Prólogo
Honestidad, valentía, capacidad crítica
Bea Talegón es un baluarte de la libertad y de lo que la libertad requiere. Fue joven concejal en un lugar de Castilla-La Mancha, pero antes que hacer carrera prefirió ser honesta y valiente y denunciar un caso de corrupción que desencadenó tempestades de parte de su entorno. Fue luego líder internacional de las Juventudes Socialistas, pero también tuvo que dejarlo cuando su honestidad y valentía la llevaron a expresar abiertamente su opinión que desató otra tormenta, pero esta vez seca. Su honestidad, valentía y capacidad crítica han acabado conduciendo su camino al periodismo independiente, que con intensidad eléctrica ejerce desde hace ya muchos años.
Como Bea explica en este libro, el periodismo independiente ha surgido —de un modo que no hubiéramos imaginado cuando veíamos a nuestros padres leyendo grandes páginas de periódico— ante el anquilosamiento de los grandes medios tradicionales (llamados, a menudo de forma despectiva, legacy media) y gracias a la agilidad informativa que permiten las tecnologías de hoy. Pero las tecnologías de hoy, ay, conllevan nuevos problemas: adicción, vigilancia, censura, shadow banning («bloqueo en la sombra») y un largo etcétera que Bea también señala en estas páginas.
Hannah Arendt, filósofa de origen judío que tuvo el buen criterio de rechazar el sionismo hace más de medio siglo (¡si lo viera ahora!), escribió en Los orígenes del totalitarismo que el sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista entregado, sino la persona para la que ya no hay distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso. Esta distinción, crucial para la vida libre y responsable, se ha ido borrando en este mundo en el que confluyen el soma de Huxley y el Ministerio de la Verdad de Orwell, es decir, el ahogo de la libertad bajo riadas de distracción y de tergiversación.
Nuestro presente, desde luego, tiene poco que ver con el totalitarismo clásico analizado por Arendt, pero ella ya vio venir un totalitarismo sutil, tecnocrático, que, según afirmaba, estaría más cerca de la corrección calculada y rigurosa de Himmler que del fanatismo histérico de Hitler; añadiendo que se parecería más a la sosería plomiza de Mólotov que a la crueldad sensual y vengativa de Stalin.
Por eso, por lo que vieron venir Huxley, Orwell, Arendt y tantos otros, necesitamos hoy un periodismo independiente con honestidad, valentía y capacidad crítica, como el que ejerce Bea. Un periodismo que no se deja arrastrar por las grandes mareas de opinión y se atreve a mostrar lo que no cuadra en la narrativa oficial acerca del covid o de la disforia de género o de los macroproyectos «renovables» (tres formas distintas de confundir y de mermar la vida), temas todos ellos que desfilan por el rápido repaso a través de datos e informes recientes que se da en este libro.
Caminamos por un campo minado de trampas digitales y distracciones adictivas que dificultan mantener el rumbo propio, el de la libertad interior.
Pero sin libertad interior no hay capacidad crítica.
Y sin capacidad crítica no hay libertad de criterio.
Y sin libertad de criterio no hay libertad política.
JORDI PIGEM
Introducción
CARTA AL CIUDADANO INQUIETO
Si estás leyendo este libro, seguramente hayas llegado a él por estar viviendo circunstancias que no terminan de encajarte respecto a lo que entiendes por «libertad». Puede que tu «radar democrático» te haya alertado o que sientas de fondo una suerte de inquietud, de desasosiego…, la necesidad de encontrar respuestas ante una realidad que cada vez se corresponde menos con lo que en teoría debería ser. Me parece la reacción más lógica y natural de quien trata de vivir de manera consciente y se siente, de algún modo, interpelado desde el compromiso ético. Podemos decir, querido lector, que, a pesar de tener quizá diferentes puntos de vista en muchas cuestiones, estamos de acuerdo en que las cosas, en términos generales y en el contexto que nos ha tocado vivir, no discurren en la dirección que desearíamos. Convenimos en que hay asuntos esenciales que necesitan ser analizados, preguntas que debemos hacernos y respuestas que merecen ser construidas de manera conjunta.
Tal vez compartamos la sensación difusa de que el suelo democrático que creíamos inamovible se tambalea bajo nuestros pies. Que la realidad se nos presenta dejando a las palabras sin significado: la libertad parece haberse convertido en un eslogan vacío; la democracia, en una etiqueta comercial, y la verdad, en una mercancía que se vende al mejor postor.
Te escribo esta carta como bienvenida a una lectura sobre cuestiones que nos inquietan y lo hago con la convicción de que tu inquietud, que es la mía, no es casual ni solitaria. Tengo la certeza de que experimentamos un malestar colectivo, que la sociedad democrática occidental comparte y que podemos denominar de muchas maneras distintas: crisis de confianza institucional, retroceso democrático global, erosión de las libertades civiles… Un malestar que tiene respaldo en los datos. Por eso te comentaba que no es una percepción subjetiva, que no estamos solos y que hay mucha verdad en pensar que algo se desmorona. Si nos asomamos a estudiar los informes que analizan la evolución y las tendencias a nivel mundial, salvando las diferencias metodológicas y sus matices marcados por las «líneas editoriales», podemos afirmar que coinciden en el diagnóstico: se está produciendo un deterioro continuo de la democracia a nivel global, al tiempo que los sistemas autoritarios se fortalecen.
No resulta sencillo sacar conclusiones, puesto que los datos que se nos presentan son, muchas veces, interesados, y, por ende, sesgados. Se maquillan, se «cocinan» para luego utilizarlos como apoyo a las múltiples teorías existentes. Por eso es importante asomarse sin ánimo de dar nada por sentado. A nuestra inquietud hay que ponerle ciertos márgenes de prudencia. Es importante no caer en la trampa de la polarización.
La degradación del debate público nos empuja a ocupar trincheras de las que, por nuestro bien individual y colectivo, es necesario salir y mantenernos vigilantes para que la inercia no nos lleve de nuevo a ellas. Y para esto es imprescindible, en primer término, ser conscientes de dónde nos encontramos. Aviso: no es sencillo mirarse en el espejo y reconocer que, con demasiada frecuencia, nuestro sistema de creencias descansa en la ignorancia y el miedo. Es más, hay multitud de ocasiones en que practicamos aquello que decía William James: «Mucha gente cree que está pensando cuando en realidad solo está reorganizando sus prejuicios». Ese miedo que menciono también se manifiesta de un modo perverso. ¿Cuántas veces has sentido que es mejor callar que opinar, preguntar y compartir tu inquietud con otras personas? La autocensura se extiende como una mancha de aceite: el cuidado extremo (e incluso paralizante) sobre lo que se dice, dónde se dice y ante quién se dice es un síntoma evidente de que algo malo pasa.
Probablemente seas parte de esa ciudadanía que aún cree en la democracia como el menos malo de los sistemas de convivencia, pero que desconfía de quienes lo gestionan. Después de estas líneas, seguramente ya sepas que es sano alimentarse de un menú variado y equilibrado de información plural, porque el relato único es tan dañino como la comida basura. Y habrás llegado también a la conclusión de que eso que llaman «desinformación» se ha convertido en un arma interesada que ha llegado para generar más ruido y más confusión. ¿Quién determina la verdad de las cosas, el grado de intoxicación e interés que barniza los hechos? Lo deseable en una sociedad sana es que seas tú. Que dispongas de una capacidad y un criterio lo suficientemente fiables como para elaborar tu propio diagnóstico y tu conclusión de manera libre y responsable. Sin que el miedo o el espurio interés empañen tu discernimiento. Y por si esto no fuera ya suficiente, con la responsabilidad democrática de respetar a quien llegue a una conclusión que difiera de la tuya, entendiendo que no es solo posible, sino deseable el hecho de no estar de acuerdo en todo. Y que, partiendo de esa base, coincidamos en que lo más sensato es convivir pacíficamente.
Puede que te tranquilice saber que no eres un nostálgico ni un revolucionario de barricada. Digamos que nos negamos (por supuesto, me incluyo) a normalizar lo que constriñe, lo que limita o engaña a sabiendas. Que estamos dispuestos a salir de la trinchera y asomarnos para ver qué hay ahí fuera, asumiendo que es más que probable que la verdad absoluta no exista y que el objetivo de todo esto sea vivir de manera consciente, responsable y comprometida con el deseo de un contexto donde la libertad y la justicia sean los pilares de una sociedad que avance positivamente en conjunto.
Confío en la inteligencia ciudadana. Y me mantengo inamovible, en esto sí, en la defensa (y la necesidad) del análisis crítico como parte de la solución de nuestros problemas. La democracia, a mi entender, no se sostiene sin la consciencia crítica y comprometida de ciudadanos como tú.
La libertad no es un regalo divino, no es una dádiva. Es el resultado de la insistencia cotidiana, de la exigencia compartida, de la voluntad de no conformarse, de no callar, y de saber hacerlo con claridad y respeto. Una responsabilidad asumida desde la insumisión afectiva, la de la ciudadanía que incomoda a la injusticia, a la mentira burda, a las trampas que nos debilitan. La libertad se mantiene viva cuando se ejercita. No se gasta por el uso, sino todo lo contrario. Renace y se refuerza en cada pregunta, en cada diálogo maduro, en cada reflexión sincera, en el compromiso por la búsqueda de soluciones equilibradas y justas. La verdadera libertad no está en el derecho a elegir entre múltiples opciones, sino en la posibilidad real de construir nuestro proyecto de vida con dignidad, autonomía y justicia. La libertad es la ausencia de miedo sobre la base de la responsabilidad.
Escribo este libro deseando que sus páginas sirvan como refugio y desafío. Una invitación a reflexionar, conversar y compartir. Me gustaría que, cuando esta conversación que acabamos de iniciar termine, sientas agujetas, descubras pequeñas molestias en lugares desconocidos. Y que, sobre todo, te queden ganas de continuar haciendo ejercicio para mantener esos músculos tonificados. No encontrarás en este libro recetas mágicas ni una avalancha de datos que pretendan convencerte de nada. Es una invitación a la reflexión tranquila, sin más ambición que hacernos preguntas sobre la libertad.
¿Somos verdaderamente libres? ¿Qué libertades nos corresponden y cuáles se nos niegan? ¿Cómo podemos reconstruir el espacio de autonomía individual que parece desvanecerse?
Te invito a recorrer este camino juntos.
Un abrazo de afectuosa insumisión,
BEA TALEGÓN
POR QUÉ NECESITAMOS HABLAR, DE VERDAD, SOBRE LA LIBERTAD
Vivimos un momento de emergencia democrática silenciosa. Esta afirmación no significa que no se hayan vivido antes momentos más delicados o que en otras latitudes estén mejor. Pero considero que es un hecho cierto y que ha de servir como punto de partida para comprender lo que significa y trazar algunas posibles rutas.
Ciertamente, no hay tanques en las calles ni golpes de Estado con violencia en nuestro entorno cercano, pero la democracia se erosiona desde dentro con una eficacia que ya la hubiera querido para sí cualquier dictador del pasado siglo.
Hay datos, como los que recoge el informe sobre la libertad en el mundo realizado por Freedom House, que señalan que 2024 es el décimo octavo año seguido de descenso en libertad a nivel global. El 20 % de la población mundial vive en países considerados «libres»; el 42 %, en «parcialmente libres», y el 28 %, en países «no libres». Son cifras que nos obligan a sentirnos afortunados a los que nos encontramos en ese 20 %, pero también responsables de mantener y mejorar lo que tenemos y tratar, en la medida de lo posible, de compartirlo.
En el mismo sentido, el reciente estudio realizado en 2025 por Civil Liberties Union for Europe nos invita a reflexionar. Según los resultados del informe, en todos los países europeos analizados se reportan restricciones a las libertades cívicas en lo que se considera un «declive generalizado en 2024». Se señala a Hungría, Italia, Bulgaria, Croacia, Rumanía y Eslovaquia, en una cuarta categoría, como los países donde se desmantela de manera sistemática el Estado de derecho en casi todos los aspectos. Otros como Bélgica, Alemania, Suecia o Francia ya apuntan hacia tendencias autoritarias que preocupan a los analistas, ubicándolos en el estudio en una tercera categoría de países, a los que se les reconoce una fuerte adhesión al Estado de derecho, con la nota de atención por haber exhibido tendencias negativas «preocupantes».
Como te decía al comienzo de esta introducción, considero que estamos ante un momento de emergencia democrática silenciosa, y con esto quiero decir que la cuestión no es de un «problemilla de independencia judicial» o de una pizca de corrupción (o mucha), de persecución de la libertad de expresión… El asunto es grave porque toda la red que sostiene la democracia occidental se está deshaciendo. Mientras la Unión Europea no ha dejado de tomar decisiones contra sus propios principios, contra el interés de la ciudadanía, sus Estados miembros han ido desfigurándose vertiginosamente. Pero todo esto, si no estás atento, ocurre en medio de un extraño silencio. Más bien habría que señalar que hay ruido, pero ese ruido está generado para que no escuches lo que está sucediendo.
España se encuentra en la categoría de los países con «estancamiento o progreso mínimo» en lo que a los indicadores del Estado de derecho se refiere. Habrá quien respire aliviado con esto, porque se podría estar peor, incluso mucho peor. Pero, en mi opinión, ese consuelo no es inteligente. Tenemos problemas graves en los cimientos y, aunque a simple vista muchos no los vean, es cuestión de tiempo, de un mal golpe, que todo salte por los aires. Por eso me parece de vital importancia que reflexionemos, que seamos conscientes de cómo estamos y, sobre todo, que trabajemos para remontar.
¿Qué puntos señalan los estudios que deberían preocuparnos sobre España? Seguramente no te sorprendan, porque es por todos conocida la situación de nuestro sistema judicial, nuestra tarea pendiente para luchar contra la corrupción, la falta de medios de comunicación que se deban realmente al interés de la ciudadanía, la ausencia de mecanismos que permitan la participación ágil y directa en la toma de decisiones a los ciudadanos, la protección del sistema frente a los conflictos de interés… Puedes ponerle el nombre, el titular, que prefieras, porque salta a la vista que el sistema no funciona: lo público está destrozado y lo privado tiene múltiples obstáculos para avanzar en un terreno justo. No hay manera de progresar, lo cual es muy triste, porque seguro que coincides conmigo en que España es un país con un increíble potencial. Hay riqueza potencial para que aquí vivamos en un auténtico paraíso. Valga de ejemplo nuestro sistema de salud pública, que es una referencia mundial. Sabemos hacer bien las cosas, tenemos una riqueza cultural y de diversidad en los territorios incomparable, y hay mucho margen de mejora para beneficio de todos. Entonces ¿qué ocurre para que parezca que ya casi nada funciona a pesar de pagar cada vez más impuestos? Es evidente que necesitamos repensarlo todo, con profundidad, y hacer un diagnóstico en el que el primer punto de partida sea la voluntad de ponernos de acuerdo. Porque esto resulta insostenible, por burdo, por injusto, por malo. Como decía Nayib Bukele en su segunda toma de posesión, lo público ha de ser excelente, y lo que es de todos debe gestionarse con inteligencia y eficacia.
Creo no equivocarme cuando pienso que muchos tenemos la sensación de que podríamos vivir mejor, en un sistema más justo, que es el que plasma nuestra Constitución, ni más ni menos. Y que, si estuviéramos bien gobernados, a nadie le faltaría un techo ni comida ni salud ni educación. Habría trabajo para la gran mayoría y destinaríamos miles de millones de euros a lo que la sociedad considera prioritario y urgente, legislando con sentido de humanidad y responsabilidad.
Observo a nuestros políticos y me parece estar viviendo en la Edad Media, pues se comportan, actúan y cobran como si a la nobleza perteneciesen. Nos hablan como si fuéramos imbéciles, mienten, se insultan entre ellos sin vergüenza alguna y son incapaces siquiera de mostrar educación y humildad; nos roban y, encima, nos chulean. Y seguimos pagando impuestos y pensando que los procesos electorales los sacarán de ahí, cuando lo único que hacen es tener más o menos silloncitos en las instituciones, primero los de un color y luego los del otro. Ellos ya tienen asegurado su estatus de «noble» a costa nuestra y viven muy por encima de las posibilidades de la mayoría de la sociedad española, esa que se supone que representan.
Solamente hay que pararse a mirar con calma y observar en silencio el panorama. No hay más. Y ahí es donde te voy a recordar la importancia de que tengas claro lo que es la libertad, fundamentalmente la tuya, para que puedas proyectar plenamente tus deseos. Todas las partes de tu libertad a las que renuncias, porque se supone que «a cambio» recibirás algo objetivamente justo (si es que la justicia puede llegar a ser del todo objetiva en la práctica).
No es necesario que sepas de leyes ni de economía; tan solo de cómo deben ser las cosas para darse cuenta de que el contexto es deprimente, fundamentalmente por la clase política que nos ha caído encima. ¿Son tan inútiles como parecen los que toman decisiones en nuestro nombre? ¿O en realidad son útiles, pero para otros intereses que no son los nuestros? La crisis de confianza hacia las instituciones es la respuesta racional (y no lo suficientemente proporcional todavía) a la degradación del sistema. En las recientes encuestas de población, tanto en España como a nivel europ
