Introducción
El mayor enemigo del fascismo es la verdad
Hoy es un día cualquiera de un futuro que habías imaginado mejor. Te despiertas, te lavas los dientes y te preparas el café. Como tus compis de piso no están, aprovechas y enciendes la televisión. «España está viviendo una sustitución cultural». En el chat familiar, tu primo comparte un link de X: un marroquí ha apuñalado a su mujer. «Tanto darnos la vara con el feminismo, y luego estos, ¿qué? Deportaciones masivas ya», comenta.
Te metes en Instagram y ves a otro influ millonario que enseña las llaves de su nueva casa. En Andorra. Tu amiga le ha dado un like. El otro día te decía: «¿Tú darías la mitad de lo que ganas? España expulsa a los emprendedores».
En el trabajo, tu jefe presume de haber llegado a su puesto antes de los treinta años. Tu compañero, que lleva ocho en la misma posición y sigue sin llegar a fin de mes, lo mira con admiración. «Si quieres, puedes». Pero su familia no le pagó una universidad privada de 20.000 euros al año.
En el gimnasio, pillas a un grupo de tíos comentando con quién se han liado el fin de semana. «Tiene diecisiete años, pero parece mayor».
Al salir de la ducha, pones las noticias. El bulo de tu primo en el chat de la familia sale en el telediario. Vuelves a las redes: insultos, odio y propaganda.
Las mentiras son más viejas que la tos, pero nunca habían tenido el impacto que tienen ahora. Ya sea por boca de un youtuber, en las páginas del periódico, en el guion del telediario, en el discurso de un político o, incluso, en el del presidente del país más poderoso del mundo, la mentira se ha convertido en una moneda de cambio aceptada por todos, y nos rodea impunemente. La posverdad se ha instaurado y ha relegado los datos a un segundo puesto inútil. Como consecuencia, la falacia ha pasado a fundamentar el odio hacia los pobres, los inmigrantes, las mujeres y cualquiera que no encaje con sus normas.
Cuando parecía que consolidábamos nuevos derechos sociales, el discurso de odio se ha colado en nuestras democracias y en nuestros algoritmos, y está conquistando los parlamentos de toda Europa y el cerebro de una mayoría social. El auge de la ultraderecha tiene consecuencias que sobrepasan los discursos y las pantallas: aumentan los delitos de odio y la radicalización social.
Estoy cansada de escuchar patrañas en las cenas de Navidad, en el bar de mi barrio y, lo que más me duele, cada vez más entre mis círculos de confianza, porque el fascismo se está colando como agua por todos los rincones. Estudié Ciencias Políticas y Derecho, y la política es una p
