La noche del 25 de mayo de 2014, una plaza céntrica de Madrid se llenó para escuchar el discurso de Pablo Iglesias, el joven líder de Podemos. Su partido, pese a no haber ganado las elecciones europeas, era el único triunfador de la noche. Había logrado cinco eurodiputados, pulverizando así las expectativas de casi todo el mundo. Ante semejante éxito es natural que, desde entonces, Podemos haya sido un tema de conversación recurrente. Este interés se justifica por su sorpresiva irrupción en las elecciones, por su capacidad para coordinar el voto indignado y por su espectacular crecimiento en las encuestas.
En La urna rota hablamos del reto de la organización de intereses ignorados por los partidos tradicionales, y del rol de los emprendedores políticos.[1] Este breve texto nace como adenda de lo que allí discutimos. Pretendemos indagar tanto en las claves que explican la aparición y el éxito inicial de Podemos, como en los retos a los que tendrá que enfrentarse con el tiempo. Sabemos que hablamos de un fenómeno aún en evolución y que eso nos obliga a ser cautos. Lo seremos.
El primer factor en el que incidiremos es que Podemos no es un fenómeno único en el contexto europeo, sino que puede enmarcarse dentro del grupo conocido como partidos anti-establishment. Sabemos que la aparición de estos partidos es más probable cuando coinciden una serie de problemas internos con shocks externos. En nuestro país, como en el resto del sur de Europa, los partidos con opciones de gobierno se han visto constreñidos en sus políticas económicas, lo cual ha generado la sensación en el electorado de que la alternancia en el poder no suponía un cambio sustancial. Además, con la crisis han emergido casos de corrupción que seguramente llevaban tiempo operando, sin embargo es en la actualidad cuando la ciudadanía, ante la escasez económica, se muestra más crítica.
Ahora bien, aunque estos factores son importantes, no debemos olvidar que donde Podemos tuvo éxito, muchos otros habían fracasado antes. Compárese la suerte de Podemos con otras propuestas políticas que, como el Partido X o la iniciativa RED liderada por el juez Elpidio Silva, también pretendían entroncar con el 15M. Con un equipo profesional y cohesionado, joven pero curtido en elecciones dentro y fuera de España, Podemos supo desde el principio a qué jugaba y se impuso a los otros aspirantes. Se planteó objetivos razonables sin renunciar a nada. A esto contribuyeron dos elementos: no asociarse al pasado mediante siglas ni personalidades, y presentar un candidato que se paseaba con naturalidad por distintos programas de televisión.

Gráfico 1
No obstante, aun con la mejor campaña, un partido no logra nada sin una coalición de votantes a los que atraer. Las encuestas posteriores a las elecciones europeas nos dicen que Podemos triunfa sobre todo entre las cohortes posteriores al baby boom, un colectivo a menudo abandonado por los grandes partidos tradicionales. Podemos, además, parece haber sido capaz de sumar al enfado por la crisis y con la «clase política», la falta de expectativas de un sector importante de la población. En su arranque, al menos, su principal caladero de votos se encontraba entre aquellos que más tenían que perder con la crisis.
Esta erosión de expectativas no es nueva. Ya en 2005 sonaba en España el término «mileurista», referido al joven que trabajaba por debajo de su nivel de cualificación y vivía al día con un salario aproximado de mil euros.[2] Entonces, el acceso a la vivienda se consideraba uno de los problemas más graves para las nuevas generaciones y, también, para la nueva clase media. En el punto más alto de la burbuja, la lejanía de las promesas que nos hicimos a nosotros mismos contrastaba con las esperanzas que habíamos ido alimentando desde mediados de la década anterior. El pinchazo de 2008, la profundización de la crisis a partir de 2010 y la vertiginosa subida del paro no hicieron más que convertir esta distancia en un abismo tan insalvable como desesperante; un abismo que las instituciones no parecían ser capaces de afrontar. Para muchos, este fue el motivo que llevó a tanta gente a salir a las calles en mayo de 2011. Y, para otros, la sorpresa era precisamente por qué esto no había ocurrido antes con semejantes niveles de paro, con una precariedad y una desigualdad galopantes.[3]
Podemos ha aprovechado esta ventana de oportunidad para elaborar una propuesta política hasta ahora exitosa. Sin embargo, esta propuesta presenta más matices y tensiones de los que pudiera parecer. Se puede definir el inicio, el desarrollo y el futuro de la formación partiendo de dos contradicciones fundamentales de las que adolece.
Para empezar, se trata de un programa de cambio sin programa alguno; al menos, no uno específico. La coalición ambigua descrita dos párrafos atrás se sostiene gracias al «pegamento» de la equivalencia de demandas, sin llegar al siguiente paso fundamental de la elaboración de preferencias conjuntas.[4] En román paladino, Podemos y sus líderes han conseguido poner de acuerdo a una parte importante de la ciudadanía en el diagnóstico de la situación del país y en la necesidad de un castigo. La demanda de cambio es clara y es compartida. En cambio, resulta más borroso hacia dónde ir y cómo llegar hasta allí. Son cuestiones estas que cualquier partido deberá abordar inevitablemente en algún momento. La formación liderada por Pablo Iglesias se encuentra en la tesitura de resolver la ambigüedad, y la par
