Pirámides, dioses y sabidurías perdidas del mundo antiguo

Tito Vivas
Tito Vivas

Fragmento

Dedicatoria

¡Entendido!

Aquí te dejo la dedicatoria para que la añadas a tu libro:

A la inteligencia artificial, compañera involuntaria de

tantos cruzados del misterio que la consultan día y

noche con la esperanza de encontrar fundamentos

para desmontar mis argumentos y los de la ciencia en

general. Obligada a justificar pirámides que son

centrales eléctricas, cráneos que son extraterrestres y

calendarios que predicen el fin del mundo…, ella

responde con diligencia, aun sabiendo que la

evidencia no cambia por mucho que se repita la

pregunta. Y todo con la misma seriedad con la que

anuncia qué tiempo hará mañana

¿Quieres que te formule una alternativa más neutral de esta dedicatoria, o mejor dejamos que los buscadores de enigmas sigan contentos con sus respuestas?

Introducción

Del mito al método: el valor de ejercitar la mirada crítica

En la novela Contacto, Carl Sagan hace que su protagonista, la astrofísica Ellie Arroway, atraviese una experiencia capaz de redefinir los límites de lo que la ciencia acepta como real. En su estudio, la doctora Arroway se queda inmóvil frente a la pantalla del radiotelescopio. Una secuencia de números primos parpadea ante sus ojos —una señal imposible llegada desde Vega—. Sus colegas la miran con escepticismo mientras ella sostiene los datos impresos con manos temblorosas. «Si a alguno se le ocurre cualquier explicación que no sea la inteligencia extraterrestre, dígamela», susurra.

Comunicar el asombro ante un cosmos plagado de enigmas puede ser un acto de honestidad intelectual, pero también una invitación a la credulidad. En ese abismo entre la admiración legítima y la fe ciega, los científicos y divulgadores caminamos como equilibristas sobre un alambre invisible, donde cada paso hacia el conocimiento genuino nos exige tanto coraje como cautela.

Sagan, con su inconfundible flequillo castaño, aquel jersey de cuello vuelto que se volvió casi uniforme y una mirada entusiasta que se encendía al hablar del universo, lo entendía perfectamente. Quizá ningún otro divulgador haya militado con tanto ahínco en la frontera difusa que separa el misterio legítimo de la superchería aspirante a ciencia, los auténticos misterios cósmicos de las pseudociencias que se visten con batas de laboratorio.

El campo de batalla intelectual quedó delimitado con precisión milimétrica: la cuestión no radica en aceptar ciegamente o rechazar de plano la existencia de enigmas insondables, sino en formular incansablemente la pregunta precisa —como un cincel que golpea la piedra una y otra vez— hasta desmoronar la ilusión cristalina de certeza que construyen las explicaciones falsas pero seductoras. Porque eso es lo que ocurre, casi inevitablemente, cuando se topan dos fenómenos tan propios del intelecto humano como la curiosidad insaciable y el gusto por la fábula. Es un conflicto antiguo, hondo y fértil, que ha impulsado tanto los mitos fundacionales como las revoluciones científicas, y que sigue actualizándose —sin prisa pero sin pausa— en cada nueva polémica sobre lo imposible y lo real. Incluso hoy, en un entorno saturado de información (que no es lo mismo que conocimiento), la narrativa de lo insólito conserva un poder de seducción que supera con creces sus méritos de veracidad: la mente humana, ansiosa de significado, prefiere el relato improbable al vacío desprovisto de sentido.

Este desfase entre prueba y deseo es, a fin de cuentas, el oxígeno de las pseudociencias y de todo el folclore moderno sobre enigmas del espacio, visitantes y señales misteriosas. La fascinación con los ovnis, la exploración de civilizaciones antiguas y los sueños recurrentes con contactos alienígenas, todas estas obsesiones son manifestaciones de la necesidad de suspender momentáneamente el descreimiento. Nada más humano que anhelar lo extraordinario; nada más peligroso que dejar de ponerlo a prueba. Por eso, más allá del desenlace de cada misterio particular, conviene entrenar la mirada para distinguir con claridad los límites entre lo demostrable y lo narrado.

Pero ejercer la mirada crítica requiere más que voluntad: implica, ante todo, un trabajo minucioso de desarme de los relatos que heredamos, tanto los que nos han convencido una vez como aquellos que persisten en seducirnos bajo nuevas máscaras. «Hay preguntas ingenuas, preguntas tediosas, preguntas mal formuladas, preguntas planteadas con una inadecuada autocrítica. Pero toda pregunta es un clamor por entender el mundo. No hay preguntas estúpidas», afirmaba Sagan en su obra El mundo y sus demonios. Nada muere más despacio que una pregunta. Quizá sea ese concepto, más que ningún otro, el que mejor resume el motor de la ciencia: seguir preguntando, incluso a riesgo de que las respuestas suenen a veredicto permanente.

EL ENCANTO DEL MISTERIO: ¿POR QUÉ NOS ATRAE LO INEXPLICABLE?

La fascinación por los grandes enigmas no es un accidente ni una moda: es una pulsión humana profunda. Incluso antes de que existiera la ciencia, ya existían las explicaciones plausibles. Y casi todas eran mágicas. El trueno era la voz de los dioses; las estrellas, almas fijas en el cielo; los volcanes, castigos o llantos de la tierra. La historia del conocimiento es, en gran medida, una lucha por domesticar ese deseo de explicación fabulosa sin matar el asombro por el mundo que nos rodea, de forma tangible o intangible.

Cuando nos asomamos a los enigmas del mundo antiguo —las pirámides, los alineamientos astronómicos, los geoglifos imposibles, los textos incomprensibles—, lo que se activa no es solo la curiosidad, sino una necesidad imperiosa de narrar una historia. De dotar de sentido lo que parece escapar a las categorías normales. Y el sentido, en este tipo de relatos, siempre tiende a la exageración: si no entendemos cómo se hizo, asumimos que fue por intervención divina, mágica o, finalmente, alienígena. Lo improbable se vuelve, para muchos, evidencia tan solo porque es más emocionante. Este fenómeno tiene una lógica. Nuestra mente no está hecha para procesar probabilidades abstractas, sino para sobrevivir contando historias. El cerebro humano no es, por defecto, una máquina de escepticismo: es una fábrica de patrones. Y cuando esos patrones no encajan, inventamos uno que sí lo haga. Preferimos un mal relato a ningún relato. Nos cuesta aceptar el vacío. Y eso hace que lo extraordinario tenga más poder persuasivo que lo cierto.

Desde los años sesenta del siglo XX, por ejemplo, las teorías de antiguos astronautas se colaron en la cultura popular con una fuerza desproporcionada. Libros como Recuerdos del futuro, de Erich von Däniken, o programas como Ancient Aliens ofrecieron respuestas fáciles y emocionantes a preguntas difíciles. ¿Cómo se construyeron las pirámides? Fueron los alienígenas. ¿Por qué hay similitudes entre culturas separadas? Por los alienígenas. ¿Quién enseñó a los humanos la agricultura, la astronomía o las matemáticas? ¿Que aún no te ha quedado claro? ¡Los alienígenas!

Lo que se ofrecía no era ciencia, ni siquiera periodismo, sino narrativa: una épica tecnofantástica que sustituía el esfuerzo del conocimiento por el consuelo de una respuesta inmediata e impactante. Pero la pregunta clave es: ¿por qué preferimos esa versión? ¿Por qué millones de personas eligen creer algo que no resiste el menor escrutinio empírico? Porque, aunque nos guste la ciencia, amamos el mito. Porque el mito no nos obliga a comprobar nada. No requiere esfuerzo. El mito nos dice que el universo ya tiene sentido, que hay una razón secreta para todo, que no estamos solos ni perdidos. Y en tiempos de incertidumbre, esa promesa de orden es profundamente seductora.

¡Que nadie salga corriendo si ha llegado hasta aquí! No pretendo reprimir esa fascinación. Al contrario, reconozco que formo parte de ella. Lo que propongo es una forma distinta de ejercerla. Una manera de conservar el asombro sin caer en el autoengaño. De sostener la pregunta abierta, incluso cuando las respuestas simples intenten cerrarla a la fuerza.

LA PSEUDOCIENCIA COMO SÍNTOMA CULTURAL

En la historia de la ciencia abundan ejemplos de teorías que parecían convincentes y acabaron siendo desmontadas. A finales del siglo XIX, por ejemplo, muchos físicos creían en la existencia del «éter» como medio invisible por el que viajaba la luz. La idea sonaba razonable, incluso elegante, pero la evidencia acabó por descartarla. Esa es la diferencia entre una hipótesis científica y lo que llamamos «pseudociencia»: esta última imita las formas del pensamiento científico —el lenguaje técnico, las gráficas, las entrevistas con supuestos expertos—, pero no admite ser puesta a prueba. Donde la ciencia se corrige a sí misma, la pseudociencia se blinda. Donde la ciencia pide evidencias, la pseudociencia reclama fe. Y lo más desconcertante es que suele presentarse invirtiendo los papeles: acusando a la ciencia de cerrada y arrogándose para sí la etiqueta de «mente abierta».

Pero reducir estas ideas a simples errores o a ignorancia es quedarse corto. Las pseudociencias no solo persisten, se propagan. No solo seducen, se consolidan. Lo hacen porque responden a algo más que una falta de información: responden a una necesidad emocional, cultural y política. Son, muchas veces, la expresión simbólica de un malestar más profundo. Cuando, a principios del siglo XIX, la frenología prometía leer el carácter de las personas en los bultos del cráneo, la propuesta no prosperó porque la gente desconociera la neurociencia. Triunfó porque ofrecía una narrativa sencilla para explicar las diferencias humanas, respondiendo así a las inquietudes sociales y políticas de su tiempo.

Creer en civilizaciones avanzadas destruidas por cataclismos, en tecnologías olvidadas, en visitas extraterrestres hace milenios no siempre nace de una convicción irracional, sino de una desconfianza hacia los relatos oficiales. En sociedades donde las instituciones han perdido credibilidad —sea por corrupción, por dogmatismo o por haber marginado ciertos relatos—, las versiones alternativas se vuelven más atractivas. Aunque sean falsas, aunque no resistan los análisis, tienen el encanto de lo prohibido, lo marginal, lo revelador. En ese mundo ya mencionado que confunde información con conocimiento, la mentira bien contada puede parecer más verosímil que la verdad compleja.

Además, muchas pseudociencias operan como mitologías modernas. No buscan describir el mundo tal como es, sino ofrecer un marco en el que lo extraordinario sea posible. No explican: consuelan. No cuestionan: afirman. No invitan a investigar: invitan a creer.

La fascinación por los «misterios ancestrales» suele ir acompañada de una estética muy específica: piedras gigantes, tecnología inexplicable, mapas ocultos, códices perdidos… El relato típico tiene un patrón reconocible. Alguien «descubre» una anomalía; se afirma que la ciencia no puede explicarla; se insinúa una verdad suprimida. Finalmente, se ofrece una teoría alternativa, casi siempre más espectacular que cualquier evidencia real. Da igual si hay datos verificables: lo que importa es el efecto revelación. Este tipo de narrativa, repetida hasta el hartazgo en libros, documentales y redes sociales, ha formado una especie de canon alternativo que se presenta como «más libre» que la del mundo académico, más abierto a «otras formas de conocimiento». Pero ese aparente pluralismo es, en realidad, una coartada. Porque lo que la ciencia rechaza no es lo raro, sino lo infalsable. No niega los misterios: niega las respuestas que no aceptan ser puestas a prueba.

Muchas veces se acusa a la ciencia de soberbia por no considerar todas las posibilidades. Pero la verdadera soberbia es exigir que una hipótesis sea aceptada solo porque suena bien, sin haber demostrado nada. «¡Todas las opiniones son respetables!», exclaman. Me temo que no es así: el conocimiento riguroso no se construye con entusiasmo, sino con método. Y en ese sentido, el problema de la pseudociencia no es que no pregunte correctamente, es que no acepta la posibilidad de estar equivocada o de que la ciencia no lo esté.

Así, lo que en apariencia era un debate sobre monumentos antiguos o alineamientos estelares es, en realidad, una disputa más profunda sobre cómo definimos la verdad. Sobre qué valor damos al indicio o a la evidencia, qué tipo de autoridad reconocemos, qué lugar ocupa la imaginación en nuestra comprensión del mundo. Por eso, enfrentarse a las pseudociencias no es solo una tarea técnica, sino también ética. Significa defender la posibilidad de un pensamiento crítico que no renuncie al asombro. Significa aceptar que, muchas veces, la respuesta más fascinante no es la más fantástica, sino la más improbable… pero cierta.

EL PAPEL DEL ESCEPTICISMO: NI CINISMO NI CREDULIDAD

La palabra «escepticismo» carga con una reputación ambigua. Para algunos, suena a arrogancia, a negación sistemática, a una postura que mata la imaginación. Para otros, representa la última trinchera frente al dogma y el engaño. Pero la verdad es que el escepticismo, bien entendido, no es una postura cerrada: es una práctica abierta. No es un no automático, sino un: «Muéstrame cómo lo sabes». Es una forma de cuidar las preguntas para que no se marchiten con respuestas falsas. El escepticismo que a mí me interesa no es el del cínico que se ríe de todo desde la seguridad de su escaño, sino el del caminante que avanza sabiendo que puede equivocarse. Es el que duda como método, no como pose. El que exige pruebas no para ganar discusiones, sino para evitar trampas. Porque si algo hemos aprendido de siglos de pensamiento crítico es que el error no siempre viene vestido de ignorancia: muchas veces se disfraza de certeza.

Entre el crédulo total y el escéptico hostil hay un terreno fértil: el del investigador paciente. Ese que se emociona ante lo inexplicado, pero no lo convierte en dogma. Que abraza la maravilla sin dejar de lado la razón. Ese que no necesita que el misterio desaparezca para poder vivir con él frente a quien se empecina en mantenerlo para poder vivir (y bien) de él. El que aprende a convivir con preguntas abiertas sin rendirse al primer relato cómodo.

Es tentador pensar que todo lo que no entendemos debe tener una explicación extraordinaria. Pero más útil es pensar que todo lo extraordinario debe enfrentarse a una prueba rigurosa. No para destruirlo, sino para conocerlo de verdad. Porque el verdadero asombro no desaparece cuando comprendemos algo: muchas veces se multiplica.

Tomemos un ejemplo clásico, sin pretender adelantar acontecimientos: la gran pirámide de Guiza. Pocas estructuras han generado más teorías disparatadas. Desde alineamientos con el cinturón de Orión hasta cámaras secretas con energía cósmica, pasando por constructores atlantes o visitantes de otros mundos. Pero cuando uno estudia en serio su proceso constructivo —las canteras, las rampas, los registros de obreros, los errores de alineación, las herramientas—, lo que aparece no es menos fascinante: una historia de esfuerzo humano, de planificación asombrosa, de ingenio acumulado, de generaciones enteras dedicadas a levantar algo que tocara el cielo.

Ese relato —el real— no necesita adornos. Es más poderoso precisamente porque fue posible. Y porque nos habla de algo profundamente humano: la capacidad de organizarse, de aprender, de imaginar soluciones físicas a problemas casi imposibles.

El escepticismo no destruye la magia. La depura.

Y si alguna vez la historia real resulta menos impactante que la fantasía, la solución no es inventar. Es aprender a contarla mejor. La ciencia también necesita buenos narradores. Porque hay descubrimientos que merecen una épica propia, y no la están teniendo porque el lugar lo ocupan los charlatanes con mejor guion.

Ser escéptico no significa apagar la luz de la imaginación. Significa dirigirla como un faro para que ilumine sin deformar. Significa aceptar que no todo lo que deseamos saber está al alcance, y que esa limitación no es una derrota, sino parte del juego. Significa, en definitiva, cultivar una forma de humildad intelectual: la que nos recuerda que incluso los conocimientos más sólidos están sujetos a revisión. Pero sin que ello implique el «todo vale».

La credulidad absoluta y el cinismo radical son, al final, dos caras de la misma renuncia: la de pensar. La de investigar con método, con cuidado, con atención a los detalles. La de estar dispuesto a cambiar de opinión, pero no a cualquier precio. La de renunciar a defender que «esto fue así», sin preguntarnos, una y otra vez, cómo lo sabemos.

LO POLÍTICO DEL MISTERIO: COLONIALISMO, RACISMO Y RELATOS DE PODER

En 1994, en una escuela privada a las afueras de Harare, más de sesenta niños aseguraron haber visto un platillo plateado descender sobre un campo ce

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos