CYRANO
Que dites-vous?... C’est inutile?... Je le sais!
Mais on ne se bat pas dans l’espoir du succès!
Non! Non! c’est bien plus beau lorsque c’est inutile!
Qu’est-ce que c’est tous ceux-là?
Vous êtes mille?
Ah! je vous reconnais, tous mes vieux ennemis!
Le Mensonge?
[Il frappe de son épée le vide]:
Tiens, tiens! Ha! Ha! Les Compromis!
Les Préjugés, les Lâchetés!...
[Il frappe]:
Que je pactise?
Jamais, jamais!
Ah! te voilà, toi, la Sottise!
Je sais bien qu’à la fin vous me mettrez à bas;
N’importe: je me bats! je me bats! je me bats!
[Il fait des moulinets immenses et s’arrête haletant]:
Oui, vous m’arrachez tout, le laurier et la rose!
Arrachez! Il y a malgré vous quelque chose
Que j’emporte, et ce soir, quand j’entrerai chez Dieu,
Mon salut balaiera largement le seuil bleu,
Quelque chose que sans un pli, sans une tache,
J’emporte malgré vous,
[Il s’élance l’épée haute]:
et c’est...
[L’épée s’échappe de ses mains, il chancelle, tombe dans les bras de Le Bret et de Ragueneau].
ROXANE [se penchant sur lui et lui baisant le front]:
C’est?...
CYRANO [rouvre les yeux, la reconnaît et dit en souriant]:
Mon panache.
EDMOND ROSTAND, Cyrano de Bergerac, acto V, escena VI, 1897
DECLINACIÓN
Escribo desde el socavón. Sin amargura ni desaliento, incluso con esperanzas. Cualquier cosa menos dar la razón a los profetas del fracaso español. De un lado, las tricoteuses; del otro, las plañideras. Unas y otras adolecen de una fatal y simétrica arrogancia. La de creer que nuestra generación verá la destrucción definitiva de un viejo país ineficiente. La realidad es más prosaica. España se ha adentrado en el sombrío bosque de la decadencia. Nada nuevo, aunque el proceso pueda doler o durar. Pregúntenselo al conde-duque de Olivares. O a mi biografiado Juan de Palafox, un idealista, un justiciero, un fracasado. Las estanterías de mi casa están llenas de volúmenes sobre la declinación española, de mi etapa como investigadora del siglo XVII. «Declinación», qué palabra tan bella y exacta. En la historia de España el espíritu del 98, pesadumbre y nostalgia, es más la norma que la excepción. La principal y decisiva diferencia es que la presente crisis se proyecta sobre un orden político de una profunda envergadura moral. La Constitución de 1978 es la respuesta más equilibrada, justa y fértil jamás dada al principal problema español, que es también el principal problema de la modernidad política: «Cómo vivir juntos los distintos», en expresión ya clásica de Libres e Iguales, la plataforma cívica que un pequeño grupo de militantes de la democracia promovimos en 2014. El orden constitucional español está en riesgo. En grave riesgo. ¿Desde cuándo? Unos dirán que desde el primer minuto, por la ingenuidad del constituyente y la deslealtad de los nacionalismos. Otros culparán a los sucesivos gobiernos, por su oportunismo y su cobardía. Otros más dirán que las élites abdicaron egoístamente de su responsabilidad. Los últimos acusarán al propio pueblo travestido en turba. Puedo coincidir con todos ellos. Como periodista y política, he vivido la declinación española, capítulo a capítulo. Sé hasta qué punto la mediocridad y el sectarismo han erosionado las instituciones. He visto a los medios de comunicación deslizarse por la pendiente de las junk news y a la sociedad entregarse al victimismo y la irracionalidad. Sobre todo, he vivido, en primera línea política, la convergencia de dos fenómenos letales: el Proceso nacido en Cataluña y la pandemia venida de China. Esa es la historia que cuenta este libro: la de mi experiencia como candidata por Barcelona y luego diputada y portavoz del Grupo Parlamentario Popular en un tiempo especialmente delicado para España. Durante un año y medio, entre marzo de 2019 y agosto de 2020, luché contra lo indeseable en la política hasta que me convirtieron en políticamente indeseable. Desde esa condición, la del hombre en la arena, que, con el rostro cubierto de sangre, sudor y polvo, políticamente derrotado, afirma: «Que por mí no quede», me reafirmo en mis esperanzas. España no es la excepción ni está condenada a ser un país dividido, declinante, mendicante, marginal. Sus problemas son homologables a los de muchas democracias del mundo. Después de la crisis vendrá la reconstrucción, el resurgimiento. La pregunta para la que no tengo respuesta, todavía, es quién pondrá orden. Pero sí sé que yo seguiré trabajando para que sea un orden liberal. El único deseable.
También por eso he escrito este libro. La política siempre ha intimado con la mentira, pero hoy directamente se hace contra la verdad, para deshacerla. Se lo dijo un día Antonio Fontán a un joven Alfredo Timermans, mi gran amigo: «La verdad, nunca a nadie; sólo a tu confesor y en caso de peligro de muerte». No recuerdo la última vez que me puse de rodillas. Y de la muerte, qué decir. Sólo conozco la muerte política y la desafío como Cyrano de Bergerac, espada en alto. He decidido contar mi experiencia movida por una doble responsabilidad. La que contraje cuando voluntariamente decidí ser española y la que asumí cuando pedí a mis compatriotas el voto. A ellos me debo. En España faltan y fallan muchas cosas, es indiscutible. Pero quizá ninguna tanto como la transparencia. No en el sentido voyeur y vulgar del término —la cuenta corriente, la esfera íntima—, sino en el más modesto y radical. Sólo cuando los políticos digamos en público lo mismo que afirmamos en privado, sólo cuando reconozcamos la degradación de nuestro oficio, sólo cuando nos veamos retratados en el implacable espejo de los hechos, sólo entonces seremos capaces de rescatar la democracia de las sucias mandíbulas del populismo. A eso aspira este libro. Es un alegato contra la resignación.
IDENTIDAD
El 11 de marzo de 2019, después de acudir al acto anual en memoria de las víctimas de los atentados de Atocha, quedé en un pequeño café cerca de la Puerta de Alcalá con un dirigente joven y dotado de una de las virtudes que aparentemente mejor cotizan en la Bolsa política: la empatía. Sólo a la madrileña hubiéramos dicho uno del otro: «Somos amigos». Pero nos tratábamos desde hacía años y, sobre todo, como los animalitos, nos reconocíamos de la misma especie ideológica. Pablo Casado era la esperanza de los que habíamos abandonado el Partido Popular hartos de la pasividad de Mariano Rajoy ante el desafío separatista en Cataluña. Desde mi doble condición de militante no simpatizante del PP y periodista, había celebrado su victoria frente a Soraya Sáenz de Santamaría en el congreso del partido como un triunfo de las convicciones sobre el tacticismo, y ahora observaba, con expectación no exenta de alguna crítica, sus primeros pasos como líder de la Oposición.
Estaba meditando sobre mi primera experiencia en el PP, sobre la formidable oportunidad que las elecciones anticipadas por Pedro Sánchez ofrecían al centroderecha y sobre los posibles motivos de nuestra cita cuando vi llegar su coche, negro y raudo, por la calle de Villalar. En cuanto entró por la puerta, una ráfaga pulcra y trajeada, me di cuenta de que tenía prisa. La prisa del candidato. Se sentó y sin preámbulos me dijo: «Voy a sorprenderte». Me reí para mis adentros: «Creerá que soy ingenua, je, je...». Pero me ganó.
—Cayetana, sé lo que opinas de los partidos y que tu primera experiencia en política no fue fácil ni feliz. Pero ahora todo será distinto. Yo no sólo respeto tu libertad, sino que te pido que la ejerzas. Quiero que traigas el espíritu de Libres e Iguales al PP. Que des la batalla ideológica y cultural a la izquierda y el nacionalismo, ahora en nombre de mi partido, que es el tuyo. Incluso que me critiques, abiertamente, si lo consideras necesario. Por favor, piénsatelo: ¿quieres ser la número 1 de la lista por Barcelona?
El corazón me dio un triple vuelco. ¿Libertad en el PP? ¿Batalla cultural? ¿Barcelona? ¡¿Barcelona?! ¡Barcelona! Qué absoluta genialidad. No se me hubiera ocurrido jamás y, sin embargo, era la única oferta que no podía rechazar. Lo tenía todo para una persona de mis ideales y mi arrogancia. Era coherente con años de combate político y cívico contra el separatismo. Era volver al PP por la puerta grande de la misma causa por la que me había ido. Era en sí mismo un hito en la batalla cultural contra el marco absurdamente asumido por los constitucionalistas. Una ruptura, incluso física, del perímetro político y moral impuesto por el nacionalismo: una madrileña presentándose por una provincia catalana en unas elecciones generales. Es decir, una española presentándose por una provincia española en unas elecciones españolas. Y, sobre todo, era difícil. Jodida y maravillosamente difícil. Me quedé sin palabras. Balbuceé algo como que me lo pensaría, seriamente me lo pensaría. Casado me advirtió: «Tenemos muy poco tiempo, hasta el viernes». Era lunes y nos despedimos.
Los siguientes cuatro días transcurrieron bajo un fuego de llamadas cruzadas. Mi principal inquietud eran las consecuencias para mis hijas Cayetana y Flavia, entonces de nueve y siete años, de trasladarme a Barcelona, aunque fuese de forma temporal o esporádica, y en una de mis conversaciones con Pablo se lo comenté. Para que no me desanimara, y probablemente porque le habían fallado mejores opciones como Manuel Pizarro o María San Gil, me ofreció el número 2 de la lista por Madrid. «¡Acepta!», me urgió Pilar Marcos, vieja amiga de cuando éramos periodistas, una de las cuatro personas con las que compartí mi secreto y a partir de ese momento mi colaboradora más fiel. «Será mucho menos complicado que Barcelona y es un puesto de honor: número 2 por Madrid es número 2 por España». Ya. Pero ¿qué será el prestigio sin la épica?
Para mí el dilema nunca fue Barcelona o Madrid, sino algo mucho más grave. La vuelta a la política significaba el abandono del periodismo. Y ya no del periodismo de opinión, tan cómodo y chic, ni de las entrevistas a referentes intelectuales como Steven Pinker o Ayaan Hirsi Ali, tan estimulante y cool, sino de la crónica caliente sobre el terreno. Acababa de regresar de dos viajes a Venezuela como corresponsal de El Mundo. Había acompañado a Juan Guaidó en una angustiosa carrera por Caracas para impedir que los sicarios de Maduro secuestraran a su bebé de dos años. Había entrevistado clandestinamente a Leopoldo López en su casa, mientras la sombra de un noble Samán se disolvía en la noche y los guardias del Servicio Bolivariano de Inteligencia lustraban sus fusiles con papel de periódico. Había difundido los testimonios de diputados torturados, estudiantes violadas y ancianos con hambre y sin fe. Me había quedado sola, literalmente, en el imponente puente de Cúcuta, escribiendo sobre el fracaso de la operación para romper el cerco del régimen y llevar ayuda humanitaria de Colombia a Venezuela. Indignada ante las vacilaciones de los líderes políticos que encabezaban la operación, incluso me había sumado al intento de un grupo de estudiantes por cruzar la frontera por otro puente, una ratonera, una locura. Allí había visto caer a jóvenes heridos de bala a mi lado, había sentido el ardor del gas lacrimógeno en los ojos y escrito crónicas de una guerra perdida. Había conocido una nueva forma de hacer periodismo político y lo hacía bien. ¿Dejarlo precisamente ahora? ¿Por qué?
En su libro Fuego y cenizas, inspiración para cualquier político y modelo para los que tenemos una casi entrañable querencia por el fracaso, Michael Ignatieff explica con inteligencia, sinceridad y gracia la importancia de dar una respuesta correcta a ese fundacional «por qué». Y también hasta qué punto ese «por qué» es en realidad un «para quién». Él hace referencia a sus padres y yo también debo hacerlo. En mi despacho cuelga enmarcada una carta que mi padre me envió junto con la autobiografía de la maravillosa Simone Veil, superviviente del Holocausto, madre ministerial del aborto legal en Francia y expresidenta del Parlamento Europeo, a la que conocía y admiraba.
Cayetana querida:
He aquí el relato de una vida que cubre aproximadamente, si no las circunstancias, sí los tiempos y los acontecimientos de la mía. De él extraigo la confirmación de la que siempre ha sido mi convicción: el individuo siempre contará más en el género humano que el colectivo. Y deberíamos dedicarnos a forjar individuos, mal que les pese a los que ansían mayorías, que ya llegarán después.
¿Para cuándo?
Mil grandes besos,
PAPÁ
Forjar individuos antes que ansiar mayorías... Doce años después, aquel «¿Para cuándo?», aquel impaciente y amoroso emplazamiento, recibió una respuesta a su altura. Ahora, papá, que estás en los cielos, ahora. Había llegado el momento de pisar la sucia arena política con los stilettos de mis ideales. De combatir el colectivismo nacionalista bajo los focos, que ciegan y queman. De defender a los constitucionalistas desamparados por el Estado, con quienes siempre me había identificado, por un sentido beligerante de la justicia y atávico de la libertad.
Mi padre fue, ante todo, un hombre libre. Luchador, carismático, optimista, apasionado, el seductor total. Tenía una curiosidad insaciable y una generosidad exuberante que le blindaban frente a cualquier dogma. Su infancia, entre un castillo perdido en los Abruzzi italianos y un severo internado de Versalles, fue agreste como la vida de entreguerras. Huyó de la Francia ocupada por los alemanes con su madre, una excelente violinista de vanguardias, y con catorce años se instaló en Nueva York, adolescente guardián entre el centeno. Allí se convirtió en un espectador furtivo de las fiestas de Peggy Guggenheim y Max Ernst. En el compañero de aventuras de un promisorio actor llamado Yul Brynner. En el primer amor de Aniouta, la más pequeña de la tribu teatral de los Pitoëff, a la que jamás olvidó. Y en un jovencísimo empleado de La Voix de l’Amérique, la radio de los franceses en el exilio. Su compañero del turno de noche era André Breton, conversador y cascarrabias. A las cinco de la mañana del 6 de junio de 1944, mientras mi padre leía el último boletín de noticias, le entregaron un teletipo urgente: ¡flash! Con la voz acelerada por la emoción, dio en directo la noticia del desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía: «Nous interrompions notre émission pour une très importante nouvelle, des Forces alliées ont débarqué en France. Nous repetons, des Forces alliées...». Unos meses después, cumplidos los dieciocho años, él también cruzó el Atlántico a bordo de un buque de guerra —el General Gordon— para combatir el nazismo. Eran seis mil soldados: la mayoría americanos y un pequeño contingente de franceses. El océano. La angustia. El aburrimiento. Largas horas de cola en la cubierta para comer. Y el recuerdo de su viaje de ida a América: aquella piña que un compañero del camarote colgó del techo del camarote y que se bamboleaba con el oleaje, redoblando el mareo. Lo destinaron a Casablanca, tiempo muerto y preámbulo de la posguerra y la penuria. Consiguió trabajo en una naviera medio quebrada con sede en Róterdam y la reflotó a base de trabajo y talento, trabajo y talento, hasta amasar una fortuna, que repartió entre amores, hijos, amigos y proyectos, algunos de estos últimos heridos por su idealismo. Tenía un sentido del humor travieso e irónico, a lo New Yorker, un buen gusto infalible para la pintura, una generosidad a prueba de infinitas decepciones y los ojos tan azules como el mar de Marsella donde esparcimos sus cenizas. Era un conversador fértil, un polemista formidable, un explorador de la vida, un individuo sin prejuicios ni fronteras y un adversario natural de la identidad. En todo quise ser como él y contra la identidad el azar me ayudó.
Fui apátrida hasta los dieciocho años, argentina hasta los veinticuatro, franco-argentina hasta los treinta y dos y ahora soy técnicamente hispano-franco-argentina. Mezcla rara, como dice el tango. Mi madre era una niña bien de la Recoleta, rebelde, progre, libérrima y lectora, a la que las contracciones del parto sorprendieron en Medinaceli, un pueblo metafísico de la provincia de Soria, donde ella y su primera pareja, el pintor Rómulo Macció, tenían una vieja posada convertida en casa y atelier. Nací ochomesina en el limbo que separa el ius soli del ius sanguinis: ni argentina ni española. Y además sin padre oficial. En el Registro Civil de Madrid me inscribieron como «Cayetana Peralta Ramos. Sexo: Hembra. Padre: A efectos identificatorios, Rómulo». De vuelta en Buenos Aires, después de un engorroso trámite administrativo dilatado por motivos sentimentales, mi padre logró el reconocimiento de filiación. Yo tenía casi tres años. Vestida de marinerita, tomando un helado de dulce de leche, recibí la noticia en la voz alegre de mi madre: «A partir de ahora tu apellido será Álvarez de Toledo». Al parecer, olvidé por un instante el helado, abrí mucho los ojos y protesté: «¡Ah no, yo no puedo decir eso, es muy difícil!».
Por fin tenía padre, pero tardé en tener patria. A papá esta circunstancia le hacía una gracia infinita y para provocarme me llamaba Res Nullius, «cosa de nadie». Así crecí, sin el peso de una pertenencia nacional, entre las ardillas del barrio londinense de Hampstead y los carpinchos de la provincia gaucha de Entre Ríos, hasta que a los dieciocho años obtuve mi primera nacionalidad: argentina. El colegio Northlands, el Munich de la Recoleta, los locatellis de pavita, la Vuelta de Rocha, el Club Alemán de Equitación, los Redonditos de Ricota y La Gata Varela... Salir al alba con Don Pelele a mover los novillos de un potrero a otro, marcar los terneros, capar a cuchillo, volver con la luna junto al río quieto, el caballo cansado, el cuerpo también... Las callecitas de Buenos Aires y, sobre todo, los recuerdos del campo todavía me producen intensos arrebatos de nostalgia, quizá porque los abandoné muy pronto para regresar a Inglaterra. En Oxford me vacuné contra el adanismo, me hice adulta y descubrí el liberalismo y la responsabilidad, que son lo mismo. Coincidiendo con mi graduación, mi padre me legó su ciudadanía francesa y con ella un mandato de luces: libertad, igualdad y fraternidad. En París, en una elegante planta baja del número 55 de la Rue de Verneuil, entre Bonnards y Bacons, De Chiricos y Degas, gocé de muchos inviernos refinados y por momentos solitarios. Papá pasaba horas fuera de casa y yo jugaba o leía en la veranda. Pero entonces venía a recogerme y se abría el cielo. Íbamos a los grandes museos y a las últimas exposiciones, a los jardines de Luxemburgo y a la Place des Vosges, por la tarde a la enésima reprise de una película de Chaplin o de los Hermanos Marx, y luego a cenar a la Brasserie Lipp o a un pequeño italiano del barrio: espaguetis con tomate, su debilidad. Francia, siempre un punto de referencia, incluso de fuga, sin embargo fue mi hogar. Y, unos años después, concluido un pesado trámite burocrático, me hice por fin española.
«¿Cuál es entonces su identidad?» Me lo han preguntado tantas veces. En realidad es la pregunta de mi vida. «Inglesita», murmuraban mis nuevas compañeras del Northlands en plena guerra de las Malvinas, mientras señalaban con sorna mis zapatos de cordones y cerrado acento posh. «Spanish, I presume», dijo nonchalant el portero de New College, Oxford, al leer mi nombre en el registro de los nuevos alumnos. «Argentina, hija de una puta y un español», me escupió un separatista catalán la mañana del 1 de octubre de 2017 en Gerona después de que la Guardia Civil reventara su fiesta de la antidemocracia. «Sudaca» y hasta «cosmopolita» me han llamado muchas veces cobardes camuflados en las redes sociales. «Cosmopolita», el insulto nazi a los judíos: hasta ahí, queridos lectores, ha llegado la riada. Y de «voxera» y «españolaza» siguen tachándome los podemitas, los separatistas y algunos periodistas que viven de las etiquetas, porque leer, preguntar, escuchar y pensar requieren un esfuerzo que ya nadie está dispuesto a pagar. La identidad es también el atajo de los vagos.
Y con la patria vinieron el género, la casta, el abolengo y demás quincalla. La primera vez que mis presuntas hermanas me llamaron «¡Traidora!» arqueé las cejas. Desde entonces no me inmuto. Son gajes de un oficio que ha perdido la razón. En cambio sí contesté, y con contundencia perfectamente meditada, cuando el líder de Podemos, Pablo Iglesias, me llamó una y otra vez «marquesa» desde la tribuna del Congreso de los Diputados. No porque lo considerara una ofensa —cómo iba a ofenderme la evocación de mi padre, el mejor hombre del mundo, o de ese título de Casa Fuerte, que suena a mandato—, sino porque me pareció un inaceptable ataque a la igualdad. Y a Don Quijote. ¡Y a Don Pelele! «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro». Ni menos que otro si no hace menos que otro. Creer que un título determina la vileza de carácter es tan estúpido como pensar que determina la nobleza de espíritu: puro pensamiento reaccionario. Esta es la batalla ideológica de nuestro tiempo: libertad o colectivismo, igualdad o identidad, razón o reacción. Y no sólo en España.
Una mañana de octubre de 2020, cuando ya había pasado todo —las dos campañas electorales, la portavocía, mi ascenso, mi caída... En definitiva, la historia que cuenta este libro— tuve una pequeña epifanía laica. De esas que te ordenan la cabeza porque ordenan el mundo. En Francia un profesor de instituto llamado Samuel Paty había sido degollado por enseñar a sus alumnos unas viñetas cómicas de Mahoma durante una clase sobre libertad de expresión, y el presidente Emmanuel Macron, uno de los pocos líderes contemporáneos con una benéfica ambición intelectual, se dirigió a los franceses con un discurso inédito por valiente y por veraz. Desafiando a los mulás de la ortodoxia política, no sólo denunció el intento de imponer a partir de un hecho identitario, en este caso religioso, una comunidad paralela a la republicana, con sus propios códigos éticos, sociales e incluso legales, sino que además se atrevió a ponerle nombre: «Separatismo islamista». Y caí.
La identidad es la gasolina del separatismo y el separatismo es la identidad de nuestro tiempo. El otro virus que recorre Occidente, desde la desangelada Patagonia chilena hasta las universidades de élite de Canadá. La historia es conocida. La bola echó a rodar en Mayo del 68, cuando la izquierda, con toda su capacidad dogmática y de prescripción, convirtió al colectivo identitario —mujer, homosexual, negro, musulmán, oso polar— en el nuevo sujeto revolucionario en sustitución del obrero, al que el comunismo había destruido. Lo hizo en nombre del Progreso con mayúsculas, pero lo que puso en marcha fue la Gran Involución. Un regreso al oscurantismo. Hemos vuelto al marco intelectual y moral anterior a Locke y Voltaire. Anterior a las tabernas donde al calor de febriles discusiones, contra el autoritarismo político y el dogmatismo eclesiástico, cuajó el derecho a ofender y a ser ofendido. Anterior a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789, con su emocionante artículo 1: «Todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». Anterior también a la fundación de los Estados Unidos sobre la premisa de que «all men are created equal», y a la guerra civil que libraron los americanos para que algún día fuera realidad. Anterior a la más terrible regresión identitaria desde la Ilustración y lección fundamental del siglo XX: el Holocausto es hijo del nacionalismo y el nacionalismo es la guerra. Y anterior, por supuesto, a la idea de Europa como una suma de Estados democráticos y no de naciones étnicas o culturales: fuente y fundamento de la paz que disfrutamos.
Su relato destruido en los gulags y sepultado bajo los cascotes del muro de Berlín, la izquierda resucitó el flagelo identitario. Sumó lo peor de sí misma a lo peor de la vieja derecha reaccionaria, y encendió una nueva mecha regresiva que prendió con fuerza en las universidades americanas, cunas del sentimentalismo y la sobreprotección. El fuego ha ido propagándose por un Occidente incapaz de reivindicar su mayor conquista moral: el ciudadano. La idolatría de la identidad está arrasando con las conquistas del orden liberal secular. El neodiós ante el que la izquierda reaccionaria nos obliga a arrodillarnos bajo pena de excomunión fulminante de la congregación de la buena gente. Y es también la amenaza más seria que hoy se cierne sobre la democracia liberal. No hay democracias identitarias, como tampoco hay ya una izquierda igualitaria. Un ejemplo paradigmático es España.
En España asociamos el separatismo con los nacionalismos centrífugos vasco y catalán. Qué remedio. Llevamos cuarenta años mimando sus fines y soportando sus métodos: la exclusión, la extorsión, el destierro, el asesinato. A combatir a estos nacionalismos he dedicado mis mejores esfuerzos como periodista y política, y probablemente tenga que seguir haciéndolo por culpa de un presidente del Gobierno en el que convergen toda la vanidad y una espectacular ausencia de escrúpulos. En lugar de certificar la derrota del golpe de Estado del 1 de octubre de 2017, Pedro Sánchez ha decidido otorgar a sus autores una segunda oportunidad a cambio de sus votos para gobernar. Les ha blanqueado, les ha indultado, les ha otorgado la razón en su relato y en sus agravios, y ha aceptado negociar con ellos el inexistente derecho de autodeterminación del inexistente pueblo catalán. Es decir, el fin de la soberanía del pueblo español. El proceso separatista sigue vivo, sólo que ahora se ha trasladado de las instituciones catalanes al Congreso de los Diputados, donde Sánchez aspira a promover una cochambrosa mutación constitucional: de los libres e iguales a los sometidos y enfrentados. En esto, Sánchez es un separatista de manual. En esto, y en todo. Porque el separatismo no es patrimonio de los nacionalistas centrífugos. Son también separatistas los nacionalistas centrípetos, aquellos que, mediante la apelación a las esencias o simplemente a las vísceras, compactan lo propio por oposición a lo ajeno: «España, una, grande y libre», «La France Éternelle», «America First». Pero sobre todo son separatistas los nuevos capellanes de la identidad, entre los que también destaca Sánchez. El separatismo es un concepto perfectamente aplicable a la ideología de género, que en su histérica deriva antiigualitaria ha enfrentado a las mujeres con los hombres, a los homosexuales con los heterosexuales y hasta a las feministas nuevas con las viejas. Al indigenismo, que ataca la propiedad privada y justifica la violencia con argumentos que habrían sonado reaccionarios ya en tiempos coloniales. Y al revanchismo racial, que juzga el pasado con los criterios del presente. Que denuncia por racista al líder político que más hizo para derrotar al régimen más racista de la Historia. Que del asesinato de un buen hombre negro a manos de un mal policía blanco deduce que todos los policías —y todos los blancos— son racistas. Es decir, que contra la discriminación de unos seres humanos promueve la discriminación de otros. Incluso su criminalización. La de los muertos, cuyas estatuas intenta derribar, y la de los vivos, a los que quiere de rodillas. El hombre blanco —la niña blanca— culpables de nacimiento por razón de raza. Desiguales. Segregados. Como los periodistas a los que la alcaldesa de Chicago discriminó en la concesión de entrevistas por no tener piel negra, mulata o amarilla. Como aquel otro reportero al que la portavoz de La Casa Blanca negó el derecho a preguntar sobre el aborto porque «usted nunca ha estado embarazado». O como las mujeres candidatas a la Asamblea Constituyente chilena que ganaron las elecciones pero fueron desplazadas por culpa de la propia paridad feminista. Poética injusticia.
Escuchando a Macron también caí en la cuenta de que todos los separatismos operan de la misma manera. Primero irrumpe el colectivismo, viejo aliado de la izquierda, e incrusta a los individuos en un bloque homogéneo, granítico, artificial. El que se atreva a rebelarse será considerado un enfermo de autoodio o un vil traidor. Ayaan Hirsi Ali, hereje. Albert Boadella, renegado. Yo misma, «oprimida y cómplice de la opresión». Es lo que garabateó en un tuit la periodista Julia Otero en respuesta a mi oposición a la huelga feminista del 8 de marzo de 2018. Le contesté con buen humor: «¿Oprimida yo? ¡No sabe usted de quién habla!». Pero el asunto no tenía gracia. La acusación de colaboracionismo es una de las características más siniestras del pensamiento colectivista. La otra es el reduccionismo: la idea ínfima y deprimente de que los seres humanos somos, y sólo podemos ser, lo que dictan nuestros rasgos identitarios más obvios. Los negros, oscuros ante todo. Las mujeres, una vagina con sentimientos. Los gais, carne del Orgullo. Lo he planteado retóricamente en muchos debates sobre feminismo: ¿Con quién tengo yo más en común? ¿Con Cristina Kirchner o Luis Almagro? ¿Con Yolanda Díaz o Mario Draghi? ¿Con Greta Thunberg o Alain Finkielkraut? Arriesgando, ¿con Ada Colau o Pedro Sánchez? No hay una relación de causa-efecto entre el sexo y la opinión, y menos aún entre el sexo y el voto. La sororidad identitaria nunca puede ser una obligación pública. La fraternidad cívica sí lo es. Lo explicó de forma admirable la propia Ayaan en una entrevista que le hice para El Mundo: «El emocionante acierto del liberalismo clásico es que se fija en el individuo. No se detiene en el sexo, la raza, la ideología o la religión de una persona. Lo único que le importa es la condición humana. Y la capacidad de las personas para comprender y compartir ideas y experiencias. Y lo primero que compartimos es el deseo de libertad. Y la primera libertad que anhelamos y debemos defender es la libertad frente a cualquier intento de coerción». El liberalismo es el principal antídoto frente a la implosión identitaria y su inevitable corolario, la tentación autoritaria. Porque este es el otro grave peligro que planea sobre nuestras democracias: que tras el caos iliberal, y con la excusa de reconstruir el demos fragmentado, se imponga un orden iliberal. Un caudillo chavistón, un macho Putin o incluso un modelo mefistofélico a la china: «Dame tu libertad que yo te aseguro el capital». Este es el punto exacto en el que nos encontramos: entre la tribalización y la tiranía. Lloriqueando, mirándonos el ombligo, riñendo entre nosotros, perdiendo el tiempo y la fuerza, cuando deberíamos estar librando la batalla cultural. La batalla en defensa del orden liberal.
Una vez fabricado el colectivo a machetazos, el separatismo adorna su nuevo objeto de culto con los atributos de la víctima. También me habló de esto Ayaan: «Míreme a mí. Bajo un enfoque identitario yo soy un compendio de minorías: mujer, negra, musulmana... Pero no. Yo soy mucho más que todo eso. Soy un individuo. Una ciudadana. Y sobre todo no soy una víctima. Tengo libertad y responsabilidad». Me dieron ganas de aplaudir. Yo tampoco soy una víctima, si acaso de mi mal carácter y del azar. Sí, soy arisca y antipática. ¡Insoportable! Y aun así el separatismo me absolvería. Diría que mi cableado biológico es inocente y la cultura culpable. Todos los separatismos se nutren de la tendencia del ser humano a sentirse agraviado e imputar la responsabilidad a terceros. Y todos construyen categorías falsas a partir de anécdotas reales. El feminismo de tercera ola, por ejemplo, utiliza la violencia ejercida por unos hombres contra unas mujeres —excepciones dentro de la excepción, Weinsteins de la vida— para decretar la existencia de una violencia estructural de todos los hombres contra todas las mujeres «por el hecho de ser mujeres». Esta coletilla, que la izquierda añade con beligerancia ideológica y la derecha por una insólita sumisión a la izquierda, ignora la crucial diferencia entre la responsabilidad individual y la colectiva. ¡La violencia también se colectiviza! La culpa deja de ser del hombre concreto y se imputa al hombre como categoría. Lo cual no deja de ser una forma de absolución.
El nacionalismo catalán opera de forma parecida, con un agravante. La afrenta a partir de la cual edifica su relato victimista ni siquiera se inscribe en el presente. La imposición del castellano, la negación del pluralismo, la represión de las libertades... Las culpas del franquismo se imputan a la democracia, como si el Estado autonómico no hubiese sido, entre otras cosas, la liquidación de una deuda. Y, sobre todo, como si la España del 78 no hubiera asumido las exigencias de la diversidad. Las de Cataluña, con creces. Nunca, ni en un pasado mitificado hasta el delirio, han tenido la cultura, la lengua y las instituciones catalanas más protección y proyección que ahora. Basta con leer el último libro del padre del nacionalismo catalán contemporáneo, Jordi Pujol. Se titula Entre el dolor i l’esperança y, más allá de vagas alusiones a la incomprensión española y bla, bla, bla, es incapaz de citar un solo motivo concreto para justificar el Proceso. Y qué decir del País Vasco, con su cupo, su concierto y su PNV, bisagra española por antonomasia. ETA ha matado mucho más desde la Transición que bajo la dictadura: 44 asesinatos hasta la muerte de Franco, 809 después. Extraño victimismo el que siembra una democracia de víctimas.
La tercera característica del separatismo es su empeño en crear comunidades identitarias diferenciadas dentro de la comunidad cívica de origen. Lo apuntó Macron sobre el islamismo en Francia y lo avala la historia del nacionalismo catalán. En 1640. En 1714. En 1934. Y sí, también en 2017. En su afán por construir una nación catalana, Pujol, Artur Mas, Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás promotores del Proceso hicieron lo mismo que sus predecesores: romper Cataluña en dos. De momento sólo civilmente. En otros ámbitos, la segregación sí ha adquirido ya un anclaje legal. España es, con Suecia, la única democracia del mundo cuyo Código Penal contempla un agravante de género. Es decir, que discrimina por sexo. A idéntico delito, mayor castigo para un hombre que para una mujer. Es una vuelta a un tiempo sin luces, cuando las personas eran juzgadas no por sus hechos sino por su sexo, raza, creencias o condición social. El hecho de que el Tribunal Constitucional haya avalado esta involución da una medida exacta de la presión ambiental. Y además para nada. El agravante de género no ha librado a Suecia de encabezar los índices europeos de violencia contra las mujeres. Es la llamada paradoja nórdica y ya tiene su versión española. Por no hablar de las dos consignas, puramente supersticiosas, que la izquierda ha convertido en mantra del mainstream: «Las mujeres siempre dicen la verdad». ¿También si la invoco yo? ¿Seguro? La segunda es todavía más ingeniosa: «Yo sí te creo, hermana». La consigna favorita del feminismo réac lo tiene todo. El «yo sí» afirma la primacía de lo subjetivo sobre lo objetivo. El «te creo» antepone la fe ciega a los hechos probados. Y el «hermana» reivindica el carácter blindado del colectivo identitario. Juntos, estos tres elementos impugnan las bases del Estado de derecho y estimulan el conflicto social. Porque cuando las opiniones se convierten en hechos y los hechos en opiniones, los litigios ya sólo pueden dirimirse en la plaza pública, a golpe de clic y de share, o de algo peor. Para ejemplos, el tratamiento —puro populismo punitivo— que Telecinco dio a las denuncias de Rocío Carrasco contra su exmarido, y que le ha valido a la productora del programa Sálvame una edificante condena judicial. Las televisiones, salivando por la audiencia, están sustituyendo a los tribunales como foros sentenciadores. Los tertulianos y los espectadores son los que deciden quién es inocente y quién culpable en función de sus sentimientos y afinidades. Se crean así dos verdades paralelas: la probada o por probar y la mediática. Es decir, se destruye la verdad.
El profesor Paty fue degollado. Los medios dijeron «decapitado». Pudieron haber dicho simplemente «cancelado» y nos habríamos entendido. «Cancelación» es el término de moda para describir el cuarto elemento común a todos los separatismos. Censura, acoso, supresión, violencia... La lógica identitaria es aplastante. Literalmente. En el mejor de los casos, el castigo se queda en un señalamiento moral. FASCISTA, MACHISTA, RACISTA, COLONIALISTA, ISLAMÓFOBO, HOMÓFOBO, TRÁNSFOBO: estas son las estrellas amarillas que los nuevos totalitarios cosen en la solapa de los librepensadores. La alternativa es peor. El nacionalismo vasco canceló físicamente a 853 ciudadanos, dejó miles de heridos y empujó al exilio a más de doscientas mil personas. La cancelación de los constitucionalistas en Cataluña ha sido algo más sibilina: acoso laboral, ostracismo institucional, exclusión de los cauces de promoción social y, cada tanto, una pintada en la puerta de casa o una amenaza física, para dejar claro que la identidad manda. La ideología de género tampoco es ajena a estos simpáticos métodos de persuasión. De hecho, los ejerce con saña y eficacia. Contra Richard Dawkins. Contra Steven Pinker. Contra la propia Ayaan. Contra mi amigo Pablo de Lora, víctima en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona de una violenta razia más que protrans, anticiencia. Y quién sabe contra cuántos ciudadanos anónimos, que al dogma identitario contraponen la razón, los hechos o la mera curiosidad intelectual. En todo caso, serán menos de los que escogen callar. Las políticas identitarias son ante todo una forma de autocensura.
Me viene ahora al recuerdo la voz templada de Flemming Rose, el editor del Jyllands-Posten que en 2005 decidió publicar una serie de caricaturas de Mahoma, lo que le convirtió en blanco del fanatismo fetua y referente de la libertad de expresión. En 2015 le invité a un seminario de FAES en Madrid para hablar de su experiencia y de la necesidad de defender el derecho democrático a ofender y a ser ofendido. Es decir, a pensar. Su venida generó una polémica soterrada entre los trabajadores de la Fundación e incluso hubo quienes me acusaron de poner sus vidas en riesgo. Pero si a un hombre como Rose no le ofrecíamos un altavoz nosotros, aguerridos liberales, entonces quién. Unos años después, en París, volví a comprobar el pavor que infunde la identidad. Fue durante la manifestación convocada tras la matanza islamista en la redacción de la revista Charlie Hebdo. Allí iba, con mi querida amiga Carmen Ladrón de Guevara, abogada de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, abriéndome paso con dificultad, el Pont Neuf arriba, por el Centro Pompidou, hasta la plaza de la República. Ríos y ríos de gente, que se desbordaban en todas direcciones. Carteles, cánticos, consignas. Infinitas muestras de solidaridad con los muertos —todos éramos Charlie—, pero ni la más mínima alusión a la ideología que los asesinó. Barack Obama, encarnación de la corrección política, se negó a acudir. Con quien sí nos encontramos a los pies de la estatua de Marianne, y ya es mala suerte, fue con un diputado de Bildu, el partido heredero de la organización terrorista ETA-Batasuna. Me saludó sorprendido: «¡Hombre, Cayetana! ¿Tú aquí?». Anda que tú.
La última característica de los movimientos separatistas es la polarización: el conflicto civil. Es un sabio lugar común que una casa dividida contra sí misma cannot stand. Pero cuando esa casa es una democracia consolidada el destrozo es más que institucional o político. Lo comprobé de primera mano una mañana de enero de 2017 en Washington. El Mundo me había enviado a cubrir la toma de posesión de Donald J. Trump. La exministra de Exteriores Ana Palacio, una vasca universal y valiente, y la anfitriona más generosa del mundo, me acogió en su casa de muñecas en Georgetown y juntas fuimos al Mall. Vimos cómo grupos de nativistas, trumpistas, feministas y activistas del Black Lives Matter se insultaban y zarandeaban violentamente unos a otros. Ana acabó en el suelo y escuchamos
