Contra la España vacía

Sergio del Molino

Fragmento

libro-2

Introducción

Los libros nacen en lo profundo del ayer, como reacciones casi póstumas a escenas infantiles que no entendimos. Cuando emergen a la conciencia, los temas, las primeras frases, el título y las páginas finales llevan mucho tiempo escritos. Se empieza a teclear con la sensación de haber pasado media vida con esos párrafos dentro, sin saber cuándo arraigaron y echaron a crecer. No es el caso de este ensayo, cuyos orígenes puedo fechar con precisión. Empecé a escribir de forma inconsciente este libro el 19 de noviembre de 2018, entre las siete y las ocho y media de la tarde.

Aquel día se presentaba en la librería Alberti de Madrid Lugares fuera de sitio, la obra con la que gané el Premio Espasa de Ensayo de ese año. Me hacía el honor de presentármela Joaquín Estefanía, que había vuelto del retiro para ayudar a Sol Gallego-Díaz a dirigir El País. Joaquín representaba un arquetipo periodístico e intelectual que yo homenajeaba en el libro: la generación de la transición, capitaneada por Manu Leguineche e integrada, sobre todo, por los cuadernícolas, aquellos jovencísimos reporteros que empezaron sus carreras en Cuadernos para el Diálogo.

Dos estrellas de aquella revista, Eduardo Barrenechea y Luis Carandell (que, por problemas legales con la censura, firmaba con el seudónimo de Antonio Pintado), hicieron un viaje por la frontera hispanoportuguesa en 1972 por encargo de Cuadernos, que editó la aventura en forma de libro, titulado La Raya de Portugal. La crónica, llena de humor y sabiduría, bautizaba la franja fronteriza casi despoblada como la Costa del Luto, parodiando la manía desarrollista de poner nombre a las costas ibéricas. Glosando esta y otras lecturas pretendía subrayar en mi ensayo que la generación de Joaquín hizo el último gran esfuerzo intelectual por narrar la España que quedaba más allá del Congreso de los Diputados. Tras ellos se abrió un vacío desdeñoso que los gurús del marketing aprovecharon para construir la marca España. La bonanza económica y la integración en Europa fundieron las señas de identidad españolas en un estado líquido de cocineros de vanguardia, deportistas de élite y cineastas manchegos. El vicio de cansar las suelas por las carreteras secundarias del país quedó restringido a cuatro locos.

La presencia de Estefanía en aquel acto tenía una carga simbólica muy poderosa, pues me siento parte de una tradición intelectual y literaria de la que él es un eslabón crucial. Entiendo mis libros como parte de un esfuerzo centenario por explicar el país en el que vivo, son interjecciones de una conversación que dura siglos y sólo acabará cuando deje de existir España.

Con aquel acto en Madrid pretendía escenificar algo que ya estaba explícito en las páginas: mi deuda con aquellos cuadernícolas. A mí me bastaba con esa foto testimonial, lo demás era faena de aliño. Creo que el público de una presentación sólo quiere pasar un rato entretenido en compañía de un escritor. Son saraos coquetos y banales, pero Joaquín, pese a su simpatía y su calidez inmensas, no los entendía así y venía dispuesto a hablar en serio. Se había estudiado muy a fondo el libro y había concluido que todo él se levantaba sobre un concepto muy problemático: el patriotismo. Así que de patriotismo hablamos.

La conversación se convirtió pronto en una especie de examen de oposición a magistrado. Al principio, intenté rebajar la seriedad de las preguntas con algún chiste, pero Estefanía se había propuesto coger el toro del patriotismo por los cuernos, y me iba a forzar, como buen entrevistador sabueso, a exponer mis ideas con calma y largura.

No estaba preparado para el examen, no había estudiado nada, ni siquiera había releído el libro desde que fue a imprenta. Sudé, me trastabillé y me sorprendí a mí mismo improvisando tesis con más agujeros que un queso emmental. El adjetivo clave era constitucional, y la autoridad filosófica, Jürgen Habermas. No había nada audaz en proclamarme afín a esa idea que Habermas formuló para dar consistencia ética a la República Federal Alemana tras el trauma del nazismo. Lo difícil era trasladarla al contexto español.

El patriotismo constitucional es una virtud cívica que no funciona en el vacío, sino ligada a una patria concreta. Se trata de orientar los impulsos instintivos de amor y aprecio al propio país hacia el cultivo de una actitud constructiva, conviviente y democrática. Se exige conocer la patria, pero sin exaltarla, tan sólo reconociéndola como una comunidad política con unos límites y una historia, dentro de los cuales los individuos pueden vivir libres e iguales. Si la comunidad política se desliga (es decir, si se resquebraja el patriotismo), la libertad y la igualdad quedan comprometidas.

En ese sentido, un patriota constitucional es lo opuesto a un nacionalista. En tanto que comunidad política abierta y compleja, la patria es flexible y no exige más peaje a sus miembros que la aceptación de unas normas elementales de convivencia democrática. Yo defendía que España responde muy bien a los requisitos de comunidad política que define el patriotismo constitucional: es un país ya hecho, que no hay que inventar ni construir, lo cual supone siempre una ventaja enorme; sus instituciones democráticas son sólidas y funcionales, y su esfera pública, diversa y rica, capaz de absorber cualquier debate. Sin embargo, casi nunca se defiende en esos términos, porque el patriotismo en España fue secuestrado por el nacionalismo español franquista. Para evitar ser confundidos con nacionalistas de derechas, los demócratas progresistas desarrollaron una aversión radical a toda la imaginería patriótica de España, al tiempo que se identificaban con las señas nacionalistas (que no patrióticas) de Cataluña, Euskadi y el resto de naciones represaliadas por la dictadura de Franco, incluso aunque esos nacionalismos sostengan tesis etnicistas y reaccionarias. Esto suponía un problema enorme para los defensores del virtuosismo cívico de Habermas, sensibles al insulto más perezoso del vocabulario político español: fachas, fascistas.

Eppur si muove. Pese al intento de reducir el país a una ficción impuesta (no en el sentido de la comunidad imaginada tan querido a los estudiosos de las naciones, sino como la invención de unas élites opresoras), España se manifiesta tangible cada mañana ante todos sus ciudadanos, especialmente para los que, como yo, nacimos después de 1975 y nos encontramos la democracia ya hecha, legada generosamente por figuras como Joaquín Estefanía. Mediante homenajes explícitos al esfuerzo intelectual y político que hicieron en uno de los periodos más difíciles de la historia, reconocía mi deuda cívica e intelectual y me desmarcaba de una tendencia popular entre la gente de mi quinta que pedía una refundación del país con otra constitución.

Aquella tarde de noviembre de 2018 en Madrid debería haber desarrollado estas tesis, que aparecían muy claras en La España vacía y en Lugares fuera de sitio. No recuerdo qué dije, pero me temo que fue un embrollo gramatical difícil de seguir. Me quedó una sensación desagradable de no haber estado a la altura de mi presentador. Las siguientes noches las pasé medio insomne, reprochándome que había sido poco claro en mis libros. Parte de las lecturas incómodas y de los malentendidos en los que veía enredado mi nombre una y otra vez se debían a mi imprecisión, fruto del miedo que sentía a que mi literatura sonase a alegato circunstancial. Para anclar mis palabras al campo literario y no ensuciarlas con la espuma de los días, adoptaba una pose deliberadamente ingenua, que sostenía intuiciones políticas ambiguas que, a la hora de la verdad, lo mismo podían ser defendidas por la extrema izquierda que por la extrema derecha, como de hecho sucedió.

No lo hacía por miedo al debate, pues nunca he rehuido una discusión y bien saben los que me conocen que disfruto en la refriega, incluso cuando pierdo. Algún que otro crítico me tiene por un polemista sin fondo literario, incluso un simple agente provocador que no cree lo que dice. Para evitar que mis ensayos tuvieran una lectura demasiado partidista, apliqué un lápiz difuminador sobre los trazos más gruesos y situé mi discurso en un campo inequívocamente literario. Mis libros eran el trabajo de un escritor que sólo aspiraba a seguir escribiendo, no formaban parte de un concurso de méritos para emprender una carrera política o cualquier otra cuestión que no fuera la literatura misma y el debate intelectual a ella asociada.

Que esta actitud sonaba incomprensible en la muy politizada España de principios de siglo XXI se me reveló muchas veces. Una de las más sutiles, pero a la vez más significativas, sucedió pocos meses antes de que este libro empezase a escribirse solo en mi cabeza. En el verano de 2018 copresenté con el humorista Juan Carlos Ortega un programa de entrevistas en la Cadena SER. Mis trabajos en la radio y en la prensa también ponían a las claras, quizá más que mis libros, la necesidad que sentía de no ser tomado en serio. Rechazaba las colaboraciones más solemnes, en la parte dura de la actualidad, y me escondía en las páginas de atrás, en los contenidos culturales y livianos. El programa aquel, que grabamos en unos pocos días de junio para que se emitiese durante el verano, se titulaba Toda una vida y consistía en una serie de entrevistas a personajes levemente secundarios.

Uno de los invitados fue Íñigo Errejón, entonces un líder político de moda en plena promoción de su sex-appeal. Por circunstancias ajenas a nosotros, aquella entrevista no llegó a emitirse. Errejón había leído a fondo La España vacía y había escrito y hablado con largura sobre algunas de sus tesis, por lo que Ortega aprovechó para hacer guiños y chistes. Uno de ellos fue decir algo así como: «Quién sabe, si Íñigo gobierna, tal vez llame a Sergio para que sea ministro de la España vacía, ¿no?». Mi reacción fue, como correspondía a un programa de radio un poco pasado de vueltas irónicas, muy exagerada. Hice aspavientos y negué mucho, como si me hubiesen ofendido. ¿Ministro yo? Jamás de los jamases me verían en situación tan humillante. Acabáramos, qué cosa tan vulgar, la política. Errejón, que hasta entonces había encajado todas nuestras impertinencias con reflejos y humor, me miró muy serio y desconcertado, y no le faltaba razón: le estaba insultando. Había interiorizado tanto mi papel de escritor que sólo hablaba de política con altivez irónica, que olvidé la cortesía mínima debida al interlocutor, dando a entender que su vocación impostaba algo sucio e hipócrita. O peor: dejando claro que yo era mejor que él por contemplar la política desde mi lado del micrófono y no mancharme con el barro parlamentario.

Aquella mirada fue un aviso de que estaba perdiendo pie. Tuve ocasión, tiempo después, de congraciarme con Errejón, pero lo contaré más adelante. El examen que suspendí en noviembre de 2018 a cargo de Joaquín Estefanía fue la señal definitiva de que no estaba afrontando bien la parte política de mis discursos. La hiedra de este libro empezó a crecer.

El 2019 fue un año muy democrático en España, pues se convocaron dos elecciones generales. Para la campaña de las primeras, en abril, El País me encargó una serie diaria de artículos con los temas y los escenarios de la España vacía, que se había convertido en uno de los ejes programáticos de todos los partidos. Aquella tournée de provincias me llevó un día a Nalda, un pueblo de La Rioja muy cercano a Logroño, donde Pablo Iglesias, líder de la coalición poscomunista Unidas Podemos, iba a presentar su programa sobre la despoblación. Cuando aparqué el coche y me encaminé a la plaza donde se celebraría el mitin, encontré a media docena de tipos en la puerta de un bar. Llevaban banderas de España y gritaban consignas contra Podemos. Un discreto dispositivo policial los mantenía a distancia de los militantes. Parecía algo más folclórico que peligroso, una panda de impresentables que habían decidido terminar su farra saliendo de fondo en el telediario.

En cuanto Pablo Iglesias tomó el micrófono —y quien no ha asistido a un mitin de Podemos no concibe el hormigueo lascivo que recorre al público, magnetizado por el encanto del líder— y saludó con un buenos días, los alborotadores empezaron a dar vivas a España. Iglesias se giró hacia ellos como un resorte automático y les imprecó: «Claro que sí, viva España, pero defender España es defender las escuelas públicas. Defender España es defender los servicios públicos, es defender los hospitales públicos, es defender el sistema de pensiones. Claro que sí. ¿Sabéis quiénes son los mayores traidores a España? Los que privatizan, los que acaban en los consejos de administración de las grandes empresas, los que bajan impuestos a los ricos. Ningún patriotero de charanga y pandereta nos va a dar lecciones de lo que significa ser español. España son las mujeres el ocho de marzo saliendo a decir que queremos un futuro igualitario. España son los pensionistas diciendo que sí se puede, que sí hay dinero para pagar las pensiones. España son los jóvenes que dicen que no tenemos dos planetas, y ni los oligarcas ni sus perros falderos envueltos en banderas nos van a dar ni media lección de lo que significa ser español. ¡Viva España, claro que sí! ¡Vivan sus pueblos y sus gentes!». El público, enfervorizado, se puso en pie y coreó la consigna partidista: «¡Sí se puede!».

Me sorprendió la rapidez de reflejos de Pablo Iglesias, aunque no era la primera vez que demostraba ser un buen improvisador, con cintura y capacidad de réplica en los debates. Fue después, revisando la escena en vídeo para escribir sobre ella en mi artículo, cuando percibí algunas cosas raras. Los alborotadores gritan su viva España en cuanto Iglesias coge el micro, y este se vuelve casi al instante. No empieza el discurso que se supone que tenía preparado, sino que aprovecha esa primera interrupción para arrancar una arenga que no suena improvisada, pues enumera todos los puntos de interés del programa. El resto de su mitin encaja sospechosamente con este alegato espontáneo. Se enhebra tan bien con la idea central de la campaña —la defensa de la Constitución y, por tanto, la autovindicación de encarnar el único y verdadero patriotismo, en contra de los patriotas falsos de la derecha— que tenía que estar escrito, porque un líder de izquierdas como Pablo Iglesias no grita viva España sin asumir el peso simbólico que tienen el grito y el gesto. Algo así no se improvisa, pues pone en escena un cambio radical de orientación ideológica que refuta décadas de rechazo activo y hondo a la palabra España. Supone borrar de un plumazo ochenta años de retórica izquierdista para reconectarse al espíritu liberal de 1812, cuando la palabra patriotismo se introdujo en el vocabulario político español. No sé hasta qué punto estuvo preparada aquella performance, pero había un guion.

Si no fui capaz de entender esto en directo mientras asistía al mitin en la plaza y tuve que recurrir a la moviola de los vídeos fue debido a la condescendencia con la que asistía al espectáculo político, que sentía ajeno y ridículo. Ya no miraba el mundo con la misma ingenuidad que me llevó a escribir La España vacía.

Había en la izquierda cierto interés por arrebatar el monopolio de la palabra España a la derecha, aunque era un interés intermitente y atento a los vientos de las encuestas. Cuando un líder político se veía fuerte, no dudaba en dar vivas cuarteleras, pues era el paso necesario para salir del gueto de votantes ideologizados y pescar votos en aguas más profundas y lejanas. Sin embargo, cuando las encuestas iban mal, se replegaban en la retórica del antifranquismo sin Franco y volvían a eludir el nombre del país (sustituyéndolo por Estado español), para no enfadar al núcleo duro de militantes, siempre alertas ante cualquier veleidad españolista. Así, cuando en 2019 Íñigo Errejón quiso lanzar en toda España su plataforma electoral madrileña, con la que había logrado unos resultados buenísimos en los comicios autonómicos y locales, se encontró con un debate tan banal y teológico como insalvable. El partido se llamaba Más Madrid. Lo consecuente, en unas elecciones españolas, era llamarlo Más España.

Coincidí con Errejón en una fiesta de El País cuando aún no había anunciado la candidatura, pero todo el mundo la daba por hecha. Tras disculparme por aquella entrevista en la radio, le pregunté a bocajarro cuándo pensaba lanzarse. No me dio una fecha, pero confirmó que veía un espacio político claro entre el PSOE y Podemos, un espacio para una izquierda española con la que se identificarían muchos votantes que veían a Podemos demasiado radical, y al PSOE demasiado tibio y connivente con los nacionalismos. Yo, tan visionario como él, le dije que también lo veía, y le animé y le deseé suerte.

Poco después se anunció su candidatura, que no se llamaba Más España, sino Más País. Sin estructura fuera de la capital, para formar las listas se alió con formaciones regionales nacionalistas de izquierdas completamente ajenas a proyectos nacionales. El resultado fueron unos ridículos trescientos y pico mil votos y dos tristísimos diputados. Uno de esos votos fue el mío, lo que da cuenta de mi talento como augur.

Más País protagonizó uno de los fracasos más rotundos de la democracia española. Mi especulación indemostrable es que Errejón quemó todo su crédito el día en que decidió llamarse Más País en vez de Más España. Fue un gesto de cobardía política, un intento desesperado por afianzar la fidelidad de los militantes de izquierdas más ideologizados y evitar que Pablo Iglesias le acusara de nacionalista español y fascista (como, de hecho, ya le acusaba).

Mientras la izquierda a la izquierda del PSOE trataba en el diván sus traumas con el nombre de España, sin terminar nunca de resolverlos, el sintagma de la España vacía (declinado también en el horrísono España vaciada, que apareció a comienzos de 2019, con motivo de una serie de movilizaciones de las plataformas contra la despoblación) seguía su curso, liberándose de su carga política más sutil. Otra paradoja: cuanto más se incrustaba el término en el discurso político, menos servía a la intención política que me lo inspiró. Al convertirse en sinónimo de despoblación y erigirse en consigna de los activistas contra el vaciamiento demográfico, perdió poco a poco la connotación patriótica constitucional, para servir a intereses contrarios.

Yo concebía la despoblación como un eje de conflicto sin explorar que podía recoser algunos rotos que amenazaban con destruir España como comunidad política. Si los mitos nacionales estaban muertos, los símbolos patrióticos daban urticaria a una buena parte de la población y triunfaban los separatismos por arriba, de regiones ricas que se negaban a arrimar el hombro fiscal por las pobres, ¿qué podía unir a los españoles y hacer que alguien de Barcelona sintiese que sus impuestos estaban bien invertidos en una comarca de Badajoz? Para que eso suceda, a aquel le tiene que importar la comarca de Badajoz. El de Barcelona y los de Badajoz han de sentirse parte de una misma comunidad política que otorga derechos y exige obligaciones mutuas, entre las que destaca que los afortunados les echen un cable a los que necesitan agarraderos.

Los relatos nacionales sirven para crear esas comunidades y cohesionarlas. La España vacía era para mí un relato posible, una herramienta narrativa para que el señor de Barcelona no sintiese que los de Badajoz le robaban el dinero. Tal vez bastaba con hacer evidentes los lazos íntimos que le ligaban con aquella comarca. Al narrar el país como una red de afectos de ida y vuelta entre los campos despoblados y las ciudades hiperpobladas, se entendía mejor la dependencia de unos y otros y se revelaba la existencia innegable de una comunidad política empastada en cada árbol genealógico. No proponía volver la mirada a los efectos de los éxodos rurales como un ejercicio de nostalgia, sino como una palanca para entendernos y suturar los desgarrones que amenazaban con romper la comunidad política.

Sólo una parte de los activistas contra la despoblación entendió la propuesta y la aceptó en esos términos. Es la que ha inspirado los organismos del gobierno encargados de abordar lo que técnicamente se llama «el reto demográfico». Al entender que la despoblación es un problema de Estado que requiere del compromiso del cuerpo de la nación y no atañe sólo a los vecinos de las provincias afectadas, se dio el primer paso para levantar esa mitología o ese relato (por decirlo en términos posmodernos) que todos los países necesitan para existir.

Una comunidad política no se sostiene en la nada o por conveniencia racional. Si no hay un cuento común a todos sus miembros (un cuento que se puede discutir y matizar y reescribir), no hay forma de que un país funcione. Pero, cuidado, porque si el cuento es demasiado rígido y unívoco, como ocurre cuando cae en manos de nacionalistas y se impone por decreto hasta en la sopa, la comunidad política acaba también disgregándose por asfixia. Un país obsesionado con su mitología es una dictadura inhabitable. Un país sin mitología, en cambio, no existe. Encontrar el equilibrio es el reto de este patriotismo constitucional reformulado que no desprecia los sentimientos, aunque sí el sentimentalismo.

Una parte no desdeñable de los movimientos contra la despoblación aprovechó la circunstancia para plantear políticas de cortísimo recorrido. Entendiendo, como habían entendido siempre, que la despoblación no sólo era una cuestión local, sino un historial de agravios y ninguneos por parte de los poderes nacionales a su provincia o comarca, convirtieron en programas electorales las reivindicaciones que reclamaban desde hacía décadas mediante organizaciones ciudadanas. Teruel Existe, que llevaba más de veinte años funcionando como un movimiento civil y apolítico, se instituyó en coalición electoral y presentó una candidatura a las Cortes.

La mayoría de las querellas que llevaban al Congreso eran justísimas, elementales y lacerantes: se trataba de exigir servicios e inversiones básicas en transportes, sanidad, educación y comunicaciones, sin las cuales las regiones despobladas están condenadas al subdesarrollo económico, pero, al formularlas como programas políticos en unas elecciones generales, reventaron la imagen de la despoblación como problema nacional para regresar al juego de suma cero llamado qué hay de lo mío. Usaron el parlamento, que es el ágora donde se debaten los problemas de todos, como un buzón de reclamaciones localista, imitando los usos y costumbres de los nacionalismos vasco y catalán, que sólo intervienen en la política española para chantajear y obtener beneficios directos en sus territorios. De hecho, uno de los lugares donde más interés y simpatía despertó la candidatura de Teruel Existe (que, en términos generales, fue analizada con paternalismo y chanza folclórica por los comentaristas políticos) fue en Cataluña, donde parte del independentismo interpretó su emergencia como una nueva pica en Hispania. Los pueblos oprimidos empezaban a alzarse contra el Estado español. Al fin se quitaban la venda de los ojos. Lo que sucedió fue que transformaron un debate sobre derechos y libertades en un juego clásico de poder e influencia territorial. La España vacía ya no era el germen de una forma de comprenderse unos a otros, sino de extrañarse y despreciarse.

Así estaba el debate cuando llegó la peste. En marzo de 2020 todas estas cuestiones se esfumaron ante el horror del virus, que hacía banal cualquier preocupación anterior. Yo acababa de escribir un prólogo para una nueva edición de La España vacía que se quedó sin salir. Por suerte, porque hablaba de matices obsoletos. Desde mi salón vi cómo se apagaba el mundo, y en las noches de insomnio contaba las ventanas iluminadas de los bloques de la acera de enfrente. Había mucha gente despierta. Demasiados insomnes, demasiadas mentes en vela cavilando tristuras. El país que había imaginado como una psicogeografía de afectos a partir de las ruinas que dejaron los éxodos campesinos se convirtió en una constelación de lamparitas de lectura. Ciudadanos que, como yo, pasaban páginas de un libro sin enterarse de lo que leían o veían series tontas, noqueados por el presente.

Fragilidad e incertidumbre fueron dos sustantivos abstractos que se pusieron de moda aquella primavera. Aunque compartía el insomnio con mis vecinos, me costaba comulgar con su pasmo y su descubrimiento de la fragilidad y de la incertidumbre. Yo siempre me había sentido frágil e incierto, no eran sensaciones nuevas. Sí lo eran, en cambio, en el discurso público. En manos de un gobierno débil e ideologizado y en medio de la mayor crisis política desde 1981, España aparecía al fin frágil e incierta a los ojos de la mayoría. No lo era tanto: la comida llegó a los mercados, nunca se fue la luz, del grifo siguió saliendo agua y, tras un tiempo sin mascarillas, las farmacias volvieron a vender de todo para todos. Los hospitales respondieron sin romperse y se activaron los mecanismos de protección social. Sólo fallaba lo que dependía directamente de la política.

No obstante, se percibían grietas enormes. Gente que moría sola entre la indiferencia general, actitudes autoritarias a las que nadie se oponía y un espacio enorme en el ágora que se aprovechó para colocar reclamos propagandísticos de un gobierno que trataba a los ciudadanos como a niños pequeños. Se constató, por un lado, que España no era el Estado fallido que los populistas denunciaban. No era un lugar podrido por la corrupción y la mediocridad, sino una nación con instituciones capaces de aguantar embates fortísimos. Por el otro, se puso a las claras que la comunidad política estaba tocada, atomizada en puntos de luz, indefensa ante las veleidades paternalistas de cualquier caudillo e incapaz de superar su pánico.

Los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial resolvieron un viejo debate de arquitectos e historiadores del arte sobre las bóvedas de crucería góticas. No estaba claro si las sostenían los dos arcos ojivales cruzados, los sillares que las cubrían o ambos elementos. Las bombas dieron la solución. Cuando cayeron sobre los sillares, sin tocar los arcos cruzados, la bóveda se mantuvo en pie; cuando cayeron sobre los arcos, la bóveda se derrumbó. Quedó claro que el elemento sustentante eran los arcos y que el resto de las piedras funcionaban como relleno. A veces es preciso un bombardeo para dejar a la vista lo que sostiene una sociedad y discriminar las partes blandas de las duras.

Meses después del comienzo de la peste, la fragilidad de la comunidad política ha quedado en evidencia para cualquiera. La fragilidad individual no es preocupante: todos somos frágiles y si llegamos a adultos sin haberlo comprendido corremos el riesgo de ser unos tipos insoportables y vanos. La fragilidad social, en cambio, sí es un problema, porque un país necesita creerse tres o cuatro mentiras sobre sí mismo para existir y aspirar a un futuro. Por eso creo que es momento de compartir un puñado de pensamientos que emergen directamente de aquella España vacía.

Desde 2016 he dado más conferencias de las que puedo recordar, he escrito un sinfín de artículos y he participado en muchos debates. También he impartido cursos y seminarios sobre las cuestiones que abordaba en La España vacía, por lo que estas, a

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