El largo camino hacia la libertad

Nelson Mandela

Fragmento

Indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Agradecimientos

Parte Primera. Una infancia en el campo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Parte Segunda. Johannesburgo

Capítulo 9

Capítulo 10

Parte Tercera. El nacimiento de un luchador por la libertad

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Parte Cuarta. La lucha es mi vida

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Parte Quinta. Traición

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Parte Sexta. La pimpinela negra

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Parte Séptima. Rivonia

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Parte Octava. La isla de Robben: Los años oscuros

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Parte Novena. La isla de Robben: El comienzo de la esperanza

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Parte Décima. Hablando con el enemigo

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Parte Undécima. Libertad

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Capítulo 108

Capítulo 109

Capítulo 110

Capítulo 111

Capítulo 112

Capítulo 113

Capítulo 114

Capítulo 115

Ilustraciones

Glosario

Índice analítico

Sobre el autor

Créditos

Dedicatoria

Dedico este libro a mis seis hijos, a Madiba y Makaziwe (mi primera hija), hoy ya muertos, y a Makgatho, Makaziwe, Zenani y Zindzi, cuyo apoyo y cariño atesoro; a mis veintiún nietos y a mis tres bisnietos, que tanta felicidad me procuran; y a todos mis camaradas, amigos y seguidores sudafricanos a cuyo servicio estoy, y cuyo valor, determinación y patriotismo sigue siendo mi fuente de inspiración.

Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

Como verán los lectores, este libro tiene una larga historia. Empecé a escribirlo en la clandestinidad en 1974, durante mi encarcelamiento en la isla de Robben. Sin el inagotable esfuerzo de mis viejos camaradas Walter Sisulu y Ahmed Kathrada por refrescarme la memoria, dudo que hubiera llegado a término. La copia que llevaba conmigo fue descubierta por las autoridades y confiscada. No obstante, mis compañeros de cárcel Mac Maharaj e Isu Chiba sumaron a su increíble habilidad caligráfica la requerida para que el manuscrito original llegara a salvo a su destino. Reanudé el trabajo al ser liberado de la cárcel en 1990.

Desde mi puesta en libertad, mi agenda ha estado repleta de deberes y responsabilidades, que me han dejado poco tiempo para la escritura. Afortunadamente, para poner fin a mi trabajo he dispuesto de la ayuda de colegas, amigos y profesionales, a los que desearía expresar mi gratitud.

Estoy profundamente agradecido a Richard Stengel, que colaboró en la creación de este libro, aportando una ayuda inestimable en la edición y revisión de las primeras partes y en la redacción de las posteriores. Recuerdo con afecto nuestros paseos matinales en el Transkei, las muchas horas de entrevistas en Shell House en Johannesburgo, y en mi casa de Houghton. Mary Pfaff, que ayudó a Richard en su trabajo, merece una mención especial. También me he beneficiado del consejo y apoyo de Fatima Meer, Peter Magubane, Nadine Gordimer y Ezekiel Mphahlele.

Deseo dar las gracias especialmente a mi camarada Ahmed Kathrada por las largas horas dedicadas a revisar, corregir y dar precisión a esta historia. Mi agradecimiento a todo el personal de mi oficina en el CNA por enfrentarse con paciencia a las dificultades que les ha ocasionado la elaboración de este libro; en particular, a Barbara Masekela por su eficaz coordinación. Del mismo modo, deseo dar las gracias a Iqbal Meer, que ha dedicado muchas horas a supervisar los aspectos comerciales y de producción del libro. Doy las gracias también a mi editor, William Phillips, de Little and Brown, que ha dirigido este proyecto desde el comienzo de 1990 y ha corregido el texto; así como a sus colegas Jordan Pavlin, Steve Schneider, Mike Mattil y Donna Peterson. También me gustaría agradecer a Gail Gerhart su objetiva crítica del manuscrito.

Parte Primera UNA INFANCIA EN EL CAMPO

Parte Primera
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 UNA INFANCIA EN EL CAMPO

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ADEMÁS DE LA VIDA, una constitución fuerte y una vieja vinculación con la casa real de Thembu, lo único que mi padre me dio al nacer fue un nombre, Rolihlahla. En xhosa, Rolihlahla quiere decir literalmente “arrancar una rama de un árbol”, pero su significado coloquial se aproxima más a “revoltoso”. Yo no creo que los nombres predeterminen el destino, ni que mi padre adivinara de algún modo cuál iba a ser mi futuro, pero en años posteriores, tanto mis amigos como mis parientes llegaron a atribuir a ese nombre las muchas tempestades que he causado, y a las que he sobrevivido. Mi nombre inglés, o cristiano, más familiar, no me fue dado hasta mi primer día de colegio, pero me anticipo a los acontecimientos.

Nací el 18 de julio de 1918 en Mvezo, una diminuta aldea en la ribera del río Mbashe, en el distrito de Umtata, capital del Transkei. El año de mi nacimiento fue el del fin de la Gran Guerra, el de una epidemia de gripe que mató a millones de personas en todo el mundo y el de la presencia de una delegación del Congreso Nacional Africano en la Conferencia de Paz de Versalles para exponer las quejas del pueblo negro sudafricano. Mvezo, no obstante, era un lugar apartado, un pequeño asentamiento alejado de los grandes acontecimientos del mundo, donde la vida continuaba en gran medida como hacía cien años.

El Transkei se encuentra unos mil doscientos kilómetros al este de ciudad de El Cabo y a novecientos al sur de Johannesburgo. Está situado entre el río Kei y la frontera con Natal, con las abruptas montañas Drakensberg al Norte y las azules aguas del Índico al Este. Es una hermosa tierra de suaves colinas, fértiles valles y un millar de ríos y arroyos, que hacen que el paisaje sea verde incluso en invierno. El Transkei era una de las mayores divisiones territoriales de Sudáfrica. Con una superficie del tamaño de Suiza, tenía una población de unos tres millones de xhosas y una pequeña minoría de basothos y blancos. Es el hogar del pueblo thembu, que forma parte de la nación xhosa a la que pertenezco.

Mi padre, Gadla Henry Mphakanyiswa, era un jefe, tanto por derecho de sangre como por tradición. Fue confirmado como jefe de Mvezo por el rey de la tribu thembu pero, bajo el dominio británico, su elección debía ser ratificada por el gobierno, que en Mvezo estaba representado por un comisario residente local. Como jefe designado por el gobierno, tenía derecho a un estipendio y a una parte de los ingresos que los ingleses obtenían de la comunidad por vacunar el ganado y a cambio de los pastos comunales. Aunque el papel de jefe era venerable y digno de estima, se había visto degradado —hacía ya setenta y cinco años— por el control de un gobierno blanco escasamente comprensivo para con los africanos.

La tribu thembu se remonta veinte generaciones hasta el rey Zwide. Según la tradición, el pueblo thembu vivía al pie de las montañas Drakensberg y emigró hacia la costa en el siglo XVI, donde se incorporó a la nación xhosa. Los xhosas forman parte del pueblo nguni, que vive, caza y pesca en la rica y templada región sudeste de Sudáfrica, entre la gran meseta exterior al Norte y el océano Índico al Sur desde al menos el siglo XI. Los nguni se dividen en el grupo del Norte —los pueblos zulú y swazi— y el grupo meridional, compuesto por los amaBaca, amaBomyana, amaGcaleka, amaMfengu, amaMpodomis, amaMpondo, abeSotho y abeThembu. Todos ellos constituyen la nación xhosa.

Los xhosas son un pueblo orgulloso, patrilineal, con un lenguaje expresivo y eufónico y una gran fe en la importancia de las leyes, la educación y la cortesía. La sociedad xhosa era un orden social equilibrado y armonioso, en el que cada individuo conocía su lugar. Cada xhosa pertenece a un clan que se remonta a través de sus ascendientes hasta un antecesor específico. Yo soy miembro del clan Madiba, que lleva el nombre de un jefe thembu que gobernó en el Transkei en el siglo XVIII. A menudo se dirigen a mí llamándome Madiba, el nombre de mi clan, como muestra de respeto.

Ngubengcuka, uno de nuestros más grandes monarcas, que unificó la tribu thembu, murió en 1832. Como era costumbre, tenía esposas que procedían de las principales casas reales: la Gran Casa, de la que se selecciona al heredero; la Casa de la Derecha; y la Ixhiba, una casa de importancia menor, a la que algunos llaman Casa de la Izquierda. La tarea de los hijos de la Ixhiba, o Casa de la Izquierda, consistía en resolver las disputas reales. Mthikrakra, el hijo mayor de la Gran Casa, sucedió a Ngubengcuka, y entre sus hijos estuvieron Ngangelizwe y Matanzima. Sabata, que gobernó a los thembus desde 1954, era nieto de Ngangelizwe y mayor que Kalzer Daliwonga, más conocido como K. D. Matanzima, anterior jefe del Transkei —mi sobrino, por ley y costumbre—, que era, a su vez, descendiente de Matanzima. El hijo mayor de la casa Ixhiba era Simakade, cuyo hermano menor era Mandela, mi abuelo.

Aunque a lo largo de décadas han circulado muchas historias de que yo pertenecía a la línea de sucesión al trono de los thembus, la sencilla genealogía que acabo de bosquejar deja bien claro que todos esos rumores son un mito. Yo era miembro de la casa real, pero no me encontraba entre los privilegiados que eran instruidos para gobernar. Por el contrario, en tanto que descendiente de la casa Ixhiba fui educado, como lo fue mi padre antes que yo, para ser consejero de los gobernantes de la tribu.

Mi padre era un hombre alto, de piel oscura y porte erguido y majestuoso que me gusta pensar que he heredado. Tenía un mechón de pelo blanco justo encima de la frente y, de niño, yo solía coger cenizas blancas y dármelas en el pelo para imitarle. Mi padre tenía un carácter severo y no le costaba recurrir al palo a la hora de imponer disciplina a sus hijos. Podía llegar a ser asombrosamente tozudo, otro rasgo que, desafortunadamente, parece haber transmitido a su hijo.

En ocasiones, se ha hablado de mi padre como primer ministro de Thembulandia durante los reinados de Dalindyebo, el padre de Sabata, que gobernó a comienzos de los años 1900, y de su hijo Jongintaba, que le sucedió. Esto es un error porque no existía tal título, aunque el papel que desempeñaba no era muy distinto al que el nombre implica. Como respetado y apreciado consejero de ambos reyes, les acompañó en sus viajes y, normalmente, se encontraba a su lado en las reuniones importantes con funcionarios del gobierno. Era un custodio reconocido de la historia de los xhosas, y si era muy valorado como consejero, era en parte por ello. Mi interés en la historia tuvo raíces muy tempranas y fue alentado por mi padre. Aunque no sabía leer ni escribir tenía fama de ser un excelente orador que cautivaba a su público instruyéndole y divirtiéndole a la vez.

Años después, averigüé que mi padre no era sólo un consejero sino un hacedor de reyes. Tras la prematura muerte de Jongilizwe en los años veinte, su hijo Sabata, el hijo de la Gran Esposa, era demasiado joven para subir al trono. Se produjo una disputa respecto a cuál de los tres hijos mayores de Dalindyebo, nacidos de otras esposas —Jongintaba, Dabulamanzi y Melithafa—, debía ser el elegido para sucederle. Habiendo sido consultado, mi padre recomendó a Jongintaba, basándose en que era quien había recibido mejor educación. Sostenía que Jongintaba sería no sólo un magnífico custodio de la corona, sino un excelente mentor para el joven príncipe. Mi padre y unos pocos jefes influyentes tenían ese gran respeto por la educación que tan a menudo muestran quienes carecen de ella. La recomendación era controvertida, ya que la madre de Jongintaba procedía de una casa menor, pero la elección de mi padre fue finalmente aceptada, tanto por los thembus como por el gobierno británico. Con el tiempo, Jongintaba devolvería el favor de un modo que mi padre no podía entonces imaginar.

En total, mi padre tenía cuatro esposas, de las cuales la tercera, mi madre, Nosekeni Fanny, hija de Nkedama, del clan amaMpemvu de los xhosas, pertenecía a la Casa de la Derecha. Cada una de estas esposas —la Gran Esposa, la esposa de la Derecha (mi madre), la esposa de la Casa de la Izquierda y la esposa de la Iqadi, o Casa de Apoyo— tenía su propio kraal. Un kraal es algo parecido a una granja, y normalmente comprendía un corral con una cerca sencilla para los animales, campos para cultivar y una o más chozas de techo de paja. Los kraal de las esposas de mi padre distaban entre sí muchos kilómetros, y él los iba recorriendo de uno en uno. En estos viajes, mi padre engendró trece hijos en total, cuatro varones y nueve hembras. Yo soy el hijo mayor de la Casa de la Derecha, y el más joven de los cuatro hijos de mi padre. Tuve tres hermanas, Baliwe, que era la mayor de las niñas, Notancu, y Makhutswana. Aunque el mayor de los hijos de mi padre era Mlahlwa, el heredero de mi padre como jefe era Daligqili, el hijo de la Gran Casa, que murió a comienzos de la década de 1930. Todos sus hijos, con la excepción de mí mismo, han muerto ya. Y todos ellos eran mayores que yo, no sólo en edad sino también en estatus.

Cuando era poco más que un niño recién nacido, mi padre se vio envuelto en una disputa que le privó de la jefatura de Mvenzo y reveló una veta de su carácter que creo transmitió a su hijo. Siempre he pensado que es la crianza, más que la naturaleza, la que constituye el principal molde de la personalidad, pero mi padre poseía una orgullosa rebeldía, un tenaz sentido de la justicia, que reconozco en mí mismo. Como jefe —o cacique, como le llamaban a menudo los blancos— mi padre se veía obligado a dar cuenta de su administración no sólo al rey de los thembus, sino al comisario residente local. Un día, uno de los súbditos de mi padre presentó una queja contra él respecto a un buey que se había perdido. El comisario ordenó a mi padre que se presentase ante él. Cuando mi padre recibió la citación, envió la siguiente respuesta: “Andizi, ndisakula”. (No iré, aún estoy aprestándome para la batalla). Uno no desafiaba a los comisarios impunemente en aquellos días. Tal comportamiento era considerado el colmo de la insolencia, como ocurrió en este caso.

La respuesta de mi padre expresaba su convicción de que el magistrado carecía de poder legítimo sobre él. Cuando se trataba de asuntos tribales, se guiaba no por las leyes del rey de Inglaterra, sino por las costumbres thembus. Su desafío no fue producto del orgullo herido, sino una cuestión de principios. Estaba reafirmando su prerrogativa tradicional como jefe y desafiando la autoridad del magistrado.

Cuando éste recibió la respuesta de mi padre, le inculpó inmediatamente de insubordinación. No hubo pesquisas ni investigaciones. Eso estaba reservado para los funcionarios blancos. El magistrado se limitó a deponer a mi padre, poniendo así fin a la jefatura de la familia Mandela.

Por aquel entonces yo no era consciente de aquellos acontecimientos, pero no salí indemne de ellos. Mi padre, que era un noble adinerado según los baremos de la época, perdió tanto su fortuna como su título. Le fueron arrebatadas la mayor parte de su rebaño y de sus tierras, y perdió los ingresos que de ellas obtenía. Debido a nuestra difícil situación económica, mi madre se mudó a Qunu, una aldea algo más grande que había al norte de Mvezo, donde gozaría del apoyo de amigos y parientes. En Qunu no vivíamos tan bien, pero fue en aquella aldea cerca de Umtata donde pasé los años más felices de mi infancia y a la que se remontan mis primeros recuerdos.

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LA ALDEA DE QUNU se encontraba en un valle angosto y cubierto de hierba, cruzado por arroyos claros, sobre el que se cernían verdes colinas. Estaba habitada por tan sólo unos cientos de personas que vivían en cabañas, estructuras en forma de panal con paredes de barro y una pértiga de madera en el centro que sostenía un techo cónico de paja. El suelo estaba hecho con termiteros pulverizados, la cúpula dura de tierra que hay sobre las colonias de hormigas, y se mantenía liso frotándolo regularmente con bosta fresca de vaca. El humo del fuego escapaba a través del tejado y la única abertura era una puerta baja, para entrar por la cual era necesario agacharse. Las cabañas solían estar agrupadas en un área residencial que se encontraba a cierta distancia de los campos de maíz. No había carreteras, sólo senderos a través de la hierba desgastados por los pies descalzos de niños y mujeres. Los niños y mujeres de la aldea lucían túnicas teñidas en ocre; sólo los contados cristianos de la aldea llevaban ropas al estilo occidental. Las vacas, las ovejas, las cabras y los caballos pacían juntos en pastos comunales. La tierra que rodeaba Qunu carecía practicamente de árboles, a excepción de un pequeño grupo de álamos que había en una colina contigua a la aldea. La tierra en sí era propiedad del Estado. Con contadas excepciones, por aquel entonces los africanos no tenían derecho a ser propietarios de la tierra en Sudáfrica, eran arrendatarios que tenían que pagar una renta anual al gobierno. Había dos pequeñas escuelas primarias, un colmado y un tanque de inmersión para librar al ganado de garrapatas y enfermedades.

El maíz (de la variedad que en Sudáfrica llamábamos zara), el sorgo, las alubias y las calabazas constituían la mayor parte de nuestra dieta, no porque prefiriéramos estos alimentos a todos los demás, sino porque el pueblo no podía permitirse nada mejor. Las familias más ricas de nuestra aldea complementaban su dieta con té, café y azúcar, pero para la mayor parte de los habitantes de Qunu, aquellos eran lujos exóticos totalmente fuera de su alcance. El agua que se empleaba para los cultivos, para cocinar y para lavar debía ser recogida con cubos de los arroyos. Éste era un trabajo de mujeres y, de hecho, Qunu era una aldea de mujeres y niños: la mayor parte de los hombres pasaban casi todo el año trabajando en granjas lejanas o en las minas que había a lo largo del Reef, la gran cadena de roca y esquisto llena de oro que forma la frontera sur de Johannesburgo. Regresaban un par de veces al año, fundamentalmente para arar sus tierras. Los trabajos de azada, el de arrancar las malas hierbas y el de recolectar quedaban en manos de las mujeres y los niños. Poca gente en la aldea, si es que había alguien, sabía leer o escribir, y el concepto de educación seguía siendo extraño para muchos.

Mi madre presidía tres cabañas de Qunu que, por lo que recuerdo, estaban siempre atestadas de niños recién nacidos e hijos de mis parientes. De hecho, prácticamente no recuerdo haber estado a solas en ninguna ocasión cuando era pequeño. En la cultura africana, los hijos y las hijas de los tíos o las tías de uno son considerados hermanos y hermanas, no primos. No hacemos las mismas distinciones entre los parientes que hacen los blancos. No tenemos medios hermanos ni medias hermanas. La hermana de mi madre es mi madre; el hijo de mi tío es mi hermano; el hijo de mi hermano es mi hijo o mi hija.

De las tres cabañas de mi madre, una se utilizaba para cocinar, otra para dormir y la tercera como almacén. La choza donde dormíamos carecía de muebles en el sentido occidental. Nos acostábamos sobre esteras y nos sentábamos en el suelo. Yo no descubrí las alfombras hasta que fui a Mqhekezweni. Mi madre cocinaba en un caldero de tres patas sobre un fuego abierto en el centro de la choza o fuera de ella. Todo lo que comíamos lo habíamos cultivado y elaborado nosotros mismos. Mi madre plantaba y recolectaba su propio maíz. Las mazorcas de la variedad sudafricana, llamadas zaras, se recogían cuando estaban duras y secas. Se almacenaban en sacos o en pozos excavados en la tierra. Para preparar las zaras, las mujeres empleaban diferentes métodos: podían moler el grano entre dos piedras para hacer pan, o cocer primero las mazorcas para hacer umphothulo (harina de maíz que se come mezclada con leche agria) o umngqusho (un potaje, también de maíz, que se toma solo o mezclado con alubias). Al contrario que el maíz, que en ocasiones escaseaba, la leche de nuestras cabras y vacas era siempre abundante.

Desde muy pequeño, pasaba la mayor parte de mi tiempo libre en el veld jugando y luchando con otros chicos de la aldea. El niño que se quedaba en casa sujeto a las faldas de su madre era considerado un mariquita. Por la noche, compartía mi comida y mi manta con esos mismos muchachos. No tenía más de cinco años cuando me convertí en pastor, haciéndome cargo de las ovejas y los terneros que pastaban en los prados. Descubrí el vínculo casi místico que sienten los xhosas con el ganado vacuno, no sólo como fuente de alimento y riqueza, sino como bendición divina y fuente de alegría. Fue en los prados donde aprendí a derribar aves en vuelo con una honda, a recoger miel silvestre, frutas y raíces comestibles, a beber leche cálida y dulce directamente de la ubre de una vaca, a nadar en los límpidos y fríos arroyos y a pescar con un cordel y afilados trozos de alambre. Aprendí a combatir con pértiga —un conocimiento esencial para cualquier niño africano de pueblo— y me convertí en un especialista en sus diversas técnicas: paradas de golpes, fintas en una dirección golpeando en otra, esquivar al oponente con un rápido juego de piernas. A aquellos días atribuyo mi amor al veld, a los espacios abiertos, a la sencilla belleza de la naturaleza, a la límpida línea del horizonte.

Cuando eramos niños, la mayor parte del tiempo nos dejaban que nos las arregláramos solos. Nos entreteníamos con juguetes que fabricábamos nosotros mismos. Moldeábamos animales y pájaros con arcilla, hacíamos trineos para bueyes con ramas de árbol. Nuestro campo de juegos era la naturaleza. Las colinas que se alzan sobre Qunu estaban salpicadas de grandes rocas pulidas que convertimos en nuestra propia montaña rusa. Nos sentábamos en piedras planas y nos deslizábamos por la cara de las rocas. Lo hacíamos hasta que teníamos el trasero tan dolorido que casi no podíamos sentarnos. Aprendí a cabalgar montando sobre terneros destetados. Después de haber sido derribado varias veces, uno aprende.

Un día recibí una lección a manos de un asno rebelde. Habíamos ido subiendo en él por turnos. Cuando me tocó la vez, salté sobre su grupa y el asno dio un brinco, metiéndose en un espino cercano. Bajó la cabeza intentando derribarme, cosa que consiguió, pero no antes de que las espinas me arañaran la cara, poniéndome en vergüenza ante mis amigos. Al igual que los orientales, los africanos tienen un sentido de la dignidad, de lo que los chinos llaman “salvar la cara”, muy desarrollado. Había perdido dignidad ante mis amigos. Aunque había sido derribado por un burro, aprendí que humillar a otra persona es hacerle sufrir un destino innecesariamente cruel. Incluso siendo un niño, intentaba derrotar a mis oponentes sin deshonrarles.

Normalmente, los chicos jugaban entre ellos, pero en ocasiones permitíamos que se nos unieran nuestras hermanas. Los chicos y las chicas tenían juegos como el ndize (escondite) o el icekwa (tula), pero a lo que más me gustaba jugar con ellas era a lo que llamábamos khetha, o “elige al que más te guste”. No era realmente un juego organizado, sino algo improvisado que consistía en abordar a un grupo de chicas de nuestra edad y pedirles que cada una seleccionara al chico que más le gustara. Eran astutas —mucho más listas que nosotros, muchachos torpones— y a menudo conferenciaban entre ellas y elegían a un chico, normalmente el más feo, del que después se burlaban todo el camino de vuelta a casa.

El juego más popular entre los chicos era el thinti, que, como la mayor parte de los juegos de chicos, era una aproximación juvenil a la guerra. Se clavaban verticalmente en el suelo dos palos, que se empleaban como blanco, a unos treinta metros de distancia. El objetivo era que cada equipo lanzara palos al blanco del oponente hasta derribarlo. Cada equipo defendía su propio blanco e intentaba impedir que el otro bando recuperara los palos arrojados. Cuando fuimos haciéndonos mayores, organizábamos partidos contra muchachos de las aldeas vecinas, y quienes se distinguían en estas batallas fraternales eran muy admirados, como son justamente celebrados los generales que obtienen grandes victorias en la guerra.

Tras estos juegos, regresaba al kraal de mi madre, donde ella preparaba la cena. Mientras que mi padre contaba historias de batallas famosas y heroicos guerreros xhosas, mi madre nos arrobaba con leyendas y fábulas xhosas transmitidas a lo largo de innumerables generaciones. Aquellas historias, que estimulaban mi imaginación infantil, solían incluir algún tipo de moraleja. Recuerdo una historia que me contó mi madre acerca de un viajero que había sido abordado por una mujer muy vieja con terribles cataratas en los ojos. La mujer pedía ayuda al viajero y el hombre apartaba la vista. Entonces aparecía otro hombre, y la anciana se volvía hacia él pidiéndole que le limpiara los ojos. Aunque la tarea le resultaba desagradable, el hombre accedía a su petición. Milagrosamente, al caer las escamas de sus ojos, la anciana se transformaba en una bella joven. El hombre se casaba con ella y obtenía riquezas y prosperidad. Es un cuento sencillo, pero su mensaje no ha perdido actualidad: la virtud y la generosidad son recompensadas de un modo inescrutable.

Al igual que todos los niños xhosas, adquirí conocimientos fundamentalmente por medio de la observación. Se esperaba de nosotros que aprendiésemos a través de la imitación y la emulación, no de las preguntas. La primera vez que visité los hogares de los blancos me quedé boquiabierto por el número y tipo de preguntas que los niños hacían a sus padres, así como por la invariable disponibilidad de éstos para darles respuesta. En mi casa, las preguntas se consideraban una molestia; los adultos impartían la información como mejor les parecía.

Mi vida, como la de la mayor parte de los xhosas de la época, estaba modelada por las costumbres, los rituales y los tabúes de la tribu. Eran el alfa y la omega de nuestra existencia, y eran incuestionables. Los hombres seguían el camino escogido para ellos por sus padres; las mujeres llevaban la misma vida que habían llevado sus madres antes que ellas. Sin que nadie me lo dijera, no tardé en asimilar las complejas reglas que gobernaban las relaciones entre hombres y mujeres. Descubrí que un hombre no puede entrar en una casa donde una mujer haya dado a luz recientemente, y que una mujer recién casada no entraba en el kraal que sería su nuevo hogar sin elaboradas ceremonias. También descubrí que ignorar a los propios antepasados traía mala suerte y el fracaso en la vida. Si uno deshonraba a sus antepasados de alguna forma, la única manera de expiar la culpa era consultar a un sanador tradicional o a un anciano de la tribu, que se ponían en contacto con los antepasados transmitiéndoles sinceras excusas. Todas estas creencias me parecían perfectamente naturales.

No vi muchos blancos durante mi infancia en Qunu. Por supuesto, el comisario residente local era blanco, al igual que el tendero más próximo. De cuando en cuando atravesaban nuestra zona viajeros o policías blancos. Me parecían grandiosos como dioses, y era consciente de que había que tratarles con una mezcla de miedo y respeto, pero prácticamente no desempeñaban papel alguno en mi vida. No solía pensar mucho, o nada en absoluto, en el hombre blanco en general, o en las relaciones entre mi propio pueblo y aquellos personajes peculiares y remotos. La única rivalidad entre los diferentes clanes o tribus de nuestro pequeño mundo de Qunu era la existente entre los xhosas y los amaMfengu, un pequeño número de los cuales vivía en la aldea. Los amaMfengu llegaron al este de El Cabo tras huir de los ejércitos de Shaka Zulu en un periodo conocido como el iMfecane, la gran oleada de batallas y emigraciones acontecida entre 1820 y 1840, que tuvo su inicio en el alzamiento de Shaka y el estado zulú, y que pretendió conquistar, para después unificar todas las tribus bajo un mando militar. Los amaMfengu, que originalmente no hablaban el idioma xhosa, eran refugiados del iMfecane y se habían visto forzados a desempeñar trabajos que ningún otro africano estaba dispuesto a realizar. Trabajaban en las granjas y negocios de los blancos, algo muy mal visto por las tribus xhosas. Pero los amaMfengu eran un pueblo laborioso y, gracias a su contacto con los europeos, eran a menudo más cultos y “occidentales” que otros africanos.

Cuando yo era niño, los amaMfengu eran el sector más avanzado de la comunidad, y eran quienes nos abastecían de clérigos, policías, maestros, funcionarios e intérpretes. También estuvieron entre los primeros en convertirse al cristianismo, construir mejores casas y emplear métodos agrícolas científicos. Además, eran más ricos que sus compatriotas xhosas. Confirmaban el axioma de los misioneros de que ser cristiano equivale a ser civilizado, y que ser civilizado equivale a ser cristiano. Había aún cierta hostilidad hacia los amaMfengu, pero, retrospectivamente, se la atribuyo más a los celos que a la animosidad tribal. Esta forma local de tribalismo que observé siendo niño era relativamente inocua. En aquella fase no presencié, ni llegué siquiera a sospechar, las violentas rivalidades tribales que más adelante serían promovidas por los gobernantes blancos de Sudáfrica.

Mi padre no suscribía el prejuicio local contra los amaMfengu y se hizo amigo de dos hermanos, George y Ben Mbekela. Ambos eran una rareza en Qunu: eran cultos y cristianos. George, el mayor de los dos, era profesor retirado, y Ben era sargento de policía. A pesar de la labor proselitista de los hermanos Mbekela, mi padre se mantuvo alejado del cristianismo y conservó su fe personal en el gran espíritu de los xhosas, Qamata, el dios de sus padres. Era, extraoficialmente, el sacerdote que presidía el sacrificio ritual de cabras y terneros y oficiaba en los ritos tradicionales relacionados con la siembra, la cosecha, los nacimientos, el matrimonio, las ceremonias de iniciación y los funerales. No necesitaba ser ordenado, ya que la religión tradicional de los xhosas se caracteriza por su unicidad cósmica, por lo que prácticamente no existe distinción alguna entre lo sagrado y lo profano, entre lo natural y lo sobrenatural.

Si bien la fe de los hermanos Mbekela no afectó a mi padre, sí inspiró a mi madre, que se convirtió al cristianismo. Fanny era literalmente su nombre cristiano, ya que se lo habían puesto en la iglesia. Debido a la influencia de los Mbekela, yo mismo fui bautizado en la Iglesia metodista o wesleyana, como entonces se la conocía, y enviado al colegio. Los hermanos me veían a menudo jugando o cuidando las ovejas y se acercaban para hablar conmigo. Un día, George Mbekela visitó a mi madre y le dijo: “Su hijo es un muchacho inteligente. Debería ir a la escuela”. Mi madre guardó silencio. Nadie en mi familia había ido jamás al colegio, y para mi madre la sugerencia de Mbekela fue una sorpresa. No obstante, se la comunicó a mi padre, que a pesar de su propia falta de cultura —o tal vez debido precisamente a ella—, decidió de inmediato que su hijo menor debía ir al colegio.

La escuela tenía una única aula y un tejado al estilo occidental, y se encontraba al otro lado de la colina. Yo tenía siete años, y el día antes de incorporarme a las clases, mi padre me llevó aparte y me dijo que debía vestirme correctamente para ir al colegio. Hasta aquel momento, al igual que todos los demás chicos de Qunu, sólo llevaba una especie de túnica echada por encima de un hombro y sujeta a la cintura. Mi padre cogió unos pantalones suyos y los cortó a la altura de la rodilla. Me dijo que me los pusiera, y así lo hice. Su longitud era más o menos la adecuada, aunque me estaban demasiado anchos. Mi padre sacó entonces un trozo de cordel del bolsillo y me los ciñó en torno a la cintura. Debía ser un espectáculo cómico, pero nunca me he sentido tan orgulloso de ningún traje como de aquellos pantalones de mi padre.

El primer día de colegio, la señorita Mdingane, la profesora, nos puso a cada uno un nombre en inglés, y nos dijo que a partir de ese momento responderíamos a él en la escuela. Era una costumbre habitual entre los africanos en aquellos tiempos, y sin duda se debía a la influencia británica. Recibí una educación británica en la que las ideas, la cultura y las instituciones británicas eran consideradas superiores por sistema. No existía nada que pudiera llamarse cultura africana.

Los africanos de mi generación —e incluso los de nuestros días— tienen por lo general tanto un nombre inglés como uno africano. Los blancos eran incapaces de pronunciar los nombres africanos —o se negaban a hacerlo—, y consideraban poco civilizado tener uno. Aquel día, la señorita Mdingane me dijo que mi nuevo nombre sería Nelson. No tengo ni la más remota idea de por qué eligió para mí ese nombre en particular. Tal vez tuviese algo que ver con el gran almirante británico lord Nelson, aunque esto no es más que una especulación.

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UNA NOCHE, cuando tenía nueve años, se produjo una gran conmoción en la familia. Había llegado mi padre, que visitaba a sus esposas por turnos y normalmente pasaba en nuestra casa una semana al mes. Pero no había venido en la fecha acostumbrada, ya que no se le esperaba hasta unos pocos días más tarde. Le encontré en la choza de mi madre, tumbado de espaldas en el suelo, en medio de un interminable ataque de tos. Incluso para mis ojos de niño, estaba claro que no le quedaba mucho tiempo en este mundo. Padecía algún tipo de enfermedad pulmonar, pero nunca fue diagnosticada, ya que mi padre jamás visitó a un médico. Permaneció en la choza durante varios días, sin moverse ni hablar, y una noche empeoró. Mi madre y la esposa más joven de mi padre, Nodayimani, que había venido a estar con nosotros, le cuidaban. Muy entrada la noche él mandó a buscar a Nodayimani. “Tráeme mi tabaco”, le dijo. Mi madre y Nodayimani hablaron entre ellas y decidieron que no era prudente que fumara en aquel estado, pero él persistió en su exigencia y, finalmente, Nodayimani le llenó la pipa, la encendió y se la entregó. Mi padre fumó y se tranquilizó. Continuó fumando durante cerca de una hora y después, con la pipa aún encendida, murió.

No recuerdo tanto el dolor que sentí como la sensación de estar a la deriva. Aunque mi madre era el centro de mi existencia, yo me definía a mí mismo a través de mi padre. Su muerte cambió mi vida de un modo que nunca llegué a sospechar por aquel entonces. Tras un breve periodo de luto, mi madre me comunicó que me iba a enviar fuera de Qunu. No le pregunté por qué, ni adónde iba a ir.

Empaqueté mis escasas pertenencias y una mañana temprano emprendimos viaje hacia el Oeste, en dirección a mi nueva residencia. No añoraba tanto a mi padre como al mundo que dejaba a mis espaldas. Qunu era el mundo que conocía, y lo amaba con ese amor incondicional con el que el niño ama su primer hogar. Antes de desaparecer tras las colinas me volví para mirar la aldea, pensando que sería por última vez. Vi las sencillas chozas y la gente ocupada en sus tareas, el arroyo donde había chapoteado y jugado con los otros chicos, los campos de maíz y los verdes prados donde los rebaños y manadas pastaban perezosamente. Imaginé a mis amigos cazando pequeños pájaros, bebiendo la dulce leche directamente de la ubre de la vaca y haciendo cabriolas y chapoteando en el estanque que había en un extremo del arroyo. Por encima de cualquier otra cosa, mis ojos descansaron en las tres sencillas chozas donde había disfrutado del amor y la protección de mi madre. Asociaba aquellas tres chozas con mi felicidad, con la vida misma, y lamentaba no haberlas besado una por una antes de partir. No podía imaginar que el futuro hacia el que me encaminaba pudiera compararse en modo alguno con el pasado que dejaba atrás.

Caminamos en silencio hasta que el sol empezó a hundirse lentamente en el horizonte. Sin embargo, el silencio entre madre e hijo no es una sensación solitaria. Mi madre y yo nunca hablábamos mucho, pero no necesitábamos hacerlo. Jamás dudé de su amor, ni puse en duda su apoyo. Era un viaje agotador a lo largo de caminos pedregosos o llenos de arena, colina arriba y pendiente abajo, dejando atrás numerosas aldeas, pero no nos detuvimos ni una sola vez. A última hora de la tarde llegamos a una aldea situada en el fondo de un valle poco profundo y rodeado de árboles. En el centro había una casa grande y hermosa, y superaba hasta tal punto todo lo que había visto hasta entonces que no pude por menos que quedarme maravillado ante ella. Los edificios eran dos iingxande (casas rectangulares) y siete majestuosas rondavels (chozas de rango superior), encaladas en blanco, deslumbrantes incluso bajo la luz del sol poniente. Había un gran huerto en la parte delantera y un campo de maíz bordeado por melocotoneros de forma redondeada. En la parte posterior se extendía otro huerto aún más espacioso, con manzanos, hortalizas, un parterre de flores y un macizo con mimbres. En las inmediaciones se levantaba una iglesia de estuco blanco. A la sombra de dos gomeros que adornaban la puerta delantera de la casa principal estaba sentado un grupo de unos veinte ancianos de la tribu. Alrededor de la propiedad, pastando plácidamente en las ricas tierras, había una manada de al menos cincuenta vacas y tal vez quinientas ovejas. Todo estaba maravillosamente cuidado y representaba una visión tal de riqueza y orden, que desbordaba mi imaginación. Aquel era el Gran Lugar, Mqhekezweni, la capital provisional de Thembulandia, la residencia real del jefe Jongintaba Dalindyebo, regente en funciones del pueblo thembu.

Mientras contemplaba asombrado toda aquella magnificencia, un enorme automóvil atravesó rugiendo la entrada occidental, y los hombres sentados a la sombra se irguieron. Se encasquetaron los sombreros y se pusieron en pie de un salto gritando: “Bayete a-a-a, Jongintaba!” (¡Saludos, Jongintaba!), el saludo tradicional de los xhosas hacia su jefe. Del coche (me enteré más tarde que aquel majestuoso vehículo era un Ford V8) descendió un hombre bajo y robusto con un elegante traje. Vi que de él emanaba la confianza y seguridad de quien está habituado al ejercicio de la autoridad. Su nombre resultaba singularmente apropiado, ya que Jongintaba significa literalmente “El que mira a la montaña”, y era un hombre cuya presencia hacía que todos los ojos se volvieran hacia él. Su piel era oscura y su rostro inteligente, y estrechó desenfadadamente la mano a cada uno de los hombres que había bajo el árbol, que, como pude averiguar después, constituían el más alto tribunal de justicia de los thembus. Era el regente, que había de convertirse en mi guardián y benefactor a todo lo largo de la siguiente década.

En aquel momento, mientras observaba a Jongintaba y su corte, me sentía como un arbolillo arrancado de raíz y lanzado al centro de un arroyo, incapaz de resistirme a su poderosa corriente. Experimenté una mezcla de sobrecogimiento y desconcierto. Hasta entonces sólo había pensado en mis propios placeres. Nunca había sentido más ambición que comer bien y llegar a ser un campeón de la lucha con pértiga. No aspiraba a tener dinero, ni clase, ni fama, ni poder. Repentinamente, se había abierto ante mí un nuevo mundo. Los niños procedentes de hogares pobres se ven a menudo acosados por una turbamulta de nuevas tentaciones al encontrarse de pronto ante grandes riquezas. Yo no fui una excepción. Sentí cómo se tambaleaban muchas de mis creencias y lealtades. Los delicados cimientos construidos por mis padres empezaron a desvanecerse. En aquel instante vi que la vida podía ofrecerme algo más que la posibilidad de ser campeón de lucha con pértiga.

* * *

Supe posteriormente que, tras la muerte de mi padre, Jongintaba se había ofrecido a ser mi protector. Se había comprometido a tratarme como a sus otros hijos y a que disfrutara de las mismas ventajas y oportunidades que ellos. Mi madre no tuvo opción. No podía rechazar semejante oferta del regente. Le satisfizo pensar que, aunque me echaría de menos, mi crianza sería más ventajosa para mí en manos del regente que en las suyas. El jefe no había olvidado que gracias a la intervención de mi padre se había convertido en jefe supremo en funciones.

Mi madre permaneció en Mqhekezweni un par de días antes de regresar a Qunu. Nos despedimos sin grandes alharacas. No me sermoneó, ni me ofreció sabios consejos, ni me besó. Sospecho que no quería que me sintiera abandonado tras su partida y por ello mantuvo una actitud distante. Sabía que mi padre quería que yo disfrutara de una educación y estuviera preparado para hacer frente al mundo, y eso era imposible en Qunu. Su tierna mirada me dio todo el afecto y apoyo que necesitaba. Al partir, se volvió hacia mí y me dijo: “Uqinisufokotho, Kwedini!” (¡Sé fuerte, hijo mío!) A menudo los niños son las criaturas menos sentimentales que existen, especialmente si están absortos ante alguna novedad. Incluso en el momento en que mi querida madre y primera amiga se despedía, tenía la cabeza puesta en los deleites de mi nuevo hogar. ¿Cómo no iba a sentirme exaltado? Vestía ya las elegantes ropas que mi nuevo tutor me había comprado.

No tardé en incorporarme a la vida cotidiana de Mqhekezweni. Los niños se adaptan rápidamente o no se adaptan en absoluto, y yo me había adaptado al Gran Lugar como si me hubiera criado allí. Para mí era un reino mágico en el que todo era maravilloso. Las tareas que me resultaban tediosas en Qunu se convertían en aventuras en Mqhekezweni. Cuando no estaba en la escuela, araba, conducía carretas o hacía de pastor. Cabalgaba y abatía pájaros con honda, buscaba chicos con los que combatir y a veces bailaba toda la noche al ritmo de los hermosos cantos y palmas de las vírgenes thembu. Aunque echaba de menos Qunu y a mi madre, estaba totalmente inmerso en mi nuevo mundo.

Asistía a una escuela con una única aula que había junto al palacio, donde estudiaba inglés, xhosa, historia y geografía. Leíamos el Chambers English Reader y escribíamos las lecciones en pizarrines negros. Nuestros profesores, el señor Fadana y, más adelante, el señor Giqwa, me dedicaron especial atención. Me fue bien en el colegio, no porque fuera listo, sino por que era testarudo. Mi autodisciplina contó con el apoyo de mi tía Phathiwe, que vivía en el Gran Lugar y revisaba mis deberes todas las noches.

Mqhekezweni era una misión de la Iglesia metodista, y estaba mucho más occidentalizada y al día que Qunu. Sus habitantes lucían ropas modernas. Los hombres llevaban trajes y las mujeres habían adoptado el severo estilo de las misioneras protestantes: faldas gruesas y largas y blusas de cuello alto, con un chal sobre los hombros y un pañuelo elegantemente enroscado alrededor de la cabeza.

Si el mundo de Mqhekezweni giraba en torno al regente, mi mundo personal, más pequeño, lo hacía en torno a sus dos hijos. Justice, el mayor, era el único varón y el heredero del Gran Lugar. Nomafu era la hija del jefe. Vivía con ellos y recibía exactamente el mismo trato. Comíamos la misma comida, vestíamos las mismas ropas, desempeñábamos las mismas tareas. Más adelante se unió a nosotros Nxeko, el hermano mayor de Sabata, el heredero del trono. Los cuatro formábamos un cuarteto real. El regente y su esposa, No-England, me criaron como si fuese su propio hijo. Se preocupaban por mí, me orientaban y me castigaban, siempre con gran cariño y sentido de la justicia. Jongintaba era severo, pero jamás dudé de su afecto. Me llamaban por el apelativo cariñoso de Tatomkhulu, que significa “abuelo”, porque según ellos, cuando me ponía serio parecía un anciano.

Justice era cuatro años mayor que yo, y se convirtió en mi primer héroe después de mi padre. Estaba pendiente de él en todo. Él asistía ya al internado de Clarkebury, que se encontraba a unos noventa kilómetros de Mqhekezweni. Alto, apuesto y musculoso, era un magnífico deportista que descollaba tanto en las pistas de carreras como en los campos de deportes, en el cricket, el rugby y el fútbol. Alegre y extrovertido, era un actor nato que extasiaba a la gente con sus canciones y la pasmaba con sus bailes de salón. Tenía toda una tropa de admiradoras femeninas, pero también un batallón de críticos que le consideraban un señorito y un playboy. Justice y yo nos hicimos grandes amigos, aunque en muchos aspectos éramos totalmente opuestos: él era extrovertido, yo introvertido; él alegre, yo serio. A él le salían las cosas con facilidad; yo tenía que esforzarme. Para mí Justice era todo lo que debía ser un hombre joven, y todo lo que yo deseaba ser. Aunque siempre fuimos tratados de forma similar, nuestros destinos eran diferentes: Justice heredaría una de las jefaturas más poderosas de la tribu thembu, mientras que yo obtendría lo que el regente, en su generosidad, quisiera asignarme.

Me pasaba el día entrando y saliendo de la casa del regente para hacer encargos y pequeños trabajos. Entre los muchos que realizaba, el que más me agradaba era planchar sus trajes, tarea que me llenaba de orgullo. Tenía media docena de trajes occidentales y dediqué muchas horas a trazar cuidadosamente la raya de sus pantalones. Su palacio, por así decirlo, consistía en dos grandes casas de estilo occidental con techos de lata. En aquellos tiempos muy pocos africanos tenían casas de estilo occidental, que eran consideradas un signo de gran riqueza. Había seis rondavels dispuestos en semicírculo en torno a la casa principal. Tenían suelos de madera, algo que jamás había visto. El regente y su esposa dormían en el rondavel de la derecha, la hermana de la reina en el del centro, y el de la izquierda hacía las veces de despensa. Bajo el suelo de la choza de la hermana de la reina había un panal, y en ocasiones levantábamos uno o dos tablones del suelo para devorar la miel. Poco después de mi traslado a Mqhekezweni, el regente y su esposa se mudaron a la uxande (casa central), que se convirtió automáticamente en la Gran Casa. Había en sus inmediaciones tres pequeños rondavels: uno para la madre del regente, otro para acoger a las visitas y un tercero que compartíamos Justice y yo.

Los dos principios que gobernaban mi vida en Mqhekezweni eran la jefatura de la tribu y la iglesia. Ambas doctrinas coexistían en incómoda armonía, aunque desde mi punto de vista no eran antagónicas. Para mí, el cristianismo no era tanto un sistema de creencias como el poderoso credo de un único hombre: el reverendo Matyolo. Su poderosa presencia encarnaba todo lo que el cristianismo tiene de atractivo. Era tan popular y amado como el regente, y el hecho de que estuviera por encima de éste en materia espiritual me impresionó mucho. Pero la Iglesia mostraba tanto interés en este mundo como en el del más allá: yo era consciente de que, al parecer, prácticamente todos los logros de los africanos se debían al trabajo misionero de la Iglesia. Las escuelas de las misiones formaban a los funcionarios, los intérpretes y los policías, oficios que, por aquel entonces, representaban el no va más de las aspiraciones de los africanos.

El reverendo Matyolo era un hombre grueso y cincuentón, con voz profunda y potente que igual se prestaba a los sermones que al canto. Cuando predicaba en la sencilla iglesia que había en el extremo occidental de Mqhekezweni, el templo estaba siempre atestado de gente. La sala reverberaba con los hosannas de los fieles, y las mujeres se arrodillaban a sus pies para implorarle la salvación. La primera historia que escuché sobre él tras llegar al Gran Lugar contaba que el reverendo había hecho huir a un peligroso fantasma armado tan sólo con una biblia y una linterna. Jamás percibí la menor falta de verosimilitud, ni contradicción alguna en aquella historia. El metodismo que predicaba el reverendo Matyolo pertenecía a la variedad del Dios tonante, el salitre y el azufre hirviente, todo ello aderezado con pequeñas dosis de animismo africano. El Señor era sabio y omnipotente, pero era también un dios vengativo que no dejaba sin castigo pecado alguno.

En Qunu, la única vez que había asistido a la iglesia había sido el día de mi bautismo. La religión era un ritual que yo aceptaba por respeto a mi madre, pero al que no atribuía el menor significado. Aun así, en Mqhekezweni la religión formaba parte de la vida, por lo que asistía a la iglesia todos los domingos con el regente y su esposa. El jefe se tomaba la religión muy en serio. De hecho, la única ocasión en que me dio una paliza fue un día que me había saltado el servicio dominical para ir a pelear con los muchachos de otra aldea, una transgresión que jamás volví a cometer.

Recibí otras reprimendas por saltarme las normas del reverendo. Una tarde, entré a hurtadillas en el huerto del reverendo Matyolo y robé un poco de maíz, que asé y comí allí mismo. Una joven me vio e inmediamente dio parte al sacerdote. La noticia no tardó en extenderse, llegando hasta los oídos del regente. Aquella noche esperó hasta la hora de las oraciones —un ritual cotidiano en aquella casa— para echarme en cara mi falta, reprochándome que le hubiera quitado el pan a un pobre sirviente de Dios. También me culpó de haber deshonrado a la familia y me advirtió que el demonio me haría pagar por mi pecado. Sentí una desagradable mezcla de miedo y vergüenza: miedo ante alguna especie de venganza cósmica y vergüenza por haber abusado de la confianza de mi familia adoptiva.

Debido al respeto del que disfrutaba el regente —tanto por parte de los blancos como de los negros— y al poder aparentemente ilimitado que esgrimía, yo veía la función de la jefatura como el centro mismo en torno al que giraba la vida. La importancia y la influencia del cargo impregnaba hasta el último rincón de nuestras vidas en Mqhekezweni, y era el principal medio a través del cual uno podía obtener autoridad y posición.

Las ideas que posteriormente desarrollé acerca del liderazgo se vieron profundamente influidas por el ejemplo del regente y su corte. En las reuniones tribales, que se celebraban con regularidad en el Gran Lugar, observaba y aprendía. Aquellos encuentros no se programaban, sino que se convocaban cuando eran necesarios. En ellos se discutían temas de trascendencia, tales como la sequía, la necesidad de reducir el tamaño de los rebaños de vacas, la línea política impuesta por el magistrado o las nuevas leyes dictadas por el gobierno británico. Todos los thembus eran libres de asistir, y muchos de ellos lo hacían, viajando a caballo o a pie.

En estas ocasiones, Jongintaba se rodeaba de sus amaphakathi, un grupo de consejeros de alto rango que actuaban como parlamento y poder judicial del regente. Eran hombres sabios que atesoraban en sus cabezas el conocimiento de la historia y las costumbres tribales, y cuyas opiniones tenían gran peso.

El regente enviaba cartas a los jefes y mandatarios tribales anunciándoles la celebración de una reunión, y pronto el Gran Lugar bullía de visitantes importantes y viajeros procedentes de toda Thembulandia. Los huéspedes se reunían en el patio delantero de la casa del regente, y éste abría la sesión agradeciendo a todos su asistencia y explicando el porqué de la convocatoria. A partir de ese momento no volvía a decir palabra hasta que la reunión tocaba a su fin.

Todo el que deseaba intervenir podía hacerlo. Era la democracia en su forma más pura. Existía una estructura jerárquica entre quienes tomaban la palabra, pero se escuchaba a todo el mundo, jefes y súbditos, guerreros y hechiceros, comerciantes y granjeros, terratenientes y trabajadores. La gente hablaba sin interrupción y las reuniones duraban muchas horas. La base de aquel autogobierno era que todos los hombres eran libres de exponer sus opiniones e iguales en su valía como ciudadanos. (Mucho me temo que las mujeres eran consideradas ciudadanos de segunda clase).

Durante el día se ofrecía un gran banquete. A menudo, acababa con dolor de estómago de tanto comer mientras escuchaba a un orador tras otro. Me llamaba la atención comprobar que algunos de ellos divagaban y parecían incapaces de llegar a ningún lado. Había otros que iban directamente al grano, y había quien era capaz de hacer una exposición sucinta y coherente de sus razonamientos. Observé que algunos oradores apelaban a los sentimientos y recurrían a un lenguaje dramático, intentando cautivar al público con estas técnicas, mientras que otros eran sobrios y objetivos, y rehuían las emociones.

Al principio, me asombró la vehemencia —y la sinceridad— con la que censuraban al regente. No sólo no estaba más allá de toda crítica, sino que de hecho, era con frecuencia el principal blanco de ella. Por muy grave que fuera la acusación, el regente se limitaba a escuchar sin defenderse, sin mostrar emoción alguna. Las reuniones continuaban hasta que se alcanzaba algún tipo de consenso. Acababan en unanimidad o no acababan. Sin embargo, esa unanimidad podía basarse en el acuerdo de estar en desacuerdo, o en la decisión de esperar a un momento más propicio para proponer una solución. La democracia significaba que todo hombre tenía derecho a ser oído, y que las decisiones se tomaban conjuntamente, como pueblo. El gobierno de la mayoría era una idea extranjera. Una minoría no podía verse aplastada por la mayoría.

Sólo al final de la asamblea, mientras se ponía el sol, hablaba el regente. El propósito de su intervención era resumir lo allí dicho y propiciar algún tipo de consenso entre las diversas opiniones. No se imponía conclusión alguna a quienes disentían. Si no era posible llegar a un acuerdo, se celebraba otra reunión. Al final del consejo, un cantor de alabanzas, o un poeta, interpretaba un panegírico de los antiguos reyes seguido de una composición, en la que se mezclaban los halagos y las sátiras, dedicada a los jefes del momento. El público, encabezado por el regente, rugía de risa.

Como líder, siempre me he atenido a los principios que vi poner en práctica al regente en el Gran Lugar. He intentado escuchar lo que todo el mundo tenía que decir antes de aventurar mi propia opinión. A menudo, ésta representa sencillamente una postura de consenso respecto a lo ya dicho en la reunión. Y no dejo de recordar el axioma del regente: un líder es como un pastor que permanece detrás del rebaño y permite que los más ágiles vayan por delante, tras lo cual, los demás les siguen sin darse cuenta de que en todo momento están siendo dirigidos desde detrás.

En Mqhekezweni despertó mi interés por la historia africana. Hasta entonces, sólo había tenido noticias de los héroes xhosas, pero allí escuché historias de otros héroes africanos como Sekhukhune, rey de los bapedi; del rey basotho, Moshoeshoe; de Dingane, rey del pueblo zulú; y de otros como Bambatha, Hintsa y Makana, Montshiwa y Kgama. Oí hablar de estos hombres a los jefes y líderes que venían al Gran Lugar para resolver disputas y celebrar juicios. Aunque no eran abogados, aquellos hombres presentaban sus casos y después emitían veredicto. Algunos días terminaban temprano y se quedaban sentados contando historias. Yo brujuleaba en silencio y les escuchaba. Hablaban de un modo desconocido para mí. Su articulación era formal y distante, su actitud tranquila y relajada, y los clics tradicionales de nuestro idioma largos y dramáticos.

Al principio me echaban y decían que era demasiado joven para escuchar aquello. Mas adelante, me llamaban para que fuera a buscar fuego o agua, o para que dijera a las mujeres que querían té. En aquellos primeros meses estaba demasiado ocupado haciendo encargos para seguir su conversación, pero finalmente me permitieron quedarme y descubrí a los grandes patriotas africanos que lucharon contra la dominación occidental. Mi imaginación se vio exaltada por la gloria de aquellos guerreros africanos.

El más viejo entre los que regalaban con sus antiguas historias los oídos de los ancianos reunidos era Zwelibhangile Joyi, un hijo de la Gran Casa del rey Ngubengcuka. El jefe Joyi era tan viejo que su piel arrugada colgaba de sus huesos como un abrigo suelto. Sus relatos se desplegaban lentamente y, a menudo, se veían punteados por una fuerte tos sibilante, que le obligaba a interrumpirse durante minutos. El jefe Joyi era la máxima autoridad sobre la historia thembu, en gran medida porque había vivido buena parte de ella.

Pero por decrépito que pudiera parecer a veces el jefe Joyi, se quitaba de encima décadas cuando hablaba de los jóvenes impis, los guerreros del ejército del rey Ngangelizwe que combatieron contra los británicos. Haciendo una pantomima, el jefe Joyi blandía su lanza y reptaba por el veld mientras narraba victorias y derrotas. Hablaba del heroísmo, la generosidad y la humildad de Ngangelizwe.

No todas las historias del jefe Joyi trataban de los thembus. La primera vez que habló de guerreros de otros pueblos diferentes al xhosa me pregunté por qué lo haría. Yo era como un niño que adora a una figura local del fútbol y no se siente interesado en una estrella nacional con la que no tiene la menor conexión. Sólo más adelante fui arrastrado por la inmensa amplitud de la historia africana y por los hechos de todos sus héroes, al margen de cuál fuera su tribu.

El jefe Joyi increpaba al hombre blanco, que en su opinión había dividido deliberadamente a la tribu xhosa, separando a hermanos de hermanos. El hombre blanco había dicho a los thembus que su verdadero jefe era la gran reina blanca que vivía al otro lado del océano y que ellos eran sus súbditos. Pero la reina blanca no había traído nada más que miseria y perfidia a los pueblos negros, y si de verdad era un jefe, era un jefe malvado. Las historias de guerra y la acusación del jefe Joyi contra los británicos me hicieron sentir iracundo y estafado, como si me hubieran despojado de mi herencia.

El jefe Joyi aseguraba que el pueblo africano vivía en relativa paz hasta la llegada de los abelungu, los hombres blancos, que vinieron de más allá del mar con armas que escupían fuego. Hace tiempo, contaba, los thembus, los mpondos, los xhosas y los zulúes eran todos hijos de un mismo padre y vivían como hermanos. El hombre blanco había destruido el abantu, la hermandad entre las diversas tribus. El hombre blanco estaba hambriento de tierra y era codicioso, y el hombre negro compartió con él la tierra como compartía el aire y el agua. La tierra no era algo que debiera poseer el hombre, pero el blanco se apoderaba de la tierra como quien se apodera del caballo de otro.

Yo aún no sabía que la auténtica historia de nuestro país no era la que se contaba en los libros de texto británico al uso, que afirmaban que Sudáfrica inició su andadura en 1652 con la llegada de Jan van Riebeeck al cabo de Buena Esperanza. Gracias al jefe Joyi empecé a descubrir que la historia de los pueblos que hablaban bantú había comenzado muy lejos, al Norte, en una tierra de lagos, verdes llanuras y valles, y que lentamente, a lo largo de milenios, nos habíamos abierto camino hasta el extremo mismo de este gran continente. No obstante, descubrí más adelante que la versión de la historia africana del jefe Joyi, en especial a partir de 1652, no era siempre muy exacta.

En Mqhekezweni me sentía, hasta cierto punto, como un chico de pueblo cuando llega a la ciudad. Mqhekezweni era un lugar mucho más sofisticado que Qunu, cuyos habitantes eran considerados atrasados por la gente del Gran Lugar. El regente se mostraba reacio a que visitara Qunu, pensando que en mi antigua aldea experimentaría una regresión y encontraría malas compañías. Cuando fui de visita, me di cuenta de que mi madre había recibido instrucciones del regente, ya que me interrogaba acerca de la gente con la que jugaba. En muchas ocasiones, el regente lo organizaba todo para que mi madre y mis hermanas visitaran el Gran Lugar.

Cuando llegué a Mqhekezweni, algunos de mis compañeros me consideraban un palurdo carente de los recursos necesarios para sobrevivir en la rarificada atmósfera del Gran Lugar. Como todos los jóvenes, hice lo posible por parecer elegante y sofisticado. Un día, en la iglesia, me fijé en una preciosa joven que era una de las hijas del reverendo Matyolo. Su nombre era Winnie. Le pedí que saliéramos juntos y aceptó. Yo le gustaba, pero su hermana mayor, nomaMpondo, me consideraba un patán. Le dijo a su hermana que yo era un salvaje y que era indigno de la hija del reverendo Matyolo. Para demostrarle a su hermana menor hasta qué punto era incivilizado, me invitó a comer a la rectoría. Una vez sentados a la mesa de la familia, la traviesa hermana mayor me puso delante un plato en el que sólo había un ala de pollo. En lugar de blanda y tierna, el ala estaba más bien dura, así que la carne no se desprendía fácilmente del hueso.

Observé cómo los demás empleaban los cubiertos con toda facilidad y cogí lentamente los míos. Tras estudiar a los comensales unos instantes, intenté limpiar mi alita. Al principio me limité a moverla por el plato con la vana esperanza de que la carne se desprendiera del hueso. Luego intenté sujetar aquella cosa y cortarla, pero se me escurría y, para mi frustración, mi cuchillo golpeaba una y otra vez contra el plato. Tras varios intentos, me di cuenta de que la hermana mayor sonreía y miraba a la pequeña como diciendo: “Te lo dije”. Luché y luché hasta quedar empapado de sudor, pero no quería admitir mi derrota y coger aquella cosa infernal con las manos. Aquel día no comí mucho pollo en el almuerzo.

Más tarde, la hermana mayor le dijo a la pequeña: “Desperdiciarás tu vida si te enamoras de un chico tan zafio”. Me alegra poder decir que la más joven no le prestó atención: me amó, por zafio que fuera. Con el tiempo, por supuesto, nuestras vidas se separaron. Ella asistió a una escuela diferente y se hizo profesora. Mantuvimos correspondencia durante unos años y después le perdí la pista. Pero para entonces, mis modales en la mesa habían mejorado ya considerablemente.

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CUANDO TENÍA DIECISÉIS AÑOS, el regente decidió que había llegado la hora de que me convirtiera en un hombre. En la tradición xhosa, esto sólo se logra de un modo: mediante la circuncisión. Según las costumbres de mi pueblo, un varón no circunciso no puede heredar la riqueza de su padre, ni casarse, ni oficiar en los rituales de la tribu. Hablar de un hombre xhosa no circunciso es una contradicción en los términos, ya que no es considerado un hombre en absoluto, sino un niño. Para el pueblo xhosa, la circuncisión representa la incorporación formal de los varones a la sociedad. No se trata únicamente del procedimiento quirúrgico, sino que va precedido de un largo y elaborado ritual, para alcanzar la hombría. Como xhosa, cuento mis días de hombre desde la fecha de mi circuncisión.

La ceremonia tradicional de la circuncisión se organizó fundamentalmente pensando en Justice. El resto de nosotros, un total de veintiséis, estábamos allí para acompañarle. Con el comienzo del año nuevo viajamos hasta dos chozas de paja que se levantaban en un valle conocido como Tyhalarha, situado en las riberas del Mbashe. Es el lugar donde tradicionalmente son circuncidados los reyes del pueblo thembu. Las chozas serían nuestra residencia, un lugar de aislamiento donde debíamos vivir apartados de la sociedad. Aquel periodo de tiempo era sagrado. Me sentía contento y satisfecho por tomar parte en las costumbres de mi pueblo y listo para la transición de la adolescencia a la madurez.

Habíamos llegado a Tyhalarha, junto al río Mbashe, pocos días antes de la ceremonia de la circuncisión. Pasé aquellas últimas jornadas de infancia con los demás iniciados y disfruté mucho del ambiente de camaradería. Nuestro alojamiento estaba cerca de la casa de Banabakhe Blayi, el muchacho más rico y popular del grupo. Era un tipo encantador, un campeón de lucha con pértiga y un donjuán empedernido, cuyas muchas novias nos abastecieron de toda clase de exquisiteces. Aunque no sabía leer ni escribir, era uno de los más inteligentes entre todos nosotros. Regalaba nuestros oídos con historias de sus viajes a Johannesburgo, lugar que ninguno habíamos visitado. Nos emocionó tanto con sus relatos de las minas, que estuvo a punto de persuadirme de que ser minero era más atractivo que ser monarca. Los mineros tenían su propia mística: ser minero significaba ser fuerte y audaz, el ideal de la hombría. Mucho más tarde, comprendí que eran las historias exageradas de jóvenes como Banabakhe las responsables de que tantos jóvenes huyeran para trabajar en las minas de Johannesburgo, donde a menudo perdían la salud y la vida. En aquellos tiempos, trabajar en las minas era un rito de paso casi tan importante como la circuncisión, un mito que beneficiaba a los propietarios de las minas más de lo que ayudaba a mi pueblo.

Una costumbre asociada al rito de la circuncisión es que uno debe realizar un acto audaz antes de la ceremonia. Antaño, eso podría haber implicado robar ganado o incluso participar en una batalla, pero en nuestros días se trataba más de hacer una travesura que de hacer algo heroico. Dos noches antes de ir a Tyhalarha decidimos robar un cerdo. En Mqhekezweni vivía un hombre que tenía un cerdo viejo e intratable. Con el fin de no hacer ruido y alarmarle, nos las ingeniamos para que el cerdo colaborara con nosotros. Cogimos puñados de sedimentos de cerveza casera africana, que tienen un olor fuerte e irresistible para los cerdos, y los pusimos de forma que el aire llevara su aroma hasta el animal. Éste se excitó tanto que salió del kraal y, siguiendo la pista que habíamos trazado, se abrió camino hacia nosotros jadeando y bufando mientras iba comiéndose el cebo. Cuando llegó a nuestra altura, capturamos al pobre animal y lo matamos. A continuación hicimos un fuego y comimos cerdo asado bajo las estrellas. Jamás me ha vuelto a saber igual un trozo de cerdo.

La noche antes de la circuncisión se celebró una ceremonia con cantos y bailes cerca de nuestras chozas. Vinieron mujeres de las aldeas próximas y bailamos al son de sus voces y palmas. Al ir acelerándose la música y aumentando su volumen, nuestros bailes se iban haciendo cada vez más frenéticos, y por un momento, olvidamos lo que nos esperaba.

Al alba, cuando las estrellas estaban aún en el cielo, empezaron los preparativos. Fuimos escoltados hasta el río para bañarnos en sus frías aguas, un ritual que representaba nuestra purificación antes de la ceremonia que iba a celebrarse a mediodía. Se nos ordenó ponernos en fila, a cierta distancia del agua, en un claro donde se había reunido una multitud de padres y parientes, incluidos el regente y un puñado de jefes y consejeros. Sólo llevábamos puestas nuestras túnicas. La ceremonia comenzó con el batir de los tambores. Se nos ordenó que nos sentáramos en una estera sobre el suelo, con las piernas abiertas y extendidas delante de nosotros. Me sentía tenso y nervioso. No estaba seguro de cómo iba a reaccionar cuando llegara el momento crítico. Moverse o gritar eran signos de debilidad que estigmatizaban nuestra virilidad. Estaba decidido a no deshonrarme a mí mismo, a mi grupo o a mi tutor. La circuncisión es una prueba de valor y estoicismo. No se emplea anestésico alguno. Hay que sufrir en silencio.

A la derecha, por el rabillo del ojo, vi salir de una choza y arrodillarse delante del primer muchacho a un hombre delgado y entrado en años. Se percibía la excitación en la multitud y me estremecí ligeramente sabiendo que el ritual estaba a punto de comenzar. El anciano era un famoso ingcibi, un experto en circuncisiones procedente de Gcalekaland, que utilizaría su azagaya para transformarnos en hombres con un solo golpe.

De repente, oí gritar al primer chico: “Ndiyindoda!” (¡Soy un hombre!), como nos habían enseñado a hacer en el momento de la circuncisión. Segundos más tarde, oí la voz estrangulada de Justice pronunciar la misma frase. Quedaban dos jóvenes más antes de que el ingcibi llegara a mí. Se me debió quedar la mente en blanco por un tiempo porque, antes de que pudiera darme cuenta, el anciano estaba arrodillado delante mío. Le miré directamente a los ojos. Estaba pálido y aunque el día era frío su rostro brillaba de sudor. Sus manos se movían tan rápidamente que parecían controladas por alguna fuerza ajena a este mundo. Sin decir palabra cogió mi prepucio, tiró de él hacia delante, y a continuación, con un rápido movimiento, bajó la azagaya. Sentí que corría fuego por mis venas; el dolor era tan intenso que clavé la barbilla en el pecho. Pareció pasar mucho tiempo antes de que recordara el grito; entonces me recuperé y grité: “Ndiyindoda!”.

Bajé la vista y vi un corte perfecto, limpio y redondo como un anillo, pero me sentía avergonzado porque creía que los otros chicos habían sido mucho más fuertes y valientes que yo. Habían gritado antes. Me preocupaba haberme quedado paralizado, aunque brevemente, por el dolor, e hice todo lo posible por ocultar mi sufrimiento. Un niño puede llorar; un hombre oculta su dolor.

Había dado el paso esencial en la vida de todo varón xhosa. Ahora podía casarme, crear mi propio hogar y arar mi propio campo. A partir de ese momento sería admitido en los consejos de la comunidad, mis palabras serían tomadas en consideración. En la ceremonia me fue dado mi nombre de circunciso, Dalibunga, que significa “fundador del bungha”, el organismo de gobierno tradicional del Transkei. Para los tradicionalistas xhosas, ese nombre es más aceptable que cualquiera de mis dos nombres anteriores, Rolihlahla o Nelson. Me sentí orgulloso al escuchar mi nuevo nombre: Dalibunga.

Inmediatamente después de asestado el golpe, el ayudante que seguía al maestro recogió el prepucio del suelo y lo ató a una esquina de la estera. Acto seguido nos curaron las heridas con una planta cicatrizante, cuyas hojas, espinosas en la parte exterior pero suaves en la interior, absorben la sangre y otras secreciones.

Al concluir la ceremonia regresamos a nuestras chozas, donde había un fuego de leña húmeda que desprendía grandes nubes de humo, ya que se cree que así se favorece la cicatrización. Se nos ordenó permanecer acostados de espaldas en las humeantes cabañas, con una pierna estirada y la otra doblada. Ahora éramos abakhwetha, iniciados en el mundo de los hombres. Nos atendía un amakhankatha o guardián, que nos explicó las reglas que debíamos seguir para entrar correctamente en el mundo de los adultos. La primera tarea de los amakhankatha era pintar nuestros cuerpos desnudos y afeitados de la cabeza a los pies con greda blanca, lo que nos convertía en fantasmas. La caliza blanca simbolizaba nuestra pureza. Aún recuerdo lo rígida que parecía la arcilla seca sobre mi piel.

Aquella primera noche, un asistente o ikhankatha entró de madrugada en la choza, despertándonos suavemente uno a uno. A continuación nos dijo que saliéramos al exterior y corriéramos a través de la oscuridad para enterrar nuestros prepucios. La justificación tradicional de esta práctica era la necesidad de ocultarlos antes de que los magos pudieran usarlos con fines perversos, pero simbólicamente estábamos enterrando también nuestra juventud. No quería abandonar la cálida choza y vagar por el bosque en la oscuridad, pero caminé hasta los árboles y, transcurridos unos minutos, desaté mi prepucio y lo enterré. Sentí que me había desprendido del último resto de mi infancia.

Vivimos en aquellas dos chozas —trece en cada una de ellas— mientras sanaban nuestras heridas. Cuando estábamos fuera nos cubríamos con mantas, ya que no estaba permitido que las mujeres nos vieran. Fue un periodo de quietud, una especie de preparación espiritual para las pruebas que nos aguardaban como adultos. El día de nuestra reaparición bajamos al río a primera hora de la mañana para quitarnos la greda blanca en las aguas del Mbashe. Una vez limpios y secos fuimos cubiertos con ocre rojo. La tradición dicta que, a continuación, uno debe dormir con una mujer —que posteriormente puede convertirse en esposa—, que se encarga de eliminar el pigmento con su cuerpo. En mi caso, sin embargo, tuve que quitarme el ocre con una mezcla de grasa y sebo.

Al finalizar nuestro aislamiento, se prendió fuego a los alojamientos y a todo lo que contenían, destruyendo nuestro último vínculo con la infancia. Se celebró una gran fiesta para darnos la bienvenida a la sociedad como hombres. Nuestros amigos y los jefes locales se reunieron para hacer discursos, cantar canciones e intercambiar regalos. Recibí cuatro novillas y cuatro ovejas, y me sentí más rico de lo que jamás me había sentido. Yo, que jamás había tenido nada, de repente disfrutaba de propiedades. Era una sensación de vértigo, aunque mis presentes resultaban insignificantes en comparación con lo que había recibido Justice, un rebaño completo. No me sentía celoso de los regalos de Justice. Él era el hijo del regente; yo tan sólo estaba destinado a ser consejero de un rey. Aquel día me sentí fuerte y orgulloso. Recuerdo que caminé de un modo diferente, más erguido, más alto, más firme. Estaba lleno de esperanza y pensaba que tal vez algún día tuviera dinero, propiedades y posición.

El principal orador del día fue el jefe Meligqili, hijo de Dalindyebo. Tras escucharle, el brillante colorido de mis sueños se enturbió de repente. Empezó su intervención de forma convencional, comentando lo magnífico que era preservar una tradición que se remontaba hasta más allá de lo que nadie podía recordar. Entonces se volvió hacia nosotros y su tono cambió súbitamente: “He ahí a nuestros hijos”, dijo. “Jóvenes, sanos y hermosos, la flor y nata de la tribu xhosa, el orgullo de nuestra nación. Acabamos de circuncidarles siguiendo un ritual que les promete la hombría, pero estoy aquí para decirles que no es más que una promesa vacía e ilusoria. Es una promesa que jamás podrá ser cumplida, porque nosotros los xhosas, y todos los sudafricanos negros, somos un pueblo conquistado. Somos esclavos en nuestro propio país. Somos arrendatarios de nuestra propia tierra. Carecemos de fuerza, de poder, de control sobre nuestro propio destino en la tierra que nos vio nacer. Se irán a ciudades donde vivirán en chamizos y beberán alcohol barato, y todo porque carecemos de tierras que ofrecerles donde puedan prosperar y multiplicarse. Toserán hasta escupir los pulmones en las entrañas de las minas del hombre blanco, destruyendo su salud, sin ver jamás el sol, para que el blanco pueda vivir una vida de prosperidad sin precedentes. Entre estos jóvenes hay jefes que jamás gobernarán, porque carecemos de poder para gobernarnos a nosotros mismos; soldados que jamás combatirán, porque carecemos de armas con las que luchar; maestros que jamás enseñarán porque no tenemos lugar para que estudien. La capacidad, la inteligencia, el potencial de estos jóvenes se desperdiciarán en su lucha por malvivir realizando las tareas más simples y rutinarias en beneficio del hombre blanco. Estos dones son hoy en día lo mismo que nada, ya que no podemos darles el mayor de los dones, la libertad y la independencia. Sé muy bien que Qamata lo ve todo y nunca duerme, pero sospecho que últimamente está adormilado. Si así fuera, cuando antes me llegue la muerte mejor, ya que así podré presentarme ante él, despertarle y decirle que los niños de Ngubengcuka, la flor y nata de la nación xhosa, están muriendo”.

El público se había ido acallando más y más ante las palabras del jefe Meligqili, y creo que se sentía cada vez más irritado. Nadie deseaba escuchar las palabras que pronunció aquel día. Sé que yo, por mi parte, no quería oírlas. Me sentí más enfadado que enardecido por los comentarios del jefe, y rechacé sus palabras como observaciones fuera de lugar de un hombre ignorante, incapaz de apreciar el valor de la educación y los beneficios que el hombre blanco había traído a nuestro país. En aquel tiempo consideraba al hombre blanco no un opresor sino un benefactor, y pensé que el jefe se mostraba enormemente desagradecido. Aquel aguafiestas estaba echando a perder el gran día, destruyendo mi sensación de orgullo con sus disparatados comentarios.

Pero, aunque no alcanzase a comprender exactamente por qué, sus palabras acabaron por hacerme mella. Había plantado en mí una semilla, y aunque permaneció en estado latente durante mucho tiempo, finalmente empezó a crecer. Con el tiempo descubrí al fin que aquel día el ignorante había sido yo, no el jefe.

Tras la ceremonia volví andando al río y me quedé mirando sus meandros, que se extendían hacia donde, a muchos kilómetros de distancia, vertía sus aguas en el océano Índico. Nunca había cruzado aquel río, y sabía poco o nada del mundo que había más allá. Un mundo que aquel día empezó a llamarme. Era casi el ocaso y me dirigí a toda prisa hacia donde había estado nuestro lugar de reclusión. Aunque estaba prohibido mirar atrás mientras ardían las chozas no pude resistirme. Cuando llegué, todo lo que quedaba eran dos pirámides de ceniza junto a una gran mimosa. En aquellos montículos de ceniza yacía un mundo perdido y delicioso. El mundo de mi infancia, de los días felices e irresponsables de Qunu y Mqhekezweni. Ahora era un hombre, y nunca volvería a jugar al thinti, ni a robar maíz, ni a beber leche de la ubre de una vaca. Estaba de luto por mi propia juventud. Retrospectivamente, hoy sé que aquel día no era un hombre, y no llegaría a serlo hasta muchos años después.

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AL CONTRARIO DE LO QUE SUCEDERÍA con la mayoría de mis compañeros de circuncisión, mi destino no era trabajar en las minas de oro del Reef. El regente me había dicho en muchas ocasiones que pasar la vida extrayendo oro para el hombre blanco, sin haber aprendido siquiera a escribir mi nombre, no era para mí. Mi destino era convertirme en consejero de Sabata, y para serlo debía recibir una educación. Regresé a Mqhekezweni tras la ceremonia, pero no por mucho tiempo, ya que estaba a punto de cruzar el río Mbashe por vez primera de camino al internado de Clarkebury, en el distrito de Engcobo.

De nuevo abandonaba mi hogar, pero esta vez estaba impaciente por ver qué me deparaba el futuro. El propio regente me llevó a Clarkebury en su majestuoso Ford V8. Antes de nuestra partida, organizó una fiesta en mi honor para celebrar que había superado con éxito el quinto curso, lo que me había valido la admisión en Clarkebury. Se mató una oveja y hubo bailes y cantos. Era la primera celebración que jamás se había hecho en mi honor, y disfruté enormemente. El regente me regaló mi primer par de botas, un signo de madurez, y aquella noche les saqué brillo, aunque ya estaban relucientes.

Fundado en 1825, el Instituto Clarkebury se encontraba en el lugar anteriormente ocupado por una de las misiones wesleyanas más antiguas del Transkei. Por aquel entonces, Clarkebury era la institución de enseñanza para africanos más avanzada de Thembulandia. El propio regente había sido alumno en Clarkebury, y Justice había seguido sus pasos. Era a la vez una escuela secundaria y un centro de formación de profesores, pero en ella también se impartían cursillos sobre materias más prácticas, como la carpintería, la sastrería y la calderería.

Durante el viaje, el regente me ofreció consejo sobre cómo debía comportarme y sobre mi futuro. Me pidió encarecidamente que mi conducta fuera siempre un motivo de orgullo para Sabata y para él, y le aseguré que así sería. Después me habló del reverendo C. Harris, el director de la escuela. El reverendo Harris, me explicó, era único: era un thembu blanco, un hombre blanco que amaba y comprendía desde el fondo de su corazón al pueblo thembu. El regente me dijo que cuando Sabata fuera mayor pondría al futuro rey al cuidado del reverendo Harris, que le formaría como cristiano y como gobernante tradicional. Me dijo que debía aprender del reverendo Harris, porque mi destino era actuar como guía del líder al que éste había de moldear.

En Mqhekezweni había conocido a muchos comerciantes y funcionarios del gobierno, incluyendo a magistrados y oficiales de policía. Eran hombres de elevada posición a los que el regente recibía con cortesía, pero sin obsequiosidad. Les trataba de igual a igual, como hacían ellos. En ocasiones, incluso le vi recriminarles cosas, aunque aquello era extremadamente infrecuente. Yo tenía muy poca experiencia en el trato directo con los blancos. El regente jamás me dijo cómo debía comportarme y yo me limitaba a observarle y a seguir su ejemplo. No obstante, al hablar del reverendo Harris, el regente me obsequió, por vez primera, con un discurso sobre cuál había de ser mi conducta. Me dijo que debía mostrarle al reverendo el mismo respeto y obediencia que a él.

Clarkebury era mucho más grandiosa incluso que Mqhekezweni. La escuela consistía en unas dos docenas de atractivos edificios de estilo colonial, en los que había alojamientos individuales además de dormitorios, una biblioteca y varias aulas. Era el primer lugar occidental, no africano, en el que vivía, y sentí que penetraba en un nuevo mundo cuyas reglas aún no tenía claras.

Fuimos conducidos al estudio del reverendo Harris, donde el regente me presentó y yo estreché su mano. Era la primera vez que estrechaba la mano de un hombre blanco. El reverendo Harris era un hombre cálido y amable, y trataba al regente con gran deferencia. El regente le explicó que me estaba preparando para ser consejero real y que esperaba que pusiera especial interés en mí. El reverendo asintió con la cabeza, diciendo que a los estudiantes de Clarkebury se les exigía que realizaran trabajos manuales tras las horas de clase, y que se encargaría de que yo trabajara en su jardín.

Al final de la entrevista, el regente se despidió y me dio un billete de una libra para mis gastos, la mayor cantidad de dinero que jamás había visto junta. Me despedí de él y le prometí que no le defraudaría.

Clarkebury era una escuela thembu, fundada sobre tierras donadas por el gran rey Ngubengcuka. Como descendiente de Ngubengcuka, supuse que se me trataría con la misma deferencia en Clarkebury que en Mqhekezweni. Pero estaba terriblemente equivocado, ya que me consideraron como a todo el mundo. Nadie sabía y a nadie le importaba que fuera descendiente del ilustre Ngubengcuka. El jefe del internado me recibió sin clarines y mis compañeros estudiantes no se inclinaban ni hacían reverencias a mi paso. En Clarkebury eran muchos los muchachos con linajes distinguidos: yo ya no era un ser único. Aquélla fue una importante lección para mí, ya que sospecho que por aquellos días era un tanto estirado. No tardé en darme cuenta de que tendría que abrirme camino por mi propia capacidad, no por la de mis antepasados. La mayoría de mis compañeros de clase corrían más que yo en el campo de juego y eran capaces de razonar mejor que yo en las aulas. Tenía mucho trabajo por delante para ponerme a su altura.

Las clases comenzaron a la mañana siguiente, y junto con mis compañeros de estudios subí las escaleras hasta el primer piso, donde se encontraban las aulas. La habitación tenía un suelo de madera perfectamente pulido. Aquel primer día de clase me había puesto mis botas nuevas. Nunca me había calzado unas, y andaba como un caballo recién herrado. Hacía un ruido terrible al subir las escaleras y estuve a punto de escurrirme varias veces. Al entrar ruidosamente en el aula, con mis botas resonando violentamente sobre aquel suelo resplandeciente, vi que dos jóvenes estudiantes observaban muy divertidas mi torpe exhibición. La más bonita de las dos se inclinó hacia su amiga y dijo con un tono de voz lo suficientemente alto como para que todos pudieran oírla: “Ese campesino no está acostumbrado a ir calzado”. Su compañera se echó a reír. Se me nubló la vista de ira y vergüenza.

Ella se llamaba Mathona y era una listilla. Aquel día juré no hablarla jamás, pero al irse desvaneciendo mi humillación (y al irme acostumbrando a llevar botas) llegué a conocerla. Se convirtió en mi mejor amiga en Clarkebury. Fue mi primera amiga de verdad, una mujer con la que me relacionaba de igual a igual, en la que podía confiar y con la que podía compartir secretos. En muchos aspectos, ella fue el modelo de todas mis relaciones posteriores con las mujeres. Era capaz de sincerarme y confesarle debilidades y miedos que jamás podría haber compartido con un hombre.

No tardé en adaptarme a la vida en Clarkebury. Participaba en deportes y juegos siempre que podía, aunque mi rendimiento era tan sólo mediocre. Jugaba por amor al deporte, no en pos de la gloria, ya que jamás alcancé ninguna. Jugábamos al tenis sobre hierba con raquetas caseras de madera y al fútbol con los pies descalzos sobre un campo polvoriento.

Era la primera ocasión en que mis maestros eran profesores que habían tenido acceso a una buena educación. Varios de ellos tenían título universitario, lo que entonces era más que infrecuente. Un día, mientras estudiaba con Mathona, le confesé que temía no aprobar los exámenes finales de Inglés e Historia. Me respondió que no me preocupara, ya que nuestra profesora, Gertrude Ntlabathi, era la primera mujer africana que había obtenido una licenciatura. “Es demasiado inteligente para permitirnos suspender”, dijo Mathona. Yo aún no había aprendido a fingir conocimientos que no poseía, y dado que sólo tenía una vaga idea de qué era una licenciatura, se lo pregunté a Mathona. “Una licenciatura es un libro muy largo y muy difícil”, me respondió. Yo no dudé de su palabra.

Otro profesor africano que tenía una licenciatura en arte era Ben Mahlasela. Le admirábamos no sólo por sus logros académicos, sino también porque no se mostraba intimidado ante el reverendo Harris. Incluso los blancos de la facultad se mostraban serviles con el sacerdote, pero el señor Mahlasela entraba tan tranquilo en su despacho, ¡a veces incluso sin quitarse el sombrero! Se relacionaba con el reverendo de igual a igual, exteriorizando su desacuerdo cuando todos los demás se limitaban a asentir. Aunque respetaba al reverendo Harris, me parecía admirable que el señor Mahlasela no se sintiera cohibido ante él. En aquellos tiempos, todos esperaban que un negro con una licenciatura agachara la cabeza ante cualquier hombre blanco que tuviera un título de graduado. Por muy arriba que llegara el hombre negro, siempre sería considerado inferior al más miserable de los hombres blancos.

El reverendo Harris regentaba Clarkebury con mano de hierro y un estricto sentido de la justicia. Clarkebury funcionaba más como una academia militar que como un centro de formación de profesores. La más mínima infracción se hacía acreedora a un castigo inmediato. En las reuniones, el reverendo Harris mostraba siempre una expresión adusta, y no era propenso a tolerar ningún tipo de frivolidad. Cuando entraba en una habitación, los miembros del personal, incluyendo los directores blancos de las escuelas secundaria y de formación, así como el director negro de la escuela industrial, se ponían en pie.

Entre los estudiantes era más temido que amado, pero en su jardín yo veía a un reverendo Harris diferente. Trabajar en aquel jardín tuvo dos ventajas: despertó en mí un amor por la jardinería y el cultivo de hortalizas que había de acompañarme el resto de mi vida, y me ayudó a conocer al reverendo y a su familia. Fue la primera familia blanca que llegué a conocer íntimamente. Comprobé que el reverendo Harris mostraba en público un rostro muy diferente al que mostraba en privado.

Tras la máscara de severidad del reverendo se escondía una persona amable y de mentalidad abierta que creía fervientemente en la importancia de la educación de los jóvenes africanos. A menudo le encontraba perdido en su jardín. Nunca le molestaba, y rara vez hablaba con él, pero el reverendo Harris se convirtió para mí en un importante ejemplo de hombre entregado generosamente a una buena causa.

Su esposa era tan parlanchina como él taciturno. Era una mujer adorable, que a menudo salía al jardín a charlar conmigo. No consigo, por más que lo intente, recordar de qué hablábamos, pero aún puedo saborear los deliciosos bollitos calientes que me sacaba por las tardes.

* * *

Tras mi lento y poco alentador despegue, conseguí hacerme con el control de las cosas y mi programa educativo se aceleró. Obtuve el certificado en dos años, en lugar de los tres de costumbre. Adquirí la reputación de tener una excelente memoria, pero de hecho sólo era un trabajador diligente. Cuando salí de Clarkebury perdí la pista a Mathona. Ella asistía a clase durante el día, pero no vivía en el centro, y sus padres carecían de medios para que pudiera seguir estudiando. Era una persona extraordinariamente inteligente y dotada cuyas capacidades quedaron coartadas por los limitados recursos de su familia. La suya era una historia paradigmática de lo que ocurría en Sudáfrica. No era la falta de capacidad lo que limitaba a mi pueblo, sino la falta de oportunidades.

La estancia en Clarkebury amplió mis horizontes, pero aun así no diría que era un joven libre de prejuicios y de mentalidad abierta cuando salí de allí. Había conocido estudiantes venidos de todo el Transkei, así como a unos cuantos procedentes de Johannesburgo y Basutolandia, nombre por el que se conocía entonces a Lesotho. Algunos eran personas sofisticadas y cosmopolitas en aspectos que me hacían sentir provinciano. Aunque intentaba emularles, jamás creí posible que un chico de pueblo pudiera rivalizar con ellos. Con todo, no les envidiaba. Incluso tras salir de Clarkebury, seguía siendo, en el fondo, un thembu, y me sentía orgulloso de sentirme y actuar como tal. Mis raíces eran mi destino, y creía que había de convertirme en consejero del rey thembu, como deseaba mi guardián. Mi horizonte no iba más allá de Thembulandia y, en mi opinión, ser un thembu era lo más envidiable del mundo.

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EN 1937, cuando tenía diecinueve años, me reuní con Justice en Healdtown, en la escuela wesleyana de Fort Beaufort, a unos doscientos setenta kilómetros al sudoeste de Umtata. En el siglo XIX, Fort Beaufort fue uno de los enclaves británicos en las llamadas Guerras Fronterizas, en las que el asedio implacable de los colonos blancos fue privando sistemáticamente de sus tierras a las diversas tribus xhosas. A lo largo de un siglo de combates, muchos guerreros xhosas se hicieron famosos por su valentía: hombres como Makhanda, Sandile y Maqoma. Los dos últimos fueron encarcelados por las autoridades británicas en la prisión de la isla de Robben, donde murieron. Cuando llegué a Healdtown quedaban pocos rastros de las batallas del siglo anterior, excepto el principal: Fort Beaufort era una ciudad blanca en un lugar donde antes sólo vivían y cultivaban la tierra los xhosas.

Situada al final de una sinuosa carretera sobre un exuberante valle, Healdtown era mucho más impresionante y hermosa que Clarkebury. Era, en aquellos tiempos, la mayor escuela africana al sur del ecuador, con más de un millar de estudiantes, tanto hombres como mujeres. Sus atractivos edificios coloniales cubiertos de hiedra y sus patios sombreados por los árboles daban la sensación de que aquel lugar era un oasis académico privilegiado. Y eso es exactamente lo que era. Al igual que Clarkebury, Healdtown era un centro educativo perteneciente a la misión de la Iglesia metodista, e impartía una enseñanza cristiana y liberal basada en el modelo inglés.

El director de Healdtown era el doctor Arthur Wellington, un inglés regordete y estirado que presumía de estar emparentado con el duque de Wellington. Al comienzo de las asambleas, el doctor Wellington salía al estrado y decía con su voz de bajo profundo: “Soy descendiente del gran duque de Wellington, aristócrata, estadista y general, que aplastó al francés Napoleón en Waterloo salvando así la civilización para los europeos y para vosotros, los nativos”. Al oír esto, todos aplaudíamos con entusiasmo, sintiéndonos profundamente agradecidos de que un descendiente del gran duque de Wellington tuviera la condescendencia de educar a unos pobres nativos como nosotros. El inglés culto era nuestro modelo; aspirábamos a ser “ingleses negros”, como a veces nos llamaban despectivamente. Nos enseñaban —y nosotros lo creíamos— que las mejores ideas eran inglesas, que el mejor gobierno era el gobierno inglés y que no había hombres mejores que los hombres ingleses.

La vida en Healdtown era rigurosa en extremo. La primera campana sonaba a las seis de la mañana. A las seis cuarenta estábamos en el comedor para desayunar pan seco y agua azucarada caliente bajo la mirada sombría de un retrato de Jorge VI, rey de Inglaterra. Quienes podían permitirse mantequilla para tomar con el pan, la compraban y la guardaban en la cocina. Yo comía pan a palo seco. A las ocho nos reuníamos en el patio exterior del dormitorio para “pasar revista”, en posición de firmes mientras llegaban las chicas de sus respectivos dormitorios. Permanecíamos en clase hasta las doce cuarenta y cinco y después venía la comida, compuesta de un potaje hecho a base de maíz, leche agria y alubias, y rara vez carne. A continuación estudiábamos hasta las cinco de la tarde, luego teníamos una hora libre para hacer ejercicio y cenar, y finalmente íbamos a la sala de estudios de siete a nueve. Las luces se apagaban a las nueve y media.

Healdtown atraía estudiantes de todo el país, así como de los protectorados de Basutolandia, Swazilandia y Bechuanalandia. Aunque era fundamentalmente una institución xhosa, había en ella estudiantes de diferentes tribus. Tras las clases y los fines de semana, los miembros de cada tribu se juntaban. Los procedentes de cada una de las tribus xhosas tendían a gravitar los unos hacia los otros: los amaMpondo hacia los amaMpondo, y así sucesivamente. Yo me adherí al mismo patrón de conducta, pero fue en Healdtown donde hice mi primer amigo sotho, Zachariah Molete. Recuerdo que consideraba muy audaz por mi parte tener un amigo que no fuera xhosa.

Nuestro profesor de zoología, Frank Lebentlele, era también sotho y muy popular entre los estudiantes. Atractivo y accesible, Frank no era mucho mayor que nosotros y se mezclaba libremente con los estudiantes. Incluso jugó en el primer equipo de fútbol de la escuela, en el que era una verdadera estrella. Pero lo que más nos asombró fue su matrimonio con una chica xhosa de Umtata. Los matrimonios intertribales eran por aquel entonces poco frecuentes. Hasta ese momento no había conocido a nadie que se casara con alguien que no perteneciera a su propia tribu. Se nos había enseñado que tales uniones eran tabú. Pero Frank y su esposa empezaron a minar mi conservadurismo y a aflojar la presa que había hecho en mí el tribalismo, que aún me atenazaba. Empecé a percibir mi identidad como africano, no ya como thembu, ni siquiera como xhosa.

Nuestro dormitorio tenía cuarenta camas, veinte a cada lado de un pasillo central. El encargado era el encantador S. S. Mokitimi, que más adelante se convertiría en el primer presidente africano de la Iglesia metodista de Sudáfrica. El reverendo Mokitimi, que también era sotho, era muy admirado entre los estudiantes como persona moderna y brillante que comprendía nuestras quejas.

El reverendo Mokitimi también nos impresionaba por otro motivo: le plantaba cara al señor Wellington. Un atardecer estalló una disputa entre dos prefectos en la avenida principal del centro. Los prefectos eran responsables de resolver las disputas, no de provocarlas. El reverendo Mokitimi fue convocado para restaurar la paz. El doctor Wellington, que regresaba de la ciudad, apareció de repente en medio de aquella conmoción, y su llegada nos sobresaltó considerablemente. Era como si Dios hubiera descendido de los cielos para mediar en un problema perfectamente trivial.

El doctor Wellington se puso muy tieso y exigió saber qué estaba ocurriendo. El reverendo Mokitimi, que no le llegaba a Wellington ni a los hombros, dijo muy respetuosamente: “Doctor Wellington, todo está bajo control y mañana le presentaré un informe”. Inasequible, Wellington replicó con cierta irritación: “No, quiero saber qué pasa ahora mismo”. El reverendo Mokitimi no cedió un ápice. “Doctor Wellington, yo soy el encargado de resolver esto y ya le he dicho que le presentaré un informe mañana, y así lo haré”. Nos quedamos anonadados. Nunca habíamos visto a nadie, y menos aún a un hombre negro, hacer frente al doctor Wellington, y nos quedamos esperando la explosión. Pero el doctor Wellington se limitó a decir “Está bien”, y se marchó. Comprendí entonces que no era un dios y que el reverendo Mokitimi era algo más que un lacayo, y que un negro no tenía por qué ceder automáticamente ante un blanco, por elevada que fuera su posición.

El reverendo Mokitimi intentó introducir reformas en la escuela. Todos apoyamos sus esfuerzos por mejorar la dieta y el trato dispensado a los alumnos, incluyendo la sugerencia de que los estudiantes fueran los responsables de imponerse a sí mismos la disciplina. Pero había un cambio que nos preocupaba mucho, especialmente a los que procedíamos del campo. Éste fue la innovación de que alumnos y alumnas celebraran juntos en el salón la comida del domingo. Yo estaba totalmente en contra por el sencillo motivo de que aún no sabía manejar bien el cuchillo y el tenedor, y no quería ponerme en vergüenza delante de todas aquellas chicas de penetrante mirada. Pero el reverendo Mokitimi siguió adelante con su plan, organizó las comidas y todos los domingos yo salía del salón hambriento y deprimido.

Por el contrario, disfrutaba mucho en los campos de juego. El nivel deportivo de Healdtown era muy superior al de Clarkebury. Durante el primer año no llegué a destacar lo suficiente como para formar parte de ninguno de los equipos, pero el segundo año, mi amigo Locke Ndzamela, el campeón de salto de vallas de Healdtown, me animó a probar un nuevo deporte: las carreras de fondo. Yo era alto y espigado, lo cual, según Locke, era la constitución ideal para la especialidad. Con algunas indicaciones suyas empecé a entrenarme. Me gustaba la disciplina y la soledad de las carreras de fondo, que me permitían escapar de la agitación de la vida en la escuela. Al mismo tiempo empecé a practicar también otro deporte para el que parecía estar menos dotado: el boxeo. Me entrenaba con desgana, y sólo años más tarde, tras haber ganado unos kilos, empecé a boxear en serio.

Durante mi segundo año en Healdtown, fui nombrado prefecto por el reverendo Mokitimi y el doctor Wellington. Los prefectos tienen distintas responsabilidades, y los más nuevos reciben las tareas más ingratas. Al principio me tocó supervisar a un grupo de estudiantes que trabajaban como limpiacristales por la tarde, en el periodo dedicado a los trabajos manuales, y llevarles cada día a un edificio distinto.

Pronto alcancé el siguiente nivel de responsabilidad, que era el servicio de noche. Nunca me ha costado el menor esfuerzo pasarme la noche en vela, pero una de aquellas noches me vi metido en un atolladero moral que sigue grabado en mi memoria. No teníamos retretes en los dormitorios, pero había una letrina a unos treinta metros detrás de la residencia. Las noches de lluvia, cuando un estudiante se despertaba de pronto en mitad de la noche, no quería ni pensar en patearse todo el camino de barro hasta la letrina. En lugar de ello, se quedaba en la galería y orinaba sobre los arbustos. Esta práctica estaba estrictamente prohibida, y uno de los trabajos de los prefectos era anotar los nombres de los estudiantes que no respetaban la prohibición.

Una noche que estaba de servicio y llovía a mares atrapé a un buen número de estudiantes —unos quince más o menos— que estaban desahogándose desde la galería. Casi de amanecida vi salir a alguien que, tras mirar a izquierda y derecha, se puso a orinar desde el porche. Me acerqué a él y le comuniqué que le había cogido in fraganti. Se volvió y vi que era uno de los prefectos. Aquello me planteaba un dilema. Tanto la ley como la filosofía plantean la pregunta: “Quis custodiet ipsos custodes?” (¿Quién vigila a los vigilantes?). Si el prefecto no respeta las normas, ¿cómo van a respetarlas los estudiantes? A todos los efectos, el prefecto estaba por encima de la ley, porque él era la ley, y se suponía que un prefecto no debía dar parte de otro prefecto. Pero no me pareció justo no hacerlo en su caso y sí en el de los otros quince, así que rompí en mil pedazos mi lista y no di parte de nadie.

En el último año de mi estancia en Healdtown se produjo un acontecimiento que fue para mí como un cometa atravesando el cielo de la noche. A finales del año se nos comunicó que el gran poeta xhosa Krune Mqhayi iba a visitar la escuela. Mqhayi era de hecho un imbongi, un cantor de alabanzas, una especie de historiador dentro de la tradición oral, que realza los acontecimientos de su tiempo y de la historia con un tipo de poesía que posee un sentido especial para su pueblo.

El día de su visita fue declarado festivo por las autoridades académicas. Aquella mañana la escuela en pleno, incluyendo a los miembros del personal, tanto blancos como negros, se reunió en el comedor, que era donde se celebraban las asambleas. Había un escenario al fondo y, sobre él, una puerta que daba a la casa del doctor Wellington. La puerta en sí no era nada del otro mundo, pero para nosotros era la puerta del doctor Wellington, ya que nadie, excepto él, la atravesaba nunca.

De repente, la puerta se abrió y por ella salió, no el doctor Wellington, sino un hombre negro vestido con un kaross de piel de leopardo y un sombrero a juego, con una lanza en cada mano. Un momento después le siguió el doctor Wellington, pero la imagen de un negro con ropas tribales saliendo por aquella puerta había sido electrizante. Es difícil explicar el impacto que tuvo sobre nosotros. Pareció volver el universo del revés. Cuando Mqhayi se sentó junto al doctor Wellington en el escenario sólo a duras penas podíamos contener la excitación.

Pero cuando Mqhayi se levantó para hablar, confieso que me sentí decepcionado. Me había creado una imagen de él, y mi juvenil imaginación esperaba que un héroe xhosa como Mqhayi fuera alto, feroz y de aspecto inteligente. Su aspecto no era especialmente distinguido y, salvo por su ropa, parecía una persona totalmente corriente. Cuando hablaba en xhosa lo hacía lenta y dubitativamente. Hacía pausas frecuentes en busca de la palabra adecuada y, una vez encontrada, seguía a trompicones su perorata.

En un momento dado, alzó la azagaya para dar énfasis a sus palabras y golpeó por accidente el cable del telón, que se encontraba sobre su cabeza. El poeta miró hacia la hoja de su lanza y después hacia el cable y, absorto en sus pensamientos, se puso a recorrer el escenario arriba y abajo. Al cabo de un minuto dejó de caminar, se volvió hacia nosotros y, lleno de una nueva energía, exclamó que aquel incidente —el choque de la azagaya contra el cable— simbolizaba el choque entre la cultura africana y la europea. Alzó la voz y dijo: “La azagaya representa toda la gloria y la verdad de la historia africana; es un símbolo del africano como guerrero y como artista. Este cable metálico”, continuó, señalándolo, “es un ejemplo de la industria occidental, competente pero fría, inteligente pero sin alma”.

“Hablo”, continuó, “no del contacto entre un trozo de hueso y otro de metal, ni siquiera del solapamiento de dos culturas; de lo que hablo es del choque brutal entre lo que es nativo y bueno, y lo que es foráneo y malo. No podemos permitir que estos extranjeros a quienes no les preocupa nuestra cultura se apoderen de nuestra nación. Predigo que algún día las fuerzas de la sociedad africana lograrán una histórica victoria sobre el intruso. Hace demasiado tiempo que hemos sucumbido ante los falsos dioses del hombre blanco. Pero algún día emergeremos de entre las sombras y desecharemos esas ideas venidas de fuera”.

No podía creer lo que oía. Su audacia al hablar de temas tan delicados en presencia del doctor Wellington y otros blancos nos pareció a todos absolutamente pasmosa. Pero al mismo tiempo nos despertó y nos enardeció, y empezó a alterar mi modo de ver a la gente como el doctor Wellington, a quien había considerado mi benefactor sin pensármelo dos veces.

Mqhayi comenzó entonces a recitar un conocido poema suyo, en el que asigna las distintas estrellas del cielo a las diversas naciones del mundo. Yo nunca lo había oído antes. Moviéndose de un lado a otro sobre el escenario y señalando con su azagaya en dirección al cielo les decía a los pueblos de Europa —los franceses, los alemanes, los ingleses—: “Os doy la Vía Láctea, la mas grande de las constelaciones, ya que sois un pueblo extraño, lleno de codicia y envidia, que disputáis en la abundancia”. Asignó ciertas estrellas a los países asiáticos, así como a América del Norte y del Sur. Después pasó a África, dividiendo el continente en diferentes naciones, asignando constelaciones específicas a diferentes tribus. De repente dejó de bailar sobre el escenario agitando la lan

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