INTRODUCCIÓN
El «cuento de hadas» moderno más famoso de China es la historia de tres hermanas de Shangai nacidas en los últimos años del siglo XIX. Su familia, llamada Soong, era rica e importante y formaba parte de la élite de la ciudad. Los progenitores Soong eran devotos cristianos. La madre era miembro del clan cristiano más ilustre de China (el de Xu, que da nombre a un distrito de Shangai) y el padre fue el primer chino al que los metodistas convirtieron en el Sur de Estados Unidos, cuando era un adolescente. Sus tres hijas —Ei-ling («edad amable», nacida en 1889), Ching-ling («edad gloriosa», nacida en 1893) y May-ling («edad hermosa», nacida en 1898)— fueron enviadas de niñas a Estados Unidos para ser educadas allí, algo extremadamente raro en aquella época, y las chicas regresaron a casa años después hablando mejor el inglés que el chino. Menudas y con la mandíbula cuadrada, no eran grandes bellezas según los estándares tradicionales; sus caras no tenían la forma de una pepita de melón, sus ojos no parecían almendras y sus cejas no se arqueaban como las ramas de un sauce. Pero tenían una piel muy fina, rasgos delicados y un porte elegante, que sus ropas a la moda realzaban. Las hermanas habían visto mundo; eran mujeres inteligentes, de mentalidad independiente y seguras de sí mismas. Tenían «clase».
Sin embargo, lo que en última instancia las convirtió en las «princesas» de la China moderna fueron sus extraordinarios matrimonios. Hubo un hombre que primero se enamoró de Ei-ling y luego de Ching-ling. Fue Sun Yat-sen, quien impulsó la revolución republicana que en 1911 derrocó a la monarquía. Conocido como «el Padre de China (republicana)», Sun es reverenciado en todo el mundo de habla china. Ching-ling se casó con él.
Sun murió en 1925; su sucesor, Chiang Kai-shek, cortejó a May-ling, la Hermana Menor, y se casó con ella. En 1928 Chiang formó un Gobierno nacionalista y dirigió China hasta que los comunistas hicieron que se retirara a Taiwan en 1949. La Hermana Menor fue la primera dama del país durante veintidós años, mientras él estuvo en el poder. Durante la Segunda Guerra Mundial, como Chiang lideró la resistencia china contra la invasión japonesa, ella se convirtió en una de las mujeres más famosas de su época.
Su hermana mayor Ei-ling se casó con H. H. Kung, quien, gracias a los contactos de su mujer, ocupó los cargos de primer ministro y ministro de Finanzas durante muchos años. Esas ocupaciones, a su vez, contribuyeron a que Ei-ling se convirtiera en una de las mujeres más ricas de China.
La familia Soong, que también tuvo tres hijos, constituyó el círculo íntimo del régimen de Chiang Kai-shek (excepto Ching-ling, la viuda de Sun Yat-sen, que se unió a los comunistas; a veces se la llamaba la Hermana Roja). Así pues, dos bandos políticos antagónicos separaron a las hermanas. Durante la guerra civil que siguió a la Segunda Guerra Mundial, la Hermana Roja hizo lo que estuvo en su mano para ayudar a que los comunistas vencieran a Chiang, incluso aunque eso significara la ruina de su familia. Tras la caída del régimen de Chiang y la fundación en 1949 de la China comunista de Mao Zedong, la Hermana Roja se convirtió en vicepresidenta de Mao.
Claramente, las hermanas fueron excepcionales más allá de sus influyentes matrimonios. En el mundo de habla china, la gente nunca se cansa de hablar de ellas y de su vida privada. Recuerdo dos historias concretas que se contaban en la China de Mao en la que crecí, entre la década de 1950 y la de 1970, cuando el país se encontraba bajo un control rígido y totalitario y completamente aislado del mundo exterior. Una era que madame Chiang —la Hermana Menor— se bañaba en leche todos los días para mantener su piel luminosa. En aquella época, la leche, muy nutritiva y apetecible, era escasa y no estaba al alcance de una familia media. Utilizarla para bañarse como si fuera agua se consideraba un lujo escandaloso. En una ocasión, un profesor intentó rectificar este mito común y dijo murmurando a sus alumnos: «¿Creéis de verdad que bañarse en leche es realmente placentero?». Enseguida pasó a formar parte de las filas de «derechistas» condenados.
La otra historia que me causó una profunda impresión fue que Ching-ling, vicepresidenta de la puritana China roja, convivía con el jefe de sus escoltas, a quien le doblaba la edad. Se decía que, como consecuencia de que el escolta la acostaba y la sacaba de la cama cuando era vieja y se movía en silla de ruedas, habían desarrollado una relación física. La gente especulaba sin parar sobre si se habían casado y discutía acerca de si la relación era aceptable. Se rumoreaba que el partido permitía el romance en consideración al hecho de que Ching-ling había enviudado hacía mucho tiempo y necesitaba un hombre, y que incluso le dejaba mantener el prestigioso nombre de madame Sun. Recuerdo este relato particularmente bien porque era muy raro oír cotilleos sobre la vida sexual de un dirigente del país. Nadie se atrevía a hablar así de ningún otro alto funcionario.
Después de que Mao muriera, en 1976, y China se abriera, me establecí en el Reino Unido y aprendí mucho más sobre las hermanas. A mediados de la década de 1980 incluso me encargaron que escribiera un libro corto sobre la Hermana Roja, Ching-ling. Pero, aunque investigué y llegué a juntar unas treinta mil palabras, curiosamente el tema no me interesó. Ni siquiera intenté llegar al fondo del escándalo que involucraba al escolta.
En 1991 se publicó Cisnes salvajes. Tres hijas de China, el libro sobre la vida de mi abuela, de mi madre y la mía propia. A continuación, escribí la biografía de Mao junto con mi marido, Jon Halliday. Mao y su sombra dominaron los primeros veintiséis años de mi vida y yo ansiaba descubrir más sobre él. Luego la emperatriz viuda Cixí, la última gran monarca de China (no coronada, ya que no se permitía que las mujeres ocuparan el trono), llamó mi atención. Cixí ascendió de concubina de rango inferior a mujer de Estado, gobernó durante décadas el imperio desde detrás del trono y llevó un país medieval a la edad moderna. Ambos personajes me cautivaron y consumieron veinte años de mi vida. Sobre quién escribiría a continuación era una elección difícil. Surgió la idea de las hermanas Soong, pero la descarté. Después de Cisnes salvajes había escrito sobre personas que tenían un gran proyecto o que habían cambiado la historia, y las hermanas no eran así.
Como personas, a partir de la información disponible, seguían siendo personajes de cuento de hadas, algo que resumía una cita muy habitual: «En China había tres hermanas. Una amaba el dinero, otra amaba el poder y la tercera amaba a su país». Aparentemente no había conflictos mentales, dilemas morales o decisiones angustiosas (todo lo que hace que los seres humanos sean reales e interesantes).
En lugar de ello, pensé en escribir sobre Sun Yat-sen, el Padre de la China republicana. Sun, que vivió entre 1866 y 1925 y llegó a ser un personaje relevante durante el periodo entre Cixí y Mao, fue, como ellos, alguien con un proyecto, además de una especie de «puente» entre ambos. Bajo el mandato de Cixí, China había empezado su andadura hacia una democracia parlamentaria y esperaba una libertad y una apertura mayores. Y sin embargo, cuatro décadas después de su muerte, en 1908, Mao se hizo con el poder, aisló al país y lo sumió en una tiranía totalitaria. ¿Qué ocurrió en esas cuatro décadas en las que Sun Yat-sen desempeñó un papel clave? La pregunta me había estado rondando por la cabeza. Había llegado el momento de investigarla.
Para los chinos, y para quienes han oído hablar de él fuera del mundo de habla china, la imagen de Sun es la de un santo. Pero ¿lo fue? ¿Qué hizo exactamente por China y qué le hizo al país? ¿Y cómo era como persona? Quería hallar la respuesta a esas y muchas otras preguntas.
Fue al reconstruir la vida de Sun —y la de las personas de su entorno— cuando afloró la gran personalidad de su mujer y de las hermanas de esta, y se apoderó de mi imaginación. Me di cuenta de que Sun era un animal político consumado que persiguió con ahínco sus ambiciones. Que no fuera un santo supuso un alivio (para un biógrafo). Seguir el camino que le llevó hasta el poder, lleno de vicisitudes, gángsteres y métodos mafiosos como venganzas y asesinatos, era como leer un thriller. Y descubrir cómo este hombre hizo historia resultaba satisfactorio. Pero, poco a poco, la vida de las mujeres, en las que la política solo era una parte, me pareció más rica y atractiva. Decidí que fueran ellas el tema de este libro.
Cuando dirigí mi atención hacia las hermanas, se reveló ante mis ojos hasta qué punto habían sido extraordinarias. Sus vidas abarcaron tres siglos (May-ling murió en 2003, con ciento cinco años) en el centro de la acción, durante cien años de guerras, revoluciones radicales y transformaciones drásticas. El escenario cambió de grandes fiestas en Shangai a áticos en Nueva York, de barrios de exiliados en Japón y Berlín a salas de reuniones secretas en Moscú, de las instalaciones de la élite comunista en Pekín a las altas esferas del poder en un Taiwan en proceso de democratización. Las hermanas experimentaron esperanza, valentía y amor apasionado, así como desesperación, miedo y desengaño. Disfrutaron de un lujo inmenso, privilegios y gloria, pero también arriesgaron constantemente sus vidas. En una ocasión en la que escapó de la muerte por poco, Ching-ling sufrió un aborto y ya no fue capaz de tener hijos. Su aflicción desempeñaría un papel fundamental en su comportamiento como vicepresidenta de la China comunista.
May-ling también padeció un aborto que le dejó sin hijos. Su esposo, Chiang Kai-shek, cuya carrera política había despegado tras matar a un enemigo de Sun, fue a su vez perseguido por asesinos, dos de los cuales se acercaron una noche a su lecho conyugal.
Ei-ling ayudó a la Hermana Menor a llenar el vacío dejado por la falta de hijos, pero tuvo que lidiar con sus propias decepciones vitales, entre las cuales una mala reputación universal no fue la más pequeña; a la Hermana Mayor se la consideraba ambiciosa y perversa, mientras se trataba a la Hermana Roja como una diosa y a la Hermana Menor como una glamurosa estrella internacional. La relación entre las tres mujeres fue muy intensa en el plano emocional, y no solo porque Ching-ling trabajara activamente para destruir la vida de las otras dos. Tras la muerte de Sun, Chiang Kai-shek asesinó al hombre al que ella amaba (Deng Yan-da, un carismático líder nato que había formado un tercer partido como alternativa a los comunistas y nacionalistas).
La historia china moderna está íntimamente interrelacionada con los traumas personales de las hermanas Soong. Al escribir sobre ellas —y sobre los colosos de China, Sun Yat-sen y Chiang Kai-shek— he tenido la suerte de contar con mucha documentación. Una correspondencia copiosa, escritos y memorias, muchos de ellos conservados en China, se han publicado o han pasado a estar accesibles. En Taiwan, que ahora es una democracia, los archivos han abierto sus puertas. Londres, donde Sun lanzó su carrera con su propio «secuestro», aporta muchas ideas. Pero sobre todo en Estados Unidos, país al que el clan familiar estuvo muy vinculado, las instituciones y las bibliotecas albergan numerosas colecciones de documentos que son auténticos tesoros escondidos. Una incorporación muy valiosa y bastante reciente es la del diario de Chiang Kai-shek, que escribió todos los días durante cincuenta y siete años y que es inusualmente personal, con muchas revelaciones sobre su matrimonio con May-ling.
La historia de las hermanas Soong comenzó cuando China iniciaba la transición de la monarquía a la república. En ese proceso histórico, el hombre que desempeñó el papel más importante fue Sun Yat-sen. Sun y su revolución republicana conformarían la vida de las tres hermanas.
PRIMERA PARTE
El camino hacia la república (1866-1911)
1
EL ASCENSO DEL PADRE DE CHINA
El 4 de julio de 1894 Hawái se declaró una república, un año después de que la monarca reinante, Lili’uokalani, hubiera sido depuesta. Este suceso en el océano Pacífico, a más de nueve mil quinientos kilómetros de la costa china, tuvo un efecto que nadie podría haber previsto: contribuyó a conformar la China actual. Un radical chino de veintisiete años, Sun Yan-set, desembarcó en el archipiélago y se adentró en un mundo donde la palabra «república» estaba en boca de todos. Los monárquicos conspiraban para restablecer el reinado de Lili’uokalani mientras las tropas republicanas se preparaban para aplastarlos. El ambiente era febril. El joven, que tramaba un complot contra el monarca de su país, tuvo entonces la idea de que China, también, podía convertirse en una república.
Se trataba de un concepto novedoso. La monarquía era el único sistema político que conocían los chinos. En aquel momento la dinastía manchú gobernaba el país. Los manchúes no eran nativos de China pero habían conquistado el territorio a mediados del siglo XVII. Como no constituían más del 1 por ciento de la población, eran considerados una minoría de gobernantes extranjeros y siempre tuvieron la oposición de los rebeldes han nativos. Sun era uno de ellos. Los rebeldes solían exigir el restablecimiento de los Ming (1368-1644), la dinastía han previa a la manchú. Pero esta posibilidad era problemática. La dinastía Ming se había convertido en un viejo árbol podrido que una rebelión campesina había arrancado de raíz, antes de que los manchúes aprovecharan el caos, invadieran el país y la eliminaran por completo. La gente no deseaba el regreso de los Ming. Nadie tenía un plan preciso para el futuro. Gracias a lo sucedido en Hawái, Sun Yan-set concibió una visión de futuro clara y progresista para China: una república. Aquel noviembre, en un soleado Honolulú, creó una organización política llamada Xing-zhong-hui («Sociedad para la Regeneración de China»). La reunión fundacional tuvo lugar en el domicilio de un director de banco local, en una casa de madera de dos pisos con un gran porche, sombreada por celosías y arbustos tropicales. Cada uno de los más de veinte miembros puso la mano izquierda sobre la Biblia, al estilo hawaiano, y, levantando la derecha, leyó el juramento escrito por Sun: «Expulsar a los manchúes [...] y formar una república».[1]
La combinación de los dos objetivos resultó ser una idea genial. Despertó el interés popular por el republicanismo. En 1911, menos de dos décadas después, la dinastía manchú fue derrocada y China se convirtió en una república en la que Sun sería conocido como el Padre.
Antes o después, otros habrían tenido la idea de una república. Gracias a Hawái, Sun Yat-sen fue el primero en concebirla. Su carácter ambicioso, hasta dónde estaba dispuesto a llegar para lograr sus objetivos, fue por lo tanto crucial a la hora de determinar la evolución de la China republicana.
Sun Yat-sen, un hombre bajo, de piel oscura y rasgos agradables y bien proporcionados, nació en la costa sur de China cercana a Hong Kong y Macao, las colonias británica y portuguesa. La capital de la provincia era Cantón, situada a cien kilómetros hacia el norte, y Sun era cantonés. Su aldea natal, situada en la costa y arropada por colinas bajas y arboladas, tenía un nombre pintoresco, Cuiheng («avenida esmeralda»). Pero la mayor parte de su suelo estaba formado por arcillas arenosas no aptas para la agricultura, y la vida allí era de una pobreza abyecta.[2] Nació el 12 de noviembre de 1866, en una choza de barro de unos diez por cuatro metros, que compartía con sus progenitores, el señor y la señora Sun Da-cheng, su abuela paterna, un hermano de doce años y una hermana de tres. Cuando creció y ocupó más espacio para dormir, los niños mayores tenían que pasar la noche con parientes. La familia comía batatas y rara vez probaba el arroz, más apetecible. Los hombres casi nunca llevaban zapatos. Con la esperanza de que el recién nacido tuviera mejor suerte en la vida, el señor y la señora Sun le llamaron Di-xiang, la «Imagen del Dios del Norte», el patrón divino de la región.
A los cuatro años, el futuro iconoclasta expresó su primera objeción a las apreciadas tradiciones. Su madre se encontraba vendando los pies de su hermana Miao-xi, que entonces tenía siete años. A las mujeres chinas han se les había practicado el vendaje de los pies durante un milenio. Implicaba romperle a la niña los cuatro dedos más pequeños de cada pie y doblarlos bajo la planta para conseguir un pie con la forma de un pétalo de loto. Luego se utilizaba una larga tela para envolver los pies y mantenerlos apretados con el fin de impedir que los huesos rotos se soldaran y los pies crecieran. Se solía someter a las niñas campesinas a esta tortura a una edad más avanzada que a las de clase alta, cuyos pies solían ser vendados cuando tenían dos o tres años, de modo que los pies mutilados se quedaban pequeños. Las campesinas tenían que trabajar, así que se permitía que los pies de las niñas alcanzaran un tamaño mayor. Cuando la madre de Sun, que también tenía los pies vendados y todavía sufría dolores, empezó a mutilar a su hija, Sun vio que su hermana se revolvía desesperada, intentando agarrarse a algo para aliviar la agonía, y le suplicó a su madre que parara. La señora Sun lloró y le dijo que, si cuando creciera su hermana no tenía unos pies con forma de loto, sería tratada como una paria y «no como una mujer china» y «nos lo reprocharía». Sun continuó insistiendo a su madre y ella cedió, pero al final llevó a la niña a un especialista en vendar pies de la aldea.[3]
Cuando tenía cinco años, su hermano Ah Mi, de diecisiete, se embarcó en un viaje de cuarenta días a Hawái para intentar conseguir una vida mejor. El entonces reino independiente, que se encontraba bajo una abrumadora influencia estadounidense, quería impulsar la agricultura y daba la bienvenida a los agricultores chinos. Ah Mi trabajó mucho, primero como trabajador del campo y luego poniendo en marcha sus propios negocios. Ganó bastante dinero y envió una buena parte a casa. La vida de la familia mejoró de manera radical. Se construyó una nueva casa. Sun fue a la escuela de la aldea a los nueve años. Pero odiaba tener que memorizar los clásicos confucianos casi tanto como detestaba trabajar en el campo. Más tarde les contaría a sus amigos que, desde que fue capaz de algo parecido a «pensar», se obsesionó con la idea de escapar de la vida que tenía.[4] Al final, en 1879 su hermano le mandó buscar y Sun viajó a Hawái. Desde el momento en que desembarcó, el joven de doce años se enamoró de su nuevo hogar. El puerto de Honolulú, con magníficos edificios de estilo europeo, le pareció «una casa de las maravillas».[5] Las calles, limpias y ordenadas, eran el paraíso en comparación con su aldea destartalada y sucia.
Ah Mi tenía previsto que Sun le ayudara en sus negocios. Pero cuando Sun no mostró ningún interés en hacerlo, le inscribió en varias escuelas de Honolulú, primero en el Iolani College, fundado por misioneros de la Iglesia anglicana para niños autóctonos e inmigrantes.[6] Su currículo se basaba en el de la enseñanza privada británica y los profesores eran sobre todo anglosajones. Allí a Sun le fue bien y tres años después, en 1882, al graduarse, quedó segundo en el examen de gramática inglesa. Un orgulloso Ah Mi organizó una gran fiesta para celebrarlo. El premio del colegio fue un libro sobre la cultura y la historia chinas. La escuela no quería que sus alumnos olvidaran sus raíces. De hecho, no trató de anglicanizar a Sun; el niño mantuvo el característico corte de pelo obligatorio para los hombres chinos bajo el dominio manchú, una larga cola en la parte trasera de la cabeza. Sun adoraba la escuela: el uniforme, la disciplina y, en particular, los ejercicios militares; marchar arriba y abajo le entusiasmaba.
Continuó luego en la institución educativa más importante del archipiélago, la escuela de la misión estadounidense, el Oahu College de Honolulú. (El antiguo alumno más famoso de la escuela, que ahora se llama Punahou School, es Barack Obama, que se graduó allí en 1979, casi cien años después.) Las cuotas eran caras: un dólar de plata a la semana, el precio de una cabra de casi cincuenta kilos de peso. Para Ah Mi, cuya vida no era fácil, suponía una carga importante. Acababa de comprar tierras en la isla de Maui, con la intención de cultivar caña de azúcar. Pero su plantación estaba en las montañas, a más de mil metros sobre el nivel del mar, rozada por las nubes; era escarpada y rocosa, con matas de hierbas dispersas que se aferraban con tenacidad a un suelo muy erosionado. El cultivo de caña de azúcar no era viable y el ganado vacuno y las ovejas no podían pastar. Solo sobrevivían las cabras, y estas eran el mayor activo de Ah Mi. Hizo un sacrificio por su hermano.
Montaña abajo, para Sun Oahu era un paraíso. Había mansiones de piedra donde se daban clases, avenidas de cocoteros por las que pasear y cuidados jardines de los que disfrutar. Había una fuente de la que colgaban helechos donde todos los días, a la hora del almuerzo, las estudiantes charlaban y reían mientras comían lo que llevaban preparado. Las chicas eran estadounidenses, guapas, seguras de sí mismas y vivaces. Los profesores eran en su mayoría mujeres jóvenes, incluidas la directora y su adjunta. A esta última un profesor la cortejaba en público.
Ese mundo estaba en las antípodas de la aldea cantonesa de la que Sun procedía y de sus mujeres. El impacto en el joven de dieciséis años fue enorme. A lo largo de su vida, Sun desearía a mujeres como las de su escuela, a diferencia de muchos hombres chinos, que preferían que sus esposas fueran del tipo tradicional, obedientes y discretas.
La compañía de esas mujeres jóvenes, que eran cristianas (como lo eran sus compañeros), bien pudo motivar que Sun se uniera a la iglesia para poder pertenecer a su comunidad. Pero cuando le mencionó a su hermano su deseo, Ah Mi se molestó. El Dios del Norte era sagrado para él. Después de varias peleas acaloradas, Ah Mi le compró a su testarudo hermano un billete de ida para que volviera a China, aunque perdió las cuotas escolares ya pagadas.
La ausencia de cuatro años hizo que la vuelta a casa fuese aún más insoportable. Tan pronto como llegó, en el verano de 1883, Sun quiso irse. Enseguida encontró la manera. El lugar más importante de la aldea era el templo, en el que se encontraba el Dios del Norte, una estatua de arcilla profusamente pintada y dorada. El dios agarraba una espada con el pulgar levantado apuntando al cielo, en señal de su poder divino. A cada lado había figuras de mujeres, secundarias y más pequeñas, las diosas del mar y de la fertilidad. Adorar al Dios del Norte era una forma de vida para la gente de esa región.
Un día, Sun se llevó aparte a unos amigos y les dijo que iba a ir al templo a «erradicar parte de esta superstición expoliando al mismo dios».[7] Luke Chan, uno de los chicos, recuerda que la idea de Sun les escandalizó, pero al mismo tiempo les excitaba. Fueron en mitad del día, cuando el templo estaba vacío; solo había un guardia dormitando contra un muro. Después de dejar a Luke y a otro chico vigilando al guardia, Sun entró en el templo con un amigo, Lu, un aspirante a artista de ojos melancólicos y labios carnosos y expresivos. Lu solo llegó a raspar un poco de pintura de las mejillas de una diosa, pero Sun abrió sin prisa una navaja y cortó el pulgar del Dios del Norte que apuntaba al cielo. Cuando sus otros amigos entraron y vieron el pulgar cortado, se quedaron horrorizados. Luke escribió más tarde que aquello era «un paso tremendo» para un niño campesino de una pequeña aldea.
El guardia del templo se despertó y dio la voz de alarma. Mientras los demás chicos huían a sus casas, Sun se dejó ver y confesó sin alterarse que era el cabecilla. Una consternación incrédula se extendió por Cuiheng. Los ancianos, furiosos, reprendieron a Da-cheng por lo que había hecho su hijo y le dijeron que Sun debía ser desterrado, ya que de lo contrario el Dios del Norte no se apaciguaría y podía llevarles al desastre. Mientras su desconcertado padre se esforzaba por pedir disculpas y aportaba una buena suma de dinero para pagar la reparación de la estatua, Sun se fue de casa.
Luke se dio cuenta de que Sun «estaba perfectamente tranquilo y sereno cuando abandonó la aldea en desgracia». Le pareció probable que Sun hubiera «planeado y ejecutado aquella acción» para escaparse. Más tarde, cuando le conoció mejor, Luke llegó a la conclusión de que Sun «nunca hacía nada sin sopesar primero tanto las causas como las consecuencias del resultado final». Desde una edad temprana, Sun fue bastante estratega.
Tras haber llegado a casa aquel verano, en otoño Sun se fue a Hong Kong. La colonia británica, que en origen había sido un grupo de pequeñas aldeas pesqueras a los pies de montañas ondulantes, era ahora una metrópolis espectacular. Su paseo marítimo le recordó a Sun al de Honolulú, solo que más grandioso. Allí, el inteligente rebelde fue directamente a la Escuela y Orfanato Diocesano para Chicos, dirigido por la Iglesia anglicana, donde sabía que podía encontrar refugio; y lo hizo, en una casa de la iglesia, en la planta que se encontraba sobre las aulas.
Sus progenitores, deseosos de una reconciliación, le propusieron que se casara con la hija de un amigo de una aldea vecina. Como muchas personas, pensaron que el matrimonio y la crianza de los hijos harían que su hijo sentara la cabeza y se comportara de manera responsable. Sun aceptó, y al año siguiente regresó a casa para casarse con la elegida por sus progenitores tras haberse inscrito en la Escuela Central de Hong Kong, lo cual podría haber sido su condición.
El novio, de diecisiete años, accedió a un matrimonio concertado que en realidad le venía bien. La novia, Mu-zhen, un año más joven que él, era amable y culta, además de guapa. Tenía un carácter dulce, era alguien incapaz de montar una escena. Después de casarse, ella se quedó en casa para cuidar a los padres de Sun y hacer las tareas domésticas, renqueando con sus pies vendados, mientras él partía, solo dos semanas después de la boda. A partir de entonces, volvería ocasionalmente, pero por lo demás llevaría una vida independiente y tendría varias amantes.
Poco después de su matrimonio, en 1884, Sun fue bautizado en Hong Kong por el doctor Charles R. Hager, un misionero estadounidense que vivía en la planta superior.[8] Para el bautismo, Sun cambió su nombre, «la Imagen del Dios del Norte», por el de Yat-sen, que significa «un hombre nuevo cada día».[9] Sun no creía realmente en Dios y sus amigos observaron que rara vez iba a misa. (Más tarde ridiculizaría la fe.)[10] Pero las misiones cristianas le permitieron escapar de su antigua vida y le proporcionaron una comunidad valiosa. Cuando Ah Mi, disgustado por el bautismo, dejó de pagar las cuotas durante un breve periodo, la iglesia acudió en ayuda de Sun y le ofreció una plaza en una escuela médica de Cantón —situada en el continente, río Perla arriba—, regentada por misioneros angloestadounidenses.
Cantón era un laberinto de callejuelas estrechas y sin pavimentar en las que los peatones se empujaban y los palanquines se balanceaban, precedidos a veces de personas que despejaban el camino gritando con todas sus fuerzas. También competían por el espacio urbano hileras de vendedores, algunos de los cuales vendían serpientes y gatos para comer. Sucio, con multitudes sudorosas y malolientes, Cantón no era un lugar donde Sun quisiera vivir. Pronto se reconcilió con Ah Mi, regresó a Hong Kong y se inscribió en la recién inaugurada Facultad de Medicina para Chinos de Hong Kong.[11] Fue fácil convencer a Ah Mi de que le financiara unos estudios tan juiciosos. Unos meses después murió su padre; Ah Mi, de duelo y con la convicción de que debía cuidar de su joven hermano, dobló la asignación. Sun pudo vivir cinco años muy cómodos en la ciudad que amaba.
Se licenció en el verano de 1892, pero no pudo encontrar trabajo. En Hong Kong no se reconocía su título; en esos primeros años, el currículo de la facultad no cumplía del todo los requisitos británicos.[12] Macao, la vecina colonia portuguesa, tampoco aceptaría su título. Después de aguantar allí un año tuvo que trasladarse a Cantón, donde el certificado no era un problema. Pero a Sun seguía sin apetecerle vivir y ejercer en aquella ciudad. Fue entonces, al desvanecerse toda esperanza, si bien poco entusiasta, de una carrera médica en sus ciudades preferidas, cuando Sun Yat-sen se dedicó en serio a la vocación de revolucionario.
A Sun su experiencia en el extranjero le había hecho despreciar a su país, y culpaba de todos los problemas al Gobierno manchú. Durante varios años, él y algunos amigos de ideas afines habían hablado sobre lo mucho que odiaban a los manchúes, desde las largas colas que llevaban detrás de la cabeza hasta la injusticia histórica de la conquista manchú. Con té y fideos de por medio, soñaban con derrocar el trono manchú. Entre sus amigos estaban Lu, su antiguo cómplice en la expoliación de los dioses de la aldea, y una nueva alma gemela, Cheng, el líder en Cantón de la sociedad secreta la Tríada. Estos dos jóvenes no podían ser más diferentes; Lu tenía un rostro amable, mientras que Cheng tenía aspecto de gángster, con una mirada oscura, los ojos caídos y los dientes apretados detrás de unos labios con las comisuras hacia abajo. Puede que los amigos pareciesen un grupo de desconocidos, pero su ambición era grande: querían nada menos que acabar con la dinastía manchú y gobernar China ellos mismos. No se dejaron intimidar por el hecho de que enfrentarse a ella era algo colosal.
Su aspiración y atrevimiento no eran excepcionales. China tenía un largo historial de rebeliones llevadas a cabo por hombres corrientes que consiguieron llegar al trono. La de Taiping —el mayor alzamiento campesino de la historia china— se había originado en la región donde Sun había nacido. El cabecilla de la rebelión, Hong Xiu-quan, oriundo de una aldea que no estaba lejos de la de Sun, había hecho marchar a su ejército hasta cerca de Pekín, ocupando grandes extensiones de China, y casi había derrocado el trono manchú. Hong había creado incluso su propio Estado rival. Tras ser derrotado, justo antes de que Sun naciera, sus soldados se dispersaron y uno de ellos volvió a su hogar en la aldea de Sun. El viejo soldado solía sentarse debajo de un ficus gigante y contar historias sobre las batallas que había librado. De niño Sun se quedaba fascinado. Ahora manifestaba su admiración por el líder de Taiping y decía que ojalá Hong hubiera tenido éxito. Cuando la gente le decía en broma que él debería ser «el segundo Hong», se tomaba en serio el comentario y pensaba que, de hecho, podría ser así.[13]
Pronto encontró una oportunidad. En 1894 Japón comenzó una guerra contra China y la ganó de manera espectacular al año siguiente. En aquel momento, el Reino Celestial estaba gobernado por el emperador Guangxu, de veintitrés años, que era un pelele, totalmente incapaz de dirigir la primera guerra moderna del país.(1) Las malas noticias, cada vez peores, provocaron una sonrisa en el rostro de Sun. «No debemos perder esta oportunidad irrepetible», les dijo a sus amigos. Se organizó un plan. Empezarían una revuelta en Cantón y ocuparían la ciudad; después del que llamaron el «levantamiento de Cantón», continuarían conquistando otras partes de China. Cheng, el líder de la Tríada, hizo una propuesta que posibilitó la operación: podían usar como combatientes a gángsteres como sus «hermanos» de la Tríada. Había muchas bandas grandes en el país y podía comprarse a algunos de sus miembros. Sun se dio cuenta de que tenía una oportunidad real.
Este plan inmenso era extremadamente caro. Se necesitaban grandes cantidades de dinero para pagar a los gángsteres y comprar las armas. Para recaudar fondos, Sun viajó de nuevo a Hawái en 1894 y allí halló la inspiración para el futuro después de los manchúes: una república.
Los chinos hawaianos donaron miles de dólares estadounidenses. Sun planeó ir a Estados Unidos para recaudar más. En esa coyuntura, le llegó una carta de un amigo de Shangai. Le urgía a que regresara enseguida para empezar la revolución. China estaba sufriendo derrotas terribles a manos de los japoneses, y el régimen manchú estaba demostrando ser absolutamente incompetente e impopular. Sun zarpó de inmediato.
El hombre que escribió la carta y ayudó a desencadenar la revolución republicana fue Soong Charlie, un antiguo predicador de treinta y tres años de la Iglesia metodista del Sur estadounidense, y entonces un rico hombre de negocios de Shangai.[14] Antes, ese mismo año, había conocido a Sun cuando este visitó brevemente la ciudad. Les había presentado Lu, que tras desfigurar a los dioses de la aldea se había ido a vivir a Shangai. Los tres hablaron sobre política hasta bien entrada la noche. Charlie compartía los sentimientos antimanchúes de Sun y le admiraba por prepararse para actuar, a diferencia de la mayoría de la gente, que solo se quejaba. Aunque en aquel momento Sun no era conocido, ya transmitía una sutil pero poderosa confianza en sí mismo, en lo que estaba haciendo y en que tendría éxito. Esa absoluta confianza en sí mismo atrajo a unos cuantos seguidores como Charlie, que le ayudaría con una financiación generosa.
Charlie era el padre de las tres hermanas Soong. Es ese momento su hija mayor, Ei-ling, tenía cinco años y la más joven, May-ling, todavía no había nacido. La hija del medio, Ching-ling, que con el tiempo se casaría con Sun —a pesar de la furiosa oposición de Charlie—, era un bebé de un año.
Tan pronto como regresaron de Hawái por consejo de Soong Charlie a principios de 1895, Sun Yat-sen y sus amigos comenzaron los preparativos del levantamiento. Un jefe de personal de Hong Kong llamado Yeung se unió junto con su organización, un club de lectura. Yeung, que solía vestir un traje de tres piezas con un llamativo pañuelo de bolsillo, disfrutaba de buenos contactos entre la comunidad de negocios de la colonia. Trajo consigo el apoyo potencial de los periódicos locales tanto en inglés como en chino, y prometió reclutar culis en lugar de gángsteres. Los miembros del club de lectura eran mucho más numerosos que los socios de Sun, y muchos de ellos desconfiaban de él.[15] Uno escribió en su diario el 5 de mayo de 1895: «Sun Yat-sen parece un tipo impulsivo y temerario. Arriesgaría su vida con tal de hacerse un nombre». Y el 23 de junio: «Sun quiere que todo el mundo le escuche. Eso es imposible». Otro advirtió: «No tendré nada que ver con Sun».
Así pues, cuando los dos grupos se unieron para elegir al «presidente» del nuevo régimen, Yeung ganó la votación. Sun estaba furioso; el levantamiento era idea suya, y él debía ser el presidente. Cheng, el líder de la Tríada, también estaba enfadado, y le dijo a Sun: «Déjame ocuparme de Yeung. Voy a cargármelo. Solo tengo que matarlo».[16] Alguien que le oyó advirtió: «Si lo matas, con un caso de asesinato en Hong Kong no podremos seguir con nuestra revuelta». Sun estuvo de acuerdo en permitir provisionalmente que se llamara presidente a Yeung, hasta que se hicieran con Cantón. Antes de que la revolución hubiera siquiera empezado, ya se preveían cruentas luchas por el poder. Igual de sorprendente fue, desde el principio, la claridad de la ambición de Sun, la de ser el presidente de China, por la que estaba dispuesto a derramar sangre.
Por el momento los camaradas dejaron de lado sus diferencias y fijaron la fecha de la acción para el noveno día del noveno mes lunar, tradicionalmente el día en que se visitaban las tumbas de los ancestros. Muchas familias tenían cementerios en Cantón y un gran número de personas se reunirían allí aquel día. Esto proporcionaba a los rebeldes una tapadera para entrar en la ciudad.
El Gobierno de Pekín estaba advertido del complot gracias a los funcionarios que tenía en los países donde Sun había recaudado fondos y comprado armas de manera encubierta entre los chinos que vivían en el extranjero. El Gobierno había alertado al gobernador de Cantón, a quien sus propios informantes también habían avisado. No arrestó a Sun, pero reforzó la seguridad general y lo mantuvo vigilado de cerca, si bien con discreción.
Sun olió el peligro. Se produjo, además, una complicación de última hora: los culis reclutados por Yeung en Hong Kong no iban a llegar a tiempo, y Yeung pidió posponer dos días la acción. Sun decidió abortar todo el plan. La mañana del día en que estaba programado el alzamiento lo canceló, y Cheng pagó y dispersó a los gángsteres congregados. Cheng huyó en el ferry de la tarde a Hong Kong; Sun tuvo la corazonada de que los soldados estarían apostados en el muelle y tomó una ruta diferente.[17]
Aquella tarde el pastor local, que era amigo de Sun, daba un gran banquete con motivo de la boda de su hijo. Elegir un día tradicionalmente reservado a visitar tumbas para celebrar una boda era raro, porque los chinos lo considerarían poco propicio. Es posible que el ministro diera el banquete para proporcionarle a Sun un escondite. Este fue al banquete, donde se perdió entre la multitud y, sin que nadie se diera cuenta, se escabulló hasta llegar al río Perla. Un pequeño bote le estaba esperando. Le llevó río abajo, por afluentes que hasta el barquero desconocía. Sun le guio; era evidente que había estudiado la ruta. Primero fue a Macao, donde mantuvo un perfil bajo durante un par de días antes de reaparecer en Hong Kong. Sun no quería ser conocido como el primero en salir corriendo.
Su amigo Lu no estaba con él cuando decidió abortar la revuelta y no huyó a tiempo. Fue arrestado y decapitado. También fueros ejecutados varios de los cabecillas de Hong Kong cuando desembarcaron en Cantón con sus reclutas. Muchos culis fueron arrestados. Para entonces, hacía mucho que Sun se había ido. Los periódicos de Hong Kong le criticaron por abandonar a su suerte a sus compañeros.[18] Es posible que no hubiera nada que pudiera hacer para ayudarles sin correr un serio peligro. Aun así, su bien planeada fuga reveló a un hombre astuto y excepcionalmente dotado para la supervivencia.
De regreso en Hong Kong, Sun buscó consejo en el doctor James Cantlie, su profesor en la Facultad de Medicina, con quien había establecido un vínculo.[19] El doctor, que tenía unos ojos afables y la típica barba poblada victoriana, era un entusiasta enérgico al que le encantaba enseñar y un radical frustrado con un apasionado espíritu aventurero. Era profundamente contrario al dominio manchú de China y, en su país, un ferviente nacionalista escocés. Un amigo escribió de él: «La más notable de todas sus inusuales cualidades era su genuino nacionalismo». Mientras era estudiante de medicina en Londres, había adoptado la costumbre de vestir un kilt en su vida cotidiana, lo cual era excepcional en aquella época. Cantlie salvaría la vida de su antiguo alumno y le ayudaría a lanzar su carrera política.
En aquel momento, Cantlie se solidarizó con Sun y le dijo que fuera a ver a un abogado, que le aconsejó que abandonara de inmediato la isla. Pekín estaba pidiendo la extradición de Sun y sus cómplices. Sun (y Cheng) cogieron el primer barco de vapor que partió de Hong Kong a Japón. Allí, Sun descubrió que el Gobierno japonés se planteaba extraditarle y tuvo que irse. Para disfrazarse, se cortó la coleta (que de todos modos detestaba), se dejó crecer bigote y se puso un traje occidental. Con el aspecto de un hombre japonés moderno, partió hacia Hawái.
Circulaba una lista de fugitivos buscados con el nombre de Sun en primer lugar. La recompensa por su captura era de mil dólares de plata. Con este precio por su cabeza, Sun Yat-sen empezó su vida de exiliado político.
En Hawái, Sun intentó recaudar suficiente dinero para llevar a cabo otro intento. Esta vez fracasó claramente. La gente, o bien abominaba de la violencia de su plan, o bien tenía miedo de que se la asociara con él. Cuando abría la boca, las personas se tapaban los oídos y huían. Pero Sun era inmune a la vergüenza, de la misma manera que no se inmutaba ante el peligro. Simplemente, miró más allá de Hawái y partió al continente americano en junio de 1896. Viajó de la Costa Oeste hacia el este, localizando a las comunidades chinas y predicando sobre la revolución, antes de pedirles una donación. Allí adonde fue, sin embargo, tanto en San Francisco como en Nueva York, los barrios chinos le rechazaron. Como diría él mismo más tarde, sus compatriotas le trataron «como una serpiente venenosa o un escorpión mortífero»; solo hablaron con él algunos cristianos.[20] Tras unos meses infructuosos, cruzó el Atlántico en dirección a Gran Bretaña.
Pekín controlaba sus movimientos. La legación china de Londres contrató a la Asociación de Detectives Slater para seguirle.[21] El 1 de octubre Henry Slater, el director, presentó el primer informe: «De acuerdo con sus instrucciones enviamos uno de nuestros agentes a Liverpool con el propósito de poner bajo vigilancia a un hombre llamado Sin Wun [uno de los nombres de Sun], que viajaba como pasajero a bordo del SS Majestic de la White Star Company, y nos permitimos informar de que un hombre chino que responde a la descripción del individuo fue visto desembarcando del mencionado barco a las doce del mediodía, ayer, en el muelle del Príncipe, en Liverpool».
Luego, la agencia de detectives informó con gran detalle del viaje de Sun a Londres: el tren que pretendía tomar pero perdió, el tren que cogió finalmente, cómo recogió su equipaje en la oficina de paquetes de la estación de St. Pancras y después «se dirigió en el taxi número 12616» a un hotel.
Al día siguiente, Sun visitó al doctor Cantlie en su casa del número 46 de Devonshire Street, en el centro de Londres. Cantlie había regresado de Hong Kong en febrero de aquel año. Antes de irse, un amigo de Sun fue y «me dijo que Sun quería verme y que por entonces estaba en Honolulú», de acuerdo con el testimonio posterior de Cantlie a las autoridades británicas.[22] Cantlie dio un tremendo rodeo y viajó a Hawái para ver a su antiguo alumno. El doctor era, ciertamente, un alma gemela.
Cantlie ayudó a Sun a conseguir alojamiento en Holborn. Durante su estancia, Sun visitó con frecuencia a los Cantlie; no tenía otros amigos, y no había mucho más que le gustara hacer. Los detectives informaban de un día corriente. «Recorrió Oxford Street mirando los escaparates [...] y luego entró en el establecimiento de la Express Dairy Co. en Holborn, donde almorzó, tras lo cual regresó al número 8 de Gray’s Inn Place, cuando eran las 13.45. A las 18.45 volvió a salir y se dirigió a un restaurante de Holborn en el que permaneció tres cuartos de hora, regresando posteriormente al número 8 de Gray’s Inn Place, cuando eran las 20.30, después de lo cual no se le volvió a ver.»
Al cabo de una semana, la agencia observó: «La vigilancia se ha reanudado todos los días pero no ha ocurrido nada de importancia; el caballero en cuestión ha sido visto únicamente dando paseos por las vías principales mirando a su alrededor». La legación china le había pedido a la agencia que prestara especial atención a los visitantes chinos de Sun. Slater informó: «No se le ha visto reunirse con ninguno de sus compatriotas». Al cabo de unos días, los detectives prácticamente dejaron de vigilarle.
Pronto sería el aniversario del fracasado levantamiento de Cantón. Si no quería que su aventura cayera en el olvido, tenía que hacer algo. A Sun se le ocurrió una idea. La legación china se encontraba en el número 49 de Portland Place y, siempre que caminaba hacia la casa del doctor Cantlie después de bajarse del autobús de Oxford Circus, pasaba por delante de su puerta. Había un paseo de tres minutos desde la legación a la casa del doctor. Debido a esta extraordinaria coincidencia, un día Cantlie le dijo: «Bueno, supongo que no vas a ir a la legación china». Sun «se rio», de acuerdo con el testimonio posterior del doctor, y dijo: «No lo creo». La señora Cantlie dijo: «Mejor que no vayas ahí; te enviarían a China y perderías la cabeza».[23]
Aunque se mofaron de la idea, Sun siguió pensando. Podía entrar en la legación, en teoría territorio chino, y provocar un incidente al, por ejemplo, involucrar a los funcionarios en una discusión, incluso una pelea, que acabara con él siendo echado a la calle londinense. Eso era lo peor que podía ocurrirle, pensó. Pero podía montar una escena, algo que llamaría la atención. Tal vez sería incluso noticia. Por supuesto que implicaba un riesgo, pero ante todo Sun era audaz. Su vida consistía en asumir riesgos calculados. Hizo algunas averiguaciones y concluyó: «Esto es Inglaterra. El representante diplomático chino no puede acusarme de ser un delincuente. Incluso si me detienen, no hay nada que me puedan hacer. El representante diplomático chino no tiene ningún derecho judicial y no hay acuerdo de extradición entre China y Gran Bretaña».[24] La posibilidad de ser llevado de manera ilegal desde el centro de Londres hasta China parecía improbable, y Sun la descartó. También desestimó la idea de que pudieran asesinarlo dentro de la legación. Para el Gobierno chino habría sido mucho más sencillo contratar a un asesino para que acabara con su vida en una habitación de hotel anónima. La legación se encontraba en una mansión que daba a una calle del centro del Londres y la mayoría de sus empleados eran británicos, entre ellos el ama de llaves, el mayordomo, el lacayo y el portero. Difícilmente cabía esperar que participaran en su asesinato. Es más, en aquel momento dirigía la legación un escocés, sir Halliday Macartney, porque el representante chino, Gong, estaba enfermo. Sun se enteró de esto a través de Cantlie. El doctor conocía el papel de sir Halliday, y también sabía dónde vivía su paisano escocés.
Cuando Sun consideró entrar en el edificio, que el jefe dentro de la legación fuera un británico le resultó tranquilizador; conocería las leyes británicas y no podría causarle ningún daño.
Sun tanteó al doctor Patrick Manson, que había sido el primer decano de su facultad en Hong Kong. El doctor, un científico de primera fila cuyos logros le granjearon el calificativo de «el padre de la medicina tropical», desaprobó la acción de Sun en Cantón y le dijo que «abandonara ese tipo de planes». Más tarde, Manson declaró a las autoridades británicas que Sun «habló de ir a la legación china y le advertí de que no era aconsejable. Dijo que seguiría mi consejo y que no iría».[25]
Pero Sun fue, el sábado 10 de octubre de 1896, alrededor de la hora del primer aniversario de su fracasado levantamiento en Cantón. Entró en el edificio y preguntó si había algún cantonés. Un intérprete cantonés, Tang, conversó con él. Acordaron que Sun volvería al día siguiente y que irían juntos al puerto para reunirse con algunos comerciantes cantoneses. Después de que Sun se hubiera ido, Tang pensó en la conversación que habían mantenido y llegó al convencimiento de que había estado hablando nada menos que con Sun Yat-sen, el hombre más buscado por las autoridades manchúes. Tang informó a Gong.
Sun no había prestado demasiada atención al representante diplomático. Gong, un burócrata, era en realidad profundamente ambicioso, pero no demasiado inteligente. Al pensar en la posible recompensa por capturar a ese enemigo del trono, enseguida se hizo cargo del caso y tomó todas las decisiones personalmente, a pesar de su débil condición física (moriría al cabo de unos meses). Ordenó detener a Sun e informó por cable a Pekín de que, puesto que Sun era un delincuente buscado y la legación era territorio chino, «naturalmente debería ser detenido».
El domingo por la mañana, sir Halliday mandó a los sirvientes, incluido el portero inglés George Cole, que despejaran y prepararan una habitación situada en el tercer piso de la parte trasera de la casa para arrestar a Sun. Cuando Sun apareció, Tang simuló que le enseñaba la casa y le condujo hasta la habitación, en la que sir Halliday le hizo entrar. El escocés, con su altura imponente, comunicó entonces al «diminuto» Sun (como lo describirían los periodistas londinenses) que sabía que, según la ley china, Sun era un importante prófugo. «Ahora que está usted aquí, quédese por favor un día y una noche, y espere hasta que recibamos una respuesta» de Pekín. Luego abandonó la habitación y cerró la puerta, mientras le decía a Cole: «Procure que ese hombre no se escape». Cole hizo turnos con otros sirvientes para sentarse a vigilar fuera de la habitación.
Sun no había previsto aquello. Quería que le echaran, no que le encerraran. Cuando oyó que Tang ordenaba a Cole que pusiera otro cerrojo y luego oyó como lo instalaban, su angustia aumentó. Aquella noche durmió poco.
Gong, el representante diplomático, mandó un cable a Pekín para informar con satisfacción de que había capturado a Sun, y preguntó qué hacer a continuación. Estaba habituado a simplemente acatar órdenes. Pero Pekín no sabía qué hacer. Gran Bretaña ya se había negado a arrestar y extraditar a Sun. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino pidió al representante diplomático que lo solucionara él mismo. «¿Cómo propone usted enviarle a Cantón, de manera que Inglaterra no impida el traslado y llegue a su destino? Por favor, consúlteselo con prudencia a los abogados e idee un plan antes de hacer cualquier movimiento.» Pekín estaba claramente preocupado por el giro de los acontecimientos, e incluso molesto con Gong. «Esperamos de verdad que tenga muchísimo cuidado y cubra todos los frentes.»
El representante Gong tuvo que pedirle a sir Halliday que encontrara una solución. El escocés se dirigió a un amigo que tenía una compañía naviera, la Glen Line of Steamers, para tantear la posibilidad de fletar un barco para transportar a un «lunático» por el océano. La compañía pidió siete mil libras por un buque de carga de dos mil toneladas. El representante Gong envió un cable a Pekín para pedir autorización, y señaló que si se descartaba esta alternativa tendría que soltar a Sun. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino no respondió. Parecía evidente que llevar ilegalmente a Sun de vuelta a China desde el centro de Londres era inviable. Aun así no quiso rechazar el plan, ya que ello equivaldría a dar la orden de liberar a Sun. No quería asumir la responsabilidad. Pekín permaneció en silencio.
Sin autorización para pagar siete mil libras, el representante Gong no podía continuar con la idea de la Glen Line. Pero no dejó salir a Sun. Tampoco quería asumir esa responsabilidad. De modo que Sun permaneció en esa prisión de facto.
En la celda, Sun tomó precauciones frente a un posible envenenamiento. Su formación médica le fue entonces de ayuda; vivía a base de pan, leche embotellada y huevos crudos. Un día Tang, el intérprete, apareció y le contó el plan de la Glen Line; eso le asustó de verdad. Rogó a Tang que le «suplicara» al representante y, a través de él, al trono que le perdonaran la vida, prometiendo que «nunca más se vería implicado en una rebelión».
Su prioridad era enviar un mensaje a Cantlie. Le dio varias notas a George Cole y le rogó que se las llevara al doctor, prometiéndole una gran recompensa. Cole entregó las notas a sir Halliday, que le había dicho que Sun era «un loco». Al darse cuenta de que sus notas no habían llegado a su destino, Sun le dijo a Cole que necesitaba un poco de aire fresco, y Cole abrió la ventana. La ventana tenía barrotes y Sun no podía pasar, pero el espacio entre ellos era lo bastante ancho para que pudiera sacar la mano. Arrojó una nota al tejado de la casa vecina, tras haber envuelto en ella monedas para que pesara lo suficiente. Un sirviente chino lo vio y Cole subió para recoger la nota, que de nuevo entregó a sir Halliday. El escocés le dijo a su sirviente que mantuviera cerrada la ventana.
Con el tiempo, Sun convenció a Cole de que no estaba loco, sino que era más bien el equivalente a un líder del partido de la oposición, «y porque soy el líder de ese partido me tienen encerrado aquí. Su intención es atarme y amordazarme, me subirán a una embarcación y me enviarán a China». Estas palabras conmovieron al portero, que consultó al ama de llaves, la señora Howe, sobre si debía ayudar a Sun. Howe contestó: «Si yo fuera tú, George, lo haría». Antes de que Cole llevara el mensaje de Sun al doctor Cantlie, la compasiva mujer ya había actuado. Escribió una carta anónima y la deslizó por debajo de la puerta del doctor. Decía: «Hay un amigo suyo prisionero aquí, en la legación china, desde el domingo pasado. Intentan mandarle a China, donde es seguro que le colgarán. Es muy triste para el pobre hombre, y a menos que se haga algo de inmediato se lo llevarán [...]. No me atrevo a firmar con mi nombre, pero es la verdad, crea lo que le digo».
Cuando el doctor Cantlie oyó el timbre y se encontró la carta eran pasadas las once de la noche del sábado 17 de octubre. Sun llevaba encerrado una semana. El doctor empezó enseguida una campaña de rescate. Fue directamente a la casa de sir Halliday, pero no había nadie. Entonces cogió un carruaje hasta la comisaría de Marylebone y luego hasta Scotland Yard. Le costó que alguien creyera su historia. En Scotland Yard, el inspector de turno pensó que tal vez fuera un borracho o un lunático y le dijo que se fuera a casa. El doctor Cantlie pasó el resto de la noche en la calle de la legación, por si se producía algún intento de secuestrar a Sun.
La señora Cantlie escribió en su diario que el domingo fue «un día de esperanza y angustia. Hamish [el doctor Cantlie] fue en primer lugar a ver al juez A [...] luego al señor H [...] pero no consiguió que se hiciera nada por Sun Yat Sen. Después de llegar a casa procedente de la iglesia, Hamish fue a ver a Mason y a intentar encontrar a sir Halliday MacCartney [sic]. Mason se puso de nuestro lado y estaba furioso con la legación. Llegó un hombre (Cole), que resultó ser el guardián de Sun, y trajo dos pequeñas tarjetas rogándonos que le rescatáramos».
En el reverso de una tarjeta, Sun había escrito: «Fui secuestrado dentro de la legación china el domingo, y me sacarán ilegalmente de Inglaterra para llevarme a China y matarme. ¡Os suplico que me rescatéis rápido!». Estas palabras habían sido escritas primero con lápiz y luego repasadas con pluma. En el anverso, sobre su nombre impreso, «Dr. Y. S. Sun», había escrito el nombre y la dirección de Cantlie, y debajo había añadido: «Por favor, cuide ahora del mensajero por mí, es muy pobre y va a perdido [sic] su trabajo al hacer esto por mí».
En la segunda tarjeta había una súplica más urgente, escrita solo con pluma: «Un barco ya ha sido fletar [sic] por la l. c. cuyo cometido es llevarme a China y estaré encerrado todo el camino sin poder comunicarme con nadie. ¡Oh! ¡Ay de mí!».
Con estas tarjetas, y acompañado por el doctor Manson, Cantlie fue a Scotland Yard por segunda vez y, después, al Ministerio de Asuntos Exteriores. Un miembro del personal administrativo del Ministerio de Asuntos Exteriores aceptó el asunto de inmediato y empezó a ocuparse de él. Los doctores fueron a la legación para advertir de que las autoridades británicas conocían el caso y la legación se dio cuenta de que aquello se había acabado. El representante diplomático Gong envió con urgencia un cable a Pekín, preguntando si debía liberar a Sun antes de que empezaran los problemas con el Gobierno británico. Una vez más, no recibió respuesta. Con todo, nadie quería ser el que dijera «Suéltenlo». Sun permaneció encerrado en la legación.
Mientras los mandarines enterraban la cabeza en la arena, deseando que el problema desapareciera, el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Ministerio del Interior, Scotland Yard y lord Salisbury, que además del ministro de Exteriores era el primer ministro, intercambiaban comunicaciones. Con su consentimiento, se apostaron policías en el exterior de la legación, preparados para abalanzarse sobre cualquiera que intentara sacar a Sun del edificio. Se ordenó poner bajo vigilancia a todos los barcos que se dirigían a China. Mientras tanto se interrogó a Cole. Y los dos respetados doctores Cantlie y Manson hicieron declaraciones juradas. Sobre la base de esta información, el jueves 22 de octubre, once días después de que Sun fuera detenido, lord Salisbury escribió a la legación china: «La detención de este hombre en la legación china en contra de su voluntad fue, en opinión del Gobierno de Su Majestad, una infracción de la ley británica que no está cubierta por el privilegio diplomático concedido a un representante extranjero, y constituye un abuso del mismo. Por lo tanto, tengo el honor de solicitar que Sun Yat Sen sea liberado de inmediato».[26]
Sir Halliday fue convocado al Ministerio de Asuntos Exteriores para escuchar la solicitud de lord Salisbury. La acató y dispuso que Sun fuera entregado en la legación a las cuatro y media de la tarde del día siguiente. En ese momento, el 23 de octubre, el inspector jefe F. Jarvis y un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores fueron a la legación a recoger a Sun, acompañados de un alegre doctor Cantlie.(2)
Cuando le condujeron escaleras abajo para reunirse con el doctor Cantlie, a Sun se le vio «con buena salud y [...] un humor excelente». Después estuvo encantado de verse perseguido por un enorme grupo de periodistas. El doctor Cantlie había avisado a la prensa. Una gran muchedumbre se había reunido en el exterior de la legación, con fotógrafos, bocetistas y observadores indignados, y le acribillaron a preguntas. En los días siguientes, periódicos de lugares tan lejanos como Estados Unidos y Australia, por no mencionar Japón, Hong Kong y Shangai, hablaban de él y daban detalles minuciosos, con la llamativa palabra «secuestro» destacada en los titulares.
Sir Halliday escribió al Times para explicar que Sun había entrado por voluntad propia en la legación. Pero no sirvió de nada. Para los británicos, como señaló lord Salisbury, lo importante era que «una vez que había entrado [...] se le mantuvo prisionero». Sun negó rotundamente que hubiera entrado en el edificio por su voluntad y afirmó que no tenía ni idea de que se trataba de la legación. Sin embargo, escogió sus palabras con cuidado y declaró que fue «abordado [...] y forzado a entrar».[28] En una investigación posterior del Gobierno británico, Sun fue incluso más prudente y subrayó que «no se utilizó violencia alguna; se hizo de manera cordial».[29] Un secuestro violento hubiera requerido una investigación penal, en cuyo caso habría tenido que describir el proceso bajo juramento, y podría haberse descubierto la verdad.
Sin embargo, no tenía que ser tan circunspecto a la hora de escribir un libro. Con la gran ayuda del doctor Cantlie, publicó a toda prisa uno con el conciso título Kidnapped in London. Se convirtió al instante en un best seller y fue traducido a varios idiomas. Ahora Sun era famoso, pero su nombre generaba reacciones ambivalentes. Tras la simpatía inicial hacia la víctima, el público británico se enfrió. Era reacio a las revoluciones violentas. Algunos amigos de los Cantlie se referirían a Sun burlonamente como «ese amigo vuestro problemático».[30] Al final, ellos dos fueron casi los únicos defensores de Sun en Europa.
Pero lo que a Sun le importaba era que su historia llegara a los radicales chinos y hacerse famoso entre ellos. Estos le buscaron y le recibieron con entusiasmo. Cuando por fin abandonó Londres en julio de 1897, rumbo al Lejano Oriente a través de Canadá, el detective privado que le seguía observó que tenía una agenda muy apretada y que, cuando hablaba ante audiencias chinas, «estas permanecían muy atentas a él y a su conversación». La gente también abrió sus carteras. En Vancouver, Sun pudo cambiar su billete de segunda clase por un camarote de primera pagando la diferencia de cien dólares canadienses, y «vestía un elegante traje sport que no se le ha visto llevar con anterioridad». A partir de entonces, como le dijo a Luke Chan, su amigo de la infancia, mientras reía con un placer evidente: «Consigo lo que quiero allí adonde voy».[31] Luke observó: «Era bastante cierto [...] podía viajar de un extremo al otro del mundo simplemente con su nombre. Había siempre transporte accesible, una casa y comida a su disposición, fondos cuando los pedía [...] e incluso se podían conseguir automóviles y barcos si era necesario». Haber sido víctima de un secuestro en Londres convirtió a Sun en el único revolucionario chino con un perfil internacional.
Con su fama recién adquirida, Sun Yat-sen buscó una base cerca de China desde la que emprender más revueltas. Japón, que en una ocasión había amenazado con deportarle, ahora le permitió quedarse y le proporcionó dinero para gastos básicos y protección policial.
En 1900, la sociedad de campesinos xenófoba y anticristiana conocida como los bóxeres sembraba el caos en el norte de China. Al considerar insuficientes las medidas de represión adoptadas por el Gobierno manchú, un ejército aliado de ocho potencias, entre ellas Japón, Estados Unidos y el Reino Unido, invadió Pekín. La corte se vio obligada a abandonar la capital y se exilió en Xi’an, una antigua capital situada en el noroeste de China. Por un momento pareció que el trono manchú se tambaleaba. Sun le propuso al Gobierno japonés movilizar a gángsteres para hacerse con algunas provincias del sur y establecer una «república» con su apoyo. Para empezar, sugirió, podía organizar una revuelta de la Tríada en la costa sudoriental china, a partir de Taiwan, que estaba bajo la ocupación japonesa desde la guerra de 1894-1895; Japón podría utilizar los «disturbios» como excusa para invadir la China continental desde Taiwan.[32]
Tras una larga deliberación, Tokio rechazó el plan. Sun optó por los hechos consumados y le dijo a su amigo Cheng, el jefe de la Tríada, que siguiera adelante con la revuelta en la costa, y él mismo partió hacia Taiwan, donde el gobernador japonés ansiaba llevar a cabo la invasión. A principios de octubre, Cheng empezó la revuelta en la costa sudoriental con algunos cientos de hombres y continuaron hacia Amoy, un puerto importante. Pero Tokio emitió una orden firme prohibiendo al gobernador de Taiwan implicarse, y este tuvo que abstenerse de enviar tropas o munición. La revuelta fracasó y Taiwan expulsó a Sun. (Meses después, Cheng murió de repente en Hong Kong después de una comida. El forense dictaminó que se trató de un derrame cerebral, pero la sospecha de envenenamiento permaneció.)
Sun regresó a Japón, donde ya no se sintió bienvenido. Intentó encontrar otra base más propicia cerca de China, pero se encontró con repetidos contratiempos.[33] Tailandia, el Hong Kong británico y el Vietnam francés le rechazaron. Los gobiernos extranjeros prefirieron cooperar con la emperatriz viuda Cixí, que ahora estaba en el poder.[34] Mientras Sun promovía una revolución violenta desde el exterior, bajo el mandato de la emperatriz China estaba experimentando una revolución no violenta desde dentro. Antigua concubina imperial, esta extraordinaria mujer se había hecho con el poder mediante un golpe palaciego después de la muerte de su esposo, en 1861, tras lo cual había comenzado a encaminar a un país medieval hacia la edad moderna. Se habían conseguido grandes logros. En 1889 tuvo que retirarse cuando su hijo adoptivo, el emperador Guangxu, llegó a la mayoría de edad y asumió el poder, pero después de la catastrófica guerra con Japón de 1895 recuperó el poder y reanudó las reformas en 1898.(3) Aunque fueron temporalmente paralizadas debido, primero, a una conspiración para asesinarla que involucraba al emperador Guangxu y, segundo, al caos de los bóxeres, cuando acabaron los tumultos las impulsó hasta nuevas cotas. En la primera década del siglo XX introdujo una serie de cambios fundamentales, entre ellos un nuevo sistema educativo, una prensa libre y la emancipación de las mujeres, que inició en 1902 con un edicto contra el vendaje de los pies. El país iba a convertirse en una monarquía constitucional con un Parlamento electo. Este progresismo avanzaba a una velocidad de «mil li [es decir, quinientos kilómetros] diarios», como observó el propio Sun.[35] El doctor Charles Hager, que había bautizado a Sun, se topó con él en Los Ángeles en 1904 y le comentó que «las reformas que él había defendido con anterioridad las estaba adoptando» el trono manchú y que China podía renovarse bajo la monarquía. Sun dijo simplemente: «Los manchúes deben ser derrocados».[36]
En esa década, el plan de Sun —expulsar a los manchúes y crear una república— ganó popularidad entre los chinos. Para entonces, miles de estudiantes habían ido a estudiar a Japón y muchos apoyaban el republicanismo. Cuando en el verano de 1905 desembarcó en Yokohama después de sus viajes, multitud de personas acudieron a él como si fueran peregrinos. Fue escoltado hasta Tokio, donde estaba previsto que hablara en un gran salón abarrotado. La multitud se congregó en las calles, estirando el cuello para tratar de ver por un instante al visionario. Cuando llegó con un traje blanco almidonado, el aplauso fue atronador. Una vez que empezó a hablar, la sala se quedó totalmente en silencio.
Pronto Sun fue capaz de crear una organización en Tokio, la Tong-meng-hui («Liga Unida»). La Sociedad para la Regeneración de China, que había fundado en Hawái, había llegado a su fin. A la nueva organización tampoco le fue bien. Los compañeros de Sun le acusaron de apropiarse de las donaciones y de ser «dictatorial».[37] A Sun no se le daba bien trabajar en equipo. Su estilo era tomar él las decisiones, dar órdenes y esperar ser obedecido.
El 15 de noviembre de 1908 murió la emperatriz viuda. Como observó The New York Times: «Tan pronto como falleció, China sintió de inmediato la falta de un líder fuerte [...]. China no tiene liderazgo y se va a descomponer con rapidez».[38] La oleada más poderosa era el republicanismo. Los manchúes eran extranjeros y el dominio extranjero estaba condenado. De modo que, aunque la organización de Sun no funcionaba, los republicanos comprometidos continuaron trabajando por su cuenta, socavando la monarquía.
Tres años después de la muerte de Cixí, el 10 de octubre de 1911, se produjo en Wuhan, una ciudad de la China central atravesada por el río Yangtsé, un motín contra los manchúes en el que participaron unos dos mil soldados. Esta vez los rebeldes no eran gángsteres, sino tropas del Gobierno influenciadas por el republicanismo. En aquel momento Sun estaba de viaje por Estados Unidos y no encabezó el motín. El jefe del ejército Li Yuan-hong, un hombre fornido y modesto muy apreciado por los soldados y la población local (que lo llamaban «el Buda»), estuvo a la altura y asumió el liderazgo. Era el primer hombre que contaba con un alto cargo y una gran estima que se unía a los revolucionarios, y eso supuso un cambio importante para la causa republicana.
A Li pronto se le unió Huang Xing, el segundo hombre más influyente entre los republicanos. De complexión fuerte y aspecto rudo, Huang era un luchador audaz. Aquella primavera acababa de liderar una revuelta impactante, aunque malograda, en Cantón, en la que había perdido dos dedos. Ahora dirigía la resistencia frente a los contraataques del ejército del Gobierno, y ocupó la ciudad durante el tiempo suficiente para provocar levantamientos y motines republicanos en otras provincias.
Sun Yat-sen no se apresuró en volver. Durante dos meses largos continuó viajando por Estados Unidos y Europa, y luego se quedó un tiempo en el Sudeste Asiático. Tenía que estar seguro de que los republicanos iban a ganar, para poder regresar sin la amenaza de una ejecución. Sus viajes eran, además, una gira publicitaria. Con la ayuda de los estudiantes chinos locales, les dijo a los periódicos —o se las arregló para que estuvieran informados de ello— que los levantamientos estaban bajo sus órdenes y que cuando se creara la república él sería su primer presidente. Había hecho público un «manifiesto» en nombre del «presidente Sun». Los periódicos de China publicaban las entrevistas que le hacían, lo que elevó aún más su perfil allí.[39]
Para explicar a los revolucionarios su larga ausencia, Sun envió un cable a Huang en el que afirmaba que permanecía en Occidente en busca de apoyo diplomático, que, según decía, era la clave de su éxito.[40] También declaró, a través de la prensa, que estaba recaudando «gigantescas sumas de dinero».[41] Varios bancos, insinuó con rotundidad, habían prometido financiar a los republicanos con decenas de millones de dólares una vez que él, Sun, fuera nombrado presidente. Sun intentó reunirse con gente que estuviera en posición de darle apoyo o dinero, y mientras estuvo en Londres se registró en el Savoy, uno de los hoteles más caros, cuyo papel timbrado usó profusamente. P
