Travesía suicida
Seis ventanucos rectangulares de vidrio reforzado y enmohecido fueron su único balcón al mundo durante casi un mes. Dentro del casco, en el espacio hueco que hacía de cabina, un mísero hilo de luz proyectaba sus sombras en penumbra.
Al adentrarse en el Atlántico —semisumergido, silencioso, avanzando igual que un caimán sobre el agua, ganando millas lentamente para dejar atrás la primera escena del delito, Brasil—, los mismos portillos impedían dimensionar en su vasta totalidad la balsa de agua que rodeaba, y zarandeaba, a la embarcación y sus tripulantes. Tampoco se intuía, por los mismos tragaluces, el final del horizonte.
Había demasiada mugre acumulada en el río Amazonas, el primer tramo de una historia real, hasta entonces nunca vista. Dejaron el astillero para navegar río abajo durante doce horas, abriéndose paso entre la humedad, los mosquitos, los manglares y la vegetación descontrolada. Al final del caudal, en la desembocadura, les esperaba ese mare nostrum que implica el océano Atlántico para el narcoeje España-Colombia.
A partir de ahí, todo fue ruido permanente, recelo, más oscuridad, hedor, posibles traiciones, angustia, goteras, humedad, grasa, miedo, sudores fríos, comunicaciones que no llegan y otras que, tal vez, son interceptadas. Establecieron un sistema rotatorio de cama caliente sobre un lecho de fardos para dormir a ratos. Mientras tanto, más ruido y olas imposibles. Ni letrina ni bacinilla, una bolsa. Gases tóxicos, Nolotil, filtraciones, malcomer, ibuprofeno, sudor, humo y más humo, incontables averías, correos electrónicos sin respuesta y el riesgo de pasar unos trece años entre rejas por los 3.068 kg de cocaína alojados en la bodega. Era la enésima bala blanca enviada a España y la primera interceptada a bordo de un narcosubmarino en el Viejo Continente. Un alarde tecnológico artesano, bautizado Che y financiado y concebido por el gran holding del crimen organizado en Colombia: el Clan del Golfo.
Aquel metro y medio cuadrado servía de salón y cocina al mismo tiempo. También de recibidor si los abordaba alguna patrullera y descendían los captores por la escotilla. En la popa latía el corazón motorizado de este Frankenstein de la navegación, articulado a base de retales y codicia. En el salpicadero, el volante se encartaba centrado en chapas de acero forjadas a modo de caja torácica. Una brújula, un compás náutico y un GPS hacían posible mantener el rumbo acordado. Por encima, a modo de cornisa presidida por dos ventanucos, casi de mirada felina, una artesanal bandeja de madera sostenía los teléfonos convencionales y satelitales que conectaban a la tripulación con el mundo exterior. Al fondo, en el siguiente compartimento de sus 21,47 m de eslora, aún más en penumbra, 3.068 kg repartidos en 153 fardos de perico, listos para ser esnifados en discotecas de Occidente.
La responsabilidad de la misión fue asumida a contrarreloj por el piloto gallego Agustín Álvarez. Junto a él, a ambos lados del puente de mando estaban los otros dos tripulantes, ecuatorianos y primos: Luis Tomás Benítez Manzaba y Pedro Roberto Delgado Manzaba, expertos en llevar a buen puerto alijos a través del océano Pacífico. Pero el Atlántico es otra cosa, de ahí que sobrevivieran milagrosamente a tres temporales y sin nada más que llevarse a la boca que latas de sardinas, galletas, arroz o aceite de oliva. Ellos son la mejor evidencia de la dureza y miseria del viaje que aceptaron a cambio de un buen puñado de euros y dólares. El precio considerado justo por jugársela a la ruleta rusa del narcotráfico.
El dinero lo compra casi todo y la hoja de ruta trazada no tenía vuelta atrás. Las consignas eran precisas y situaban frente a las costas de la península ibérica, a la altura de Lisboa, el primer y único punto elegido por los dueños de la mercancía para que esta fuese trasvasada a dos planeadoras y llegara así a tierra. Pero eso nunca se oficializó, ni se juzgará, al no figurar en el procedimiento judicial ni en las diligencias policiales; aunque sí consta en informes de inteligencia.
En algún punto a 270 millas de la Península, Agustín y los Manzaba se quedaron solos y esperando, durante tres días, el auxilio que nunca llegó. Una avería en uno de los motores que iban adosados a las lanchas rápidas aplazó la descarga y, a partir de ahí, el plan hizo aguas. Los nervios se agudizaron y el uso de teléfonos satelitales se intensificó. Hasta el punto de que las señales emitidas sirvieron, en días posteriores, para reconstruir la estela de sus movimientos. Agustín recibió, al fin, instrucciones: subir a la altura de Galicia y esperar a que le concretaran dónde y cuándo hacer la descarga. Él, por su cuenta, buscó un plan C forjado a partir de antiguas lealtades: enredó a tres amigos vigueses de la infancia para que salieran a su encuentro. A los seis días se produjo en Galicia el asombroso desenlace de una travesía de veintisiete jornadas tras 1.166 leguas de viaje en narcosubmarino.
Vigo
Agustín Álvarez llegó al mundo en octubre de 1990, en Vigo, cuatro meses después de saltar por los aires la operación Nécora. Aquella fue la primera gran investigación judicializada en España contra los pioneros en la importación de cocaína sudamericana, todos de pura cepa gallega. Supuso el big bang policial y judicial de la lucha contra esta pandémica modalidad de crimen organizado, que ya entonces se valía de los mejores servicios de lavandería contable internacional para clarear sus ganancias. La historia se contó al detalle en la prensa de la época: capos del tabaco que, al superar el ecuador de los años ochenta, se mancharon las manos con el polvo más rentable de la historia. Blanco y en fardos: cocaína cocinada en laderas boscosas de la selva colombiana que acaba esnifándose a hurtadillas en cualquier garito de copas del Viejo Continente.
Iago Serantes —escrito con «I» para galleguizar su nombre— fue el siguiente en nacer, en 1991 y también en Vigo, al igual que el benjamín, Rodrigo Hermida, apodado Roi y nacido en 1993. El tercer amigo vigués de Agus que no dudó en arrastrarse por el fango, Yago Rego, era el mayor de todos, de la quinta de 1986.
Los orígenes en su ciudad de los cuatro camaradas no van asociados necesariamente con las zonas nobles peatonales y ajardinadas de Vigo, sino que algunos proceden de parroquias colindantes. Aun así, en su asfalto, sus colegios, institutos, calles, terrazas, playas y noches de fiesta nació el vínculo que los unió hasta que el narcosubmarino inmoló sus anónimas vidas.
Agustín y Iago Serantes encarnan la relación personal más estrecha; procedía de la niñez y perdura incluso después de verse durmiendo en el jergón de una celda. Luego se les unió Yago Rego, tercer pie del taburete.
En el caso de Rodrigo, el vínculo con Agustín fue estrecho desde los nueve años. Pertenecían a la misma pandilla, por lo que su relación con ambos Yagos nace y acaba en Agus. Todos coincidieron saliendo unas cuantas veces de noche, sin más. Años de instituto, con fiestas, movida, viajes y ganas de crecer rápido y bien en la vida. Nada raro en la Galicia de principios de este siglo, ya más que vacunada del estigma que suponía la llegada cíclica de toneladas de cocaína a sus costas y puertos. También eran muy conocidas sus secuelas a pie de calle, con resueltos camellos engominados fardando de ropa, relojes, coches y motos a la última. Ejemplos con patas de lo fácil que puede resultar, al menos durante un tiempo, creerse en la cresta de la ola. Pero la realidad acaba imponiéndose, casi siempre más pronto que tarde, e implica años de cárcel por vender unas docenas de gramos; un fenómeno generacional constatable a la salida de cualquier instituto o local de copas a la última. Pero una cosa es el ambiente social y otra, que los cuatro amigos por entonces se metieran en líos. Nada de eso consta en sus fichas policiales, que, en cuanto a trapicheo o tenencia, se presentan inmaculadas.
El metro ochenta y tantos centímetros de Agustín se alza sobre un cuerpo atlético y musculado. Pelo y piel morena, frente corta y sin entradas, y cuello ancho. Ojos oscuros y achinados, pómulos marcados y nariz de boxeador, legado de un pasado lejano. Agustín se crio en la céntrica calle Conde de Torrecedeira. Allí se ubica, en la acera de los números impares, la vivienda familiar, un edificio de siete alturas con fachada de ladrillo y con vecinos, mayoritariamente, de toda la vida. Está a un paso del centro y tiene vistas a la ría. Muy cerca también, a algo menos de 500 m, se ubica el Colegio Carmelitas; concertado y con mucha tradición en la ciudad. Nada que no exista en cualquier ciudad española.
Rodrigo, alto y corpulento como Agustín, de pelo también moreno y barba de pocos días, residía en otro piso ubicado en pleno centro, muy cerca de la nueva Ciudad de la Justicia de Vigo; paradojas de la vida. Concretamente, en la calle Padre Feijóo, a un paso de la Plaza de España y a tres de la Gran Vía, eje social y comercial de la ciudad. El edificio, en este caso, se halla en la acera de los números pares y tiene también siete alturas, plaqueta marrón en la fachada y balcones revestidos de piedra clara.
Rodrigo y Agus se criaron en un ambiente estable y compartían pandilla en el centro desde la niñez; un grupo que sigue unido y dispuesto a hablar para defender a sus amigos. Se trata de jóvenes ajenos a cualquier vínculo con mafiosos de todo pelaje que, después de finalizar sus estudios superiores, viven de sus trabajos especializados.
Agus, con los años, fue consolidando esas amistades y cultivando otras nuevas, de perfil variado, ya fuese en otros barrios de Vigo o en las parroquias, demasiado alejadas de la llamada «milla de oro», en la calle Príncipe. Incluso el alarde lumínico que cada Navidad toma Vigo llega ya muy difuminado a los últimos bastiones municipales. Fue el caso de la relación de Agus con Iago Serantes, apodado Melón, que vivía en el barrio de Guixar, parroquia de San Salvador de Teis. Ambos se conocían desde muy pequeños por la relación de amistad que mantenían sus respectivos abuelos paternos. Dos familias que residían desde siempre en ese barrio obrero de tradición sindical, ubicado al norte del principal motor industrial del noroeste español. Esta era también, desde los años ochenta, una zona habitual de consumidores a la caza de algún camello que despachara la enésima papela de heroína. Nada fuera de lo normal, Guixar lleva décadas sumido en una depresión urbanística y social. Muchas de sus viviendas son bajas y unifamiliares, y están avejentadas y encajadas en calles de aspecto desapacible. Forman una mezcla de silvas y hormigón oscuro que representa la esencia del feísmo más autóctono. Las mismas casas que, en el siglo xix, habitaban marineros especializados en salir a buscar sardina fuera de la ría en barcos de madera. La construcción de aquellas embarcaciones tradicionales sentó los cimientos de una industria al crearse los primeros astilleros de Guixar. Esos recuerdos hoy los simboliza únicamente Vulcano, la última gran factoría naval del barrio en activo, pero en estado comatoso.
La amistad de Agustín y Iago Serantes fue a más hasta soldarse en el tiempo. Agus la complementaba con su grupo del centro, junto a Rodrigo y el resto de la cuadrilla. Los Serantes poseían un piso familiar en la Tercera Travesía de la avenida de Guixar, una calle estrecha, sin salida y con cuatro edificios a la izquierda: ahí se encaja el acceso a la morada, de fachada marrón y dos portales con escaleras independientes. Un piso más, en una calle olvidada más, propiedad de la abuela de Iago.
Yago Rego, el tercer amigo de Agus implicado en la causa del semisumergible, tardó años en cruzarse con los que acabarían siendo sus compañeros del alma. El centro de Vigo o la esencia urbana de Guixar nada tienen que ver con el origen y la realidad que vio nacer y crecer a Rego. Él se crio en Bembrive, otra parroquia de Vigo, tal vez la que presenta un aspecto rural más marcado. Es famosa por sus manzanas y su sidra, y forma parte de uno de esos anacronismos que sobreviven en la Administración española: las entidades locales menores, conocidas como «pedanías».
Rego, según dicen quienes lo conocen, fue siempre muy inquieto, más propenso a bajar al centro de Vigo para socializar que a patear los caminos y los campos de su parroquia natal. Conoció a Agus y a Iago cuando aún eran adolescentes. El nexo, en esta ocasión, fue una pandilla de otra zona periférica de Vigo, al sur de la ciudad, integrada por gente de las parroquias de Matamá y Valadares. Ambas están zurcidas a base de retales de monte, un hospital, polígonos industriales y scalextrics de autovías; una mezcla caótica de naturaleza y progreso moldeado en hormigón. Incluso hoy, algunos miembros de aquella cuadrilla, una vez superado el susto de verse salpicados por todo lo que implicó el asunto del narcosubmarino, mantienen el vínculo y suelen reunirse a menudo en un bar con nombre de cruce. Con los años, después de las muchas sorpresas y canalladas de la vida, no todos acabaron sus estudios en el instituto y apostaron por la vía laboral. A diferencia de Agustín, que desechó esa opción, mientras su afición al boxeo le ocupaba cada vez más tiempo.
Uno de los miembros de la pandilla de Valadares y Matamá, que prefiere mantener el anonimato, me explicó, la noche de agosto del 2020 en que el Sevilla F. C. ganó su sexta Europa League, cómo se incorporaron al grupo Agus, Serantes y Rego: «Empezaron a parar por Valadares, fueron a un cumpleaños y ahí comenzó todo, hasta consolidarse. Era sobre el año 2008. La amistad de Agus y Serantes ya venía de mucho más atrás, se llevaban muy bien. De hecho, Agus empezó a parar por aquí antes que Serantes. Lo de Yago Rego incluso comenzó antes también, salía con una chavalita de Matamá que es hermana de otro amigo del mismo grupo. Además, a Rego ya se le conocía por aquí de jugar al fútbol. Competía en el Ureca, de Nigrán [un ayuntamiento anexo]».
Las edades de los diferentes miembros del grupo evidencian hasta nueve años de diferencia entre el mayor, nacido en 1982, y el benjamín, del año 1991. Agustín y Serantes eran los más pequeños. Cuando Serantes tenía diecisiete años, Rego ya había soplado veintidós velas y otros integrantes de la pandilla superaban el cuarto de siglo en la Tierra. Pero daba igual, surgió la química y floreció la confianza. La noche los esperaba con los brazos abiertos. «Andaban de fiesta juntos, casi siempre en A Ramaiosa [parroquia de Baiona, otro ayuntamiento cercano], ya fuera verano o invierno, iban allí siempre. Ellos [Agus, Serantes y Rego] iban también al Arenal [una zona de copas en el centro de Vigo], a veces con Rodrigo, que es amigo de Agustín desde hace muchos años, pero el resto, los que somos de Valadares o Matamá, no pisábamos mucho el centro por la noche», explica el amigo que los conocía bien. Sobre sus diferentes formas de ser, añade con honestidad: «Lo único seguro es que con los dos Yagos te estás riendo todo el rato, son gente muy simpática. Agus era otro rollo, más reservado, aunque se pillaba buenos ciegos. Es un tío... A ver, huevos tiene, nunca le faltaron, a nada, nunca. Macarra no, pero si te pasabas de listo te clavaba una hostia. Y más de uno, cuidado. El rollo de estar en una discoteca y venir alguno haciendo el tonto, hacerte algo y tal y cual..., hasta que le caía un ¡zasca! No se cortaba un pelo».
Eran otros tiempos, sin precauciones ni responsabilidades familiares. Ahora, con Agustín en la cárcel y sabiendo que otros dos amigos, a mayores, por poco acaban también en una celda, todo lo relacionado con ellos no provoca la misma risa que antaño. «Agus lleva casi un año en prisión y dice estar bien. Se lo traslada a un amigo que se cartea con él. Pobre, qué vas a decir... Aunque, bueno, si le sale bien [la descarga], echa unos cuantos años sin trabajar, sin dar un palo al agua, pero sabiendo que volverás; siempre se vuelve, ya sea por iniciativa propia o a la fuerza».
El mismo amigo expresa el sentir generalizado de la cuadrilla en los meses posteriores al hundimiento: «Hoy lo piensas y..., al principio, por el impacto que genera la magnitud de una noticia así, jode, y jode mucho. Pero luego concluyes que, si les sale bien, están unos cuantos años sin dar un palo al agua, y cualquiera de nosotros trabaja de sol a sol... Ellos, aunque salíamos juntos hace años, ya tenían otro rollo, sus cosas... Y luego se fueron de Vigo, ya hace bastantes años. También es cierto que regresaban y nos saludábamos, pero ya pasó mucho tiempo. A ver, siempre permanece, y permanecerá, un afecto por lo vivido en la juventud. Te llevas bien, los ves cuando vienen y tomas algo con ellos. Ahora mismo, muy pocos teníamos relación con ellos hasta el punto de conocer sus vidas a diario. Parece ser que Melón [Iago Serantes] dijo en su declaración, ya detenido, que lo hizo por un amigo y que lo volvería a hacer. Allá él si le creen».
Doce cuerdas
Agustín brilló en lo deportivo desde crío. Lo suyo era el boxeo; empezó muy joven, a los quince años, demostrando talento, gancho y cabeza para colgarse algún día cinturones de campeón. Se curtió en un pequeño gimnasio del barrio de Lavadores, a las órdenes del patriarca del boxeo en la ciudad y en Galicia, Paco Amoedo. Su Club Saudade supone el principio y el final de esta historia protagonizada por un honesto cazatalentos y un niño con talento. El alta en su ficha, de la que sería su otra casa los siete años siguientes, se produjo el 1 de noviembre de 2005, días después de cumplir quince años. Numerosas referencias en webs especializadas y en la prensa evidencian que ya era célebre en su ciudad natal antes de ser arrestado. A los diecinueve años, y con 69 kg de peso, demostró cualidades en el Campeonato de España de Boxeo Aficionado. Representaba a la selección autonómica y lo premiaron en la Gala Anual del Deporte de Vigo en 2009. «Fue precoz, tenía talento y se puso en manos del mejor entrenador posible», confiesa una de las personas que compartía entonces vestuario con el joven boxeador.
En 2010, cuando Agustín bailaba sobre la lona en combates semiprofesionales, el leonés Jonathan Rodríguez fue uno de sus rivales. En mayo ostentaba ya el título de campeón de España del peso medio. La Federación Española de Boxeo certifica que ganó en la categoría amateur, cuando la báscula se fijaba en 81 kg. En mayo de 2010 su foto figuró en el cartel de una gala que se iba a celebrar en el pabellón vigués de Lavadores. Ya en 2011, se subió al ring en O Porriño para medir guantes con otros cinco púgiles y un subcampeonato nacional bajo el brazo. El póster de aquella gala aún cuelga, enmarcado y polvoriento, en un rincón oscuro del Saudade. El retrato de Agustín, con el torso desnudo y los puños cubriéndole la cara, evidencia que ya lucía en el pecho, a la derecha, un tatuaje con el rostro de una calavera con cresta y maquillada de arlequín. Un dibujo gótico y tétrico, una seña de identidad elegida, tal vez, para sentirse más fuerte al subir al ring. La otra muesca de aquella etapa en su piel son unos pequeños guantes de boxeo tatuados en una muñeca.
La siguiente y última referencia de Agustín sobre un ring data de mayo de 2014, aunque ya fuera de la lona. Figuraba entre los homenajeados en un acto organizado por su entrenador, Paco Amoedo; allí estaban sus mejores púgiles retirados, los mismos que ganaron sesenta y dos campeonatos de España, seis de Europa y treinta y dos del mundo defendiendo durante cuatro décadas el escudo del Club de Boxeo Saudade.
De media altura, con gafas, todo canas, brazos anchos y puños grandes, y de piel limpia, sin cicatrices, pese a los golpes dentro y fuera del cuadrilátero; así es Paco Amoedo, don Paco, de setenta y siete años, maestro de maestros del boxeo gallego. Luce cadena, anillo de oro, chándal negro y ha dedicado la vida entera al deporte de las doce cuerdas, que no abandona ni en tiempos de pandemia.
Paco Amoedo ejerció de padre putativo de Agus y de mentor dentro y fuera del ring; una persona a la que este siempre le ha mostrado lealtad y agradecimiento.
Amoedo nació en 1942, también en Vigo, en el barrio de O Chouzo, parroquia de Coia. Allí sintió la necesidad de calzarse los guantes por primera vez, como él mismo explica: «Vino a vivir al barrio un chaval un par de años mayor y nos traía a todos... Era habilidoso para tirarte al suelo con facilidad. Me superaba... No podía soportar tener a un tío encima que me vacilase así. Decidí, como trabajaba en Bouzas [una zona de Vigo], aprender a boxear en el único gimnasio que había. Era de Jesús Martínez Vázquez, entrenador y dueño del local, que realmente era un taller de motos. Tenía catorce años, era 1956. Le dije: “Buenos días, me gustaría hacer boxeo. Me parece un deporte muy apropiado para la defensa personal”. Y me respondió: “Pero, realmente, ¿por qué quieres aprender a boxear?”. “Tengo a uno que me anda encima, toreando, y me domina con facilidad en cuanto me agarra y me tira, pero yo tengo que aprender a boxear. No puedo seguir así”. Entonces me dijo: “No, si es para eso, no. Si quieres aprender boxeo, te enseño, pero para pelear con otra persona, no”. Me fui jodido y seguí barrenando durante días, pero volví para soltarle un farol: “Buenos días, lo estuve pensando y me gustaría aprender boxeo”».
Así empezó la carrera de Paco Amoedo. Un año después debutó en una velada organizada en el salón del Real Club Celta de Vigo, el estadio de Balaídos. Aún no tenía la edad mínima exigida y falsificó la firma de su padre para poder pelear. Le salió bien, ganó el primer combate de muchos, hasta llegar invicto a la novena pelea, que perdió a los puntos con un púgil de A Coruña. En total fueron dieciséis combates y lo dejó, entendió rápido por dónde pasaba su impronta. Lo suyo era la esquina del ring, tras las cuerdas, leyendo la pelea y planteando estrategias. «Por entonces era incompatible boxear y entrenar, hoy sí se puede», recuerda Amoedo. Ante el dilema, tomó la decisión más importante de su vida y solo subió un par de veces más al ring mientras obtenía la licencia de entrenador.
En 1965 abrió el Club Saudade, local que sería su otra casa durante los siguientes treinta y siete años y también una factoría de campeones. Estaba ubicado en el número 106 de la calle Urzáiz, espina dorsal de la ciudad de Vigo. Amoedo explica cómo era el local y por qué tuvo que dejarlo: «Cambié, el propietario me pedía un aumento del alquiler demasiado alto, una barbaridad. Queda muy céntrico, es cierto, pero era demasiado dinero. Tampoco el local era gran cosa, muy reducido, y poca altura, con dos metros y medio nada más. Al colocar un ring de boxeo, que levanta un metro, quedaba otro metro y medio para boxear sin tocar el techo. También había muchas filtraciones de agua, incluso vino una vez un secretario de Estado para el Deporte y no entendía cómo ganábamos tantos campeonatos en esas circunstancias. Nos otorgó una subvención fija anual que duró un tiempo, luego la eliminaron».
Hace trece años, Amoedo trasladó su gimnasio a la calle Ceboleira, entre viviendas antiguas, no pocas abandonadas, y solares de aspecto selvático en el corazón del barrio de Lavadores. Luce fachada azul y la silueta blanca de un boxeador con los brazos caídos y los guantes calzados. La puerta y las ventanas, con rejas, demuestran el interés por blindar toda una vida de inversiones y recuerdos. Al entrar hay un pasillo oscuro y estrecho con cintas elípticas apiladas en fila india, también cuatro vitrinas cebadas de fotos y recuerdos. En una de ellas figura un retrato de grupo donde está Agustín sonriendo. Celebraba una victoria más, en este caso con la selección gallega. Eran otros tiempos; sin duda, mejores para él. Al final del pasillo, se ve una intensa luz blanca y suena música muy alta. A medio camino, a la derecha, una puerta conduce al vestuario.
Un pequeño despacho, que bien podría hacer igualmente de portería, es el otro rincón de Paco Amoedo. Dentro, una silla, un fax obsoleto y más y más recuerdos. No tiene ordenador ni tampoco calculadora. Todo está en la cabeza de don Paco; una de esas estancias de apariencia desordenada en la que su director de orquesta siempre encuentra lo que necesita.
La música sigue sonando al fondo del pasi
