Democracia en alerta

Javier Aroca
Javier Aroca

Fragmento

Prefacio

PREFACIO

Lo leí por primera vez del poeta y pensador iranio Omar Jayam; así lo recuerdo: «la longitud de la vida se mide por los años; la latitud, por las pasiones». En las siguientes páginas, mi propia experiencia vital va discurriendo de manera pareja con mi visión de la democracia, con mi pasión. Mis vivencias, y también las experiencias ajenas, observadas gracias a los viajes y los libros; unos y otros te hacen desprenderte de tus prejuicios y aprender para no dejarte engañar, aunque solo fuere para no repetir los errores de los otros ni empeñarte en los tuyos. No faltan en estas páginas mis maestros, los que me enseñaron todo, a los que debo eterna gratitud. No se trata de una biografía, que no sería nada importante, ni historia, para la que no tengo credenciales, ni un catálogo de democracias posibles. He tenido la fortuna de ser testigo presencial y muy curioso de muchas cosas, y he vivido en una atalaya privilegiada, pero nunca me quedé en eso, sería un mero cronista o un viajero.

Lo que he visto, vivido y aprendido me ha servido para engrosar mi pasión por la democracia. En ese empeño he podido comprobar cómo en mi tiempo, que coincide con la andadura de la joven democracia española, se han reproducido los mismos peligros que se vienen repitiendo de manera machacona desde sus albores helenos, cuando surgieron en Grecia la democracia y simultáneamente sus enemigos. Siempre me refiero al régimen de 1977 y nunca al de 1978. No pretendo impugnar ni a los historiadores ni a los narradores de la Transición, pero sí dejar clara mi opinión de que todo empezó en enero de 1977, con aquella Ley para la Reforma Política que dejó a la Transición tan atada como el franquismo a su sucesión.

En nuestros días, en la batalla eterna contra la democracia se advierte una mayor sofisticación. Hay más y mejores caminos para alcanzarla, sin duda, pero en la medida en que avanzamos, también se movilizan sus enemigos, los herederos de aquellos aristócratas helenos. La resistencia es más sutil y, en ocasiones, procede de las entrañas e instituciones surgidas de este sistema político. La democracia es, no obstante, imparable, se puede obstaculizar, impedir, reducir, eliminar en periodos oscuros y tenebrosos, pero siempre vuelve. El hombre es un ser social y político y aspira siempre a la libertad.

Desde el origen, el propósito es prescindir del pueblo, en contra de la propia esencia de la democracia porque sin pueblo, el demos, la democracia, es solo una ficción defensiva y cosmética detentada por los poderosos y opulentos. Las estrategias son las antiguas pero adaptadas a las nuevas circunstancias y al avance científico de la humanidad. El objetivo, el ajuste fino o bruto, consiste en reducir, excluir, dividir. No pretendo ofrecer un listado de todos los peligros ni siquiera atreverme a establecer una clasificación, categoría o jerarquía entre ellos; sin embargo, lo fundamental sí está: la anulación del pensamiento crítico, el individualismo, la división, el fomento de la ignorancia, el achique y contaminación del espacio de debate público. El poder, el visible, pero sobre todo el profundo, más o menos oculto, y los serviles están en estado permanente de alerta y acecho, entre ellos, el capitalismo más soez, transnacional o doméstico, los gordos de todo sistema, la nobleza de Estado —una milicia activa para el mantenimiento invariable del statu quo—, la violencia simbólica o física ejercida contra los disidentes, la juristocracia —el poder no electo de los jueces que ignora la separación de poderes y pretende situarse por encima de los demás— que fue advertida por los clásicos y practicada en todos los rincones democráticos del planeta. Esa exclusión sistémica del pueblo, de su participación y responsabilidad crítica, se hace muy visible en una de las plagas de la democracia y la libertad: la guerra y el negocio arm

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