
Tenía diecisiete años cuando me planteé por primera vez que me gustaban las mujeres y que quizá podía ser lesbiana. Muchos pensamientos se atropellaron en mi cabeza. Corría el año 1985 y, a pesar de los avances sociales, aún no era fácil para una adolescente considerar semejante posibilidad. No tenía idea de lo que era ser homosexual. Sólo sabía que era algo tabú y que los adultos se referían a esa clase de personas con términos muy despectivos. Que yo pudiera merecer esos calificativos y ese desprecio me aterrorizó. Supe entonces que aquello debía guardarlo en secreto. Y eso fue lo peor. Creer que eres un monstruo cuando tienes diecisiete años es algo que no le deseo a nadie.
Si me lo hubieras preguntado entonces, lo habría negado, pero en aquel tiempo mis sentimientos podían resumirse en una palabra: desprecio,
• despreciaba a las lesbianas, porque no quería ser «algo tan horrible»,
• despreciaba a los gays, porque me parecían seres «espantosos»,
• despreciaba a las personas bisexuales, porque creía que eran gente viciosa,
• despreciaba a los heterosexuales, porque ellos poseían la dicha de ser «normales» y el mundo era suyo,
• despreciaba a los hombres, porque ellos tenían más ventajas que las mujeres,
• despreciaba a las mujeres (sí, eso también es posible), porque me daba rabia ser una ciudadana de segunda categoría,
• me despreciaba a mí misma porque no quería ser así.
Puedes imaginarte lo feliz que podía ser en esas circunstancias, sintiendo tanto odio, tanta rabia y tanto rechazo. He necesitado dieciséis años de mi vida para darme cuenta de que, en realidad, eso de que te gusten las mujeres no es sólo cuestión de aceptarlo. No basta con decir «soy así» y punto. Influyen tantos factores y tantos prejuicios internos y externos, muchas veces inconscientes, que resulta complicado abarcarlos todos. Durante el proceso de escribir este libro, me di cuenta de que la mayoría de mis problemas habían estado relacionados con esos prejuicios. Tomar conciencia de ellos y observar cómo pueden influir en todo lo que sientes, piensas y haces supone la tarea más ardua. Pero una vez que lo descubres se produce una nueva revolución. Quizá no tan radical como la que sucede cuando por primera vez admites ante ti misma que te gustan las mujeres, pero sí más profunda y positiva, porque es el primer paso hacia una vida mejor y más feliz. Cuando ya no queda ninguna duda que resolver y has integrado por completo el hecho de que te gustan las mujeres y que eso está bien y es normal, a pesar de que la sociedad diga lo contrario, entonces ya sólo te queda vivir.
A lo largo de estos dieciséis años he tratado de crecer como cualquier otra persona, pero siempre acosada por dudas y preguntas que nadie podía aclarar. Desde el principio, mi inquietud me llevó a buscar respuestas. Sin embargo, la sociedad en la que vivía no las tenía o, al menos, no se encontraban con facilidad. La información me llegó en cuentagotas y tuve que buscarla hasta debajo de las piedras. Muchas veces he valorado de forma negativa mi carácter inconformista e insatisfecho, pero ha sido ese mismo carácter el que me ha llevado a perseguir un sueño: entender y aceptar lo que soy en una sociedad que no lo entiende ni lo acepta ¡todavía! Este libro es el resultado de esa búsqueda y ojalá te ahorre a ti todo ese tiempo que podría haber aprovechado en otras cosas.
Puede que te sientas confusa o desdichada porque no tienes claro lo que eres o temes reconocerlo. Quizá tienes dudas sobre lo que te pasa. Es lógico, en el colegio no tuviste una asignatura de orientación sexual o algo como «Lesbianas, bisexuales, heterosexuales, todas somos hijas de Dios» y, por supuesto, tus padres nunca te hablaron de eso.
Tal vez tienes claros tus sentimientos, pero careces de respuesta para todas las preguntas que se te plantean y estás cansada de llevar doble vida,
* sientes mucha rabia por lo «injusta que es la sociedad» y te preocupa cómo se tomarán tus seres queridos el hecho de que tengas una relación con una mujer.
Quizás eres lesbiana desde hace mucho tiempo y sólo has abierto este libro por curiosidad, para ver qué dice de eso que ya crees tener superado. Pero déjame que te haga algunas preguntas. ¿Cómo es tu relación con los hombres? ¿Tienes amistades heterosexuales? ¿Te lo pasas bien con ellas o a veces te sientes un poco «bicho raro» y no acabáis de conectar? ¿Crees que sus vidas son más monótonas que la tuya? ¿Y qué pasa con tus padres y el resto de tu familia? ¿Todos saben lo tuyo? ¿Y en tu trabajo? ¿Qué opinión te merecen el mundo gay y lésbico? ¿Te implicas en la lucha por defender tus derechos o crees que eso sólo es para radicales feministas que quieren llamar la atención? ¿Y qué opinas de las mujeres bisexuales? ¿Confías en ellas o procuras mantenerte lo más lejos posible? ¿Y de los gays?
Y si eres bisexual, ¿cómo es tu vida? ¿Tienes claro lo que significa serlo o crees que sólo es una manera de justificar que puedes salir con un hombre y una mujer a la vez? ¿Tus amigos saben que lo eres? ¿Qué piensas de las lesbianas? ¿Te parecen mujeres poco femeninas? ¿Te relacionas con ellas? ¿Luchas por tus derechos o crees que posees los mismos que cualquier ciudadano heterosexual? ¿Te gustan las mujeres pero prefieres salir con hombres para evitarte problemas? ¿Tal vez estás casada y tu marido ignora tus aventuras con otras mujeres? ¿Estás harta de que la gente asocie ser bisexual con ser promiscua?
En resumen, quizás en estos momentos estás cuestionándote si eres o no lesbiana, si eres bisexual, qué eres en definitiva. O tal vez lo tienes claro, pero aún te sientes incómoda con ese aspecto de tu sexualidad. En cualquier caso, antes de abordar esa pregunta, ¿no crees que tener información fiable y exacta sobre la homosexualidad y la bisexualidad te ayudará a ver las cosas de otra manera?
A lo largo de la historia, las relaciones entre personas del mismo sexo han sido condenadas y ocultadas de forma que la heterosexualidad se ha convertido en lo único aceptado y permitido. Esta ideología heterosexista
en la que se fundamenta nuestra sociedad contribuye a que pervivan los prejuicios contra las personas que no se amoldan a la norma mayoritaria. De nada sirve que las relaciones entre personas del mismo sexo existan desde los orígenes de la humanidad y que las investigaciones de los últimos treinta años hayan probado que las diversas orientaciones sexuales son igual de sanas y naturales en el ser humano. Ese conocimiento no ha calado aún en la mayoría de la sociedad ni en las principales instituciones que administran los países, incluidas las comunidades médica, jurídica o política. La prueba de ello es que en casi todo el mundo homosexuales y bisexuales no gozan de los mismos derechos que la población heterosexual, cuando no se les persigue legalmente; son ciudadanos de segunda categoría. ¿Por qué?
Nacer y crecer en el seno de una sociedad heterosexista implica que los individuos asimilen esa ideología, aunque sin ser, la mayoría de las veces, conscientes de ello. ¿Dudas de lo que te digo? Pues te propongo un sencillo ejercicio. ¿Crees todas o algunas de las frases siguientes? No contestes a la ligera. Reflexiona con detenimiento sobre cada una de ellas antes de responder y observa si en el fondo de tu mente les atribuyes alguna credibilidad:
Ser lesbiana es algo malo.
Las lesbianas son marimachos que se visten con ropa de hombre.
Las lesbianas son mujeres que no han encontrado al hombre.
Las lesbianas son mujeres feas que nunca atrajeron a ningún hombre.
Las lesbianas creen que son hombres.
Las lesbianas son así por vicio.
Las lesbianas son así porque sufrieron agresiones sexuales.
Las lesbianas son así porque crecieron rodeadas de hombres.
Las lesbianas están enfermas.
Las lesbianas son promiscuas y no tienen parejas duraderas.
Las lesbianas odian a los hombres.
Las lesbianas viven en un gueto porque quieren.
Las lesbianas buscan mujeres para pervertirlas.
A las lesbianas les gustan todas las mujeres.
En una pareja de lesbianas, una hace de hombre y otra, de mujer.
Las bisexuales son mujeres viciosas.
Las bisexuales son lesbianas reprimidas.
No hay que fiarse de una bisexual.
Las bisexuales siempre engañan a sus parejas.
Las bisexuales nunca tienen parejas estables.
Las bisexuales contagian el sida a las lesbianas.
Las bisexuales son mujeres emocionalmente inestables.
Las bisexuales no son ni chicha ni limoná.
Aunque alguno de estos tópicos te parezca ridículo, la mayoría están muy arraigados en la conciencia popular. Mucha gente —y puede que tú misma aunque ahora no te des cuenta— cree en ellos de forma inconsciente, porque se los han inculcado desde la infancia. Es normal que te sientas confusa ante toda esta información negativa que se contradice con lo que tú eres, una mujer estupenda que simplemente ama a otras mujeres y merece la felicidad como cualquier ser humano.
Y a pesar de todo, hay quien se permite el lujo de afirmar que acepta a gays, lesbianas y bisexuales pero... Siempre hay un pero: no permitirían que una persona homosexual cuidara o educara a sus hijos. ¡Y les aterra la idea de que podamos adoptar niños! ¿Por qué ibas a pensar tú de otra forma si nadie te dijo nunca lo contrario?
Para las mujeres que se sienten atraídas por personas de su mismo sexo, la asimilación de esas ideas tiene unas consecuencias psicológicas devastadoras:
• integrar una parte de una misma que es negativa socialmente supone un largo proceso que puede abarcar muchos años,
• estos prejuicios interiorizados pueden provocar problemas psicológicos (falta de autoestima, depresión, odio hacia una misma, etcétera) que influirán en las relaciones sociales y de pareja e, incluso, en el desarrollo profesional.
Cada mujer es distinta y cada una afrontará todo esto de forma diferente, según la familia donde ha crecido, la educación recibida y su personalidad. Por eso a unas les cuesta más que a otras integrar lo que supone ser lesbiana o bisexual, y no todas tienen las mismas habilidades para afrontar el rechazo social y la discriminación.
Ser lesbiana o bisexual, por tanto, supone enfrentarse a cuestiones que las personas heterosexuales jamás necesitarán plantearse. ¿Qué puedes hacer tú para superarlas de una vez y continuar tu vida sin que te causen más dificultades?:
1. Conocer de forma exhaustiva en qué consiste la orientación sexual y cómo funciona, incluidas la homosexualidad y la bisexualidad. La información es básica porque la ignorancia es la que provoca la mayoría de nuestros problemas. Algunas de las cosas que crees ahora sobre estos temas pueden ser la causa de esas dudas que te atormentan. Con la información correcta podrás construir una imagen positiva de lo que supone ser lesbiana o bisexual y acabar con los tópicos y estereotipos erróneos que aprendiste a lo largo de tu vida.
2. Conocer el mundo homosexual y bisexual te permitirá acercarte a tu propia cultura, que ha sido negada a lo largo de siglos de historia, con la consecuencia de que parezcamos invisibles. La cultura ayuda a formar la identidad de las personas y conocerla te dará fuerza para ser tú misma y enfrentarte al rechazo social, que se basa, insisto, en la ignorancia y la costumbre. Conocer a otras personas homosexuales y bisexuales facilitará que cambies tu percepción de ellas para que construyas una imagen positiva de lo que significa ser lesbiana, gay o bisexual.
3. Estar alerta ante los prejuicios que has interiorizado y desmontarlos uno a uno para que no sigan repercutiendo de forma negativa en tu vida. Mientras todavía exista algún prejuicio enterrado en tu interior, tu existencia se verá influida por ellos.
4. Una vez logrado lo anterior, cada individuo debe plantearse salir del armario
(sólo cuando esté preparado para ello) para vivir de forma libre y plena, educar a las personas de su entorno y hacerles ver con su ejemplo que sus ideas sobre estos temas eran erróneas. Las investigaciones llevadas a cabo demuestran que a menor conocimiento de personas homo y bisexuales, mayores prejuicios contra ellas y viceversa. Cada lesbiana y bisexual tiene a su alcance ayudar a que los heterosexuales de su entorno cambien sus ideas erróneas sobre nosotras. Recuerda que, al igual que a ti, a ellos nadie les educó en estos temas. La diferencia reside en que tú necesitas esa educación para aceptarte a ti misma y a ellos no les hace falta porque no les afecta. Puede parecerte ahora que callar y llevar una doble vida es la forma natural de evitarte problemas. Pero esa actitud, aunque no te lo parezca, está relacionada con las creencias negativas acerca de las relaciones homosexuales que subsisten en tu inconsciente. Es importante que te des cuenta de esto.
Mi propósito es guiarte a través de estos cuatro pasos para alcanzar un estado en el que puedas aceptar lo que eres sin que te sientas culpable. No importa el momento en que te encuentres: si acabas de descubrir que te gustan las mujeres, si eres lesbiana o bisexual desde hace tiempo y has hojeado este libro sólo por curiosidad o conoces a alguien que lo es. Seas lo que seas y estés donde estés, podrás hacer que tu vida mejore. Y entonces podrás invertir tu tiempo en otras cosas mucho más importantes, como amar y ser feliz. Te lo mereces.

Es probable que cada día hagas cosas de forma instintiva, sin darte cuenta. Te duchas, comes, estudias, pagas facturas, escribes o conduces. Hubo un tiempo en que tuviste que aprender a hacerlas. Entonces quizá te parecieron complicadas, pero ahora te resultan tareas fáciles y sin secretos. Como dijimos en la introducción, en la escuela no tuvimos una asignatura de orientación sexual ni nada parecido. Algunas fuimos afortunadas porque incluyeron en nuestra enseñanza clases de sexualidad, aunque lo más probable es que fueran lecciones sobre anatomía y reproducción. Si eres muy joven, quizá tu suerte ha sido mayor y hubo alguien que te habló de homosexualidad y tal vez de bisexualidad. Pero seguro que aquella charla no fue suficiente. Hay mucho por saber de la orientación sexual y ni las escuelas ni los padres prestan atención a este tema. Ante esta falta de información, cuando de pronto descubres que te gustan las mujeres, es normal que aparezcan el desconcierto y las dudas y que te sientas hecha un lío. Pero con el aprendizaje adecuado, todo esto te parecerá tan sencillo como esas tareas que realizas cada día de forma inconsciente.
Ahora vamos a explorar un poco tu situación. Aquí tienes una serie de preguntas e ideas que quizá te hayan pasado por la cabeza. Algunas pueden parecerte lejanas, pero seguro que muchas de ellas te habrán atormentado en más de una ocasión. Incluso puede ocurrir que no te hayas planteado nada de esto y que consideres que tus relaciones con mujeres se deben a que ellas te buscan y no sabes por qué. En ese caso, quizás estés negando algo importante de ti misma.
Confusión y dudas
– ¿Me gustan las mujeres realmente?
– Si me gustan, ¿soy lesbiana?
– Si siento deseos por una sola mujer, ¿soy lesbiana?
– Haber tenido relaciones sexuales con una mujer, ¿me convierte en lesbiana?
– Si me gustan más las mujeres que los hombres, ¿soy bisexual?
– ¿Ser bisexual es el primer paso para ser lesbiana?
– Nunca he tenido una relación con una mujer y, sin embargo, creo que soy lesbiana
– Si soy lesbiana, ¿sigo siendo una mujer?
– ¿Y por qué me siguen gustando los/algunos hombres?
– Creo que soy lesbiana, pero me asusta la idea
– ¿Esto será para siempre?
– Sé que no soy lesbiana, pero no puedo evitar desear a otras mujeres y acostarme con ellas
– No sé qué tengo que hacer en la cama con otra mujer
– Necesito tiempo para estar segura de que soy lesbiana
Culpa y desasosiego
– ¿Por qué a mí?
– ¿Qué he hecho mal?
– Yo no tengo nada en contra de la homosexualidad, pero ¿por qué me siento tan mal?
– Mis padres se han portado bien conmigo, ¿por qué les hago esto?
– Todo lo malo que me pase será por culpa de ser así
– Dios me está castigando
– ¿Por qué ahora?
Rechazo
– No quiero ser así
– La gente me despreciará
– Me avergüenzo de mí misma
– Tengo que dejar de ser así porque me repugna
– Esto es una «putada»
Temores
– Si en el trabajo se enteran, me despedirán
– Tendré que vivir siempre ocultándome
– Nunca seré feliz
– Si los demás lo saben, dejarán de hablarme y me señalarán con el dedo
– No podré tener hijos
– Seré víctima de agresiones
Soledad y aislamiento
– No tengo a quién contárselo
– He de guardarlo en secreto porque nadie lo entenderá
– Me siento sola
– ¿Hay otras como yo?
– ¿Cómo puedo encontrarlas?
– Nunca tendré pareja
– Mi familia me dará de lado
– ¿Se lo tengo que contar a mis padres?
– ¿Cómo se lo digo?
– Las mujeres del ambiente
no me gustan
UN INCISO
El estrés y la ansiedad que producen todas estas preguntas y pensamientos pueden dejarte en un estado bastante crítico. Si estás deprimida, triste, ansiosa y/o tienes conductas autodestructivas (abuso de drogas y alcohol, sexo sin precauciones, conducción temeraria, comportamientos agresivos, etc.) y este libro no te ayuda a superar todo eso, plantéate la posibilidad de pedir ayuda profesional. Al final encontrarás una lista de psicólogas recomendadas.
Antes de seguir, me gustaría contarte algunas historias. Todas son reales, aunque he cambiado nombres y circunstancias para preservar la intimidad de sus protagonistas. Es probable que algunas te suenen y encuentres detalles con los que quizá te sientas identificada.
De toda la vida. Raquel, treinta y cinco años
Desde pequeña Raquel supo que el mundo femenino no le resultaba tan atractivo como el masculino: en los cuentos, en los tebeos, en la televisión, quienes mejor se lo pasaban eran los chicos. Decidió entonces que sería como ellos porque era más divertido, así que empezó a jugar con sus compañeros en lugar de relacionarse con las chicas. De forma inconsciente asimiló lo que tenía alrededor: se comportaba como los otros niños, incluso prefería vestirse como ellos. Pero cuando llegó la adolescencia, la presión del entorno la forzó a abandonar esas actividades y a tratar de ser más femenina.
Aun así, Raquel no se identificaba con sus compañeras de clase. Sin embargo, sabía que no era un chico, por lo que tampoco estaba a gusto con ellos. Empezó a sentirse como un bicho raro. Cuando descubrió que le atraían otras niñas, algo se removió en su cerebro. Sin ser consciente de lo que estaba ocurriendo silenció y enterró bien hondo esa información. Pero, a cambio, también sepultó todo vestigio de sexualidad. A medida que crecía, su vida estuvo entregada por completo a los estudios y, más tarde, al trabajo. El sexo y las relaciones no existían para ella, sólo las amistades muy íntimas con otras chicas. Pero sus amigas tarde o temprano empezaban a tener novio y la rechazaban un poco.
Por fin, a los veintitrés años pudieron más sus emociones que su represión: se enamoró de una chica. No fue capaz de ocultar por más tiempo aquellos sentimientos tan intensos y se atrevió a pedir ayuda a su mejor amiga. Por suerte, ella la apoyó desde el principio y la animó a acudir a un bar de lesbianas. Raquel empezó a frecuentar aquel local los fines de semana. Al principio iba con su amiga, hasta que poco a poco conoció a otras mujeres y se atrevió a salir sola. Todo fue lento y complicado porque estaba llena de prejuicios sobre las lesbianas. Pero al fin, un día conoció a una chica e iniciaron una relación que le ayudó integrar lo que era.
Renacer a los treinta. Sara, treinta y dos años
De pequeña Sara era una niña muy movida. Sus padres la llevaron al psicólogo y le diagnosticaron hiperactividad. Su carácter la acercó a los otros niños, cuyos juegos eran mucho más físicos que los que practicaban las niñas, más sosegados y quietos. Cuando llegó la adolescencia, su hiperactividad fue remitiendo. A esa edad empezó a tener las mismas inquietudes y anhelos que el resto de sus compañeras. Pronto empezó a salir con chicos, pero no llegó a enamorarse de la forma que le contaban sus amigas.
Años después, en la universidad mantuvo una relación más estable con un chico, incluso tuvo relaciones sexuales con él, pero de alguna forma Sara no se sintió completa. Algo en su interior le decía que aquello no podía ser todo. A los veintinueve decidió romper la relación con su novio porque ya no podía ocultarse por más tiempo que no estaba enamorada de él, que el sexo no era gratificante y que ella esperaba mucho más del amor.
Sin saber muy bien cómo, empezó a pensar en la posibilidad de que le gustaran las mujeres. Ese pensamiento surgió de forma casi natural en su mente. Por su trabajo como diseñadora de páginas web, tenía cerca un medio que podía resultar muy prometedor: Internet. Llena de curiosidad, se atrevió una noche a entrar en un chat de lesbianas. No sabía qué buscaba con exactitud, pero quería probar. Empezó a frecuentar el lugar hasta que conoció a varias chicas. Algo surgió con una de ellas. Se pasaban las noches enteras charlando y Sara sintió que aquella amistad virtual era lo más intenso que había vivido nunca. Un día decidieron conocerse en persona. La atracción fue mutua y así se inició una relación que dura hasta hoy.
Nunca es tarde si la dicha es buena.
Lola, cincuenta y cinco años
La vida de Lola transcurrió como la de muchas otras mujeres. Fue al colegio, tuvo un novio formal, y en cuanto él acabó sus estudios y encontró un buen trabajo, se casaron. Pronto tuvieron descendencia, la típica parejita. No podía esperar más.
Como tantas mujeres, Lola se encargaba de la educación de sus hijos, de la casa, de la compra, y de todas esas tareas que se supone que una señora debe atender. Nada parecía indicar que las cosas pudieran ser diferentes. Fueron pasando los años y su matrimonio dejó de ilusionarle. Su marido pasaba más tiempo en el trabajo y en el bar de la esquina que con ella. Se sentía inútil y fracasada.
Un día empezó a asistir a unos cursillos que ofrecían en la asociación del barrio. Allí conoció a un grupo de mujeres cuyas vidas le parecieron más interesantes que la suya. A los cuarenta y nueve decidió buscar un trabajo para realizarse. A medida que ella crecía y se sentía mejor, la relación con su marido se deterioraba más y más, hasta que decidieron separarse. Sola y con sus dos hijos, inició una nueva vida en la que tuvo que trabajar duro para salir adelante.
Con el paso del tiempo, conoció a una mujer con la que entabló una estrecha amistad. Para su sorpresa, se sintió atraída por ella. Estaba convencida de que después de su marido no volvería a enamorarse y aquella amiga irrumpió en su vida demostrándole todo lo contrario. Iniciaron una relación que Lola trató de ocultar a su familia porque le avergonzaba, pero poco a poco fue aclarando sus sentimientos y acabó reuniendo el valor necesario para comunicárselo a sus hijos. Ya eran mayores y aceptaron sin problemas el amor de su madre.
Doble vida. Luisa, cuarenta y un años
Luisa vivía en un pueblo y las oportunidades de expresar allí cualquier diferencia eran pocas. La presión social la llevó a ocultar en su interior algo que descubrió enseguida: le gustaban las mujeres. Haciendo caso omiso de estos sentimientos secretos, se casó a los veinte años. Sabía con seguridad que no amaba a aquel hombre, pero prefirió la comodidad del matrimonio para no tener problemas. Su vida de casada fue un engaño. A espaldas de él empezó a acudir a los bares de ambiente de una ciudad cercana, donde conocía a mujeres con las que tenía relaciones, por lo normal esporádicas. Pero esa clase de vida le aportaba más problemas que alegrías. Por un lado engañaba a su marido, que no tardó en darse cuenta de que algo iba mal. Y, por otro, mentía a sus amantes femeninas, a quienes ocultaba su condición de casada y llenaba de falsas esperanzas.
Cuando se enamoró de una mujer, supo que la mentira en que vivía desde hacía tanto tiempo tenía que acabar. Decidió contarle la verdad a su esposo. Al principio, él quiso que siguieran juntos aunque ella conservara sus amistades femeninas. La situación fue un poco confusa para su novia y aquel triángulo no satisfizo a ninguno de los tres. Al fin, Luisa dejó a su marido y se estableció con su nueva pareja. Ahora quiere recuperar el tiempo perdido.
Depende del momento. Ana, treinta y siete años
Desde pequeña Ana supo que le gustaban los chicos y las chicas por igual. Y también supo que era mejor llevar en secreto el hecho de que le gustaran las personas de su mismo sexo. Ya de adulta tuvo varios novios formales. Los amó y fue feliz con ellos en todos los aspectos, pero seguían atrayéndole las mujeres, aunque nunca se había atrevido a dar el paso para acercarse a alguna. Temía equivocarse y ser rechazada. Un día la oportunidad llamó a su puerta. En un cursillo de submarinismo conoció a una chica por la que se sintió atraída. Y resultó ser algo mutuo. Inició con ella una relación que le pareció muy gratificante.
A lo largo de los años alternó relaciones con personas de ambos sexos. Si analizaba sus experiencias, no podía dar más peso en la balanza al género masculino que al femenino. Los hombres le aportaban unas cosas y las mujeres otras, y no quería renunciar a ninguna de las dos. Para ella estaba claro que amaba a seres humanos por encima de su género. En la actualidad lleva cinco años viviendo con una mujer, con la que es feliz. Aunque ha habido hombres y mujeres en su vida, nunca coincidieron en el tiempo. En todas sus relaciones ha sido fiel.
Encuentro casual. Laura, veinticinco años
Laura siempre fue heterosexual. Nunca tuvo la más mínima duda. Llevaba cinco años con su novio cuando se cruzó con una mujer de la que se enamoró con locura. Aquella relación le abrió nuevos horizontes y la ayudó a crecer: ya no era feliz con su compañero y decidió separarse. Pero la relación con su nueva amante no duró mucho.
Sola y confusa por la experiencia, necesitó cierto tiempo para aclarar sus sentimientos. Pero hoy sabe lo que quiere y lo que es. Admite que es heterosexual, aunque algunas mujeres pueden atraerle. También asegura que el sexo con las mujeres es muy satisfactorio, quizás incluso mejor que con los hombres, pero sigue sintiéndose atraída por ellos en planos diferentes. En la actualidad tiene novio y está contenta por haber vivido esa experiencia que le ha hecho abrirse y ser más tolerante. Considera que prefiere a los hombres, pero que podría volver a enamorarse de una mujer y que eso no tiene por qué poner en duda su orientación sexual.
Algunas cuestiones
Ahora que has leído estas historias, responde a las siguientes preguntas:
– ¿Quién es lesbiana y quién no?
– ¿Hay alguna que sea más lesbiana que otra?
– ¿Las mujeres que han estado casadas son bisexuales?
– ¿Y las que han tenido novio?
– ¿Cuándo es lesbiana una mujer y cuándo bisexual?
– ¿Qué es lo que marca la diferencia?
– ¿Se nace siendo de esa manera o la orientación sexual puede variar a lo largo del tiempo?
– ¿Puedes ser heterosexual y tener relaciones con una mujer?
– ¿Lo tienes claro?
Si tienes dudas para responder es por la confusión que existe en torno a estos temas. Y ello se debe a que nuestra sociedad no nos ha educado para saber que existen orientaciones sexuales diferentes tan aceptables como la heterosexual, ni cómo funcionan. Al no saber nada de esa diversidad, todo resulta confuso cuando te sucede a ti.
Tampoco tendrías todas estas dudas que te planteé al principio del capítulo si desde pequeña te hubieran enseñado cómo funciona la sexualidad humana y qué es la orientación sexual; y, sobre todo, si te hubieran hablado de forma positiva acerca de todo ello. Con esa formación todo el mundo comprendería que las relaciones entre personas del mismo sexo son algo normal y natural en el ser humano. Por desgracia, las cosas no son así, pero tú puedes ampliar tus conocimientos para aclarar esas dudas que sólo constituyen un lastre en tu vida.
Orientación sexual
Para que podamos acercarnos al tema de la homosexualidad y la bisexualidad de manera más objetiva, necesitamos un poco de información sobre la sexualidad humana. Trata de apartar de tu mente todas las ideas preconcebidas que tienes sobre este tema y lee lo que sigue con atención, como si fueras una observadora que mira algo desde fuera. Por el momento, no intentes identificarte con nada, sólo léelo.
Desde que nacen y a medida que crecen, los niños y las niñas adquieren conciencia de su sexo y su género (masculino o femenino), hasta formarse una identidad sobre lo que son. Es decir, descubren su sexo biológico: macho si tiene los genitales masculinos (entre otros rasgos), y hembra si posee los femeninos. Y también se identifican con uno de los dos géneros. La identidad de género es un concepto un poco más complejo porque implica que la persona asuma las características establecidas por la sociedad para el género en cuestión y que se identifique con ellas, de forma que se considere a sí misma hombre o mujer.
En este proceso en el que los niños y las niñas forman su identidad como personas, se les enseñan los roles adecuados a su género, es decir, qué implica y cómo tienen que comportarse para cumplir con lo que la sociedad espera de ellos como mujeres o como hombres (estas atribuciones varían de una cultura a otra). Y en esa información que reciben se les enseña, por defecto, a ser heterosexuales, no porque la heterosexualidad sea natural o normal, sino porque vivimos en una sociedad donde la orientación sexual* mayoritaria y aceptada es la heterosexual. La heterosexualidad es un estilo de vida hegemónico, «casarse y tener hijos, que a su vez se casen y los tengan ha sido la opción socialmente prevista para el conjunto de la población. Para ser “normal” basta con ser esposo y esposa; pero el modelo establece, además, que la excelencia se alcanza siendo padre y madre. Un solo tipo de relación, la pareja estable y el matrimonio; un solo tipo de familia, la reproductora».1
El aprendizaje al que niños y niñas son sometidos por el entorno empieza desde la más tierna infancia. Desde distintos medios (la familia, la escuela, la televisión, el cine, la literatura) se les inculcan, además de los roles correspondientes a su género, otra serie de principios sobre las cosas, como pueden ser las creencias religiosas o morales. Aunque en un primer momento los niños y las niñas no tengan conciencia de ello, en sus mentes se va formando la escala de valores que en el futuro será la base de sus creencias. Como señala la psicóloga Lynda Field,2 «nuestras creencias más arraigadas se basan en las cosas que oímos muy pronto en nuestras vidas», a los tres años nuestro inconsciente está lleno de ideas que no hemos podido cribar debido a que no estamos preparadas para ello todavía. Simplemente absorbemos todo lo que nos llega como si fuéramos esponjas.
La escuela psicológica Gestalt considera que este aprendizaje se realiza mediante un mecanismo denominado introyección, que consiste en que una persona incorpora una idea sin asimilarla. La introyección permite la rapidez del aprendizaje, tan necesaria durante la infancia, pero tiene como inconveniente el incorporar creencias que pueden no ser positivas para el desarrollo del individuo. Por ejemplo, si una niña recibe de su entorno la idea de que las relaciones entre personas del mismo sexo están mal (sin ninguna razón que justifique tal creencia) y resulta sentir atracción por las mujeres, la idea negativa provocará en ella un conflicto interno. Necesitará dar coherencia a dos aspectos que se contradicen en su interior: por un lado, sus sentimientos, y por otro, el juicio moral negativo que la sociedad hace sobre ellos.
Las creencias básicas que adquirimos en la niñez pueden modificarse y cambiar a lo largo de la vida de una persona, pero las más arraigadas están ahí, las hemos interiorizado por completo, muchas veces sin darnos cuenta de ellas. Simplemente creemos en algo, sin cuestionarnos por qué o de dónde ha surgido esa idea. Un ejemplo lo tenemos e
