Prólogo
Un hombre en la jungla
En el sentido de que parece no sentir aprensión ante los riesgos y fatigas que implican los viajes, ser dueño de una temeridad que lo lleva a dejarse arrastrar a territorios desconocidos y propietario de una fe indomable en la idea de «descubrimiento», es por lo que el periodista norteamericano Jon Lee Anderson podría ser un hombre de otra época y no del algorítmico, planificado e hiperconectado siglo XXI. Un aventurero, un explorador, la encarnación de aquel dicho de un marinero de Cartago: «Vivir no es preciso, navegar sí». Es, además, un escritor, alguien que necesita una vida paralela y expandida: la que otorga la escritura a quienes la vida no les basta. O sea, un aventurero potenciado.
A diferencia de aquellos que dicen con orgullo: «Conozco noventa países», es posible que él no tenga idea de cuántos conoce porque no viaja para coleccionarlos —podría sospecharse que, en ocasiones, más que coleccionarlos quisiera perderlos de vista para siempre—, aunque también es posible que, si se le nombra alguno al azar, él haya estado allí. Pero, más que a los territorios, Anderson viaja a los seres humanos: a los hombres y mujeres que los habitan, a sus miserias, sus épicas fallidas, sus contradicciones.
A pesar del magnetismo casi enfermizo que ejerce sobre él la naturaleza —quien lea el epílogo encontrará a un sujeto mezcla de Corto Maltés y Werner Herzog, un espíritu inseminado por el ansia de movimiento, alguien que no cree en la palabra «frontera» y sí en cambio, y mucho, en la frase «correr aventuras»—, ha dedicado gran parte de su trabajo a hurgar en la esencia humana, en muchos casos de seres que podrían catalogarse como desalmados, un adjetivo que él no usaría en sus perfiles porque ni mira ni escribe así.
Este libro tiene dos partes. La primera parte aborda una de las principales obsesiones del autor: el poder que ejercen los hombres, y el poder que el poder ejerce sobre los hombres, y lo que les hace a los hombres el poder de poder.
La segunda trata de una de las principales obsesiones del autor: el poder que ejerce la naturaleza sobre los hombres, y el poder que el poder de los hombres ejerce sobre la naturaleza, y lo que le hace a la naturaleza ese poder.
Un juego de cajas chinas y un enlace perfecto entre dos etapas de su vida: la infancia y la primera juventud —montadas en potro sin freno—, y la adultez, montada en el mucho más incontrolable potro de la escritura.
Jon Lee Anderson tiene varias miradas. Graciosas, afligidas, contritas, sarcásticas. Miradas de «te estoy escuchando más allá de lo que dicen tus palabras», de «no te creo, así que voy a preguntarte duro». Este libro reúne un buen puñado de ellas, todas personalísimas. Sin embargo, él no está en ninguna parte (salvo, claro, en el mentado epílogo que da cuenta de la forma en que un individuo desencadenado, movido por una pulsión que podría haberlo llevado a vivir en una cueva, encauza esa pulsión y se convierte en uno de los mejores periodistas contemporáneos). Jamás permite que su propia historia —los riesgos, las dificultades, las anécdotas— empañe lo que ha ido a contar: la vida de estos hombres y mujeres a los que desnuda a través de pases de magia: nada por aquí, nada por allá, pero allí aparece, presentado y representado, el sujeto en cuestión. No hace alarde de las peripecias que atravesó para conseguir un dato, de cuánto le revolvió las tripas hacer tal o cual entrevista, de cómo eran de pestilentes los hoteles en los que durmió o cuánto miedo tuvo al ser amenazado por los matones de turno (todos vicios habituales en el oficio). Es alguien que tiene hábitos de peregrino, la mirada de un lince, la astucia de un zorro y una prosa depurada, de clasicismo sólido, que envuelve las historias en un ritmo envolvente, dinámico y, en el mejor sentido de la palabra —quizá el único—, entretenido.
Nota no tan al pie: leyendo este libro, y no solo el epílogo, donde se da cuenta de un recorrido por sitios tan desamparados que para cualquiera serían un martirio, sino los perfiles cuya construcción parte de entrevistas que realiza muchas veces en palacios de gobierno, hoteles o residencias estatales, cómodamente sentado, con un vaso de agua al alcance de la mano, lejos de cualquier pantano repleto de sanguijuelas, no se puede sino sentir gratitud por no tener parentesco cercano con el autor, no ser la persona que, mientras él parte hacia el rincón más alarmante del planeta, se queda en casa zozobrando durante semanas de incomunicación o comunicación a medias, atenazada por la pregunta «¿Cómo estará?». Porque, aunque esté en palacios o en hoteles, siempre permanece en sitios desamparados en los que un pequeño paso en falso lo separa del abismo. Ahí residen, claro, el peligro y la gracia.
La primera parte se presenta bajo un título modesto: Algunos perfiles. No se trata de «algunos perfiles», sino de los perfiles de, entre otros, el Che Guevara, Juan Carlos I, Augusto Pinochet, Hugo Chávez, Robert Mugabe, Sadam Husein, Charles Taylor y Muamar el Gadafi. Revolucionarios, exdictadores, dictadores, seres complejos, intimidantes, resbaladizos, poderosos.
«Así como a Gabo, siempre me ha fascinado el poder, debido a mi convencimiento de que todo gira alrededor de las acciones de individuos y de que un solo individuo puede cambiar el destino de una nación entera», dijo Anderson en una entrevista. Este libro incluye un perfil del premio Nobel colombiano en el que se retrata al mismo tiempo a un gran escritor y a un hombre fascinado con el poder. Una de las virtudes de Anderson es la ausencia de genuflexión: no hace una hagiografía de García Márquez. Aun cuando, de todos los individuos que aquí se presentan, podría ser el menos cuestionado, el más admirable, da cuenta tanto de sus hábitos de trabajo como de sus relaciones con el poder: «“A Gabo le encanta conspirar —dice su amiga María Elvira Samper—, hacer las cosas clandestinamente. Le gusta la diplomacia, no la política. Él mismo dice que es un gran conspirador”. Pero ha recibido muchas críticas por disfrutar con ese papel y por haberse vuelto adicto a los poderosos. Los amigos que reconocen que hay algo de verdad en estas críticas atribuyen hasta cierto punto su sensibilidad al encanto de Castro y Clinton a la fascinación que le produce haber llegado tan lejos en la vida. “Recuerde —me dijo una mujer en Bogotá— que Gabo salió de un pueblucho de mierda de la costa y que habría podido acabar fácilmente como esos muchachos que venden gafas de sol en la playa”».
Anderson tiene esa clase de inteligencia que Scott Fitzgerald definía como la capacidad de sostener dos ideas contradictorias al mismo tiempo y seguir funcionando. Sabe que un escritor genial puede ser un conspirador; que un dictador puede ser una persona afable. Si un autor hace bien su trabajo —y él lo hace—, el retrato resuelve esas fuerzas en conflicto sin dar conclusiones taxativas ni falsas moralejas.
En una entrevista con el diario argentino La Nación, dio la que quizá sea la guía más lúcida acerca de cómo abordar el relato de la víctima: «En el caso de las víctimas, el retrato es muy difícil porque nos generan muchas reacciones de piedad, misericordia y pena. Lo peor, creo, es que inconscientemente sentimos que son inferiores a nosotros. Las menospreciamos. Y, tal vez para compensar esa horrible sensación, las llenamos de virtudes. Pero la verdad es que ser víctima no es ninguna virtud […], es una estrategia narrativa que esconde una actitud de condescendencia. Por ejemplo, supongamos que debemos contar la historia de una mujer violada. Ella me da mucha pena, pero eso no la hace buena. ¿O qué ocurriría si esa mujer violada es una persona difícil, moralmente compleja y cuestionable? ¿Entonces ya deja de ser una víctima, solo porque no puedo mostrarla como alguien virtuoso?». Esa ausencia de prejuicio con la víctima es la que aplica con los poderosos que, en algunos casos, como Mugabe, Pinochet o Charles Taylor, son también victimarios. Deja que la omnipotencia, la crueldad, el delirio místico, las convicciones retorcidas, se desprendan no solo de lo que dicen, sino de sus gestos o los modos con que tratan a sus subordinados, pero lo hace con aplomo, sin desesperarse por señalarlos con el largo brazo del juicio moral. Aunque no quedan dudas acerca de cuál es la opinión de Anderson sobre ellos, esa opinión aparece de manera fantasmagórica, se filtra por la forma en que dispone las piezas y trabaja los contrastes. Esa voluntad de no intervención se ve claramente en el final de los perfiles, muchos de los cuales terminan con una frase del perfilado, no para darle la razón sino para decir: «Estimado lector, hasta aquí llego, el resto es suyo».
Tiene las herramientas de un cazador recolector, y también las de un cultivador paciente: va, vuelve, escucha, recoge información. Cada perfil da cuenta de una gran perseverancia, de una enorme cantidad de material consultado, más allá de las múltiples entrevistas que se incluyen: los protagonistas, sus hijas, hijos, funcionarios, esposas, amigos, enemigos, fuentes anónimas.
En el perfil del Che Guevara, que abre el libro, se pueden ver la minuciosidad del detalle y la forma de disponerlo —visual, cinematográfica— que tiene su maquinaria de narrar, su dispositivo. Allí arma una escena en la que cambia el punto de vista y pone la cámara en sitios diferentes sin dificultad, reconstruyendo algo que ni vio ni vivió: «La mañana del 24 de febrero de 1961, el Che salió de su casa en la calle Dieciocho de Miramar. Su coche giró a la derecha por la Séptima Avenida. Generalmente seguía otra ruta: giraba a la izquierda por su calle residencial, seguía hasta el bulevar arbolado de la Quinta Avenida, donde giraba a la derecha, y después de pasar frente a la sede de la Seguridad del Estado entraba en el túnel bajo el río Almendares, luego bordeaba el mar por el malecón hasta llegar a La Habana Vieja, donde estaba el Banco Nacional.
»Pero ese día enfiló hacia la plaza de la Revolución. Fidel había ampliado su departamento del INRA hasta convertirlo en un ministerio, y el Che cumplía su primera jornada como ministro de Industrias. El cambio imprevisto de ruta probablemente salvó su vida.
»Momentos después de salir, se produjo un tiroteo en la acera frente a su casa; los escoltas del Che empezaron a disparar a ciegas. En la casa, Aleida tomó al bebé y se resguardó en el hueco de la escalera de la planta alta, donde se les unió, aterrada, la nueva integrante del hogar de los Guevara: Sofía Gato, una camagüeyana de veinticinco años, la niñera de Aleidita, quien por entonces tenía tres meses».
Ha recorrido mundo y el mundo lo ha recorrido a él. Eso tiene secuelas. Hay una muy observable: en una conversación con colegas de otros países, demuestra un conocimiento profundo de la actualidad y el pasado de esos sitios, y no solo de lo obvio —los nombres de sus presidentes—, sino de los conflictos políticos, los problemas sociales y económicos de Sudáfrica, Australia, Siria, Suiza, Argentina, México, El Salvador, Honduras o Francia. En este libro, ese bagaje se despliega bajo una obsesión que el lector agradece: la obsesión por el contexto. Nadie que lea el perfil de Hugo Chávez o de Sadam Husein o de Gadafi tendrá que googlear para terminar de componer el cuadro de situación. Jon Lee se ocupa. Él está al mando.
Más allá de haber nacido en California, es básicamente una persona mestiza: alguien que se crio y vivió en diversas regiones del planeta, que conoce idiomas, slang, comidas, usos y costumbres de todos los continentes. Eso podría ser peligroso a la hora de escribir: podría haber operado una distorsión y hacerle creer que la mayoría de los lectores conoce la realidad de Chile durante la dictadura de Pinochet o sabe qué sucedía en Zimbabue antes de y durante los eternos mandatos de Mugabe. Pero no es así, y su capacidad de «poner en contexto» resulta asombrosa. ¿Cuánto hay que saber para transmitir con soltura un marco social y político lejano —en tiempo y en espacio—, como cuando escribe acerca del país de origen del Che Guevara?: «Perón sembraba en tierra fértil. En la Argentina reinaba la desconfianza hacia los intereses del capital extranjero como resultado de las penurias económicas causadas por las sucesivas caídas de precios de las exportaciones agrarias durante la depresión mundial de fines de la década de 1920 y principios de la de 1930, así como de las guerras mundiales y la manifiesta incapacidad de la industria local para compensar los aumentos de precios de las importaciones industriales. El ignominioso pacto Roca-Runciman de 1933, renovado en 1936, obligaba a la Argentina a comprar bienes británicos y otorgar concesiones a los inversores de ese país a cambio de que este comprara trigo, lana y carne argentinos. La inversión de capitales extranjeros se había convertido en un símbolo de la “intromisión” extranjera y una bandera de lucha para los sentimientos nacionalistas».
Si un perfil exitoso es aquel que refleja, a través de la vida de una persona, una situación que la trasciende, Anderson logra hacer, a partir de cada retrato individual, el de una sociedad, un país, una época: «La sociedad chilena es insólitamente insular y socialmente conservadora. Casi nueve años después de recuperar la democracia, el divorcio y el aborto siguen siendo ilegales, la homosexualidad se considera delito y hay una censura oficial que filtra el cine y a veces prohíbe películas. Se habla mucho de “inseguridad ciudadana”, el eufemismo habitual para referirse al índice de criminalidad de Santiago, que, según los pinochetistas, ha llegado a niveles preocupantes desde que se fue el general», escribe en el perfil de Pinochet.
Los textos están datados en épocas diversas, pero, aunque hayan transcurrido años desde el momento en que fueron escritos, y aun cuando muchos de los perfilados hayan fallecido o su situación haya cambiado radicalmente —Charles Taylor fue condenado a cincuenta años de cárcel por delitos de lesa humanidad, pero estaba en ejercicio del poder cuando Anderson lo entrevistó—, son un eco del pasado que resuena en el presente. En el perfil de Pinochet escribe: «En Chile, la memoria histórica es polémica, de mala reputación y de solución insegura. No hay consenso nacional sobre lo que es válido y merece la pena conservarse. Sobre la historia reciente de Chile hay dos versiones enfrentadas e inconciliables». Esa tensión, presente en los años noventa, cuando Anderson entrevistó a Pinochet, sigue abierta décadas más tarde.
Es un hombre de ideas firmes y suele exponerlas con virulencia, pero al escribir utiliza una versión atemperada de sus convicciones y ejerce su arte mediante la confrontación serena: fulano dice tal cosa, ayer decía tal otra; fulano sostiene tal cosa, los números dicen tal otra. Pinochet, por ejemplo, le dice: «Las críticas que lanzan contra mí se refieren muchas veces a cosas que desconozco. Muchas veces me enteraba cuando ya era demasiado tarde. Y todo lo que me parecía tema delicado, lo remitía a los tribunales. Hubo excesos por ambos bandos. Un día me mataron a once carabineros con una bomba. Otro mataron a un oficial de la marina […]. Así que digo: “¿Sufrieron ustedes mucho? Bueno, ¿y es que los míos no sufrieron también?”. ¡Derechos humanos! Los derechos humanos han de estar en ambas partes». Inmediatamente después, Anderson escribe este párrafo: «No es así como Pinochet respondía antes a las críticas contra sus violaciones de los derechos humanos. Hace unos años se descubrieron los cadáveres de más de un centenar de ejecutados por los militares, metidos de cualquier manera en ataúdes en una fosa común. Pinochet comentó con humor macabro: “Quien los enterrara hizo un servicio a la patria ahorrando clavos”».
Esa contraposición de piezas es un método. En el comienzo del perfil del rey Juan Carlos I escribe: «El barón me explicó que los descendientes de aquellos vasallos son propietarios de las tierras desde hace ciento setenta años, desde la abolición de los señoríos en España. A pesar de lo cual, han seguido la tradición de la primogenitura, lo mismo que él. El hijo mayor de cada generación es el legítimo heredero de toda la tierra, para no fragmentarla. “¿Se da cuenta? —me dijo sonriendo—. Algunas tradiciones, las más prácticas, siguen vigentes hoy. Todavía son muy útiles”». Aquí la fina ironía se desprende no de una intervención brutal, sino de combinar la glosa con el testimonio directo, una estocada repleta de irreverencia, una irreverencia que no pierde al facetar a sus perfilados, lleven corona o no: «Juan Carlos no siempre fue un rey querido ni considerado apto para la política. La verdad es que en la época de su nombramiento se burlaban de él, lo tomaban por bobo, por un títere de los militares, y se daba por sentado que no duraría mucho. Se hacían chistes sobre Juan Carlos el Breve».
Cronista viajero al fin, acostumbrado a llegar a un sitio y mirar fuerte, todo su poder de observación se despliega cuando viaja a Monrovia, la capital de Liberia, para hacer el perfil de Charles Taylor, que ejerció el gobierno desde 1997 hasta 2003: «La terminal del aeropuerto Roberts, a cincuenta y seis kilómetros de Monrovia, es un cascarón chamuscado, y la carretera hasta la ciudad serpentea a través de un paisaje pantanoso verde y despoblado en el que los rasgos dominantes son una larga línea de torres eléctricas sin ningún cable, y casas quemadas sin tejado. Abundantes eslóganes en los autobuses dicen: ALÉGRATE, LA PALABRA DE DIOS ES LO MEJOR y CADA DECEPCIÓN ES UNA BENDICIÓN. […] Policías y tropas del ECOMOG siguen estableciendo controles por toda la ciudad. Los refugiados viven en chabolas edificadas con los restos de casas destruidas; no hay electricidad, salvo para las pocas personas que tienen generadores particulares; y el agua corriente es escasa. Los negocios de la ciudad —difícilmente rentables—, como el Survival of the Fittest Tailor Shop, y un quiosco de comida llamado Neutral Ground, han asimilado la historia reciente de Liberia. El cartel de un taller de artesanos dice: SALÓN DE CREACIONES: CENTRO DE REHABILITACIÓN PARA LOS TORTURADOS, HERIDOS DE GUERRA Y DISCAPACITADOS». Cuando se encuentra con Taylor, se detiene en detalles significativos de la indumentaria, del mobiliario, plasma la actitud del presidente con un subordinado, y logra que todo eso resulte mucho más revelador que cualquier declaración: «Una tarde, Charles Taylor me recibió formalmente en la cochera de su residencia […]. Es un hombre de baja estatura y elegante, de piel cobriza, cara redonda, barba cuidadosamente recortada y el cabello tirando a gris. Se sentó en una pequeña silla tapizada con terciopelo beis y con ornamentos de latón brillante, cerca de un Mercedes sedán negro. Llevaba camisa caftán de encaje y pantalones color marfil, zapatillas de piel de serpiente con hebillas doradas, un reloj de oro con diamantes incrustados, gafas de sol con montura de oro y una gorra negra de béisbol con las palabras PRESIDENTE TAYLOR sobre un galón dorado. Había una pequeña mesa junto a él, y al lado de esta una silla campestre de plástico blanco. Sonrió y me indicó la silla: “Siéntese, querido amigo, siéntese”. Sobre la mesa había un bastón de mando tallado color granate, una especie de cetro que Taylor lleva consigo. Le pregunté por él, y me dijo que estaba confeccionado con la madera de un “árbol sagrado”, bajo el que no crece ninguna hierba, y que hace que cualquier animal que se acerque allí muera […]. Estaba deseoso de hablar de dinero, sobre el potencial ilimitado de Liberia para llegar a ser un país rico. A la vista de cómo van las cosas, esta parece ser una postura poco realista, puesto que la deuda externa de Liberia es de más de dos mil millones de dólares, y el presupuesto nacional para 1998 solo de cuarenta y un millones. […] “En este país, hay oro en todas partes. ¡Y diamantes! Solo tienes que cavar y encuentras oro”, decía Taylor con entusiasmo. El presidente hizo entonces señas a un hombre fuerte que estaba de pie incómodamente al sol en el camino de entrada, a unos tres metros delante de nosotros. Taylor lo presentó como Jenkins Dunbar, ministro de Tierras, Minas y Energía. “Este es el hombre que va a descubrirnos el petróleo, que será nuestra salvación —dijo Taylor—. ¿No es así, Dunbar? ¿Cuándo va a descubrir ese petróleo? ¡Conviene que sea pronto!”. Dunbar se quedó helado, se rio nerviosamente y bromeó: “Pronto, muy pronto, señor presidente […]”. Unos veinte minutos más tarde, Taylor se dio cuenta de que Dunbar seguía de pie al sol, moviéndose sin parar, y le dijo que “buscara a alguien” que le trajera una silla».
El último de los perfiles de esta parte del libro se titula «Un acto de Dios». Anderson do Carmo, marido de Flordelis, ambos pastores brasileños, él mucho más joven que ella, es asesinado. En un texto inestable, escurridizo, Flordelis pasa de viuda doliente a principal sospechosa del crimen. La familia se revela como un grupo repleto de abusos y odios solapados. Cuando Anderson la entrevista, la mujer insiste en que es «la víctima inocente de una conspiración de “poderosos intereses”» y narra su vida evitando darle detalles que no le conviene contar: «En nuestra conversación, Flordelis nunca mencionaba el nombre de Anderson, y solo se refería a él como “mi marido”. Cuando le pregunté cómo se habían conocido, me contestó: “Vino a conocerme por el evangelismo que hacía en las favelas” […]. No estaba claro cuándo empezaron a tener relaciones íntimas, pero Flordelis insiste en que no fue hasta que él tuvo dieciocho años […]. En los mensajes, una hija y un hijo estaban haciendo planes para matar a Anderson. Cuando preg
