Individualidad humana

Remo H. Largo

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Vivir nuestra individualidad de forma solidaria

Todo ser humano es único. Vivir su individualidad constituye el sentido de su vida

Llega a ser el hombre único, inconfundible, insustituible que hay en ti.

PÍNDARO, 518-442 a. C.

 

Me gusta observar a las personas, sean de la edad que sean; por ejemplo, las que cruzan la plaza de la catedral del casco antiguo de Zurich en verano. En esta plaza reina un continuo ajetreo de turistas curiosos, apresurados hombres de negocios, ciudadanos que comentan las últimas noticias y niños que corretean. Me fascinan la diversidad de rostros y figuras y las distintas maneras en que se relacionan niños, adultos y mayores: lo variable que es el lenguaje corporal cuando los mayores se saludan y los pequeños se persiguen unos a otros y lo diverso que es el interés de los adultos por la vieja catedral de Nuestra Señora y por los escaparates de los comercios. Nadie me encontrará aburrido. Estoy seguro de que jamás veré por la plaza a dos personas que guarden una perfecta similitud en el aspecto y en el comportamiento, pues sé que cada uno de los casi ocho mil millones de seres humanos que hoy viven en la Tierra es único. Esta diversidad no es extraordinaria; cada especie de planta y animal es igual de variada. Pero lo que hace especiales a los seres humanos y me incita a la observación es que solo nosotros —gracias a nuestras facultades mentales, tan extraordinariamente desarrolladas— somos conscientes de nuestra propia individualidad y de nuestras diferencias.

Ya a la edad de dos años empezamos a sentirnos independientes. En los años que siguen somos capaces de ponernos en el lugar de los demás y comprender sus emociones, pensamientos y maneras de actuar. Y entonces tenemos esta revelación: cada persona posee sus propias características, capacidades e ideas. Al comienzo de la edad escolar, si no antes, empezamos a compararnos con los que nos rodean, algo que nunca dejaremos de hacer durante el resto de nuestra vida. De adultos nos confrontamos con nuestros semejantes en cuestiones como la apariencia externa, la profesión, la posición social, las aptitudes o el sueldo. Nos animan nuestros puntos fuertes y nos desalientan nuestras debilidades. Nos preguntamos cómo nos ven los demás y, en todo momento, reflexionamos sobre nosotros mismos: ¿qué tenemos que aceptar como algo «dado» y qué podemos cambiar cuando aspiramos a algo más? Con el tiempo acabamos comprendiendo que no existe una regla de oro que nos indique la mejor manera de dirigir nuestra vida, aunque muchos nos prometan unas cosas u otras si seguimos sus consejos. Este libro no pretende ofrecer esa regla de oro. Más bien intenta explicar al lector cómo adecuar a este mundo la individualidad y sus múltiples aspiraciones; no obstante, todavía no tenemos lo bastante claro qué es la individualidad. Pensamos y obramos como si todos fuésemos iguales, tuviésemos las mismas necesidades y pudiésemos hacer las mismas cosas. Pero esto no es así. No existen reglas universalmente válidas que nos digan cómo vivir en armonía con el mundo que nos rodea. Este es un reto al que cada individuo debe responder a su manera, y de ninguna otra.

No solo es un desafío vivir en consonancia con nuestra propia individualidad; también lo es convivir con la multitud y diversidad de nuestros semejantes. Imaginemos por un momento que todos somos iguales, igual de altos y gruesos, iguales en aspecto, y que desde que nacemos tenemos los mismos sentimientos y cualidades y las mismas necesidades. La vida sería uniforme, y no experimentaríamos muchos de los problemas que nos crean las diferencias en la familia, la escuela y la sociedad. Pero sin diversidad no existirían seres humanos, ni tampoco los demás seres vivos. Diversidad e individualidad son condiciones básicas de la vida.

Las diferencias entre los seres humanos y las dificultades que estas nos originan han constituido el objeto de estudio de toda mi actividad durante cuarenta años como científico y pediatra clínico especializado en el desarrollo. Tuve el privilegio de dirigir, de 1974 a 2005, un gran proyecto de investigación que comenzó en 1954 en el Hospital Infantil de Zurich. En los estudios longitudinales de Zurich hemos acompañado a más de setecientos niños con desarrollo normal y pertenecientes a dos generaciones sucesivas desde su nacimiento hasta la edad adulta, y hemos documentado la evolución de cada uno en aspectos como la motricidad y el lenguaje. Nuestra motivación para llevar a cabo estos estudios tan laboriosos fue el convencimiento de que solo si conocemos lo suficiente tanto la diversidad como las leyes del desarrollo normal, podremos comprender las necesidades y capacidades individuales de los niños y ayudarlos de forma eficaz como padres, terapeutas y docentes. El análisis de los resultados puso de manifiesto que no existe ninguna capacidad, ningún comportamiento y ninguna característica física o psíquica que progrese de la misma manera en todos los niños. A cualquier edad se observan grandes variaciones en su peso y estatura; algunos necesitan más o menos horas de sueño y más o menos cantidades de alimento; unos dan los primeros pasos a los diez meses, y otros a los veinte; hay otros que con tres o cuatro años se interesan por las letras, cuando la mayoría aprende a leer entre los seis y los ocho, e incluso hay personas a las que aún les cuesta leer en la edad adulta. La diversidad aumenta sin cesar en todos los aspectos durante la infancia, y esto se da —hasta cierto punto— aun en los años venideros. Por eso hay adultos que en aritmética nunca han logrado un nivel superior al de los estudios primarios, mientras que otros poseen habilidades lógico-matemáticas que les permiten desarrollar tareas complejas en el ámbito de la informática.

Todos los seres humanos poseemos capacidades muy diferentes para responder a los pequeños y grandes desafíos de la vida. Por ejemplo, Luca, que acudió a mi consultorio con sus padres, se sentía un fracasado porque, con nueve años, aún no sabía leer. Le resultaba doloroso ser consciente de que no podía cumplir las expectativas de sus padres y de su profesora. Esto mermaba considerablemente su autoestima, lo que generaba una falta de concentración e inquietud motora. A lo largo de mi vida profesional he visto que nos remitían a miles de niños como él, que se apartan de la «norma», niños que acusan una amplia variedad de anomalías del desarrollo y del comportamiento, como insomnio, torpeza motora o retraimiento social. La tarea que, muchas veces de forma tácita, nos encargaban los padres y los profesores era la de intentar reconducirlos a esa «norma», algo que —como muchos años de experiencia nos han enseñado— no puede lograrse. Concluimos que el verdadero problema de los niños radicaba en que, al no cumplir las normas establecidas, no podían tener la libertad de ser «ellos mismos». Por eso intentamos ayudarlos conociendo primero sus necesidades y capacidades particulares para luego reunirnos con los padres y otros responsables y encontrar la mejor manera de ayudar a cada niño considerando sus aptitudes y debilidades individuales. Con frecuencia no era una tarea fácil, pues los adultos tenían sus propias expectativas, sus ideas acerca de las capacidades que poseía aquel y, sobre todo, de los resultados que estas debían producir. Pero, si conseguíamos que los adultos se centraran en las necesidades y capacidades personales del niño, su estado físico y mental mejoraba, y su disposición a aprender se reforzaba.

Vivir la individualidad de cada uno sigue siendo un constante desafío incluso en la edad adulta. Una empleada de banca, por ejemplo, se verá tan afectada en su bienestar como el citado Luca si en su lugar de trabajo no alcanza el rendimiento que espera de sí misma y que sus jefes y compañeros le exigen. Se sentirá abrumada, atrapada en un estado de agotamiento y, en el peor de los casos, puede llegar a sufrir el síndrome de estrés laboral. A menudo no es posible mejorar una situación como la suya tratando de potenciar su rendimiento, como muchas veces se hace, mediante algún aumento de su capacitación profesional. Más bien habría que respetar sus capacidades individuales y conciliar en la medida de lo posible las exigencias laborales con su eficiencia. El mismo problema de adaptación se plantea cuando esas exigencias son escasas, porque el sentimiento de que los servicios prestados no son satisfactorios, e incluso son hasta inútiles, también puede menoscabar de forma considerable el bienestar de una persona.

Varias veces al día, durante la investigación y el estudio clínico, nos hacíamos la siguiente pregunta: ¿por qué un niño se siente bien y experimenta un buen desarrollo, mientras que otro sufre una merma en su bienestar y muestra un desarrollo anómalo? Casi siempre hallábamos las respuestas en el grado de armonía existente entre el sujeto y su entorno. Así resultaba, por ejemplo, que a menudo este sufría trastornos del sueño porque sus padres tenían una idea errónea de las horas que necesitaba para dormir. Hay niños que a los doce meses necesitan catorce horas, mientras que a otros les bastan nueve. Si los padres toman conciencia de las necesidades de su hijo, el trastorno del sueño desaparece. Con los años, estas observaciones nos han enseñado a comprobar en todos los aspectos del desarrollo si existe cierta armonía entre el niño y su entorno, y en el caso de que no exista, averiguar de qué modo esa falta armonía afecta al niño y cómo puede remediarse.

Las cuestiones relativas a la singularidad de cada ser humano y su interacción con el ambiente me han atraído desde la pubertad. A los trece años tuve que guardar cama durante ocho semanas, y en ese tiempo devoré Guerra y paz de Lev Tolstói y Crimen y castigo de Fiódor Dostoievski. La representación sensible y realista de los diferentes personajes y el drama que tenía lugar entre ellos me fascinó tanto que, una vez restablecido, me dediqué a leer toda la literatura rusa traducida al alemán. Desde entonces nunca he dejado de preguntarme por qué las personas son tan diferentes entre sí, qué determina su vida y qué constituye la esencia humana. De mis estudios de medicina en la Universidad de Zurich, que comencé en 1963, esperaba una comprensión más profunda del ser humano. Sin embargo, resultó una experiencia extraña: conocí un número inmenso de fenómenos físicos y psíquicos de todo tipo, pero mi catálogo de preguntas no disminuyó, sino que aumentó, y no obtuve una visión más profunda de la naturaleza humana. Luego anduve durante décadas en busca de una idea integral de la misma tratando de conectar diversos campos, en especial la biología evolutiva, la filosofía, la pedagogía y la psicología. Leía con entusiasmo textos de grandes pensadores e investigadores, como el filósofo Immanuel Kant, el biólogo evolucionista Charles Darwin, la pedagoga Maria Montessori y el psicólogo Jean Piaget. Aunque mis decepciones no hicieron más que aumentar. Aquellos textos aclaraban aspectos importantes de la naturaleza humana, pero seguía echando en falta una perspectiva integradora.

A lo largo de cuarenta años acumulé poco a poco experiencias en el hospital, y gracias a la investigación en diversos campos, como la genética y la sociología, estos, cual piezas de un rompecabezas, empezaron a unirse hasta ofrecerme una visión integral. La llamé «el Principio de ajuste» (Fit-Prinzip), que afirma lo siguiente: todo ser humano, con sus necesidades y capacidades intelectuales, aspira a vivir en armonía con el mundo que lo rodea. El Principio de ajuste se fundamenta en una visión integral que asume las diferencias entre los individuos, la singularidad de cada uno y la interacción entre individuo y ambiente como base de la existencia humana.

¿Hasta qué punto consiguen los seres humanos vivir su individualidad en armonía con el entorno? La lucha por una vida adecuada a este angustia a cada vez más personas. Los niños deben cumplir las expectativas, a menudo exageradas, de sus padres, y en el colegio sufren una presión insoportable. Los adultos hacen un spagat entre la familia, el trabajo y las demandas crecientes de la economía. Los ancianos, sobre todo los que viven en residencias y centros asistenciales, padecen inseguridad y aislamiento social. Personas de todas las edades se sienten cada vez más condicionadas por otras, y eso las vuelve menos aptas para llevar una vida de acuerdo con sus necesidades y capacidades individuales. A pequeña escala, el Principio de ajuste puede ayudar a la gente a redescubrir su individualidad. A gran escala, puede contribuir a transformar la sociedad y la economía de manera que todos podamos vivir de una forma lo más satisfactoria posible.

Como este libro describe un gran arco que va desde los inicios de la evolución hasta nuestra época, la breve panorámica que sigue mostrará al lector la conexión interna que existe entre temas tan diversos como la biología evolutiva, las disposiciones individuales en relación con el ambiente, el desarrollo humano y el Principio de ajuste.

CAPÍTULO 1. EL DEVENIR BIOLÓGICO Y SOCIOCULTURAL DE LA ESPECIE HUMANA

 

El hombre está emparentado con todos los seres vivos de la Tierra

 

Hay muchos aspectos de nuestra vida que solo podemos entender cuando tomamos conciencia de lo que nos ha sucedido en el pasado. Por eso, una mirada a los lejanos orígenes de la humanidad nos puede ayudar a comprender mejor nuestra (actual) naturaleza.

En el Antiguo Testamento, en el Génesis o primer libro de Moisés, se nos dice que el hombre fue creado en un solo día. Los últimos hallazgos de la antropología, la biología evolutiva y la genética nos ofrecen una visión muy diferente, pero no menos prodigiosa. Nosotros, los humanos, nos hemos formado a lo largo de 450 millones de años como producto de incesantes interacciones entre incontables seres vivos y su ambiente. Compartimos con todos los demás seres de la Tierra un origen común, y por lo tanto estamos genéticamente emparentados —aunque en diversos grados— con los insectos, los reptiles y los mamíferos, e incluso con las algas, las palmeras y los árboles frutales. El respeto por el medio ambiente está, en cierto sentido, escrito en nuestro patrimonio genético.

Desde hace cuatrocientos cincuenta millones de años, todos los seres vivos se esfuerzan por adaptarse lo mejor posible a sus particulares condiciones de vida con el fin de sobrevivir y reproducirse. Para que este proceso pueda desarrollarse han de cumplirse dos condiciones: por un lado, tiene que existir una gran diversidad dentro de una misma especie y, por otro, las características hereditarias deben estar sujetas a un constante cambio.

La transformación del patrimonio genético, la diversidad entre los individuos y la necesidad de armonía con el medio son elementos básicos no solo de la evolución, sino también de la existencia humana. El material hereditario se reconstituye con cada concepción. De este modo, cada uno de los casi ocho mil millones de seres humanos es único. Y todos ellos tratan durante toda su vida de adaptarse a los diversos requerimientos del ambiente de forma que pueda satisfacer de la mejor manera posible sus necesidades. Este esfuerzo por existir en armonía con el medio es la pieza central del Principio de ajuste.

El ser humano moderno es el único ser vivo que ha desarrollado un impulso irresistible por ampliar sin cesar sus capacidades y conocimientos, no solo para entender lo mejor posible las características de su entorno, sino también para servirse de ellas cada vez con mayor eficiencia y acabar dominándolas. La búsqueda de la armonía con el medio se ha convertido en la de su dominio. En los últimos doscientos años, el progreso científico, tecnológico y económico se ha acelerado de forma exponencial. En pocas décadas ha habido muchas más innovaciones que en toda la historia de la humanidad; eso sí, algunas largamente buscadas, pero también, y cada vez más, otras que conllevan consecuencias amenazadoras para el medio ambiente y para nosotros mismos. Ya no coexistimos, como han hecho nuestros antepasados durante doscientos mil años, en pequeñas comunidades, sino que vivimos en sociedades anónimas y masificadas.

Las cuestiones que aquí abordaremos son:

• ¿Cómo se explica la gran diversidad entre las personas? ¿Por qué todas tienen, sin embargo, una herencia común?

• ¿Hasta qué punto cambian las características genéticas de una generación a la siguiente?

• ¿Cómo se desarrollaron nuestras capacidades cognitivas, lingüísticas y sociales? ¿De dónde viene nuestra insaciable sed de conocimiento?

• ¿De dónde procede nuestro deseo irreprimible de dominar el mundo que nos rodea? ¿Cómo podemos evitar destruir la vida en la Tierra y, con ella, a nosotros mismos?

CAPÍTULO 2. SOBRE LA INTERACCIÓN ENTRE NUESTRAS DISPOSICIONES NATURALES Y EL ENTORNO

 

Lo que hacen nuestras disposiciones no puede hacerlo el entorno, y a la inversa

 

Lo que ha acontecido en la evolución a gran escala lo hace también, a pequeña escala, en nuestro propio desarrollo. La vida es, desde el nacimiento hasta la vejez, una constante interacción entre nuestras disposiciones y el entorno. Pero nos preguntamos: ¿cuáles son estas disposiciones?, o bien, ¿qué es innato en nosotros y qué adquirido? Esta pregunta no es exclusiva de los científicos; también se la hacen los legos. Roger Federer es uno de los mejores tenistas de todos los tiempos. ¿Por qué ganó a los diecisiete años su primer Grand Slam? ¿Porque está dotado de un talento extraordinario, porque se ha entrenado mucho o porque el talento y el entrenamiento se complementan de un modo ideal? Si los padres se muestran más empáticos y afectuosos con sus hijos, ¿afectará este comportamiento en una mayor competencia social innata de los pequeños, o es que estos han sido educados para que observen un buen comportamiento? Cuando algunos adolescentes devoran un grueso volumen de Harry Potter en una semana, mientras que a algunos compañeros suyos del instituto les cuesta entender una breve nota, ¿se debe a que la competencia lectora de unos y otros es muy diferente, a que en casa y en el colegio han recibido una atención diferente, o a ambas cosas?

La importancia que concedamos a lo innato y a lo ambiental tiene trascendencia social. ¿Cómo entenderíamos, por ejemplo, la igualdad de oportunidades en la educación? ¿Es el rendimiento escolar de los alumnos tan distinto porque sus aptitudes son diferentes o porque no son tratados de la misma forma en el colegio? ¿Cómo ser justos económicamente cuando hay individuos que poseen aptitudes tan diversas pero que deben cumplir las mismas exigencias? ¿Hemos de gravar una gran capacidad, un gran talento, una buena formación o un desempeño modélico en el ámbito laboral? ¿Qué debe ser recompensado, el talento, el esfuerzo o el éxito? Según la importancia que atribuyamos a las disposiciones o al ambiente, nos comportaremos como padres, profesores, compañeros de trabajo y ciudadanos de manera diferente.

Aquí hemos de responder a unas cuantas preguntas importantes:

• ¿Qué proporción de nuestras cualidades y aptitudes es innata? ¿Qué entendemos por «disposiciones»?

• ¿Qué proporción de nuestras cualidades y aptitudes es adquirida? ¿Qué entendemos por «ambiente»?

• ¿Cuáles son las oportunidades que encuentra un ser humano para desarrollarse y cuáles sus limitaciones personales?

• ¿Cómo podemos diseñar la sociedad y la economía para que sean capaces de responder a la diversidad de necesidades y capacidades que existen entre las personas?

CAPÍTULO 3. DESARROLLO DE LA INDIVIDUALIDAD

 

Cada ser humano desea desarrollar sus aptitudes para de ese modo ser cada vez más él mismo

 

Cada niño condensa durante su crecimiento —rebobinando hacia delante, por así decirlo— un recorrido de la evolución. Nace con un enorme potencial de desarrollo creado y probado a lo largo de muchos cientos de miles de años, que paso a paso consumará. Pocos meses después de su nacimiento comenzará ya a asir objetos y a comprender sencillas relaciones causales. Con un año podrá andar él solo y entender algunas palabras. Con tres, empezará a dibujar y a construir casitas con bloques de Lego. Con cinco, hablará casi sin cometer errores, y poseerá un concepto básico de los números. Entonces iniciará su formación de primaria, y sus capacidades se desarrollarán hasta el fin de la pubertad, que supondrá otro gran avance.

Cuando un niño empieza a agarrar cosas, a hablar, a leer y a contar, en su cerebro se da un complejísimo proceso de maduración que solo puede culminar si se le expone a las experiencias necesarias. Para ello dispone de una curiosidad irrefrenable y una genuina disposición a aprender. Se interesa por su entorno en todos los aspectos, quiere conocer el mundo para entenderlo en la medida de sus posibilidades y encontrar su sitio en él.

Entender ese proceso no solo nos permite protegerlo, sino que también nos ofrece una magnífica oportunidad para comprendernos mejor a nosotros mismos: ¿cómo hemos llegado a ser lo que somos? ¿Por qué algunas de nuestras capacidades están tan bien constituidas y otras, mucho menos? ¿Por qué tenemos un gran interés por ciertas cuestiones y una asombrosa disposición a aprender sobre ellas y apenas nos interesan otras?

Las preguntas pertinentes en este capítulo son:

• ¿Cómo contribuye la maduración cerebral al desarrollo? ¿Qué importancia tienen las experiencias en el entorno social y físico?

• ¿Qué entendemos por curiosidad y motivación para aprender? ¿Cómo adquiere el niño sus capacidades, habilidades y saberes?

• ¿Qué formas de aprendizaje hay? ¿Por qué es el aprendizaje constante propio de la infancia?

• ¿Qué pueden aprender los adultos y qué no? ¿En qué se diferencia su modo de aprendizaje del de los niños?

CAPÍTULO 4. LAS NECESIDADES BÁSICAS DETERMINAN NUESTRA VIDA

 

Cada persona tiene su propio perfil de necesidades

 

El ser humano comparte todas sus necesidades básicas, como por ejemplo la de alimentarse, con los animales más complejos. Sin embargo, en la última etapa de su desarrollo evolutivo ha cultivado de tal manera la satisfacción de estas necesidades que han terminado adquiriendo un sentido completamente nuevo. Los seres humanos no solo se procuran alimentos; desde hace muchos milenios también cocinan y sazonan sus comidas, y en ocasiones especiales celebran banquetes sociales con cubiertos, vino y velas.

Desde la perspectiva del Principio de ajuste son seis las exigencias básicas que determinan nuestras vidas. Aparte de satisfacer nuestras necesidades físicas, tenemos un gran un gran deseo de seguridad, así como de reconocimiento social y de una posición social sólida en la familia, entre los amigos, en el mundo laboral y en la sociedad. Si el deseo de seguridad y de reconocimiento se colma, nos sentimos cómodos y aceptados. Pero si nos marginan, nos sentiremos rechazados e inseguros a nivel emocional. Otras dos necesidades básicas son la de desarrollar nuestras capacidades y la de lograr objetivos que se correspondan con ellas. Los niños muestran un deseo particularmente intenso hacia ello y hacia ir adquiriendo nuevas habilidades. Por último, nos impulsa de modo especial la seguridad existencial. Un sueldo regular, la protección personal y tener una propiedad son muy importantes. El desempleo, los problemas económicos, la pérdida de todos los bienes y la sensación de que la integridad física o la vida misma están amenazadas pueden menoscabar en grado extremo el bienestar.

Nuestro estado mental y físico depende de que seamos capaces de satisfacer de forma adecuada nuestras necesidades básicas. A ello dedicamos todas nuestras energías y todo nuestro tiempo.

Y aquí nos hacemos las siguientes preguntas:

• ¿Qué entendemos por «necesidades básicas»? ¿Cómo se originan? ¿En qué consisten?

• ¿Cómo evolucionan estas necesidades en el transcurso de la vida? ¿Qué importancia tienen en las distintas etapas de la vida?

• ¿Qué sentimientos e ideas acompañan a las necesidades básicas? ¿Qué queremos expresar con ellos?

• ¿De qué diferentes maneras se manifiestan en los seres humanos las necesidades básicas?

CAPÍTULO 5. LAS COMPETENCIAS QUE QUEREMOS DESARROLLAR

 

Los seres humanos hacen multitud de cosas de las que ningún otro ser vivo es capaz

 

A menudo se equipara la inteligencia a la capacidad mental y al cociente intelectual. Sin embargo, nuestras capacidades van mucho más allá de los logros definidos en los tests al uso. Así, hay habilidades motoras que son esenciales en una actividad artesanal, como la del ebanista, o a la hora de interpretar un instrumento musical. La conducta social no se reduce a las formas del trato interpersonal, sino que incluye la capacidad espiritual de identificarse o simpatizar con el comportamiento de otras personas.

Por otra parte, conceptos como los de «inteligencia» y «cociente intelectual» se ciñen a una sola potencialidad del cerebro. Pero hoy conocemos una multitud de capacidades desarrolladas de un modo distinto no solo entre individuos, sino también en cada uno. Así, hay personas con una gran capacidad lingüística, pero una aptitud mucho menor en el manejo de los números. En otros ocurre a la inversa. Por lo tanto, un dígito como el que expresa el cociente intelectual no puede hacer justicia al perfil de cada persona. En este capítulo se considerarán ocho capacidades, también llamadas «competencias». Cada una de ellas procede de facultades, como por ejemplo la percepción visual, que tenemos en común con los animales más complejos. Así, de las experiencias visuales deriva una primera idea del espacio, luego elementos lingüísticos como las preposiciones espaciales y, por último, habilidades como el dibujo o la arquitectura.

Aquí nos ocuparán las siguientes preguntas:

• ¿Qué hay que entender por «competencias»? ¿En qué consisten?

• ¿Cómo se desarrollan las competencias hasta constituir capacidades, habilidades e ideas?

• ¿Cómo difieren las competencias entre individuos?

• ¿Cómo difieren las competencias en un mismo individuo?

CAPÍTULO 6. NUESTRAS IDEAS Y CONVICCIONES

 

El hombre es la única criatura que necesita explicarse el mundo para enfrentarse a la vida

 

Las ideas nos capacitan para pensar, y para entender y emplear el lenguaje. Yo, por ejemplo, en este momento pienso en lo que son para mí las ideas, y estoy plasmando mis reflexiones en estas líneas. Desde muy temprana edad tratamos de entender lo que nos rodea. Creamos un mundo con las representaciones que nos formamos en base a las experiencias con nuestro entorno. Necesitamos —casi a la fuerza— explicarnos el mundo. No podemos no hacerlo. Una vida sin ideas es sencillamente inimaginable para nosotros. Nos volvemos humanos con las nociones que nos vamos formando.

Intercambiamos nuestros pensamientos y creencias con otras personas y compartimos con ellas ideas comunes, como las de tipo religioso. Algunos valores los recibimos de nuestro entorno social con el paso de los años. Este puede ejercer un inmenso poder sobre nosotros y determinar nuestro camino en grado considerable. Así, la Iglesia católica estableció las normas de la moral y del comportamiento a través de sus dogmas con gran firmeza y durante siglos. Gozaba de una prerrogativa absoluta en la definición, por ejemplo, del lugar de hombres y mujeres, del matrimonio y del divorcio. Pero hasta las grandes estructuras pierden su significado, o incluso son abandonadas, si las condiciones de vida cambian de forma radical. Hoy, tras más de doscientos años de Ilustración, los que se guían por las ideas religiosas son cada vez menos y son cada vez más los que lo hacen por las seculares, como las que promueven la igualdad entre géneros o la aceptación de la homosexualidad.

Nuestras ideas conducen nuestra vida, y con ellas justificamos desde las acciones en la vida cotidiana hasta los hechos de la política internacional. Por lo tanto, merece la pena examinar su contenido y el influjo que ejercen sobre nosotros. Las preguntas que nos haremos son:

• ¿Qué entendemos por «ideas»? ¿Qué diferencia hay entre «pensamientos», «recuerdos», «expresiones» y «fórmulas matemáticas?»

• ¿Cómo se forman las ideas durante el crecimiento? ¿Cómo influyen las experiencias con la familia y las instituciones educativas en nuestras ideas?

• ¿Qué importancia tienen ideas como la de la igualdad de oportunidades para la sociedad? ¿Cómo se originan? ¿Cómo se implantan?

• ¿Qué importancia tiene la conciencia en el intercambio de ideas? ¿Qué es exactamente la conciencia? ¿Hay también ideas subconscientes?

CAPÍTULO 7. DEL MUNDO NATURAL AL MUNDO ARTIFICIAL

 

Todos los seres vivos necesitan para sobrevivir no un entorno cualquiera, sino uno que se ajuste a sus necesidades

 

Desde hace varias décadas nos viene preocupando, y con razón, el medio ambiente. Las emisiones de CO2 en el año 2013 alcanzaron una cuantía récord de 36.000 millones de toneladas, lo que en el peor de los casos podría conducir a un calentamiento de la Tierra de varios grados más durante este siglo. Los bosques son talados —solo entre 2000 y 2012 desapareció una superficie boscosa de 1.100 kilómetros cuadrados, destruyendo el hábitat de incontables animales y plantas. En unas pocas décadas, las ciudades y las zonas de asentamientos humanos adquirirán todos juntos el tamaño de Australia. Saqueamos los recursos naturales, contaminamos las aguas con productos químicos y sobrecargamos de residuos el medio ambiente. Es hora de que asumamos de una vez por todas nuestra responsabilidad ante la naturaleza. Pero no solo debemos preguntarnos por el daño que le infligimos, sino también por el que de ese modo nos infligimos también a nosotros mismos. ¿Cuánto contacto con lo natural necesita el ser humano para su salud física y menta

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