Toda la vida leyendo libros con prólogo, quejándome de que los libros tuvieran prólogo y aquí estoy yo, escribiendo un prólogo y repitiendo la palabra cuatro veces por si a alguien no le queda claro. Pero, a ver, con este título, ¿cómo me voy a poner a escribir sin más, sin explicar al menos qué voy a hacer, de dónde vengo o adónde voy? Como el adónde voy es un misterio insondable, no sólo para mí, sino para la humanidad, así, en general, voy a responder mejor a de dónde vengo y qué voy a hacer.
Como buen homosexual, cuando noté que era diferente, me pregunté por qué me había tocado a mí. Luego comprendí que daba igual que me hiciera esa pregunta porque, por mucho que creyera que era una fase, yo era lo que era y punto. Aprendí a disimular (fatal, claro, como casi todos), y al final me salvó saber que había más gente como yo, aunque al principio aparecían sólo en los libros, nombrados un poco bastante por encima.
Cuando era pequeño estudiaba música y recuerdo que había un libro en el que salía un tal Chaikovski que era homosexual; no me quedó muy claro qué era eso, así que me fui al diccionario y, sorpresa, sí, ese señor era como yo. O sea, que lo de que en el colegio me gustasen los niños y no las niñas era eso: ser homosexual. ¡Uf! ¡Qué alivio! ¡Ya no estaba solo! ¡Había un señor hacía ciento cincuenta años que era como yo...! Sarcasmos aparte, sí, me sentí un poco menos solo. Escribí el nombre de Chaikovski en un papel, para no olvidarlo, y lo guardé en un cajón. Con el tiempo, aparecieron algunos nombres más, y los fui apuntando, claro, pero tampoco es que fueran demasiados ni, desde luego, suficientes como para consolarme. Y..., bueno, todos llevaban una temporada bajo tierra.
Pronto descubrí también que no sólo era homosexual, sino que además era marica, bueno, maricón, pues alguien me lo llamó. Tampoco entendí muy bien qué significaba, pero intuí que no debía de ser muy bueno. Sólo me lo llamaban a mí, por lo que no fue muy complicado llegar a la conclusión de que era por ser homosexual y, por el tono, quedaba claro que era una cosa horrible. Tocaba sentirse fatal, sentirse solo y, encima, mantenerse callado, porque si abría la boca corría el peligro de que detectasen que era maricón. En aquel tiempo, como dice la Biblia, me di cuenta de por qué me descubrían: por la pluma. Aunque lo de la pluma lo sabes después; hasta ese momento, era por ser mariquita. Me acuerdo de cuando me lo llamó mi tía Cuca, a la que recuerdo con mucho desprecio, casi tanto como el que ella usó para llamarme marica por la llorera que me dio después de que ella misma, por accidente, pisase a mi pollito amarillo, al que despachurró como quien pisa una caca seca de perro, le sacase las tripas y, aún vivo, lo tirase a la basura.
Total, que, tragedias de la infancia aparte, tocaba ponerse la armadura antes de que me empezasen a dar por todos lados. Intenté corregir la pluma porque me la jugaba, y más en la edad del pavo, cuando todo es un drama. Había que parecer normal. Está en cursiva, por si no lo habéis notado.
Pero cuando, por fin, aparece en tu vida gente con la que puedes tener confianza, empiezas a abrirte —con cuidado, eso sí— y, si tienes suerte, como fue mi caso, puedes por fin desfogarte y sacar todo lo que llevas dentro. En una ciudad pequeña como en la que me crie, Burgos, la verdad es que eso fue poco menos que un milagro. Ah, por cierto, entonces aún no había internet, así que los únicos referentes eran Jesús Vázquez —presentador de televisión guapísimo y homosexual— y Almodóvar, supongo, y también gente de la rumorología local, claro. O sea, que seguía siendo el único homosexual real del mundo: mal.
No os voy a contar toda mi vida porque no hemos venido aquí a hablar de mí, pero bueno, pasaron los años y me fui aceptando. Y luego llegó internet y descubrí que el mundo estaba lleno (bueno, lleno tampoco) de homosexuales como yo, y los conocí y resultó que no nos llamábamos homosexuales, nos llamábamos maricones, directamente, sin ningún tonillo y sin ninguna intención peyorativa; simplemente nos empezamos a dar cuenta de que había que reclamar esa palabra, hacerla nuestra para que perdiese fuerza como arma arrojadiza. Los amigos heteros flipaban (bueno, y flipan) un poco cuando les decía que era maricón: «Hombre, no lo digas así», me decían; y yo, «sí, sí, si es que soy maricón, y estoy muy orgulloso de serlo».
He de admitir que internet fue para mí un medio de desahogo personal (sí, también por el porno). Cuando surgieron los blogs, ahí estaba yo, exponiendo mis entrañas en un ejercicio bastante terapéutico, la verdad. Un buen día, rebuscando en mis cajones, encontré aquel papelito en el que había escrito aquellos nombres de homosexuales del pasado; pensé que sólo eran nombres y que necesitaba saber algo más de ellos, aparte del hecho de que fueran homosexuales. ¿Qué mejor manera de echar una mano a quien viniera detrás que coger esos nombres y ver qué había tras ellos? Entonces me puse a escribir en mi blog sobre aquellos homosexuales de la historia sobre los que todo el mundo parecía ignorar ese detalle, incluidos nosotros. Fue así como surgió la sección llamada «Grandes Maricas de la Historia». Era 2008 y lo cierto es que no ahondé mucho; pero, años más tarde, quise retomarlo en formato de hilos de Twitter y al final se convirtió en una investigación más seria y exhaustiva que derivó en un pódcast, sin perder el humor, eso sí, que suficiente drama tuvieron ellos ya en su tiempo.
¿Qué fue lo que me encontré? Pues que la historiografía tradicional había enterrado a muchos personajes homosexuales, o, mejor dicho, había enterrado la homosexualidad de muchos personajes, por no decir de todos. No se encuentran referencias serias y estudios concienzudos hasta mediados del siglo XX; hasta entonces, cuando había algo sospechoso, se transformaba en profunda amistad y camaradería entre hombres. Es cierto que la homosexualidad de algunos personajes era bastante imposible de ocultar (un saludo, Chaikovski), pero, incluso en esos casos, se obviaba, ignoraba o negaba que pudieran tener relaciones sexuales con otros hombres, lo que los convertía en seres romos de entrepierna, o sea, en asexuales. Como una Barbie.
Mucha gente se pregunta por qué debemos preocuparnos por la sexualidad ajena, pero, qué casualidad, se lo plantean sólo cuando hablamos de homosexualidad. Es decir, si el personaje es heterosexual, sí importan sus devaneos sexuales, así que ahí tenemos a Luis XIV de Francia, que no dejaba de tener amantes entre sus cortesanas, y a Enrique VIII de Inglaterra, a quien su fogosidad le llevó a coleccionar esposas y a abjurar de la fe católica para fundar el anglicanismo. ¡Olé! ¡Olé! ¡Qué machote Luis y qué machote Enrique! Ambos heterosexuales y celebrados por sus hazañas en la cama. Ah, pero cuando se trata de homosexuales, todo es correr un tupido velo... ¿Que Ricardo Corazón de León se paseaba por la otra acera? Bah, hombre, ya sabéis cómo eran las Cruzadas, que en el amor y en la guerra todo agujero es trinchera... ¿Que Cervantes cosía para la calle? Bueeeno, qué va, hombre, ¡habladurías! ¡Si hasta tuvo una hija! Como si tener descendencia te convirtiese, automáticamente, en heterosexual. Conclusión: hasta 1970, para los historiadores todo el mundo era heterosexual hasta que se demostraba lo contrario y, aun así, había que corroborarlo varias veces, no fuera que simplemente estuvieran... experimentando con su sexualidad. Claaaro, porque mantener una relación con otro hombre durante diez años es experimentar.
A esa primera pregunta hay que añadir otra: ¿qué necesidad hay de hablar de homosexualidad? ¿Qué más dará? Pues da, y mucho, porque lo que eres te afecta en todo, no sólo en el aspecto personal, sino también en cómo te enfrentas a la sociedad de tu época, sobre todo cuando a esa sociedad no le gusta que no seas heterosexual y está dispuesta a meterte en la cárcel por ello, a quemarte en la hoguera, a condenarte a trabajos forzados y a un largo etcétera de brillantes maneras de destruir a una persona sólo por ser diferente.
La historia no ha sido siempre así de «Venga, vamos a quemar homosexuales», pero sí se ha reescrito bastante dependiendo de la moral reinante y, en muchas ocasiones, la condición homosexual se ha aireado más para relacionarla con bárbaros y paganos (o sea, no cristianos, o sea, los malos) que para normalizarla. Ejemplo: los griegos. Qué grandes eran los griegos, ¿eh? Qué listos, ¿eh? Y cuántos homosexuales había entre ellos, ¿eh? Bueno, claaaro, ¡porque eran paganos! ¡¿Qué esperar de ellos?!
Y, ya que estamos con los griegos, ¿qué mejor que dejar ya el prólogo y ponernos manos a la obra? ¡Que aquí hemos venido a hablar de homosexualidad, amigos!
Aquí comienza, queridos lectores, Grandes Maricas de la Historia.
GRIEGOS Y ROMANOS
Empecemos sacando de la tumba del olvido homosexual, que no del olvido histórico, a uno de los más célebres maricas que se esconden en los libros de historia. Bueno, este no es que estuviera muy escondido, ojo, porque es (o, mejor dicho, era) demasiado grande como para ocultarlo, la verdad. Os presento a nuestro primer gran marica de la historia: Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno, rey de Macedonia, hegemón de la Hélade, faraón de Egipto y gran rey de Media y Persia, además de valiente guerrero, guapo, chulazo y machote.
Ya que estamos con un griego, quiero aprovechar para desmitificar un poco a una civilización y una época en la que las cosas parecían ser de una manera en la que, en realidad, no eran. Nos marchamos a la antigua Grecia, a la mismísima Macedonia, a varios siglos antes (cuatro para ser exactos) de que apareciera aquel señor de Nazaret y comenzara una nueva era que acabó, sin duda, perjudicándonos como colectivo incluso antes de que pudiéramos llamarnos así.
Mucho hay que decir sobre la homosexualidad en Grecia, pero vamos a empezar ni más ni menos que por los indoeuropeos. Sí, ya sé que parece que me voy muy lejos en esto de retroceder en el tiempo, pero intentaré abreviar para que no os dé un soponcio, porque esto os lo tengo que contar sí o sí. Allá por el siglo XIX, los estudiosos se empezaron a dar cuenta de las similitudes que había entre el latín y el griego y el sánscrito de la India, y llegaron a la conclusión de que tenían un antecedente común, una lengua a la que llamaron indoeuropeo (porque, oh, sorpresa, se extendía desde la India hasta Europa) y que era hablada por los indoeuropeos, un conjunto de pueblos que no sólo compartían dicha lengua, sino también una sociedad y una religión o creencias desde, aproximadamente, el 4000 a. C. Luego, con el tiempo, esa lengua fue adquiriendo sus particularidades en cada zona y evolucionó hasta convertirse en un mosaico de idiomas con algunas similitudes y un origen común. Lo mismo ocurrió con la sociedad y sus costumbres, que se mantuvieron, aunque con diferencias, desde la India hasta el Mediterráneo; por eso el dios griego del rayo, o sea, Zeus, es el germánico Thor, el hitita Tarhun, el latino Júpiter o el indio Indra, todos megapoderosos y bastante eléctricos.
Pues bien, los indoeuropeos compartían muchas cosas, entre ellas, las prácticas sexuales, y más concretamente las prácticas homosexuales. Nos lo cuenta en sus estudios el historiador francés Bernard Sergent, especialista en historia antigua y mitología comparada que ha realizado estudios interesantísimos sobre la homosexualidad y la iniciación de los jóvenes de las sociedades indoeuropeas. Sergent llega a la conclusión de que la «iniciación, típica y esencialmente la evolución del adolescente hacia la edad adulta, era universal en las familias de pueblos indoeuropeos, desde el Atlántico hasta el Ganges, tal y como se extendió en la mayoría de los pueblos tribales en muchísimas partes del mundo». ¿Y en qué consistía esa transición a la edad adulta? Pues, básicamente, en un entrenamiento para la caza y la lucha. Pero, esperad, que ahora llega lo interesante, porque ese rito de transición se enmarcaba en el contexto de una relación homosexual entre el joven y un adulto; de hecho, en muchos pueblos aborígenes de todo el planeta se pueden encontrar ciertas prácticas y rituales muy parecidos que relacionan la fuerza vital adulta, que se halla en la cabeza, con el semen, así que se transmite a través del falo. Lo demás ya os lo podéis imaginar...
Es importante esto de la cabeza en relación con la fuerza vital, pues es lo que genera el elemento común entre los pueblos indoeuropeos: la caza de cabezas. Los romanos nos lo cuentan de los celtas y los griegos, de los escitas: cortaban cabezas, las guardaban y acababan limpiándolas para convertirlas en recipientes de bebida que les transferían la esencia del dueño del cráneo. Pero la cosa va más allá. Se creía que toda esa energía y fuerza y sabiduría y blablablá contenida en el cráneo de la gente viva era, en esencia, lo que salía por el falo en el momento de éxtasis, así que transmitir dicha esencia era transmitir sabiduría. Esto es lo que cuentan varios historiadores romanos de las tribus germánicas; pero no sólo ellos, el propio Aristóteles comenta que los celtas tenían la homosexualidad en muy alta estima y que consideraban las relaciones homosexuales como algo de lo más honroso, sin inhibición sexual, sobre todo entre guerreros, con sus ritos y ceremonias de unión a través de un contrato de sangre. Eso sí, un guerrero escita podía tener, como mucho, tres de estos enlaces con otros guerreros a la vez. El cuarto ya era considerado promiscuidad y adulterio.
Todos estos ritos entre hombres, por muy aceptados que estuvieran entre los pueblos indoeuropeos, implicaban —ya veréis qué sorpresa— que ser pasivo era deshonroso cuando uno era ya adulto; o sea, que sólo se admitía la sumisión del joven porque este estaba creciendo gracias al adulto. Todo muy turbio, pero ahí está, registrado con evidencias arqueológicas, grabados, sagas celtas, testimonios grecorromanos y demás desde el 2000 a. C.
Pero esta circunstancia no sólo se daba entre celtas y germanos. Heródoto nos cuenta que los persas hacían lo mismo, y los hititas, y los griegos... Qué os voy a contar de los griegos que no sepáis: pues que la relación sexual entre un joven y un adulto también fue, durante al menos un milenio, el vehículo principal para la educación militar, social y artística.
Pero esto de que los griegos y la homosexualidad fueran de la mano (valga la expresión), algo que todo el mundo asume como la cosa más normal, fue una realidad que se tuvo que abrir paso en la historia tradicional a base de codazos. ¿Qué quiero decir? Pues que hasta 1907, año en el que Erich Bethe escribe un artículo sobre la educación del joven a través del sexo con un adulto, siempre se había negado. ¿Os suena? Historiógrafos echando tierra sobre la realidad homosexual: cero unidades de sorpresa. De hecho, los estudiosos de los siglos XVIII y XIX culpaban a otros pueblos de haber pervertido a los pobres griegos y censuraban o reescribían todos aquellos pasajes clásicos que tuvieran que ver con relaciones homosexuales. Nena, que hasta casi 1950 Aquiles y Patroclo aparecían como supermegacamaradas y nada más..., bueno, como casi todos los Grandes Maricas de la Historia a los que vamos a conocer en este libro. Y eso que, cuando murió Patroclo, Aquiles dijo: «No hay nada peor que pudiera sufrir, ni siquiera la muerte de mi padre o la muerte de mi hijo».
En fin, a lo que íbamos: la Grecia clásica. A cualquiera que le preguntes sobre la homosexualidad en Grecia se imagina aquello como un gran campo de nabos, y la verdad es que razón no les falta, entre comillas. Los griegos tenían a las mujeres como ciudadanos de segunda y sólo las querían para reproducirse. Todo el mundo se imagina, además, un mundo impoluto de mármol y estatuas, de simposios (que era como se llamaban los banquetes), de mucha toga y mucho templo, pero, oh, espóiler, así era el mundo para cuatro griegos, o sea, para la élite. Sí, es otra fantasía de la historiografía, que hasta hace dos días nos contaba sólo la historia de los ricos y poderosos, como si fuera un reality de esos americanos de Beverly Hills.
Pero como es lo que nos ha llegado, es lo que vamos a comentar.
Como decía, entre las élites, o sea, entre los aristócratas, los militares de alta graduación y la gente forradísima (que tampoco era complicado teniendo en cuenta que la mano de obra salía prácticamente gratis, pues tenían esclavos), había una serie de costumbres de aprendizaje absolutamente asentadas en la tradición indoeuropea. La que nos ocupa aquí establecía que los adultos eran quienes transmitían su experiencia a los jóvenes mediante una relación que incluía sexo a la que llamaban pederastia. En la actualidad, al leer esto nos explota la cabeza porque, por sentido común y por suerte, en nuestra sociedad hemos desterrado este tipo de relación de nuestras vidas, y no sólo se nos revuelve el estómago, sino que la consideramos intolerable y está perseguida por la ley. En Grecia, la pederastia era vista como un aspecto más de la relación entre un docente y su discípulo: consideraban que el amor entre ambos tenía una finalidad clara, la transmisión del saber y de las leyes de la polis, la ciudad. De manera contraria, el sexo con sujetos prepúberes, al que denominaban pedofilia, se castigaba con condenas que podían llegar a la pena de muerte.
La pederastia griega surge como una tradición prehomérica y se circunscribe exclusivamente a los círculos aristocráticos y con una clara función educativa y de formación moral. Os podría copiar y pegar todo el artículo de la Wikipedia y me quedaría tan ancho, pero como habéis comprado este libro para leerme a mí, y no a la Wikipedia, mejor os lo cuento yo, con mi especial gracejo, y así os ahorro una explicación demasiado académica. ¿Cómo llegan los griegos a ese momento en el que se tolera la pederastia? A nosotros nos explota la cabeza hoy, al verlo desde la distancia, pero en su momento, y como os acabo de decir, no era una práctica que estuviera extendida en todos los estratos de la sociedad sino, concretamente, entre nobles y aristócratas, que no tenían que levantarse para trabajar de sol a sol para echarse a la boca algo de comer. La práctica se da, básicamente, en tres entornos: el ambiente del deporte y la práctica gimnástica, el del ejército y la formación militar, y, por último, en el entorno del ocio, más específicamente, los banquetes. Había dos elementos comunes en todos ellos, uno era la ausencia absoluta de presencia femenina, y el otro la educación del joven, o sea, introducir al muchacho en la sociedad y las responsabilidades propias de su estrato social.
Ese proceso de formación y educación consistía, como todo intercambio de conocimientos, en la relación entre un maestro, que en griego se llamaba erastés, y un discípulo o erómenos. Dependiendo de la parte de Grecia en la que estuvieran —porque Grecia era un conjunto de ciudades independientes, no una unidad administrativa—, el erastés era el encargado de proveer al erómenos no sólo de una educación teórica sino también de elementos para su formación y desarrollo. Así, en Creta, el discípulo recibía un buey, una armadura y un cáliz, que se correspondían, respectivamente, con la agricultura, la guerra y la religión. En otras regiones, el maestro le regalaba a su pupilo todo un equipo militar, armas incluidas, o instrumentos musicales, etc., elementos todos ellos relacionados con la educación. Entre ambas partes se generaba un vínculo basado en el sexo y en los intereses políticos y familiares de ambos individuos, lo que se traducía en una ampliación de las redes sociales de los aristócratas, dirigida siempre a una mayor influencia política, militar y, en último término, social. Era una cuestión meramente práctica y de prestigio, porque cuantos más discípulos tenía un mentor más se demostraba su influencia y cuanto más influyente era el mentor, más prestigio tenía el discípulo. Básicamente es lo que ocurre ahora entre las élites sociales, pero sin follar, o al menos no de cara a la galería. Pero, ojo, que una vez que el proceso de formación terminaba, cada mochuelo a su o
