He decidido declararme marxista (volumen 1)

Jon Lee Anderson
Jon Lee Anderson

Fragmento

Prólogo

A Leonchik, que tiene todo su futuro por delante.

Con el amor incondicional de un abuelo.

Agradecimientos

Mi más profundo agradecimiento a todos aquellos que me ayudaron en el camino, cada uno a su manera, para traer al mundo esta colección, y en especial a:

Aldo Perán, Roberta Gerhard, Miguel Aguilar, Eduardo y Diego Rabasa, Silvia Sesé, Sarah Chalfant, Julio Villanueva Chang, Sharon DeLano, Amy Davidson y Nick Trautwein.

Introducción[2]

El título de este libro procede de una nota que escribí para mí en un diario a los trece años y redescubrí años después. Cuando era muy joven, tenía la costumbre de anotar afirmaciones como aquella en diarios, en la parte interior de las cubiertas de los libros y en cartas, mientras iba buscando cómo definirme en un mundo que cambiaba rápidamente y en el que mi familia se movía sin cesar. Cuando tenía dieciocho años ya había vivido en nueve países, y el día crucial en que decidí hacerme marxista me encontraba en Liberia, en África Occidental, donde viví durante un año.

Empezaban los años setenta, una época de malestar global y, con la finalidad de entender mejor el mundo que me rodeaba, fui un lector atento y precoz. Entre los autores que me atraían figuraban Voltaire, Camus, Genet, Teilhard de Chardin, Malcolm X, Eldridge Cleaver y el Che Guevara; algunos de ellos, sin duda, me ayudaron a llegar a la conclusión sobre cuáles eran mis inclinaciones políticas.

Pese a aquella profesión de fe tan temprana, nunca me comprometí con ella de forma activa, y de hecho no me definí políticamente en modo alguno después, más allá de sentirme fervorosamente antifascista, escéptico ante la autoridad y ajeno a puntos de vista conservadores.

Aunque me crie casi siempre en el extranjero, en Taiwán, Corea del Sur, Colombia, Indonesia, Liberia, Honduras, España e Inglaterra, mi despertar político partió de una conciencia temprana de las luchas por los derechos civiles en Estados Unidos gracias a mis padres, nómadas y liberales, que nos educaron como familia multirracial. Éramos cinco hermanos: tres hermanos genéticos, nacidos de nuestros padres, y dos hermanas adoptadas, una de Costa Rica y otra de Taiwán.

En ese ambiente desarrollé un aborrecimiento agudo hacia la injusticia racial y el colonialismo. Era necesario apoyar a las fuerzas políticas, fueran cuales fueran, que capitanearan la batalla contra aquellos males gemelos, y en mi época de formación —fueran guerrillas que luchaban ya contra dictaduras militares en América Latina, ya contra colonialistas europeos en África— solían ser siempre marxistas, mientras que el gobierno de mi país y sus aliados normalmente apoyaban al otro bando.

Cuando rondaba los dieciocho o diecinueve años, estaba fascinado con la revolución sandinista de Nicaragua, y hubo un tiempo en que hasta me planteé incorporarme a los rebeldes que luchaban contra el dictador, Anastasio Somoza. Sin embargo, después estuve de reportero allí, con unos veinticinco años, y perdí todas las ilusiones que había abrigado con respecto a ellos al ver el nuevo statu quo nicaragüense. Una vez alcanzado el poder, las guerrillas vencedoras llevaban a cabo sus propias injusticias, a menudo en nombre del marxismo-leninismo, un dogma que muchos no entendían más que superficialmente y en el que creían de veras aún menos.

Me seguían atrayendo los rebeldes como grupo social, pero se me había despertado el interés por las relaciones entre violencia política y poder. Me daba la sensación de que el dogma político solía ser menos sólido que las acciones sangrientas y las maneras en que estas podían canalizarse para el poder político. Más que la carrera de periodismo en sí, esos eran los intereses que me empujaban mientras aprendía el oficio y me abría paso en el mundo. Trabajé primero para The Lima Times, un semanario peruano en inglés; después, como periodista itinerante en Centroamérica para el columnista sindicado Jack Anderson, radicado en Washington D. C.; luego siguió un periodo en el que fui corresponsal para la revista Time en Honduras y El Salvador. A continuación escribí dos libros con mi hermano Scott: el primero, Inside the League, trataba de una red internacional de extrema derecha, idea que surgió a partir de mi experiencia periodística en Centroamérica. Nuestro siguiente libro fue War Zones, una historia oral recogida en varios conflictos de distintas partes del mundo: El Salvador, Irlanda del Norte, Israel y Palestina, Uganda y Sri Lanka.

Mi primer artículo de revista, «Aquellos que tiran piedras», publicado aquí por primera vez en castellano, brotó de aquella etapa de itinerancia global por el mundo del conflicto. Cuando se publicó, en 1988, yo tenía treinta y un años y ya estaba decidido a embarcarme en una exploración más profunda del mundo de la guerrilla. Mientras mi hermano se encerraba a escribir su primera novela, yo conseguí un contrato editorial para el proyecto. Tras cuatro años de investigación sobre el terreno en campos de batalla insurgentes por todo el mundo —otra vez en El Salvador, en el Sáhara Occidental, en Burma, en Gaza y en Afganistán—, publiqué mi libro Guerrillas en 1992.

Después pasé cinco años investigando y escribiendo la vida del revolucionario argentino-cubano Ernesto Che Guevara, al que veía como la encarnación última del arquetipo de guerrillero. La biografía resultante, Che Guevara: una vida revolucionaria, publicada en 1997, no tardó en devolverme al periodismo: la revista The New Yorker me invitó a contribuir con un artículo sobre Cuba extraído de un diario que nutrí mientras estuve viviendo allí. Durante el último cuarto de siglo he seguido trabajando y escribiendo para The New Yorker con crónicas de lugares remotos, perfiles de figuras políticas y noticias de diversos conflictos y zonas de guerra.

Como ocurre con las antologías, He decidido declararme marxista es una selección ecléctica de mi trabajo a lo largo de cuarenta y cuatro años, desde 1980 hasta 2024, distribuida en dos volúmenes. En ella hay artículos para The New Yorker y otros periódicos, así como extractos de mis libros, algunos ya publicados en castellano con anterioridad, como Che Guevara: una vida revolucionaria, La caída de Bagdad, El dictador, los demonios y otras crónicas, Guerrillas, La herencia colonial y otras maldiciones y Los años de la espiral. Con la inestimable guía de los editores Roberta Gerhard y Aldo Perán, he incluido cuando ha sido posible otras historias que no figuraban en colecciones previas de mi trabajo en lengua castellana.

La primera parte, «Guerras y conflictos», se divide en áreas geográficas y comprende Oriente Próximo, África, Asia y América Latina. Incluye un largo extracto de mi libro La caída de Bagdad y varios artículos publicados originalmente en The New Yorker, así como un artículo sobre Afganistán que escribí para la revista peruana Etiqueta Negra, y otro, inédito en castellano, para The New York Times Magazine, sobre el asesinato de un periodista en México. «La guerra eterna» es un ensayo sobre el conflicto colombiano que realicé para un libro titulado Imagine: reflexiones sobre la paz, que solo ha aparecido en castellano en Colombia.

La siguiente sección de «Guerras y conflictos», «Guerrillas», toma su título del libro del mismo nombre.

«Diccionario de la guerra» es una versión revisada de una serie de siete partes que escribí para El País en 2005 como una de sus «Series de verano», en la que intenté recordar alfabéticamente mi vida en el contexto de la guerra y la violencia.

La segunda parte, «Poder y política», consta de siete artículos publicados originalmente en The New Yorker que reflejan mi esfuerzo por comprender la política de la Cuba de Fidel Castro, de la Venezuela de Hugo Chávez, de la España posfranquista —con un artículo sobre la búsqueda del cadáver de García Lorca—; otro sobre las guerrillas colombianas de las FARC al deponer las armas tras cincuenta años de guerra; una descripción de la campaña presidencial del político mexicano de izquierdas Andrés Manuel López Obrador y de las consecuencias de la salida del poder del presidente boliviano Evo Morales; el regreso de los talibanes al poder en Afganistán tras veinte años de guerra contra Estados Unidos; el idealismo de Gabriel Boric, el joven presidente socialista de Chile, y el retorno impetuoso y volátil de Lula al poder en Brasil después de pasar una temporada en la cárcel y del intento de destituirlo por parte de la extrema derecha.

En el segundo volumen se encuentran la tercera parte, «Perfiles», y la cuarta, «El hombre y la naturaleza», y concluye con una sección llamada «Historia personal». En los perfiles hay una mezcla de artículos conocidos: de Pinochet, García Márquez, Mugabe y Gadafi, y otros menos famosos, como el obituario que escribí en 2020 de Fernando Barral, «Las muchas vidas y la muerte silenciosa de un buen comunista», y en «Un acto de Dios», de la predicadora evangélica brasileña acusada de asesinato, Flordelis.

En la sección «El hombre y la naturaleza», regreso a mis orígenes periodísticos con uno de mis primeros artículos de formato largo publicado en 1980 en The Lima Times. «En la selva de los chambiras» es una de varias crónicas que narran mis experiencias iniciales de la exploración del Amazonas peruano. En los últimos años he vuelto varias veces al Amazonas, a Perú y a Brasil, para escribir otros artículos que también se recogen aquí. El último de ellos, «La patrulla del Amazonas», trata de la devastación del territorio del pueblo indígena yanomami para explotar las minas de oro, y se ha publicado en 2024. Además, hay varios artículos sobre África Oriental que consideran el conflicto entre la humanidad y la vida salvaje, y dos artículos, uno sobre Nueva Orleans y otro sobre Haití, acerca de individuos extraordinarios que conocí durante desastres naturales; son historias, en cierto sentido, sobre la forma última de batalla entre los humanos y la naturaleza.

La última sección, «Historia personal», reúne dos historias sobre mi juventud errante y aventurera publicadas en The New Yorker en 2020 y 2024, respectivamente. La primera, «Ansia de ver mundo», recoge una expedición que hice yo solo a la isla Nunivak, en el mar de Bering, cuando tenía veintiún años, con el objetivo de hacer fortuna con la lana del buey almizclero. La siguiente, «El camino largo», trata de un viaje abortado que emprendí a Togo con diecisiete años y que terminó en los muelles de Las Palmas de Gran Canaria, donde viví de lo que pude durante cuatro meses.

Igual que cuando decidí hacerme marxista a los trece años, llevé diarios de esos y otros viajes tempranos en los que buscaba lo emocionante y lo desconocido. Muestran cómo terminé siendo quien soy, un cronista de los tiempos que he tenido la suerte de ver y vivir en este fascinante mundo nuestro.

JON LEE ANDERSON

Brasilia, octubre del 2024

PRIMERA PARTE

Guerras y conflictos

Oriente Próximo

Aquellos que tiran piedras[3]

Los chicos de Breij

Breij es uno de los campos de refugiados palestinos más pequeños de los ocho que hay en la Franja de Gaza; habitan aquí unas veinte mil personas, muchas desde 1948, cuando vivían en tiendas proporcionadas por las Naciones Unidas y se imaginaban quizá que podrían volver pronto a sus pueblos, pueblos que ahora están en el nuevo Estado de Israel. Pero no hubo retorno, y al cabo de poco tiempo, con la ayuda de la ONU, los refugiados de Breij empezaron a construir los recintos cerrados de una planta que siguen siendo el núcleo del campamento. Algunos edificios tienen ahora dos o tres plantas más de inestables bloques de cemento, construidas para alojar a una nueva generación de refugiados, y luego a otra; y de los tejados planos se eleva un aparatoso bosque de antenas de televisión, cisternas de agua y hasta paneles solares, signos engañosos de desarrollo y permanencia. Aun así, Breij (pronunciado como «Brāzh», arabización de «Bridge», el nombre del campamento militar que hubo aquí en los días del Mandato), es un lugar humilde, polvoriento y pobre. En el loco entramado de callejas que salen de las vías principales hay alcantarillas abiertas y todas las calles son de simple tierra.

Pobre y embrujado: en uno de mis primeros paseos por el campamento me enseñaron un montón de escombros enredados con maleza y una planta de papiro erguida sobre él, algodonosa y bíblica; me dijeron que se trataba de los restos de la casa de un miembro de un comando de la Organización de Liberación de Palestina (OLP) dinamitada por los israelíes. Y vi también un camión volquete destartalado frente a una modesta casa. En la plataforma crecía la hierba; heno, estiércol y cabras amarradas pastaban a su sombra. Es tanto un granero al aire libre como uno de los monumentos más importantes y conmovedores del campamento. El camión pertenecía a Yusuf, un joven que había muerto, cuyos padres aún viven en la casa que hay detrás.

—Era un gran luchador —me dijo un refugiado—. Lo llamaban «el campeón de Palestina». Era tan bueno que los israelíes querían que luchara para ellos. Pero era nacionalista; se negó. Después de eso, una noche estaba conduciendo el camión y lo pararon y lo mataron.

Y ahí queda el relato, y el camión también. En Breij, ruinas como estas desempeñan la misma función que podría tener la estatua de la plaza de un pueblo de Nueva Inglaterra. Y los relatos son mitos necesarios. Marcan el tiempo, y también una lucha continuada.

Claro que ahora la lucha se ha intensificado. Me di cuenta nada más ver las calles cuando entré con el coche en el campamento a finales del invierno pasado. La tierra estaba ennegrecida por la ceniza y por todas partes había clavos, piedras, cristales rotos, casquillos de bala y latas de gas lacrimógeno. Y en los extremos de las dos calles principales habían levantado dunas de arena con la intención de aislar la localidad. La intifada o, como la llamamos nosotros, «la insurrección palestina», empezó el diciembre pasado en una carretera no muy lejos de aquí, después de que un camión conducido por un israelí se estrellara contra otros coches y matara a cuatro palestinos. Al parecer, el conductor perdió el control, pero en Gaza muchos creyeron que el choque fue un acto de venganza; dos días antes, un comerciante judío había sido asesinado a puñaladas en la plaza Palestina de la ciudad de Gaza. Los jóvenes árabes de campamentos cercanos a la ciudad de Gaza salieron a la calle; después, por toda la franja, y más tarde también en Cisjordania. Corrían, lanzaban insultos, piedras y a veces cócteles molotov a los soldados israelíes, y a cambio estos los perseguían, les arrojaban gases lacrimógenos, los pegaban y a veces les disparaban y los mataban. (En el momento que escribo esto, han muerto doscientos siete palestinos desde que empezó la insurrección). A finales del invierno, el levantamiento ya formaba parte del tejido de la vida en Breij: los niños pequeños jugaban en las dunas, las mujeres trepaban por ellas para ir y volver del mercado, y los soldados israelíes se apostaban en su cima para ver qué estaba por venir y desde dónde.

Llegué a Breij el febrero pasado, neblinoso y frío, para averiguar lo que pudiera acerca de los chicos árabes que tiraban piedras, el nuevo ejército palestino, los shabab, los «jóvenes». Aunque los shabab estaban activos en Cisjordania, donde un periodista, sobre todo uno estadounidense, tiene más acceso, yo quería entablar contacto con los shabab de Gaza. Los activistas palestinos de Cisjordania, urbanos y occidentalizados, son la ventana al mundo del «problema palestino». Pero durante los meses que pasé en Israel y en los territorios ocupados llegué a la conclusión de que la negligida Gaza, con sus seiscientos mil apretados habitantes —de los cuales más de la mitad son refugiados; la mayoría son devotos musulmanes y apenas han viajado—, sea probablemente la auténtica cara palestina. Aquí, el islamismo combativo ha crecido tanto en los últimos años que compite por la lealtad contra la OLP; por todas partes se ven esbeltos minaretes de mezquitas nuevas. En Tel Aviv, donde me alojé al principio y desde donde todos los días iba a Gaza en coche por carreteras secundarias para evitar los controles israelíes y a los niños que tiraban piedras de la ciudad de Gaza, y volvía por el mismo camino, en Tel Aviv no es Cisjordania la más temida, sino Gaza.

Por conocer a los shabab no esperaba comprender de golpe el conflicto árabe-israelí, ni siquiera entender del todo a los chicos que lanzan piedras. Quería saber, si era posible, cómo funcionaba este nuevo ejército callejero: ¿cómo se organizaban? ¿Obedecían órdenes? ¿O se limitaban a improvisar? Quería ver cómo combatían a los shabab los soldados israelíes, casi ninguno de los cuales era mucho mayor que aquellos. Quería vislumbrar en qué tipo de guerra luchan dos pueblos que combaten con piedras, palos y chavales.

Para conocer a los shabab de Breij me tenían que autorizar el paso. Una mañana fría y húmeda de mediados de febrero me llevaron en coche hasta una escuela situada en el límite del campamento, donde empiezan los naranjales. Frente a la escuela, en el camino embarrado, había un hombre barbudo con un abrigo barato de piel de oveja. Fumaba un cigarrillo, haciendo el aire frío de su alrededor espumoso y denso. Sonrió en silencio, mostrándome los dientes deteriorados y manchados de nicotina, y me condujo adentro.

En las paredes de la clase de la guardería adonde me llevó había garabatos y dibujos de animales de granja. Tres mujeres con la cabeza tapada con un chador rondaban por otras salas mientras tejían ropa a ganchillo para sus bebés. Como harían muchas veces más, inclinaron la cabeza ante mí con timidez y se ofrecieron a traerme una tetera caliente de té dulce con menta o café especiado con cardamomo en tacitas pequeñas de porcelana blanca con flores rosas. Se lo agradecí y esperé.

El barbudo, mi contacto, fumaba como los prisioneros: a bocanadas profundas, para sí mismo, sin parar. Y, en efecto, resultó que había pasado cinco años en una prisión israelí antes de que lo liberaran en 1985 como parte de un intercambio por prisioneros de guerra israelíes que se realizó en el Líbano. Yo hablaba muy poco árabe; normalmente solía haber siempre alguien por ahí que podía traducir. Esa vez, en cambio, tuve que arreglármelas solo. Entendí por medio de la mímica por qué lo habían encarcelado. Hice un movimiento de lanzamiento con el brazo derecho, simulé el ruido de una explosión y lo señalé arqueando las cejas en una pregunta muda. Asintió con una sonrisa. Era un antiguo integrante de un comando de la OLP.

Es difícil calibrar con exactitud qué papel desempeña la OLP en las acciones callejeras del levantamiento. Al principio pareció que estas la tomaron por sorpresa y que tuvieron que ponerse al día durante las primeras semanas de las manifestaciones. Pero, para cuando llegué a Gaza, las conexiones ya se habían consolidado y se había esbozado una cadena de mando. En Breij existía un comité local de la insurrección que seguía las líneas generales indicadas por el Comando Nacional Unificado de la intifada. El comité local era clandestino; se suponía que yo no debía conocer a sus miembros. Me dijeron que representaba a ciertos grupos y facciones palestinos, no solo al poderoso grupo Al Fatah de la OLP, sino también a las facciones más radicales del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) y el Frente Democrático por la Liberación de Palestina (FDLP), y a la Yihad Islámica, activistas islamistas especialmente fuertes en Gaza.

Mi contacto no pensaba ponerme en la calle con los shabab. ¿Cómo iban a saber si yo no era un informante israelí, o, como los llamaban de forma más simple, «un judío»? Miembros de Al Shabibeh, la rama juvenil de Al Fatah, tendrían que comprobarlo. Aquella primera mañana desfilaron por la guardería juntos; eran nueve, trabajadores y estudiantes, hermanos mayores de los lanzadores de piedras. Me estrecharon la mano uno tras otro y se sentaron conmigo a una mesa infantil baja y roja. Me escrutaron y hablaron de sus funciones, y, por lo que pude deducir, parecían ser los intermediarios, los que operaban en el espacio entre quienes tomaban las decisiones y la calle; de unos era evidente que tenían contacto con el comité de organización local y otros pocos probablemente formaban parte de él. En cualquier caso, reconocieron que organizaban a los shabab. Dijeron ser quienes hacían correr la voz de la convocatoria de manifestaciones por medio de folletos, grafitis o de palabra. Podían meterme en las calles de Breij durante alguna acción de este tipo si resultaba ser de fiar.

Llamaré Nayef al que más habló aquella mañana. Tenía veintidós años, era guapo y de mandíbula cuadrada, y había estudiado Literatura occidental en la Universidad Islámica de Gaza hasta que empezó la insurrección y los israelíes clausuraron la universidad.

—Mi trabajo es adoctrinar —dijo Nayef—. Eso se puede aprender en los libros.

Entonces, ayudado por los demás, me dibujó un mapa, una especie de croquis de batalla. Querían mostrarme que lo que sucedía en la calle no era un conjunto de actos azarosos, sino estrategia militar. El plan que dibujaron para mí era preciso. Había dos grupos opuestos de figuras de palo con los nombres de «personas» y «soldados»; colocaron barricadas en intersecciones clave, y en una vía principal, «los judíos vienen en jeep». Me enseñaron dónde queman neumáticos los chicos para atraer a los soldados; dónde ubican a la gente; dónde los jóvenes de la retaguardia esperan para atacar después de que los soldados persigan y dispersen a las fuerzas señuelo; dónde se encuentran las rutas de escape, las posiciones del plan alternativo y el sistema de centinelas. En conjunto se trataba de una estrategia bastante sofisticada de guerra urbana de guerrillas, pero sin las armas habituales. Así era cómo los shabab —la mayoría, chicos con edad de ir al instituto— se enfrentaban a las tropas israelíes.

—Los shabab los provocan —dijo Nayef—. Les dicen: «Si eres hombre, ¡ven y mátame con tus manos! ¡Tira el arma!».

Después, contemplando el mapa, descubrí un tirachinas grabado en una esquina, como los dragones y los dioses que los cartógrafos medievales dibujaban antaño en sus mapas.

Durante un par de semanas estuve yendo en coche de Tel Aviv a la escuela y reuniéndome allí con los jóvenes de Al Fatah, sin ir más allá. Era difícil conseguir conocer a esos jóvenes, pero al pasar tiempo con ellos comprendí que no hablaban al unísono, que hay muchos conflictos entre los palestinos. Uno de ellos era musulmán devoto, y a mediodía se levantaba de la mesa con la alfombra de oración en la mano, se iba a un rincón del aula y se ponía a rezar sin ningún reparo. Casi todos los demás hacían como si nada, pero algunos me miraban y luego apartaban la vista como avergonzados.

El islam siempre estaba presente, exigiendo lealtad a las vidas incluso de los aparentemente seglares. Un día llegué y me encontré a todos los miembros de Shabibeh ayunando por orden del Comando de la insurrección y preparándose para tres jornadas de manifestaciones a partir del día siguiente. Habían pasado el anterior en el cementerio de Breij visitando las tumbas de los «mártires», y el anterior a aquel en una mezquita —en Breij hay tres—, rezando para pedir ayuda en el combate contra sus enemigos, también por orden del Comando.

—¿Qué rezáis? —pregunté a Nayef.

—Nuestra oración es «Tengo órdenes de luchar en la guerra hasta que reconozcan que no hay más Dios que Alá» —respondió. Al ver mi sorpresa, añadió—: Mira, los nuestros aquí son de Al Fatah, comunistas y yihadistas islámicos, pero somos todos musulmanes. Somos musulmanes shabibeh.

Pero había veces en que Nayef se irritaba con el islam.

—Habría que lapidar a las adúlteras hasta la muerte —decía uno de los jóvenes un día—. Porque es muy peligroso para la sociedad, si queremos que sea pura. Un hombre debe saber si su hijo es suyo.

—¡Yo le puedo preguntar a mi mujer si mi hijo es mío! —replicó Nayef—. ¡No necesito a un mulá que me diga lo que tengo que hacer!

Nayef me dijo que, aunque tenía que soportar a los musulmanes fundamentalistas por el bien de la insurrección, no se sentía cómodo con ellos. Un motivo era que el amor de su infancia y con la que debía casarse había ido a estudiar a Cisjordania, se había vuelto más religiosa y lo había rechazado. Ahora llevaba chador y pensaba seguir la costumbre de casarse con su primo.

Otra queja que tenía Nayef eran los altercados que había vivido con los estudiantes fundamentalistas en el campus de la Universidad Islámica.

—Si hacías cosas que no les gustaban, te perseguían y te pegaban con palos —dijo amargamente—. Creen que ellos tienen razón y que el resto del mundo se equivoca.

Fue a finales de febrero cuando vi por primera vez a los shabab de Breij en acción, un viernes. Mientras estuve allí, los viernes, por ser el día de descanso sagrado musulmán, solían tener lugar las manifestaciones más importantes, normalmente después de las oraciones del mediodía. Aquellos días iba a Breij en coche a veces desde Tel Aviv y otras veces desde algún otro punto de Gaza donde pasaba la noche. Daba vueltas con el coche o aparcaba y paseaba en busca de Nayef, y él me llevaba por allí, presentándome a gente y enseñándome cosas, y haciendo que me vieran, para ganarme su confianza.

Los días precedentes, los soldados israelíes habían estado yendo de casa en casa, buscando gente y pegándola. El ambiente de la ciudad era tenso y acre. Entré en Breij conduciendo lentamente, girando muy despacio por los cruces en los que los niños colocan clavos con la punta hacia arriba en filas pequeñas, como soldados de hojalata que marchan por el suelo de tierra, para pinchar los neumáticos. Conduje hasta que los shabab me rodearon, hostiles y silenciosos.

Les pregunté por Nayef, pero no hubo respuesta. No tardé en darme cuenta de que esos chavales no me conocían; tampoco conocían al Nayef que buscaba, ni les importaba. Lo que hicieron fue fruncir el ceño y mirar la matrícula israelí de mi coche. Un hombre barbudo, de unos veinticinco años, ojos agudos y piernas largas y escuálidas enfundadas en unos vaqueros estrechos, se abrió paso entre la multitud que me acorralaba y me dijo que bajara.

Primero me interrogó con brusquedad, pero pareció conformarse con mis explicaciones. Dijo que lo llamara Sami. Sami declaró que conocía «al Nayef que buscas»; era amigo suyo. Ordenó a unos cuantos chicos que vigilaran mi coche e insistió en qu

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