Historias de las dos Españas

Santos Juliá

Fragmento

1

Inventar la tradición para contar la revolución: los escritores públicos descubren la clave
de la historia

  En España hubo un tiempo en que escritores de mérito, clérigos que abrazaban las luces, catedráticos, juristas y abogados que militaban contra el absolutismo pusieron sus conocimientos y sus energías al servicio de una revolución que comenzó en 1808 como levantamiento popular y continuó como guerra contra el invasor, por decirlo con la trilogía canónica del conde de Toreno. Fue, desde luego, una revolución muy especial, porque en realidad los revolucionarios no emplearon la violencia para derribar al poder establecido ni lo tomaron al asalto; más bien, se vieron en la necesidad de llenar un hueco, un vacío de poder. Juan Valera describió el insólito caso afirmando que «el antiguo régimen no existía cuando vino la revolución», brillante paradoja en la que resuena el eco lejano de una aguda observación de Juan Donoso Cortés: la revolución había llegado cuando «la monarquía no era un poder sino un recuerdo»1. Tanto da llegar como venir: la revolución liberal no derrumbó en España al Antiguo Régimen, sino que, cuando llegó, se lo encontró derruido. «Nosotros no estamos en revolución; nos han revuelto», había exclamado en las Cortes Generales, juntas en 1810, un diputado muy opuesto a las reformas entonces emprendidas, según recordaba Alcalá Galiano2. Sorprendente situación que vale desde luego para ese año, cuando las Cortes comenzaron los trabajos destinados a dar a la nación española su primera Constitución, como para 1833, cuando la Reina gobernadora llamó a los liberales para que salvaran el trono de su hija y abrió las puertas a una nueva y más honda revolución; como valdrá también cien años después, cuando el pueblo en la calle se puso a celebrar la caída de la monarquía y el advenimiento por segunda vez de la república. Revoluciones, por tanto, a las que faltaba el primer requisito para serlo: el derrocamiento violento de un trono,

Historias de las dos Españas la conquista del poder, un detalle que quizá explique mejor su destino que dilucidar si lo ocurrido entre 1808 y 1837 fue o no una revolución burguesa, y que ayuda a entender los peculiares relatos que los escritores públicos se sintieron en la necesidad de elaborar para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo bajo sus miradas.

Y lo que aquellos escritores veían era que «abandonada a sí misma la nación, ésta fue la que, por un movimiento espontáneo y general, se levantó declarando una guerra a muerte a nuestros invasores», como recordará luego Ramón Santillán. Pero «una guerra nacional no podía empezar sino por movimientos populares»3, por un «alzamiento general, el más rápido, espontáneo y magnánimo de que la historia hace mención», iniciado en Asturias, baluarte en remotos tiempos de la independencia española, que tuvo ahora la gloria de ser, tras el fecundo y horrible martirio en Madrid de los héroes del Dos de Mayo, «la primera provincia que se levantó audaz y denodada contra la dominación extranjera», como describe el acontecimiento Leopoldo Augusto Cueto, que no se aleja nada de lo recordado por Álvaro Flórez Estrada: apenas recibieron las provincias el llamamiento firmado el 2 de mayo por el alcalde de Móstoles: «“La Patria está en peligro; Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid todos a salvarle”, se conmovieron y clamaron venganza», respondiendo así a la «serenidad y el arrojo que ha manifestado en ese día el pueblo de Madrid»4. Y aunque el poder, o los restos que de él quedaban, seguía en manos de los notables de antaño, gentes que sabían leer y escribir, que disfrutaban de rentas o propiedades e incluso de títulos nobiliarios, o que desempeñaban algún oficio de carácter intelectual, en el hueco abierto por la huida de los monarcas no quedó más remedio que buscar la legitimidad del Estado en el levantamiento popular, que, por serlo, se convertía en nacional contra el invasor. Estaban en guerra, pero se trataba de una guerra tan particular como la revolución, puesto que el Ejército había casi desaparecido y quienes llevaban las armas eran, más que un ejército, unas partidas y, así, la guerra, más que una guerra, era una guerrilla, nombre que se dio a las partidas y que era todo lo que aquellos grupos de gente armada podían hacer; no una guerra convencional, en campo abierto, con ejércitos enfrentados, donde con toda seguridad sólo conocerían la derrota, sino una nueva forma de guerra de atrición y desgaste del enemigo, en la que «el pueblo español [sufría] terribles e incomparables trabajos para adquirir su libertad, de que intenta despojarle un tirano», como escribía en 1809 Pedro Alcánta

Inventar la tradición para contar la revolución ra Corrales en su respuesta a lo que Miguel Artola ha llamado «consulta al país»5.

 
Epopeya de un pueblo en lucha por su libertad e independencia

Fue en Cádiz, con la Junta Central resistiendo el cerco napoleónico después de su estancia en Sevilla, donde se fraguó el relato de aquellos acontecimientos. La Junta había lanzado una consulta al país con objeto de preparar el terreno para una llamada a Cortes, finalmente convocadas por la regencia, que ocupó su lugar. Mientras se producía la convocatoria, y con la libertad de imprenta más que recuperada inaugurada, pudo ampliarse sin límites lo que Manuel José Quintana llamaba en 1808 «opinión pública», a la que tenía por «mucho más fuerte que la autoridad malquista y los exércitos armados» y a la que atribuía el surgimiento de las circunstancias extraordinarias en que se veían los españoles: opinión pública que derribó a Godoy, el favorito insolente que por veinte años estuvo insultando a la nación, y que ha producido «los prodigios de valor que con espanto y admiración de Europa acaban de obrar nuestras provincias». Ésa era la opinión que «coronará nuestros esfuerzos por la independencia que íbamos a perder, y consolidará nuestra fortuna con una organización interior que nos ponga a cubierto de los males que hemos sufrido». Y, en efecto, dos años después de estos augurios, «la voz pública» —como la denomina el conde de Toreno—, junto al vivo y común deseo de gozar pronto de la libertad, consiguió superar todos los obstáculos que se opusieron al progreso de las deliberaciones y alumbró una Constitución. Opinión o voz pública, opinión general, como la definía Flórez Estrada, para quien era «la reina del mundo, cuyo único imperio es indestructible», resultado inmediato de la libertad de prensa, formada en una esfera pública que, por mor del levantamiento y de la guerra contra los franceses, con el consiguiente vacío de poder producido por la ominosa abdicación de los dos Borbones, padre e hijo, gozaba de una insólita autonomía6.

Levantamiento popular y guerrilla sostenían, pues, una clase de revolución en la que había estado muy lejos de producirse aquello que Antonio Alcalá Galiano definirá como «mudanza en las formas o en el espíritu de los Estados, llevada a efecto con violencia y resistidas por una parcialidad más o menos numerosa»7. En Cádiz, la úni

Historias de las dos Españas ca violencia era la ejercida por los franceses, que dominaban toda España y tenían cercada la ciudad. La revolución, pues, no tuvo más remedio que definirse en oposición al francés y a todo lo que el francés representaba y, consciente de sus limitaciones y de lo precario de su fuerza, como restauración de los diversos cuerpos de la legislación española, de «nuestras antiguas instituciones», del Fuero Juzgo, que reconocía ya «la soberanía de la nación del modo más auténtico y solemne», de los fueros y leyes, en fin, que protegían las libertades de la nación y que con tanto cuidado se habían guardado en Aragón y Castilla. No fue extravagante ocurrencia atribuir en tales circunstancias «los desastres que la nación padece» al olvido en que habían caído «aquellas saludables instituciones que en tiempos más felices hicieron la prosperidad y la fuerza del Estado», como recordaba la misma Junta Central en su acuerdo de convocar Cortes; una evocación tantas veces y en tan diversas circunstancias reiterada, que lleva a Pierre Vilar a identificar una «nostalgia medieval» como característica de la ideología liberal española, detalle que quizá convenga más a los poetas e historiadores rebosantes de romanticismo de los años treinta que a los revolucionarios de Cádiz, con poco tiempo y escasa disposición para dejarse llevar de los sentimientos enervantes que veinte años después harán estragos en sus filas8.

En todo caso, cercados en lo militar por los franceses y combatidos en el terreno de las ideas por los defensores a ultranza del absolutismo y de la reacción, como los célebres frailes Rafael de Vélez y Francisco Alvarado, que tenían la revolución como resultado de la conspiración universal de las fuerzas del Mal reunidas en las sectas de los filósofos, masones y jansenistas9, invocar los principios de la Ilustración como cimiento del nuevo Estado era impensable; menos aún importar a las claras los de la Revolución francesa. Era preciso recurrir a tiempos remotos, inventados como pasado de la nación, para legitimar lo que se hacía en el presente, esto es, constituir un nuevo Estado sobre la nación limitando los poderes de la Corona: «Por la Constitución goda, y después por la castellana, nuestros soberanos jamás han sido absolutos», escribía el mismo Pedro Alcántara. Si no desde tiempo inmemorial, por lo menos desde el siglo v existía ya en España la «Junta de Cortes o convocación de la Nación por medio de los representantes de los pueblos», aseguraba desde Granada Andrés Diest de la Torre. Nada «que no estuviera consignado en la venerable legislación española» ofrecía la comisión encargada de redactar la Constitución, dijo Agustín de Argüelles al presentar ante las Cortes

Inventar la tradición para contar la revolución el «Discurso preliminar»: sólo en el método había novedad. Pero por lo que se refería a la sustancia, bien sabían todos los versados en historia y en legislación antigua que nada se había tomado de «naciones extrañas». La Comisión recordaba con dolor el velo que en los últimos reinados había cubierto «la importante historia de nuestras Cortes». Hora era ya de descorrerlo, pues bien se podía demostrar que la soberanía de la nación estaba más que reconocida y proclamada de modo auténtico y solemne en las leyes fundamentales del Fuero Juzgo10.

Lo singular del caso consistió en la pretensión de fundar las nuevas libertades sobre el artificio de restaurar una tradición que, con origen en la monarquía goda, habría sido liquidada por el despotismo: una tradición inventada, por tanto, para la excepcional ocasión de volverla a la vida. Pues la tradición restaurada no podía ser la del Estado venido al suelo de un simple manotazo propinado por las tropas napoleónicas —la monarquía absoluta, o, como también se le llamaba, la tiranía, el despotismo—, causa de la desgracia que todos y la nación misma padecían, sino la propia de los reinos de Castilla y de León antes de que una injerencia extranjera hubiera desviado el curso natural de su historia. Pero situar en una intromisión exterior el origen de la ruina no era sino leer el pasado sobre una plantilla muy real en el presente: un ejército extranjero devastando la nación. La urgencia de esta revolución restauradora de instituciones tradicionales radicaba en que la nación estaba a punto de perecer precisamente porque aquellas antiguas instituciones habían sido abolidas por la tiranía y no estaban allí, activas, para hacer frente al enemigo. El patriotismo, como escribió Quintana inmediatamente después de las primeras y engañosas victorias sobre los franceses, no aparece sino cuando las adversidades públicas lo despiertan y las agitaciones políticas le vuelven su energía, pues sólo entonces «se ve en realidad o en esperanza una patria».

Ver en realidad o en esperanza una patria que los españoles habían perdido de vista, porque les fue arrebatada cuando los Austrias entraron en Castilla. La llama de aquella «nación que un día reina del mundo proclamó el destino», como la había cantado Quintana, se apagó en Castilla «cuando Villalar vio espirar a Padilla en un indigno suplicio; en Aragón cuando fue degollado Lanuza en Zaragoza; en Cataluña cuando faltó Pablo Clarís». Desde entonces, poco o nada de patriotismo hay en España. Si antes de la guerra contra el francés «se preguntaba qué era Patria, el pobre lloraba, el magistrado arrugaba

Historias de las dos Españas las cejas, el egoísta se sonreía y se burlaba, y el hombre religioso señalaba el cielo con el dedo»11. La presencia de los ejércitos napoleónicos reavivó en quienes se habían levantado por la independencia y por la libertad, o sea, por la patria, el recuerdo de la llegada tres siglos antes de una dinastía extranjera que impuso un poder absoluto, cerró las Cortes, abolió las instituciones de la tradicional democracia española, cercenó el poder de la nobleza y dejó al pueblo sin representación. Ahí radicaba la causa de la palpable decadencia de España, que en las presentes circunstancias estaba lejos de ser una figura retórica, una invención para animar a los corazones dubitativos a emprender la tarea revolucionaria. La nación, sencillamente, había sucumbido ante el empuje de los ejércitos franceses, dueños en un santiamén de todo el territorio peninsular. Hemos de confesar, escribía Antonio Capmany, que «en tan triste desconsuelo no se ha visto hasta ahora ninguna nación: sin rey que la rija, sin sucesor cierto que la anime, sin corte o capital que la ampare en su centro, sin gobierno constitucional que la defienda, sin legisladores que la guíen, sin tribunales estables que velen y la protejan […]»12.

Quedaba sin embargo el pueblo, alzado en armas contra el invasor y sujeto central, por tanto, del relato del levantamiento, guerra y revolución de los españoles: raza de héroes que ante el altar de la patria ha jurado: «¡Antes la muerte que consentir jamás ningún tirano!». Como Manuel Azaña observó con una agudeza cultivada en la lectura de Juan Valera, la guerra contra los franceses «magnificó a la gente baja» y a ella se debió «la rehabilitación literaria y moral del pueblo, el auge de su valor como materia poética y el aprecio menos desdeñoso de sus virtudes […] En el pueblo residían intactos la entereza, la hombría, el arrojo»13. Es el pueblo de Madrid, hombres, niños y mujeres, «las briosas madrileñas, honra y gloria de la Nación»; son los españoles, «que aunque abatidos por un gobierno ignorante y despótico, nunca habían sido tratados de un modo tan indigno y arbitrario […] no podían dejar de exasperarse y jurar en su corazón odio y venganza [ni] podían ver con indiferencia derramar la sangre de sus inocentes hermanos sin otro motivo que el de dominarlos»; son los impenetrables valencianos, los invencibles y firmes aragoneses, es la Navarra que sale al encuentro de las legiones fugitivas, el señorío de Vizcaya que levanta el estandarte de la independencia y de las libertades de las traidoras trabas que entorpecían los esfuerzos de su patriotismo, el digno principado de Cataluña, que se ha hecho acreedor a la gratitud y reconocimiento de la Patria…; son, en fin,

Inventar la tradición para contar la revolución

«doce millones de almas, fuertemente unidas entre sí por el vínculo más sagrado que se conoce entre los hombres, el amor a la patria» y que han logrado que España vuelva, más gloriosa que nunca, a ser la primera entre las naciones, pues la causa que los españoles defienden es la de todo el mundo14.

«Si la España triunfa, se acabó para siempre la tiranía, y la Europa volverá a su antiguo ser y recobrará su antiguo equilibrio», escribe también Quintana en momentos de emoción patriótica, cuando da por seguro el triunfo de España sobre el invasor. La exaltación del pueblo en su resistencia no se limita, pues, a España: Fichte, recuerda Fernando Wulff, «tenía como libro de cabecera a la Numancia y a los españoles como ejemplo». «Cuando la España alzó el grito de la independencia, sola entre las naciones del continente que habían sido ya esclavizadas, todos los amantes del bien volvieron los ojos admirados hacia ella; […] se miró a los españoles como libertadores del continente», escribió Blanco White, habitualmente menos entusiasta acerca de lo que se podía esperar de la España y del pueblo español y que, no sin razón, pensaba que llamar revolución a «los trastornos de España era un mal principio para explicar los acontecimientos de aquel reino». Pero ni siquiera a Blanco escapó la evidencia de que «los pueblos que han probado el yugo de los franceses han adquirido la fuerza que da la desesperación». Un pueblo como el español, infeliz sin conocerlo, ignorante, creído en que nació para obedecer ciegamente, para trabajar sin gozar de nada, que apenas se atreve a pensar en que es esclavo y miserable, sólo podría libertarse sufriendo una revolución verdadera. Blanco no creía que la española lo fuera, aunque no desesperaba, en 1810 y escribiendo desde Londres, de que algún día llegara a serlo15.

Pueblo en lucha contra el invasor se convirtió así, por obra de los escritores públicos, en sujeto de un relato que pretendía dar cuenta de lo ocurrido en las calles de las ciudades y pueblos de España cuando se vieron invadidas por las tropas francesas. Si alguien había resistido la invasión, no había que buscarlo entre los estamentos privilegiados del Antiguo Régimen: la monarquía y la corte cayeron de rodillas ante el emperador y tomaron el camino de Francia. Ante tamaña defección, el pueblo, según lo vieron con sus ojos quienes contaban sus hazañas, había conservado su vigor antiguo y ofrecido una dura resistencia, a costa de verter generosamente su sangre. Era, por tanto, la nación que seguía viva, o que despertaba o resucitaba; y los reunidos en Cádiz, que hablaban en nombre del pueblo alzado

Historias de las dos Españas por su independencia y su libertad contra los franceses, no podían verse más que como representantes de la nación que proclamaba su soberanía. Es el pueblo, la nación, la patria, la España, que en el lenguaje de la época y durante décadas se pronuncian tantas veces de forma indistinta, como designando lo mismo: «Es España la que todo lo hace por sí y recobra el poder soberano que originalmente se derivó de sí misma, repele las huestes enemigas, forma ejército y derrama su sangre en defensa de su libertad. La nación es quien todo lo ha hecho y quien todo lo puede al presente», resume con fuerza desde Totana, en su respuesta de 22 de julio de 1809, el abogado Ignacio María de Funes Ulloa16.

Todo esto acabó por confluir en los debates que acompañaron la gestación de una Constitución para otro Estado. El armatoste del absolutismo había sido derribado por Napoleón, pero al no reconocer su obra ni a su hermano como monarca de la nación española, los reunidos en Cortes no podían aceptar tampoco la abdicación del viejo Borbón, arrancada por la violencia y, lo que era más grave, sin el consentimiento de la nación. El joven Borbón, abdicado también sobre la marcha, desconocido como monarca y, por tanto, deseado por todos, era el rey de España, o más bien seguía siéndolo. Pero no como lo había sido su padre, puesto que era la nación en el ejercicio de su soberanía la que lo reconocía como rey. Era la nación la que restablecía el orden natural de las cosas, o, como recordaba años después Agustín Argüelles, lo reformaba y, al hacerlo, reconocía «las leyes fundamentales de la monarquía de España antes de que depravasen su índole dinastías extranjeras»17. Los que contaban en estos términos la historia de la nación negaban entidad o carácter nacional a tres siglos de historia, saltando por encima de la tiranía o el despotismo que había prescindido de la representación legítima de la nación y disuelto o no convocado sus Cortes, para ir a dar directamente a los siglos en que la nación gozaba de soberanía y limitaba el poder de la Corona por medio de las Cortes en el plano nacional, de los concejos en el local.

El relato liberal de un pueblo que lucha por su libertad e independencia renovando antiguas instituciones servía para expresar el sentido de la guerra contra los franceses en una circunstancia tan anómala como la de un vacío de poder y el proyecto de construir un nuevo Estado cuando sólo una ínfima parte de su territorio gozaba de aquella independencia y libertad. Lo lograron, como ha escrito Luis Sánchez Agesta, con elegancia, profundidad y agudeza: en el ambiente

Inventar la tradición para contar la revolución de Cádiz, y por boca de grandes oradores como Muñoz Torrero, Argüelles, Mejía, o de poetas como Quintana o Sánchez Barbudo, se formularon las ideas fuerza del constitucionalismo español: la tradición soterrada de instituciones de libertad, que renacían con el resurgir de una España abatida por la decadencia; la soberanía de la nación que afirmaba su independencia frente a un enemigo en una guerra nacional; la libertad de expresión como signo de un gobierno de opinión que identificará a la nación con sus representantes; la racionalización del poder por el que la nación en ejercicio de su soberanía restauraba las Cortes; la defensa de la libertad y la afirmación de la igualdad de todos los españoles; la importancia de una democracia municipal que dejaba libertad para que los intereses personales fueran los agentes del bienestar o del progreso. Caso único en la historia del constitucionalismo universal, según Sánchez Agesta, el «Discurso Preliminar» significa, en efecto, la transformación de la resistencia a una invasión en la constitución de una nación, el momento en que, como ha visto Álvarez Junco, «un patriotismo étnico pasó a ser plenamente nacional»18.

En la articulación de un relato que sirviera para echar los cimientos de un nuevo Estado sobre una nación soberana que reconocía, en el ejercicio de esa soberanía, el poder del rey a la par que lo limitaba, es donde hay que buscar la primera intervención de estos escritores públicos, o intelectuales antes de «los intelectuales». Les acompañó una singular fortuna: una gran nación en el pasado que habría perdido su antiguo lugar entre las naciones debido a la llegada del despotismo de manos de un príncipe extranjero pero que recupera su independencia gracias al soterrado vigor de su pueblo será el marco en que se pensará durante siglo y medio la historia de España. Como es habitual en la invención de los grandes relatos, no toda la materia del fabricado por los liberales en Cádiz y confirmado luego por la experiencia de otro despotismo, el restaurado por Fernando VII, fue producto de la imaginación de sus autores. Sin necesidad de buscar más lejos, alguien situado entre la Ilustración y el Romanticismo, José Cadalso, había contado en su tercera carta marrueca la historia de aquella «península llamada España» con materiales muy similares a los que se utilizarán durante los años de revolución: la feliz situación que le permitía ser abundante en oro, plata, azogue, hierro, piedras, aguas minerales, ganados de excelentes calidades y pescas tan abundantes como deliciosas; la resistencia heroica ante la codicia de los fenicios, cartagineses, romanos; los reinos levantados sobre las ruinas de la monarquía

Historias de las dos Españas goda española; la incorporación de provincias tan diferentes en dos coronas y ambas en el matrimonio de Fernando e Isabel, príncipes inmortales que habrían podido dejar a sus sucesores un imperio mayor y más duradero que el de Roma si no les hubiera negado el cielo el gozo de un hijo varón a trueque de tantos como les había concedido; el traspaso del cetro a una casa extranjera, la de Austria, que gastó los tesoros, talentos y sangre de los españoles en cosas ajenas a España y en conciliarla el odio de toda Europa por el exceso de ambición y poder a que llegó Carlos I; los ejércitos, armadas y caudales gastados por su hijo, Felipe, en propagar las ideas de su ambición, dejando al pueblo extenuado con las guerras, afeminado con el oro, disminuido en población, deseoso de descanso hasta que a la muerte de Carlos II España no era «sino el esqueleto de un gigante»19.

Faltaba, claro está, a los materiales utilizados por Cadalso algunos ladrillos que él no podía fabricar, y que serán los que proporcionen a la trama todo su sentido o, más exactamente, los que transformen el relato ilustrado en liberal, configurándolo de tal manera que de él se desprenda un proyecto de futuro sostenido en la instauración de la libertad. Faltaba que ese pueblo extenuado, afeminado, tumbado de cansancio, se levantara y comenzara a llenar de sangre el esqueleto de aquel gigante, devolviéndole a la vida hasta reconquistar la feliz situación perdida. Eso no lo podía contar Cadalso; eso sólo lo podían contar en Cádiz, porque sólo allí fue posible introducir en la historia el hecho decisivo del alzamiento popular. En todo caso, como en Cadalso y en tantos otros, la historia comienza por la alabanza de las bellezas y frutos naturales de los que aquella tierra gloriosa estaba adornada. La España, por su localidad, disfruta de estaciones de suma moderación de tal modo que la abundancia y dulzura de sus producciones hacen el carácter de sus naturales firme y suave. Las artes, tejidos, lanas, minas, la fortaleza de sus habitantes, la unión que entre sí tienen sus provincias la han hecho dar el tono en Europa en otras ocasiones, escribía Antonio Panadero, y no era el único, en su respuesta de 1809 a la consulta al país20.

Nadie como Francisco Martínez Marina ensambló con tanta fortuna todos los materiales del relato liberal hasta darles forma definitiva en una auténtica obra maestra de creación cultural: su Teoría de las Cortes. La naturaleza, escribe en 1813, en una de las últimas grandes expresiones del género de laus Hispaniae, había colmado a España de beneficios y le había prodigado todas sus riquezas. Bajo su cielo

Inventar la tradición para contar la revolución apacible, saludable, hermoso, se hallaban todos los climas, y la fertilidad y varia temperatura de su suelo, que a ninguno reconocía ventaja, era capaz de todos los frutos. Cielo, suelo, situación geográfica, hacían de España una «feliz región», con una prodigiosa abundancia de los frutos de primera necesidad, y una ventajosa posición de sus puertos que permitía emprender largas navegaciones y llevar a todas las partes sus propias riquezas21. Pero si todo eso fue efectivamente así, si España era región tan privilegiada, con una tierra tan pródiga, «¿a qué puede atribuirse la desdicha que padece si es tan fértil y sus habitantes son tan laudables como se manifiesta?»; ¿cómo es posible que excediendo a casi todas las naciones en principios y en medios de engrandecimiento y prosperidad, se hallara en el presente tan abatida, y no disfrutara ya entre las grandes sociedades de crédito ni de consideración, ni ocupara el lugar al que le llamaba la misma naturaleza y le señalaba la política? Tal fue el problema central al que se enfrentó esta generación de escritores públicos que se negaban a atribuir «estas calamidades y desórdenes a la estrechez y miseria del país o a la mala índole de sus habitantes»22.

Pues, efectivamente, lo que interesaba por igual a quienes respondían la consulta en 1809 y a Martínez Marina cinco años después cuando entonaban su particular laus Hispaniae, no era cantar el hermoso cielo de España ni su fecundo suelo, sino encontrar la causa de su abatimiento y postración para de inmediato poner remedio: cómo un país tan dotado por la naturaleza ha llegado a semejante estado de decadencia. Y ahí es donde se introduce una conjetura histórica que hace las veces de clave para entender el presente como culminación del pasado, como ya había sido el caso en la Ilustración francesa y escocesa cuando Turgot y Smith, cada cual por su lado pero ambos en 1750, enunciaron la célebre teoría de los cuatro estadios como ley de desarrollo o progreso de la historia universal23. Martínez Marina, con el propósito invertido de mostrar las causas por las que España había decaído tanto hasta el presente, procedió del mismo modo y, engarzando «ideas tradicionales y liberales, tesis escolásticas y otras que proceden del iusnaturalismo racionalista»24, construyó un relato de la historia de la nación sobre la conjetura de que otra hubiera sido la fortuna de la monarquía, su crédito y su reputación en Europa, si los príncipes de la dinastía austriaca, llamados a ocupar el solio de España cuando se extinguió la casa de Castilla, hubieran imitado la conducta de los Reyes Católicos, que por haber respetado a las Cortes elevaron a la nación al punto de su mayor gloria y engrande

Historias de las dos Españas cimiento. La gloria procedía de que, desde fines del siglo xi, cuando Castilla «comenzó a ser nación» y a ocupar un «lugar muy señalado entre las más cultas y civilizadas de Europa», las Cortes habían conservado el Estado, la existencia política de la monarquía y la independencia y libertad nacional. Estado, monarquía y nación en su mayor esplendor que, ¡ay!, aquellos príncipes extranjeros, llegados a comienzos del siglo xvi, no supieron conservar al desentenderse de sus más sagradas obligaciones. Sin miramientos a las costumbres, a la constitución y a las leyes del país, sólo trataron de disfrutar del patrimonio, esquilmar esta heredad, disipar sus riquezas, prodigar sus bienes y su sangre en guerras destructoras que nada importaban a la nación: ésa fue la causa de la ruina de España25.

De modo que la revolución —o lo que fuere— llevada a cabo en Cádiz por aquellos hombres de letras políticos buscó su legitimidad en una narración que daba a la nación española por constituida en la plenitud de libertad e independencia en tiempo de los godos. «Los españoles fueron en tiempos de los godos una nación libre e independiente», dice Argüelles; los godos, de eterna memoria en los fastos de nuestra historia, son los restauradores de la libertad española, escribe Martínez Marina con un entusiasmo en el que José Antonio Maravall señala la persistencia de una antiquísima línea tradicional y «un sentido de continuidad, común con nuestros humanistas y opuesto a la tendencia europea»26, por más que lo que se pretendía con aquella resurrección de la tradición era precisamente volver a situar a España a la altura de las naciones europeas. Tradición y continuidad que no libraron a su autor, por cierto, de la denuncia y persecución de sus censores, que le acusaban ante el Tribunal de la Inquisición, restaurada por Fernando VII, de ser «mal clérigo, peor político, espurio español, soluble, inconstante, y de carácter despreciable», sarta de denuestos de la que es preciso retener, por su posterior uso contra todo lo que, incluso disimulado, oliera a extranjero, lo de español espurio, como era la sospecha de los inquisidores27.

En todo caso, los godos: tras la alabanza de las condiciones naturales, del clima, el suelo, los productos de la naturaleza, tal es el punto de partida metahistórico de este relato que da a los españoles por constituidos en su ser desde los remotos tiempos medievales, un ser caracterizado por dos notas perdidas en el momento en que se cuenta su historia: libertad e independencia. Aquel pasado de grandeza se definía, en efecto, por las leyes justas y sabias, el gobierno del pueblo, las instituciones representativas, los límites al poder del mo

Inventar la tradición para contar la revolución narca, los pactos. Y a la vista de todos está que el presente de ruina se caracteriza por el sometimiento de la nación a un poder extranjero que ha invadido el suelo de la patria, tiraniza a los españoles y amenaza la independencia de la nación. Algo habrá debido de ocurrir, entre aquel pasado de grandeza y este presente de ruina, algo necesariamente ajeno al ser de la nación, una violencia infligida desde fuera, una intromisión exterior que ha desviado el curso natural de la historia de la nación, a cuya grandeza ha sucedido una digresión impuesta por una fuerza extraña. Y como su resultado fue una pérdida de libertad, el desvío habrá sido causado por la tiranía, el despotismo, que al culminar en la pérdida de independencia, será atribuido a una dinastía extranjera. No se dice que eso no sea España, sino que es un principio externo actuante en suelo español y que afecta al propio ser de la nación, lo pone en peligro, amenaza con su desaparición. Es un principio que ha alcanzado su más perversa capacidad de destrucción en los últimos años del anterior reinado.

Pero la historia podría haber ocurrido de otra manera: ése es precisamente el supuesto de todo relato liberal con el que, conjeturando un pasado, se intenta transmitir sentido para una acción en el presente que pretende corregir, reformar o revolucionar el actual estado de cosas: España podía volver a ser la patria que en algún recodo de la historia habían perdido los españoles. Éste es todo el sentido del relato acerca de un pueblo levantado por su libertad e independencia; ahí radica su implicación ideológica liberal. Ni la tierra ni el carácter de sus gentes han determinado el funesto destino de España. Tampoco a sus instituciones auténticas, a las que respondían al verdadero ser de la nación —a la tierra, a las gentes, a las instituciones—, debía España los momentos de gloria tantas veces evocados en la guerra contra el invasor. Fue la invasión exterior lo que produjo la ruina de España. ¡Ah!, pero ése no es un destino irremediable: sólo «en pueblos o cobardes o estragados rueda a su placer la tiranía», dijo Dios por boca de Quintana. Pues bien, ha sonado la hora de despertar. «Despierta, España, despierta […] La fuerza mande; ella decida; / nadie incline a esta gente fementida / por temor pusilánime la frente». Luchar contra el francés es como luchar por la reconquista de la patria: «Asturias fue quien lo arrojó primero»; es como tomar la revancha contra la tiranía introducida por los Austrias, cuando «la flaqueza de tus cobardes hijos pudo sola así enlutar tu sin igual belleza», madre España28. Es, en definitiva, la continuación de una historia que nunca debió haberse desviado de la ruta de su independencia y li

Historias de las dos Españas bertad prístinas, y que un pueblo levantado contra el invasor en una revolución que restauraba las auténticas instituciones de la nación volvía a colocar sobre sus verdaderos raíles.

La anomalía española o donde se torció la historia

Pero los pueblos, tal como los veía José de Espronceda después de su largo exilio, no se lanzan de una vez en el abismo de la revolución: «al llegar a las orillas del mar alborotado de sangre que les espera, tan fácil es contenerlos como empujarlos; una palabra, una leve esperanza, una ilusión engañosa los detiene en su marcha precipitada». Avance y retroceso, voz del pueblo que arroja del poder a hombres inútiles que para nada servían, pero también multitud ignorante que aclama el despotismo y aun hace esfuerzos para sostenerlo; «espantosa diferencia […] de la España heroica de las Cortes a la España nula de Fernando», como la definía Flórez Estrada. En este vaivén de pueblo libre a pueblo esclavo pasaron los años de revolución liberal, reacción absolutista, nueva revolución —ahora progresista—, guerra civil y nueva reacción, esta vez moderada. La revolución no era capaz de liquidar a la facción reaccionaria. Algún daño, algún torcimiento de la historia debía de haber ocurrido para que España permitiera que «las cosas volvieran al ser y estado en que se hallaban en 1808», y que después de que saliera de Las Cabezas de San Juan, en 1820, «la chispa que incendió los hacinados combustibles amontados en la península», retornara a ser un «cadáver desde el año de 23». Hasta que la voz del pueblo se dejó sentir una vez más en septiembre de 1835, «después de que se cerraron para Fernando VII las puertas de la vida y se abrieran las del templo de Jano para España», como lo dice Antonio Pirala. Los paisanos de una misma provincia, los naturales de un mismo pueblo, los amigos de una misma vecindad, los hijos de un mismo padre, militan con encarnizamiento en bandos opuestos: la revolución seguida de guerra civil, para mayor desventura de España29.

Este sentimiento de tarea inacabada, de flujo y reflujo, de patria por hacer, de un mismo pueblo dividido en dos bandos opuestos, imprime al relato de la revolución un nuevo sesgo a partir de la aparente consolidación del moderantismo: algo se ha torcido en la historia de España cuyos efectos duran hasta el presente. El duque de Rivas, que había visto a la excelsa España gozando «feliz tantos laureles» des

Inventar la tradición para contar la revolución pués de terminar la guerra de independencia, lamenta en 1840, retirado en su palacio de Sevilla —manifestando con su «lamentación» lo que Vicente Llorens ha definido como desengaño liberal—, que aquella espléndida victoria sólo reportara «laureles infecundos»30.

Francisco Martínez de la Rosa publicaba en 1851, por su parte, un Bosquejo histórico de la política de España que situaba a finales del siglo xv el gran momento de Castilla sólo para lamentar el curso que los acontecimientos habían tomado desde entonces. Había gozado Castilla de un gran pasado y contemplaba un presente que prometía gloria, pues el dolor por la pérdida del príncipe don Juan, primogénito de los Reyes Católicos y heredero de sus Estados, «se templó en parte al ver pasar los derechos de sucesión a la reina de Portugal que debía transmitirlos, después de su muerte, a su hijo don Miguel, heredero de una y otra corona». Se abría la puerta a la unión de «ambos reinos de la Península bajo un mismo cetro, formando la monarquía más poderosa de Europa y con inmensas posesiones en todas partes». Pero todas estas cuentas se vinieron abajo cuando quiso «la mala estrella de España» que murieran también la reina de Portugal, su hijo y la Reina Católica. Muerto Fernando, aportó a las playas españolas el príncipe don Carlos, de aventajadas partes, de entendimiento claro y ánimo generoso, pero escaso de años, falto de experiencia, ignorante de las leyes, de los usos y hasta del habla de la nación que iba a gobernar. Mal aconsejado, violó sus juramentos y venció a la nación que se había alzado en armas en defensa de sus fueros. A partir de ahí, desembarazada de freno, la potestad real abrió cimiento al régimen absoluto que acabó con la libertad de España y preparó su decadencia y ruina, con los incalculables perjuicios derivados de la necesidad de mantener «provincias lejanas»31.

Martínez de la Rosa no hacía más que insistir en lo que será uno de los grandes tópicos del siglo xix. Agustín Argüelles, en su Examen histórico, había recordado pocos años antes la llegada al gobierno de Carlos I, un príncipe extranjero, joven, inexperto y mal aconsejado. El reino se llenó bien pronto de disensiones y disturbios, que acabaron por dividir a la nación en dos bandos. La alta nobleza, con el clero superior, después de promover el descontento y la furia popular, separó sus intereses de las demás clases y se adhirió al partido de la corte. No contenta con el triunfo en el campo de batalla hizo degollar a los jefes de sus adversarios y «lo entregó todo a discreción del rey». Nobleza traidora que muy pronto tendrá también su merecido: destruidos los fueros y derechos de la nación, sólo era cuestión

Historias de las dos Españas de tiempo y de favorables circunstancias que el monarca privara también a los privilegiados de sus prerrogativas políticas. En Toledo, en 1538, con la negativa de la nobleza a entregar subsidios, «terminaron en Castilla los privilegios aristocráticos», y fue este trastorno el que dio principio a «una nueva era en que la nación comenzó a decaer rápidamente, aunque no se echase de ver por algún tiempo, deslumbrados los incautos por el falso brillo de expediciones y conquistas»32.

«Perecen las libertades públicas en los campos de Villalar»: fue tanta la fuerza de este argumento, establecido durante la revolución, consolidado cuando el Romanticismo, que el primer historiador de cabecera de las clases sociales ascendentes en los años de moderación, Modesto Lafuente, lo codificó en la década de 1850 en todos sus términos con su Historia General de España, «elemento de ornato y de prestigio en los armarios y en las librerías de la clase media y alta», como la definió José María Jover33. Lafuente, como ya había sido el caso entre sus antecesores, se mostraba orgulloso de la ascendencia goda de los españoles, consideraba la Reconquista como la gran epopeya nacional, y dedicó rendidos panegíricos a los Reyes Católicos y a su reinado: letras, artes, comercio, leyes, virtud, religiosidad, gobierno; en todo había brillado la nación34. Todo se tuerce, sin embargo, cuando la llegada del príncipe extranjero solivianta los ánimos populares hasta el punto de desencadenar una verdadera revolución: las tiranías y rapacidades de los ministros flamencos; la venta de los oficios públicos y la provisión de los más altos empleos y dignidades a extranjeros; la pronta ausencia de un Rey a quien todavía no habían tenido ni tiempo ni motivos para amar, y el temor de que tras él emigrasen a extrañas tierras los pocos caudales que ya dejaban en España; la desusada reunión de Cortes en Galicia; el exorbitante pedido extraordinario después del gran servicio que acababan de otorgarle en Valladolid; y por último la venal conducta de los procuradores en las Cortes de Santiago y La Coruña. Lafuente percibió también, más allá de esta protesta popular, una lucha de clases: sin dirección común, sin coordinación, mal conducidos y obrando aisladamente, los revolucionarios de Castilla y de Valencia sucumbieron, de tal modo que las guerras de las Comunidades y de las Germanías dieron por resultado el engrandecimiento de la autoridad real y la preponderancia de la nobleza. Y si Quintana sólo recordó el sacrificio de Padilla, Lanuza y Clarís —todos hombres—, Lafuente añadió desde luego al drama de aquel despojo el ardor romántico

Inventar la tradición para contar la revolución de una mujer animosa, María de Padilla, «enamorada de un esposo que acababa de perder y de una libertad que acababa de sucumbir» y que intentará mantener con desprecio de su vida.

Nada que hacer: después del reinado de los Reyes Católicos, «todo español y el más glorioso que ha tenido España», la historia ya no será nunca lo que había sido hasta ese momento. Vencido en Villalar —como escribía Agustín Durán, erudito recopilador de romances de toda especie— y privado de toda esperanza de ser libre, el antiguo y fiero pueblo castellano dobló su cerviz al yugo del despotismo, «dejó de existir como poder político, y se transformó en vulgo miserable»; pueblo convertido en vulgo al doblar la cerviz ante un poder despótico: parece como si Durán hablara de 1814 y Fernando VII más que de 1520 y Carlos I. En todo caso, el daño así infligido al pueblo se agravó cuando, con objeto de reforzar la tiranía, los monarcas españoles se sirvieron grandemente del instrumento legado por un príncipe ilustre y la princesa más bondadosa que ha ocupado el trono de Castilla, sigue contando Lafuente. Se estableció la Inquisición; comenzaron los horribles autos de fe; los hombres, hechos a imagen y semejanza de Dios, son abrasados, derretidos, porque no creen lo que creen otros hombres; el fanatismo retrasará la civilización por largas edades hasta que, por fin, los hombres ilustrados del país, aprovechando el gran movimiento popular para regenerar políticamente la España, acuerden dotarla de instituciones análogas a los progresos de la civilización y a las ideas del siglo. Y cuando en Francia habían pasado los sangrientos ensayos de la revolución, entonces se erigió en este extremo de Europa una tribuna, la única de todo el continente, en la que hombres esclarecidos y vigorosos levantaron arrogantes su voz y labraron el edificio de la libertad española. Allí, encerrados los representantes de dos mundos en una isla azotada por las olas de dos mares y circundada de mortíferas baterías, libertaban de sus trabas el pensamiento, proclamaban la libertad de imprenta y abolían la Inquisición, y elaboraban el código político que había de ser la ley fundamental de la monarquía…35.

Ésta es la maravillosa historia que llena de sentido el pasado y que suscita, a la vista del presente, los entusiasmos por la libertad incluso en alguien como Antonio Cánovas del Castillo, que, en sus años mozos y revolucionarios, la compartió entera, hasta acabar lógicamente distanciándose de ella en los años de restauración, cuando llegue a la conclusión de que «un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución y esto porque ignora lo que es»36. Pero toda

Historias de las dos Españas vía estamos en los años cincuenta; en 1854 exactamente: Cánovas ha entrado en tratos con O’Donnell y, además de escribir para su insurrección un manifiesto, el de Manzanares, que la convierte en revolución, da a la imprenta un estudio sobre la decadencia de España. No se trata ya de escribir una historia general, aunque su trabajo forme parte de una de ellas, sino de buscar una respuesta a un problema central, como había sido el caso a principios de siglo, sólo que ahora el problema no es que los ejércitos extranjeros devasten el suelo de la patria y el pueblo se alce por su independencia, sino que la patria, que se había dado por renacida con la revolución, sigue decaída. Introduce así Cánovas desde el mismo título de su libro una problemática que dará mucho juego hasta el final del siglo y buena parte del siguiente37: la decadencia de España, o sea, España, en otros tiempos primera entre las naciones, ahora decaída; tal es el problema cuando ha pasado ya medio siglo de la revolución y las expectativas depositadas en el pueblo no llevan camino de concretarse ni en las instituciones del Estado ni en la condición general de la sociedad.

La monarquía austriaca, escribió Cánovas en su respuesta al problema —sin apartarse un ápice del modelo vigente, pero colocando los énfasis allí donde más le dolía—, llevaba «dentro de sí los gérmenes de corrupción que más tarde habrían de destruirla», una convicción en la que parece resonar algo que ya dijera Nicomedes Pastor Díaz, moderado y «católico sin dejar de ser liberal», como observó Valera: «El Imperio español contrajo el germen de su muerte en los últimos esfuerzos de su dilatación atlética» porque Dios había permitido que la espada de Carlos I se enmoheciera y que el cetro de Felipe II llegara a ser juguete en manos de un niño adulto: «El gran rey tuvo nietos imbéciles y en las hogueras de la plaza de Madrid se quemaron los títulos de España a la supremacía europea»38. Cánovas no dirá otra cosa: el absolutismo, que mata las libertades de Castilla y de Aragón y suprime los privilegios del reino de Valencia; y la Inquisición, que fue «enroscándose, a manera de serpiente, en torno del pensamiento español hasta que estrechó su anillo tanto que lo ahogó y le dio muerte»: ésas son las dos causas de la decadencia de España. Monarcas y pueblo ciegos, por no conocer el precipicio a que aquel funesto tribunal podía conducir a la monarquía, escribe Cánovas con acentos que recuerdan las más virulentas denuncias de que la Inquisición fue objeto desde Juan Antonio Llorente o Adolfo de Castro, matizadas en su caso por las consideraciones sobre la «exageración del principio religioso» que habría resultado de la necesi

Inventar la tradición para contar la revolución dad en que la nación se encontró de defender su fe con las armas y ser intolerante «hasta el extremo de constituir la Inquisición y hasta el punto de entrometerse en todas las guerras religiosas del mundo»39. Pero Cánovas insistirá con igual énfasis en otro elemento de la trama, que ayuda a entender las razones de que los liberales no hayan derramado ni una lágrima por el imperio americano desvanecido en el aire. Y es que el imperio desangró a la nación y expulsó de su seno a los más emprendedores y laboriosos, a todos los que sentían en su corazón «sed de bienestar, de placer y de gloria». Más aún, el imperio favoreció el provincialismo, que es la falta de unidad civil y de unidad política; en definitiva, la falta de unidad de la nación, un pensamiento que no «tuvo cabida en el ánimo de los grandes reyes del siglo de oro de nuestra política». La existencia del imperio habría sido así causa de la inexistencia de la nación: no había razón alguna para derramar lágrimas por su pérdida. Reino pobre y despoblado, Cánovas veía cayendo sobre una España joven, vigorosa, libre en el pensamiento y en el obrar, franca, entusiasta, alegre, aunque grave, una vejez temprana, que la volvió contemplativa, descontentadiza, presa de una timidez penosa en el pensamiento, paralizada por el íntimo recelo de todas las cosas, caída en indiferencia terrenal, melancolía apática, obediencia pasiva, resignación fatalista. Verdaderamente, no se podía caer más bajo: el daño había afectado al ser mismo de la nación40.

El problema se agravaba porque, a diferencia de lo ocurrido en España, en Europa los grandes siglos se sucedían al menos desde el xvii. Y el mismo Cánovas, más que curado de espanto, volverá a su querido tema de la decadencia para señalar en 1882 que ninguna nación puede apartarse largo trecho del cauce por donde van las demás, y que eso fue precisamente lo que «ha acontecido, con efecto, a España, desviada desde la rebelión religiosa del siglo xvi, y la libre expresión del racionalismo filosófico en el siguiente, del curso general de las ideas europeas»41. La nación torcida es aquí nación desviada. Mas ¿qué ha sido para nuestra España el siglo xvii?, había preguntado años antes José Echegaray en un discurso origen de una fuerte polémica. ¿Qué descubrimiento analítico, qué verdad geométrica, qué nueva teoría lleva nombre español? Echegaray buscaba con ansia en los anales de la ciencia y no encontraba a nadie que comparar pudiera con Viète, Fermat, Pascal, Descartes, Newton, Leibniz… Decadencia española se reduplica entonces con atraso respecto a Europa, que ha de tener por fuerza una causa. «Y cuenta, señores, que causa y causa externa ha existido; porque suponer en nuestra España inca

Historias de las dos Españas pacidad radical y congénita, verdadera impotencia de la raza para el estudio de las matemáticas puras, sería grande injusticia y audaz calumnia al genio poderoso y fecundo de este noble suelo». Expresaba así Echegaray, negándolo, un nuevo elemento que comenzaba a formar parte del gran relato liberal y que él mismo no tendrá más remedio que anunciar, siquiera por hipótesis, cuando algo más adelante en su discurso contemple el panorama del siglo xviii y llegue a la misma amarga, tristísima verdad, que con el xvii. El atraso es ya lastimoso y, lo que es peor, crónico, «como si viciada esta raza durante siglos enteros, necesitáramos siglos también para arrojar el virus que en nuestra sangre inoculara una generación ciega y fanática». Había que rendirse a la evidencia: si se comparaba con otros países, saltaba a la vista «nuestra deplorable decadencia desde el Renacimiento, que fue para España más bien morir que renacer». Por supuesto, Echegaray estaba seguro de que nuestra España, que ha sabido siempre en los supremos momentos alzarse desde la mayor postración a las mayores glorias, «sabrá ganar el tiempo perdido, conquistando bien pronto honroso puesto entre las naciones de Europa». Estamos en 186642.

La «inferioridad notoria» respecto a Europa en que se había trocado el adelanto que llevaba España a las demás naciones en los últimos años de la Edad Media será también motivo de preocupación de un destacado progresista, miembro de aquella «brillante cáfila de jóvenes salidos del estado llano, […] inquieta juventud de estos tiempos, revolucionaria y masónica, vanguardia del pensamiento y zapadora de la acción», a quien Pérez Galdós verá muy activo en la revolución de 1854 y que tomó de nuevo parte principal en la de 1868 con el propósito de convertir a Madrid en digna capital de la nación importando de París el urbanismo de Haussmann. Ángel Fernández de los Ríos remonta la muerte de la España antigua al hecho transcendental acaecido en el siglo xv: la creación definitiva del poder monárquico, que, «afectando el papel de neutro, anuló a la nobleza y aniquiló al pueblo». Pero abolida la nobleza como poder autónomo, poco tiempo le quedaba al municipio. Fue en los combates por decidir la nueva configuración del poder político cuando la aristocracia se alejó torpemente del principio civilizador del modelo inglés y se prestó a reprimir la acción del municipio. A partir de ese punto, sin nada que equilibrara el poder de la monarquía, y como todas las glorias nacionales se ligaban a una lucha religiosa secular, en la que la idea de patria se había identificado con la Iglesia católica, se llegó a creer que la ventura y la existencia de la nación dependía de su uni

Inventar la tradición para contar la revolución dad religiosa. Campeón obligado del catolicismo en el mundo, España se convertirá en primera víctima de la Inquisición, esa «horrorosa institución» importada para librar el combate, como la define Fernández de los Ríos. ¿La Inquisición importada? Bueno, Fernández de los Ríos sabe bien a lo que se enfrenta cuando defiende, desde el título del primer capítulo de su Estudio histórico, que «lo nacional y tradicional en España es la democracia» y, desde el segundo, que «lo extranjero y moderno es el llamado antiguo régimen». Se diría que Martínez Marina resucita en este empeño de vincular democracia, como antes libertad, no con valores universales o declaraciones de derechos, sino con el ser de la nación y con la auténtica tradición española con el único objeto de combatir al Antiguo Régimen o a sus restos todavía hirvientes más que humeantes: España habría precedido a todos los países en la práctica de las instituciones democráticas, y habría sido también su suelo heroico el primero por el que corrió la sangre en defensa de las libertades políticas43.

El relato de la nación en ruinas debido a la anomalía inducida por un príncipe extranjero, y mantenida por el absolutismo austracista, era parte de un proyecto político imbuido de la seguridad de que todo podría corregirse, y el ser de la nación recuperar el esplendor antiguo, desde el mismo momento en que el pueblo recuperara la libertad y se renovara la tradición de las Cortes. Tal era la convicción de liberales y románticos al añorar las Cortes de Castilla y lamentar las libertades perdidas en el campo de batalla; pero ésa era también la convicción del Cánovas joven, revolucionario en 1854, o del Fernández de los Ríos, más que maduro, cuando en 1868 veía en la revolución «la ocasión única de sacar a Madrid del estado en que se halla» y proponía un programa de reformas radicales para evitar su infecundidad: acabar con todos los institutos religiosos y declarar propiedad de la nación todas las fincas llamadas de patrimonio de la corona44. Radicalismo social, en plena revolución de julio de 1854, que Francisco Pi y Margall deseaba ver garantizado por un no menor democratismo político: el pueblo, al que se dirigía como si se tratara de un sujeto individual, había roto al fin, después de once años de esclavitud, «con noble y fiero orgullo sus cadenas». Un triunfo que no debía a nadie, ni a los partidos, ni al ejército, ni al oro ni a las armas, sino a «tus propias fuerzas, a tu patriotismo, a tu arrojo, a ese valor con que desde tus frágiles barricadas has envuelto en un torbellino de fuego las bayonetas, los caballos y los cañones de tus enemigos». Tuyo es el triunfo, le dice al Pueblo; tú eres el que haces las revoluciones; pero,

Historias de las dos Españas cuidado, o proclamas el principio del Sufragio Universal y exiges una libertad amplia y completa, con la garantía del armamento universal y de las instituciones, o los frutos de la revolución sucumbirán otra vez ante el avance de la reacción. Recuerda, le advierte, el pasado: «medidas represivas, que parecían en un principio insignificantes, te han conducido al borde del absolutismo, de una teocracia absurda, de un espantoso precipicio»45.

España había sido grande y volvería a serlo en el inmediato futuro, porque el «gran ser de nuestro pueblo» había conservado, a pesar del absolutismo y de la negra pintura que ofrecía a la muerte de Fernando VII, «su energía y su virtud latente». Siglos de absolutismo, de desvío de la historia, no habían bastado para destruir al «pueblo noble y generoso» en el que se expresa la santa voluntad del Señor46. Con ese pueblo, la causa de la libertad, mil veces aherrojada bajo el despotismo, no estaba perdida. Ésta es la implicación liberal, que se extenderá a revolución social y democrática, del relato de la revolución popular. La constatación de la anomalía de España, del desvío de una historia que pudo ser gloriosa y acabó en la negrura del despotismo, avivaba la fe en la energía, la generosidad, la nobleza, el orgullo, el patriotismo del pueblo para restaurar la libertad. Como lo expresó con su romántico acento José de Espronceda: «Cuando los pueblos tienden la vista por la inmensa hoja del tiempo y leen en ella su origen, que la antigüedad ennoblece, sus primeros esfuerzos, la gloria y las hazañas de sus mayores, su orgullo se excita, su pensamiento se engríe, late satisfecho su corazón y tan generoso sentimiento los impele a grandes hechos y maravillosas empresas», porque es entonces cuando «el espíritu de nacionalidad que crearon las tradiciones […] forma una necesidad absoluta de todas las necesidades particulares, y crea, en fin, la palabra mágica Patria»47. Cortes y Comunidades, libertades y sacrificio de la vida eran como las semillas que habrían de fructificar aunque su pérdida hubiera desviado por rutas miserables una historia que se prometía esplendorosa. Es más, la exaltación de las glorias del pasado y el lamento por la decadencia del presente pueden entenderse como figuras retóricas del renacimiento que espera en el futuro con tal de que se restituyan las instituciones de la soberanía popular: «La tierra era estrecha para contener aquel gran cadáver que era la España absolutista», exclamaba Castelar en el Congreso resumiendo el significado profundo que para un republicano tenían las luchas del siglo xix: «Pero renacen las Cortes en 1808 y renace con ellas todo el vigor nacional. Las Cortes nos salvaron en 1808 entre el fragor

Inventar la tradición para contar la revolución de la guerra extranjera; en 1836 entre el fragor de la guerra civil; en 1868 entre el fragor de la revolución democrática: las Cortes han sido siempre el refugio y la salud de la patria»48.

Pero tampoco las Cortes de la revolución democrática resistieron, como sabía muy bien Castelar cuando pronunciaba su encendido elogio en otras Cortes muy distintas, reunidas en 1876, restaurada otra vez la monarquía: un militar a caballo fue bastante para dar con ellas en tierra. Don Juan Valera, que nunca fue revolucionario, pero que nunca dejó de ser liberal, y hasta demócrata en su ancianidad, y que había dado como «indudable, sean las que se quieran las causas de nuestro atraso, que lo hay con respecto a varias de las naciones europeas», en este mismo año de 1876, contestando al discurso de recepción de Gaspar Núñez de Arce en la Real Academia, abordó directamente el asunto por donde más quemaba en aquellos días. Pasadas ya y derrotadas todas las revoluciones, fracasada la República y restaurada la monarquía, Valera ironizaba sobre el estado de la nación: «Todos convienen en que España social, política y económicamente considerada, está bastante mal. Salvo Turquía, quizá no haya en Europa otro pueblo que en esto nos gane. En punto a estar mal, somos potencia de primer orden». De la causa del malestar, seguía, se ha disputado mucho: «dicen unos que proviene todo de lo poco que llueve; y otros, de los resabios que dos o tres siglos de fanatismo nos ha dejado en la sangre; y otros, de que nuestro gran ser, nuestra propia excelencia, nuestra hidalguía heroica, se opone a que medremos en esta edad en que el medio principal de elevarse es el industrialismo». Él por su parte se había formado también alguna idea que puso por escrito en la «Introducción» a la continuación de la Historia General de Lafuente. Buen conocedor de la historia de su patria y poco dado a aspavientos dramáticos como era, había dedicado largas reflexiones a bucear en las razones del «malestar de España» hasta llegar a la conclusión de que nada habría sido lo mismo «de no haberse torcido desde el advenimiento al trono de Carlos V la inmemorial costumbre de juntar Cortes para legislar sobre la imposición de tributos, el otorgamiento de subsidios y para promulgar nuevas leyes». Historia conjetural de nuevo, como la de los artífices del gran relato, sólo que ahora, cuando Valera escribe, la revolución había dado ya todo lo que de ella podía esperarse sin que la nación hubiera salido de su atraso y postración. Y entonces, Valera constata sencillamente que «estaba reservado a España ofrecer al mundo la singular anomalía de que habiéndose hallado al despuntar el siglo xvi a la cabeza de las naciones civilizadas

Historias de las dos Españas

[…] surgiera de aquella época el punto de partida de nuestra decadencia». Lo atribuía a que en el momento del renacimiento científico, España escogió el papel de defensora, adalid, brazo derecho del principio de resistencia a los conatos progresivos de la Edad Moderna. La guerra de los Treinta Años, la rebelión de los Países Bajos, las contiendas con Francia, hicieron el resto, al imponer a la recién constituida nacionalidad española esfuerzos superiores a los recursos de que podía disponer, además de ahogar los gérmenes de vida y organización interior: Carlos V, cuando dejó de reunir a la grandeza en las Cortes, aparece así como el origen mismo de la anomalía española. El resultado, una triple postración: intelectual, por haber quedado España al margen de la revolución científica; material, por haber destinado todos los recursos a las guerras; y política, por no haber desarrollado las instituciones que nos eran propias. A ello se añadirá enseguida una «enfermedad espantosa que devoraba al cuerpo social entero» y de la que, cuando escribe en 1876, la tiranía de los Reyes de la casa de Austria y las crueldades del Santo Oficio no le parecen más que síntomas: la fiebre de orgullo, el delirio de soberbia que la prosperidad hizo brotar en los ánimos después de ocho siglos de lucha contra los infieles. El daño era, por tanto, más grave, pues afectaba al carácter de los españoles: nos creímos el nuevo pueblo de Dios, confundimos la religión con el egoísmo patriótico. Y mientras tanto, el gran movimiento del que había nacido la ciencia y la civilización moderna pasó ante los ojos de los españoles «sin que lo notásemos». De ahí el divorcio y el aislamiento del resto de Europa, de ahí que «cuando despertamos en el siglo xviii de los sueños de nuestra ambición, nos encontramos muy atrás de la Europa culta, sin poder alcanzarla y obligados a seguirla a remolque»49.

De modo que desde 1835, cuando los que se habían encontrado años antes en Cádiz vuelvan sobre la experiencia vivida a la luz de una nueva revolución en marcha, el relato de la nación que fue grande en el pasado y llegó decaída al presente, aparece codificado en sus elementos fundamentales, con una vitalidad que permite a quienes trabajan con sus materiales introducir nuevos elementos requeridos por las nuevas experiencias vividas: nación eterna, nación grande por su libertad e independencia, desvío del curso de su historia por la intromisión de un elemento foráneo, identificación de lo extranjero como opresión y tiranía; predominio de ese elemento superpuesto, ese virus, a la verdadera nación durante siglos; destrucción que de ahí se sigue de sus primigenias instituciones, sus leyes, su gobierno;

Inventar la tradición para contar la revolución carencia o agotamiento del pueblo, de la patria o de la nación derivados de tan singular destino, y ruina cuando pierde la independencia; pueblo que se levanta por aquellas virtudes que hicieron a la nación grande; restauración de la nación en su verdadero ser… para enseguida caer de nuevo, con el pueblo convertido en vulgo, la grandeza en crónica decadencia, la nación atrasada definitivamente con respecto a Europa. Despojándolo de sus concretas referencias históricas, sin las que resulta incomprensible, y reduciéndolo a sus elementos esenciales, esta estructura del relato gozará de larga vida y de muy amplia aceptación: tal es el marco en que los intelectuales entenderán su intervención pública durante más de siglo y medio. No importa que sean liberales o reaccionarios, progresistas o conservadores, ateos o católicos: la proyección hacia el pasado de un momento de grandeza y la promesa del futuro como regeneración o resurrección de lo que ya fue realidad en otro tiempo reaparecerán en todos los relatos hasta bien pasada la guerra civil: de hecho, los últimos que siguieron pensando, y combatiendo, en ese marco fueron los de la España como problema, enfrentados a los de la España sin problema.

Por supuesto, las estrategias de implicación ideológica y la identificación del momento de esplendor, el origen del desvío, la causa de la ruina, el agente restaurador, serán diferentes según quién, con qué propósito y en qué tiempo lo recite, pero la estructura de la trama como tragedia de la que es sujeto el pueblo o la nación es idéntica y admite limitadas variantes50. Los liberales, artífices del relato originario, remontarán la grandeza al tiempo de las repúblicas medievales, y tendrán lo ocurrido desde la llegada de los Austrias, con la supresión de las libertades castellanas, la sangre derramada en aventuras imperiales ajenas al interés de la nación y el incesante trabajo del Tribunal de la Inquisición, como los principios de la decadencia, de la que sólo podrá salir la nación si retorna a su ser prístino, conservado como dormido en la energía latente del pueblo. Los católicos, que vivirán, sobre todo desde 1835, la revolución como amenaza, y que parten de una experiencia distinta, la de tantos años de revolución que no logra consolidar un Estado, y de un retorno al absolutismo que no consigue aplastar los gérmenes de revolución, establecerán en los Austrias mayores el momento del glorioso pasado, atribuyendo la ruina a la llegada de los Borbones y a la infección de un virus francés sufrida por el cuerpo nacional, de la que sería prueba irrebatible la revolución liberal, que sus artífices, por medio de engaños, pretenden vincular al auténtico ser nacional.

   

Historias de las dos Españas

Los católicos vuelven del revés el gran relato liberal:
el pueblo se levanta en defensa de su rey, su patria y su religión

El permanente estado de conspiración cívico-militar que vivía la nación desde la definitiva caída del Antiguo Régimen a la muerte de Fernando VII, la revolución y la larga guerra civil extendieron entre las distintas facciones del partido moderado y las nuevas elites sociales un deseo de orden al que estaban dispuestos a sacrificar, si tal era el caso, algún grado de libertad y hasta la libertad entera, como dijo Donoso Cortés en un célebre discurso en defensa de la dictadura, cuando tras declarar que dos cosas eran para él imposibles, condenar la dictadura y ejercerla, se empleó con todo su vigor a demostrar que en circunstancias dadas —o sea, las de 1848—, la dictadura era un gobierno leg

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos