Esto no existe

Juan Soto Ivars

Fragmento

cap-1

Introducción

MALTRATADA

La conozco bien, desde hace muchos años, porque es la madre de un amigo y he estado en su casa muchas veces. Se llama, diremos, María. A diferencia de otras mujeres casadas con un maltratador, María no se ha convertido en un nombre, una edad y un crespón negro en los telediarios. Quienes más la conocen han tenido miedo de que terminara así. Hasta donde sé, su marido nunca la ha golpeado, pero sí ha sido controlador, un dominante que la ha sometido durante décadas de matrimonio al brazo arbitrario y tenaz de sus órdenes: darle hijos, tener la casa siempre arreglada, la nevera provista de sus caprichos, la comida preparada a su hora, disponibilidad absoluta y silencio en casa.

María y su marido son bastante mayores. Pregunto a mi amigo, el hijo, por su biografía. Se casaron jóvenes, tuvieron un montón de hijos e hijas y luego, cuando el último se hubo independizado, se quedaron solos. Todos van de visita aunque rara vez coinciden. No se juntan en Navidades ni en otras celebraciones. No funcionan como una familia. Ninguno sabe cuándo es el cumpleaños del padre, al que llaman por su nombre de pila en caso de que él se dirija a ellos para exigirles que lo acompañen a algún sitio. A él no lo aguantan y la madre les despierta una suerte de compasión paralizante. María es una mujer acostumbrada a una vida que ninguno de sus hijos soporta.

Cuando van de visita, a él lo saludan, y punto. Tratan de pasar el resto del tiempo sin dirigirle la palabra. Al hombre, ya viejo, parece importarle muy poco si lo están escuchando o no: se pone a hablar de política o del campo o de lo mal que lo hacen todo, mientras ellos esperan a que termine sin dar jamás una réplica. Pero hay alguien en la casa que levanta las orejas cuando este hombre da una orden: su mujer, María.

Una vez vi su angustia cuando su móvil se quedó sin batería a la hora en que su marido la llama siempre que ella sale de casa para dar una vuelta con sus hijos o sus amigas. Estábamos en una terraza, y al constatar que el teléfono estaba apagado, se levantó y corrió a su casa horriblemente agobiada. No creo que tuviera miedo de un golpe, pero sin duda sí de poner en su contra a ese hombre, de provocar una situación en la que su vida fuera más difícil durante no se sabe cuántos días.

Mi amigo me cuenta que hace años, cuando sus padres ya estaban solos, pasó algo que hizo tomar a María la determinación de irse de casa y mudarse donde sus padres, ya muy ancianos, con la excusa de cuidarlos. Estuvieron separados unos dos meses, en los que el hombre juró que iba a cambiar, y la acosó por teléfono, la persiguió por la calle y le compró flores, hasta que logró que María diera su brazo a torcer y volvieron a cohabitar. Mi amigo y sus hermanos y hermanas no llegaron a saber lo que había pasado porque la madre no quiso contarles nada, pero al conocer la noticia de que ella había vuelto temieron lo peor. Sabían que hombres como su padre cometen los peores actos cuando la mujer empieza a liberarse del dominio y cobra cierto grado de autonomía. Los que podían le ofrecieron acogerla, pero la madre tenía la determinación de un hipnotizado y nadie pudo evitarlo.

En honor a la verdad, dice mi amigo, no pasó nada. Ella volvió a tener la comida preparada a su hora, a dar parte de todos sus movimientos, a cumplir su papel, y tal vez él cumplió la promesa de portarse mejor con ella. ¿Qué sabe nadie?

El marido, lo llamaré Juan, es machista, claro. Pero esta no es ni de lejos la pieza que lo convierte en una persona insoportable y maltratadora. Paranoico, narcisista y arrogante, es el típico que pide la hoja de reclamaciones en cualquier ventanilla y monta un escándalo si no le sirven a la temperatura adecuada, en tiempo y forma, el café con leche. Odia a los fumadores, a los perros, a los gatos, el desorden y el ruido, y está convencido de que los aviones fumigan a la población. Cuando trabajaba, en el sector de los seguros, se llevaba a matar con todos los compañeros. Nadie quería estar cerca de él, a diferencia de lo que pasa, según dicen, con ciertos psicópatas que logran poner a su favor a todo el mundo y aislar a su mujer.

Bien: ninguna de las ayudas disponibles para mujeres en situaciones como la de María le ha servido a ella. Ninguno de los asideros puede sacarla de una casa en la que ha estado toda su vida, de una historia laboral de cero horas cotizadas, una pensión mínima y una dependencia emocional labrada durante toda la vida adulta. Tampoco la información de la que disponen sus hijos e hijas ha logrado provocar una reacción familiar definitiva que la saque de casa. Sencillamente, todos viven su vida y se acostumbran a ella, tratando de esquivar la malicia del padre. La impotencia de unos hijos ante el nudo de una relación antigua y denigrante para la madre es una de las claves que nos explican el exceso legislativo en la protección de la mujer, cuyos efectos secundarios vamos a examinar aquí.

NEGACIONISMO

La sociedad española, hombres y mujeres, percibió la aprobación de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género (desde ahora, ley VioGén), con optimismo. Mujeres como María tendrían, gracias a este resorte, la salida de una vida nefasta y la salvación ante la amenaza del golpe o el asesinato. Sin embargo, veinte años después sigue habiendo mujeres como María, siguen los contadores de muerte, y una palabra infame espera a quien discute la validez o pertinencia de la ley, cuestiona la injusticia de imponer penas diferentes en función del sexo o alerta de la proliferación del fraude, oculto por las instituciones, y de sus efectos devastadores para la vida de muchos inocentes. Esa palabra, ese insulto, es «negacionista». Y es paradójico que lancen el epíteto con tanta beligerancia quienes niegan, precisamente, que existe todo lo que vas a leer aquí.

En la sombra, bajo la negación pertinaz del sistema, se producen tantas historias que harían falta muchos tomos para contarlas todas. Empecé a interesarme por este asunto al extrañarme por un dato. Se decía en los periódicos un día que, de las ciento ochenta mil denuncias de violencia de género del año anterior, sólo diecinueve habían sido falsas. Hablé con los pocos abogados que conocía. Todos vinieron a decir lo mismo: «¡Ay! ¡Si tú supieras lo que vemos en los juzgados cada día!».

Interesado por ese «ay» conocí a muchos más abogados, empecé a contactar con jueces, pregunté a fiscales, amigos de amigos, conocidos de conocidos. Me di cuenta con rapidez de que había un inmenso fondo abisal bajo nuestros pies. Algo mucho más profundo de lo que mi extrañeza ante un titular había sugerido.

A cambio de preservar su anonimato, algunos jueces me explicaban que las denuncias falsas o instrumentales son el pan de cada día en los juzgados de violencia de género. Otros, que sí me daban sus nombres, le quitaban hierro al asunto, así que tenía que investigar. Hay quien dice que son cientos de miles los inocentes procesados, quien lo reduce a decenas de miles y quien se agarra al dato oficial.

Nada sabemos, porque nadie en el Poder Judicial lo ha investigado. El asunto es un tabú.

Todo cambió el día en que mencioné el tema en una entrevista. Dije estar muy interesado en explorar esta selva casi virgen, y estalló. He recibido desde entonces toneladas de correos electrónicos.

Quienes me escriben no son jueces ni abogados. Tampoco sólo hombres, pues hay más mujeres afectadas de las que nadie podría imaginar con idiotas acercamientos identitarios (hombres frente a mujeres) por los efectos secundarios de la ley VioGén, y de las que se aprobaron más tarde en su estela, como las relativas a la violencia sexual.

Las personas que me escriben han vivido tormentos diferentes, pero todas tienen algo en común: han descubierto en carne propia que, lo que según los medios de comunicación y las instituciones no existe, sí existe, y les está pasando. El ambicioso mecanismo diseñado a partir de 2004 y provisto de ayudas directas e indirectas, recursos judiciales y concienciación social para proteger a unas víctimas ciertamente desprotegidas ha producido otras víctimas igual de desamparadas. Víctimas a las que nadie escucha. Víctimas a las que se les cierran las puertas de los platós de televisión y de los estudios de radio cuando intentan dar a conocer sus historias. Víctimas que, según el sistema, mienten.

Dirán que me mintió José Ángel cuando me escribió un correo que empezaba diciendo que él era un chico formal que se casó con una chica formal. Tuvieron tres hijos. En un momento dado, José Ángel y la chica descubrieron que tanta formalidad los hacía infelices. Él quería cambiar de trabajo de manera radical, ella quería viajar y ver mundo. Eran planes irreconciliables, escaseaba el dinero y llegaron a un acuerdo verbal para el divorcio, que se quebró cuando José Ángel pidió la custodia compartida. Un día, una patrulla de la Guardia Civil fue a la puerta de su casa. Supo José Ángel más tarde que el abogado de ella le había dicho que los procesos civiles de divorcio pueden ser largos e insatisfactorios, pero que una simple denuncia de violencia de género resuelve la disputa por la custodia y acelera el proceso de separación con muchos beneficios. «Luego puedes retirarla o simplemente no ir a declarar», le dijo a ella el abogado. Así que lo denunció por agresiones verbales y amenazas, José Ángel durmió una noche en el calabozo, pasó seis meses sin ver a sus tres hijos y, después, empezó a verlos en anodinos puntos de encuentro, bajo vigilancia.

Y dirán que Eva es otra mentirosa. Su marido y ella regentaban una barbería en una pequeña capital de provincia. Contrataron a una chica maja, amiga de Eva, madre soltera de mellizos y muy necesitada de trabajo. Pronto, la chica empezó a faltar. Utilizaba a sus hijos como excusa y estaba de resaca, era adicta a la cocaína. Eva supo también que andaba liándose con otros empleados, que cerraban el negocio para irse a comer fuera. Cuando encaró a su empleada y le pidió justificantes médicos por sus ausencias, ella trató de ponerla contra su marido. Un día lo acusó delante de Eva, a gritos: ¡por su culpa había tenido que ir al psicólogo! La mujer hizo al marido un gesto para que no reaccionase. Se fueron, llamaron a la gestoría y prepararon los papeles del despido. Pero al mes llegó la sorpresa. La chica denunciaba un despido improcedente y acoso sexual, y luego, por lo penal, una violación. Si los rumores corrían por la pequeña ciudad, ¿quién querría ir a arreglarse la barba en el negocio? El marido de Eva no había agredido a nadie, ella creía en él, y por fortuna para ellos la chica demostró ser más malvada que lista y dejó un reguero de pruebas que dieron con el marido de Eva en la calle. Fue, sin embargo, un proceso judicial terrible, aterrador. Una experiencia de la que el marido todavía no se ha recuperado. La chica va diciendo por la pequeña capital de provincia que ganó el juicio, que él la violó. Nada le ha pasado. No quieren volverla a ver. Se quedaron sin energías para denunciarla.

Dirán que inventa Pablo cuando dice que empezó una relación de amor apasionado con una mujer en la que siempre vio algo extraño, intocable y huidizo. Cegados por el enamoramiento, se fueron a vivir juntos a su casa y se casaron rápido, «estilo Las Vegas, como unos flipados», en sus palabras. Cuando ella empezó a frecuentar a otros hombres, él montó un número tremendo. Ella le dijo que debían tener una relación abierta y explorar, él se sentía humillado. Furioso, le dijo que era una puta. Recuerda que ella lo miró con ojos homicidas y salió de casa. Se fue derecha a la comisaría, donde contó que él la maltrataba psicológicamente. Pablo pasó aquella noche en el calabozo y luego tardó dos años en librarse de la condena. Un detective privado descubrió que ella alardeaba de haber denunciado en falso a su ex. Esta torpeza fue la diferencia entre la libertad y la cárcel para Pablo. Tampoco ha conseguido recuperarse del trauma. No ha vuelto a confiar en una mujer. Se ha vuelto arisco y hasta misógino, pero confía en recuperar la cordura si una buena persona se cruza en su camino.

Tacharán de fullero a Karim, cuyo padre se suicidó delante de él. El padre había emigrado desde Marruecos para trabajar, buscaba una vida mejor. Aquí se casó con una española, unión de la que nació Karim. Con el paso del tiempo se divorciaron en buenos términos, y luego el padre de Karim se casó, también en España, con una marroquí, y tuvieron tres hijos más. El padre de Karim trabajaba en la obra, pasaba mucho tiempo fuera de casa y pronto descubrió algo espantoso: ella maltrataba a sus tres hijos, los amenazaba con envenenarlos, los creía endemoniados. Cuando el padre de Karim pidió el divorcio para protegerlos, ella lo cubrió de denuncias falsas. En el calvario interminable, el hombre entró en depresión y terminó por enloquecer. Su ex, la madre de Karim, trataba de consolarlo, pero nadie sabe hasta qué punto sufre un inocente acusado de crímenes horribles. No dormía, temiendo que apareciera la policía, y un día no pudo más. Se cortó el cuello delante de Karim y se tiró por la ventana.

A Marta tampoco le darán ningún crédito, pues me contó que a su hijo le pusieron una denuncia falsa en el divorcio después de que él decidiera que el régimen de visitas era demasiado escaso y que la pensión resultaba inasumible, y además humillante, pues ahora su exmujer trabajaba y vivía con otro hombre que ganaba más dinero que él. Ante la resistencia del hijo de Marta, la exmujer le puso una catarata de denuncias por maltrato continuado, presentó pruebas fraudulentas, maquillaje, y todo era tan miserable y retorcido que las demandas se archivaban una tras otra. El Poder Judicial no consideró jamás que la mujer emplease un arma para destruir al hombre al que odiaba, tampoco cuando ella interpuso una denuncia mucho peor: dijo que él había violado a la hija pequeña un fin de semana que se la llevó a casa de Marta, su madre, y de alguna forma logró que la niña de siete años repitiera el sermón ante equipos psicosociales de muy cuestionable profesionalidad. Marta no ha vuelto a ver a su nieta, que ya es una adolescente y tiene sus redes sociales repletas de lemas feministas. Está convencida de que, a estas alturas, la madre y su entorno le habrán enseñado a odiar a su abuela tanto como a su padre. Ambos tuvieron que pasar un duelo, como si la niña hubiera muerto. Toman antidepresivos y somníferos que no evitan el regreso de las pesadillas.

Tacharán de fabulador a José Luis, cuyo hijo está en la cárcel, según dice, casi sedado con somníferos y ansiolíticos, por un delito que jamás existió y que se probó con la simple palabra de su ex, quien le dijo a José Luis, a gritos: «Os voy a joder la vida a todos y no vais a volver a respirar». Esto lo tiene grabado José Luis, pero en la sentencia dijeron que una mujer maltratada puede expresar de forma agresiva su dolor, su miedo y su frustración. José Luis me inundó el correo de documentos, papeles, pruebas… No podía comprender que todas esas evidencias no hubieran servido para preservar la presunción de inocencia de su hijo. Vive ahora con miedo de que él se suicide en la cárcel porque ha oído toda clase de historias como esa. Se ha convertido, siendo aparejador, en jurista aficionado. Podría escribir una enciclopedia de derecho penal.

Podría seguir así páginas y páginas. Es más urgente explicar el porqué, sin embargo. Pasar un hilo que enhebre todas estas histo

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