbanos, y también descendió la altura media en la edad adulta (un indicador de la nutrición infantil, que acusa tanto la influencia de la dieta como la de las enfermedades) en los varones nacidos en las décadas de 1830 y 1840.62
Reaccionarios y radicales por igual temían que Inglaterra hubiera contraído la maldición del rey Midas. «La floreciente industria de Inglaterra, con su plétora de riqueza, a nadie ha enriquecido aún; es riqueza encantada», clamaba Carlyle.63 El historiador de la economía Arnold Toynbee aseguró que la primera mitad del siglo XX fue «un período tan catastrófico y terrible como ninguna nación había conocido hasta el momento. Fue catastrófico y terrible porque, junto al enorme aumento de la riqueza, hubo un gigantesco aumento de la pobreza; y la producción a gran escala, resultado de la libre competencia, condujo rápidamente a la alienación de las clases y a la degradación de un gran número de productores».64
Como señaló el importante filósofo inglés John Stuart Mill, la progresiva eliminación de leyes, impuestos y licencias que mantenían a los «estratos inferiores» atados a una localidad, un oficio o un comercio en particular incrementó la movilidad social: «Los seres humanos ya no nacen predestinados a ocupar un lugar en la vida […] sino que son libres de aplicar sus facultades y las ocasiones favorables que se les puedan presentar para alcanzar la suerte que les pueda parecer más deseable».65 Pero incluso Mill, libertario de fuertes simpatías socialistas, pensaba que la situación de la mayoría de los ingleses había mejorado poco: «Hasta ahora cabe dudar si todas las invenciones mecánicas que se han hecho han servido para aliviar las fatigas diarias de algún ser humano».66
Así, en el segundo año de la gran hambruna irlandesa, los autores del Manifiesto comunista repitieron lo que ya había dicho Engels: que cuando un país crece en riqueza y poder, las condiciones de vida de su población empeoran:
En cambio, el obrero moderno, en lugar de elevarse con el progreso de la industria, se hunde cada vez más por debajo de las condiciones de su propia clase. El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza. Con ello se manifiesta francamente que la burguesía es incapaz de seguir siendo por más tiempo la clase dominante de la sociedad. […] Los proletarios no tienen nada que perder […] más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!67
Tras ser expulsado de Francia por publicar un artículo satírico sobre el rey de Prusia, Marx, junto con su cada vez más numerosa familia y la criada, se había trasladado a Bélgica gracias al anticipo editorial por el tratado de economía. Después de pasar un mes en Londres, Marx regresó a su casa de la periferia de Bruselas y volvió a aplazar la redacción de la versión definitiva para enfrascarse en una serie de conferencias sobre la economía de la explotación. En enero, después de que la Liga lo amenazara con pasar el encargo a otra persona, cogió por fin la pluma. El borrador casi definitivo llegó por correo a la sede de Great Windmill Street poco antes de las noticias sobre las luchas entre republicanos y gendarmes en las calles de París. El 21 de febrero, los mil ejemplares en alemán del Manifiesto impresos por la Liga llegaban a la frontera de Francia con Alemania. Las autoridades prusianas los confiscaron todos menos uno.
Marx y Engels aguardaban con impaciencia la llegada del Armagedón. Como muchos románticos del siglo XIX, pensaban que estaban viviendo «en un ambiente general de crisis y de catástrofe inminente» en el que podía suceder cualquier cosa.68 Juan de Patmos, el autor del Apocalipsis, les había regalado el final perfecto para su Manifiesto y para la propia sociedad moderna: el mundo se divide en dos bandos diametralmente opuestos, hay una batalla final, Roma se hunde, los oprimidos reciben justicia, los opresores son juzgados y la historia llega a su fin.
La historia no llegó a su fin en 1848. La rebelión francesa de aquel año no condujo al socialismo, ni siquiera al sufragio universal masculino, sino al reinado de Napoleón III. Una de las consecuencias de la proclamación de la República francesa fue que Marx fue sumariamente expulsado de Bélgica y unas semanas después, tras refugiarse en París, sometido a la persecución de las autoridades francesas. Cuando la policía parisiense lo amenazó con confinarlo en una húmeda y pestilente población situada a varios kilómetros de la capital, Marx alegó problemas de salud y empezó a buscar otro país que lo admitiera. En agosto de 1849 se trasladó a Londres, «Patmos de los extranjeros fugitivos» y ciudad de adopción de Luis Felipe, el derrocado rey francés, y de un sinfín de exiliados políticos.69 Marx se consoló pensando que la estancia no sería larga.
Su llegada a Londres coincidió con una de las peores epidemias de cólera en la historia de la ciudad, que al final de su curso dejó 14.500 personas fallecidas, entre adultos y niños.70 Esta misma epidemia inspiró al periodista Henry Mayhew una apasionante serie de crónicas sobre los pobres londinenses.71 Mayhew, científico frustrado que mantenía una pésima relación con su padre, era un tipo regordete, vital y enérgico al que se le daban bastante mal los asuntos de dinero. Con treinta y siete años de edad, este ex actor y cofundador de la revista humorística Punch aún no se había recuperado de una humillante bancarrota que le había costado su casa de Londres y casi lo había llevado a la cárcel. Después de varios meses pergeñando noveluchas con títulos autoparódicos, como El genio bueno que lo convertía todo en oro, Mayhew vislumbró una posibilidad de recuperación.
Gracias a su serie de ochenta y ocho crónicas, los lectores del Chronicle pudieron visitar casa por casa la «verdadera capital del cólera».72 Jacob’s Isle era un rincón especialmente degradado de Bermondsey, en la ribera sur del Támesis, inmortalizado por Dickens en Oliver Twist. Mayhew se propuso ofrecer un retrato impactante de los habitantes de este arrabal, «distinguiendo entre los que trabajarán, los que no pueden trabajar y los que no querrán trabajar».73 Según aseguró a su público, él no era «cartista, proteccionista, socialista ni comunista», lo cual era cierto, sino «un mero recopilador de datos».74 Con un equipo de ayudantes y varios cocheros a su disposición, visitó aquellas casuchas con «desvencijadas galerías de madera […] llenas de huecos por donde mirar al cieno de debajo, rotas y remendadas ventanas con palos de saledizo para secar una ropa que nunca está allí, habitaciones tan pequeñas, tan sucias, tan cerradas, que se diría que el aire está más corrompido que la suciedad y la miseria que albergan».75
Mayhew descubrió que la población obrera de Londres no era un conjunto monolítico, sino un mosaico de grupos diferenciados y altamente especializados.76 Pasó por alto la actividad más ejercida de la ciudad (los 150.000 criados domésticos), cuya misma cifra es indicativa del predominio de los ricos en la economía de la ciudad; tampoco se interesó por los 80.000 peones que trabajaban en la construcción de líneas férreas, puentes, carreteras, alcantarillas y otras obras públicas, y prefirió concentrarse en unos pocos oficios. Como explica el historiador Gareth Stedman, el mercado laboral londinense era una mezcla de extremos. Por un lado, la ciudad atraía a artesanos muy cualificados que ofrecían sus servicios a las clases acomodadas y ganaban un cuarto o un tercio más que en otras ciudades, junto a los dependientes y tenderos, que constituían el estrato «inferior» de la clase media. Por otro lado, Londres atraía un constante flujo de mano de obra no cualificada. Los obreros también ganaban salarios más altos que en las provincias, pero sus condiciones de vida solían ser peores porque residían en edificios decrépitos y hacinados en zonas como Whitechapel, Stepney, Poplar, Bethnal Green o Southwark, como documentaron con exhaustividad las comisiones parlamentarias de la década de 1840. Oficinistas, dependientes de comercio y otros trabajadores no manuales, que podían pagar las tarifas de los nuevos trenes y omnibuses, se refugiaban en una periferia cada vez más poblada, mientras que los obreros sin cualificar no tenían más remedio que residir en lugares que les permitieran llegar a pie al trabajo.
Debido a la competencia de las provincias y de otros países, se buscaron formas de ahorrar en el coste de la mano de obra. La producción «a destajo», que se remuneraba por pieza realizada y normalmente se llevaba a cabo en el propio domicilio del trabajador, era la habitual en sectores como la confección de prendas de vestir o de calzado, que de otro modo habrían tenido que situarse fuera de Londres para evitar el elevado coste de los alquileres, los salarios y los gastos indirectos. Según Stedman Jones, la pobreza de Londres, con sus talleres explotadores, sus viviendas atestadas, su desempleo crónico y su dependencia de la asistencia pública, era un subproducto de la propia riqueza de la ciudad. El rápido crecimiento elevó los precios de las viviendas, los gastos generales y también los salarios. Los salarios altos atrajeron nuevas oleadas de personas sin cualificación, pero también llevaron a los empresarios a buscar formas de sustituir los trabajadores bien pagados por otros peor pagados.
Las costureras londinenses ejemplifican este fenómeno, y son ellas las protagonistas de las historias más impactantes de Mayhew, que prometió a sus lectores: «Nunca en la historia se han visto tales escenas ni se han escuchado tales historias».77 Partiendo de datos del censo, Mayhew calculó que en Londres había 35.000 costureras, 21.000 de las cuales trabajaban en talleres «respetables», que iban de la confección a medida a la fabricación de prendas para la clase media baja. Según Mayhew, las 14.000 restantes trabajaban en el sector «deshonroso», es decir, en la producción a destajo.78 Mayhew sostenía que los precios por pieza que cobraban las costureras «están en general por debajo del nivel de subsistencia, por lo que, para mantenerse, les resulta casi materialmente necesario robar, mendigar o prostituirse».79
En su proyecto, Mayhew se comportó más como un activista que como un mero observador. Con ayuda de un pastor, en noviembre convocó «una reunión de costureras obligadas a hacer la calle», prometiendo estricta discreción a las asistentes. La entrada de hombres estaba prohibida. Dos taquígrafas tomarían nota de las intervenciones. En una sala poco iluminada, las veinticinco mujeres que recibieron la tarjeta de admisión fueron invitadas a subir al estrado para expresar sus sufrimientos y sus inquietudes. El pastor las instó a hablar con libertad, y, para sorpresa de Mayhew, así lo hicieron:
La historia que sigue es seguramente más trágica y conmovedora que cualquier novela. Confieso que me impresionó particularmente el sufrimiento físico y mental de la pobre Magdalena que la relató. Era una muchacha alta, de figura esbelta y facciones extraordinariamente regulares. Contó su historia con el rostro oculto entre las manos y sollozando con tal intensidad que era difícil entender sus palabras. Cuando se tapó los ojos vi que le resbalaban gruesas lágrimas entre los dedos. No recuerdo haber visto en ningún otro momento una tristeza tan honda.80
El reportaje de Mayhew publicado en el Morning Chronicle confirmó los temores de Thomas Carlyle sobre la sociedad industrial moderna y le inspiró una violenta diatriba contra los economistas:
Hablamos de oferta y demanda, de no intervención, del poder de la voluntad, de dejar que todo lo arregle el tiempo […] pero la actividad industrial británica empieza a parecer un gran pantano de pestilencia física y moral; un repugnante Gólgota repleto de cuerpos y almas enterrados en vida; un lago de Curcio, conectado con las profundidades de la nada, donde nunca se ve el sol. Estas escenas, que el Morning Chronicle, con un afán de servicio que pocos periódicos muestran, ha puesto al alcance de todo tipo de lectores, deberían suscitar reflexiones inefables en todas las mentes.81
Una de las reflexiones inefables suscitadas era la idea de un volcán a punto de entrar en erupción. «¿Conoce usted esas prodigiosas crónicas sobre el infierno de desgracia y de miseria que bulle bajo nuestros pies? —le preguntó a una amiga Douglas Jerrold, que más tarde sería el director de Punch y el suegro de Mayhew—. Leer sobre los sufrimientos de una clase y sobre la avaricia, la tiranía y el canibalismo de bolsillo de las otras, hace que uno se maraville de que el mundo siga en pie.»82
La serie de Mayhew, titulada «El trabajo y los pobres», se publicó en el Morning Chronicle durante todo 1850. Cuando ya habían salido la mitad de los artículos, Mayhew explicó su objetivo definitivo: quería elaborar «una nueva economía política, que tenga en cuenta las quejas de los trabajadores». Para justificar esta pretensión, añadió que una economía «que haga justicia tanto al obrero como al empresario es una de las cosas más deseables, y más esperadas, de la época actual».83
Un amigo de Carlyle, John Stuart Mill, había justificado de forma similar la redacción de los Principios de economía política, obra publicada solo dos años antes, en 1848, y que ya era el tratado de economía más leído desde La riqueza de las naciones de Adam Smith.
«Las reivindicaciones de los trabajadores están a la orden del día», escribió Mill durante la hambruna irlandesa de 1845, cuando concibió la idea de su libro.84 Mill, que en ese momento tenía treinta y nueve años, llevaba tiempo enamorado de Harriet Taylor, una intelectual infelizmente casada a la que Carlyle describió como «pálida […] y apasionada y triste» y como «un personaje de leyenda viviente».85 La frustración de Mill ante la negativa del marido de Harriet a concederle el divorcio iba aumentando a la vez que sus simpatías con los ideales socialistas.
Con su enfoque de la economía política, Mill confiaba en superar las objeciones de Carlyle, que había calificado esta disciplina de «lúgubre, estólida y deprimente, sin esperanzas para este mundo o para el próximo»,86 y también las de Taylor, que la consideraba una ciencia injusta con las clases trabajadoras. Como Dickens, Mill veía necesario «eludir el tratamiento áspero y abstracto de estas cuestiones, que ha desacreditado a los economistas políticos». Y a estos los acusaba de permitir que «quienes están equivocados se atribuyan, y obtengan, el mérito exclusivo de los sentimientos elevados y benevolentes».87
Seguramente Mill pensaba en David Ricardo, el brillante político y corredor de bolsa judío que a sus treinta y siete años había iniciado una tercera profesión como economista. Entre 1809 y 1823, año de su prematura muerte, David Ricardo reformuló las brillantes pero a veces vagas ideas de Adam Smith en un conjunto de principios matemáticos preciso y cohe
