Introducción
Este libro, Homo exul, es consecuencia de una pregunta que no me atreví a esbozar en mi mente durante mucho tiempo, tampoco en terapia. No me era posible, pues su respuesta resultaba en aquel entonces demoledora: «¡Me lo merecía! ¡Yo lo había provocado!». No valía la pena formularla. Al pasar el tiempo, y a medida que la terapia progresaba, empecé a verme como una persona, un ser humano digno, y fui descubriendo que aquella pregunta inimaginable por fin se podía enunciar. Eran muchas las respuestas, muchas opciones, muchos errores. Y de pronto, un día de paz, conseguí preguntarme: «¿Por qué fui abusado?».
No pude detenerme; el mero hecho de buscar una explicación me llevaba a otras preguntas que no era capaz de contestar. Así comencé a abrir puertas desconocidas que dejaban entrar una luz tenue en un laberinto tan complejo como la condición humana. Al principio no lograba hilar las explicaciones, los libros que leía solo describían el fenómeno (si se puede llamar así) y sus consecuencias, pero al hablar del origen siempre hacían referencia o a la «condición humana» o a teorías del mal y de su presencia en él. Pero ¿qué era la «condición humana»? ¿Se refería acaso a esa sombra que forma parte de todos nosotros y que esconde debilidad, inseguridad, ansia de poder, perversión, sometimiento, agresividad sexual y violencia? Claramente, recurrir a una palabra como «condición» hace que, de alguna manera, estas «imperfecciones» sean percibidas como inherentes a nuestra especie, y apelar a los mitos de la eterna lucha entre el bien y el mal es como someterse a un titiritero siniestro que mueve los hilos de nuestra vida.
Durante mucho tiempo encontraba explicaciones y ejemplos que no iban al centro del problema, que no aclaraban por qué la persona que abusó de mí no fue capaz de considerarme un prójimo. ¿Por qué no fui visto como alguien digno, merecedor de respeto y solidaridad? ¿Qué profunda necesidad lo llevó a buscar mi sometimiento total? ¿Por qué quien se había comprometido a ayudar a sus semejantes terminaba usándolos para propósitos que ni siquiera él comprendía? Entonces decidí reunir fuerzas para recorrer un camino desconocido e incierto. Poco a poco me fui dando cuenta de que, para transitarlo, sería necesario responder también a otras cuestiones: ¿qué me había hecho, a ojos de este depredador, una víctima potencial? ¿Por qué no había sucumbido a las consecuencias del abuso? ¿Qué impidió que condujese mi coche hacia un despeñadero o, sencillamente, apoyase el cañón de una pistola en mi sien?
Trataba de entender el origen de la violencia, de la guerra, del abuso en todas sus formas, la fuente de la rabia y la envidia. Necesitaba contar por qué la profunda capacidad social de los seres humanos, caracterizada por la práctica del cuidado, que les permitiría sobrevivir como especie durante cientos de miles de años, desencadenó en descuido, negligencia, agresión y sometimiento. Si nos remitimos a la imagen del cavernícola con el mazo, vemos que es una caricatura que normaliza de manera inconsciente tanto el carácter violento del ser humano como el avance de la sociedad. ¿Y si esto fuese una falacia? ¿Y si lo real fuese todo lo contrario y la caricatura apropiada fuera la de un soldado contemporáneo armado hasta los dientes? No sería tarea fácil demostrarlo, y nunca imaginé que el camino me iría desvelando una explicación lógica que se identifica con el periodo de nuestra evolución en el que todo cambió, en el que el ser humano dejó de ser Homo sapiens, un ser que formaba una unidad indivisible con el medioambiente. Un momento de nuestra historia en el que se inició lo que algunos consideran la sexta extinción planetaria.
A lo largo de estas páginas explicaré algo que hace algún tiempo me parecía imposible de entender: ¿por qué, en un momento preciso de la historia de la humanidad, un grupo de seres humanos dejan de reconocerse a sí mismos y dejan de ver a los demás como al prójimo? ¿Por qué el ser humano «civilizado» pasa de tener un comportamiento hipersocial y colaborativo, durante el 99 por ciento de nuestra evolución de varios millones de años, a actuar de manera violenta, renunciando a las conductas que le permitieron sobrevivir como especie? A diferencia de lo que la caricatura del cavernícola sugiere, la inteligencia social, el conocimiento del medioambiente, el cuidado y la colaboración son las principales características de nuestros antepasados. Nunca estuvimos «predestinados» a la enfermedad, y la mayoría de las dolencias que hoy nos afectan se originaron en las lentas y dolorosas consecuencias del proceso evolutivo y no están determinadas por nuestros genes.
Quiero compartir el mapa de esta ruta personal, y a pesar de que sé que ninguna vivencia es igual a otra, creo que los conceptos fundamentales aquí expresados harán eco en el corazón del lector y quizá representen una gota de alivio a la sed de sentido que todos tenemos. Este será un camino distinto, original, incluso creo que valiente, nunca antes transitado. Soy consciente de que seguir las ideas de esta narración a veces podrá resultar un poco árido, y aunque quizá no se entiendan todos los términos técnicos, intentaré despojarlos del peso científico para darles sentido y hacerlos más cercanos a todos. Así pues, el lector percibirá una trenza en la que se entretejen mi experiencia personal, mis reflexiones y las bases del argumento científico que dará sustento a las claves para desentrañar un misterio hasta ahora no resuelto acerca de nuestra «condición» humana.
Esta es una historia real miscelánea y multifacética que surge de la vida misma, de mi vida. No es una autobiografía, pues incorpora una nueva mirada objetiva del mundo que nos rodea y del cual formamos parte. Mi relato es un grito de supervivencia que brota de lo profundo de mi corazón y es mi legado de amor y gratitud al mundo. Sin duda no ha sido un sendero fácil de transitar, algunas veces incluso se ha mostrado feroz, pero recorrerlo me ha permitido repararme y sanar. Tal vez mi experiencia y mi investigación me brinden la oportunidad de acompañar a otros, como si fuera un antiguo chamán que desciende con ellos a los submundos del dolor para ofrecerles un derrotero distinto, quizá una posible salida. No es un libro de recetas ni de fórmulas mágicas, sino el intento de comprender nuestra interacción permanente con el medioambiente, que no se limita a los bordes del planeta y la atmósfera, sino que abarca al sistema solar y al universo que nos contiene.
A lo largo de estas páginas descubriremos que las enfermedades crónicas son una condición nueva, y que envejecer por el deterioro progresivo de nuestras capacidades se corresponde con un fenómeno ocurrido en la era agrícola como consecuencia de los cambios alimentarios y sociales. Si contemplamos de manera integral la historia de nuestra evolución comprenderemos los desvíos que hemos tomado en el camino e identificaremos aquellos cambios de rumbo que nos han alejado del proceso natural que comenzó con el Big Bang. Así, sabremos entender que han sido las modificaciones introducidas por el hombre —tanto en la dieta como en el medioambiente— las que han generado gran parte de las enfermedades crónicas e infecciosas que hoy padecemos. Sin embargo, al contrario de lo que se cree, no fueron decisiones pensadas o planificadas, sino la consecuencia de desastres globales que obligaron al ser humano a hacer uso de su máxima capacidad de adaptación para sobrevivir a la extinción. No obstante, tal capacidad ha tenido repercusiones, dado que las soluciones implementadas en una época determinada, en especial con la introducción del cultivo de cereales, fueron el germen de la aparición de las ciudades, que en conjunto han sido el origen de las principales causas de muerte tanto de un gran número de especies animales como de poblaciones humanas alrededor el mundo. Muchos pensarán que tal grado de mortalidad es el producto solo de la densidad poblacional, las infecciones, la contaminación, la alimentación y el sedentarismo, pero lo cierto es que la principal variación provocada por la llamada «revolución agrícola» fue el cambio en el comportamiento humano, que daría paso a una amplia gama de violencias, abusos y guerras.
Esto no fue solo un subproducto de la cultura emanada del nuevo estilo de vida, sino la consecuencia de la interrupción de procesos fundamentales del desarrollo neurobiológico y social del ser humano establecido durante millones de años de evolución. No fue el «pecado original» cometido por Adán y Eva lo que introdujo el mal en el mundo, fueron los cambios de los procesos evolutivos naturales que se dieron como respuesta de supervivencia en algunas poblaciones de Oriente Próximo, los cuales, además, alteraron la fertilidad femenina, el desarrollo social y las poblaciones de Homo sapiens.
La mayoría de las enfermedades que hoy nos azotan son producto de la propagación de este fenómeno por el planeta mediante las invasiones y el colonialismo de los últimos cinco mil años. Los componentes nutricionales que conforman más del 70 por ciento de la dieta occidental constituyen los ingredientes principales que conducen a la obesidad, la diabetes, el cáncer, el asma y a las enfermedades cardiovasculares, reumatológicas, autoinmunes o degenerativas como el alzhéimer y el párkinson. Menos del 10 por ciento de las enfermedades están determinadas por la herencia genética. La principal fuente de enfermedad es nuestro ambiente y nuestro estilo de vida.
Es un hecho verificado que el ser humano puede vivir con salud y claridad mental más de cien años. Ejemplo de ello son las denominadas blue zones, o «zonas azules», esto es, ciertos lugares del mundo donde se encuentran personas que superan con facilidad esa edad. Lamentablemente, múltiples factores de la vida moderna, entre ellos la inequidad, la concentración de población, el estrés y la desconexión con la naturaleza han llevado a que en el resto del planeta el promedio de vida no supere, en la mayoría de los casos, los ochenta años de edad. Las claves reales de la salud y de la calidad de vida no se encuentran en ninguna de las recetas milagrosas, tan en boga en nuestros días, sino en entender que los seres vivos dependemos los unos de los otros y del ambiente. En este sentido, iremos descubriendo que el tiempo es clave en la adaptación evolutiva de nuestros sistemas biológicos y que no podemos alterar un proceso natural sin pagar un precio por ello.
En este viaje visitaremos la sierra de los Andes y los cauces de los ríos de la selva amazónica, donde no existían las enfermedades crónicas hasta la llegada del hombre occidental y donde la medicina se basa en una comunicación íntima, ancestral e intuitiva con la naturaleza de la que provenimos. La selva transforma su ensordecedor ruido primero en un canto, luego en un lenguaje y, por último, en una fuente de conocimiento que algunos entienden y distinguen como la base de la salud. En esta travesía, tan personal como profesional, me propongo explicar por qué el deterioro crónico de nuestra salud está inevitablemente asociado a la presión alimentaria que, desde hace más de siete milenios, no solo cambió el orden evolutivo del planeta, sino también de nuestro propio camino como especie. Tal presión sentó las bases de la economía, del lenguaje y las matemáticas, además de provocar guerras, esclavitud, enfermedad, así como el sometimiento de la mujer y la segregación de los sexos. Esta nueva alimentación occidental (nueva, pues es de origen antropogénico, definida por el hombre) no es más que un proceso agroindustrial asociado al poder y al control que los seres humanos ejercen sobre la tierra.
Hoy es difícil predecir nuestro futuro, pues hemos alterado el ecosistema que nos rodea de manera radical. Por primera vez en la historia del planeta una especie se atribuye el poder y el dominio sobre todo lo viviente, las aguas, la tierra, la atmósfera e incluso el espacio exterior. El cambio en la alimentación generará la transformación del medioambiente al que estamos expuestos, enrareciendo sus cualidades, provocando una poda de nuestras capacidades físicas y mentales, restándonos años y (lo que a mi entender es igual de importante) calidad de vida.
Se trata de entender que ya no somos ese Homo sapiens que dejó huellas artísticas en diversas cavernas de Europa y que pobló gran parte del planeta. Hoy somos otra especie con características distintas, una variación evolutiva más agresiva y menos colaborativa que algunos autores han llamado Homo bellicus. Somos una especie que sufrió una cuasi extinción masiva y que, gracias a sus capacidades y resiliencia logró sobrevivir, pero a un coste notable (desconexión con la naturaleza, desconocimiento de nosotros mismos y de nuestros semejantes), reemplazando la cooperación propia del Homo sapiens por el egoísmo, la competencia y la rivalidad. Estos cambios del comportamiento solo han sido evidentes en los últimos once mil años, y tienen el origen biológico en una catástrofe ambiental que generó terror, trauma y hambruna, y que transformaría nuestra relación con el mundo. Y cual maldición bíblica, esto significó nuestra expulsión del edén.
1
Bajo la piel
Siento la necesidad de comenzar este libro con un relato personal. No puedo hacerlo de otra manera, pues mi historia está íntimamente entrelazada con el origen de esta exploración y con las cicatrices que me dejaron los traumas y eventos adversos de mi infancia y adolescencia. Nací el 18 de octubre de 1965 en Santiago de Chile, en el extremo sur del mundo. Soy el mayor de tres hermanos: Philip, un año y nueve meses menor que yo, y Consuelo, con casi cinco de diferencia. Los primeros ocho años de mi vida fueron muy felices; era una época en la que se podía jugar al fútbol en las calles del barrio, pues la frecuencia con la que pasaban los automóviles permitía varios minutos de juego ininterrumpido. Y, de hecho, lo usual era que se detuvieran para que pudiéramos recoger la pelota y luego se marchaban lentamente mientras seguíamos con nuestro partido, «chuteando tiros» a los arcos hechos con ladrillos o piedras sobre el asfalto. Jugar con los vecinos y recorrer las calles de nuestra comuna en bicicleta hasta el anochecer era lo normal. Los días estaban llenos de aventuras y, por supuesto, no faltaban las travesuras.
Desde mi casa puedo ver la silueta de un antiguo volcán que divide en dos la ciudad, el cerro Manquehue. Vivimos en un barrio acomodado, lleno de niños con los que jugamos hasta la hora en que mi madre sale a la calle a avisarnos de que la cena está lista. Las referencias cardinales son fáciles gracias a una cordillera llena de glaciares, al este. Aún quedan quebradas y laderas semivírgenes en las faldas de la precordillera, cubiertas con la flora endémica milenaria.
Estudio en el Liceo Francés Saint Exupéry, donde aprendo a observar el mundo. No a mirarlo distraído, sino a fijar la vista y a asombrarme de las maravillas que me rodean. Durante la primavera de septiembre de 1973, en la mañana del martes 11, antes de desayunar, escucho por primera vez el estruendo de motores mucho más potentes que los de los automóviles y las motos antiguas que circulan por el barrio. Al salir a la calle me encuentro con mi amigo Andrés, que vive en la acera del frente. Juntos vemos pasar y oímos rugir los aviones. Impresionante: un escuadrón de Hawker Hunter de la aviación chilena se dirige a lo que nos parece es el centro de la ciudad. A los pocos segundos oímos las detonaciones a lo lejos y veo a mi padre corriendo hacía mí para llevarme dentro de casa. Ese día y los siguientes se suspenden las clases en todos los colegios del país.
La semana siguiente regreso al Liceo, algunos de mis compañeros ya no están. Nadie conoce su paradero. De hecho, por muchos años no sabré de ellos. Mis vecinos, hijos de funcionarios de la embajada de Suecia, tampoco están. Mi amigo de la esquina, con el que jugaba a armar monstruos prehistóricos de Lego, también se ha ido. La vida del barrio continúa con normalidad aparente, pero nada volverá a ser lo mismo.
A mis nueve años, todo empieza a cambiar. Los fines de semana me despierto con los gritos de mis padres, que están en la habitación contigua. La alarma y el miedo que me generan me confunden profundamente. Su separación poco amistosa es una espada que me atraviesa el corazón, y que nadie puede sacar. Al poco tiempo aparecen la nueva esposa de mi padre y el nuevo novio de mi madre. Debo acostumbrarme a la presencia de ambos. No sé lo que sienten mis hermanos ante la separación, pero me propongo evitarles más sufrimiento. Mi madre se encarga de nuestra manutención. Con su trabajo y la ayuda de mi abuela logramos sobrevivir.
Es la madrugada del 1 de enero de 1977. Hace calor, y estoy en el dormitorio que comparto con mi hermano. Vemos a Steve McQueen en la película El Yang-Tsé en llamas. Pienso en lo maravilloso que sería ver esa película en color. Hace poco que he descubierto que existen televisores en color y ansío encontrar uno. Hemos pasado la tarde del 31 de diciembre con mi padre volando aviones de aeromodelismo en un parque junto al hotel Sheraton de Santiago. Nos ha dejado en casa a la hora de la cena. Los niños siempre comemos aparte en la cocina, y esa víspera de año nuevo no es una excepción. Como premio, mi madre ha conseguido pavo asado con puré de manzanas. Todo un manjar en un año en el que la adaptación al nuevo presupuesto familiar nos ha generado ciertas estrecheces.
Mi madre, de veintiocho años, y su novio de cincuenta y tres siguen en el comedor de la casa junto con la tía Constance y algunos amigos. Mi hermano duerme profundamente. En la habitación contigua, mi hermana pequeña también.
Pocos minutos antes de las dos de la mañana —casi en sincronía con una escena de acción en la popa del barco— escucho un estrépito que enmudece el televisor. Proviene de la zona del comedor y la cocina. Es un estallido impresionante, seguido por gritos de horror y desesperación, que choca con el silencio de la madrugada. Mi madre grita de una manera que no conocía. No logro entender lo que dice, o simplemente lo guardo en el olvido. Estupefacto, temblando de miedo, veo que mi hermano despierta sin entender lo que sucede. Intento calmarlo y espero que algún adulto aparezca por la puerta. No sé si mi hermana se ha despertado. Por fin aparece mi madre, bañada en lágrimas, con mi hermana. Nos pide que salgamos de la habitación porque las bombonas de gas de la cocina han estallado. Aterrados, esperamos a que lleguen los bomberos y nos aprestamos a huir del fuego que debía de haberse iniciado en esa zona de la casa. Pero no hay sirenas, ni humo, ni fuego. Solo el llanto inconsolable de mi madre, que se escucha a lo lejos. Un olor familiar que no logro distinguir flota en el aire.
En la entrada de casa está estacionado un vehículo de Carabineros. Mi madre nos pide que subamos al Fiat 600 que nos regaló nuestra abuela, y comenzamos a recorrer las calles del barrio de Vitacura. Finalmente nos deja en la casa quinta de nuestros primos del sector de San Damián. Lo sucedido me impide dormir. En los días siguientes, un silencio propio de las familias chilenas acomodadas caerá como un grueso manto. No se dará explicación alguna.
Mi madre está taciturna y silenciosa. Su belleza de siempre contrasta con una sombría mirada, perdida en un mar de sentimientos, preocupaciones y dudas. Es una tarde de sol, y paseamos por el jardín para luego ir a recolectar frambuesas al huerto. Mientras caminamos por los surcos de regadío, sin mucho preámbulo se decide a narrarme los hechos: «Tu padre mató a Juan», dice. Yo escucho, sin entender, en silencio. No soy capaz de organizar la información ni de medir el impacto. Al verme atónito se acerca a una rama con frambuesas maduras y me las entrega para continuar con su relato.
Ese día de fiestas, mi padre, borracho y en un arrebato desquiciado de celos, entró por el jardín de casa con una escopeta del calibre doce. El ventanal del comedor estaba a medio abrir. Sin previo aviso y sin mediar palabra, a menos de dos metros de distancia, lanzó un tiro certero al cuerpo de Juan, el novio de mi madre. La muerte fue inmediata. El estallido que oí esa noche no había sido una explosión de gas sino la pólvora en los cañones del arma de caza. Ahora entiendo por qué aquel olor que impregnaba el vestíbulo de nuestra casa, mezclándose con el aire caliente de aquella noche, me era tan familiar. Más de una vez había acompañado a mi padre a cazar tórtolas y, como buen sabueso, recuperaba las presas caídas durante las cacerías en los campos de trigo del sur de Chile.
El olor a pólvora quemada no se me olvidaría nunca.
Así entré en la preadolescencia. En un abrir y cerrar de ojos me convertí en el hijo de un asesino. Sin darme cuenta iría desarrollando la actitud subconsciente de intentar borrar las huellas de ese acto, de generar una identidad propia, desvinculada de mi padre. Una vida en busca de pertenencia y aceptación. Un esfuerzo agotador por agradar, destacar y ser reconocido.
Naturalmente, no era consciente de que estas experiencias tendrían su coste, y de que iría acumulando lo que hoy sabemos que son factores traumáticos que dejan marcas indelebles y profundas en nuestro cuerpo. Estaba respondiendo a un fenómeno de estrés generalizado y persistente que se denomina «estrés postraumático crónico». Me sentía cada vez más aislado y distinto, particularmente solo. Muchos años después descubriría que la expresión «calar hasta los huesos», en referencia a una experiencia tan intensa e imposible de olvidar, también podía aplicarse a las marcas que estos eventos adversos dejarían en mis genes y mi salud.
Con mi padre en la cárcel, y el sentimiento de que me había convertido en el hombre de la casa, se estableció una especie de pacto de silencio entre mis hermanos, mi madre y yo. No se hablaría más de lo acontecido ni de mi papá.
La vida transcurría con relativa calma y la rutina escolar ayudaba a crear un clima de normalidad. Al terminar el colegio apareció un nuevo desafío, también motivo de estrés: definir a qué quería dedicarme el resto de mi vida. De manera un poco impulsiva decidí que estudiaría Medicina. Nunca me arrepentí de aquella decisión. Deseaba dedicarme a los demás y ayudar a sanar. Posiblemente fuera una forma profunda y subconsciente de reparar el daño que había hecho mi padre y, como comenta Alice Miller en El drama del niño dotado y la búsqueda del verdadero yo, una forma de ser aceptado y querido.
Con esta configuración mental, a mis diecisiete años, recién ingresado en la universidad y un poco perdido y sin rumbo, me invitaron a formar parte de una agrupación de estudiantes en la parroquia El Bosque, la más conservadora e influyente de Santiago y también de Chile. Solo admitían a los hijos de la high society chilena. Eran reclutados por un grupo numeroso de proselitistas religiosos que configuraba Acción Católica, un movimiento juvenil fundado por el sacerdote Alberto Hurtado (santo de la Iglesia católica) en 1950, y que por razones desconocidas aún perduraba en esa parroquia. Fue allí donde, bajo el régimen del Gobierno militar, surgieron parte de las vocaciones sacerdotales que cambiarían el rumbo de la Iglesia del país. El sacerdote encargado de esa parroquia y de su asociación juvenil sería conocido años después como el Señor de los Infiernos.
Todo comenzó con la invitación de una alumna de Medicina a participar en charlas de ética cristiana. Fue una luz de esperanza frente a mis muchas preguntas y pocas respuestas, que me llevó a caer en la red tejida por uno de los peores abusadores que ha sufrido la Iglesia católica. Nunca había formado parte de ningún grupo parroquial. Todo era nuevo, y viví con mucha alegría la experiencia de pertenecer y ser reconocido no como «hijo de», sino como un integrante de más una pandilla de jóvenes que aspiraban a cambiar el mundo.
La comunidad juvenil de la iglesia del Sagrado Corazón El Bosque, bautizada así por la calle en la que se encontraba, fue creada a finales de los años sesenta y principios de los setenta por un sacerdote que se decía discípulo predilecto de san Alberto Hurtado. A diferencia de Hurtado, gran defensor de las reformas sociales en Chile, su «discípulo», Fernando Karadima, era radicalmente conservador y ferviente partidario tanto del general Pinochet como del golpe militar de 1973.
Karadima gozaba de todo el apoyo del Gobierno y mantenía una oposición férrea a la defensa de los derechos humanos que ejercían otros sacerdotes chilenos. En ese momento tan crítico de la historia de nuestro país, alababa las acciones del Gobierno durante sus prédicas. Con el tiempo se había erigido como líder espiritual y moral de la clase alta santiaguina.
Nunca sospeché que ese sacerdote me conocía y conocía mi pasado. Seguramente, durante semanas, mientras yo meditaba en una capilla lateral por las tardes, fui foco del ojo escrutador de quien se convertiría en un depredador. Fernando Karadima se ofreció como guía espiritual y confesor, y poco a poco se fue apoderando de mi voluntad. Allanó el terreno para dar el golpe definitivo, y abusó de mí físicamente. El estupor que me produjo este primer acto me provocó tal shock que cualquier atisbo de resistencia se desvaneció en la confusión y el dolor. El periodo de sometimiento psicológico que precedió al primer ataque me dejó vulnerable a que se repitiera durante años.
A pesar de todo, me esforzaba en mantener mis estudios de Medicina y conservar la cordura. Como a todo en la vida, me iba adaptando, o eso creía. Me desempeñé como dirigente del grupo de universitarios de dicha parroquia y, tras lograr mi título profesional, seguí trabajando en la «evangelización» de jóvenes. No veía gran peligro para ellos, pues en mi inocencia pensaba que esos actos abusivos no se repetían con otras personas, y creía que quizá estos nuevos participantes podrían avanzar en una vida espiritual más plena. Años después algunos se ordenarían sacerdotes.
Sin embargo, yo nunca podría ser sacerdote, pues era imposible que alguien en ese torbellino de abusos cumpliera los requisitos para recibir o responder a la vocación religiosa o sacerdotal. Por otro lado, la idea de que en mí se alojaba alguna condición oscura que provocaba una atracción maligna no dejaba de repetirse en mi mente, pues qué otra explicación podía haber para que un santo varón como Karadima no pudiera resistirse y abusara de mí sexualmente. Es importante entender que, según la concepción católica, el demonio y sus poderosos efectos son permanentes adversarios que intentan impedir que alcancemos la santidad. Los ingredientes psicológicos con los que se «cocinaban» los sometimientos y abusos en aquella parroquia hundían sus raíces en las vidas de santos, de las que se resaltaban actos irracionales de obediencia y sometimiento. Todo era posible en esa lógica. El demonio nos tentaba; al fin y al cabo, las «debilidades» eran parte de la condición humana tras el pecado original, las faltas nos hacían reconocer nuestra imperfección y el amor incondicional de Cristo las limpiaba en el océano de su misericordia a través de la confesión. Círculo del abuso cerrado. Trampa perfecta. El condimento final era el secreto: nadie podía comentar con los demás las conversaciones o actividades con el cura. Peor aún: él era el confesor y director espiritual de todos, por lo que sabía y controlaba todo. Estas dinámicas perversas hoy se repiten en muchas parroquias católicas, en seminarios de formación sacerdotal y en conventos y congregaciones religiosas.
Aunque parezca increíble, una luz de racionalidad y sentido común hizo que me propusiera formar una familia. Poco o nada sabía yo de esa tremenda labor, y menos que se requerían una serie de condiciones humanas para lograrlo. Los tres hijos maravillosos que tuve con mi primera mujer sufrieron las consecuencias de un padre desadaptado y atormentado. Como marido era incapaz de articular la complicidad necesaria en la pareja, y las normas que me imponía el cura incluían contarle los detalles de mi vida personal y familiar. Uno de los requisitos para casarme era que mi mujer también se confesara con él y lo aceptara como guía espiritual. Finalmente era una especie de affaire a tres. Este control no era solo con nosotros: había muchísimos matrimonios sometidos por Fernando Karadima. Por supuesto también controlaba las economías familiares, y con ello iba creando un pequeño imperio económico.
No resistí. Antes de los cuarenta años mi mente y mi cuerpo se derrumbaron.
Me cuesta dormir. En ciertos momentos mi respiración se detiene, como si alguna fuerza externa me estrangulase y no pudiese oponer resistencia. Por la mañana me despierto abatido, con un cansancio inexplicable que me persigue durante el día y que me hace buscar nuevamente ese sueño perdido en el que regresa la asfixia. Es un círculo vicioso. Poco a poco empiezo a ganar kilos y sufro frecuentes esguinces de tobillo a causa de la inestabilidad al caminar, producto de la somnolencia y el exceso de peso.
Pierdo el ánimo y el sentido. Toda esperanza de vida libre y digna se esfuma. La alegría que me había acompañado en los inicios se desvanece, cubierta por niebla y oscuridad. En momentos como esos no es extraño que fantasee con quitarme la vida. Aunque en mi caso no es más que una idea, para muchas personas, lamentablemente, es la única opción posible.
Al no poder escapar de la trampa del abuso psicológico, espiritual y sexual, mi sensación de angustia es tan intensa que solo otros dolores, incluso físicos, pueden aliviarme momentáneamente. La sensación de daño permanente recorre mi cuerpo y nubla mi mente. Esta tortura ya había causado irremediables estragos en mi salud, o por lo menos eso creía yo.
En el espejo veo a un ser desfigurado, cubista, sin sentido ni unidad. No sé en lo que me he convertido. Poco a poco voy perdiendo la noción de la realidad y se adormecen mis sentimientos. El coste fisiológico y vital es enorme. Empiezan las arritmias, los exámenes, las coronariografías, las hospitalizaciones y los medicamentos. Al parecer, el daño ya se ha instalado y poco se puede hacer para recuperar mi salud. Me ha tocado vivir una realidad perversa que mezcla religión, fe, ética, esperanza, obediencia, sometimiento, sexo y una promesa perdida. No puedo explicar cómo ni a través de qué mecanismos he llegado a tal grado de deterioro físico y psíquico. Tiempo después descubriré que si no hubiera hecho nada para remediarlo me exponía a perder hasta veinte años de vida.
Me invade una sensación de angustia desgarradora. Me siento un desecho, un algo, sin función ni sentido. Un desperdicio por reciclar. Las pesadillas me despiertan entre el ahogo y el sudor, hasta que en una madrugada de invierno finalmente me derrumbo. Son las cuatro. Un amigo y colega que vive en el mismo edificio reconoce mi número de teléfono en su móvil. Acude en mi ayuda. En pocos minutos estoy en la unidad coronaria de la misma clínica donde un tiempo después me despedirán por ser «un mal cristiano». Siento que por fin se acaba todo. Pienso que debo matar a Dios si quiero sobrevivir.
Escapo. Me separo de mi familia y me sumo en una profunda depresión potenciada por una culpa y un miedo inmensos. Culpa por traicionar a la Iglesia y también por destruir a mi familia. Me adentro en las tinieblas.
Cuando después de años por fin logré dimensionar el sometimiento al que estuve expuesto, tuve que enfrentarme a tres fantasmas que rondaban mi mente y que deterioraron de manera crítica mi bienestar: el primero fue la persistencia de la culpa. A pesar de haberme liberado persistía la sensación de traición, pues había renegado de «la familia» parroquial. Aunque entendía parcialmente los abusos a los que había sido sometido, para mí no era fácil distinguir entre el valor de la lealtad y obediencia hacia a ese cura y el valor de mi libertad. Sentía que estaba traicionando a Dios. Muchas veces pensaba que todo era culpa mía: «Seguramente había algo maligno en mí que tentaba al sacerdote y lo hacía caer», o simplemente todo era parte de las «pruebas» a las que Dios me sometía para demostrar mi fidelidad, como a Abraham, a sus designios y llamados. Si Dios era capaz de pedir la vida de un hijo, ¿por qué no haría lo mismo con mi voluntad? La deformación de la lógica de la obediencia llevada a una interpretación feroz y textual.
El segundo fantasma que me atormentaba era el miedo, el terror profundo frente a la posible condena de Dios por mi ingratitud y desobediencia a sus designios. El miedo a encontrarme por las calles de mi ciudad con el abusador u otros sacerdotes que habían surgido de esta incubadora artificial de vocaciones. Miedo a que persiguieran a mi familia, e incluso miedo a perder mi trabajo, lo que finalmente ocurrió.
El tercer fantasma con efecto devastador fue la desorientación. No sabía dónde estaba, ya no tenía la plataforma católica heredada de mis padres, en la que se estructuraban y sostenían mis creencias, lo que desencadenó una caída en barrena sin que hubiera nada a lo que aferrarme.
El responsable de este sufrimiento no soy yo, sino un perverso depredador que utiliza el poder de Dios y de la Iglesia para abusar y satisfacer sus desviaciones. Con el tiempo descubro que no soy la única víctima; hay cientos de jóvenes que han sufrido esta desoladora experiencia. Saber que no estoy solo tiene un efecto revelador: al parecer, no hay algo siniestro en mí que tentaba a un hombre santo. Karadima es un ser tenebroso que busca someter a jóvenes para utilizarlos en su afán de control y poder.
2
Rumbo al Vaticano
Es difícil entender que estos depredadores no sufren trastornos psiquiátricos graves, como la pedofilia, sino que padecen patologías o enfermedades del poder potenciadas por personalidades narcisistas originadas en infancias traumáticas carentes de cuidado y afecto, deformadas por una educación basada en una cultura represiva y opresiva. Con esto no quiero decir que no haya responsabilidad personal, sino que estos monstruos son hijos de nuestra sociedad y de nuestra cultura. Diferentes estudios indican que el promedio de edad de los sacerdotes abusadores es superior a los treinta y cinco años y, por lo general, no tienen antecedentes de haber abusado antes de su ejercicio sacerdotal.[1] No se han podido establecer patrones psiquiátricos que definan un perfil de tipo pedófilo entre ellos.
Mi experiencia en aquella parroquia tenía mucho más que ver con un fenómeno de sometimiento y subyugación que con el abuso meramente sexual. No todos los jóvenes éramos víctimas de este tipo de abuso, pero casi todos sí del psicológico. Tras nuestro caso fueron apareciendo muchos otros en diversas parroquias, movimientos católicos y congregaciones religiosas en las que se repetían los mismos mecanismos. No solo ocurrían en Chile, también en cualquier lugar del mundo donde hubiese presencia clerical vinculada a la Iglesia católica. Se trata de un estilo de construcción de poder en el que el abuso psíquico, espiritual y sexual es parte fundamental de determinados grupos que ven en la Iglesia una plataforma de dominación y sublimación para compensar estructuras de personalidad patológicas, y que pueden deformar y transformar a muchos de quienes son víctimas inconscientes de dicho peligro.
En mi mente se articulaba una analogía similar a la de las epidemias, en las que un agente infeccioso se dispersa por el mundo enfermando a quienes son susceptibles, en especial allí donde se dan las condiciones ambientales y sociales para que se propague. Evidentemente, la hipótesis de considerar a la Iglesia como un antro de pedófilos no explica el fenómeno y es necesario ir a la raíz de lo que, en general, produce las principales calamidades sociales: el poder y sus patologías. Me refiero a patología porque considero que existe un poder sano, una fuerza orientada al bien común, a la creatividad y al amor.
Seis años después de mi partida de aquella parroquia, junto con otros dos hermanos en el sufrimiento, decidimos denunciar y llevar a los tribunales a nuestro abusador. El proceso hizo que muchas otras víctimas dieran su testimonio. Durante los casi diez años que estuve enfangado en procesos penales, civiles y eclesiásticos, me llamaba profundamente la atención el concepto judicial de prescripción de los delitos utilizado tanto en las leyes canónicas como civiles. El origen arbitrario de este concepto basado en el código romano —el mismo código que permitía al pater familias vender a sus hijas al mejor postor, o matar a voluntad a cualquier miembro de la familia o a sus esclavos— no busca la justicia, sino facilitar la resolución de litigios que no pueden quedar pendientes por siempre. La defensa del sacerdote Fernando Karadima, nuestro abusador, se apoyaba en esa supuesta garantía penal para evitar y desacreditar cualquier investigación o juicio en su contra. «No valía la pena investigar», pues sus actos ya habrían prescrito. Era sumamente contraintuitivo e ilógico considerar que un asesinato o abuso sexual pudiese prescribir. La resistencia inicial de jueces y legisladores a mover una coma del código de derecho penal era lacerante. Como si la letra fuera más importante que la realidad o la sangre. ¿A quién podía defender esa cláusula más que a los perpetradores? Obedecía a una lógica legal basada en leyes originadas en Roma hace dos mil años, cuando el valor del Estado estaba por encima del individuo y cuando el código de derecho buscaba proteger al Imperio y su estabilidad. La lex no apuntaba a la justicia personal, sino a la estabilidad del poder.
En 2010 creamos una fundación para prevenir los abusos en la infancia y la adolescencia. En 2011, Fernando Karadima fue declarado culpable, pero nunca cumplió condena. Murió en 2021 en libertad. Sin embargo, jamás será canonizado como deseaban sus seguidores más recalcitrantes.
Tras lograr la justicia anhelada me quedó el sabor amargo de que, a pesar de que los crímenes cometidos contra nosotros habían sido acreditados, y que la red de protección del abusador en la sociedad chilena y en la Iglesia católica se había desbaratado parcialmente, las normas de prescripción de los delitos dejaban libre a nuestro abusador. Por ese motivo, desde 2010 promovimos la promulgación en Chile de la ley de imprescriptibilidad de los abusos de menores. Fue una tarea titánica en la que abogados y legisladores se opusieron durante más de ocho años a aceptar las características particulares que hacían de este tipo de delitos un capítulo aparte incluyéndolos en los delitos de lesa humanidad. El aporte científico y médico fue fundamental en su aprobación unánime.
Por esos tiempos, el papa Francisco realizaba un viaje apostólico a nuestro país, negándose a recibirnos a pesar de numerosas solicitudes por nuestra parte. Pero Chile ya no era el mismo, se había cansado de abusos, de encubrimientos y privilegios eclesiásticos. Su visita fue el peor fracaso de un viaje pontificio por el mundo. Insensible a los clamores por parte de las víctimas de abuso del clero a nivel mundial, se dio cuenta de que su popularidad no mejoraría si no actuaba. Semanas después de regresar al Vaticano de su visita a Chile nombró a dos emisarios especiales para investigar los cientos de casos de abuso eclesiástico denunciados en nuestro país. La conclusión fue demoledora: la Iglesia se había transformado en un nido de abusadores sexuales y las autoridades lo habían encubierto por décadas. No solo eso, también se habían refugiado entre las faldas de empresarios y familias muy acomodadas de la clase alta católica chilena. Al papa no le quedó otra que establecer una estrategia comunicacional que revirtiera parte de los efectos devastadores y atroces de su Iglesia, de manera que, en una medida astuta, nos invitó al Vaticano para iniciar una serie de entrevistas sobre abuso y encubrimiento por parte de las autoridades del clero. Horas de conversación durante las cuales, a medida que avanzaba la charla, no sabía si me estaban tomando el pelo o si realmente el sumo pontífice desconocía las atrocidades que cometían y encubrían sus sacerdotes y obispos. A pesar de terminar las conversaciones con un gusto amargo en la boca, en menos de un año se produjo el primer encuentro mundial de obispos para tratar el tema de abuso eclesiástico.
Desde entonces ha habido algunos cambios que buscan proteger a niños, adolescentes y jóvenes, aunque la raíz del problema no se ha tratado y la Iglesia católica sigue siendo una de las instituciones más peligrosas para la infancia. El encubrimiento del abuso continúa y las medidas necesarias para prevenirlo están lejos de ser implementadas. Al parecer, Francisco no entendió que la credibilidad de la Iglesia se escurrió entre sus dedos. El abuso sexual de su clero es incompatible con ser luz del mundo.
LA EMPATÍA
Entender la condición humana pasa por aceptar que no somos seres duales, sino uno en el que lo psíquico y biológico se funden expresando un ser indivisible que se ha analizado e interpretado bajo la mirada primero religiosa y luego filosófica. Este sesgo histórico y cultural nos ha impedido entender en profundidad las bases neurobiológicas del comportamiento humano, de la herencia y de nuestra interacción con el medio que nos rodea. Pero, antes de continuar, es necesario analizar uno de los conceptos más importantes en la existencia del ser humano y enriquecerlo con un sustento neurológico. Este conocimiento será fundamental para entender las claves que estructuran este libro. Me refiero al análisis biológico de la empatía.
Se describen dos tipos de empatía, ambas fundamentales y distintas: la empatía emocional, aquel sentimiento a través del cual podemos identificar y experimentar las sensaciones que a su vez experimenta otra persona, tanto de alegría como de tristeza, por lo que podemos reconocer lo que está viviendo. Este mecanismo es como una imagen especular de la vivencia del otro y tiene su sustento neurológico (funcional y anatómico) en ubicaciones precisas del cerebro.[2] Los estudios de resonancia magnética nuclear han identificado la amígdala, una zona llamada ínsula cerebral y el surco cingulado como las zonas cerebrales clave para la empatía emocional. Dichas zonas participan en lo que se llama «sistema neuronal espejo», que es capaz de procesar movimientos faciales y corporales que nos permiten identificar sensaciones, sentimientos o experiencias del otro y replicarlas en nosotros. Quienes han sufrido algún tipo de lesión en esas zonas ven afectada de manera parcial o total su capacidad de empatía emocional.
Por su parte, la empatía cognitiva está basada en conceptos racionales e intelectuales que tienen que ver con la ética del grupo humano al que pertenecemos o a su cultura. Como la emocional, mediante la empatía cognitiva también podemos entender lo que le sucede a otra persona, pero sin experimentar necesariamente las mismas emociones. Esta capacidad se localiza en otras zonas del cerebro, principalmente en la corteza cerebral, donde se procesa la información sin que pase por el sistema de neuronas espejo.
Entre la empatía emocional y la cognitiva se establece un equilibrio que puede tener mayor o menor preponderancia en las relaciones sociales, dependiendo de muchos factores, como el desarrollo cerebral durante la infancia, el apego o la lactancia materna. También puede haber variaciones según el género. La principal sustancia que ha sido identificada como reguladora de todos estos procesos es la oxitocina y sus receptores en el organismo.[3]
La empatía es una capacidad de origen biológico, con sustento anatómico y bioquímico. Se ha desarrollado durante la evolución de los mamíferos, en especial en la del ser humano. Es el sustento de nuestras relaciones sociales y es la única que permite la cooperación basada en la confianza y el altruismo. Si bien ninguno de los dos tipos de empatía es más importante que el otro, un exceso de empatía emocional puede derivar en un proceso de transferencia de experiencias que, en el caso de ser muy intensas o persistentes, pueden llevar a confusión y generar un comportamiento de índole narcisista, dañando la autonomía afectiva. Un sobreestímulo de la empatía emocional puede contrarrestar a la cognitiva (razonada), provocando que la tolerancia al sufrimiento ajeno disminuya, y que la persona se centre en un interés propio que le impida ayudar al otro, que es quien sufre de manera inicial.
La cantidad de oxitocina que circule por el torrente sanguíneo y los receptores que activa en nuestro cuerpo va a determinar nuestra capacidad de empatía de manera global. Hoy sabemos que las alteraciones del gen de oxitocina o de su receptor pueden llevar a trastornos psicopáticos y antis
