Introducción
El 5 de septiembre de 2025, el presidente de los Estados de Unidos de América firma una orden para sustituir el nombre del Departamento de Defensa por Departamento de Guerra, denominación oficial desde 1789 hasta 1947. Según el responsable del gabinete, Pete Hegseth, y el propio Donald Trump, la decisión obedece a la ambición y la necesidad de pasar a la ofensiva y volver a ganar guerras.
La noticia sirve como confirmación de un cambio más profundo. De repente, hemos dejado de pretender el desarrollo sostenible y la salvación del planeta para subir el porcentaje del PIB dedicado a armamento. Se acabaron también las fiestas a la globalización, ahora toca proteccionismo. Además, ya no está bien visto presumir y practicar la diversidad y la tolerancia, sino defender y promover la segregación, el fanatismo y hasta el matonismo.
Para ser honesto, he de decir que no creo que antes estuviésemos realmente en camino de salvar gran cosa y que aún quedaba muchísimo para que las sociedades occidentales pudieran ponerse la medalla de la equidad y la justicia social. Pero al menos estaba relativamente mal considerado tirar una lata al contenedor orgánico, comportarse como un tirano o invadir un territorio con la intención de exterminar a su población. El marco se ha movido tantísimo y haciendo tanto ruido que es como si los grandes retos de la humanidad hubiesen desaparecido, sepultados por la emergencia de otros asuntos que creíamos superados. La sensación de estar asistiendo a un cambio de época que conduce a nuestro propio colapso y el aluvión de noticias fabricadas por los mandatarios populistas hacen que la imposibilidad de acceder a la vivienda o el aumento de la desigualdad puedan aparentar ser ahora minucias. Por supuesto, no lo son y, de hecho, tienen muchísima relación con el advenimiento de esos autoritarismos nostálgicos.
La humana es ya una especie urbana. No solo porque más de la mitad de nosotros vivamos en asentamientos que se pueden considerar tal cosa, sino porque hemos configurado nuestra economía y nuestra sociedad desde y para la ciudad. El proceso de agruparnos en colectividades cada vez más grandes, interconectadas y complejas empezó hace miles de años, pero ha sido en los tres últimos siglos cuando se ha convertido en nuestro principal ser y estar.
Y fue precisamente en los tiempos en los que el Departamento de Guerra de Estados Unidos dejó de llamarse así cuando esta forma de convivencia vivió su empujón definitivo. En Yalta, en Bretton Woods, en San Francisco, en la década de los cuarenta del pasado siglo, acabando la Segunda Guerra Mundial, el mundo decidió aspirar a la paz, asociarse a través del multilateralismo y apostar por un sistema económico principalmente —con permiso del bloque soviético y los no alineados— capitalista y transnacional. Nacía así una era en la que, a pesar de varios conflictos y crisis, el tono general ha sido de optimismo, una sensación de progreso y posibilidades en la que la ciudad ha sido origen y destino de casi todo.
La ciudad, por ir poniéndonos de acuerdo en lo fundamental, es un espacio, su administración y, sobre todo, la comunidad que lo habita, lo conforma y le da sentido. Un encuentro entre personas distintas que resulta atractivo y productivo en todos los ámbitos, no solo el económico. Durante este periodo que parece estar terminando ahora, las comunidades urbanas han generado problemas —muchos: la aceleración de las emisiones, los excesos de consumismo, la segregación…—, pero también han liderado el hallazgo de infinidad de soluciones sociales, culturales y políticas que han surgido precisamente a partir de las virtudes de estar, crear, pensar y hacer cosas juntos a pesar de nuestras diferencias.
Desde hace unos cuantos años, los valores y bondades urbanas se están desvaneciendo ante el empuje de varias tendencias que convergen y también motivan este cambio de era. Aunque una introducción no debería ser el lugar para exponer conclusiones, no me puedo contener: detrás de ellas se puede atisbar la responsabilidad del reverso tenebroso del modelo económico. Un virus que también asoma, por cierto, como germen del resurgir del caudillismo.
Los síntomas de la enfermedad en el ámbito urbano son múltiples y llevamos tiempo padeciéndolos. Son procesos que están provocando una sensación de desamor hacia lo que antes sentíamos como un hogar.
Antes todo esto era ciudad, ahora no tenemos ni idea de lo que es, pero sabemos que, a la mayoría, nos repele. A veces, de forma literal: son muchas las personas expulsadas que se han tenido que buscar una vida lejos de donde tenían su casa, sus lazos sociales, su trabajo. Hay también muchas otras que sienten la presión de cerca y otras tantas que están pensando si no estarían mejor en otro lado. Casi todos nos preguntamos por qué la vida en la ciudad se ha vuelto hostil y si hay forma de transformarla, defendiendo y luchando por nuevos valores urbanos de encuentro y cohesión.
Algunos de los procesos que nos llevan al extrañamiento son los que protagonizan la primera parte de este libro. La conversión de la ciudad en una marca, un producto en el que la Administración se comporta cada vez más como si fuera una empresa en busca de clientes y accionistas. La uniformización y homogeneización de los paisajes y culturas urbanas. La eliminación de las distancias y la transformación del planeta en una enorme metrópoli en la que se mueven turistas, profesionales y capitales y se extrae valor para beneficio de pocos. La mudanza de muchas de nuestras costumbres al ámbito digital, un traslado que nos transforma como individuos y como sociedad y que también modifica los usos y paisajes de la ciudad. La vivienda como activo financiero y, por tanto, necesidad negada. La desigualdad, la paulatina conversión del presente en una agotadora carrera por la mera supervivencia y la extinción de la idea de futuro. Y los traumas que todo esto genera, de soledad y salud mental, pero también de frustración e ira.
Precisamente estas dos últimas palabras conectan todo lo que está pasando y dejando de pasar en las ciudades con los cambios en la forma de ser, hacer y deshacer sociedad que provocan y son provocados por la corriente que está cambiando el rumbo del mundo.
Las mismas causas que están convirtiendo en extrañas e inhabitables nuestras ciudades están impulsando una ola reaccionaria que arremete contra sus valores armada con insolidaridad, egoísmo y violencia. Por eso, en tiempos de geopolítica y partidas dialécticas de Risk, hablar de ciudades no es hablar de una cuestión menor, sino de todos los temas importantes que están acelerando el trayecto hacia ninguna parte de la especie humana. Es, también, hablar de lo posible.
Antes todo esto era ciudad, ahora se está convirtiendo en otra cosa sin que nadie nos consulte o piense, siquiera, en lo que nos conviene. ¿Debemos resignarnos a que siga siendo así? Yo creo que no. Sostengo que, puesto que estamos en una etapa de movimiento, tenemos la oportunidad de imaginar cómo queremos vivir. De eso se ocupa la segunda parte del libro. Como se puede leer en ella, no se trata de recrearse en una mirada idealizada y nostálgica de lo urbano, al contrario: la esperanza está en la oportunidad de reconfigurar la construcción de comunidades abiertas, atentas y realmente conectadas. Y en hacerlo aprendiendo de los múltiples errores recientes, apostando por dejar atrás las limitaciones del yo para sustituirlas por la fecundidad del nosotros. Para ello planteo líneas de pensamiento y acción que provoquen en el lector ideas que nos lleven a encontrar esos otros caminos de convivencia.
De todos modos, es justo avisarlo: no hay aquí soluciones, estrategias ni modelos específicos y concretos que seguir. No es un texto que diga qué hay que hacer, tan solo intenta mostrar que es posible hacer las cosas de otra manera y que puede merecer la pena intentarlo.
Lo que sí contiene, aunque a veces quizá no lo parezca, es un mensaje de amor a la ciudad. Un amor sano, que trata de huir del ideal y que parte del reconocimiento de sus virtudes y sus defectos, de su complejidad. Un amor herido que puede curarse si somos capaces de evolucionar y transformar todas esas prácticas que nos alejan y nos hacen daño.
Primera parte
EL DESAMOR
Las no ciudades
El desamor es un estado emocional incómodo, quizá uno de los más inquietantes que se pueden vivir. Es una nostalgia sin ausencia, un vacío inmaterial, una plenitud en fuga. Es, también, un estado de confusión profunda en el que uno tiene la sensación de no entender por qué la vida que antes le resultaba satisfactoria es, de repente, un estar penoso en el que el único deseo que asoma es el de esconderse. Desamando, uno se siente ajeno a su propia existencia, como un protagonista relegado al papel de espectador. Es raro casi cualquier momento del día, pero, sobre todo, resulta perturbador estar en casa con tu pareja y comprender que ese espacio físico y emocional que hasta hace poco era acogedor y reconocible se ha convertido de repente en un lugar extraño al que ya no perteneces. Es como si tu vida fuese como un juego de construcción que se desarma de la noche a la mañana y, cuando lo intentas volver a montar, tiene el mismo aspecto, pero ya no es igual.
¿Se puede sufrir desamor en nuestra relación con la ciudad? Para contestar a esta pregunta, deberíamos antes ponernos de acuerdo en un par de significados. Como en tantas otras cuestiones, no hay una única definición de amor y quizá lo que yo entienda por tal cosa no sea lo mismo que lo que pueden concebir otros.
A mí me gusta cómo lo enfoca bell hooks. La autora estadounidense recupera la definición del psiquiatra M. Scott Peck: «La voluntad de extender el propio yo para favorecer el crecimiento espiritual de uno mismo o el de otra persona».[1] A partir de ahí, hooks sostiene que conviene considerar el amor como una acción más que como un sentimiento, un ejercicio que implica cuidado, afecto, responsabilidad y compromiso, una práctica que es también ética y política porque transforma a quienes aman. En esta explicación sí encuentro conexiones con la relación que uno puede tener con la ciudad, pero, aun así, seguimos teniendo otro asunto conceptual que resolver. ¿Qué es una ciudad?
Tampoco es fácil responder a esto porque usamos el sustantivo para mencionar cosas varias. El diccionario se conforma con lo estructural y administrativo: «Conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas» y «Ayuntamiento o cabildo de cualquier ciudad».[2] Sin embargo, la etimología de la palabra, del latín civitas, nos recuerda que no hay ciudad sin ciudadanía, sin comunidad.
Normalmente, «ciudad» es la suma de estas tres definiciones, pero a veces empleamos el término para señalar solo una de ellas. De hecho, en este libro se hace así; y sin miedo a la confusión, porque siempre estará el contexto para explicar lo necesario y porque, en realidad, todas ellas son acepciones relacionadas y en permanente interacción. Sin embargo, hay un significado que está por encima de los otros y sin el cual no puede haber ciudad: el que se refiere a lo social.
Es el afán de reunirnos para estar y hacer cosas juntos el que nos hizo agruparnos primero en poblados, luego en aldeas y, finalmente, en esto que venimos llamando ciudades. Las infraestructuras y las formas de organización responden a esa necesidad, a la que alimentan —y de la que reciben alimento, que por eso son significados interdependientes—.
Por eso no es una ciudad, por ejemplo, Disney World. Sin duda, es un lugar que podría considerarse urbano, tanto por dimensiones como por planificación espacial e infraestructuras. Es, además, un conjunto de edificios y calles gestionado por una administración; en este caso no democrática, igual que no lo han sido muchas de las formas de gobierno de las ciudades a lo largo de la historia. Sin embargo, nadie puede considerar aquello como una ciudad porque la vida que hay ahí depende de los horarios de apertura y cierre, y se rige exclusivamente por un tipo de relaciones mercantiles que, existentes casi desde el origen de los asentamientos urbanos, nunca han sido en estos ni las únicas ni las principales ni en un único sentido, de empresa a cliente.
Por supuesto, la elección de este ejemplo no es casual. Esta sensación de desamor que estoy tratando de definir es muchas veces manifestada por los ciudadanos como la experiencia de vivir en un parque temático. Diciendo esto, estamos expresando no solo la forma en la que la vida urbana se está convirtiendo en un espectáculo para disfrute de unos públicos que asisten a él como clientes y no como habitantes; también mostramos que la variedad y diversidad de intercambios que se deberían dar en el espacio urbano se van reduciendo a lo económico y cómo, además, en ese intercambio los vecinos cada vez participamos menos como receptores de las transferencias. En no pocas ocasiones, los que vivimos en la ciudad manifestamos la sensación de estar poblando un parque temático, de ser figurantes al servicio de una marca que ven pasar los beneficios que genera pero únicamente reciben algunas monedas para gastar en las atracciones.
Aunque ha habido multitud de formas de organización en los asentamientos urbanos a lo largo de la historia, es cierto que son bastantes las ciudades que han existido y evolucionado a partir de los intereses de un poder religioso, político o económico. Han sido sus objetivos y necesidades los que han modelado el espacio, su administración y algunas de las interacciones que se han dado en ellas. Cuando hablo de la importancia del valor comunitario de la ciudad no pretendo convencer a nadie de la existencia, pasada o presente, de una sociedad ideal con relaciones justas entre iguales que muy raramente se ha dado, pero sí quiero remarcar que, debajo de las dinámicas impuestas, se han podido establecer formas de vida compartida que nos han proporcionado momentos de comunión, creatividad y desarrollo individual y colectivo.
En La ciudad en la historia, Lewis Mumford repasa la relación de las ciudades con el poder.[3] Habla también de su evolución espacial y administrativa, pero, sobre todo, las retrata como escenarios para la acción social, expresión de la voluntad, el pensamiento y el sentimiento de distintas comunidades a lo largo de los años. La ciudad es un ecosistema en el que los grandes rumbos que pretende marcar el poder correspondiente pueden ser tan importantes para su evolución como las pequeñas interacciones entre vecinos, un proceso natural a través del cual hemos organizado nuestra convivencia y hemos ido estableciendo nuestra presencia en el mundo.
Mumford explica este sentido ontológico de lo urbano al final de su libro en un párrafo que, aviso, es especialmente intenso:
La misión final de la ciudad consiste en promover la participación consciente del hombre en el proceso cósmico e histórico. A través de su estructura compleja y duradera, la ciudad acrecienta enormemente la capacidad del hombre para interpretar estos procesos y toma en ellos una parte activa, formativa, de modo que cada fase del drama que en ella se representa tenga, hasta el máximo grado posible, la iluminación de la conciencia, el sello del propósito, el color del amor. Esa exaltación de todas las dimensiones de la vida […] ha sido la función suprema de la ciudad en la historia, y sigue siendo el principal motivo para que la ciudad continúe existiendo.
Vale, pero ¿qué pasa cuando no podemos interpretar esos procesos, cuando sentimos que ya no participamos en ellos? ¿Qué ocurre cuando los valores y sentimientos comunitarios comienzan a difuminarse y, con ellos, el propósito y el color del amor? ¿Qué sucede cuando dejamos de entender el funcionamiento de las mecánicas de la ciudad y sentimos que estamos, pero ya no formamos parte de ella? Lo que sucede es el extrañamiento.
Quizá para algunos sea este un término más adecuado que el de desamor para definir cómo muchos estamos viviendo el devenir de las ciudades. Sin sus connotaciones románticas, explica muchas de las inquietudes que, de un tiempo a esta parte, nos provoca la experiencia urbana. Una sensación de desconexión con lo que antes nos tocaba, de distanciamiento con lo que era cercano, de pérdida de identidad y sentido de pertenencia. Como si el proceso cósmico e histórico que describe Mumford nos hubiese dejado de lado, aunque permitiendo que contemplemos su acontecer desde dentro.
Hay muchas formas en las que se está manifestando este extrañamiento: ensimismamiento, tristeza, soledad, desamparo, egoísmo, rechazo, ira… El paisaje y las dinámicas urbanas se han convertido para muchos en una fuente de desconcierto. Nos cuesta habitar la ciudad porque ya no la sentimos como un hábitat para nosotros. No es solo que ya no podamos pagar el precio, es que muchos de sus elementos están desapareciendo o cambiando su función.
Es curioso porque, al tiempo que estoy empezando a escribir este libro, ha aparecido otro, Ir a La Habana, en el que Leonardo Padura habla también de un extrañamiento ante su ciudad que él llama ajenitud.[4] El escritor cubano describe la decadencia de La Habana desde 1968 y la Ofensiva Revolucionario del régimen de Fidel Castro hasta nuestros días, la pérdida de referencias y símbolos, el vaciamiento de emblemas, lugares y personas, la perversión de las costumbres por necesidades impuestas. «El proceso de extrañamiento, de “ajenitud” de lo propio, de alteración de los códigos, de ruptura de tejidos afectivos, de pérdida de valores estéticos se había puesto en un movimiento vertiginoso del que solo escaparía, en su carácter constructivo y casi como acto de magia, una Habana colonial que comenzó a restaurarse con un doble propósito: su necesario rescate histórico y arquitectónico y su función de parque temático».
Es curioso, decía, porque el extrañamiento que vive Padura en La Habana tiene su origen en una forma de poder y en un modelo económico en principio opuestos a los que rigen en mi ciudad y en las otras representadas en este libro, aquellas de lo que se suele llamar el mundo occidental o desarrollado. La decadencia de La Habana es de otra manera y el proceso de desamor que provoca es distinto, pero está lleno de conexiones con el nuestro que se pueden rescatar de la lectura de la cita anterior: «alteración de códigos», «ruptura de tejidos afectivos», «pérdida de valores», «función de parque temático»… Como escribe Padura, allí y aquí «estamos viviendo un presente que no se parece al futuro que, sacrificios mediante, nos habían prometido».
En cualquier caso, consuela y anima leerlo, desde la distancia y las diferencias. El creador del personaje Mario Conde ha podido elegir otras opciones, pero escogió permanecer en su barrio, Mantilla, en su ciudad, La Habana. Padura ejemplifica y explica que la resistencia al extrañamiento es necesaria y posible. «Si el milagro cubano es que los cubanos viven de milagro, el misterio habanero es que la ciudad, a pesar de todos esos pesares, sobrevive y, orgullosa de su historia y su prosapia, de sus bellezas patentes, sigue siendo el sitio al que muchos quieren ir, en el que otros muchos empecinados queremos estar, a pesar de todos los pesares, que son muchos. Y en mi caso —que también debe de ser el de otros— porque es el lugar donde soy y estoy».
Seguir siendo y seguir estando es lo que queremos. Y también mantener, «a pesar de todos los pesares», el cuidado, el afecto, la responsabilidad y el compromiso con la ciudad, eso que bell hooks y algunos otros creemos que conforma la práctica del amor.
En 1991, la socióloga Saskia Sassen acuñó el concepto de ciudad global.[5] Retrató con él la transformación de grandes urbes provocada por los procesos de financiarización y globalización de la economía iniciados en los años ochenta a partir de políticas impulsadas por Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido. Sassen señaló en un principio a Nueva York, Londres y Tokio como principales merecedoras de tal calificativo; ciudades que, además de su tamaño, atractivo y esencia cosmopolita, se estaban convirtiendo en centros de control de la economía global. Capitales mundiales que concentraban corporaciones multinacionales, instituciones financieras, organizaciones internacionales y empresas de servicios relacionadas con esta evolución del modelo.
Las dinámicas propias del sistema, la acelerada expansión de las tecnologías de la información y, al mismo tiempo, su posicionamiento como sector clave y canal de transmisión de ideología, y el mero afán imitador, hicieron que el espíritu de la ciudad global se extendiera por todo el mundo: París, Frankfurt, Ámsterdam, Los Ángeles, San Francisco, Chicago, Hong Kong, Singapur y muchas otras se convirtieron en nuevos nodos del poder económico transnacional e impulsaron así una carrera por el crecimiento y la competición cuya esencia mueve hoy las ambiciones de buena parte de los gobernantes urbanos de todo el mundo.
Sassen ya advertía de los peligros de esta tendencia a la concentración de poder en determinadas urbes. El primero, esa misma concentración. Además, con muy buena vista, prevenía contra la desigualdad generada tanto dentro de las ciudades globales como entre estas y las perdedoras de la carrera, el desplazamiento y la precarización de las comunidades vulnerables, la fragmentación y la segregación social, la privatización del espacio y de los servicios públicos, la crisis de vivienda, convertida en otro activo financiero más, y los impactos medioambientales de la urbanización dedicada a satisfacer los deseos de los poderes globales.
Hoy cualquier ciudad quiere convertirse en global, no necesariamente como centro de la economía financiera, pero sí como lugar atractivo para visitantes, profesionales viajeros e inversores. El turismo, los cambios sociales, internet y la posibilidad de conexión permanente y otros factores han hecho que el proceso se haya ramificado y multiplicado. Lo mismo ha sucedido con los impactos narrados en el párrafo anterior, todos ellos presentes en todo tipo de ciudades y en muchos casos potenciados por políticas públicas que no han sabido ver —y, en cualquier caso, quizá tampoco hubieran podido evitar— el tsunami que estaban provocando.
Incluso en estos tiempos en que se habla del fin de la globalización y la vuelta al proteccionismo, la carrera sigue porque no depende de la compraventa de materias primas y bienes, sino de los servicios, principalmente financieros, tecnológicos y turísticos, y de la vivienda, a cuyo mercado los conversos adalides del proteccionismo no están poniendo límites, todo lo contrario.
Casi al mismo tiempo que Saskia Sassen daba nombre a este proceso, el antropólogo Marc Augé desarrolló el concepto de no lugar: «Si un lugar puede definirse como lugar de id
