Iceta

Raúl Montilla

Fragmento

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El 1 de octubre de 2016, el PSOE celebra su Comité Federal más mediático, el del derrocamiento de Pedro Sánchez. El secretario general socialista acaba renunciando a su cargo después de meses de una dura oposición interna, que secundan un amplio número de líderes territoriales del PSOE y que encabeza la presidenta de Andalucía, Susana Díaz.

Distintos medios de comunicación hacen un seguimiento en directo del agitado cónclave socialista en el que, además de Sánchez y Díaz, destaca el papel de otro dirigente: Miquel Iceta, de cincuenta y seis años. Cuando los dos primeros estaban todavía en las Juventudes del partido a principios de los años noventa, él ya era una de las personas con responsabilidad en la vicepresidencia de España. Ya era uno de los estrategas del Partido Socialista, tanto en Madrid como en Catalunya. Entonces, un aprendiz; ahora, un maestro.

Una de las televisiones retransmite «en exclusiva» lo que se convertirá en una de las imágenes del día: la presidenta de la Junta de Andalucía «hablando tranquilamente» con Iceta en el patio de Ferraz, aunque lo que se dirime en esa conversación es el futuro del PSOE.

El líder de los socialistas catalanes se ha convertido en un símbolo para los socialistas afines a Sánchez, para los dirigentes que defienden con mayor claridad una solución federal para España, en un referente para la militancia. Iceta se ha convertido en uno de los principales apoyos de Sánchez y quien, de forma más firme, defiende mantener el «no» ante la posible investidura de Mariano Rajoy. Quien ha defendido también de forma más vehemente, y antes que el propio Sánchez, un acuerdo de gobierno con Podemos.

Iceta no sigue el guion marcado por el aparato, como tampoco siguió el de su equipo cuando se dio a conocer por bailar Don’t stop me now en la campaña de las autonómicas catalanas de 2015. Hasta ese momento era un gran desconocido para la opinión pública, aunque acumulase cerca de cuarenta años en la política de primer nivel, tanto en el PSC como en el PSOE. Tanto en Catalunya como en Madrid.

Pero Iceta siempre quiso estar en segunda línea: tanto cuando fue hombre de confianza del vicepresidente Narcís Serra, como cuando acompañó a Josep Borrell en aquellas primarias en que este consiguió imponerse como candidato del Partido Socialista frente al hombre del aparato, Joaquín Almunia. Prefirió las bambalinas durante la etapa de los tripartitos de Maragall y Montilla, aunque fuese clave en la negociación del Estatut o, incluso, en la de aquellos dos gobiernos.

El niño que quería ser librero, el político al que siempre le costó besar a desconocidos. El adolescente que creció en el seno de una familia muy religiosa, perteneciente a una pequeña burguesía catalana venida a más y a una vasca venida a menos, pero que siempre se sintió atraído por el mundo obrero. Por la capacidad de la socialdemocracia de cambiar la sociedad, por la idea de justicia social.

Iceta, el estratega del Partido Socialista, el líder al que su metro sesenta y tres, sus propios complejos y su timidez —que pocos reconocen— hicieron sentirse siempre más cómodo entre bambalinas. Hasta que se sintió obligado a dar el paso para pasar a primera línea, donde se encuentra mucho mejor de lo que nunca creyó.


1. Un despacho con dos ventanas

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Un despacho con dos ventanas

en La Moncloa

La sede del PSC en la calle Nicaragua, en el distrito de Les Corts de Barcelona, es una vieja fábrica de bombillas de más de cuatro mil setecientos metros cuadrados, con ascensor y un enorme montacargas empapelado con fotos históricas del partido en blanco y negro.

En la última planta, la cuarta, está la sala donde se celebran las reuniones de la ejecutiva del partido; y no muy lejos de ella están los despachos de algunos dirigentes y sus ayudantes. No son muchos, tan solo cuatro, decorados de forma muy funcional con muebles de escritorio carentes del menor interés estético. En uno de estos despachos, que ni siquiera es el más grande, está Miquel Iceta. Entre visita y visita —que son constantes—, aprovecha para teclear agitadamente en su ordenador. Se detiene un instante, se reclina en la silla, donde tiene colgada la americana, y se le comienza a dibujar una sonrisa traviesa en la cara.

—No me lo puedo creer. ¡Mira el poema de hoy! —exclama divertido a una de las trabajadoras del departamento de dirección que acaba de entrar en el despacho cargada con una carpeta de papeles—. «Veo pasar / en el viento de otoño / mi amor secreto...» Qué bueno, qué bueno... Este es perfecto para hoy.

El haiku que ha recitado a la trabajadora, acostumbrada a los arrebatos del líder que interrumpen cualquier rutina, es el poema elegido para convertirlo en un tuit ese día. Porque cada día —salvo cuestión de fuerza mayor— reproduce en su red social un poema. Ese es el haiku elegido por el dirigente socialista para el 24 de noviembre de 2016, el día que viajará a Sevilla para mantener una larga y tensa reunión con Susana Díaz con el objetivo de conseguir que el PSC no sea arrasado por el PSOE. Faltan todavía meses para que se celebren las primarias que acabará ganando Pedro Sánchez.

Todavía ese día, el del viaje a Sevilla, no es que las relaciones entre el PSOE y el PSC sigan tensas, sino que prácticamente no existen. Iceta no pesca —salvo cangrejos cuando era niño—, pero sabe que el pez grande siempre se come al chico y que, aunque los socialistas catalanes ostenten la alcaldía en más de 120 municipios que suman 2,2 millones de personas y están en el gobierno de Barcelona y en el de las otras tres capitales de provincia catalanas, el PSC es bastante más pequeño que en la década anterior, cuando consiguió gobernar en Catalunya. Ahora es la tercera fuerza en la cámara catalana y el número de afiliados también ha bajado en picado. Y los socialistas andaluces son siempre el pez más grande.

A las ocho de la tarde del 24 de noviembre, Iceta y Susana Díaz mantendrán en Sevilla un encuentro de más de tres horas en la sede regional de los socialistas andaluces con el objetivo de reconstruir las relaciones entre el PSC y el PSOE. Tres horas en las que, después de semanas de distanciamiento, Iceta y Díaz se vieron cara a cara con el objetivo de restablecer el eje socialista Barcelona-Sevilla, importante para los dos y vital para la supervivencia del socialismo en España. Una reunión en la que Susana Díaz, sin ser formalmente la líder del PSOE en aquel momento —aunque sí de facto—, llamó la atención a Iceta sobre el hecho de que se tuviera que enterar por la prensa de algunos movimientos de los socialistas catalanes, antes que por él mismo...

Susana le pidió fidelidad de cara a unas primarias que todavía no se habían convocado para elegir a un nuevo secretario general del partido, a las que temía que pudiera volver a presentarse, como pasó, Pedro Sánchez.

Tras la larga reunión, el primer secretario del PSC no dudó en asegurar ante los medios que su ejecutiva iba a ser neutral en el momento en que se tuviera que elegir a un nuevo líder del partido. En el fondo, Iceta no se comprometía a nada. «En unas primarias eligen los militantes —dijo y repitió. Y añadió—: La ejecutiva será neutral, como siempre lo han sido todas las ejecutivas», frase que tuvo una menor repercusión mediática.

Aparentemente, Iceta se alejaba de Pedro Sánchez, que esa misma semana aparecía en un acto en la población valenciana de Xirivella. De forma pública ya llevaba semanas alejado. De forma privada, y personalmente, nunca lo estuvo.

—«Veo pasar / en el viento de otoño / mi amor secreto...» Es muy bueno. Es de Masajo Suzuki —continúa Iceta mientras teclea el tuit, y acto seguido cuelga el mismo haiku en una página web que ha creado él mismo sobre poesía—. Las hago a partir de un Wordpress, las páginas web, digo. Son muy fáciles de hacer. Llevo muchos años haciendo páginas web —explica mientras deja el escritorio y se sienta en uno de los sillones que hay en un extremo del despacho.

En una mano tiene una lata de Coca-Cola Zero, y en la otra, el móvil, con el volumen de los mensajes y notificaciones desactivado, pero no el de las llamadas. Cuando habla o está reunido con alguien no hace caso al teléfono a menos de que lo llamen.

Bebe un poco de refresco. Sus colaboradores aseguran que es adicto a la Coca-Cola Zero, pero también que, al contrario que algunos de ellos, no necesita café para afrontar su agenda, siempre llena, ya que Iceta casi nunca dice que no. De hecho, ese día viajará a Sevilla, pero lo hará después de que el día anterior haya estado en Madrid, donde, por la mañana, participó en un desayuno informativo en el hotel Ritz, con cerca de trescientos asistentes, y por la tarde asistió a la presentación de un libro sobre el presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara. Uno de los barones de uno de los territorios, Extremadura, cuyos líderes socialistas han sido habitualmente más críticos con el PSC y en esas últimas semanas de crisis socialista se han posicionado abiertamente contra Iceta. Semanas después, el dirigente catalán también viajará a Badajoz para pasar un par de días con los socialistas extremeños y conseguirá rebajar la tensión.

—Recibí un mensaje hace tiempo de Vara, sobre el libro, y ya que estaba allí decidí acercarme. La que se montó cuando llegué a la presentación... —dice con una sonrisa—. Pero no buscaba nada... visto de antemano. Quería ir, sencillamente.

Al acto acudió también el ex secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, y la propia Susana Díaz. Y otros muchos barones críticos con Iceta. Fue un encuentro tras semanas de desencuentros.

Lunes, Barcelona; martes, Barcelona y Madrid; miércoles, Madrid; jueves, Barcelona y Sevilla; viernes, Sevilla y Vilassar de Mar. A la población de la comarca del Maresme acudirá para participar en un acto de homenaje al ex dirigente socialista asesinado por ETA en el año 2000, Ernest Lluch. Con eso no cerrará la semana, porque durante el fin de semana seguirá teniendo actos.

—Ahora tengo más de setecientos treinta poemas recogidos en la página web. Comencé hace dos años, antes de Navidad —prosigue—. La verdad es que me aficioné muy joven a los haikus. Y después lo dejé, hasta que los recuperé hace dos años. La poesía no es solo una métrica concreta, y el haiku tiene otros requisitos: ha de describir un instante, se sitúa generalmente en un período de alguna de las cuatro estaciones o el día de Año Nuevo, tiene una palabra (kigo) que te da la pista de a qué época del año se refiere... No basta con unir tres frases de cinco, siete y cinco sílabas... Es también una cierta filosofía del instante, de la contemplación, de la unión con la naturaleza... Y lo de hacer cada día un tuit... Me gusta que las cosas duren, que haya cierta constancia, cierta disciplina —añade.

A pesar de que se le da bien improvisar, le gusta el orden, tenerlo todo organizado. Aunque los afronta, no le gustan los contratiempos. Se siente cómodo siguiendo una agenda marcada, y donde también se programan los descansos.

Para Iceta, la mayor constante quizás es la política. Concretamente, el PSC. Ahora es el primer secretario del partido, su líder en el Parlament, el máximo representante de los socialistas catalanes y quien sube al atril, pero Iceta siempre estuvo allí, entre bastidores, tras las bambalinas del Partido Socialista y de la primera línea de la política catalana y española. Conoce bien el Palau de la Generalitat y el Parlament, pero también el Congreso de los Diputados y, especialmente, La Moncloa, donde tuvo un despacho con dos ventanas e, incluso, derecho a litera en el búnker del recinto de la Presidencia del Gobierno de España.

CON DERECHO A CAMA EN EL BÚNKER DE LA PRESIDENCIA

—Existe. Yo fui a ver el búnker al poco de llegar, porque tenía curiosidad. Aquello formaba parte de una dirección que se llamaba de Infraestructura y Seguimiento de las Situaciones de Crisis. Había camas, aunque no pregunté por la mía. —Recuerda que lo que más le llamó la atención de aquella estancia secreta fue una sala de actos donde todo eran sillones grises menos uno, en el centro de la primera fila, que era rojo—. Era el del presidente. En algún momento, mientras estuve en Moncloa, se llegó a utilizar, pero por la red de telecomunicaciones: en alguna huelga general se montó allí un retén para conectar con todas las provincias y con los gobiernos civiles para saber cómo iban las cosas. Estaba preparado para un conflicto nuclear o similar, pero afortunadamente nunca se ha tenido que poner a prueba.

Iceta tuvo derecho a cama en el búnker de La Moncloa durante unos años porque fue una de las personas de confianza de Narcís Serra cuando este ejerció como vicepresidente del Gobierno, de 1991 a 1995: los últimos años del gobierno de Felipe González.

Pasó de una concejalía en el Ayuntamiento de Cornellà a la trinchera de la Gran Política a principios de los años noventa, en el inicio del descenso a los infiernos del PSOE, de su primera decadencia. Llegó a la capital de España con treinta y un años poco antes de que se organizara la Conferencia de Paz de Oriente Medio, el encuentro que se celebró ocho meses después de la primera Guerra del Golfo con el objetivo de sellar la paz entre Israel y la OLP, Siria, Líbano y Jordania, y que fue ideado por el Gobierno de España y auspiciado por Estados Unidos y la URSS.

—Y luego vino el noventa y dos, con las Olimpiadas y la Expo, y la legislatura de los sustos, que fue la última del PSOE en el Gobierno: la de 1993 a 1996. Ver, vivir todo aquello de cerca... fue muy interesante. Me lo pasé bien.

Narcís Serra hace poco que ha sido nombrado vicepresidente por Felipe González, sustituyendo a Alfonso Guerra, que dimite por el caso de corrupción que afecta a su hermano Juan. Al abandonar el Ministerio de Defensa y convertirse en el segundo al mando del Gobierno, con posibilidades incluso, llegado el momento, de sustituir a González, el ex ministro se rodea de su equipo de máxima confianza, entre otros, de su jefe de gabinete José Enrique Serrano, que es nombrado secretario general de la Vicepresidencia del Gobierno. O de Lluís Reverter, que actúa como enlace con la Zarzuela y acaba ejerciendo también de interlocutor de los servicios de información del Estado en lo que se refiere a la protección del presidente y el vicepresidente.

Pero Serra quiere ampliar su equipo de confianza y contacta con el entonces primer secretario del PSC, Raimon Obiols, para incorporar a su equipo a algún miembro de los socialistas catalanes para que haga de enlace entre él y el PSC, entre la Presidencia y Catalunya. Una persona que esté entre los dos mundos.

—Y en esa conversación salió mi nombre —explica Iceta.

Entonces era concejal de Cornellà, pero contaba ya con una dilatada experiencia en el partido: formaba parte de su ejecutiva (desde el IV Congreso, celebrado en 1984) y, sobre todo, había desarrollado diversas labores tecnico-políticas, convirtiéndose en un hombre para casi todo.

—Cuando estaba esperando a que me dieran audiencia, Joan Ros, que era el secretario de Serra, me dijo: «Narcís, lo que no te dé el primer día ya no te lo dará después.» Minutos después, al final de la reunión, el vicepresidente me acaba diciendo: «Pues te podrías venir aquí de asesor.» Y yo le dije: «Sí, pero tendré que tener algún cargo, para que pueda dar una tarjeta» —recuerda Iceta con una sonrisa—. Entonces estaba vacante la plaza de director del Departamento de Análisis, y fue el cargo que obtuve. Siempre he agradecido el consejo de Ros, es algo que no falla: si quieres algo, pídelo el primer día, porque, si no, luego se olvidan.

Serra no conocía a Iceta.

Iceta conocía a Serra de vista y poco más.

El actual líder de los socialistas catalanes pasa a ser el director del Departamento de Análisis del Gabinete de la Presidencia del Gobierno de España.

UN HOMBRE DE CONFIANZA DE SERRA QUE HACÍA DE ENLACE CON EL PSC

—Querían tener a un político joven del partido por allí, esa es la verdad, y pensaron en mí. Luego sirves o no sirves. Puedes hacer unas cosas mejor u otras peor. Pero si llegué a Moncloa no fue porque fuera de la cantera de Serra o de su confianza, sino porque él consideró que, ya que ejercía de vicepresidente, quería tener cerca a alguien que pudiera garantizar que en el PSC se tuviera una información muy directa de las orientaciones generales del Gobierno y también que, desde el PSC, se pudieran hacer sugerencias, propuestas...

El cargo que ocupa en La Moncloa es el que, hasta pocos meses antes, había ocupado Ignacio Varela, uno de los sociólogos de cabecera del PSOE hasta la llegada de Pedro Sánchez a la secretaría general del partido —la primera vez, en 2014—. Y también uno de los ex consejeros socialistas del PSOE en Caja Madrid, en el famoso consejo de las tarjetas black. Varela fue impuesto por el Partido Socialista de Madrid cuando al frente del mismo estaba Rafael Simancas.

El trabajo de Iceta en La Moncloa, más allá de hacer de enlace, es elaborar notas políticas de casi todo, preparar discursos, nutrir de información y actualidad a la Presidencia después de procesarla. También hace de enlace con algunos diputados que recurren a Presidencia para saber si en su provincia se puede desarrollar un determinado proyecto o si este es inviable. Gestiona también la correspondencia que llega al presidente o al vicepresidente y que requiere respuestas. Las labores son tan amplias que también es el responsable de que se responda a quienes piden fotos, firmas o saludos, o a quienes se interesan por cuestiones concretas... La materia prima de su trabajo es la información y la forma de desarrollarla, estar en continuo contacto con otros cargos técnicos y políticos.

—Teníamos que ser útiles para que se tomaran las decisiones políticas que correspondían en cada momento.

En el departamento, muy político, trabajaba una decena de personas: sociólogos, analistas... A Iceta, al ser el director, le toca hacer de puente entre el vicepresidente y el trabajo que realizan los asesores. Aunque no formaba parte de la cantera de Serra, pasa a ser una de las personas de su máxima confianza. Llegan a cenar juntos dos o tres veces por semana. Son vecinos de despacho en el edificio de Semillas del complejo de La Moncloa. El trato con Felipe González, en cambio, es mínimo, prácticamente dos encuentros al año: por Navidad y el día de su cumpleaños.

El trabajo que Iceta desarrolla en el Gobierno de España, aunque cuente la anécdota de que consigue el cargo casi por una casualidad, es muy similar al que lleva desarrollando ya cerca de diez años en el PSC, así como en el Ayuntamiento de Cornellà. Tiene experiencia, aunque en una escala más pequeña, porque, en comparación, el corazón administrativo del Ejecutivo es enorme. Como lo es su nuevo despacho comparado con el que tenía en Cornellà.

—Al poco de llegar me dieron uno: con una mesa, una pequeña librería, la bandera y el retrato del rey. Y tenía una secretaria, Concha. Al cabo de un tiempo me dice: «Este despacho, este despacho... no es para usted.» Y claro, yo pienso: Se han equivocado, me van a quitar el despacho. «¿Por qué, Concha?», le pregunto. Y me contesta que mi despacho tiene solo una ventana y que los despachos de los directores generales tienen al menos dos ventanas. Al poco me dieron un despacho con dos ventanas —añade, todavía incrédulo—. Estas cosas de los rituales del poder... sus esquemas... Yo venía de ser concejal de Cornellà, donde, claro, todo esto no existía.

Allí en Madrid fraguó una gran amistad con el número dos de Serra, José Enrique Serrano. El político madrileño es uno de esos hombres del PSOE que siempre aparece en los momentos de mayor tensión del partido, un solucionador, un Señor Lobo al estilo del papel que interpreta Harvey Keitel en Pulp Fiction, aunque sin cadáveres de por medio. Bueno, quizá sí algún que otro cadáver político.

José Enrique Serrano es un hombre de Estado en toda regla, a quien Iceta, además de amigo, lo considera su maestro. Serrano acabará siendo el director de Gabinete de González y años después lo será también de Rodríguez Zapatero cuando este acceda a la presidencia del Gobierno. Antes será el asesor de Joaquín Almunia cuando se convierte en secretario general del partido. Y, después, de Alfredo Pérez Rubalcaba.

A Serrano también le encomiendan la misión de entenderse con el gobierno de Artur Mas, acompañando al popular Pedro Arriola, cuando el dirigente catalán comienza a hablar de independencia. Un mediador nato ya que, además, en ese momento quien ocupa La Moncloa es Mariano Rajoy, que no ve nada mal la ayuda.

Aunque durante las primarias del PSOE se mantuvo neutral —sus simpatías, eso sí, estuvieron con Patxi López—, Serrano no dudó en asistir a la clausura del XXXIX Congreso del PSOE, mostrando su disposición a seguir colaborando con Sánchez.

Iceta mantiene desde su época en La Moncloa una gran estima a José Enrique Serrano, con el que no ha perdido, ni mucho menos, el contacto. Es también una constante en esta historia.

EN MEDIO DE LAS TENSIONES ENTRE PARTIDARIOS DE GUERRA Y DE GONZÁLEZ

Iceta no llega a Madrid en un momento dulce. Lo hace cuando en el PSOE hay un enfrentamiento abierto entre los partidarios de Felipe González y los de Alfonso Guerra a raíz del caso Juan Guerra, que también ha debilitado la imagen del todopoderoso gobierno de González.

El del hermano del dirigente andaluz es el primer gran caso de corrupción que afecta al Partido Socialista y, especialmente, a su imagen. Sus consecuencias se notan ese mismo año 1991 en las elecciones municipales y autonómicas, en las que se intuye un cambio de ciclo. Los socialistas pierden entonces casi la mitad de las alcaldías de las ciudades que gobernaban desde 1979, entre ellas Madrid, Sevilla y Valencia, aunque, eso sí, mantienen todas las autonomías que tenían salvo Navarra.

El caso Juan Guerra había salido a la luz dos años antes, aunque no comenzó a utilizarse políticamente hasta 1990. ¿Qué ocurrió? Juan Guerra, el hermano del vicepresidente Alfonso Guerra, poseía un despacho en Sevilla a pesar de no tener ningún cargo orgánico, solo por su condición de «asistente» de su hermano. Y desde allí llevaba a cabo actividades que no eran las que tenía asignadas.

Juan Guerra fue condenado a un año de cárcel, que no cumplió al no tener antecedentes, y a pagar una multa de 25 millones de pesetas (150.000 euros). La condena fue por haber cometido un delito de fraude fiscal de 42,2 millones de pesetas (253.637 euros). Hubo más denuncias por otros delitos, más peticiones de cárcel e inhabilitación, acusaciones de cobro de supuestas comisiones... Pero de todo lo demás fue absuelto. Sin embargo, la condena que más afectó al PSOE fue la mediática, alimentada por una pésima gestión de la crisis.

—Fue un caso que sirvió para meter una cuña entre Felipe González y Alfonso Guerra. Cuando yo llegué a Moncloa era algo que ya estaba en marcha. Fue un caso que se utilizó políticamente para minar a los socialistas, no tanto por su gestión sino por su coherencia... o más bien por la falta de la misma. La gente espera de los gobernantes que sean muy transparentes, muy austeros, que impidan cualquier sombra de nepotismo y corrupción. Todo lo que puede erosionar esa imagen va contra la línea de flotación. Los políticos tendemos a contestar como si fuera un ataque contra nosotros, pero tenemos que comprobar antes si de lo que nos acusan es real. La tentación de matar al mensajero siempre es alta, pero en general no sirve para nada —explica Iceta.

Alfonso Guerra quitó importancia, desde el principio, a la cuestión de su hermano, incluso se negó a dimitir, una decisión en la que le apoyó la dirección del PSOE. El grupo parlamentario socialista en el Congreso llegó a rechazar la petición de la oposición para que se constituyera una comisión para investigar el caso. Esto también provocó que se enrarecieran las relaciones del PSOE tanto con el PP como con Izquierda Unida. Pero, finalmente, por la presión —también interna— Guerra acaba dimitiendo en enero de 1991.

—Recuerdo la expresión de Felipe en el Parlamento de «dos por el precio de uno» —apunta Iceta—. Felipe salió muy en defensa de Guerra. Pero en el momento en que se produce la dimisión, ya no fue solo por este caso o no solo por este caso, sino porque se había producido una cierta división política entre el ritmo que siguió Felipe y el que hubiera seguido Alfonso Guerra. Se acabó la colaboración. Algunos atribuyen la ruptura solo al tema del famoso despacho en Sevilla del hermano de Guerra. Yo creo que tuvo mucho más que ver con el concepto de socialismo: son unos años en los que Alfonso Guerra lanza una revista, mantiene una relación con Gorbachov y con Adam Schaff: intenta recuperar la idea socialista. Felipe González desde el principio había hecho una apuesta por la política reformista y socialdemócrata.

Es decir, se produce la primera gran crisis del PSOE en la democracia: el enfrentamiento de dos bandos, también de dos visiones del partido.

—La ruptura entre Felipe y Guerra estaba muy presente cuando llegué, tanto que, por ejemplo, cuando me incorporé al equipo de La Moncloa el director del gabinete era todavía Roberto Dorado, una persona de la estricta confianza de Guerra.

Dorado, fallecido en 2011, fue clave en la modernización y la reorganización del PSOE: uno de los creadores del Instituto de Técnicas Electorales, a mediados de los años setenta, y clave en los Comités Electorales del PSOE de los ochenta.

—Había un ambiente extraño, de cambio de régimen, aunque fuera de continuidad. Pero al mismo tiempo había una esperanza de que seríamos capaces de renovarnos a nosotros mismos: Felipe estaba intentando crear un polo de renovación a través de Narcís, Carlos Solchaga, José María Maravall, Joaquín Almunia, Javier Solana... Cuando llegué en 1991, los socialistas ya llevábamos en el gobierno nueve años.

UN CATALÁN AL FRENTE DEL GOBIERNO CENTRAL

La dimisión (forzada) de Alfonso Guerra ahonda la división interna del PSOE que ya se había puesto de manifiesto en el XXXII Congreso celebrado en noviembre de 1990, donde ya se habían enfrentado el sector guerrista y el sector renovador, este último afín al presidente González. El PSC, aunque en el partido también había simpatías hacia Guerra, cierra filas en torno al secretario general: la práctica habitual.

—Nosotros siempre hemos estado al lado del secretario general del PSOE. Estuvimos al lado de Rubalcaba, Zapatero y Almunia, y entonces al lado de Felipe. Toda división interna de un partido se lleva mal, pero nos decantamos por Felipe, que en la dimisión de Guerra se había decantado por Narcís Serra. Se vivió mal, pero en el fondo muy de acuerdo con lo que había hecho y estaba haciendo Felipe y con el nuevo papel de Narcís —apunta Iceta—. El PSC entonces gobernaba en muchos ayuntamientos de Catalunya, pero en la Generalitat estábamos en la oposición. Si tenías un vicepresidente catalán era la prueba de que tenías un peso importante en la política española.

Un segundo en La Moncloa que, por otro lado, se especulaba que podía ser el relevo del propio González. ¿Se estaba preparando el relevo de Felipe como candidato a la presidencia y realmente era Serra quien tenía su confianza?

Iceta abre un poco más los ojos.

—Eso la verdad es que nunca lo supe... Me acuerdo de la revista El Siglo, un titular que decía: «¿Puede un catalán ser presidente del Gobierno?», e ilustrando la información, una fotografía de Serra. Pero yo nunca tuve la percepción de que hubiera habido una decisión en ese sentido. Sí que es verdad que un nuevo vicepresidente, en aquella época, sustituyendo a Alfonso Guerra, es decir, con mucha capacidad de gobierno, hacía pensar que llegado el momento podía ser un sustituto de González. Pero lo que nunca tuve claro es que hubiera una decisión tomada al respecto.

De Serra, al contrario de Guerra, destaca una cosa: su talante negociador y su capacidad de poder entenderse con los nacionalistas. El PSOE tiene claro entonces que su futuro ya no será de mayorías absolutas. Serra es afín y fiel a González y, por su propio carácter, se tiene el convencimiento de que no arrojará más leña a las luchas internas del PSOE. De hecho, tras la huelga general de 1988 ya se había barajado la posibilidad de que Narcís Serra pudiera sustituirlo.

—A mí no me dijo nada —insiste el líder del PSC—. Pero entonces aprendí algo: hay cosas que debes saber y otras que no tienes que saber y que, sin embargo, no te impiden hacer bien tu trabajo. Mi trabajo allí era que el vicepresidente lo hiciera muy bien, que le llegaran al presidente las notas que nos pedía o las que nosotros considerábamos que eran útiles para su trabajo... Y hasta aquí.

Serra había llegado a la vicepresidencia después de una etapa de éxito, de 1982 a 1991, al frente del Ministerio de Defensa, en una España que tenía tres grandes problemas: el territorial, el militar y el religioso.

—El problema militar lo resolvió con una política de modernización de la Fuerzas Armadas: la integración en la OTAN, el compromiso en las misiones de paz. Profesionalizó el ejército y le adjudicó una función que no teníamos. Antes de su llegada a Defensa padecíamos un ejército que parecía más dispuesto a ocupar su propio país. Serra cerró las ambiciones del ejército de participar en política, de influir en ella. Habíamos tenido vicepresidentes que eran tenientes generales. Eso, de repente, desapareció de la mano de un catalán que no hizo la mili porque tenía los pies planos. Todo esto es uno de los símbolos de la Transición. Una de las imágenes que tengo muy presente de la misma es a Felipe González y Narcís Serra pasando revista a la Brunete al poco de tomar posesión.

En la decisión de González de nombrar a Serra ministro influyó su buena imagen de gestor como alcalde de Barcelona y también la buena organización, el año anterior, del desfile de las Fuerzas Armadas en la Ciudad Condal.

—Hablamos mucho de Narcís, pero también al frente de Sanidad había estado Ernest Lluch; de Industria, Joan Majó. Y Jordi Solé Tura al frente de Cultura. Mercè Sala presidiendo Renfe... Hubo muchísimos catalanes, aunque yo siempre he pensado que los catalanes lo tenemos muy mal en Madrid. Esto lo averigüé allí. Nosotros, los catalanes, íbamos a Madrid los lunes hacia el mediodía y regresábamos a casa los viernes justo después de que acabara el Consejo de Ministros. Un día le acabé comentando a Narcís: «Aquí me parece que hacen los negocios los fines de semana.» Los catalanes tendemos a no instalarnos en Madrid, y cuando vas allí siempre piensas que volverás a Catalunya. En el resto de España, cuando piensas en la culminación de una carrera política, financiera, empresarial, lo haces pensando en acabar viviendo en Madrid. Y también relacionado con esto hay otra cuestión: que los catalanes tienen poca presencia en los altos cuerpos de la Administración. Esto nos da menos peso del que quizá tendríamos en otras circunstancias. La gente que vive en Madrid hace los fines de semana en Madrid y, por ejemplo, allí hay mucha cena del viernes. Cuando regresabas el lunes, tenías la sensación de que había algunas cosas que alguien había decidido en algún momento en que no estabas... y era precisamente el fin de semana. No viviendo en Madrid te pierdes una parte que en teoría no es laborable pero se utiliza mucho para eso que llaman el networking. El fin de semana es para el networking.

EL CASO FILESA: FINANCIACIÓN ILEGAL... DEL PSOE

Iceta está al lado del hombre que, aparentemente, tiene más futuro en el PSOE. El caso Juan Guerra pierde fuerza tras la dimisión del vicepresidente. El PSC mantiene una fuerte influencia en Madrid... Pero, en estas, estalla un escándalo que salpica de lleno a los socialistas catalanes: Filesa, que afectará a uno de los padrinos políticos de Iceta y también amigo, Josep Maria Sala, que años después acabará cumpliendo pena de cárcel.

La trama sale a la luz apenas una semana después de las elecciones municipales de 1991. La hace pública El Mundo, luego de que un ex empleado de la firma facilite al diario, entonces dirigido por Pedro J. Ramírez, información sobre la actividad de la empresa, supuestamente tras intentar someter a un chantaje a los responsables de la misma.

—Filesa fue un mecanismo de financiación irregular. No sé si legal, porque entonces la ley de financiación de partidos políticos no existía, pero en cualquier caso fue irregular y nos convertimos en el primer partido político condenado por ello. Era un sistema para que las empresas pudieran hacer donativos. En las finanzas de los partidos siempre ha habido zonas un poco opacas, aunque creo que los sucesivos cambios legislativos han ayudado a hacerlas desaparecer. No creo que fuéramos el único partido que se financiaba de forma irregular, pero en cualquier caso fuimos el primero en ser condenados por ese motivo. Pagamos por ello.

Filesa fue una trama de financiación ilegal, principalmente, mediante el cobro de informes inexistentes a industriales y banqueros. Filesa es el nombre de una de las tres empresas fantasmas que se crearon para llevar a cabo esa financiación irregular entre 1989 y 1991 (las otras dos fueron Malesa y Time Export).

Curiosamente, después de informaciones puntuales, el grueso de la información del caso Filesa fue desvelado por el propio Ministerio de Hacienda en 1993 cuando el entonces titular de dicha cartera era el socialista Carlos Solchaga.

Un informe de los peritos de Hacienda estableció que Filesa había recibido más de mil millones de pesetas (unos seis millones de euros). El juez encargado del caso imputó a 39 personas, ocho de las cuales acabaron condenadas por el Tribunal Supremo en 1997 a penas de entre seis meses de arresto y once años de cárcel. Solo se castigó el delito fiscal porque entonces no existía el delito de financiación ilegal de los partidos políticos. Tres de los condenados a prisión fueron dirigentes socialistas: el entonces senador Josep Maria Sala, el ex diputado del PSC Carlos Navarro y la ex coordinadora de finanzas del partido Aida Álvarez Álvarez.

—Los políticos, cuando les pillan en algo, lo primero que hacen es instalarse en la negación —explica Iceta—. Si no ha existido, pues vale. Pero si ha existido, lo que tienes que hacer es reconocerlo y explicar en qué condiciones existió. En el caso Filesa, el Partido Socialista nunca fue capaz de hacerlo.

Pero Iceta defiende la inocencia de Sala:

—Josep Maria renunció a un indulto por boca mía. Cuando estaba en la cárcel se montó una reunión de abogados que había convocado Ernest Maragall [el hermano de Pasqual Maragall, que llegó a ser conseller durante el tripartito de José Montilla pero que abandonó el partido en 2012 y después se integró en la órbita de ERC]. A mí me invitaron a participar: iba cada dos días a la cárcel. En aquella reunión, todos tenían clarísimo que se tenía que pedir el indulto, y yo les dije que no, que Josep Maria no lo iba a pedir. Y que, por favor, no se pidiera porque él estaba radicalmente en contra. Josep Maria siempre consideró que en su caso se había cometido una injusticia, lo que no quiere decir que Filesa no haya existido. Si bien es verdad que no somos juristas y a veces tenemos una visión de la ley demasiado al pie de la letra, a Josep Maria se le acusó por una reunión a la que no asistió y por un acta que no firmó. Pero también es cierto que, aunque tú no hayas firmado un acta, si el juez considera que hay pruebas suficientes que te relacionan con el caso, ya basta. La prueba es que él llegó a recurrir la sentencia ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y no le dieron la razón. El aforamiento es un sistema de protección, pero al ser aforado, si te condena el Tribunal Supremo, te deja sin una segunda instancia judicial: ya solo queda ir al Constitucional o a Europa y ya son recursos de otra naturaleza.

Hasta noviembre de 2016 Josep Maria Sala estuvo en la ejecutiva del PSC, a la que había regresado en 2004 cuando Montilla fue reelegido primer secretario, e Iceta, viceprimer secretario —un cargo, entonces, de nueva creación—. Montilla e Iceta fueron algunos de los dirigentes que acudieron a las puertas de Can Brians cuando Sala salió de la cárcel.

—Cuando entró en prisión dimitió de todos sus cargos. Pero una vez cumplida la pena, no había ningún obstáculo formal para su reincorporación. El partido siempre le consideró y le considera inocente —apunta Iceta, que recuerda que cuando Sala fue condenado a finales de 1997, él publicó un artículo en El País, «Un inocente en prisión». En el texto, que no gustó a todo el mundo, el actual líder de los socialistas catalanes defendió la inocencia de Sala, a la vez que incidió en el error que había supuesto Filesa.

Iceta fue quien asumió los cargos orgánicos que tenía el senador socialista cuando fue condenado, pero también fue quien acompañaba a su madre a la cárcel y quien sacaba de su celda notas que luego se convirtieron en un libro.

En otro libro, en uno de los tomos de las memorias de Alfonso Guerra, el ex vicepresidente recuerda también el caso Filesa, aunque elude cualquier responsabilidad para el PSOE y afirma tajante que fue una cuestión interna de los socialistas catalanes.

—Los nombres del caso Filesa fueron del PSC, pero todo aquello ocurrió cuando hubo un período de colaboración de Carlos Navarro con las finanzas del PSOE. Ellos fueron los que precisamente pidieron ayuda para poner un poco de orden, hacer las cosas lo mejor posible. Todo está documentado. Te podía parecer bien, mal o regular, pero todo estaba tan documentado que se pudo reproducir bastante bien el esquema de trabajo y de funcionamiento. Filesa fue un sistema que implicó a personas del PSC, pero fundamentalmente fue financiación para el PSOE. Carlos Navarro fue contratado como coordinador de finanzas del grupo parlamentario socialista. Era una persona que había colaborado estrechamente con Eduardo Martín Toval [perteneciente al ala guerrista, histórico del PSC, fue diputado en el Congreso de 1977 a 1980 y de 1982 a 1995, y participó activamente en la elaboración de la Constitución y del Estatut]. Y todo lo que se investigó era de la época en que Navarro estaba colaborando con las finanzas del PSOE, de la época en que era secretario de finanzas Guillermo Galeote [histórico del PSOE que fue identificado como uno de los apoderados de las cuentas de los socialistas en Suiza].

Iceta conserva miles de folios del caso, que estudió con profundidad. Muchos de esos documentos los tiene colgados en Internet.

—En el PSC siempre hubo la convicción de que Josep Maria Sala no tuvo nada que ver con eso. Josep Maria, además, forma parte de la generación de los fundadores, es de las personas que más ha trabajado por el partido. Los partidos tienen muchos defectos, pero también muchas virtudes. Las personas que más trabajan tienen reconocimiento y la gente les tiene mucho cariño. Ese es el caso de Josep Maria Sala.

La lealtad. Para Iceta, aunque a veces lo acusen de frívolo, no solo es un principio moral, sino también un sentimiento.

EL DESCENSO A LOS INFIERNOS: LOS GAL

Serra no acabará siendo presidente del Gobierno, ni siquiera aspirante a liderar el PSOE. En 1995 se vio obligado a dimitir antes de que acabara la legislatura. Iceta y su equipo siguen hasta que finaliza. El último gobierno de González, que transcurrirá de 1993 a 1996, es la legislatura de los «sustos».

El caso Juan Guerra se considera el primer escándalo, y el caso Filesa alimenta el deterioro de la imagen del PSOE. Pero hay muchos más elementos que en poco tiempo agudizan el desgaste del Gobierno central. En materia económica, España sufre con intensidad la crisis económica internacional desatada tras la primera Guerra del Golfo (agosto 1990-febrero 1991), que coincide con la factura de una unificación alemana que puso fin a la etapa de crecimiento económico que España disfrutaba gracias al impulso de Europa. En aquel momento, la Alemania rica (la República Federal) tenía que preocuparse de la Alemania pobre (República Democrática). Pero es que el PSOE vive un auténtico descenso a los infiernos alimentado por otro escándalo que se desarrolla como una gota malaya: los GAL. En septiembre de 1991, los policías José Amedo y Michel Domínguez son condenados a más de cien años por su responsabilidad en la guerra sucia contra ETA. Y en la última legislatura de González, cuando parece que los GAL están olvidados, estallarán.

Hay además un goteo constante de casos menores que también suman: en enero de 1992 dimite el ministro de Sanidad y ex presidente de Renfe, Julián García Valverde, a causa de unas aparentes operaciones especulativas de la compañía Renfe en San Sebastián de los Reyes. A finales de 1992, las portadas de los diarios y de la televisión se las lleva el conocido como «fraude del BOE», valorado en mil millones de pesetas (unos seis millones de euros); así como la supuesta implicación de la ex coordinadora del PSOE, Aida Álvarez, en el pago de comisiones por la adjudicación del AVE Madrid-Sevilla —dos casos, eso sí, que años después se quedan en nada.

A pesar de todo lo anterior, el PSOE gana las elecciones de 1993 al conseguir 159 escaños —16 menos de los que tenía—. Pero el PP es segundo con 141 diputados, ganando 34. El fin de los socialistas se avecina.

—Ganamos in extremis. La última legislatura fue espantosa desde muchos puntos de vista. Fue la legislatura de los GAL, que para mí no es que fuera una vieja historia: era una historia desconocida, que no sabía. Pero también están los casos de corrupción, pequeños o grandes, que se acumulan. Aparecen casos de orden muy diverso que forman una especie de lluvia ácida que se lleva por delante las expectativas de regeneración interna que teníamos los socialistas.

Son días de escándalos continuos. La vida social nocturna de Iceta es ir casi cada noche con José Enrique Serrano al kiosco de la madrileña Puerta de Sol, que era donde llegaban las primeras ediciones de los diarios. Van a medianoche para comprar El Mundo y otros diarios y regresar con ellos bajo el brazo a La Moncloa. Fue una rutina en aquella última legislatura de González: alargar la jornada al máximo para acabar comiendo un bocadillo en el Vips más próximo y comprar determinada prensa que llegó a marcar la agenda política.

—¿La portada que generó más enfado? Quizá cuando aparecieron los planos o un croquis del búnker de La Moncloa. Hubo mucho enfado porque eso había sido declarado secreto —recuerda el líder del PSC—. Había más enfado cuando se desvelaban cosas que, por las razones que sean, alguien había decidido que no tenían que ser públicas, es decir, secretos oficiales; por ejemplo, cuando salía alguna información referente a los GAL.

Pero la guerra sucia contra ETA se convierte en la gran arma de desgaste contra el Gobierno de Felipe González. En la última legislatura no paran de salir cadáveres de los armarios. La intensidad crece a finales de 1994. En octubre de ese año, con el fin de evitar que el caso prescribiera, el juez Baltasar Garzón reabre el expediente sobre el secuestro de Segundo Marey, raptado en 1983 al ser confundido con el presunto miembro de ETA Mikel Lujua: es el principio del hilo de la guerra sucia contra ETA.

Por entonces, Garzón estaba investigando el desvío de fondos reservados dentro de la instrucción sobre el ex jefe de la Guardia Civil, Luis Roldán. Justificó la reapertura del caso de Segundo Marey por la posibilidad de hallar alguna referencia a Amedo, Domínguez o los GAL. Tras recibir luz verde, Garzón entra con toda la artillería después de que, anteriormente, su investigación sobre la guerra sucia contra ETA hubiera sido frenada en la etapa de José Barrionuevo como ministro de Interior (1982-1988), a pesar de que el magistrado había obtenido el apoyo que solicitó al Consejo General del Poder Judicial. Y entra con toda la artillería después de que en mayo de 1994 hubiera entregado su acta como diputado del PSOE.

Y es que, en las elecciones generales del año anterior, Garzón había sido uno de los fichajes estrella de la lista de González, lo que generó cierta suspicacia porque ya era quien precisamente había estado investigando el caso de los GAL. Aunque, al cabo del año, el juez abandonó la política, decepcionado después de que el presidente socialista nombrara a Juan Alberto Belloch ministro de Justicia, y para él reservara únicamente el cargo de delegado del Plan Nacional sobre Drogas con rango de secretario de Estado.

—Los GAL son, por un lado, un tema básicamente judicial, y por otro, de revelaciones de parte interesada para que todas estas cuestiones salgan en los medios: vuelven a aparecer temas que en parte se habían olvidado cuando, precisamente, los que estaban en primera línea de la lucha antiterrorista y de Interior ya no estaban.

Los últimos asesinatos de los GAL se cometen a mediados de los años ochenta. En febrero de 1986 atacan con ametralladoras el bar Batxoki, donde resultan heridos media docena de clientes. El objetivo era el etarra Frédéric Haramboure, que participó en el atentado contra la Casa Cuartel de Zaragoza. Ese mismo mes son asesinados Cristophe Matxikote y Catherine Brion, los dos sin ninguna relación con ETA ni su entorno. En julio del año siguiente asesinan con una bomba

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