Espiritualidad líquida

Marta Sader

Fragmento

Mis amigas, «las místicas»

Mis amigas, «las místicas»

«Ahora, pongámonos en pie e invoquemos a los espíritus de las siete direcciones sagradas, para que nos den el permiso de abrir sus portales», dijo la chamana. Y todas, vestidas de rojo, nos levantamos y les cantamos a los espíritus del norte, del sur, del este, del oeste, de arriba, de abajo y del centro mientras ella tocaba el tambor.

Yo miraba a mi alrededor con estupefacción, intentando anular el juicio y la inevitable sensación de ridículo que me recorre cada vez que me veo envuelta en alguna de estas cosas, así que cantaba como las demás. Luego, nos sentamos, y la mujer-medicina, la sacerdotisa que nos guiaba, pidió que nos imaginásemos metiéndonos en el útero de nuestra madre, y de ahí pasásemos al de nuestra abuela, y de ahí al de nuestra bisabuela, y así hasta llegar a siete antepasadas y sus úteros correspondientes.

Se sentía una bien acogida allí, en la luz suave de la yurta, sentada sobre cojines también rojos y aspirando el fuerte aroma a palo santo con el que nos habían bendecido a la entrada. Lamentablemente, al segundo útero, yo ya estaba pensando en la lista de la compra y en el calor que hacía allí dentro. A mi alrededor, sin embargo, algunas mujeres lloraban, se retorcían con escalofríos, y después contaban que habían visto, que habían sentido en su propio cuerpo, cosas increíbles: la alegría de una tatarabuela al saber de su embarazo; los temores de una antepasada a la que habían instruido negativamente sobre el parto, o la calidez del útero dulce y acolchado de la madre.

Estábamos en una tienda roja, un «espacio de celebración femenina» creado por mujeres y para mujeres con objeto de entender y honrar «nuestra ciclicidad». No es el único evento de este tipo al que he sido invitada: en el pueblo donde vivo en el sur de España, abundan los temazcales —un baño de vapor tradicional de Mesoamérica utilizado con fines rituales—, los retiros tántricos o neotántricos —también llamados «de yoga sexual»—, los encuentros para activar el sol femenino —y «sanar la energía masculina de tu interior»—, las formaciones de guardianas del útero para conocer qué son y cómo nos afectan nuestras memorias uterinas… Hay círculos de mujeres para honrar la luna llena en Sagitario, talleres de saberes ancestrales andino-amazónicos, ceremonias del cacao y un sinfín de propuestas de las que el público mainstream no ha oído hablar en su vida, aunque mueven a millones de personas —y millones de euros— en el mundo «civilizado».

Yo misma, cuando me mudé, no estaba enterada de nada de esto. Vivía en mitad del campo con mi pareja, mis gatos y mis perros, y apenas conocía a nadie de la zona. Solo recuerdo una leve pista: una conversación casual con el dueño de una tienda de muebles del sudeste asiático, un gabinete de curiosidades con largas salas llenas de polvo y telarañas en la que me encantaba entrar a curiosear. Un día, me dijo: «Este pueblo es un polo de energía muy fuerte».

Luego descubrí que, efectivamente, lo era. Al menos, para el tipo de gente que practica reiki, toma homeopáticos y cree que los minerales tienen poderes mágicos, que parecía sentirse irremediablemente atraído hacia él.

La combinación de vecinos resultaba pintoresca: señoritos con cortijos, caballos y pulseritas de España, y mujeres sin maquillaje, con amuletos al cuello, faldas largas y sandalias.

Una de esas mujeres era yo. Lo descubrí una vez que llevé al pediatra a mi hijo para la revisión del año, cuando el médico estuvo un rato insistiéndome en la necesidad de ponerles las vacunas a los niños. Cuando le aclaré que mi hijo las tenía todas, me dijo: «Ah, es que como te he visto vestida así…». Llevaba un vestido de colores, el pelo largo suelto y la cara lavada.

Durante años, llevé también una cinta sobre la frente. Tenía muchísimas: de flores, de cuerdas, de cuero… Por entonces vivía en la ciudad, pero no importaba: mi estética favorita siempre ha sido la de la contracultura del 68, aquel breve intervalo de tiempo en el que parecía que otro mundo, uno mejor, era posible.

Estéticamente, podía pasar por una de ellas. Ideológicamente era otra cosa. Me di cuenta cuando empecé a conocer a los padres y madres del colegio al que iba mi hijo, un pequeño centro a modo de casita en medio del campo en el que los niños jugaban entre pinos y columpios de madera. Para nosotros, era un lugar como salido de un sueño, la continuación natural de la infancia libre, respetuosa y en contacto con la naturaleza que queríamos darle.

Allí hicimos buenos amigos. Era un espacio seguro para una familia como la nuestra: un lugar en el que nadie daba azúcar ni ultraprocesados a sus hijos; en el que los niños no tenían móviles y se limitaba el tiempo de pantallas; en el que todos habíamos leído las mismas teorías educativas, y no se obligaba a nadie a prestar los juguetes ni a besar a desconocidos.

Nos parecíamos muchísimo, y, sin embargo, nos separaba también un abismo. Lo supe en el círculo de mujeres que se formó en el colegio al poco de nuestra llegada. Era un espacio horizontal —es decir, democrático y abierto, sin jerarquías—. Se hablaba por turnos, sin interrumpir a la persona que tuviese la palabra, que podía expresarse sobre cualquier tema siempre que lo hiciese desde la primera persona. Solo había un par de normas más: no juzgar y no revelar a nadie lo que se contaba durante el encuentro.

Recuerdo mi primera intervención. Dije que me emocionaba estar allí, escuchando las historias de aquellas mujeres —la mayoría, desconocidas para mí— que se abrían con verdadera sinceridad sobre todo tipo de acontecimientos, sensaciones y pensamientos: la compra de la primera casa; el parto; la pelea con la pareja, con los padres, con los hijos; la profunda tristeza del duelo por una muerte. Aunque también confesé que no sabía si encajaría. En solo unos minutos, ya se habían hecho referencias al pensamiento mágico —«las casualidades no existen»— y a la manifestación —«lo que pidas te será otorgado»—. Y se había achacado una enfermedad a la falta de adecuación al feng shui de una casa.

El entorno, no obstante, era encantador. Nos sentábamos en el suelo sobre telas y cojines de colores, con la luz de la tarde tamizándose suavemente entre las ramas de los pinos, rodeadas de bebés, perros y niños que correteaban alrededor de nuestras largas faldas. Estaba donde siempre había fantaseado con estar: tumbada sobre la hierba en Woodstock. Bañada por el sol californiano en un catálogo de Free People. Mesmerizada por la belleza etérea de las chicas con kaftanes que caminan descalzas por la playa de Byron Bay.

Pero también había una belleza real en todo ello: en mitad de cada semana de maternidad exigente, de trabajo sin fin, aquel era un oasis en el que se compartían infusiones y secretos; en el que, arrulladas por la atmósfera de cercanía, cariño y respeto de las demás, todas nos sentíamos libres de contarlo todo, hasta lo que nunca nos habríamos confesado a nosotras mismas.

Era un salvavidas con un altar en el centro, una especie de tapete sobre el que se distribuían piezas que representaban los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, agua, aire y fuego. Junto a ellos se mostraban, a través de cartas ilustradas, cuatro arquetipos femeninos: la doncella, la madre, la anciana y la hechicera. Cada una, a su vez, se correspondía con alguna de las cuatro fases del ciclo menstrual.

Al altar se nos animaba a llevar cualquier cosa que nos representase en ese momento. Hay quien sumaba flores o frutos de temporada; quien prestaba minerales o estatuillas, colgantes o dibujos. Alguna vez tuvimos también un botecito de sangre menstrual «activado» por la energía de la luna, que más tarde sería sembrado, es decir, empleado para regar la tierra. Los niños y las niñas recogían piñas, ramitas y pétalos de buganvilla y los añadían a la creación, dando lugar a una composición siempre cambiante y siempre hermosa que, de alguna manera, sacralizaba y ritualizaba el encuentro.

El espacio era idílico, la conversación era profunda y la consideración y el cariño eran tangibles. Por eso seguía yendo a pesar de mis reticencias ante algunas de las prácticas que se llevaban a cabo, como los baños de caricias —que consistían en acariciar todas juntas a una de las mujeres, a quien no necesariamente conocíamos de antemano—. Parecía que era la única que dudaba: todas las demás, madres del colegio y mujeres de los alrededores, se entregaban sin incomodidad a cualquier rito que se propusiese: meditaciones guiadas; abrazos comunales; bailes con los ojos cerrados al ritmo de canciones que alababan a la Pacha Mama… Y no abrían los ojos tanto como yo cuando escuchaban que una había usado orina para curarse las ronchas de una enfermedad contagiosa, o que otra creía que la esquizofrenia de una persona estaba causada porque, hacía décadas, o siglos, se había excluido a un antepasado de su familia.

En cierto modo, yo seguía asistiendo por ese mismo asombro. Acudía miércoles tras miércoles porque no las entendía. Su manera de pensar, a mí —tan apegada a la realidad, a los hechos, a lo que se puede demostrar— me parecía alienígena.

Y se lo decía. Durante mi turno, les daba razones «válidas, científicas», por las que las cosas no podían ser como ellas contaban. Me escuchaban atenta y cariñosamente y, a veces, incluso me daban la razón. Se reían con ganas cuando desplegaba mi pragmatismo a la hora de ver el mundo, y valoraban mis puntos de vista, que solían ser completamente opuestos a los suyos: escépticos, políticos, empíricos.

Siempre sentí que me aceptaban tal y como era, a pesar de ser yo tan diferente. Toda esa distancia que, en principio, me parecía insalvable —solía escuchar cosas que consideraba verdaderos atentados a la razón—, se estrechaba cada vez más. Sí, es cierto que creían que las flores de Bach podían curar la ansiedad…, pero también eran empáticas, conscientes y sabias. Sí, creían que la posición de los planetas determinaba qué cosas era preciso hacer y cuáles era mejor evitar…, pero también me enseñaron a sostener el llanto de las demás sin incomodidad, con calma.

Finalmente —qué difícil—, las integrantes del círculo, ya mis amigas, me enseñaron a escuchar como ellas, sin juicio. Y respondieron con amor a mis interminables preguntas, ayudándome a comprender por qué creían en lo que creían.

En este siglo de posicionamientos extremos, de odio al que piensa diferente, casi de guerra civil, siento que hay algo revolucionario en querer a alguien a quien no entiendes. Mucha gente, consciente de mi pertinaz ateísmo, me preguntaba: «¿Por qué vas con ellas?». Incluso llegaban a decirme: «Yo no podría».

Lo peligroso, les contestaba, sería ir solamente con aquellos que piensan exactamente como nosotros, como parece que sucede más y más a menudo en nuestra sociedad. En tiempos de familias nucleares, teletrabajo y ocio virtual, no existen apenas plazas públicas en las que debamos aprender a convivir con personas aleatorias —¿quién conoce, por ejemplo, a sus vecinos?—. Esta falta de mezcla, que rara vez nos hace intimar con alguien con visiones de la vida diferente a las nuestras, se ve potenciada por los algoritmos de las redes sociales, que tienden a mostrarnos solo los contenidos que nos son afines. De esta manera, vamos creándonos la falsa percepción de que el mundo es tal y como nosotros lo vemos, y nos resultan cada vez más ajenas, cuando no directamente demenciales, las ideas que lo ponen en jaque.

El asunto es que mis amigas no son una minoría, o lo son cada vez menos. Según el primer Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC), la juventud española se muestra cada vez más abierta a lo espiritual, aunque lo hace al margen de las religiones institucionales: el 31 % afirma creer en algún tipo de realidad espiritual o fuerza vital; un 29 % dice creer mucho o bastante en la astrología, y un 23 %, en la videncia. Estos porcentajes, notablemente superiores a los del resto de las franjas de edad, se hicieron tangibles durante la crisis sanitaria que trajo consigo el coronavirus. La opinión pública mayoritariamente aceptada —es decir, la que se desprendía del discurso más o menos hegemónico de los grandes medios de comunicación y, por supuesto, del Gobierno— era que la mascarilla, las vacunas y el encierro eran condiciones necesarias para combatir el virus con éxito. A la vez, sin embargo, muchos veíamos con estupefacción cómo numerosos grupos de hombres y mujeres aseguraban estar en contra de cada una de esas medidas, cuando no llegaban a afirmar directamente lo que parecían argumentos sacados de un libro de ciencia ficción, como que nos insertaban chips controladores a través de las agujas.

Muchos de estos argumentos se transmitieron como la pólvora entre grupos de personas vinculados a prácticas espirituales de tipo new age, tal y como recogió el periodista James Ball en el artículo para The Guardian «“¡Todo lo que te han contado es mentira!”: cómo ciertas corrientes del bienestar conectan con la conspiranoia».

En él, su autor recogía el caso de Jane, una mujer que llevaba más de tres décadas en un grupo de meditación del que comenzaron a emerger ideas cada vez más estrambóticas cuando tuvo lugar la crisis sanitaria. Empezaron por negar la misma existencia del covid, para ir adaptando progresivamente posturas conspiranoicas que llegaron a abarcar las «verdaderas causas» de la guerra de Ucrania o de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible propuesta por la ONU. Esta última se define como «un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad, que también tiene la intención de fortalecer la paz universal y el acceso a la justicia», pero muchos opinan que tras esas palabras se esconde un malvado artefacto de control social.

«Podría parecer que esta aparente radicalización de un grupo agradable, de clase media y de aire hippy es un caso aislado. Sin embargo, la realidad es muy distinta. El “paso del bienestar al fanatismo” —o incluso “el paso del bienestar al fascismo”— se convirtió en motivo de preocupación para quienes estudian el fenómeno de las teorías de la conspiración», escribía Ball.

En mi propia familia, y sé que no fue la única, hubo casos de miembros que se alejaron de otros al no poder soportar que transmitieran este tipo de informaciones, consideradas falsas, sobre el virus. A ello se sumaba la infinidad de memes y sátiras que surgieron con respecto a los negacionistas, lo que también contribuía a transformar a quienes lo defendían de personas en meras caricaturas. En mi nuevo grupo de amigas, aunque eso lo supe luego, había muchas que se habían negado a ponerse la mascarilla, y, por supuesto, ninguna se había vacunado. ¿Por qué actuaban de aquella manera? ¿Por qué creían en lo que creían? ¿Por qué veían la realidad de una forma tan distinta a la mía? ¿Había alguna verdad válida para mí en sus argumentos? Eso era lo que yo me empeñaba en saber.

Ellas siempre me respondían sin sentirse amenazadas y, con su generosidad, me abrían la puerta a planteamientos completamente alejados de los que yo tenía. Como si fuéramos sofistas, aún hoy nos enzarzamos durante horas en discusiones acerca de por qué la vida es como es. De si existe lo que no vemos. De si es la energía lo que rige nuestra vida. De teorías conspiranoicas, de física cuántica, de médiums que hablan con animales muertos, de reencarnación, de sanaciones, de las sectas de las que algunas han escapado por los pelos. Del origen de mi extraordinario apego a la ciencia, de la que en realidad sé —sabemos— tan poco. De si las visiones nocturnas, de si los sueños lúcidos son o no fantasmas. Casi nunca llegamos a un acuerdo.

Cuando en el círculo conté que iba a escribir un libro sobre las nuevas formas que toma la espiritualidad, todas se emocionaron mucho. Aun conociendo mis posturas con respecto al tema, ni una sola expresó recelo. Todo lo contrario: se ofrecieron a ayudarme en lo que pudieran.

Nuestras conversaciones nutren este escrito, pero sus planteamientos no son casos aislados. Pese a lo extravagante que puedan sonar las tomas rituales de psilocina, las tiendas rojas, las constelaciones familiares, las tiradas del tarot y las limpiezas de útero, por nombrar algunos de los eventos a los que mis amigas me han invitado, ¡sorpresa!: a poco que hables con cualquier persona, venga de donde venga, te enteras de que tira sal por encima del hombro «por si acaso»; no deja nunca los cubiertos cruzados sobre el plato; consume remedios naturales, consulta el horóscopo, cree en los fantasmas o está convencida de que el cáncer de riñón de su madre lo ha causado un conflicto no resuelto con una tía abuela.

Estamos sumidos en lo que podría denominarse la nueva new age, solo que esta reactivación ahora está menos politizada y resulta mucho más consumista e individualista que el movimiento social del que se nutre en origen. Lo que queda de la new age ya no busca cambiar el mundo, sino más bien ayudar al individuo a sentirse mejor a través de todo tipo de prácticas mágicas y pseudocientíficas. Como «autocuidarse» y «ser nuestra mejor versión» son los mantras del siglo XXI, estas prácticas no paran de extenderse, mezclando wellness con espiritualidad. El yoga, una doctrina filosófica hindú que emplea los ejercicios ascéticos, la contemplación y la inmovilidad absoluta para alcanzar un estado beatífico, ha transmutado en fitness; el coaching se viste de espiritualidad para ayudar a sus clientes a lograr objetivos personales y profesionales. No hay diferencia entre ellas mientras que la promesa de mejora y autoconocimiento se mantenga: quien prueba la osteopatía —una terapia manual no sanitaria que utiliza la manipulación de huesos y músculos para curar— puede saltar sin problemas a la sanación cuántica angelical —un trabajo energético guiado por ángeles y arcángeles—. O hacer un taller para acceder a los registros akáshicos, una «biblioteca universal» de información espiritual donde se registran todas las experiencias, pensamientos y emociones del alma.

En nuestra new age 2.0, el crecimiento personal, las creencias «alternativas», la autoayuda y las pseudociencias se funden en una espiritualidad líquida: confeccionada a medida del individuo, portátil, inmediata, intercambiable, flexible y consumible. Y cada vez más normalizada: su universo de misterio fluye en canales de Telegram, en grupos de WhatsApp, en perfiles de Facebook, Tik­Tok e Instagram.

Como ahora cada ciudadano tiene un medio de comunicación en la mano y la exp

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