El poder de la verdad

Nevenka Fernández
Nevenka Fernández

Fragmento

Prólogo, por José Antonio Bustos

Prólogo

Nevenka ha querido sumar su voz al clamor que exige corregir la sistémica segregación que padecen las mujeres; la segre­gación entendida como las acciones que hieren, marginan y matan.

Ofrece su experiencia «como recordatorio» de lo que no debemos seguir ignorando: la civilización viene fracasando en la ambición de acoger a todos sus miembros por igual.[1] Es el capítulo censurado de la historia, aquello que sitúa a la mujer en un estatus de subordinación sostenido por la tradición, consagrado por la religión y legitimado por las leyes.

El de Nevenka es el grito feminista que exclama un «basta ya» a la exclusión de las mujeres de un lugar de igualdad y un «basta ya» de ignorar las enormes consecuencias que derivan de la violencia. Porque quienes creen estar situados en un estatus moral superior pueden convertirlo con frecuencia en una excusa, incluso en un derecho para reprimir, excluir o atacar. Y Nevenka lo ha comprendido. Ha comprendido que el impacto de la violencia de género no solo le afecta a ella, también tiene consecuencias en sus familiares, en su comunidad y en el resto de la sociedad.

Si la civilización es un proceso que busca el bien colectivo y su máxima es no hacernos daño, el hecho de que la violencia de género siga existiendo demuestra sus contradicciones y su debilidad. Una sociedad que segrega a la mitad de sus miembros no es justa ni viable. Será una civilización fallida que, en lugar de orientar a los sujetos hacia la convivencia en igualdad, promueve vínculos de subordi­nación y exclusión. Es una barbarie disfrazada de tradición que legitima el control, la posesión y el castigo a las mujeres. Y, para hacerlo todo más «redondo», las culpamos a ellas del daño que les hacemos.

La misoginia que sostienen los hombres no es una desviación o un déficit, tampoco una patología; se trata de un fenómeno estructural y congruente con un discurso alimentado por narrativas religiosas, cientí­ficas y legales. Es la expresión de un orden social. Y la sociedad en su conjunto se vuelve cómplice cuando minimiza la denuncia de esta situación, cuando culpabiliza a la víctima, cuando sostiene discursos de odio o se muestra indiferente.

El clamor feminista hay que entenderlo como la llamada a un despertar al juicio crítico de las mujeres frente a los roles asignados. Una manera de tomar conciencia, porque «tan solo a través del descubrimiento de sus orígenes, de su pasado y de su historia, las mujeres serán capaces de proyectar un futuro alternativo»,[2] y «así podrán figurar en la historia sin impro­piedad».[3]

De momento se trata de una desigualdad estructural en todas las sociedades modernas que venimos llamando «patriarcado»: sistema de ideas y valores que define a la parte masculina de la sociedad como un grupo superior al que forma el grupo femenino y dota al primero de autoridad sobre el segundo, empujando así a las mujeres hacia una posición de servidumbre que las priva de los derechos y las libertades fundamentales. Es un estado de masculinidad violenta que desprecia al semejante.

Más acá de lo obsceno de la violencia física visible, injusta, cruel y sádica, que encuentra su clímax en el feminicidio y la trata de menores como la expresión extrema de una cultura que fracasa en la tarea de asegurar las condiciones para una existencia digna, es necesario destacar otras violencias que se manifiestan silenciosas, imperceptibles, insidiosas, pero que, por cotidianas, acaban siendo devastadoras.

En primer lugar, la violencia simbólica, que define el poder que tienen los símbolos, los discursos, las representaciones culturales y las normas sociales para perpetuar desigualdades, dominación y subordinación en la sociedad. La que determina los valores e ideales que nos orientan.[4]

En segundo lugar, la violencia emocional silenciosa que se ejerce de manera insidiosa a través de la repetición de actitudes de control, descalificación, ridiculización, vejaciones y amenazas. El daño proviene de la constancia de la repetición y determina los roles que adoptamos frente a los demás. Esta violencia es incluso invisible para quienes la padecen, quedando las víctimas expuestas a experiencias de indefensión y desvalimiento, impotentes para encontrar recursos —ni internos ni externos— con los que enfrentar la soledad.

Este ciclo de sometimiento y aislamiento hace de la experiencia una marca traumática. Un trauma complejo que resulta de la exposición prolongada a vivencias de impotencia, y de desamparo ante situaciones de pobreza extrema, enfermedad crónica o abuso sexual y doméstico. Una intensa sobrecarga psíquica que no se puede procesar, que te deja sin recursos para encontrar una salida. El trauma se define no tanto por lo sucedido como por el impacto que ha tenido en el sujeto: sinsentido y culpa. Es una ocurrencia inasumible en la red del principio del placer.[5]

Una reportera pedía a Nevenka —en pleno shock— un consejo para las mujeres, y su escueta respuesta fue: «Que hablen, que lo cuenten».[6]

En el decirlo, ella encontró la vía para afrontar lo que no podía decir. Callar no es borrar, no cura; es permanecer en el tormento que instala sentimientos de culpa, vergüenza y miedo.

Podemos sostener que las mujeres encuentran resistencia para contar o denunciar, no tanto porque sea una característica de lo femenino, como por el peso del mandato de silencio impuesto desde la cultura. Este silencio impuesto a las mujeres a lo largo de la historia solo puede estar al servicio de reducir su poder y mantenerlas bajo estructuras de dominación.

Si una mujer no habla, no cuestiona, no exige y no decide, será más fácil que otros dicten qué hacer con su cuerpo y con su vida.

Se ha presentado al silencio como una virtud, cuando en realidad es una forma de sumisión forzada. Y hablar, el único acto de oposición civilizado.

Nevenka comenzó diciendo no, «porque tengo veintiséis años y tengo dignidad», proclamó en la declaración pública donde anunció su dimisión y la querella contra su acosador. ¿Complicó así su existencia?

En todo caso, su futuro ya se había ensombrecido, cargado de soledad, culpabilidad e incertidumbre.

Si denuncia para poder vivir conforme a su propia conciencia y valores, negándose a consentir en la indignidad de ser reducida a un objeto prescindible, tendrá que hacer frente a señalamientos y rechazo social. Si calla, a la humillación. Privada de reconocimiento y destruida en su identidad. ¿Hubiera sido mejor callar?[7]

A pesar de que en el mundo occidental ya concluyó la época de luchar para legislar la igualdad de derechos humanos fundamentales para las mujeres, aún es urgente exigir su cumplimiento. Porque la igualdad efectiva anda lejos de alcanzarse y el número de víctimas de violencia y maltrato alcanza cifras que una sociedad civilizada no puede permitirse. En este clima de violencia sistémica, un destino probable para la mujer es el de víctima de abuso, exclusión o explotación.

Las respuestas que estas mujeres encuentran vienen de las instituciones, la mayoría de sus compañeros no las acompañan, y las remiten al lugar de víctima. La reivindicación del estatus de víctima ha sido esencial para el reconocimiento de derechos y la lucha contra la opresión.

Dice Daniel Giglioli que «ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derechos, de autoestima, inmuniza contra cualquier crítica y garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable».[8]

Pero las políticas que favorecen el victimismo, entendiendo este como una actitud o una narrativa que enfatiza el papel de la víctima por encima de la superación o la responsabilidad personal, pueden generar consecuencias negativas a nivel individual y colectivo.

En este sentido, el mismo Giglioli nos advierte que el posicionamiento victimista «perpetúa el dolor, cultiva el resentimiento, corona lo imaginario, fija el pasado e hipoteca el futuro. Desalienta la transformación, confunde la libertad con irresponsabilidad y enorgullece la impotencia».

Porque la victimización tampoco cura. El progreso no reside en la victimofilia, o explotación política de la desgracia.[9]

Son las que podríamos llamar «políticas de la piedad», para referir un tipo de acción po­lítica basada en la compasión en lugar de en principios universales de justicia.[10] Las políticas de la piedad pueden ser útiles para visibilizar el sufrimiento, pero también pueden incentivar una lógica de victimización cuando se pierde la medida entre compasión, responsabilidad y jus­ticia.

Esto no significa que el sufrimiento de las víctimas quede ignorado, es fundamental reconocer la injusticia y repararla, pero evitando convertir la identidad de la víctima en el eje central de su identidad política. Se trataría de utilizar el reconocimiento del daño como punto de partida para la acción, la resistencia y la transformación.

Al poner el foco exclusivamente en la víctima y no en las causas estructurales del daño, se corre el riesgo de crear una cultura donde la identidad se construya en torno al dolor y no en torno al mérito o la capacidad transformadora.

Y algo sobre los hombres. Los hombres que hacen daño a las mujeres no son pocos, pero no son todos. La violencia contra las mujeres es una consecuencia lógica de siglos de patriarcado que orienta a mujeres y a hombres a cumplir con expectativas que perpetúan relaciones en desigualdad.

Por eso mismo, la lucha por la igualdad de género no es solo una causa de las mujeres. Es una causa de todas las personas que se empeñan en tener un mundo más justo y equitativo; una causa de necesidad que nos concierne a todos. Sin embargo, la realidad no refleja mucho compromiso. La última encuesta consultada arroja un raquítico 34 por ciento de hombres afines a la causa femenina; el 66 por ciento restante se distribuye entre opresores e indiferentes. Más sorprende el 36 por ciento de mujeres que no hacen causa con lo seme­jante; por empatía y solidaridad. ¿Por qué no se convence a las indiferentes?

Seremos cómplices aquellos y aquellas que no levantemos la voz ante el gran síntoma de la civilización. Colaboramos en una distribución injusta de roles. Porque los hombres somos los agresores sexuales, por eso estamos doblemente concernidos.

Primero, todos participamos al portar los estereotipos de género que sostiene la cultura. Cierto es que no se buscan, pero nos aferramos a ellos. Segundo, porque sosteniendo los estereotipos reforzamos la cultura de la crueldad contra lo femenino. Blanqueamos a los agre­sores.

Desde esos agresores silenciosos, invisibles, ejerciendo de amo sádico, hasta aquellos que gozan con el dolor de la mujer, ya sea dolor emocional o físico. Serán aquellos frente a los que la cultura fracasó en su intento de orientar las pulsiones primarias y que los demás consentimos.

Dominados por la pulsión destructiva, hacen estragos entre las mujeres. Temible experiencia esa en la que el otro te toma para extraer de ti un goce mayor cuanto más insoportable se haga tu sufrimiento. Y no es menos inquietante esa satisfacción que se obtiene de la degradación y el deshecho del semejante.

Uno de los personajes libertinos de la novela Justine o los infortunios de la virtud, del marqués de Sade, al término de otra sesión de violencia extrema sobre Justine, cuyo único crimen era su virtud, expresa lo siguiente: «La vista de una mujer llorando, deshecha por el dolor, no hace sino inflamar más nuestros deseos; sus sollozos son música, sus temblores, caricias».[11] No puede expresarse más claramente la naturaleza sádica de esa satisfacción. No se trata simplemente de violencia física, sino de una cosmovisión donde el sufrimiento femenino ha llegado a estetizarse como en la iconografía religiosa. El acto sádico representa la manifestación más peligrosa en la violencia de género. No solo hay deseo, necesidad de control o degradación emocional; también hay una subjetividad que traduce el daño del otro en satisfacción.

Lo patológico no está tanto en el acto como en la estructura del deseo que lo sustenta.[12] Según Simone de Beauvoir, «lo sádico es otro síntoma de una humanidad que ha fundado el erotismo desde la dominación».[13]

A pesar de lo expuesto, nos adherimos al optimismo de Emilia Pardo Bazán: «El movimiento feminista es la única conquista totalmente pacífica que lleva trazas de obtener la humanidad».[14]

Y somos optimistas porque si lo humano se construye en el vínculo social, siempre estaremos a tiempo de inventar otras formas de convivencia orientadas por las voces de las mujeres que no callan, por la voz de la calle que grita «ni una menos» y desde cada uno que decide no ser cómplice del silencio.

Otras maneras en las que el horizonte para todas las mujeres sea de dignidad, no de humillación. Que sea de encuentro, no de miedo.

José Antonio Bustos, psicoanalista

Nota de la autora

Quién me iba a decir que hoy, recién comenzado el año 2025, estaría sentada escribiendo una nota introductoria a El poder de la verdad, un libro que nació de un lugar oscuro, pero que aspira a ser un contenido de luz y esperanza. Porque es desde el dolor donde aprendemos y podemos crecer, y también es en el dolor donde aparece el poder de transformarnos. Esa luz que está conectada al corazón y que todos llevamos dentro.

Y, con este libro, quiero compartir la mía, entregárosla y enseñaros a buscar y a encontrar la vuestra. Porque es en la luz y desde esa luz que podremos enfrentarnos a nuestros miedos y superarlos.

Han pasado casi siete años desde aquella tarde en que volvía del trabajo a casa en el coche. Llevaba todo el día lloviendo. No era una lluvia fuerte y parecía que iba a terminar pronto, pero nunca lo hacía. Como ese runrún en mi cabeza que me encendía el corazón. Pero a mí el runrún ya me duraba unos cuantos años. No estaba presente todo el rato, claro, pero, igual que la lluvia, no terminaba de irse del todo; siempre estaba ahí.

Empezó con el #MeToo de Hollywood y continuó creciendo con las multitudinarias manifestaciones del 8-M, y de la Manada en España. Con esos «no nos callarán» colectivos que tanto me emocionaron. Había un extraño poder reparador, sanador incluso, en las historias de aquellas mujeres que escuchaba. Sus relatos me producían una emoción profunda, también extraña; como una especie de catarsis. Era la sensación de que las comprendía, y también la total convicción de que sus gritos clamando justicia eran también los míos.

Alrededor del mundo estaba ocurriendo algo maravilloso. Se volvía a quebrar el muro del silencio. Multitudes que salían a la calle y llenaban ciudades con mensajes que atrave­saban fronteras y almas. Todos juntos. Todas juntas.

#BelieveWomen...

#NoEsNo...

#NoEstásSola...

De ese puñado de palabras nació un deseo, y del deseo, la magia que solo puede sobrevivir por la intención pura que la crea, un deseo heredado de siglos que reaparece en el tiempo y del que todavía escuchamos el eco al mover los cimientos del patriarcado más incrustado, que es el normalizado y con el que aún con­vivimos, a veces sin darnos cuenta y otras sin querer verlo.

De repente nuestra dignidad, la dignidad de las mujeres, se hizo visible..., y con la nuestra, la de todos. Expuesta en aquellas voces alzándose al mismo tiempo, poseía un poder imparable porque es el poder de la justicia, el poder de la vida. Y como si fuera poesía, expresaba todo aquello que las palabras no alcanzaban a decir.

Por fin nos atrevíamos a nombrar lo innombrable.

Y lo hacíamos juntos.

Y ese «juntos» podía cambiarlo todo.

Además, todo había empezado a cambiar para mí, pero yo aún no era muy consciente; al menos, no del todo.

Solo ese runrún... y la luz del corazón que se en­cendía.

Aquella Nevenka, la que había reivindicado su nombre denunciando a su abusador, tras ganar el juicio se volvió pequeñita, casi invisible; se marchó del país, regresó al silencio y renunció o evitó su nombre durante veinte años (durante los cuales fue simplemente Nev). Pero ahora todo lo que estaba ocurriendo volvía para intentar rescatarla. Aquella Nevenka era visible. Sentía que tenía ganas de hablar, de compartir mi historia y dejarme llevar. Con lo bien que me sentaba escuchar, ver o leer las historias de tantas mujeres y ver a todas aquellas personas defendiéndolas, pensaba que quizá yo también podía ayudar, no solo a mí misma, sino también a las que pudieran estar pasando por algo parecido, ayudar a las que aún no se atrevían. Pero no sabía cómo hacerlo, y cuando se apa­gaba un poco la luz del corazón, me entraba el miedo y me sentía in­capaz.

¿Cómo expresar algo que ha estado callado tanto tiempo? ¿Que resulta incómodo o da miedo escuchar? ¿Algo que, a pesar de los años transcurridos, crees que puede romperte? ¿Cómo empezar? ¿Por dónde?

Casi veinte años de silencio son muchos años, y además era difícil imaginarse qué podría ocurrir si lo hacía. Todavía me angustiaba la idea de perder mi trabajo, eso sobre todo, pero también me preocupaba lo que supondría para mi familia, especialmente para mis padres, hablar de ello. No quería causarles ningún disgusto y mucho menos perjudicarles. Me debatía entre ese «sí» del corazón y ese «no» del miedo, y el runrún nunca terminaba de resolverse.

Así que aquel día le pedí ayuda a una estrella, que me enviara una señal para entender qué debía hacer. Era otoño de 2018... Y mi estrella... me contestó. Sentí como si la tuviera a mi lado, como si pudiera oírla hablándome al oído, y me dijo: «Kenka, no teng

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