Nueva York con Norman Mailer
Norman Mailer siempre hacía campaña con un impecable traje azul marino. Hacia el final se cortó el pelo muy corto. Como una semana antes del día de las elecciones su equipo también perdió pelo. El corpulento coordinador de campaña, de treinta años, se afeitó la barbita, y las patillas de otros se redujeron. Los cuellos jóvenes quedaron al descubierto, frescos, limpios y furibundos; las camisas se cerraron con corbatas oscuras y lisas. La primera orden, la que eliminó la barba del coordinador de campaña, vino directamente de Mailer; fue bajando puestos y durante los tres o cuatro días de la última semana el candidato y su equipo se distanciaron un tanto.
—Ha habido cierta confusión de funciones —dijo un joven rapado.
En la sede seguían siendo leales, pero decían que eran leales a la campaña, a la causa, a las ideas. Hablaban menos de «Norman» y más del «candidato», y por su tono parecía que el día de las elecciones sería un día de sacrificio. Donde había un cartel con «Prepárate para la Conquista Normanda»* habían pintado una obscenidad anti-Mailer en rojo, pero tímidamente, no el nombre y el apellido, solo las iniciales.
La sede de la campaña (la del senador Eugene McCarthy el año anterior) era una habitación grande y mugrienta en la segunda planta de un deteriorado edificio de Columbus Circle, encima de un par de cafés y una sauna. El ascensor no siempre funcionaba; era más seguro dar la vuelta y subir por la escalera, en cuyos descansillos a veces había bolsas de plástico llenas de basura: algunos sitios de Nueva York parecen Calcuta con dinero. La sede estaba dividida en varios despachos por endebles mamparas, que fueron derribadas una a una, por diversas razones, en el transcurso de la campaña. El mobiliario era escaso: mesas de caballete, viejas sillas plegables, multicopistas; papel impreso por todas partes, en las paredes, las mesas, el suelo.
Los ayudantes formaban sus camarillas dentro del club. A veces, cuando las chicas llevaban a sus hijos a la espalda, en armazones de aluminio con correas, era como un campamento hippy con sus intimidades domésticas y sus vanidades y compromisos. Durante los días de distanciamiento desaparecieron las intimidades, y los ayudantes, como aficionados que tienen que fingir sentirse hundidos en una película de bajo presupuesto, hacían corrillo alrededor de una mesa detrás de la última mampara y, con la ayuda de unas latas de cerveza, intentaban dar la impresión a los corresponsales —al principio no les hacían ni caso, pero después los recibían con los brazos abiertos— de que bebían más de la cuenta.
Había sido una campaña ambigua, entre profesional y de aficionados, política y antipolítica. Los tontos son los otros, decía una chapa de la campaña de Mailer. Pero se notaba que el distanciamiento también servía como tapadera de la duda, acaso del pánico. Dos semanas antes un escritor de Nueva York, que no era amigo del candidato, me había dicho que la campaña de Mailer sería tan autodestructiva como la de Goldwater en 1964. Mailer era una marca registrada. Los medios de comunicación lo jalearían, pero solo en ese papel. Con el tiempo empezaría a padecer la falta de atención seria, situación que empeoraría a medida que avanzara la campaña, y al f
