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El camino más corto...
Viajando con Manu
Prólogo a la primera edición: Los felices sesenta
Prólogo a la sexta edición
1. Good bye, Spain
2. Algo huele a podrido en Fez
3. Sobre un campo de minas
4. Delenda est Cartago
5. Siroco
6. La caza de la gacela
7. Las doce plagas de Egipto
8. En la cueva de Alí Babá
9. Dioses, tumbas y camellos
10. Los cedros del Líbano
11. El pequeño rey
12. Oh, Jerusalén
13. Babel
14. Accidente
15. En un mercado persa
16. Caravanas
17. El cólera
18. Perdido en el Hindu Kush
19. En el desfiladero del Kyber
20. Sahib
21. El río sagrado
22. El valle feliz
23. Oh, Calcuta
24. El tigre de Udayagiri
25. Espía
26. Indira Gandhi & Dalái Lama
27. Marajás y elefantes
28. Prohibido asomarse al interior
29. Sonrisas y píldoras
30. Cinco mil bats
31. El mejor opio de Xien Kuan
32. El dragón protector
33. La dulce Camboya
34. Un tigre en el motor
35. Aquí he vivido en el infierno
36. Bali
37. Antípodas
38. The End
Agradecimientos
Pliego de fotos
Mapas



El camino más corto...
El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo. Me dispongo, pues, a dar la vuelta al mundo. Europa ya no me produce efecto. Harto familiar me es este mundo para obligar mi alma a nuevas configuraciones. Además, es un mundo demasiado limitado. Toda Europa tiene en lo esencial un solo espíritu. Quiero anchura, dilataciones donde mi vida tenga que transformarse por completo para subsistir, donde la intelección requiera una radical renovación de los recursos intelectuales, donde tenga que olvidar mucho —cuanto más, mejor— de lo que supe y fui. Quiero que el clima de los trópicos y otros muchos aspectos imprevisibles envuelvan mi ser y actúen sobre mi alma, para ver lo que será entonces de mí. Ya están cortadas las relaciones con lo que me sujeta. Siento en mí la beatitud de la libertad conquistada. De seguro que no hay nadie ahora más independiente que yo. No tengo profesión externa; no tengo familia que me preocupe; no tengo obligaciones que llenen mi tiempo; puedo hacer u omitir lo que me plazca.
Diario de viaje de un filósofo,
HERMANN KEYSERLING.
(En Raykull, Estonia, primavera de 1918)
Viajando con Manu
Viajando con Manu
Ahora que sale de nuevo a la luz El camino más corto, un libro casi canónico en la literatura viajera del siglo XX español, no está mal recordar que, en buena medida, fue un trabajo precursor de una forma de escribir que ahora está de moda, la que conjuga el reportaje, el periodismo, la actualidad, el compromiso y la literatura. ¿No es eso lo que se ha reconocido en el reciente Premio Nobel otorgado a la rusa Svetlana Alexiévich. Este libro de Manuel Leguineche estaba agotado y escondido en las librerías de quienes lo adquirimos en su día. Yo no conocía a Manu cuando se publicó. Lo leí mucho antes de leer a Ryszard Kapuscinski o Gay Talese —y desde luego a Svetlana— y me fascinó. Luego nos hicimos grandes amigos y viajamos mucho juntos. Creo que es un acierto de Ediciones B sacarlo ahora a la luz.
Manuel Leguineche, Manu, como todos los profesionales de la información reconocen, era un periodista extraordinario; además de eso, tal y como sus amigos podíamos disfrutar con frecuencia, era una persona excepcional. Sin embargo, la mayoría de la gente ignoraba, y algunos de quienes pateamos mundo con él lo sabemos bien, que se trataba de un viajero tan vocacional como con frecuencia desastroso. Puesto que yo, pese a lo que la gente pueda suponer, tampoco soy un modelo de viajero, muchos de nuestros paseos juntos por el mundo —para informar o por mero placer— no terminaron catastróficamente de puro milagro. Pero Manu y yo compartíamos una afición que no toda la gente aprecia en su justa medida: reírnos. Y los malos trances se resuelven mejor riendo que llorando. «Porque reír —escribió Rabelais— es lo propio del hombre».
En otro tiempo, no sé ahora, los periodistas solíamos hacernos con dos pasaportes. A menudo, los países se odian entre sí más de lo racional, y si en los pasaportes de los reporteros asoma el sello de un país odiado por aquel en el que pretendes entrar, no pasas. Por ejemplo, si habías estado en Israel alguna vez, un buen número de naciones árabes no te admitían en su territorio. Y viceversa. Nuestro sistema de hacernos con dos pasaportes era ilegal, desde luego, y no voy a explicar la manera de lograrlo. Por supuesto que lo conseguíamos.
En 1989, cuando, tras la perestroika, caían como hojas de otoño todos los sistemas comunistas del Este de Europa, Manu dirigía el programa televisivo «En Portada». Y me contrató como guionista para realizar un reportaje sobre el fin del comunismo en Alemania Oriental, Rumanía, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y Bulgaria. Alquilamos una furgoneta en Berlín y, junto con el cámara José Luis Márquez y el ayudante de sonido Álvaro Benavent, recorrimos durante casi dos meses aquel universo que se derrumbaba sin remedio. Fue un viaje periodístico inolvidable, que acometimos con pasión al ritmo de la moribunda Internacional y de la Lambada, que sonaban al unísono en las calles durante aquel momento histórico de tanta trascendencia. Naturalmente, llevábamos nuestros pasaportes con los visados de los cinco países que íbamos a visitar.
En la frontera entre Alemania Oriental y Polonia había una garita fronteriza con dos jóvenes guardias polacos sobre el río Óder. Y allí nos detuvimos. Los agentes registraron el coche con desgana después de que les diésemos discretamente una propina y rieron al ver la cantidad de botellas de vodka y vino que almacenábamos en el espacioso maletero. Luego nos pidieron los pasaportes. Y ahí surgió el problema.
El de Manu carecía de visado. Los agentes parloteaban en una mezcla de alemán e inglés y costaba trabajo entenderles. Yo maldecía en todos los idiomas contra el servicio de producción del programa, que se había ocupado en Madrid de los pasaportes. Y Manu se alejó, meditabundo, de la caseta y se puso a pasear junto al pretil del río.
Como le conocía bien, me mosqueé. Me fui hacia él mientras Márquez y Benavent seguían tratando de entenderse con los guardias y le dije:
—¿Qué pasa, Manolete? —Yo le llamaba de tal guisa.
Me miró con cara de niño pillado en una mentira:
—Es que les he dado el pasaporte de repuesto, el que no lleva visado.
—¿Y tienes el otro?
—Sí... y estoy dándole vueltas a cómo cambiarlo.
—Pues no nos queda otra que intentarlo.
Metimos un billete de cien dólares entre las hojas del pasaporte con visado y regresamos a la garita. Uno de los guardias, un gigantón rubio, nos miró, abrió el documento, lo mostró a su compañero, un pequeñajo moreno, y los dos sonrieron, sellaron el pasaporte bueno, nos devolvieron el otro y la barrera se abrió ante nosotros: entramos en Polonia. Un poco más adelante un guardia de tráfico nos paró pretextando que viajábamos con exceso de velocidad. Yo conducía. Con este lo arreglamos por cinco dólares. Así era el comunismo en esos días de su extinción definitiva: una cuestión de dólares.
Durante aquel viaje inolvidable, compramos caviar ruso en el mercado negro de Varsovia, llenamos el maletero de latas húngaras de paté de foie —imitaban a la perfección a las francesas—, jugamos al mus en los nevados Cárpatos y atropellamos una liebre gigantesca, casi del tamaño de un corzo, en las llanuras húngaras: nos la comimos con judías en un restaurante del camino, naturalmente pagando al cocinero en dólares por el guiso. De historias galantes, no hablo.
Y nos nominaron para varios premios internacionales por el reportaje. No recuerdo ahora si ganamos alguno.
Unos años más tarde, en el invierno de 1992, viajamos los dos solos a la Yugoslavia despedazada por las guerras para hacer varios reportajes, encargados por una revista hoy desaparecida. Íbamos en coche desde Barcelona por la cornisa mediterránea francesa e italiana hasta alcanzar la costa croata. Nuestra intención era permanecer alrededor de un mes en varios lugares de Croacia y Bosnia para terminar entrando en Sarajevo, la ciudad cercada por los radicales serbios desde la primavera anterior. Manu había conseguido, no sé cómo, que la Policía Nacional española nos prestara unos chalecos antibalas para recorrer las calles de la urbe acosada por los francotiradores.
Empezamos entrando en la Krajina, una región conquistada por Serbia a Croacia en la guerra de 1991—una de las primeras guerras yugoslavas—, que supuso además una suerte de «limpieza étnica» de todos los ciudadanos de origen croata (los croatas les devolverían la pelota a los serbios en una corta guerra en 1995, expulsando a todos los ciudadanos de esta etnia, un cuarto de millón).
Llevábamos con nosotros un viejo mapa anterior a las guerras y nos metimos en una autopista supuestamente de peaje. Y al poco rato, transitábamos por el desolado territorio de un mundo en ruinas: coches destrozados, asfalto roto por los bombazos, casas quemadas, ni sombra de vida alrededor...
Manu era el tipo de periodista que no cejaba hasta alcanzar lo que consideraba el punto álgido de su posible crónica. Y acabamos en un cuartel de la policía serbia tratando de entrevistar al comisario principal. El resultado fue que nos echaron a cajas destempladas, con la orden de salir de inmediato de la Krajina, y nos pusieron un coche patrulla a las espaldas para asegurarse de que nos íbamos. Manu juraba en arameo.
No sé cómo pudo suceder, pero el caso es que, perdidos en la infame autopista, acabamos en un peaje en donde nos pidieron el ticket de entrada. Y el ataque de risa que nos entró convenció al funcionario que era mejor dejarnos pasar sin pagar nada que discutir por dónde narices habíamos entrado. Olvidaba decir que yo conducía y Manu llevaba el plano extendido en las rodillas, o sea: que él indicaba el camino a seguir.
El maletero del coche iba lleno de embutidos y botellas de licor que habíamos comprado en una gasolinera italiana —Manu era muy tripero—, en previsión de encontrarnos alguna vez perdidos en tierra de nadie. Todo escaseaba en los territorios asolados por la guerra y, a veces, cuando la gazuza entraba, nos echábamos a un lado del camino y papeábamos algo (sobre todo Manu). Pero el tierno corazón de mi amigo vencía a la postre sobre su apetito insaciable: terminamos repartiendo comida entre la gente que no tenía nada y nuestro capó se vació de provisiones.
En Mostar cruzamos el viejo puente del siglo XV que, sobre el río Neretva, aproximaba a las dos comunidades de la ciudad: la bosnio-musulmana y la católico-croata. Era un símbolo de convivencia étnica y religiosa. Un mes después, los radicales croatas lo volaron. Manu y yo casi lloramos al enterarnos, porque los puentes significan comunicación y unión, son una expresión de amor y convivencia.
Manu voló a Washington unos días después, desde Zagreb, para informar sobre las elecciones presidenciales americanas, las primeras que ganó Bill Clinton. Y yo me fui en el coche, solo, hasta Sarajevo. Durante días recorrí la ciudad acosada, cargando con mi chaleco antibalas, que pesaba endemoniadamente. Cuando regresé a Madrid, lo devolví a la policía. Pero el responsable policial me informó de que al chaleco le faltaban varias placas de acero.
Manu me llamó a su regreso de Estados Unidos y nos fuimos a comer.
—¿Sabes algo de las placas del chaleco? —le pregunté.
—Le quité unas pocas en Madrid... porque pesaban mucho. Pero no te apures, yo se las envío a la policía.
De modo que mi amigo me había tenido corriendo por las calles de Sarajevo cargando con un chaleco que carecía de la protección suficiente contra los balazos.
—O sea, que me han podido matar —dije.
Puso cara de niño travieso, el mismo gesto de picardía infantil con el que nos encantaba a todos los amigos, con el que desarbolaba a todos sus enemigos y el que se dibujaba en su sonrisa cuando hacía alguna pequeña trampa al mus.
—Pero yo sé que tú eres un hombre de suerte, Reverte. —Él me llamaba siempre así—. ¿A que ni siquiera te dispararon?
De no tratarse de Manu, le hubiera soltado un guantazo.
JAVIER REVERTE
febrero, 2016
Prólogo a la primera edición: Los felices sesenta
Prólogo a la primera edición:
Los felices sesenta
Cuando los tres periodistas norteamericanos llegaron a Madrid a bordo del jeep japonés Land Cruiser para comenzar aquí la vuelta al mundo me dolían aún las costillas de los golpes recibidos por la policía montada de Franco. Golpes de porra administrados con saña y tino en el curso de aquel 24 de febrero de 1965 por los macizos «grises», a los que entre pedrada y pedrada bautizamos como «desertores del arado». Sentía la espalda y el costillar molidos, y una marca indeleble entre el deltoides y el serrato mayor señalaba la violencia de la pelea. Mi amigo el fotógrafo suizo Willy Mettler, testigo de aquella carga de la caballería ligera de Franco, más de tres años antes del mayo de París, curaba también sus heridas de guerra, un golpe seco en la transversal de la nariz, y las de sus instrumentos de trabajo, una Rolleiflex rota y dos objetivos averiados. Aquel día había hecho un frío siberiano en Madrid. Los diarios de la mañana hablaban de «heladas sin precedentes» en todo el país. En Albacete se había congelado el vino en las tinajas. En Estados Unidos, de donde venían los compañeros de viaje, habían asesinado a tiros al activista musulmán negro Malcolm X. Por la tarde el Real Madrid jugaba con el Benfica. Los cronistas deportivos juraban por sus muertos que Ferenc Puskas estaba plenamente en forma. Se confirmaba en los mentideros taurinos que el Cordobés torearía en la feria de San Isidro. A la señorita Maribel Fraga, hija del iracundo ministro de Información y Turismo, la coronaban reina de las fiestas gaditanas.
Yo era uno de los 5.000 estudiantes y profesores que avanzaban en silencio, dando saltitos de vez en cuando para ahuyentar el frío, hacia el rectorado de la Ciudad Universitaria para pedir nada menos que la disolución del sindicato universitario fascista, la libertad de expresión y de asociación y la reforma de la universidad. Las fuerzas del orden público copaban el perímetro universitario. Había unidades a caballo y camiones cisterna desplegados por doquier con las últimas novedades en técnicas antidisturbios. Los corceles piafaban de impaciencia bajo sus gualdrapas y los jinetes esperaban tan solo una señal para cargar sobre los manifestantes. Sonó de pronto el cornetín de órdenes y la policía montada cargó sobre nosotros sin más dilaciones. Escuché una voz, quizá la del profesor Aranguren. «¡Al suelo!, ¡al suelo!» El profesor Aranguren era nuestro Mahatma Gandhi. Nos sentamos rápidamente sobre la helada acera, en actitud de Satiagraha, de resistencia pasiva. Los camiones cisterna abrieron sus mangas de presión y el hielo pulverizado descargó sobre nuestras cabezas. «Grises» y caballos se abalanzaron sobre nosotros. En pocos segundos vi a una monja resbalar a mi lado de un porrazo y entre gritos e imprecaciones cayeron cuerpos, paraguas, carpetas, libros, y volaron apuntes. Fue un forcejeo rápido, violento, antes de la gran desbandada de los cinco mil. Recibí también mi ración de golpes. Un porrazo en las gafas me dejó miope y otro, certero en los huevos, exangüe sobre la acera. La desigual batalla duró hasta el atardecer. A pedrada limpia nos hicimos fuertes en la Escuela de Agrónomos. Las ambulancias recogieron a docenas de compañeros heridos y varios de nuestros catedráticos fueron llevados en un furgón policial hasta la Dirección General de Seguridad, donde perderían sus cátedras. Según un corresponsal extranjero fue «una de las cargas más brutales que se hayan visto en Madrid desde que terminó la guerra civil».
Eran los felices sesenta. En un cine de la capital se proyectaba Perro mundo de Jacopetti. Los periódicos dedicaban largos artículos a la interpretación del fenómeno James Bond y publicaban notas de la Asociación Católica de Padres de Familia sobre la «agitación estudiantil provocada por los comunistas». En páginas interiores se anunciaba con júbilo tipográfico la noticia de la entrega a Francisco Franco del carnet oficial de periodista y su designación por unanimidad como «periodista número 1 de España». Franco respondía a tal honor con estas palabras:
«Os agradezco la colaboración leal que venís prestando al engrandecimiento de la patria.»
Yo tenía poco más de veinte años y toda la vida por delante cuando en el verano de 1964 mi amigo Willy Mettler me habló por primera vez de una vuelta al mundo en coche para batir el récord mundial de distancia, sin repeticiones, con tres periodistas norteamericanos y él mismo como fotógrafo de la expedición. Estaba yo hasta más arriba del gorro de aquella atmósfera opresiva de la universidad y de las tediosas clases de filosofía y letras, especialidad de Filología Italiana. Era el momento de dejarlo todo. Una revista semanal a punto de salir se interesaba por mis reportajes alrededor del mundo. Ganaba 3.000 pesetas mensuales como redactor de una agencia de prensa y malvivía en una pensión del barrio de Argüelles. Unos años atrás había colgado la carrera de Derecho por el periodismo activo y los vagabundeos a través de Europa. Nada me unía de manera sólida a Madrid, ni siquiera una Penélope que tejiera su lienzo a la espera de mi regreso. Necesitaba oxígeno, una cura psicoanalítica en forma de viaje, sensaciones nuevas, abandonar mi piel y mudarla como una serpiente. O sea, una evasión rápida de aquel mundo concéntrico, más allá de las columnas de Hércules. Y qué digo, no solo la huida por la huida. Existía la tentación al vuelo metafísico, la afición al riesgo, esa curiosidad de viajar que llevamos dentro desde nuestras primeras exploraciones infantiles. Y si el viaje comporta incertidumbre, ruptura total con lo conocido, mejor que mejor. Las ciudades en que vivimos cada vez se parecen más unas a otras. Es hora de partir a la búsqueda ancestral del paraíso perdido.
«The great affair is to move» (lo importante es moverse) ha escrito uno de mis autores preferidos, Robert Louis Stevenson. Cuando era niño seguía con envidia el vuelo de las aves de paso en sus migraciones, espiaba en las estaciones el movimiento de los trenes o acudía al aeropuerto para ver despegar los aviones con la vaga sensación de que me gustaría ir dentro. «¿Por qué el Everest?», preguntaron a Hillary. «Porque está ahí», respondió. También para mí el mundo está ahí, desconocido, al alcance de nuestras ruedas y siento su llamada como un canto de sirena. Ardo en deseos de recorrerlo sin el objetivo unidimensional de los folletos de la agencia de viajes. La oportunidad era enrolarme en la aventura de mis colegas norteamericanos que llegaban aquella noche a Madrid desde el puerto francés de Cherburgo. Decidí por todos los medios no desaprovecharla.
Mi vuelta al mundo en automóvil dependía de aquella noche de pinchos de tortilla y porrones de vino de Valdepeñas en una tasca del Madrid viejo. Yo lo sabía y por ello elegí con gran cuidado el lugar de la cita, un mesón próximo a la Cueva de Luis Candelas. Dos hombres decidían mi incorporación o no a la Trans World Record Expedition y mi futuro en los próximos años. Uno, aventurero, escritor itinerante; el otro, director artístico de una revista mensual de Nueva York. El primero, de espíritu dionisíaco, vitalista y trotamundos —tres veces casado y otras tantas divorciado—, Harold Stevens. El segundo, apolíneo y apegado al orden de las cosas, al sentido del cálculo y la medida, según el esquema de Nietzsche, el judío Albert Podell.
El primer tanteo no resultó muy esperanzador para mis planes.
—¿Tienes conocimientos de mecánica? —me interrogó Harold Stevens, el Jefe.
—Hombre, sé algo... (Ni siquiera cambiar una rueda de repuesto.)
—¿Sabes cocinar?
—Hombre, serví de camarero en un restaurante de Inglaterra... (Mi única especialidad eran los huevos fritos.)
—¿Sabes algo de medicina?
—Hombre, siempre se sabe algo... (Aspirinas.)
—¿Has sido boy scout?
—He ido de acampada alguna vez... (Ni siquiera había sido flecha en el Frente de Juventudes.)
—¿Te mareas al viajar en coche?
—¡Noooo! Por Dios, qué cosas tienes, Steve.
—Enhorabuena, algo es algo. —El Jefe concluyó el turno de preguntas.
Sabía jugar al mus y al fútbol, cantar canciones en euskera, escribir reportajes y otras cosas igualmente inútiles y nada prácticas para dar una vuelta alrededor del mundo.
Era primavera en Madrid. Rodeados de turistas suecas, ligones profesionales y guitarristas aficionados, pedimos el cuarto porrón cuando me puse a cantar Granada con todo el fuelle de mis pulmones.
—Vaya, chico, al menos sabes cantar —aplaudió Steve.
El hielo empezaba a romperse y el Valdepeñas, aunque de baja graduación, me abría camino hacia la Trans World Record Expedition. Steve tomó el porrón y, a pesar de su buen pulso, el vino, mal dirigido, se deslizó sobre su jersey blanco. «El trigo entre toas las flores, ha elegío a la amapola, y yo elijo a mi Dolores...» Mientras en torno a nosotros los seductores profesionales se desgañitaban con el «porom pompero», Steve fue presa del amok, de la locura tahitiana, y se puso a cantar el tamuré.
—Ariajaja, ariajaja, ariajaja...
Grande como un oso y miope como su amigo Hemingway, el Jefe se movía espasmódicamente al ritmo de los Mares del Sur, feliz y estimulado por el vino. A falta de guirnaldas de tiaré y tambores de piel de tiburón, Steve aporreaba la mesa al grito de «upa, upa, upa upa, upa upa».
—Esto marcha —me dijo con un codazo de complicidad mi amigo Willy Mettler.
En efecto, Al Podell, ex redactor de Playboy, asistía complacido a la escena. Solo el cuarto hombre de la expedición, Woodrow Stans, hipocondríaco y eterno bebedor de leche, redactor de un periódico de Illinois, no despegaba los labios ni movía las manos. El Jefe se lanzó a recordar en desorden sus viajes por Asia, África, Oceanía y América del Sur, sus años de marine en China, la cantidad y la calidad del amor de las chicas tahitianas y su generosidad sin igual, su bungalow en Bora Bora, sus aburridos años en la carrera diplomática en Washington y de nuevo las voluptuosidades de Tahití. Había sido el doble de Marlon Brando en El motín de la Bounty y yo, la verdad, no le encontraba mucho parecido. Puestos a comparar, Al Podell se parecía más a Charlton Heston, Woodrow a Woody Allen, y Willy a Charles Aznavour.
Steve es columnista en el periódico Washington Post. Tendrá unos 40 años. Alto y vigoroso, descendiente de rusos, bigotudo o barbudo según las rachas, musculoso, de cuello poderoso y brazos de hierro, procura por todos los medios no acumular un solo gramo de grasa. Lo mismo le ocurre a Al Podell. Cetrino, de pelo crespo muy negro y dentadura blanca, Al ha cumplido los 27 y es todo nervio. Parece recién llegado de un gimnasio. Nunca desdeña exhibir sus bíceps como Mr. Atlas. Steve, el Jefe, como buen washingtoniano, es juicioso y de maneras suaves. Al resulta su contrafigura, lo que los americanos llaman «un tipo mercurial». Al menor contratiempo se excita y brinca como ocurre con el mercurio en el termómetro cuando se le aplica una cerilla. Se le contraen los músculos y sus ojos, bajo unas cejas pobladas, echan fuego mientras su boca lanza sapos y culebras. Wood, por el contrario, es a sus 25 años una criatura asustadiza, temblorosa. Chaparro, mórbido, de ojos minúsculos, piernas débiles, tartamudea ligeramente. Nunca supe cuáles fueron las razones por las que el Jefe y Al se decidieron a contar con él. Gafe y pusilánime, se pasa las horas muertas rumiando sus desgracias, que son siempre muchas e intensas. Willy Mettler, de 24 años, es un feroz individualista como muchos de los grandes fotorreporteros que conozco. Delgado y bajo, fibroso, de rostro romboidal, ojos claros y calvicie incipiente, exhibe una media sonrisa sarcástica, y prefiere siempre hacer la guerra por su cuenta. Terco y muy curioso, es un hombre pegado a un teleobjetivo. Lo apunta todo en un cuadernillo con meticulosidad suiza, desde el precio de un carrete de color o el kilo de dátiles comprados en un oasis hasta el precio de una noche de amor con una profesional. A pesar de su estatura es de una gran energía física e intelectual. Fotografía desde todas las posiciones, tumbado, en cuclillas, dispara sus máquinas en los escorzos más inverosímiles. En realidad parece de goma. Así fue hasta su desaparición en las junglas de Camboya en la primavera de 1971, fusilado por los guerrilleros del Kmer Rojo o triturado por las bombas de los B-52 norteamericanos mientras su esposa, una bellísima bailarina de Bali, Rubik Rustini, le esperaba en vano durante semanas en su hotel de Pnom Penh. El vino y el calor de las canciones habían hecho su efecto.
—Aquí empieza de verdad nuestra vuelta al mundo —dijo «Marlon Brando» con entusiasmo, mientras yo me acababa de un viaje medio porrón.
Aquella noche de porrones y tortilla estaba lejos de saber que en el espacio de más de dos años de viaje por el mundo vendería píldoras con los mercaderes chinos en Tailandia, un mono se comería mi pasaporte en Bangkok, anunciaría el comienzo del fin de la monarquía en Libia, cazaría (es un decir) el tigre en Bengala, la gacela en el Sahara y el canguro en Australia, asistiría a las fiestas del agua en Luang Prabang invitado por el rey de Laos Shivang Vatana, quedaría aislado con mis compañeros a causa de una epidemia de cólera en Afganistán, jugaría al fútbol con el príncipe Norodom Sihanuk en Camboya y con los pelotaris vascos a cesta punta en el frontón de Manila, caminaría por los Himalayas acompañado del primer hombre que subió al Everest, el sherpa Tenzing Norgay, fumaría la gancha con los primeros hippies subidos a Katmandú, pasearía en elefante por la ciudad india de Jaipur en las fiestas del maharajá, tomaría el té con Indira Gandhi, asistiría a la cremación del último rey de Bali, pisaría el paralelo 38 en Corea, comería sesos de mono con unas copas de cóctel de víbora en Hong Kong, me ofrecerían en venta (para mí para siempre), por 15.000 pesetas, a una muchacha tailandesa cerca de la frontera birmana, sentiría la amenaza de las tribus patanas en el legendario desfiladero del Kaiber, volaría en helicóptero sobre el Vietnam en guerra o estaría a punto de ser fusilado en un pueblecito de la India, en plena guerra, acusado de espiar a favor de Pakistán.
Aquellas horas pasadas en la cárcel de Jullundur a la espera de salvarme de la muerte, sentado sobre un charpoy, la cama india de cuerda de yute, en la postura del pensador de Rodin, me sirvieron para reflexionar sobre el sentido de aquel viaje, un rito iniciático, en compañía de cuatro periodistas, a bordo de dos jeeps para mejorar el récord mundial de distancia en automóvil. A la misma hora en que yo esperaba la decisión de un improvisado tribunal de guerra en la India, mis compañeros de aventura, el dionisíaco Harold Stevens, el Jefe, y el apolíneo Al Podell, deshojaban la margarita de la vida o la muerte en una cárcel de Dacca, capital entonces del Pakistán Oriental, bajo la acusación de espiar a favor de los indios.
En septiembre de 1965 la Trans World Record Expedition estaba en el alero. Steve y Al no alcanzaron las playas de Cox Bazar como era su propósito. La policía de Pakistán confiscó nuestro jeep —el otro lo habían vendido en Katmandú—, las cámaras fotográficas, todo nuestro material. Woodrow se había ido a Madrás a recolectar insectos y Willy tomó el último avión de la compañía aérea birmana con dirección a Bangkok. Al llegar a Calcuta mi carnet de viaje marcaba 28.000 kilómetros. ¿Serían los últimos? No lo sabía entonces en mi celda de Jullundur.
Aquella Anábasis había empezado seis meses antes, ya de madrugada, en un mesón de Madrid cuando un borracho cantaba arrastrando las eses: «Y yo elijo a mi Dolores, Dolores, Lolita Lola...» Al fin el Jefe, iluminado por el alcohol, había tomado la decisión después de que Al hiciera un gesto afirmativo con la cabeza: «Chócala, vasco, vendrás con nosotros en la vuelta al mundo.»
Así empezó mi camino más corto.
Prólogo a la sexta edición
Prólogo a la sexta edición
De los veinte libros que he escrito, El camino más corto es el que más satisfacciones me ha procurado. La tarea del escritor es solitaria, siempre a la espera de un eco, de una respuesta. Su libro será, salvo que el autor tenga ya un nombre, una botella lanzada al mar con un mensaje en el interior. Han sido muchos los lectores que desde la publicación de El camino más corto me hicieron llegar cartas, mensajes o me llamaron por teléfono. Grupos de jóvenes decididos a montar una expedición hacia el Karakorum o hacia las sabanas de África vinieron a verme para pedir consejo. Me había convertido, para mi sorpresa, en una especie de gurú de los aventureros.
He viajado alrededor del mundo varias veces, pero no sentí la emoción de aquella vuelta de hace más de treinta años. Es natural, el tiempo pasa, pierdes capacidad de sorpresa, ganas en escepticismo, pero sobre todo debes viajar con prisa, al pie de los acontecimientos, como profesional del periodismo, pendiente del reloj, el calendario y el fax. Esa es una forzada manera de viajar. Cuando tienes poco más de veinte años y te lanzas con ilusión carretera adelante, hacia el placer del descubrimiento sin tener por qué mirar atrás, revives el espíritu de Stevenson: «No pido otra cosa; el cielo sobre mí y el camino bajo mis pies.» Este libro lo escribí doce años después, en pleno ataque de nostalgia. Ya se sabe que vivir del pasado tiene una ventaja: es más barato.
Creo que si El camino más corto tuvo algún eco se debió al optimismo que reflejaban sus páginas. Salimos para recorrer el mundo en seis meses y aquello terminó tres años después. Pasó de todo: no tuvimos infancias felices pero tuvimos Vietnam. Desde entonces el mundo ha empeorado, las fronteras se han hecho más herméticas, la desconfianza, mayor. El viajero en solitario es un sospechoso. Desde entonces la televisión ha barrido el globo. El viaje se ha convertido para muchos en búsqueda desesperada de paraísos perdidos que ya no existen, en una prueba de uno mismo, en una huida. Se sabe mejor por qué abandonas tu casa que lo que buscas en el rincón extremo del universo. Quizás un poco de conversación. Hay quien opina que la obsesión por viajar demuestra el grado de insatisfacción universal. Pero como dicen los árabes, «viajar es vencer». Si te detienes, pierdes. Los buenos viajeros son los que parten por el hecho de partir, los que saben que el mejor viaje es aquel del que nunca se regresa. Son corazones ligeros. Necesitan la dificultad, el riesgo. No se mueven para descubrir el último fulgor del exotismo. «Saben —escribió Baudelaire— que la meta cambia siempre de lugar, y sin saber por qué, dicen una y otra vez, vamos allá.» He regresado, como corresponsal y enviado especial, a todos los países de los que se habla en esta primera vuelta al mundo. Por eso pongo al día El camino más corto, para que el lector tenga una idea más completa de lo que ha pasado desde que nuestro viaje en coche terminó hace más de un cuarto de siglo en la Quinta Avenida de Nueva York.
1. Good bye, Spain
1
Good bye, Spain
Harold Stevens, el Jefe, palmeó varias veces sobre la bruñida chapa del todoterreno como si fuera el lomo de un pura sangre.
Míralo, tócalo, es la octava maravilla del mundo, el último grito de la técnica japonesa, el Toyota Land Cruiser 130 caballos, 3.878 centímetros cúbicos, admite un peso total de 2.600 kilos, capacidad de seis a nueve plazas, con tracción a las cuatro ruedas, depósito de 90 litros de gasolina, velocidad de 130 kilómetros por hora, 4.670 centímetros de longitud, 173 de anchura, 186 de altura. Esta maravilla nos llevará hasta Nueva York por desiertos, mares, tifones, por el imperio de las estepas, hacia donde sale el sol.
Habíamos acampado en Jerez de la Frontera. El jeep de color rojo sangre de toro, pintarrajeado en el chasis con algunas de las marcas norteamericanas que habían cedido sus productos, centelleaba al sol de Andalucía. Al Podell, el coordinador, fregoteaba en los bajos. Saltaba a la vista que le unía una relación casi sexual con este vehículo sólido, recién salido de la cadena de montaje.
—Hay que cuidarlo y mimarlo como a un bebé, como un soldado cuida su fusil. De él depende el éxito de nuestro viaje —dijo.
El equipaje de la Trans World Record Expedition, un derroche del material más moderno, aparecía desparramado por el campamento. Sobre el remolque caravana se alineaban las maletas de mis cuatro compañeros de viaje. La mía era pequeña y modesta, llena de jabones germicidas, cuadernos con tapas de hule, lápices Johann Sindel, botellas de anís Machaquito, un par de navajas de Albacete, puros Farias, un chisquero con mecha de un metro, unos botos camperos, ropa usada, un anorak, una boina de vuelo ancho de Elósegui y varios jerséis de lana gruesa. «Abrígate», me había dicho mi madre en la despedida, como si partiera en dirección al colegio. Y libros, algunos de los libros que habían estimulado mi apetito de viajar —Kessel, Mc Orlan, Malraux, Buston, Stevenson, Conrad, Kipling, Verne, Hemingway, Kerouac y el atlas de Agostini—, que las termitas devorarían en un desierto de la India. Lo que no llevaba era pistola. ¿Habrían pensado en ello Al y Steve?
—¿Armas, dices? Ninguna. Tan solo arcos y flechas como los indios sioux.
El Jefe abre la cremallera de las fundas de cuero donde guarda las precisas armas, los cinco arcos de fibra de vidrio y las cien flechas de competición.
Aquellos primeros días fueron de adaptación al remolque, a las tiendas de campaña y a la vida en común. Cada noche el Jefe presidía las reuniones del grupo y las sesiones de autocrítica.
—Wood, te pasas las horas refunfuñando. Manu, tienes que aprender a montar la tienda iglú. Willy, en lugar de tirar tantas fotografías inútiles, más te valdría manejar el engrasador, eres más inquieto que una ardilla. Debes aprender técnicas de relajación.
El fotógrafo suizo y yo llevábamos haciendo footing por la Casa de Campo de Madrid desde septiembre de 1964.
—Hay que estar en forma para dar la vuelta al mundo, estos norteamericanos se pondrán muy exigentes —opinaba Willy, con razón.
La idea de la Trans World Record Expedition surgió durante un viaje en jeep, que llevó a Steve y a Willy a través de Rusia. El Jefe había dado cinco veces la vuelta al mundo, mientras Al Podell se pasaba años en su despacho de la revista Argosy recibiendo a aventureros que le ofrecían fotografías de un viaje en bicicleta desde El Cairo a Ciudad del Cabo, de una expedición en canoa por el Amazonas o una cabalgada en camello con las tribus nómadas del Asia Central.
—Ahora me toca a mí, ahora el que viaja soy yo —decidió Al Podell un día de tedio y lluvia, en el despacho de su revista de Nueva York.
A lo largo de varios meses, Steve y Al trabajaron para reunir el dinero necesario con que financiar su expedición. La filosofía del viaje ya estaba decidida. No me sorprendió el hecho de que, por tratarse de dos norteamericanos, su meta fuera un récord mundial, superar la marca de la expedición Oxford-Cambridge de 1955 y el recorrido del viaje alrededor del mundo del ex novio de la princesa Margarita de Inglaterra, Peter Townsend, un año más tarde, fijado en 33.790 kilómetros. Nuestro objetivo era batir por 4.830 kilómetros esa marca. En lugar de embarcar el jeep en Singapur hacia los Estados Unidos, como las expediciones anteriores, cruzaríamos Indonesia hacia Australia y de allí hacia Panamá, para subir luego hasta Nueva York: 38.620 kilómetros.
Una vez planificado el viaje, Al Podell, el muchacho judío de Brooklyn hecho a sí mismo, recorrió una a una las agencias de relaciones públicas de Madison Avenue. La elección del automóvil era, obviamente, una cuestión fundamental. La casa Toyota cedió, por un simbólico dólar, un Land Cruiser (Crucero de Tierra) que la marca japonesa había lanzado al mercado yanqui con un eslogan prometedor: «Vaya con él adonde quiera.» Después le tocó el turno al remolque. Steve lo obtuvo de una firma de Wisconsin: una caravana, camper o roulotte capaz de acoger a seis personas. En cinco minutos podía abrirse como un puente levadizo a derecha e izquierda en forma de trapecio isósceles. Después de escribir 500 cartas y hacer cientos de llamadas telefónicas, Al Podell reunió 25 firmas comerciales de Estados Unidos que patrocinarían el viaje. Y allí estaba ahora, ante mis ojos, en el campamento de Jerez de la Frontera, el resultado de todas aquellas gestiones: neumáticos todoterreno, los más grandes del mundo para este tipo de vehículos, docenas de recipientes para gasolina y transporte de agua, linternas, varias tiendas de campaña, dos de ellas tipo iglú, de montaje rápido, gabardinas y chubasqueros, chaquetas, camisas, ropa interior aislante, calcetines, pantalones, guantes, sombreros de varias clases, de cowboy, para safari, para los trópicos, para el monzón, 44 pares de botas y zapatos. Una marca de relojes colaboraba con una docena de cronómetros de pulsera, dos eléctricos para el coche, tres máquinas de escribir y dos radios transoceánicas. Otra firma había cedido cuatro cajas de pilas y siete linternas. Conté cien tubos de sprays, crema de afeitar, repelente contra perros, desodorante. Una empresa de insecticidas envió veinte cajas de pulverizador contra insectos, desinfectantes, cera y crema para limpiar el calzado. Otra compañía aportaba gafas y cremas de protección para el sol, y otra lámparas portátiles que funcionaban con la batería del coche, anticongelantes y tubos de productos químicos para mantener seco el motor y hacerlo marchar en climas monzónicos, mantas, aceites y hasta un bastidor eléctrico de masaje para relajar al conductor y mantenerlo despierto, cuatro cámaras fotográficas y una de cine de 16 milímetros, cacharros de cocina, miles de platos y vasos de parafina, cuatro cañas de pescar, dos magnetófonos, docenas de cintas y mecheros accionados con energía solar, y un morral lleno de bisutería barata.
—Han fallado algunos de los patrocinadores, los del papel higiénico, por ejemplo —me dice Al—, y es porque no puedo comprometerme a enviarles testimonios gráficos del uso de su producto.
En total, un valor de diez mil dólares en equipo y quince mil a tocateja para los dos organizadores de la expedición, todo ello a cambio del envío de fotografías y tests sobre el funcionamiento de los productos. Algunas compañías los cedieron sin pedir nada a cambio y así tuvimos gratis tres mil píldoras de vitaminas, maletines de primeros auxilios, una caja de suero, antídoto contra el veneno de las víboras y una larga colección de otras medicinas.
Con todo este equipaje, la Trans World Record Expedition salió de Nueva York un día de febrero de 1965, a bordo del transatlántico Queen Elizabeth rumbo al puerto francés de Cherburgo. Steve llevaba en el bolsillo un carnet de passage, un documento que le permitía viajar en el coche por todos los países, cuya obtención le había costado ciento cincuenta mil pesetas y su palabra de honor de que no vendería el automóvil.
Desde Washington, el Jefe había enviado un cable a Willy Mettler, que vivía entonces en Madrid, para anunciarle su llegada: en la expedición figuraba un cuarto hombre incorporado a última hora, Woodrow Stans.
En abril de 1965 levantábamos por primera vez las tiendas en Jerez para preparar el salto a Marruecos. Los días pasaron rápidamente en el campamento. Rodeados de mapas e informes de embajadas, estudiamos minuciosamente el itinerario. Había a priori dos problemas mayores en el plano geográfico-político: el Sinaí, zona militar prohibida a la circulación rodada, y Birmania, donde el régimen del general Ne Win había cerrado a cal y canto las fronteras. Tendríamos que embarcar el jeep desde Calcuta a Bangkok, si para nuestra llegada el régimen del general birmano no había sido derribado por otro menos xenófobo, hecho que no ocurrió. Ne Win sigue todavía en el poder.
El periódico nos trajo otra noticia conflictiva que podría ser nuestro primer reportaje: en Marruecos los disturbios de Casablanca acababan de provocar veinticinco muertos; Hassan II había dado órdenes a sus policías de disparar a matar.
—El panorama es el siguiente —resumió el Jefe—: ahora mismo hay guerra abierta en 35 países, lo que coloca en armas a 38 millones de hombres. Y, aún más importante, los desórdenes y disturbios se suceden en 29 de los 34 países situados en nuestro camino. Hay, además, otros obstáculos, como son los visados, por un lado, y la religión judía de Al Podell, por otro, que teóricamente le cierra la entrada en los países árabes. Habrá que enseñarle a rezar el rosario.
Las múltiples vacunas no nos habían producido efectos secundarios. La buena salud y el optimismo reinaban entre los cinco miembros de la expedición pocos días antes de levar anclas. Hasta la dificultad de Birmania, la vimos con nuevas luces cuando Al Podell recibió una carta del director del Museo de Historia Natural de Estados Unidos acompañada de un documento por el que se nos acreditaba como entomólogos y coleccionistas de insectos. «Nos interesan sobre todo —pedía— las termitas de Birmania, el Museo apenas tiene una docena de ejemplares de esta familia.»
El período de adaptación fue beneficioso para todos. Los ejercicios de cocina, de tiro con arco, de montar las tiendas, el estudio rudimentario de la mecánica del Land Cruiser nos llevaron cerca de un mes, mientras Al Podell arreglaba con las autoridades de aduanas la recepción del material recibido a última hora. Fue este un trámite muy engorroso que puso de mal humor al coordinador de la expedición. Además, pese a todos sus intentos de seducción, no había conseguido hacer el amor desde que desembarcara en el puerto de Cherburgo, ni lo lograría, para su desesperación, hasta casi un año más tarde al llegar a Tailandia.
—¿Dónde está la romántica pasión de las españolas? —me preguntaba.
Dos hechos retrasaron, todavía más, nuestro paso a Ceuta. La compra de película virgen en Gibraltar y la decisión de Steve de incorporar a la expedición un nuevo jeep, el Willys que había utilizado en su viaje a Rusia y que Mettler había guardado en un almacén del Puerto de Santa María. Pasó la revisión de un mecánico alemán y le añadimos un pequeño remolque en el que iría parte del equipo.
Era necesario partir velozmente, antes de que las temperaturas en el norte de África subieran al límite. La noche del 19 de abril se decidió el trayecto de la primera etapa: Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto. Esa última noche en España cenamos opíparamente. Blackie, un ex oficial del ejército norteamericano, que había conocido a Steve en Okinawa y que ahora vivía retirado en el Puerto, nos acompañó en la cena. Antes de despedirse nos hizo un regalo «envenenado», una pistola del 38.
—Os hará falta y no dudéis en apretar el gatillo si llega la ocasión.
A pesar de la decisión de no llevar armas de fuego, que complicarían el paso por las fronteras, el Jefe aceptó el regalo y lo guardó en el doble fondo de la cocina de gas.
Dentro de la caravana, el sueño tardó en acudir. Woodrow, el quejica, daba de pronto muestras de una neurótica preocupación. Para él todo era de súbito malos augurios. Al y Willy habían empezado a discutir y lo harían con demasiada frecuencia. Esta difícil relación sería fuente de constantes tensiones en el grupo.
—¿Sabes lo que hacían en Alemania con los judíos, Al? ¡Pastillas de jabón!, ¡pastillas de jabón, Al Podell! —Y estallaba en carcajadas.
Al respondía con el lanzamiento de algunos pares de botas hacia donde Willy estaba acostado. Una noche, cuando por fin habíamos logrado conciliar el sueño, llamaron a la puerta del remolque. El Jefe encendió la linterna. Era una rubia espectacular, de piel tostada por el sol, con un pantalón corto y camisa anudada que dejaba ver el ombligo.
—¡Eh, chicos!, somos tres y venimos en autostop desde Sevilla. ¿Os importa que pongamos nuestros sacos de dormir junto a vuestra caravana? Nos sentiremos más protegidas.
—Bienvenidas a la Trans World —saludó Steve—. Desde ahora estáis protegidas.
Barbara, Elizabeth y Mira, tres enfermeras de Nueva Zelanda que trabajaban en Londres, nos despertaron con el breakfast: café, pan tostado, huevos fritos. Habían hecho ya la colada de nuestra ropa sucia. Aquella visita cambió sus planes de volver a Londres en autostop y los nuestros de viajar solos. Las tres nos acompañaron hasta Túnez. Estuvieron a punto de terminar en el harén de un jeque de los Emiratos. Al mediodía los dos jeeps, los dos remolques, los cinco expedicionarios y las tres hadas buenas pasábamos el estrecho hacia Ceuta. Mi vuelta al mundo había comenzado. Sin embargo, en estos primeros kilómetros, la baraka, el influjo benéfico de los árabes, no iba a estar precisamente con nosotros.
—Good bye, Spain —gritó el Jefe desde el Virgen de África, rodeado por las tres neozelandesas como un pachá y con el viento en popa.
2. Algo huele a podrido en Fez
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Algo huele a podrido en Fez
Fue un ruido seco, como un latigazo. El Jefe, que conducía el Toyota bajo una fuerte ventisca, vio por el espejo retrovisor cómo se desenganchaba la caravana y escogía la libertad carretera abajo.
—God damned!
Seis mil dólares de equipaje estuvieron a punto de despeñarse por un barranco de la carretera de Ceuta a Tánger. Se había partido la cabeza del tráiler.
—¡Alegría, alegría, que empezamos bien! —gritó Willy desde el segundo jeep.
Al Podell tomó enseguida una de sus cámaras —era su reflejo condicionado— y fotografió la escena: nuestra caravana colgada al borde del abismo. Al cabo de una hora habíamos colocado el repuesto y la expedición siguió su curso. Parecíamos una caravana de gitanos modernos. Botas de vino, sombreros, neumáticos, cañas de pescar, recipientes de agua, ropa interior puesta a secar, latas de gasolina, arcos y flechas colgaban de los dos coches. Barbara, Elizabeth y Mira elevaban nuestra moral con canciones de su tierra y un himno al optimismo, El camino a Tipperary.
Cuando llegamos a Tánger era de noche. Logramos encontrar sin dificultad el campamento, una colina cercana al mar, donde cantaban grillos y chicharras. La cena fue improvisada, pero con vino en abundancia. Después de unas botellas sentimos la llamada del océano. Corrimos hacia él con nuestras botellas en la mano, guiados por la luz de la luna. El baño fue relajante y durante un rato nos dedicamos a hacer aguadillas y a perseguir por la playa a nuestras neozelandesas. La voz del almuédano, que entonaba las últimas oraciones del día, la ilaha illa llah (no hay más Dios que Alá), nos recordó que era la hora de volver a nuestro hogar. Luego, bajo las palmeras, rodeados de buganvillas, el Jefe mecanografiaba su diario, Willy limpiaba las lentes de sus máquinas, Al repasaba las cuentas, Wood dormía y las chicas escribían tarjetas postales. Yo leía las breves páginas que Jack Kerouac dedica a Tánger en El vagabundo solitario. «Kerouac y William Borroughs —pensaba— deambularon por estas mismas playas en marzo de 1957.» En efecto, Borroughs acababa de terminar entonces El almuerzo desnudo y Kerouac, excelente mecanógrafo, copió el manuscrito en su casa tangerina del barrio español. Los dos escritores fundaron allí una comuna beatnik por la que pasó Truman Capote, entre otros. Corría el vino barato y la cannabis indica. Borroughs se había rodeado de una cohorte de mozalbetes a los que leía, entre el humo del hachís, páginas de El almuerzo desnudo. Kerouac, por su parte, sufrió una aguda crisis de misticismo. «La única actividad decente que hay en el mundo —diría— es rezar por todos, en soledad.» Sentado en los cafés, bajo los tilos, al olor de los pinchos morunos, Kerouac toma notas para su diario: sus visitas a la ciudad vieja, a la medina, sus impresiones de vagabundo solitario, mientras Borroughs sufre una sobredosis de opio. En una librería del centro he saludado al novelista Paul Bowles. Será «el último de Tánger».
Desde la colina de Tánger, frente al mar, percibía yo ahora los mismos rumores que el padre de la generación beat, chicharras, ladridos aislados, pero, sobre todo, una flauta y un tambor lejano que se elevaban sobre las murallas de la medina. Aunque la multimillonaria Barbara Hutton hubiera abandonado ya su casa tangerina, y lo mismo habían hecho los viejos pederastas ingleses, o quizá por ello, la ex ciudad internacional, venida a menos, conservaba aún cálido su misterio árabe y bereber. Que se lo preguntaran, si no, a Willy Mettler, que se perdió en ese laberinto de los burdeles de la medina. A la hora convenida no concurrió a la cita y me vi obligado a recorrer toda la casbah, la alcazaba, hasta la atalaya gritando su nombre. A mi paso se abrían las contraventanas de los lupanares y asomaban mujeres con velos. No sé cómo no me perdí en aquel dédalo de callejuelas estrechas. Nuestro fotógrafo apareció al fin abrochándose la camisa. Su afición por las mujeres indígenas, siempre preferibles a las europeas, terminaría por hacerse proverbial entre nosotros. No en vano, el suizo había huido como del diablo de la perfecta mediocridad de Zúrich, para sumergirse con entusiasmo en el polvo y las delicias del Tercer Mundo.
Los marroquíes celebraban, en mayo, el año nuevo de 1385 de la era de Mahoma. Durante dos días disfrutamos de la fiesta. Al se compró dos chilabas y Steve, un tambor. A Willy y a mí nos bastaba con cuatro garrafas de vino adquiridas en la bodega española Morenito. Es una suerte que el catolicismo sea una civilización eminentemente vinícola.
—Vaya faena que les hizo Mahoma a estos prohibiéndoles el vino —comentaba el fotógrafo suizo—. Claro que para el caso que le hacen...
Pronto se acabaron las delicias de Capua, los cigarrillos de hash y el té con hierbabuena. Había que volver al trabajo. Cambiamos el aceite del motor para hacer frente al calor y al desgaste del desierto. Limpiamos la cocina, revisamos los dos jeeps y ordenamos los remolques. El Jefe estaba preocupado: sus visados para entrar en Argelia habían caducado hacía unos días.
—Tendremos que ir a Rabat para renovarlos. A estas alturas, según el plan previsto, deberíamos haber llegado a Persia.
Habíamos tardado, gracias a la lentitud de las aduanas españolas, 45 días en cubrir una distancia para la que habíamos previsto 11. Marco Polo fue un viajero afortunado, solo tuvo que cuidarse de los ríos y los ladrones...
El 15 de mayo salíamos hacia Rabat por una carretera limpia y bien pavimentada. Cuando la noche se nos echó encima, acampamos junto a un viñedo. Al cabo de un rato apareció el dueño, nos saludó uno por uno y nos dio la bienvenida a sus posesiones. Se le sentía el alcohol a una legua. La tertulia con Abdul Marrakchi, que tal era su nombre, se prolongó hasta después de la medianoche. Se había fumado dos paquetes de tabaco rubio y bebido una botella de bourbon él solito. Tenía la lengua suelta y se lanzó a recordar sus años de soldado e
